domingo, 24 de mayo de 2026

Los Hijos de La Data, episodio 3


 

Mayo de 1971

Una soleada mañana de mayo, Damián fue en busca de José. Lo encontró sentado bajo la sombra de una acacia en flor, junto al borde de una de las aceras recién estrenadas. José trabajaba con las piernas despatarradas; entre ellas emergían veinte varas de mimbre, verdiamarillas y largas, atadas por el extremo.

Con sus manos curtidas, José entretejía las ramas para dar forma a un nuevo canasto de pescado. A su izquierda, sobre las baldosas grises, descansaba su fiel «cabritera»: una navaja de grandes dimensiones y cachas ennegrecidas que manejaba con destreza quirúrgica. Junto a la hoja, un paquete de Celtas largos y un mechero plateado de gasolina completaban su pequeño universo cotidiano.

Damián se detuvo a unos pasos, se recolocó la ropa con cierta solemnidad y balbuceó: —Hola, güenos días, compare. 

—Güenos están, sí que es verdá. ¿Qué le trae tan de mañana? —respondió José, girando la mirada bajo su gorra blanca de visera revirada.

José lucía el torso desnudo, revelando una pelambre blanquecina y dos tatuajes que contaban su propia historia: el rostro de una mujer con la leyenda «Amor de madre» y, en el antebrazo, la silueta de una mujer desnuda. Con el pantalón de tergal remangado y sus sandalias de cuero gastado, José escuchó la noticia que Damián traía con el rostro cabizbajo.

—Habemos acordao la comare y yo de dirnos a viví a Madrí. Aquí es mu difící salí p'alante con tantas bocas.

José suspiró aliviado al saber que no era una tragedia, aunque la marcha del amigo le pesaba. Damián le entregó la llave del chiscón con un encargo sagrado: cuidarlo por si el destino los obligaba a regresar. Se despidieron con un abrazo de los que dejan huella y alguna lágrima que José se enjugó rápido con un pañuelo de tela, mientras pedía al cielo protección para su compadre.


Días después, frente a la mesa camilla, Antonio lanzó su ofensiva: —Papa, ¿por qué no me da usté la llave y le cuido yo el chiscón a mi padrino?

José soltó una carcajada sonora, pero accedió con una advertencia: «No rompas na». Antonio se irguió como un pavo real; ya tenía su imperio. Al día siguiente, en la plazuela, reunió a la chavalería con voz de mando:

—¡A vé, muchachos! Tenemos un cuartel. Debemos defendélo como si fuera de nuestros padres.

Salieron corriendo hacia la barraca entre gritos de júbilo. Allí estaban todos: Moreno, el amigo fiel y sociable; Leandro, rubio y pendenciero de nueve años; Vicente, Pedro y el resto de la tropa. Ante la puerta del chiscón, Antonio impuso el orden:

—Antes de entrá hay que hacé un juramento. Yo seré el capitán; Vicente, el teniente; Pedro, el sargento; Leandro, el médico y Moreno su ayudante. ¡Jurad por Dios y por vuestra madre que cuidaréis del chiscón!

—¡Lo juramos! —tronó el unísono.


Pasaron las ferias de la ciudad, donde Antonio disfrutó «como un enano» imaginando las atracciones que su bolsillo no podía pagar. De vuelta al cuartel, la banda se entregó a la industria bélica: recolectaron retamas y gamonitas para fabricar arcos.

Antonio, con el instinto de jefe indio, adornó el suyo con plumas de gallina negra y reforzó las flechas con alambre para darles peso. Una tarde, apuntó a un milano que patrullaba los tejados. El disparo fue certero: el ave se alejó sacudida, dejando caer una lluvia de plumas que descendían sobre el barrio como mariposas negras.

—¡Vaya hostia que le has metío! —gritó Vicente entre aplausos.

Tras quince días de práctica y risas, el capitán dio la orden final: —Mañana, a las nueve y media, iremos a cazá. El que no esté en la prazuela... ¡se queda en tierra!

Moreno, siempre temeroso de fallar a su líder, bajó la mirada, memorizando la hora como si le fuera la vida en ello. La aventura de La Data acababa de empezar.


1 comentario:

  1. Este fragmento puede clasificarse como un relato costumbrista, social y de aprendizaje con carácter testimonial ficcionado, ya que recrea con gran realismo la vida cotidiana de un barrio obrero extremeño de los años setenta, mostrando las costumbres populares, el lenguaje de la época, la emigración, la pobreza digna y la solidaridad vecinal. Al mismo tiempo, desarrolla el crecimiento personal de Antonio, un niño imaginativo y carismático que comienza a descubrir el liderazgo, la amistad y la aventura dentro del pequeño universo de La Data. La narración mezcla memoria, infancia y realidad social, convirtiendo el barrio y sus gentes en protagonistas vivos de una historia profundamente humana y evocadora.

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