sábado, 30 de mayo de 2026

Los Hijos de la Data, Capítulo I, episodio 12


 

Allá por el mes de marzo, a través de un tercero, el director del colegio envió una misiva a los padres de Antonio:

Plasencia, 18 de marzo de 1974

Muy señores míos:

Ruego tengan a bien la amabilidad de ponerse en contacto con esta dirección. Asimismo, les recuerdo que estaré a su entera disposición, en horario escolar, en el despacho de dirección.

Atte.

Gregorio Fernández Alonso



Gregorio Fernández Alonso era un hombre de baja estatura, escaso cabello y rostro redondeado. Sus pequeños, vivarachos y redondos ojos se ocultaban tras unas gafas de fina montura dorada, que descansaban sobre una prominente y generosa nariz. Su trato con los demás era exquisito y concienzudo; le gustaba hablar con serenidad, aunque tenía por costumbre ir al grano sin más dilación. Aquella era una de las virtudes que más apreciaban quienes trataban con él. Durante una conversación, si tenía que llamar a las cosas por su nombre, lo hacía; eso sí, siempre desde el respeto y la delicadeza.

Vestía un sencillo pero impecable traje de paño grisáceo, camisa blanca y una cuidada corbata encarnada. Sus pies calzaban unos botines de negra, pulida y brillante piel. Sobre el perchero colgaban un amplio paraguas, un confortable y bien cortado abrigo, una bufanda y un sombrero de fieltro, todo ello tan negro como el betún.

Al salir del colegio, como siempre, con más hambre que una «chicharra» en invierno, Antonio corrió hacia su casa; pero, a diferencia de otros días, en vez de ser recibido con los brazos abiertos y cumplir con el protocolo familiar:

—¡Antonio! —chilló Manuela con semblante severo—. ¡Ven aquí ahora mismo!

El recién llegado se quedó boquiabierto y desconcertado ante el inusual talante que mostraba su progenitora.

—¡¿Qué quiere, mama?!

El gesto reflejado en el rostro de Manuela evidenciaba que algo no marchaba bien.

—¿Qué t'ha pasao en la escuela?

Antonio se estremeció al sentir un escalofrío recorriéndole la espalda.

—Na... Que yo sepa no m'ha pasao na. ¿Por qué lo dice usté, mama?

Manuela avanzó hacia él sin apartar la vista.

—¡Por esto! —dijo mientras, temblorosa, le mostraba la citación.

Antonio leyó la nota y se encogió de hombros.

—No sé, mama... Igual s'han confundío. Que yo sepa no he hecho na malo.

El miércoles día 20, a eso de las once de la mañana, Manuela se presentó en el colegio y, tras adentrarse en uno de los tres módulos en que estaba dividido el centro escolar, golpeó con los nudillos sobre la primera puerta que encontró.

—¿Sí? —dijo una voz desde el otro lado.

—¿Da usté su permiso? —preguntó con tono suave Manuela, al tiempo que entreabría la puerta y asomaba tímidamente la cabeza.

—¡Sí, adelante! —respondió con voz firme Inocencio, el profesor de 1.º A.

Manuela se adentró en el aula y dirigió sus pasos hacia el encerado verde, donde el maestro escribía y explicaba el significado de la unión entre vocales y consonantes en la frase «mi mamá me mima».

—Hola, güenos días tenga usté. ¿Podría decirme ande está el directó?

—Sí, faltaría más. Tiene usted que subir a la segunda planta y, al fondo, a la derecha, antes de llegar a los urinarios, encontrará una pequeña puerta de color crema con un letrero. A ver, Luisito, acompaña a esta señora.

Manuela sonrió ampliamente.

—Muchas gracias, señó... y perdone usté por las molestias.

—No hay de qué, señora. Que tenga usted un buen día.

—Lo mismo pa usté... y que Dios guarde y le dé salú por muchos años.

Manuela siguió al muchacho hasta las amplias e inclinadas escaleras. No eran muchas, pero sí las suficientes para que llegase jadeante al último peldaño. Apoyada en el balaustre, se detuvo un instante para recuperar el aliento mientras observaba el entorno.

Las paredes estaban pintadas de un suave amarillo pálido; el pasamanos, de madera de pino, brillaba por el desgaste provocado por el uso constante; y el terrazo del suelo armonizaba con un tono algo más oscuro que el de las paredes.

Al percatarse del nerviosismo de su joven acompañante, reanudó la marcha sin haberse recuperado del todo.

Luisito permanecía con el brazo extendido, señalando el negro y lacado letrero de la puerta.

—Aquí es, señora.

Ella le dedicó una tierna mirada.

—Muchas gracias, guapo —dijo mientras le entregaba una peseta.

El muchacho agradeció el gesto y salió zumbando escaleras abajo como si la vida le fuese en ello.

Manuela llamó suavemente con los nudillos.

—¿Da usté su permiso? —dijo al entreabrir la puerta.

—Sí, adelante —respondió Gregorio desde el interior.

—Hola, güenos días tenga usté.

—Lo mismo para usted, señora. Bien, ¿usted dirá?

—Pos, mire usté —respondió extendiéndole la citación.

