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El
día amaneció plomizo, con viento sur, o viento «loco»,
como es denominado en la Cornisa Cantábrica; pese a ello, José
Carlos se vistió con prendas deportivas de abrigo. Se tomó una taza
de cacao soluble con leche y, tras despedirse de su madre, se lanzó
escaleras abajo. Al pisar la calle levantó la vista hacia el cielo
y, al observar que los oscuros nubarrones avanzaban de manera
vertiginosa, como presagiando que de un momento a otro la cosa podría
complicarse más de la cuenta, se presignó y emprendió la marcha a
ritmo de maratón. Al cabo de unos minutos notó los primeros
síntomas como consecuencia de la vida que había llevado durante los
últimos meses. La boca, seca como el esparto, era incapaz de
proporcionar la saliva que demandaba la garganta para facilitar el
tránsito de oxígeno a las vías respiratorias. Esto le obligó a
reducir el ritmo y, a medida que ascendía por la carretera que
conduce hacia el susodicho destino, no le quedó otra que detenerse
por completo. Los gases de los vehículos que, como él iban o venían
de Artxanda, propiciaron que, escaso de oxígeno y fuerza, cayese
desplomado en la cuneta jadeando como un perro.
Un
rato después, tras recuperarse de la desagradable experiencia,
reanudó la marcha con paso normal hasta llegar a la zona recreativa.
Entró en uno de los bares y se tomó dos botes de bebidas isotónicas
y prosiguió la marcha como tenia previsto para ese sábado.
Transcurrida una hora emprendió el descenso siguiendo a la inversa
el mismo trayecto.
Al
llegar a casa se sorprendió al percatarse de que no había nadie.
Fue a la cocina y vio que las manecillas del reloj de pared indicaban
las tres y cinco. De camino al baño «Qué raro, si otros
sábados para las dos y media están en casa». Se
desvistió, abrió el grifo de la bañera y, tras
depositar la ropa en un cesto de mimbre, metió la mano bajo el
chorro de agua «¡Joder, cómo quema!», protestó,
abrió el agua fría y, tras conseguir la temperatura adecuada,
permaneció bajo el agua durante veinte minutos. Disfrutando de la
sensación placentera que produce el agua tibia tras realizar
cualquier actividad agotadora. Una vez recogido el cuarto de baño
condujo sus pasos hasta la habitación envolviendo sus partes íntimas
con la toalla. Se vistió con ropa cómoda y zapatillas de andar por
casa y regresó a la cocina. Lo que no sabía era que ese día
Iñaki y María, tras salir esta del trabajo, se habían pasado a
recoger dos pollos asados, dos raciones de patatas fritas, ensalada
mixta y tres cuajadas que habían encargado por teléfono a primera
hora.
―¿Cuándo
habéis llegado? ―dijo a modo de saludo.
―Hace
cinco minutos más o menos, ¿por? ―indicó María.
―Bueno,
qué, hablamos o comemos ―invitó Iñaki.
―Comemos,
comemos ―respondieron al unísono.
Iñaki
miró a María con ademán de sorpresa. Era la primera vez que José
Carlos secundaba algo propuesto por él. Ella asintió con la cabeza
y esbozó una sonrisa.
―Iñaki,
¿me pasas el pan ? ―dijo José Carlos.
―Sí,
claro. Faltaría más ―respondió con tono afable―. «¡Vaya!,
parece que hoy es el día de las sorpresas», pensó
sin ser consciente de que, lamentablemente, así sería.
―Dejad
todo como está y marchad al salón ―indicó una vez hubieron
terminado de comer―, que hoy me encargo yo de recoger todo y de
preparar café para los tres.
María
e Iñaki se miraron sin comprender aquella inusitada actitud. Al
llegar al destino, Iñaki encendió el televisor.
―¿Qué
canal pongo, cariño?
―Cualquiera,
mi amor, siempre que no sea de fútbol.
―¿Te
parece bien la dos de TVE?
―Sí,
ese está bien.
Unos
minutos después…
―Cuidado,
que voy ―advirtió José Carlos al entrar en la estancia con
paso lento, portando en sus manos una temblorosa bandeja donde
transportaba las tres tazas de oloroso café, un cazo con leche
templada, un azucarero de cristal tallado y tres cucharillas. Tras
dejarla sobre la mesa de centro que estaba junto al sofá, avanzó
hacia la cocina con paso ligero, cogió una caja de pastas de té y,
al volver, se acomodó junto a estos y comenzaron a degustarlas.
