martes, 14 de julio de 2026

Epílogo, CICATRICES DE DOBLE FILO

 




Epílogo











Las manecillas del reloj de pared de la cocina rozaban las diez y media de la noche. En la cazuela, el guiso que María había preparado con esmero para la cena empezaba a perder el calor, cubriéndose de una fina película de grasa. Iñaki, sentado en el sofá con los brazos cruzados, mantenía los ojos fijos en la pantalla del televisor, donde los créditos de un programa nocturno pasaban en un silencio sepulcral; hacía una hora que había quitado el volumen.

María caminó hacia la ventana del salón por cuarta vez en treinta minutos. Apoyó la frente contra el cristal frío, observando cómo la implacable tromba de agua golpeaba las farolas de la calle. El viento sur de la mañana había dado paso a una noche cerrada, ruidosa y hostil.

―Qué raro en él, Iñaki… ―susurró María, con un hilo de voz que delataba la sutil entrada del miedo―. Me dijo que estaría aquí para la cena. Estaba tan cambiado, tan convencido… Temo que le haya pasado algo con este temporal.

Iñaki se levantó con pesadez, se acercó a ella por la espalda y le rodeó los hombros con los brazos, intentando insuflarle un optimismo que él mismo empezaba a perder.

―Tranquila, mi amor. Se habrá refugiado en casa de algún amigo o en el propio txoko hasta que amaine. Con la que está cayendo, lo raro sería que estuviese caminando. Además, acuérdate de lo que nos ha dicho al mediodía. El chaval quiere cambiar. Hay que darle un voto de confianza.

María asintió levemente, buscando consuelo en el pecho de su compañero, queriendo aferrarse con uñas y dientes a la promesa de la mañana, a las disculpas sinceras, al abrazo que le había devuelto la vida.

El timbre de la puerta rasgó el silencio de la casa con la violencia de un latigazo.

María se sobresaltó, dibujando una sonrisa instantánea de alivio.

―¡Es él! ―exclamó, dirigiéndose al pasillo a paso ligero―. Seguro que viene empapado hasta los huesos, voy a buscarle una toalla…

―Espera, María, ya voy yo ―dijo Iñaki, adelantándose con paso firme.

Al abrir la puerta, el alivio se congeló en el aire. Al otro lado del umbral no estaba José Carlos buscando refugio de la tormenta. Dos agentes de la Policía Nacional, con las gabardinas chorreando agua y las gorras en la mano, guardaban un silencio espeso. Sus rostros, graves y cansados, anticipaban la peor de las noticias.

―Buenas noches ―saludó el de mayor edad, con una voz funcionarial que intentaba, sin éxito, ocultar la incomodidad del momento―. ¿Vive aquí José Carlos Delgado Jaramillo?

―Sí, aquí vive. Soy el compañero de su madre. ¿Ocurre algo? ―respondió Iñaki, dando un paso al frente.

María asomó por el pasillo, con la toalla blanca apretada contra el pecho. Al ver el uniforme de los agentes y escuchar el nombre de su hijo, el color desapareció de sus mejillas en un pestañeo.

―Ha habido un accidente en los alrededores de la Jefatura ―continuó el agente, mirando con pesar a la mujer―. Un atropello… Lo sentimos mucho, de verdad. Tienen que acompañarnos para la identificación.

El grito de María no llegó a salir de su garganta; se convirtió en un gemido sordo mientras caía de rodillas en el pasillo, soltando la toalla. Iñaki, con el rostro desencajado y el corazón golpeándole las costillas, se agachó para sostenerla, sintiendo cómo el mundo que habían construido esa misma mañana se desmoronaba como un castillo de naipes.

Mientras la sirena del coche patrulla centelleaba contra las paredes del portal, fundiéndose con la intensa lluvia de Vizcaya, en el suelo de la cocina el reloj seguía avanzando de manera implacable. José Carlos jamás regresaría a cenar. La duda, como una cicatriz invisible y eterna, se quedaría a vivir para siempre en aquel salón: la terrible incógnita de si las palabras de perdón de su hijo habían sido el principio de una redención real… o la última y más dolorosa de sus mentiras.





FIN


Capítulo 3, episodio 6, CICATRICES DE DOBLE FILO

 


6



El día amaneció plomizo, con viento sur, o viento «loco», como es denominado en la Cornisa Cantábrica; pese a ello, José Carlos se vistió con prendas deportivas de abrigo. Se tomó una taza de cacao soluble con leche y, tras despedirse de su madre, se lanzó escaleras abajo. Al pisar la calle levantó la vista hacia el cielo y, al observar que los oscuros nubarrones avanzaban de manera vertiginosa, como presagiando que de un momento a otro la cosa podría complicarse más de la cuenta, se presignó y emprendió la marcha a ritmo de maratón. Al cabo de unos minutos notó los primeros síntomas como consecuencia de la vida que había llevado durante los últimos meses. La boca, seca como el esparto, era incapaz de proporcionar la saliva que demandaba la garganta para facilitar el tránsito de oxígeno a las vías respiratorias. Esto le obligó a reducir el ritmo y, a medida que ascendía por la carretera que conduce hacia el susodicho destino, no le quedó otra que detenerse por completo. Los gases de los vehículos que, como él iban o venían de Artxanda, propiciaron que, escaso de oxígeno y fuerza, cayese desplomado en la cuneta jadeando como un perro.

Un rato después, tras recuperarse de la desagradable experiencia, reanudó la marcha con paso normal hasta llegar a la zona recreativa. Entró en uno de los bares y se tomó dos botes de bebidas isotónicas y prosiguió la marcha como tenia previsto para ese sábado. Transcurrida una hora emprendió el descenso siguiendo a la inversa el mismo trayecto.



Al llegar a casa se sorprendió al percatarse de que no había nadie. Fue a la cocina y vio que las manecillas del reloj de pared indicaban las tres y cinco. De camino al baño «Qué raro, si otros sábados para las dos y media están en casa». Se desvistió, abrió el grifo de la bañera y, tras depositar la ropa en un cesto de mimbre, metió la mano bajo el chorro de agua «¡Joder, cómo quema!», protestó, abrió el agua fría y, tras conseguir la temperatura adecuada, permaneció bajo el agua durante veinte minutos. Disfrutando de la sensación placentera que produce el agua tibia tras realizar cualquier actividad agotadora. Una vez recogido el cuarto de baño condujo sus pasos hasta la habitación envolviendo sus partes íntimas con la toalla. Se vistió con ropa cómoda y zapatillas de andar por casa y regresó a la cocina. Lo que no sabía era que ese día Iñaki y María, tras salir esta del trabajo, se habían pasado a recoger dos pollos asados, dos raciones de patatas fritas, ensalada mixta y tres cuajadas que habían encargado por teléfono a primera hora.

¿Cuándo habéis llegado? ―dijo a modo de saludo.

Hace cinco minutos más o menos, ¿por? ―indicó María.

Bueno, qué, hablamos o comemos ―invitó Iñaki.

Comemos, comemos ―respondieron al unísono.

Iñaki miró a María con ademán de sorpresa. Era la primera vez que José Carlos secundaba algo propuesto por él. Ella asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa.

Iñaki, ¿me pasas el pan ? ―dijo José Carlos.

Sí, claro. Faltaría más ―respondió con tono afable―. «¡Vaya!, parece que hoy es el día de las sorpresas», pensó sin ser consciente de que, lamentablemente, así sería.

Dejad todo como está y marchad al salón ―indicó una vez hubieron terminado de comer―, que hoy me encargo yo de recoger todo y de preparar café para los tres.

María e Iñaki se miraron sin comprender aquella inusitada actitud. Al llegar al destino, Iñaki encendió el televisor.

¿Qué canal pongo, cariño?

Cualquiera, mi amor, siempre que no sea de fútbol.

¿Te parece bien la dos de TVE?

Sí, ese está bien.

Unos minutos después…

Cuidado, que voy ―advirtió José Carlos al entrar en la estancia con paso lento, portando en sus manos una temblorosa bandeja donde transportaba las tres tazas de oloroso café, un cazo con leche templada, un azucarero de cristal tallado y tres cucharillas. Tras dejarla sobre la mesa de centro que estaba junto al sofá, avanzó hacia la cocina con paso ligero, cogió una caja de pastas de té y, al volver, se acomodó junto a estos y comenzaron a degustarlas.

¿Cómo así, hijo? ¿A qué se debe este cambio?