—¡Ah!, es usted la madre de Antonio.

—Sí, asín es, señó directó. ¿Ha hecho alguna fechuría mi hijo?

—No, no... ¡Por Dios!, nada más lejos de la realidad. ¿Cómo puede usted pensar eso? Su hijo es un excelente muchacho y se nota que en casa le están educando como Dios manda. En realidad se trata de algo bien distinto.

»Les envié la carta porque quería hacerles saber que creemos que los estudios no terminan de despertar su interés. Tanto sus profesores como yo pensamos que podría desenvolverse mejor aprendiendo un oficio; algo que realmente le motive.

—¿M'está diciendo usté que es mejó sacalo de la escuela y ponelo a trabajá?

—Sí, más o menos de eso se trata. Pero también creemos que debería dedicarse a algo que le guste. De lo contrario, podría aburrirse y perder igualmente el interés. Siento ser tan directo, pero considero que es mejor que conozcan la realidad de la situación.

Al comprender que el silencio posterior indicaba el final de la entrevista, Manuela se puso en pie ayudándose del respaldo de la silla.

—Güeno, si usté no tiene más que decirme, le quedo mu agradecía por to. Que tenga usté un güen día, señó directó.

Gregorio se levantó para acompañarla hasta la puerta.

—Gracias a usted por venir tan pronto. Y, de igual manera, que tenga usted un buen día.


De regreso a casa, Manuela no paraba de darle vueltas al asunto. Al llegar a la altura del ultramarinos se detuvo un instante y, con la mirada hacia arriba, trató de recordar qué le hacía falta. Unos segundos después, al entrar en el establecimiento, percibió que, además del fuerte efluvio que desprendían los arenques prensados, el bacalao en salazón y la esencia de las especias a granel, se mezclaba el gustoso y exquisito aroma a café torrefacto El Cubano, procedente de Portugal.

Con la mirada recorrió los estantes: en la fila superior, ordenadas de mayor a menor, infinidad de latas de conservas dulces y saladas; en la inferior, enormes cajones con forma de cuña empotrados en un armario de oscura madera daban cabida a todo tipo de legumbres; a la izquierda, en un rincón colgando del techo, un rastrel con ganchos de acero sostenía ristras de chorizos y morcillas patateras procedentes de El Torno, junto a cuatro jamones pimentonados de El Piornal; varias cajas de vino blanco y tinto, junto a refrescos, zumos y gaseosas, completaban el conjunto.

—Güenos días, seña Marciana.

—Hola, hija, buenos días —respondió la tendera saliendo con una banasta de patatas desde la trastienda—. ¿Te ocurre algo? —preguntó al observar la palidez de su rostro.

—No, no me pasa na, seña Marciana... Es que vengo de la escuela; m'ha llamao el directó pa decime algo sobre el mi Antonio.

—¿Y qué es lo que le pasa a tu hijo? —curioseó la anciana.

—Na, que m'ha dicho que, aunque es mu listo, no vale pa estudiá.

—¡Bah!, no te preocupes por eso, hija. Mucho peor sería que fuese un malandrín.

Manuela sonrió, algo más tranquila.

—Tiene usté razón... Güeno, vayamos a otra cosa: deme tres panes, un kilo y medio de plátanos y tamién póngame dos trozos de bacalao, que mañana quiero hacé un güen potaje.

Mientras la abacera preparaba el pedido, ambas guardaron silencio.

—¿Alguna cosa más, hija? —preguntó la anciana al terminar de envolver los artículos en papel de estraza.

—No, no... creo que con esto vale... Apúntemelo en la libreta, que la semana que viene, en cuanto cobre José, le pagaré to lo que haya apuntao.

—No te preocupes, hija. Tan buen pagador es el que paga a plazos como el que lo hace al contado.

Manuela volvió a sonreír.

—Gracias, seña Marciana... Hasta mañana, si Dios quiere.

—¡Ve con Dios, hija! Y no te disgustes por lo del muchacho... Que no es ninguna deshonra no valer pa estudiá.

Durante el trayecto hacia casa continuó dándole vueltas a lo sucedido aquella mañana, aunque desde otra perspectiva. La conversación con la anciana le sirvió para ver las cosas con más calma. «El mi Antonio es listo y despierto, como dice to el mundo», se dijo, mientras una leve sonrisa le volvía al rostro.

De repente, se detuvo en seco al oír un motor que le resultaba familiar.

—¡Hombre!, marido, que a tiempo llegas.

José detuvo el ciclomotor, se bajó y, tras el protocolo habitual, cargó las bolsas en el portamaletas, sujetándolas con una cincha de goma que él mismo había fabricado con ganchos de alambre y una cámara de bicicleta.

—¿Cómo asín que andas tan tardía?

—Vengo de la escuela.

José enarcó las cejas.

—¿De la escuela?

—Sí, de hablá con el directó.

El semblante de José se tensó.

—¿Cómo asín?

—M'ha dicho que el muchacho ya no tiene na que hacé allí... que es mejó que aprenda un oficio.

José quedó unos segundos en silencio y luego esbozó una leve sonrisa.