―¿Cómo
así, hijo? ¿A qué se debe este cambio?
―Esto…
he estado recapacitando un poco sobre la vida que llevo y… ―dijo
poniéndose en pie para acercarse a Iñaki―, en primer lugar, me
gustaría pedirte disculpas por lo mal que me he comportado contigo
desde que llegué a tu casa; en segundo, a pesar de no habértelo
demostrado nunca, quiero que sepas que estoy muy agradecido de que me
recibieses como a uno más de tu familia y por lo bien que
tratas a mi madre y…
Llegado
a ese punto la emoción le impidió continuar. Durante unos
minutos permanecieron abrazados los tres entre besos, risas y
lágrimas.
Al
cabo de un rato, tas dejar todo recogido, José Carlos se vistió con
ropa deportiva acorde a la climatología y se detuvo frente a la
puerta del salón:
―Bueno,
me marcho a dar un garbeo. Estaré de vuelta a hora de cenar ―dijo
convencido de que así sería.
―Aquí
estaremos ―respondieron a la par, evidenciando felicidad .
Tras
escuchar el cierre de la puerta María se abrazó a Iñaki.
―Ves
como todo llega, mi amor.
―La
verdad es que nunca he perdido la esperanza, pero el jodido se ha
hecho de rogar.
―Bueno,
qué más da, mi amor… lo importante es que nos queda toda a vida
por delante para disfrutar como cualquier familia bien avenida.
―Sí,
espero que así sea por el bienestar de la unidad
familiar ―respondió. Atrajo a María hacia él y se fundieron
en un largo y apasionado beso.
De
camino hacia el txoko , la tarde se vino en agua.
José Carlos comenzó a correr sin importarle los dolores musculares
producidos por las sufridas agujetas como consecuencia de la
actividad matinal. Jadeante y empapado hasta los huesos llegó junto
a la puerta del destino, se detuvo en seco y como pudo sacó la llave
del bolsillo del pantalón, abrió y corrió hacia el baño sin tener
en cuenta si había cerrado la puerta tal y como tenían por
costumbre.
Unos
minutos después, al salir del escusado, se percató de que la música
estaba sonando y durante el barrido visual, descubrió que Irune se
hallaba bailando como si estuviese poseída, se acercó a ella y
dijo:
―Buenas
tardes… ¡Buenas tardes! ―reiteró
alzando la voz.
―¡Aúpa,
tío! ―exclamó con la voz más pastosa que de costumbre―. Y
tú, ¿de dónde sales, ahora?
―¿Qué
haces? ―consultó él sin salir de su asombro.
―Pues,
¿no lo ves?, gilipollas. Bailar, bailar y bailar ―aclaró
extendiendo los brazos como si fueran alas y comenzó a batirlas, al
tiempo que giraba al rededor de quien había llegado allí para
informarles de su intención de retomar la sana costumbre de
practicar deporte y abandonar de una vez por todas los malos hábitos.
Un
clic mecánico detuvo la música al finalizar la canción. Irune se
desplazó volando hasta el lugar donde se ubicaba el
aparato. Entre tanto, José Carlos se acomodó en uno de los sillones
que estaba frente al televisor, tras girarle hacia la pista de baile.
Irune
rebuscó entre el montón de cintas que estaban dispersas junto al
radiocasete. Una sonrisa maléfica se dibujó en su rostro al
encontrar la que buscaba. Unos segundos bastaron para que se
escuchara la voz sensual de Regina Dos Santos. Irune comenzó a
danzar a la par que recorría su cuerpo con las manos tratando de
escenificar y provocar a quien, de manera voluntaria, se había
convertido en su único espectador.
Los
seductores movimientos propiciaron que la sangre comenzase a fluir
por los conductos cavernosos del miembro viril del que seguía cada
movimiento con ojos libidinosos y placenteros deseos. José Carlos se
puso en pie y, tras dejar el pene fuera, avanzó hacia quien, con los
puños vueltos hacia arriba, moviendo los dedos corazón hacia sí
misma; al tiempo que le mostraba la danzarina y sugerente lengua que,
sin decir nada, indicaba las verdaderas intenciones de quien
controlaba todas y cada una de sus ardorosas insinuaciones. Al llegar
junto a ella la agarró con ambas manos y la susurró al oído todo
lo que la iba a hacer a partir del ese excitante momento.
―Pero
¿de qué vas, tú? ―gritó tratando de apartarle de su objetivo.