Esto… he estado recapacitando un poco sobre la vida que llevo y… ―dijo poniéndose en pie para acercarse a Iñaki―, en primer lugar, me gustaría pedirte disculpas por lo mal que me he comportado contigo desde que llegué a tu casa; en segundo, a pesar de no habértelo demostrado nunca, quiero que sepas que estoy muy agradecido de que me recibieses como a uno más de tu familia y por lo bien que tratas a mi madre y…

Llegado a ese punto la emoción le impidió continuar. Durante unos minutos permanecieron abrazados los tres entre besos, risas y lágrimas.

Al cabo de un rato, tas dejar todo recogido, José Carlos se vistió con ropa deportiva acorde a la climatología y se detuvo frente a la puerta del salón:

Bueno, me marcho a dar un garbeo. Estaré de vuelta a hora de cenar ―dijo convencido de que así sería.

Aquí estaremos ―respondieron a la par, evidenciando felicidad .

Tras escuchar el cierre de la puerta María se abrazó a Iñaki.

Ves como todo llega, mi amor.

La verdad es que nunca he perdido la esperanza, pero el jodido se ha hecho de rogar.

Bueno, qué más da, mi amor… lo importante es que nos queda toda a vida por delante para disfrutar como cualquier familia bien avenida.

Sí, espero que así sea por el bienestar de la unidad familiar ―respondió. Atrajo a María hacia él y se fundieron en un largo y apasionado beso.

De camino hacia el txoko , la tarde se vino en agua. José Carlos comenzó a correr sin importarle los dolores musculares producidos por las sufridas agujetas como consecuencia de la actividad matinal. Jadeante y empapado hasta los huesos llegó junto a la puerta del destino, se detuvo en seco y como pudo sacó la llave del bolsillo del pantalón, abrió y corrió hacia el baño sin tener en cuenta si había cerrado la puerta tal y como tenían por costumbre.

Unos minutos después, al salir del escusado, se percató de que la música estaba sonando y durante el barrido visual, descubrió que Irune se hallaba bailando como si estuviese poseída, se acercó a ella y dijo:

Buenas tardes… ¡Buenas tardes! reiteró alzando la voz.

¡Aúpa, tío! ―exclamó con la voz más pastosa que de costumbre―. Y tú, ¿de dónde sales, ahora?

¿Qué haces? ―consultó él sin salir de su asombro.

Pues, ¿no lo ves?, gilipollas. Bailar, bailar y bailar ―aclaró extendiendo los brazos como si fueran alas y comenzó a batirlas, al tiempo que giraba al rededor de quien había llegado allí para informarles de su intención de retomar la sana costumbre de practicar deporte y abandonar de una vez por todas los malos hábitos.

Un clic mecánico detuvo la música al finalizar la canción. Irune se desplazó volando hasta el lugar donde se ubicaba el aparato. Entre tanto, José Carlos se acomodó en uno de los sillones que estaba frente al televisor, tras girarle hacia la pista de baile.

Irune rebuscó entre el montón de cintas que estaban dispersas junto al radiocasete. Una sonrisa maléfica se dibujó en su rostro al encontrar la que buscaba. Unos segundos bastaron para que se escuchara la voz sensual de Regina Dos Santos. Irune comenzó a danzar a la par que recorría su cuerpo con las manos tratando de escenificar y provocar a quien, de manera voluntaria, se había convertido en su único espectador.

Los seductores movimientos propiciaron que la sangre comenzase a fluir por los conductos cavernosos del miembro viril del que seguía cada movimiento con ojos libidinosos y placenteros deseos. José Carlos se puso en pie y, tras dejar el pene fuera, avanzó hacia quien, con los puños vueltos hacia arriba, moviendo los dedos corazón hacia sí misma; al tiempo que le mostraba la danzarina y sugerente lengua que, sin decir nada, indicaba las verdaderas intenciones de quien controlaba todas y cada una de sus ardorosas insinuaciones. Al llegar junto a ella la agarró con ambas manos y la susurró al oído todo lo que la iba a hacer a partir del ese excitante momento.

Pero ¿de qué vas, tú? ―gritó tratando de apartarle de su objetivo.

Que de qué voy, hija de puta ―anunció enfurecido―, ahora te vas a enterar ―dijo y comenzaron a forcejear hasta caer al suelo.

¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Qué alguien me ayude, por favor! ―gritaba mientras trataba de defenderse con uñas y dientes.

Aquella actitud, en lugar de abortar la intención del enajenado, propició que aumentase el grado de excitación y, cegado por el deseo de vengarse por entender que esta era la culpable de haber roto su linda historia de amor, le arrancó el tanga de un tirón. Y cuando se disponía a introducir su enervado miembro a modo de castigo o justificación.

¡Quieto ahí, cabrón! ―escuchó a sus espaldas, unos segundos antes de ser quitado de encima por uno de los policías que habían acudido tras contactar telefónicamente con comisaría un vecino.

¡Ahh! ¡Ahhh! ¡Ahhhh! ―gimió al venirse en el instante de ser apartado de quien había propiciado aquella irrefrenable y detestable situación. En ese instante recordó que no había cerrado la puerta al entrar.

¡Calla, joder!, que no es para tanto ―indicó el agente al creer que que se trataba de un alarido en señal de protesta, como consecuencia de la presión que este ejercía sobre la cabeza mientras trataba de colocar las esposas.

Tranquila, tranquila, que estamos aquí ―alentó el otro agente a quien, entre sollozos y pundonor, trataba de proteger sus partes nobles.

Unos minutos después, tras cerciorarse de que la puerta de entrada quedaba cerrada a cal y canto, abandonaron la estancia en dos vehículos policiales: uno con dirección al hospital más cercano y el otro directo a comisaría.

Anda que, ¡ya te vale!, con la que has liado no te salva ni el mejor de los abogados.

De nada sirvió que le pusieran al corriente de los derechos del detenido durante la intervención y la posterior detención.

¡Ella, y no yo, es la culpable! ―gritó sin poder contener las lágrimas―. ¡La muy puta se ha encargado de romper la relación con mi novia! ¡La muy zorra se me ha insinuado bailando…!

No te preocupes, que tendrás tiempo de sobra para alegar lo que creas conveniente durante el interrogatorio ―informó exhibiendo algo parecido a una sonrisa.

Durante el trayecto, al igual que los latidos del corazón de José Carlos, la lluvia fue aumentando hasta el extremo que, de haber tenido que recorrer cien metros más para llegar al destino, tendrían que haberse detenido el vehículo hasta que la climatología permitiese reanudar la marcha.

«¿Qué será de mí a partir de ahora? ¿Me llevaran a la cárcel? ¿Será verdad lo que sale en las películas?…».

La tensión acumulada era tal que la sangre fue reconducida hacia donde el cerebro creyó conveniente en aquel instante.

Al llegar a la altura de la Jefatura, el conductor optó por aparcar frente a la entrada del edificio. El otro agente se desplazó hasta la puerta trasera del vehículo con la intención de llevar al detenido agarrado del antebrazo, sin tener en cuenta la tromba de agua que estaba cayendo. En un descuido, José Carlos emprendió una rápida y efímera huida: un todoterreno, que superaba con creces la velocidad permitida, se lo llevó por delante sin tiempo de reacción. Uno de los agentes corrió hacia el atropellado, el cual intentaba ponerse en pie con la dificultad que conlleva ir esposado con las manos atrás…

Tranquilo, no te muevas, podrías empeorar las cosas ―indicó con tono afable el mismo agente, tras arrodillarse junto a él con la intención de socorrerle.

El agua que corría por el asfalto se tiño de rojo en un abrir y cerrar de ojos.

El otro agente comunicó a la Sala del 091 el imprevisto acontecimiento a través de la emisora y corrió a auxiliar al conductor del todoterreno, que deambulaba de un lado para otro con el rostro ensangrentado como consecuencia de no llevar puesto el cinturón de seguridad.

El caos provocado por el trasiego de los vehículos se solucionó en unos minutos, los mismos que tardaron los agentes en organizarse. A la ambulancia le costó llegar un par de minutos más y, para cuando quisieron actuar, era demasiado tarde para el desdichado José Carlos, el cual había pasado los agónicos minutos haciendo conjeturas. «Y si me muero… ¡qué será de mi madre y de Iñaki? ¿Pensaran que todo lo que les he dicho esta mañana era mentira?…».







lunes, 13 de julio de 2026

Capítulo 3, episodio 5, CICATRICES DE DOBLE FILO

 

5



Tras dar por terminada la sobremesa, José Carlos condujo sus pasos hasta el txoko.

Hola, buenas tardes ―dijo al entrar.

Kaixo. Ongi etorri ―saludó Kepa.

Hola. Bienvenido ―respondió de igual modo Itziar.

José Carlos barrió el local con la mirada en busca de su objetivo.

¿No está Nekane?