—Bueno, mujé... eso era algo que tarde o temprano tenía que llegá... aunque es una pena: solo tiene quince años.

Ambos siguieron caminando hasta el portal. Tras dejar el ciclomotor encadenado en su sitio habitual, subieron las escaleras con las bolsas.

Al llegar al rellano, Manuela abrió la puerta. Sentados alrededor de la mesa camilla estaban Antonio y Azucena.

—Mama, ¿qué l'ha dicho el directó de mí? —preguntó Antonio con ansiedad.

—M'ha dicho que ya tienes edá de trabajá —respondió ella sin dar más detalles.

—¡Bien! —exclamó dando un salto—. La verdá, mama, es que ya estoy aburrío de estudiá... A mí me gusta más trabajá.

—Ahora lo que hay que buscá es un trabajo —dijo José—. Espero que no te jartes igual que de la escuela...

—No se precupe, papa, hace tiempo que tengo ganas de dejá la escuela y empezá a trabajá.

—Papa, en el sitio donde estoy trabajando necesitan un mozo pa el almacén.

—Está bien, hija. Esta tarde, cuando vayas, dile a don Julián que no busque más, que el sábado iré yo a hablá con él.

La emoción de Antonio era evidente en cada gesto.

—Espero que, si empiezas en el almacén, no tengamos que oír ninguna queja de ti. Recuerda que tienes que tratá al amo de usté y no se te ocurra cogé nada sin permiso, porque si no, tendré que echá mano del cinto y sacarte la piel a tiras. ¿Te ha quedao claro?

—Sí, papa. No se precupe, no será necesario.

El sábado por la mañana, José se dirigió al ultramarinos de don Julián, un conocido comerciante de la zona centro de Plasencia.

—Hola, güenos días. ¿Está el amo?

—Buenos días, señor. Sí, está en su despacho. Ahora mismo le aviso.

—¿Da usted su permiso, don Julián? —preguntó una voz femenina tras la puerta.

—Sí, adelante.

—En la tienda hay un señor que pregunta por usted.

—Hazle pasar, M.ª del Carmen.

—Por favor, señor, sígame.

Al llegar a la puerta, José se quitó la gorra.

—Güenos días tenga usté, don Julián.

—Hombre, José, cuánto tiempo. Pasa, pasa.

Ambos se estrecharon la mano.

—M'ha dicho m'hija que usté necesita un mozo de almacén, y como el mi Antonio quié trabajá, vengo a vé qué le paece.

—En realidad no es que lo necesite —respondió el empresario—, pero siendo tu hijo intentaré hacerle un hueco. Eso sí, tendrá que dar la talla.

José bajó la mirada.

—Lo del dinero lo h'entendío, pero lo otro no mu bien...

—Quiero decir que tendrá que ser responsable y trabajar como es debido. ¿Lo entiendes?

—Sí, sí, señó.

—Empezará el lunes.

José se levantó.

—Gracias, don Julián. Que Dios lo guarde muchos años.

—Gracias a usted.

—Ah, y los lunes se quedará a comer en el almacén.

—Lo que usté diga.

Al salir, José se detuvo al notar una mano en su hombro.

—Buenos días, papa. ¿Qué le ha dicho don Julián?

—M'ha dicho que la semana que viene empieza tu hermano a trabajá.

—Me alegro, papa. Seguro que se adapta bien.

—Eso espero, hija.

Se despidieron con dos besos.

—Adiós, papa.

—Adiós, hija mía.


Los Hijos de La Data, Capítulo I, episodio 11


 

Los Hijos de La Data, Capítulo 1 – Episodio 11


Una mañana de diciembre.

A pesar de que diciembre comenzó oscuro y lluvioso, aquello no logró hacer mella en la eufórica pandilla. Por un lado, estaban las ansiadas vacaciones escolares; por otro, podrían paladear aquellos deliciosos manjares que, durante el resto del año, quedaban vetados por la precaria situación económica que afectaba a gran parte de los hogares españoles.

Día 22. Sentados alrededor del brasero, bajo la tenue y trémula luz de los candiles:

—Habrá que prepará los achiperres pa pedí el aguinardo, ¿no? —propuso Antonio.

—Sí, eso; y tamién que no se nos olvide escribí la carta —añadió Moreno.

—¿Ya tenéis pensao qué os vais a pedí este año? —preguntó Rocío.

—¡Yo, sí! —gritó Leandro, con los ojos desorbitados por la emoción—. Este año me voy a pedí un Scalextric, una bici y los Juegos Reunidos Geyper.

—Yo dejaré que me traigan lo que quieran, porque siempre me traen cosas distintas de las que escribo —respondió, desalentado, Susi.

—Bueno, bueno. Ya sabéis que no basta solo con pedir los juguetes; además, hay que ser buenos durante todo el año —señaló Lucía.

—Yo no pediré na; al final, me traen siempre lo mismo: una carroza con indios, una escopeta pa cazá osos, leones y elefantes..., el chaleco, el sombrero, la insignia de sheriff y dos pistolas —respondió otro de los allí reunidos.