―Que
de qué voy, hija de puta ―anunció enfurecido―, ahora te vas a
enterar ―dijo y comenzaron a forcejear hasta caer al suelo.
―¡Socorro!
¡Auxilio! ¡Qué alguien me ayude, por favor! ―gritaba mientras
trataba de defenderse con uñas y dientes.
Aquella
actitud, en lugar de abortar la intención del enajenado, propició
que aumentase el grado de excitación y, cegado por el deseo de
vengarse por entender que esta era la culpable de haber roto su linda
historia de amor, le arrancó el tanga de un tirón. Y cuando se
disponía a introducir su enervado miembro a modo de castigo o
justificación.
―¡Quieto
ahí, cabrón! ―escuchó a sus espaldas, unos segundos antes de ser
quitado de encima por uno de los policías que habían acudido tras
contactar telefónicamente con comisaría un vecino.
―¡Ahh!
¡Ahhh! ¡Ahhhh! ―gimió al venirse en el instante de ser apartado
de quien había propiciado aquella irrefrenable y detestable
situación. En ese instante recordó que no había cerrado la puerta
al entrar.
―¡Calla,
joder!, que no es para tanto ―indicó el agente al creer que que se
trataba de un alarido en señal de protesta, como consecuencia de la
presión que este ejercía sobre la cabeza mientras trataba de
colocar las esposas.
―Tranquila,
tranquila, que estamos aquí ―alentó el otro agente a quien, entre
sollozos y pundonor, trataba de proteger sus partes nobles.
Unos
minutos después, tras cerciorarse de que la puerta de entrada
quedaba cerrada a cal y canto, abandonaron la estancia en dos
vehículos policiales: uno con dirección al hospital más cercano y
el otro directo a comisaría.
―Anda
que, ¡ya te vale!, con la que has liado no te salva ni el mejor de
los abogados.
De
nada sirvió que le pusieran al corriente de los derechos del
detenido durante la intervención y la posterior detención.
―¡Ella,
y no yo, es la culpable! ―gritó sin poder contener las lágrimas―.
¡La muy puta se ha encargado de romper la relación con mi novia!
¡La muy zorra se me ha insinuado bailando…!
―No
te preocupes, que tendrás tiempo de sobra para alegar lo que creas
conveniente durante el interrogatorio ―informó exhibiendo algo
parecido a una sonrisa.
Durante
el trayecto, al igual que los latidos del corazón de José Carlos,
la lluvia fue aumentando hasta el extremo que, de haber tenido que
recorrer cien metros más para llegar al destino, tendrían que
haberse detenido el vehículo hasta que la climatología permitiese
reanudar la marcha.
«¿Qué
será de mí a partir de ahora? ¿Me llevaran a la cárcel? ¿Será
verdad lo que sale en las películas?…».
La
tensión acumulada era tal que la sangre fue reconducida hacia
donde el cerebro creyó conveniente en aquel instante.
Al
llegar a la altura de la Jefatura, el conductor optó por aparcar
frente a la entrada del edificio. El otro agente se desplazó hasta
la puerta trasera del vehículo con la intención de llevar al
detenido agarrado del antebrazo, sin tener en cuenta la tromba de
agua que estaba cayendo. En un descuido, José Carlos emprendió una
rápida y efímera huida: un todoterreno, que superaba con creces la
velocidad permitida, se lo llevó por delante sin tiempo de reacción.
Uno de los agentes corrió hacia el atropellado, el cual intentaba
ponerse en pie con la dificultad que conlleva ir esposado con las
manos atrás…
―Tranquilo,
no te muevas, podrías empeorar las cosas ―indicó con tono afable
el mismo agente, tras arrodillarse junto a él con la intención de
socorrerle.
El
agua que corría por el asfalto se tiño de rojo en un abrir y cerrar
de ojos.
El
otro agente comunicó a la Sala del 091 el imprevisto acontecimiento
a través de la emisora y corrió a auxiliar al conductor del
todoterreno, que deambulaba de un lado para otro con el rostro
ensangrentado como consecuencia de no llevar puesto el cinturón de
seguridad.
El
caos provocado por el trasiego de los vehículos se solucionó en
unos minutos, los mismos que tardaron los agentes en organizarse. A
la ambulancia le costó llegar un par de minutos más y, para cuando
quisieron actuar, era demasiado tarde para el desdichado José
Carlos, el cual había pasado los agónicos minutos haciendo
conjeturas. «Y si me muero… ¡qué será de mi madre y de
Iñaki? ¿Pensaran que todo lo que les he dicho esta mañana era
mentira?…».