La verdad es que es muy raro, pues, cuando termina de comer se viene para aquí escopeteada. No soporta la presencia del que se acuesta y vive a costa de su madre ―intervino Irune exhibiendo una desmedida expresión risueña.

¿Te apetece? ―consultó Kepa alzando un vaso de kalimotxo.

José Carlos negó con la cabeza un par de veces.

Toma ―dijo Itziar, ofreciéndole un cigarrillo de la risa.

No, gracias ―respondió con tono seco.

¡Pues anda que no vienes apático! ―exclamó sorprendida.

Es que… después de lo de ayer…

¡Ah!, que es por lo de anoche. Bueno, tampoco creo que sea para tanto, a no ser que estés muy pillado.

No logro apartar la desagradable escena de mi cabeza… y sí: estoy enamorado. ¿Pasa algo?

Pues lo disimulas muy bien, porque cuando se está enamorado de alguien no hay ojos más que para esa persona ―intervino Irune evidenciando una sonrisa maliciosa.

Al oír aquello, José Carlos se levantó malhumorado y abandonó la estancia sin despedirse. Durante toda la semana estuvo dando vueltas y más vueltas al asunto, sin tener claro qué hacer.



Como cada viernes, al atardecer, Kepa se disponía a preparar el económico y embriagador cóctel, tras haber realizado la compra en solitario. Entre tanto, Itziar, sentada sobre una de sus piernas en el sofá frente al televisor, se estaba liando un porro. Irune hacía como que adecentaba y colocaba el mobiliario para dejar espacio suficiente entre la zona de baile y el minibar, contoneándose de un lado para otro. De pronto, dejaron de hacer sus actividades para dirigir la mirada hacia la puerta de entrada al percatarse de que había sido abierta y cerrada en cuestión de segundos:

¡Qué viva la fiesta! ―exclamó José Carlos, a modo de saludo, con reiteración, mientras avanzaba hacia ellos blandiendo un par de bolsas del supermercado con aperitivos para picoteear, vino tinto y refresco de cola.

Eso… eso. Fiestuqui… fiestuqui ―coreó Itziar moviendo la cabeza con musicalidad.

¡Marcha, marcha… queremos marcha! entonó de igual modo Irune mientras avanzaba hacia el recién llegado con seductores movimientos de pecho y caderas.

Kepa se unió al efusivo recibimiento danzando con el pulgar hacia arriba en señal de aprobación.

Bueno, ¿y qué tal habéis pasado la semana, chicos? ―dijo al depositar las bolsas en el suelo.

Bien, aquí como siempre ―respondió Irune―. ¿Y tú?

Muy bien. He estado violentando a unos familiares que vinieron de mi país y no podía hacerles el vacío… ―mintió, tratando de justificar su ausencia―. Dame ese porrito que le meta un par de caladas, que tengo ganas de ponerme a gusto ―solicitó a Itziar.

¡Aúpa, tú!, quién lo diría ―exclamó Kepa al llegar junto a ellos portando los vasos de plástico en una mano y el cubo de kalimotxo en la otra.

Entre risas y parloteos llegó la medianoche y con ella, agarrados de la mano y besándose, entraron Nekane y Eneko, que fueron recibidos con alegría por sus amigos, sin tener en cuenta que José Carlos estaba presente. Este, en contra de actuar como era previsible, les felicitó y deseó un feliz noviazgo, a pesar de que lo que deseaba realmente no era otra cosa que haberles recibido con un par de puñetazos por cabeza, por hijos de puta.

A duras penas pudo contener la compostura y la felicidad fingida por espacio de diez minutos, tiempo que demoró en despedirse alegando que había quedado con alguien para salir a correr por la mañana temprano.

De regreso a casa: «No entiendo la actitud de unos ni de los otros… ¿Cómo se puede tener tanta cara? No sé por qué, me da que todos estaban al corriente. Claro, claro, ¡qué estúpido!, ahora entiendo las insinuaciones que me hacía la hija de puta de Irune, la noche de marras… a esa zorra tengo que darle su merecido. No, no, que no se crea que se va a ir de rositas mientras yo me tengo que aguantar. Estoy convencido de que lo tenían todo planeado desde que me junté con ellos. No me extrañaría que el artífice de todo esto haya sido el cabrón de Eneko para reírse una vez más de mí… Esto me pasa por confiarme de ese malnacido. ¡Qué imbécil he sido por caer en su juego!».

Quienes se iban cruzando con él por el camino, al ver los aspavientos que hacía lanzando patadas y puñetazos al aire, tras distanciarse unos pasos, se volvían hacia él haciendo todo tipo de conjeturas:

Una de dos, ese chico está loco o drogado ―comentó una mujer a su esposo.

¡Qué pena de juventud!, como no se controle un poco terminará en el Psiquiátrico de Zamudio ―respondió él.

Vaya cuelgue que lleva el colega ―dijo un joven a su novia.

Ella lo miró con recelo.

Calla, calla, no vaya a ser que se líe a hostias con nosotros.

Vaya torrija que lleva el chaval ―le dijo un anciano a otro a la par que le indicaba con el mentón hacia el otro lado de la calle.

Para mí que va algo más que bebido ―respondió, con cara de saberlo todo, el trasnochado y orondo acompañante.

Un rato después, al entrar en casa con sigilo, se percató de que María estaba dormida en el encarnado sofá con el televisor encendido: «Esto no puede seguir así», pensó dirigiéndose al cuarto de baño. «Joder, juraría que la he visto ahí... A ver si esto me está afectando más de la cuenta... si solo he fumado dos porros y he bebido tres vasos de kalimotxo», se dijo para sí mismo al regresar al salón y descubrir que no había más claridad que la procedente del acuario.

Al entrar en la cocina se sobresaltó.

Hombre, cómo así ―dijo María, bajando la voz para no molestar a los vecinos.

José Carlos la miró a los ojos sin comprender a santo de qué venían aquellas palabras, esbozando una sonrisa.

¿El qué, mamá?

Que hayas regresado tan pronto, ya que últimamente…

¡Ah!, ¿seguro que es solo por eso?

Por eso y porque hoy vienes como Dios manda.

No, mamá. No es porque me lo mande nadie, sino porque lo he decidido yo mismo. Es más, a partir de ahora dejaré de andar por ahí a deshoras y retomaré la sana costumbre de salir a hacer deporte.

El rostro de María se iluminó al escuchar aquellas palabras.

¿Te apetece que te prepare algo para cenar?

No te molestes, mamá. Comeré unas galletas con leche y me iré a dormir enseguida.

María se acercó a él, lo abrazó como suelen hacerlo las madres cuando la ocasión lo requiere y, tras darle un par de besos, que fueron correspondidos, se despidió:

Hasta mañana si Dios quiere, hijo.

Adiós, ¡que descanses bien, mamá!

Seguro que sí, hijo mío.


Capítulo 3, episodio 4, CICATRICES DE DOBLE FILO

 

4









Tras deducir por separado que entre ellos había surgido algo más que una mera atracción, José Carlos y Nekane comenzaron a reunirse todos los días, desde primera hora de la mañana hasta el anochecer. La actitud de los jóvenes no tardó en llamar la atención de sus madres. A ninguna le cuadraba que sus respectivos hijos se pasaran tantas horas recorriendo la ciudad supuestamente en busca de trabajo y, menos aún, que regresaran a casa tan radiantes después de recibir, según ellos, tantas negativas por parte de las empresas.

Entre semana, en torno a las siete de la tarde —dependiendo de si el chirimiri hacía acto de presencia o les daba un respiro—, la pareja se reunía en el parque o en el txoko con el resto de la cuadrilla. El objetivo era compartir aficiones y vivencias durante un par de horas sin fumar más que tabaco común; eran conscientes de que el abuso continuado de los porros podía repercutir de manera negativa en su salud y en su día a día. Sin embargo, esa norma autoimpuesta saltaba por los aires en cuanto llegaba el fin de semana.

La primavera concluyó dando paso al verano, y este, con su luz declinante, cedió el testigo al otoño. A partir de entonces, las reuniones de la cuadrilla se trasladaron definitivamente bajo techo, al resguardo de las inclemencias del tiempo bilbaíno.

Una de esas noches, la madrugada del sábado avanzaba entre risas, tragos y una densa humareda de cannabis. Boquiabierto, José Carlos seguía con la mirada fija cada uno de los movimientos pélvicos que realizaba Irune. La chica danzaba en solitario en la zona de baile, contoneándose de forma sinuosa al ritmo de «Ven, devórame otra vez», una de las canciones más sensuales y excitantes de Regina Dos Santos.