—Pos, a mí, el año pasao, por sé malo, solo me trajón una morcilla patatera. Y menos mal que mi madre m'había comprao un balón el día antes, que si no me había quedao sin na —refirió Moreno.

—¿Y vosotras qué os vais a pedí? —curioseó Antonio, mirando a Rocío y Lucía.

Rocío bajó la mirada y también el tono de voz.

—Yo me pediré algo de ropa... M'ha dicho mi madre que ya soy mu grande pa muñecas.

El rostro de Lucía se iluminó sobremanera.

—A mí me traerán útiles para el colegio. Mi padre se ha empeñado en que tengo que seguir estudiando.

Día 24. Después de comer, a eso de las cuatro, comenzaron a aparecer por el «Cuartel» y, una vez supervisado lo que cada uno había ido depositando sobre la mesa camilla, Antonio comenzó a organizar los grupos y el reparto de instrumentos. Cada equipo estaría compuesto por seis miembros, una botella de anís vacía, una pandereta y una zambomba, quedando distribuidos así: Antonio, Rocío, Moreno y tres más para el acompañamiento; Vicente, Lucía, Leandro y cuatro más; y Pedro, Ana, Susi y el resto de los componentes de la banda.

En Plasencia era costumbre que los pequeños y adolescentes, durante la tarde-noche del 24, acudiesen a solicitar el aguinaldo. El evento consistía en recorrer y visitar a los vecinos de la barriada con el fin de obtener unas monedas y algún que otro dulce y, a cambio, los convidados tenían que interpretar, con mayor o menor habilidad, los cánticos navideños tradicionales. En primer lugar, se llamaba a la puerta y, al ser esta abierta, comenzaban a cantar: «Dame el aguinardo, que es lo que te pido... una perragorda o un vaso de vino... y, si no me lo das..., me cago en tu portal». No todas las puertas se abrían ni en todas las casas correspondían con el aguinaldo; aunque, por norma general, la mayoría permitía el acceso a la vivienda.

Tras pulsar el timbre un par de veces, la puerta fue abierta de par en par. Estupefactos y en silencio, con los ojos tan abiertos como la propia puerta, permanecieron durante unos segundos al descubrir que, frente a ellos, sobre la mesa camilla, descansaban dos o tres bandejas repletas de deliciosos trozos de turrón —blando y duro—; coloridas y apetecibles porciones de fruta escarchada, mazapanes, polvorones, nevaditos, peladillas y piñones. El tamaño de sus pupilas se multiplicó por tres, al tiempo que las papilas gustativas comenzaban a segregar saliva. Al fondo, sobre un aparador color caoba, una bandeja con botellas de anís, coñac, ponche, güisqui y vino dulce, junto a otra con una docena de copas que ansiaban ser llenadas y formar parte del evento; a la derecha, la lámpara y el televisor adornados con guirnaldas de mil colores; a la izquierda, sobre el frigorífico, un radiocasete transmitiendo: «Campana sobre campana y sobre campana una... Belén, campanas de Belén... que los ángeles cantan por ver a Dios nacer...».

—Pasad, pasad —dijo con tono afable la dueña de la casa.

—Hola, buenas tardes. Venimos a por el aguinardo —enunció Antonio con cara de niño inocente.

—¿Asín, sin más, hijo? —indicó, al tiempo que silenciaba el reproductor musical.

Antonio volvió la mirada hacia sus acompañantes y, después de contar en alto hasta tres, comenzó a rascar con el mango de la cuchara el rugoso y áspero lomo de la botella de anís; Rocío le acompañó con la pandereta y Moreno con la zambomba y, unos segundos después, con voz dulce y melódica, los pequeños comenzaron a cantar: «Hacia Belén va una burra, rin, rin...».

Al terminar su repertorio, compuesto por tres o cuatro villancicos, los aplausos invadieron el hogar.

—Muy bien, muy bien —agasajó la señora de más edad, sin dejar de palmear—. Podéis tomar de las bandejas todo lo que os apetezca, excepto el licor, que yo misma os serviré una copita de anís para todos.

Al rato, tras haber degustado una porción de aquello que les había llamado la atención y después de recibir unas monedas, se despidieron de la familia con efusivas muestras de agradecimiento. Para cuando salió el último al rellano, la puerta de enfrente se abría para otro tanto de lo mismo.

A eso de las nueve, como habían acordado, retornaron a la plazuela después de haber estado cantando, comiendo y bebiendo durante más de cuatro horas y, una vez reunidos:

—¿Qué os parece si ajuntamos las perras y nos lo gastamos mañana? —propuso Antonio.

Los cabecillas dirigieron la mirada hacia su equipo en señal de pregunta. La conformidad del conjunto se manifestó a través de gestos y palabras.

—Bien. Pos, siendo asín, ¿quién lo quiere guardá? —consultó Antonio.

—Propongo que seas tú —expresó con energía Rocío.

—Estoy de acuerdo —dijeron los demás.

—¡Vale! Si asín l'habéis decidío, asín s'hará. Bueno, creo que va siendo hora de ir a cená, asín que ¡cada mochuelo a su olivo!

—Hasta mañana, Antonio, que te lo pases bien esta noche.

—Igualmente pa tos vosotros, y recordá que mañana nos vemos ónde siempre.

Al llegar a casa, el placentero aroma que emanaba desde la cocina se había dispersado por toda la vivienda. Aquella noche no habría pavo, como era costumbre entre los americanos; pero, con mucho esmero, se estaban estofando dos espléndidos y titánicos capones. De primer plato, una sustanciosa sopa de pescado; de segundo, una abundante ración de capón; y de tercero, una gran fuente con mejillones, cangrejos y langostinos.

—Está to riquísimo, mama —expresó Carmen.

—Hay que poné mucho amó en to, hija... y cuando sea pa la familia, mucho más entoavía —respondió Manuela.

Los días pasaron con rapidez y llegó Nochevieja. Tras la cena, todos esperaron las campanadas.

—¡Feliz Año 1974! —gritaron eufóricos.

Después salieron a la taberna, donde Ramón animaba la fiesta. Música, baile, risas, abrazos... hasta la madrugada.

El día de Reyes llenó la barriada de gritos y carcajadas. Los niños descubrieron sus regalos con emoción desbordada. Aunque no siempre coincidían con lo pedido, la ilusión permanecía intacta. La plazuela se llenó de vida: unos corrían, otros pedaleaban y otros enseñaban orgullosos sus juguetes.

Una semana después regresaron al colegio. Los primeros días, durante el recreo, compartían con todo lujo de detalles los regalos recibidos y las vivencias de las fiestas.

Poco a poco volvieron a la rutina.

Algunos alumnos se dedicaban en cuerpo y alma a los estudios, conscientes de que a través de ellos podrían labrarse un futuro. Otros, en cambio, seguían entregados al juego y a la diversión.

El invierno fue avanzando despacio entre clases, juegos y tardes en el cuartel, hasta que marzo comenzó a asomar en el calendario.



Los Hijos de La Data, Capítulo I, episodio 10

 







Los Hijos de La Data, Capítulo 1, episodio 10


Una mañana de noviembre.

Caminaban hacia el colegio enfundados en gruesas prendas de abrigo, cubiertos con gorros y bufandas de lana. Al reparar en que los charcos y el barro del enfangado camino estaban helados, comenzaron a saltar sobre las placas de hielo con la intención de romperlas. Las bajas temperaturas de la noche habían hecho posible que, en algunos tramos, el espesor superase el centímetro.

—¡Jo, menúa pelúa ha caío! —exclamó Moreno.

—Ya te digo. La condená se mete hasta los tuétanos —añadió Antonio, castañeando los dientes.

—Cualquiera saca la minga pa meá —soltó Leandro, estremeciéndose.

Al entrar en el aula notaron un ligero alivio, pero donde realmente entraron en calor fue durante el recreo. Después de comerse el bollo de pan con pan —en la mayoría de los casos—, las interminables carreras, los partidos improvisados de fútbol y cualquier otro juego en el que participaban les devolvían la sangre al cuerpo.

Por aquel entonces, un brasero de picón colocado bajo la mesa del profesor constituía el único sistema de calefacción de muchas escuelas rurales.

Por las tardes, al salir de clase, los días habían menguado considerablemente.

—Bueno, chicos, mañana nos vemos en la escuela. ¡Qué hace un frío que pela! —se despidió Antonio.

—Adiós, hasta mañana —respondieron los demás.

Mientras subía por las angostas e inclinadas escaleras de su casa, recordó algo que había visto tiempo atrás en la piconera, sobre las baldas de un viejo y destartalado armario.

«Ya lo tengo», pensó.

Y comenzó a subir los peldaños de tres en tres, entusiasmado.

Al llegar frente a la puerta, tiró del pequeño cordón que colgaba junto a la cerradura. Después de entrar y besar a su madre, preguntó:

—Mama, ¿me puedo llevá un poquino d'aceite pa mañana?

Manuela frunció el ceño.

—¿Pa qué lo quieres, hijo?

—¿Puedo llevame tamién dos o tres candiles que hay en la piconera? —añadió sin responder.

—¿Y pa qué quieres tú esas cosas?

Antonio puso cara de no haber roto un plato.

—Mamá, como ahora escurece tan pronto, he pensao que, en vez de está metíos en casa o en la calle pasando frío, podemos está jugando en el chiscón hasta la hora de cená.

—¡Ah!, ¿es pa eso? ¿Y tú crees que con los candiles se quita el frío?

—No, mamá. Los candiles son pa tené luz; pa'l frío ya he llevao un saco de picón.

—Bueno, bueno... Cuando venga tu padre se lo dices. Y si él te deja, te llevas el aceite y los candiles. Pero se lo pides delante mía, ¿vale?

—Está bien —respondió con desgana—. Como usté diga, mamá.

—¿Ya has terminao los deberes?

—Sí, mamá. Los hice en la escuela.

Mintió.

Cuando llegó José y Antonio le explicó sus intenciones, este respondió:

—Pues llévatelo, hijo. Pero ten mucho cuidao con no dejá encendíos los candiles ni el brasero cuando te vengas pa casa. El fuego es mu güeno y sirve pa muchas cosas, pero si se le deja solo es mu peligroso y traicionero.