«¡Qué hija de puta!, lo hace para provocarme… Menudo polvo tiene la cabrona… Si no fuera porque estoy con Nekane, me la pasaría por la piedra cada vez que me apeteciera... La muy zorra lo está pidiendo a gritos», pensaba él, obnubilado. No era consciente de que, al compás de la provocadora bailarina, movía la lengua entre los labios como si fuera un ofidio, rematando la escena con un mordisco lascivo en su propio labio inferior.

—¿Pero tú de qué vas, hijo de puta? —le espetó Nekane, alzando la voz al percatarse del descarado tonteo que se traían entre manos.

José Carlos se volvió hacia ella bruscamente y ladeó la cabeza, fingiendo confusión.

—¡No disimules, cabrón! —gritó ella, encendida por la ira—. ¿Acaso te crees que soy tonta y no me entero de nada?

Él bajó la mirada, se encogió de hombros y se refugió en el silencio.

Mientras tanto, Irune, sintiendo una necesidad perentoria de vomitar, avanzó hacia el aseo todo lo rápido que su avanzado estado de embriaguez le permitió. Se aferró con ambas manos a la taza del inodoro y, entre arcada y arcada, comenzó a arrojar el contenido de su estómago, sin que los demás, en mitad del tumulto, echasen en falta su ausencia.

—¿Así es como me lo pagas, bastardo? —chilló Nekane a la par que le propinaba una sonora bofetada.

José Carlos se cubrió la cabeza con las manos y permaneció inmóvil, paralizado, sin saber qué hacer ni qué decir debido a la brutal presión que la sangre ejercía en sus sienes. Nekane perdió por completo los papeles y la emprendió a golpes contra el chico del que, apenas unos minutos antes, se sentía orgullosa de haber conquistado. Kepa y Eneko se vieron en la obligación de intervenir, más que nada para evitar el escándalo y que la agresión fuera a mayores. Al ver que Nekane era incapaz de calmarse, Itziar les propuso recoger las cazadoras y llevársela de allí entre los tres para que le diera el aire.

Unos minutos después, Irune salió del baño arrastrando los pies. Se detuvo en seco, parpadeando, sin dar crédito a la dantesca escena que tenía ante sus ojos: José Carlos estaba completamente desnudo en mitad del local, temblando, empapado en sudor y masturbándose de manera compulsiva en un intento desesperado por liberar la insoportable tensión acumulada.

—¿Pero qué haces, cerdo? —le recriminó horrorizada, justo en el instante en que él alcanzaba el clímax y se venía abajo.

—¡Por favor, perdóname! —suplicó el chaval, hincándose de rodillas sobre el suelo frío mientras la agarraba de los brazos con desesperación.

—Está bien, suéltame y vístete de una puta vez —indicó ella, retrocediendo dos pasos con evidente asco mientras recorría la estancia con la mirada—. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Dónde están los demás?

—Nekane nos ha pillado… A ti exhibiéndote y a mí mirándote. Se ha vuelto loca, se ha liado a patadas con todo y los otros se la han llevado para calmarla.

—¿Pero qué dices? ¿Cómo voy a hacerle yo eso a mi mejor amiga? ¡Solo estaba bailando! —protestó Irune, indignada—. Y, a todo esto, ¿qué coño tiene que ver eso con que te quites la ropa y te la peles aquí como un mono?

Entre sollozos y temblores, José Carlos le confesó el calvario en el que vivía; le explicó que su mente era un sinvivir y que, cada vez que la ansiedad lo acorralaba, se veía empujado a recurrir a esa práctica para no estallar. De pronto, sin ser dueño de sus propios actos, comenzó a masturbarse de nuevo con los ojos en blanco, poseído por el trance. Irune se quedó perpleja, petrificada durante los breves segundos que el chaval necesitó para eyacular por segunda vez.

—¿Pero qué haces, asqueroso? —recriminó ella, enfurecida y sin salir de su estupor.

—Ya te he dicho que es algo que no puedo controlar —lloriqueó él, exhausto—. Cuanto más nervioso me pongo, mayor es el deseo y el asco que siento... Tengo que hacerlo hasta quedar completamente desfallecido.

Irune torció el gesto en un ademán de profunda repugnancia.

—¿Lo saben tus padres?

—No, no creo. De estar al corriente me habrían dicho algo, supongo.

—Bueno, yo me marcho. No se te ocurra olvidarte de cerrar con llave cuando te vayas, ¿vale? —sentenció ella, dirigiéndose a toda prisa hacia la salida.

—Prométeme que no se lo dirás a nadie... —suplicó él tras un par de carraspeos, con el hilo de voz que le quedaba.

Irune se volvió desde el umbral y esbozó una fría sonrisa.

—No te preocupes. Seré una tumba.

—Gracias, muchas gracias —alcanzó a decir él, aliviado.

Nada más quedarse solo, comenzó a vestirse tan animado como de prisa. De regreso a casa, cruzando las calles silenciosas, dos únicos asuntos martilleaban su mente: «Tengo que recuperar a Nekane sea como sea, que si me junto con la cuadrilla es por estar con ella… Y a ver si se me pasa un poco el morao antes de llegar a casa, joder».

Al escuchar las pisadas cautelosas en el rellano e intuir que se trataba de su hijo, María apagó rápidamente la luz del salón y corrió hacia su dormitorio con sigilo, queriendo evitar otro enfrentamiento. José Carlos entró en la vivienda y avanzó con pies de plomo hacia el cuarto de baño para vaciar la vejiga. Se plantó frente al espejo y encendió la bombilla para comprobar si se le notaba demasiado el «puntito» que aún llevaba encima.

—¿Te ocurre algo en los ojos? —le preguntó de golpe María desde el pasillo. Fingió un bostezo exagerado para hacerle creer que se acababa de despertar en ese momento.

—No sé qué habrá sido, mamá, pero al cruzar el puente de la Merced he notado que se me metía algo y me he estado frotando los ojos hasta hace nada… —improvisó él, tratando de mantener la voz firme.

María se acercó un par de pasos, escrutándolo.

—Pues sí que los tienes rojos, sí… ¿Cómo andas de hambre?

José Carlos se tensó al percibir un doble sentido en el tono de la pregunta.

—La verdad es que no tengo ni pizca. Hemos ido al cine y al salir nos hemos comido un bocadillo —mintió, saliendo apresuradamente del baño—. Hasta mañana, mamá —añadió desde el pasillo, enfilando su cuarto.

María regresó a su dormitorio con el corazón encogido de preocupación. José Carlos ni siquiera se había detenido para darle los dos besos de costumbre.






domingo, 12 de julio de 2026

Capítulo 3, episodio 3, CICATRICES DE DOBLE FILO

 


3





Sábado

Después de comer, José Carlos partió de nuevo hacia el estanque de los patos ataviado con su ropa deportiva. Al llegar al lugar, se detuvo un instante y barrió la zona con la mirada. «Qué raro que no estén aquí con la tarde tan buena que se ha quedado», pensó. Continuó trotando por el extrarradio del concurrido parque durante un par de horas para completar su entrenamiento, pero la mente le seguía dando vueltas. «No creo que estén allí metidos, pero por intentarlo que no quede». Viró el rumbo y prosiguió su carrera en dirección al txoko.

Un par de metros antes de llegar a la lonja, su semblante pasó de la preocupación a la euforia al escuchar los ecos de la melodía que había bailado la noche anterior filtrándose por la pared. Se detuvo frente al portón metálico y golpeó la chapa con la palma de la mano de forma reiterada.

¿Quién es? —preguntó Irune, extrañada, al otro lado de la estructura de hierro.

¡Soy yo!

¿Quién eres? —insistió ella sin abrir.

¡José Carlos! —exclamó alzando la voz por encima de la música.

¡Ostras, perdona! No te había reconocido la voz —explicó la chica tras abrir la portezuela pequeña encastrada en el centro del portón.

¿Qué hacéis aquí encerrados con la tarde que hace en la calle?

Es que hoy es el cumple de Eneko y le estamos preparando una fiesta sorpresa… Pero pasa, no te quedes ahí como un pasmarote.

José Carlos cruzó el umbral y se quedó perplejo al comprobar la cantidad de globos que decoraban el local y la iluminación parpadeante que se encendía y apagaba al ritmo de los graves, alternando destellos blancos, rojos, amarillos y azules. Más tarde se enteraría de que Kepa era electricista y se había encargado de acondicionar la zona de baile, ejerciendo también de improvisado pinchadiscos cuando les apetecía bailar.

¿Os ayudo en algo, chicas?

No, no. Tranquilo, que ya estamos terminando —advirtió Nekane, regalándole una sonrisa radiante.

Itziar se acercó a José Carlos con paso lento.

¿Qué tal se te da liar? —le consultó, imitando el gesto con los dedos de las manos.