Antonio sonrió.

—No se precupe usté por eso, papá. Yo mismo me encargaré de apagarlo to los días.

Después de cenar, permaneció junto a sus padres viendo la película que emitían en blanco y negro por el UHF. Por aquel entonces, Televisión Española era la única cadena existente y emitía únicamente a través de sus dos canales.

El calor del brasero fue adormeciéndolo poco a poco. En un santiamén se quedó acurrucao en uno de los sillones orejeros que rodeaban la mesa camilla.

Manuela abrió el sofá-cama y, tras prepararlo:

—Venga, hijo mío, vete a la cama, que t'has quedao frito.

—No, mamá, que no estoy dormío... Que a mí me gusta vé la tele con los ojos cerraos.



A la mañana siguiente, durante el recreo, anunció:

—Ya tengo solucionao lo del frío y la luz.

—¿Y qué has inventao? —preguntó uno.

Antonio sonrió con misterio.

—Ya lo veréis.

En ese instante resonó el estridente silbato que marcaba el final del recreo.

Aquella tarde, al salir de clase, se marchó corriendo sin esperar a nadie.

Al llegar a casa recogió la merienda, una botella de aceite y una caja de cerillas, y se encaminó hacia la piconera.

Media hora después, ya instalado en el acuartelamiento, vertió picón en el brasero. Encima colocó una hoja de periódico arrugada, varias astillas y les prendió fuego. Cuando el combustible comenzó a chisporrotear, lo avivó con ayuda de un cartón.

Después llenó con aceite las cazoletas de los ennegrecidos candiles. Preparó tres torcidas de trapo, las empapó bien y las colocó dejando asomar una punta por el pico de cada lámpara. Finalmente, colgó los candiles de las alcayatas que él mismo había clavado en la pared.

Todavía no había anochecido cuando encendió una cerilla y fue prendiendo las mechas una a una.

Los primeros chavales comenzaron a llegar.

Al ver la tenue luz de los candiles, se miraron entre ellos.

—El calor sí que se nota, pero el alumbrado deja mucho que desear —comentó Lucía.

—Habrá que esperá a que escurezca más y a que la llama coja fuerza. ¿Acaso tú naciste tan crecía o tan idiota como eres ahora? —respondió Antonio, molesto.

—Eso que brilla en la pared, ¿no serán tres luciérnagas? —insistió ella.

—¡Luci, vale ya! —intervino Rocío—. ¿A qué hemos venío aquí, a jugá o a discutí?

—¡Vaya!, lo que me faltaba ya.

Y salió refunfuñando.

El tiempo fue pasando lentamente. Afuera moría la luz del día mientras, dentro, las llamas crecían y llenaban la estancia de una agradable calidez.

A eso de las nueve, comenzaron a escucharse las voces de las madres llamando desde las ventanas.

—¡Jo, qué de noche es! —protestó Rocío.

Antonio encendió una linterna de petaca.

—No os precupéis, pero tenéis que esperá un poquino.

Entró de nuevo, cogió un gancho de hierro y arrastró el brasero hasta el arroyo para apagarlo. Después regresó, lo colocó bajo la mesa, apagó los candiles y cerró la barraca con la cadena y el candado.

Luego condujo a los más pequeños hasta sus casas.

Al llegar al barrio, el grupo se fue dispersando poco a poco, como un caramelo que se deshace en la boca dejando un agradable sabor.

Desde aquel día, las tardes transcurrieron en la barraca entre partidas de cartas, juegos de taba, chistes y confidencias.

Los días y las semanas pasaban felices, con pocas obligaciones y mucho tiempo para disfrutar.

«¡Qué tiempos aquellos!», pensarían años después.



Una tarde, mientras terminaba de preparar el local, Antonio comentó:

—Qué raro que no haigan venío ni la Rocío ni la Luci.

—La Luci no sé, pero la Rocío tampoco ha ido hoy a la escuela —informó una de las pequeñas.

—A lo mejor sus padres no la dejan vení —apuntó Vicente.

—¡Qué tontería! Sus padres saben que semos novios.

—Eso es lo que te dice ella.

Antonio lo miró con rabia.

—¿Acaso lo sabes tú?

—No... pero tampoco sabes tú que sea verdá.

Antonio guardó silencio.

Al poco rato decidió dar por terminada la reunión.



Al día siguiente, durante el recreo, se acercó a Lucía.

—Luci, ¿sabes por qué no viene Rocío?

La muchacha bajó la mirada.

—Sí...

—¿Qué ha pasao?

—Sus tíos tuvieron una boda este fin de semana. Al volver, el coche se salió en las curvas del arroyo del Ganso.

Antonio sintió un escalofrío.

—¿Y?

—Ha muerto el hermano de su madre. Su tía está muy grave en el hospital. Rocío se ha ido con sus padres para cuidar de sus primos.

El silencio se hizo pesado.

Algunos niños continuaron hablando.

Otros gesticulaban.

Otros permanecían callados.

Antonio no pudo contenerse.

Pensó en sus padres.

Pensó en las tardes junto al río.