Pues la verdad es que no tengo ni idea. Es más, hasta ayer ni siquiera sabía que existían estas cosas.

¡Venga, tío, no te hagas el tonto con nosotras!

Te lo digo en serio —replicó él, mirándola fijamente—. ¿Por qué tendría que mentirte?

¿Pero en qué mundo has vivido metido, tú?

José Carlos bajó la mirada, mostrándose visiblemente afligido ante el comentario.

Es que yo… no sé, la verdad es que…

Es que tú no sabes y la verdad es que, como no te expliques un poco mejor, pues tampoco lo sabremos nosotras —le picó Nekane con dulzura, recortando distancias hasta quedar frente a él.

Pues eso… Que nunca he tenido amigos y solo salgo a la calle para hacer deporte. Vamos, que me cuesta un mundo relacionarme y…

Bueno, pero a nosotras ya nos conoces, no entiendo por qué te cortas tanto a la hora de hablar —le interrumpió Nekane. Acto seguido, dio un paso más y lo rodeó con un abrazo cálido.

José Carlos levantó la cabeza y tomó una profunda bocanada de aire, embriagado por su cercanía.

Ya, pero no es tan fácil para mí. Espero que mi forma de ser no sea un obstáculo para pertenecer a vuestra cuadrilla.

Precisamente ha sido tu forma de ser lo que me ha llamado la atención. Bueno… eso y el cuerpazo que te gastas —le susurró ella directamente al oído, conteniendo la voz para evitar que sus amigas se percatasen de que le estaba tirando los tejos de forma tan descarada, conscientes de que el chaval despertaba el mismo interés en las demás.

José Carlos sintió una efervescencia eléctrica recorrerle el cuero cabelludo, acompañada de una intensa piloerección que le erizó la piel. Dejándose llevar por el instinto, se inclinó y la besó. Ella, lejos de rechazar la inesperada iniciativa, rodeó su cuello con los brazos y se limitó a disfrutar de unos labios que anhelaba desde el instante mismo en que se los presentaron tres días atrás.

¡Ahí va la hostia, tú! Eso sí que es llegar y besar el santo —masulló Eneko en voz baja, dirigiéndose a Kepa. Ambos acababan de cruzar la puerta cargados, como de costumbre, con bolsas del supermercado—. Llegar y pegar solo le pasa a los más tontos. Llevo dos años tirándole indirectas y ella haciéndose la estrecha, y llega este pelamonas y se la lleva cruda en cinco minutos. ¡Bah, que le den! Total, no es más que una gilipollas.

Si en lugar de tantas indirectas hubieras ido al grano en su momento… —le picó Kepa con sorna.

¿Ah, sí? ¿De qué presumes tú? ¿Acaso te fue mejor cuando te le declaraste a Irune hace dos meses?

La verdad es que no, pero no te preocupes: tarde o temprano caerá rendida a mis pies.

De pronto, el estruendo de la música cambió y comenzó a atronar por los bafles el Zorionak zuri. Tras las felicitaciones en tropel, los abrazos y los tirones de orejas, la fiesta se desató. Entre risas colectivas, trago va y porro viene, la madrugada se consumió y el amanecer los sorprendió sin que nadie se percatase del paso de las horas.

De repente, un frenazo seco seguido de un estrepitoso ruido metálico rasgó el aire exterior. Todos salieron en tropel a la calle para ver qué había ocurrido. La violenta claridad del día provocó que sus pupilas se contrajeran hasta dejarles los ojos prácticamente cerrados. Frente a la lonja, tal y como habían supuesto, se hallaba un vehículo humeante cruzado en mitad de la calzada tras haber colisionado. El vecindario comenzó a asomarse en pijama a las ventanas y algunos viandantes madrugadores se acercaron para increpar al conductor. Se trataba de un hombre corpulento de mediana edad que presentaba síntomas evidentes de encontrarse bajo los efectos del alcohol.

El individuo, lejos de atender a razones, comenzó a amenazar e insultar a los presentes a viva voz mientras se dirigía al maletero de su coche con la clara intención de extraer una escopeta de caza y liarse a tiros allí mismo. Aquel estallido de violencia, sumado a la severa paranoia distorsionada por las sustancias ingeridas y fumadas durante la noche, hizo que José Carlos entrara en pánico. Sintiéndose de golpe en el punto de mira de todo el mundo, dio media vuelta y salió corriendo a toda velocidad, perdiéndose calle abajo sin tan siquiera despedirse de la cuadrilla.

Al cruzar el umbral de su casa, la sorpresa fue mayúscula y el subidón se cortó en seco. Iñaki y María lo aguardaban de pie en el pasillo, con rostros desencajados.

¿Te parece bien llegar a estas horas y en estas condiciones? —le espetó Iñaki, con una hostilidad contenida.

José Carlos ignoró el ataque y buscó una mirada de complicidad en los ojos de su madre. Sin embargo, María desvió la vista y se mantuvo al margen, con los brazos cruzados.

Todavía estoy esperando tu respuesta —le apremió Iñaki, dando un paso al frente.

Tú no eres mi padre ni eres nada mío —soltó José Carlos con desaire y desprecio—. ¿Por qué coño tengo que darte explicaciones?

No. ¡Efectivamente, no soy tu padre! Pero soy el dueño de esta casa y aquí se hace lo que yo diga…

Por favor, mi amor. Te ruego que no le hables así —intervino María con voz apagada, intentando frenar la escalada.

—…Y al que no le interesen mis normas, ¡ya sabe donde está la puerta! —sentenció Iñaki, alzando la voz y señalando la salida.

José Carlos se contuvo a duras penas y, con una sonrisa cínica dibujada en el rostro, volvió a mirar a su progenitora esperando que lo defendiera.

No, hijo, no. No me mires así —sentenció María, rompiendo por fin su silencio con un tono de profunda decepción—. En este caso él tiene toda la razón del mundo. Llevamos toda la puta noche preocupados por ti. Hemos ido a la policía y hemos recorrido uno tras otro los hospitales cercanos pensando que te había pasado algo grave… No puedes llegar a los dos días, presentarte así y responder como te venga en gana. Así que ya le estás pidiendo disculpas a quien, sin ser nada tuyo, está ejerciendo de padre, a pesar de que tú lo has estado rechazando un día sí y al otro también desde el momento en que pisaste esta casa.

Bien. Lo siento —soltó José Carlos con absoluto desgano, tragándose el orgullo para evitar que la situación estallara del todo.

Se dio la vuelta, se dirigió directamente al cuarto de baño y pasó el cerrojo. Allí, acorralado por la ansiedad, se liberó de la tremenda tensión acumulada mediante su destructivo y compulsivo ritual de siempre. Minutos después, exhausto y con la cabeza flotando en una densa bruma, se arrastró hasta su habitación, se metió en la cama y se dejó llevar por Morfeo.





Capítulo 3, episodio 2, CICATRICES DE DOBLE FILO

 




2







Tras reposar la comida y acompañar a su madre en la sobremesa con un café con pastas frente al televisor, José Carlos se acercó a la ventana, corrió el visillo y echó un vistazo al cielo.

María se estremeció al observar el color plomizo que había adquirido la atmósfera desde que llegó de trabajar.

—¿Vas a salir con la que se está preparando ahí fuera?

—No creo que pase de chirimiri, además voy preparado —indicó él, encaminándose hacia la silla donde descansaba un chubasquero de tipo canguro. Lo cogió, se lo anudó a la cintura, comprobó que el cierre de plástico encajaba perfectamente y, tras darle un par de besos rápidos a su madre, se lanzó escaleras abajo para ir calentando motores.

Al llegar al Parque de Doña Casilda, divisó desde la distancia a las chicas que había conocido la tarde anterior. Estaban sentadas en uno de los bancos de madera que bordeaban el estanque de los patos. A pesar de que aquello lo desviaba del itinerario que solía machacar cada día, optó por variar el rumbo y forzar un encuentro fortuito.

—¡Aúpa, tú! —le jaleó Itziar entre aplausos, como si fuera un corredor de élite cruzando la meta de la San Silvestre.

—Hola, chicas —saludó José Carlos, deteniéndose junto a ellas pero manteniendo el trote estático, moviendo las piernas rítmicamente.

Kaixo, JC —respondieron casi al unísono Irune y Nekane, medio ocultas tras una cortina de humo denso y sin dejar de reírse ni para tomar aire.

—¿Qué pasa, que no eres capaz de parar el ritmo ni un segundo?

José Carlos miró fijamente los ojos entornados y enrojecidos de la joven y esbozó una sonrisa.

—Esto es un vicio… Una vez que empiezas, ya no puedes parar.

—Eso mismo nos pasa a nosotras —irrumpió Irune—. Cuantos más petas fumamos, más nos reímos y mejor lo pasamos.

—Anda, siéntate un poco y dale caña a esta chicharra mientras me lio otro —invitó Nekane, que estaba concentrada, dándole calor con el mechero a una china para desprender un trozo de hachís.

José Carlos aceptó el ofrecimiento sin oponer resistencia y le dio un par de caladas profundas.

—Pero esto no es lo mismo de ayer, ¿verdad? —consiguió decir entre una sonora tanda de toses.

—Es lo mismo, pero procesado; esto es la resina. La marihuana de ayer es la planta desecada, tal cual se corta —le explicó Itziar, apoyando con afecto una de sus manos sobre el hombro del complacido muchacho.

El ambiente a su alrededor se había ido cargando, ajeno a los sentidos de los jóvenes, que no se percataban de nada. El chirimiri comenzó a arreciar, transformándose en una lluvia fina pero constante.

—Pues vaya faena, ahora sí que la hemos cagado —lamentó José Carlos, que le estaba cogiendo un gusto rapidísimo a la compañía de las chicas y al oloroso y estimulante polen.

—No hay problema, síguenos —le indicó Irune, tintineando un manojo de llaves en el aire a la par que emprendían una veloz carrera bajo el agua.

Cinco minutos después, se adentraron en una de las muchas lonjas que los jóvenes bilbaínos utilizaban para reunirse a resguardo, sin necesidad de estar encerrados entre las cuatro paredes de un salón familiar. Aquel local le había sido cedido a Irune por su abuelo, un carpintero de los de antes, de esos que gustaban de trabajar con madera maciza y aborrecían el aglomerado recubierto de melamina. De vieja carpintería había pasado a convertirse en un enorme txoko.

La estancia estaba equipada como si fuera una vivienda improvisada, amueblada con los enseres sobrantes tras el cierre del negocio por jubilación. Irune abrió la cerradura, entró la primera, pulsó el interruptor de la luz y corrió directamente hacia el baño para liberar la tensión acumulada en la vejiga.

—¡Bienvenido a nuestra segunda casa! —anunció Nekane, cogiéndole cariñosamente de la mano—. Ven, que te enseño el resto.

José Carlos se dejó llevar en silencio, fascinado. Itziar abrió un armario empotrado y sacó una toalla para secarse el pelo empapado. Al cabo de unos minutos, todos se acomodaron en torno a una amplia mesa de centro rodeada de sofás desparejados.

—Aquí es donde nos apalancamos cada vez que el tiempo de Bilbao nos echa de la calle —explicó Irune, regresando del baño.

José Carlos examinaba ensimismado los detalles de la estancia. Salió de su abstracción al oír que alguien manipulaba bruscamente la cerradura desde el exterior. Sintió un latigazo de miedo y miró a las chicas con alarma.

—Tranquilo, que aquí solo entra quien tiene llave. Es decir, la cuadrilla.

—¡Kaixo, arratsalde on! —saludaron a la vez Kepa y Eneko, que entraban empujando la puerta, cargados con un par de bolsas de supermercado cada uno.

Hola, buenas tardes —respondieron las chicas con guasa.

—Hola —saludó José Carlos, repentinamente tímido.

—De haber sabido que estabas aquí, colega, habríamos traído algo más de intendencia —le informó Eneko con tono afable, al tiempo que le propinaba una palmadita afectuosa en la espalda.

José Carlos lo miró complacido. Todavía no daba crédito a lo cambiado que estaba el chaval que, en su día, se había convertido en su peor pesadilla. Le devolvió una sonrisa sincera de agradecimiento.

Nada más entrar, Kepa se dirigió al frigorífico, abrió el congelador y sacó dos cubiteras. Fue directo al fregadero, abrió el grifo y pasó los moldes bajo el agua para aflojar los hielos, vaciando el contenido en un cubo de plástico que usaban exclusivamente para preparar kalimotxo.

—¡Se abre el bar! ¿A quién le apetece…? —anunció sonriente, agitando una botella de vino barato y otra de refresco de cola.

Las chicas levantaron las manos con efusividad y, contagiado por la energía del momento, José Carlos se unió al brindis.

—¿Qué más habéis traído? —curioseó Irune, hurgando en las bolsas.

—Dos pizzas Margarita para calentar en el micro, tres bolsas de patatas fritas, dos de revuelto de frutos secos, cinco de gusanitos y cinco palmeras de chocolate enormes —respondió Eneko, repartiendo los vasos de plástico donde servirían el delicioso, económico y embriagador combinado.

Entre risas, picoteo, tragos largos y porros, las horas se evaporaron sin que nadie fuera consciente del paso del tiempo, hasta que a José Carlos se le ocurrió consultar su reloj de pulsera.

—¿No me jodas que son las de dos de la madrugada? —soltó, poniéndose en pie de un salto, con los ojos como platos.

—¿Y qué pasa? —cuestionó Kepa, extrañado ante su alarma—. Hoy es viernes y, llegando el finde, toca fiestuki.

—¡Marcha, marcha, queremos marcha! —comenzaron a corear las chicas, alzando y moviendo las manos al ritmo de la pegadiza canción veraniega.

—Ya, pero es que… había quedado con mi madre para ir al cine y se me ha pasado por completo —justificó a la desesperada, queriendo camuflar a toda costa que no tenía más vida social que sus carreras solitarias por la ciudad. Acto seguido, se dispuso a abandonar la lonja de manera precipitada.

—¡Adiós, hombre, adiós! Vaya espantada —le reprochó Eneko de buen humor.

José Carlos se detuvo un instante junto a la puerta y se giró hacia el grupo, apurado.

—¡Ostras, perdón! Con las prisas me olvidaba de despedirme de todos.

—Nada, tranquilo. Y ya sabes: si te apetece unirte a la cuadrilla, aquí nos encuentras casi siempre.

José Carlos levantó ambas manos con los puños cerrados y los pulgares hacia arriba, cruzó el umbral y comenzó a correr calle arriba sin necesidad de precalentamiento.

De regreso a casa, la euforia le desbordaba tanto que, de vez en cuando, daba un pequeño salto en mitad de la acera. Era la primera vez en su vida que personas de su propia edad le invitaban abiertamente a formar parte de su grupo. Aquellas palabras finales le provocaban tanto júbilo como el efecto del placentero fumable y el embriagador kalimotxo.

«Quién me iba a decir a mí que un día terminaría teniendo camaradería con mi antiguo enemigo», pensó, maravillado.

Al llegar al portal de la plaza Moraza, observó que algún vecino se lo había dejado abierto. Entró de manera pausada y comenzó a subir los escalones con cuidado para amortiguar el ruido. Una vez arriba, introdujo la llave en la cerradura tras varios intentos fallidos debido al temblor de la embriaguez. Al cruzar el umbral y toparse de frente con su madre, que lo aguardaba de pie en el recibidor, el susto le cortó la respiración.

—¿Qué horas son estas de venir? —susurró ella más que habló, conteniendo la voz para no despertar al vecindario.

José Carlos la miró fijamente y, desarmado por el efecto del cannabis, estalló en una risa boba e incontrolable.

—¿Te parece bonito que tenga que estar aquí esperándote en vilo? —insistió María, manteniendo el mismo tono severo.

—Mamá, que no hace falta… ¿Qué hay para cenar?

—Hueles a vino de lejos. ¿Se puede saber dónde has estado?

—Con unos amigos.

María se quedó perpleja durante unos segundos. ¿Su hijo tenía amigos y ella no sabía nada? Aquella revelación la dejó completamente desconcertada, pues presumía de tener una comunicación excelente con él.

—Ya hablaremos mañana. A ver qué horas y qué formas son estas de llegar a casa —advirtió con semblante serio y tono tajante mientras se retiraba hacia su dormitorio. A mitad del pasillo, se detuvo en seco y, sin volverse, añadió—: En el frigorífico tienes la cena… y procura dejar algo para mañana —le informó, recordando el salvaje atracón de la noche anterior.






sábado, 11 de julio de 2026

Capítulo 3, episodio 1, CICATRICES DE DOBLE FILO

 


Capítulo 3





1





Tres años después.

Culminado el invierno, la primavera incitaba a la ciudadanía a concurrir a jardines y retiros para disfrutar de los complacientes rayos de sol durante los escasos días en que el chirimiri se tomaba unas horas de asueto.

Una de esas tardes, José Carlos correteaba por el Parque de Doña Casilda Iturrizar —un jardín de estilo inglés ubicado en el distrito de Abando que lleva el nombre de la ilustre viuda que donó los terrenos al Ayuntamiento de Bilbao en 1907—, cuando alguien se interpuso bruscamente en su camino.