Pensó en los desayunos, en los juegos, en las regañinas y en los abrazos.

«Si algún día les pasa algo a mis padres, yo me muero de pena.»

Y las lágrimas comenzaron a brotar sin freno, como un arroyo desbordado tras una tormenta.



Crónica de un apagón anunciado

 




 Crónica de un apagón anunciado



Escrito el 30 de abril de 2026

Todavía puedo oler la pólvora de aquel mayo de 2013. Recuerdo estar sentado frente a la pantalla, con el estómago encogido por las noticias de los seis millones de parados y el estruendo de las Fallas retumbando de fondo como una burla. Escribí aquello desde las entrañas: era un desahogo contra la incoherencia de un país que recortaba en quirófanos y escuelas mientras quemaba monumentos de 400.000 euros. Me llamaron exagerado, quizá, por decir que España no estaba para tirar cohetes mientras nos desangrábamos en la recesión. Pero yo no veía arte; veía un insulto a quienes habíamos perdido el poder adquisitivo y la esperanza.

Aquel fue mi primer aviso. Denunciaba que los «sinvergüenzas» de arriba jugaban con ventaja, que robar para comer tenía castigo, pero robar desde un paraíso fiscal tenía privilegio. Ya entonces advertí que, si seguíamos así, perderíamos la capacidad de sobrevivir.

Lo que no sabía es que esa «supervivencia» iba a cambiar de significado.

Han pasado casi 13 años y el panorama es, si cabe, más desolador porque la trampa se ha vuelto invisible. Ya no son solo los políticos de siempre; ahora es la propia herramienta la que nos está cavando la fosa. Veo a la muchedumbre hoy, embobada con la Inteligencia Artificial, celebrando lo «fácil» que es ahora crear un cuadro, escribir un texto o diseñar un mundo. No se dan cuenta de que están entregando las llaves del castillo.

Nos están allanando el terreno. Al hacernos creer que el esfuerzo humano no vale nada, que cualquier algoritmo puede sustituir nuestra chispa creativa, nos están convirtiendo en algo prescindible. El arte gráfico, la música, el pensamiento... todo reducido a un proceso de un segundo. Es la sedación perfecta. Mientras ellos —la masa— se pelean por ser virales, por ese minuto de gloria digital que solo beneficia al dueño de la plataforma, el sistema nos está estabulando.

Ya no somos ciudadanos; nos están preparando para ser ganado.

Y aquí es donde la hecatombe se vuelve definitiva. Veo el camino trazado con una claridad meridiana: la obsolescencia del ser humano. Primero nos quitan el trabajo, luego el propósito, y finalmente nos venderán el microchip cerebral como la «evolución» necesaria para no quedar atrás. Pero yo sé leer entre líneas. Ese chip no es progreso; es el interruptor final.

En 2013 me indignaba que tiraran el dinero por la ventana. Hoy me aterra que estemos tirando nuestra propia existencia por el desagüe de la comodidad tecnológica. El plan es perfecto: trabajaremos por la comida mientras seamos rentables, y cuando el algoritmo decida que nuestro coste supera nuestro beneficio, el mismo chip que nos hacía «especiales» se encargará de terminar con nuestra existencia de forma silenciosa, eficiente y limpia.

El fuego de las Fallas de 2013 al menos iluminaba la injusticia. El frío silicio de hoy solo prepara el terreno para un apagón del que nadie podrá protestar, porque para entonces, ya no seremos dueños ni de nuestro propio pensamiento.

A veces vuelvo a leer aquel texto de 2013 y siento una extraña nostalgia. Al menos, en aquel entonces, el enemigo tenía cara, el dinero tenía un rastro y el descontento se gritaba en las plazas. Había una coherencia en nuestra rabia: nos dolía que nos robaran el futuro porque todavía creíamos que el futuro nos pertenecía.

Hoy, el silencio es mucho más denso. Observo a la gente caminar por la calle, con la mirada clavada en el cristal de sus teléfonos, alimentando voluntariamente a la bestia que los sustituirá mañana. Se ríen con filtros de IA y presumen de creaciones que no les han costado ni un solo sudor mental, sin entender que cada vez que aceptan esa «facilidad», están firmando su propia sentencia de irrelevancia.

Ya no hace falta que nos mientan sobre vacunas o crisis fingidas; ahora nosotros mismos pedimos a gritos la cadena que nos sujeta. La tragedia no será un estallido, ni una última falla ardiendo en la plaza del Ayuntamiento. La verdadera hecatombe será un proceso aséptico, una actualización de software en un implante cerebral que aceptaremos por pura pereza, por no querer quedarnos fuera del rebaño viral.

Me dijeron que no respetaba las normas gramaticales, pero lo que realmente no respeto es la mansedumbre. Me temo que, al final, los que advertimos el peligro seremos los únicos que conservaremos una verdad incómoda en la cabeza, al menos hasta que el sistema decida que nuestra «rentabilidad» ha llegado a su fin.

España ya no tira cohetes, pero el mundo entero está encendiendo una mecha que no es de pólvora, sino de datos. Y esta vez, no quedarán ni las cenizas para recordar quiénes fuimos antes de convertirnos en simple código.