—¡Ahí va la hostia, tío! ¡Cómo has cambiado, JC! —exclamó el intruso, sin dejar de reír.

El deportista se detuvo en seco y, manteniendo el trote estático para no enfriar las piernas, se encogió de hombros con desconfianza. Le indicó con la mirada que no sabía de qué le hablaba, al tiempo que olisqueaba instintivamente el aire con la intención de descubrir de dónde procedía aquel desconocido y dulzón olor que lo envolvía todo.

—¿No te acuerdas de mí?

—No, la verdad es que no. Posiblemente me estés confundiendo con alguien.

—Físicamente has mejorado la hostia, pero tu forma de correr es inconfundible —explicó el chico, soltando una carcajada—. ¿En serio que no te acuerdas de mí, tío?

José Carlos negó con la cabeza, manteniendo la distancia.

—Soy Eneko Gorostiza...

José Carlos dio un salto hacia atrás. Dejó por fin de mover las piernas y, tras adoptar una posición defensiva con los puños apretados y el pecho inflado, soltó con rabia:

—¿Y qué coño quieres ahora, hijo de puta? —La hiel le inundó la boca al recordar de golpe el humillante recibimiento que aquel individuo le había dispensado en su primer día de colegio.

Eneko se quedó perplejo durante unos segundos ante aquella violenta reacción.

—¡Tranqui, tío! Que voy de buen rollo —advirtió, levantando las manos y esbozando una sonrisa conciliadora—. En primer lugar, me gustaría pedirte perdón por lo mal que nos portamos contigo entonces; y, en segundo, presentarte a mis colegas —añadió, señalando hacia un banco cercano, envuelto en una densa nube de humo, donde estaban sentados un chico y tres chicas de su misma edad.

José Carlos bajó lentamente la guardia. Sopesó durante unos segundos eternos si aceptaba o declinaba el ofrecimiento mientras el pulso se le iba asentando.

«¿Qué pierdo con decirle que sí? ¿Y si estoy desperdiciando la única ocasión de tener amigos? Si pienso que toda persona merece una segunda oportunidad, ¿qué me impide dársela a este...? No sé ni cómo llamarle».

—Chicos, os presento a José Carlos —anunció Eneko en cuanto llegaron junto al banco.

—Hola, yo soy Itziar —saludó, poniéndose en pie de inmediato, una joven rubia de aspecto agradable y complexión delgada que no se esforzó en contener el entusiasmo.

José Carlos se acercó a ella. Tras comprobar que aquel aroma penetrante estaba impregnado incluso en la ropa de la joven, le plantó dos besos en las mejillas. Del mismo modo fueron presentándose el resto de los integrantes del grupo, rompiendo el hielo.

—¿A dónde vas tan deprisa, colega? —curioseó Irune entre risas. Era una chica agraciada, de rojizos cabellos, ojos claros y labios voluptuosos. Se había sentido atraída al instante por el porte físico de aquel muchacho al que, minutos antes, había catalogado mentalmente como un pendenciero por la actitud defensiva que había mostrado ante Eneko.

—A ningún sitio en concreto, la verdad. ¿Por?

—Pues siéntate un rato con nosotros —invitó, entre toses, Kepa, un joven fornido de pelo negro y semblante risueño.

Irune y Nekane se hicieron a un lado para dejarle sitio junto a Itziar, mientras Kepa se acomodaba estratégicamente sobre uno de los extremos del respaldo del banco y Eneko permanecía de pie frente a todos, cruzado de brazos.

Al cabo de un buen rato, intercambiando impresiones sobre cómo les había ido la vida a quienes tiempo atrás habían sido víctima y verdugos, José Carlos notó que tanto las palabras de Eneko como aquel olor embriagador que tanto le había llamado la atención habían dejado de incomodarle. El ambiente era extrañamente cálido.

—¿Quieres? —consultó Nekane, ofreciéndole el humeante cigarrillo aliñado sin dejar de sonreír.

José Carlos esbozó una sonrisa tímida y aceptó el canuto, a pesar de no haber fumado en su vida. Una vez lo tuvo entre los dedos, se limitó a imitar lo que había visto hacer a las chicas. Con la primera calada profunda, notó un picor de garganta tan descomunal que un violento ataque de tos lo sacudió por completo, haciéndole saltar las lágrimas.

—Es que... hace mucho que no fumo —se justificó, colorado como un tomate, tratando de recuperar el aliento.

—Da igual que lleves mucho o poco tiempo sin hacerlo —respondió Nekane con sorna, apoyando con confianza la cabeza sobre el hombro del principiante—. Ya has visto que a nosotros también nos pega a veces.

Y entre risas, confidencias y un compadreo que José Carlos jamás había experimentado, la tarde dio paso a la noche sin que ninguno de ellos se percatara del avance de las horas.

Un rato después, tras despedirse efusivamente de la cuadrilla con la promesa de volver a verse, José Carlos emprendió el camino de regreso a casa. Sus pasos eran ligeros, casi flotantes. Incluso llegó a alegrarse internamente de los malos tragos acontecidos años atrás en la escuela; de no haber sido por aquello, quizá no se sentiría tan dolorosamente a gusto como se había sentido esa tarde. Había encontrado un lugar al que pertenecer.

Al entrar en el portal de la plaza Moraza, la euforia hizo que comenzara a subir las escaleras de tres en tres, con una energía renovada.

—¿Dónde has estado hasta estas horas? —inquirió María en cuanto escuchó el tintineo de las llaves y lo vio cruzar el umbral.

—Me he entretenido con unos amigos —respondió él, soltándolo sin pensar y con los ojos ligeramente enrojecidos.

María guardó silencio, mirándolo con una mezcla de intriga y alivio. Era la primera vez en años que su hijo pronunciaba la palabra «amigos».

—¿Qué hay para cenar, mamá?

—Si tienes prisa, puedes coger el pescado encebollado que ha quedado y el flan de piña de la nevera. Si esperas un poco, termino de freír estas salchichas con patatas.

—Está bien, me comeré el pescado.

Abrió el frigorífico de golpe, se acomodó en un taburete frente a la encimera y comenzó a devorar la cena con una ansia ciega, como si arrastrase un hambre de quince días. María lo observaba estupefacta, en silencio.

José Carlos acabó con todo en un abrir y cerrar de ojos, limpiando el plato con el pan. Se levantó y, tras despedirse con un escueto «Hasta mañana», se dirigió hacia su habitación con la firme intención de desplomarse en la cama.

Sin embargo, un rato después, arrastrado por un impulso insaciable, regresó sigilosamente a la cocina, se sirvió una generosa ración de las salchichas con patatas que su madre había terminado de cocinar y volvió a recluirse en su cuarto.

«Supongo que esto será por lo que he fumado con esta gente», pensó mientras engullía a oscuras, siendo plenamente consciente de que, además de las risas bobas, aquella sustancia despertaba en su cuerpo una extraña y placentera sensación de bienestar absoluto, coronada por una hambruna descomunal.

Ante aquella actitud tan poco habitual, pero viendo que al menos parecía extrañamente feliz, María optó por no importunarle con preguntas y regresó al salón para continuar viendo la televisión.







Capítulo 2, episodio 15, CICATRICES DE DOBLE FILO


 

15



22 de junio de 1994

Tras abandonar definitivamente el colegio y negarse en redondo a cursar estudios en cualquier otro centro, la llegada del verano no trajo la paz a la casa. José Carlos comenzó a deambular sin rumbo por las calles de Bilbao con un único objetivo: evitar a Iñaki cuando su madre no estaba en casa. No soportaba la convivencia con el hombre al que consideraba el único culpable de los tortuosos e interminables cuatro años que había padecido en la escuela; al fin y al cabo, registrarlo en aquel insufrible centro había sido idea suya.

La tensión doméstica era un polvorín silencioso. Cada vez que surgía un roce que elevaba la presión en la cabeza de José Carlos, el muchacho corría a encerrarse en el baño para descargar la ira contenida a través de la masturbación compulsiva. Lo que al principio empezó como un ridículo remedio para relajarse, con el tiempo se convirtió en un serio trastorno emocional. El mecanismo era un bucle maldito: el orgasmo le otorgaba un alivio inmediato que destensaba sus sienes, pero, apenas unos segundos después, lo devoraba un asco profundo hacia sí mismo. Sintiéndose sucio, la sangre volvía a agolparse en su cabeza con latidos dolorosos, obligándolo a repetir el proceso una y otra vez hasta quedar completamente exhausto en el suelo del baño.

Esa mañana, tras desayunar y pasar por su destructivo ritual de descarga, decidió que era hora de ponerse en forma. Quería cambiar su cuerpo, dejar de ser la diana de las burlas. Se vistió con un pantalón corto, una camiseta del Athletic de Bilbao y unas zapatillas deportivas. Dejó atrás la plaza Moraza, caminó unos metros hasta la estación del funicular y subió hasta la cumbre de Artxanda. Tras un breve calentamiento bajo el cielo gris, comenzó a trotar por las sendas y caminos boscosos del monte.

Un par de horas más tarde, manteniendo un ritmo maratoniano y extenuante, descendió de regreso a la ciudad y coincidió en la calle con su madre, que justo salía de trabajar.

—¿Cómo te ha dado hoy por salir de esa guisa? —le preguntó María con tono alegre, sorprendida de verlo en ropa de deporte.

—Ha llegado la hora de cambiar, mamá. Dejar de ser el centro de atención por estar tan gordo.

—¡Ajá! —asintió ella, regalándole una amplia sonrisa de orgullo—. Eso está muy bien, hijo. Me alegro mucho. Pero además de sudar, vas a tener que olvidarte de los bollos de mantequilla y de las palmeras de chocolate de la pastelería, ¿eh?

—Sí, sí. No te preocupes, que eso ya lo tengo asumido.

El buen ambiente se volatilizó en cuanto cruzaron el umbral de la vivienda. Iñaki avanzó hacia ellos desde el pasillo con los brazos extendidos, los ojos desencajados y el rostro desfigurado por una rabia negra.

—¿Qué has hecho, malnacido? —bramó, apuntando directamente a José Carlos—. ¡Te voy a matar, cabrón!

Temiéndose lo peor, el muchacho dio un paso atrás y se parapetó de inmediato detrás del cuerpo de su madre. María, atónita, se interpuso para frenar las intenciones de su compañero.

—¿Pero qué pasa, mi amor? ¿A qué vienen esos gritos?

—¿Que qué pasa? ¡Mira! —gruñó Iñaki.

Fue corriendo hacia el salón y regresó al instante, temblando de impotencia y con lágrimas de frustración en los ojos. En las manos sostenía las dos mitades perfectas de una de sus preciadas carpas del acuario.

José Carlos miró los trozos del pez con un ademán de fingida aflicción y, cargado de un profundo resentimiento, gritó como si el loco fuera el otro:

—¿Pero de qué habla este trastornado? ¡Mamá, te juro por Dios que yo no he sido!

El rostro de Iñaki estaba tan demudado que parecía que iba a emprenderla a golpes contra cualquiera que se cruzara en el alcance de sus puños.

—Si no has sido tú, ¡dime quién demonios ha sido! —exclamó, fuera de sí, con la voz rota.

María seguía firme entre los dos, conteniendo la respiración, atrapada en un fuego cruzado que no alcanzaba a comprender.

—¿A ver si ha sido el gato? —soltó José Carlos, intentando escurrir el bulto con descaro—. Ese bicho siempre está metiendo las zarpas en el agua del acuario.

—¡No mientas! ¡Déjate de hipótesis absurdas! ¡Sabes perfectamente que has sido tú! —rugió Iñaki, señalándolo con el dedo trémulo—. ¡Maldita sea la hora en que viniste a esta casa!

—Tranquilo, mi amor, por favor. No lo pagues con él tratándolo así —le suplicó María, con el corazón en un puño—. Sé lo que significan tus mascotas para ti y entiendo que estés hecho una furia, pero si no lo has visto... ¿cómo puedes estar tan seguro de que ha sido él y no Tigre?

—¿Te parece que esto lo ha hecho un gato, María? —replicó Iñaki, acercándole los restos del animal y señalando la trayectoria del tajo—. Mira el corte. Es limpio, perfectamente recto. Esto se ha hecho a conciencia con un cuchillo de la cocina.

María se quedó helada. Lentamente, se volvió hacia su hijo con una mezcla de profunda decepción e ira contenida.

—¡Vete ahora mismo a tu cuarto! —le ordenó en un grito que resonó en toda la casa—. Ya hablaré contigo más tarde.

José Carlos se dio la vuelta, pero en lugar de ir a su dormitorio, se encerró de nuevo en el cuarto de baño. Allí permaneció durante dos horas interminables. De nada sirvieron los intentos de su madre e Iñaki, que llamaron a la puerta un par de veces para convencerlo de que saliera a comer. Cuando por fin giró el cerrojo, cruzó el pasillo en riguroso silencio, se encerró en su habitación y se echó a dormir, esperando con los ojos abiertos a que Iñaki se marchara a su turno de trabajo en el camión.

Al día siguiente se levantó como nuevo. En cuanto terminó de desayunar un vaso de leche con cuatro galletas, se dispuso a continuar con el firme propósito de transformar su cuerpo. Sudoroso y manteniendo un paso maratoniano, llegó a Artxanda para correr y trotar por sus sendas boscosas. Así vio pasar el resto del verano, el otoño, el invierno, la primavera, y vuelta a empezar. Disciplinado, obsesivo y consumido por una energía oscura, consiguió bajar treinta y cinco kilos. Su silueta rolliza desapareció, sustituida por una musculatura magra y fibrosa.

En una de esas incursiones por el monte, en una zona apartada de los miradores y los restaurantes, se percató de la presencia de varias mujeres que tomaban el sol haciendo topless entre las campas. Como aquel que no quiere la cosa, a medida que se iba acercando, la excitación comenzó a apoderarse de él. La simple posibilidad de ser descubierto le generó una descomunal tensión en la cabeza; una presión idéntica a la que sufría en casa y que, por puro instinto, trató de contrarrestar escondiéndose entre la maleza para masturbarse mirándolas. Media hora después, abandonó el lugar con sigilo, convencido de que la jornada había sido redonda. A partir de ese día, el morbo del peligro se convirtió en el verdadero y único motivo para seguir subiendo a hacer ejercicio.

Sin embargo, una mañana fue sorprendido en pleno acto por una joven de curvas generosas que caminaba por el sendero. Lejos de escandalizarse o gritar, ella lo observó con una sonrisa sugerente y comenzó a insinuarse con movimientos lentos. José Carlos, paralizado por el impacto, no se movió. La muchacha se arrodilló frente a él y le practicó una felación que, a pesar de lo poco que tardó él en desfallecer por los puros nervios, consideró la mejor experiencia de su vida hasta ese momento.

—¿Por qué haces esto? —consiguió preguntar, todavía obnubilado y con el corazón desbocado.

Ella se incorporó despacio, mirándolo con un deseo descarado que no se esforzaba en ocultar.

—Me encantan los hombres decididos —dijo sin abrir los labios y sin apartar los ojos de su entrepierna—. Y al verte tan animado no he podido contenerme. ¿Es que no te ha gustado?

En ese mismo instante, la mezcla de desconcierto y deseo provocó que José Carlos se encendiera de nuevo. La joven miró a un lado y a otro del camino para cerciorarse de que no andaba cerca ninguno de los mirones que solían merodear por Artxanda. Se ocultaron detrás de unas matas espesas y mantuvieron una relación intensa que se prolongó durante un par de horas sobre la hojarasca.

Cuando terminaron, exhaustos y con las piernas cimbreadas por el esfuerzo físico, optaron por descender a Bilbao utilizando el funicular. Al bajarse en la estación inferior, se miraron con una complicidad cargada de urgencia.

—¿Te gustaría que repitamos mañana? —sugirió ella en voz alta, sin importarle que la gente que paseaba por la calle pudiera oírla.

—Sí, claro. ¿Te viene bien a las diez?

—Perfecto. Allí estaré —asintió ella con una sonrisa.

Se despidieron sin más, sin saber apenas nada el uno del otro. Desde entonces, sus encuentros se convirtieron en una cita diaria en la maleza de Artxanda, hasta que, con la llegada del primer temporal de invierno, ella dejó de acudir. José Carlos continuó subiendo al monte durante un mes entero, desafiando la niebla y tiritando de frío, con la vana esperanza de volver a cruzársela. Al final, asumió la dolorosa ausencia y optó por trasladar sus carreras diarias al frío asfalto de las calles de la ciudad.

Sin embargo, correr sobre las aceras de Bilbao no era lo mismo. Sin el estímulo salvaje de aquellos encuentros prohibidos, las sensaciones amargas regresaron con fuerza y volvió a sentirse asqueado, frustrado por ser incapaz de controlar unos impulsos biológicos que lo dominaban por completo. En mitad de la noche, empapado en sudor tras sus recurrentes crisis de ansiedad en la soledad de su habitación, llegó a plantearse seriamente si merecía la pena tanto agotamiento y tanto sufrimiento para tan exiguo y miserable beneficio.