©Franizquiero


viernes, 29 de mayo de 2026

Los Hijos de La Data Capítulo I, episodio 9

 





Apenas hacía una hora que había amanecido cuando Antonio bajó a la calle portando una pesada caja azul repleta de herramientas y, tras depositarla en el suelo, comenzó a reconstruir una bicicleta con los restos encontrados en la fructífera expedición, sin darle mayor importancia a la diferencia de tamaño que existía entre la rueda delantera y la trasera.

Una vez ensamblados los elementos, llevándola agarrada del manillar cogió carrerilla y, dando un salto, se montó sobre ella y, después de dar varias vueltas alrededor de la plazuela, comprobó que, además de la extraña sensación de ir siempre cuesta abajo, resultaba incómodo tener que llevar el cuello todo el tiempo como si estuviese mirando hacia arriba.

Poco a poco fueron apareciendo por allí los incondicionales y, al descubrir el invento, quisieron experimentar la sensación de conducir el peculiar vehículo y, mientras estos disfrutaban, Antonio dirigió sus pasos hacia la acacia donde tenía encadenada la vieja Orbea.

Tras liberarla, cogió un martillo y comenzó a aflojar las palomillas de la rueda trasera; después, con una llave inglesa, prosiguió aflojando las tuercas que unían el portamaletas con el cuadro de esta:

—¡Venga, bajarse ya!, que se m’ha ocurrío otra idea… Moreno, agarra esa bici y tenla recta —ordenó

—. Y tú —dijo dirigiéndose a Pedro—, trai la otra.

Y, una vez que la tuvo a su alcance, retiró la rueda pequeña.

Pedro miró a Moreno y ambos se encogieron de hombros.

—¿Qué vas a hacé, Antonio? —indagó, desconcertado, el de la voz de pito.

Antonio sonrió, dejando ver la blancura y la alineación de sus dientes.

—Ahora lo verás.

Ensambló las dos bicicletas y, subiéndose él en la Orbea y Pedro en la de la parte de atrás, comenzaron a pedalear por las inmediaciones de la plazuela, acompañados en todo momento por el griterío y el entusiasmo de quienes seguían tras ellos, como siempre, al trote.

Un rato después, organizó los grupos y los turnos para que todos gozasen del tándem por igual, hasta que llegó la hora de irse a comer.


Por la tarde, Lucía, Rocío y un par de amigas acudieron a la cita concertada.

—Hola, buenas tardes —dijeron al llegar.

El rostro de Rocío, al igual que el brillo de sus ojos, evidenciaba su eufórico estado de ánimo.

—¿Qué es eso tan importante que querías enseñarnos?

Antonio se puso en pie, se recolocó la ropa y se atusó el pelo.

—Pasa, mi niña, verás lo qu’hemos traío.

Las pupilas de Lucía se contrajeron y apretó las mandíbulas durante un par de segundos.

—¡¿Qué pasa, Antonio?! ¿Las demás no podemos entrar? —lanzó su veneno como una cobra escupidora.

Contrariado, sin entender ni el porqué ni la intención de aquella reacción:

—Sí, claro —articuló, sin más.

Ella mostró una sonrisa tan malintencionada como sus palabras.

—Cómo has dicho: “pasa, mi niña”… Creí que era solo pa Rocío.

Antonio chasqueó la lengua y la miró de arriba abajo, con el rostro demudado.

—¡Venga, venga!, entra y cállate un rato, anda… ¡protestas más que una cochina recién paría!

La puerta intermedia permanecía cerrada a cal y canto desde que se habían ido a comer, por orden expresa de Antonio.

—Tatachán… tachán —dijo al abrirla.

Los rasgados ojos de Rocío adquirieron un brillo especial.

—¡Hala, qué chulo! Me recuerda a la casa que tiene mi agüela en el pueblo.

Frente a ellas, al fondo de la estancia, llamaba la atención un gastado y encarnado sofá de escay; en el centro, bajo una mesa camilla, había un modesto y oxidado brasero con su alambrera y badila correspondientes, y circundando esta, tres barnizadas y oscuras sillas de madera; a la derecha, un colorido baúl rematado con franjas de brillante latón dorado y, sobre él, una arañada y maltrecha maleta de madera.

De súbito, el rostro y la voz de Lucía adquirieron un tono despectivo:

—Supongo que nos podremos sentar, ¿verdad?

—Pos claro. Pa eso está… bueno, pa eso y pa jugá —respondió Antonio.

Despechada al ver que no había entrado al trapo:

—¡¿Aquí vamos a jugá?! ¿A qué? —chilló con acritud.

—Bueno… la verdá es que entraremos aquí solo si llueve o hace frío.

Sintiéndose ninguneada por la actitud de Antonio:

—¡Venga!, vámonos ya… que lo que teníamos que ver, visto está —instó a sus amigas.

—¡Jo!, hay que ver cómo eres, Luci —reprendió Rocío.

Y, al observar que las demás seguían a la pedante amiga, optó por unirse al grupo.

Tras la visita, a pesar de lo acontecido, Antonio se dio por satisfecho, ya que, a excepción de Lucía, no solo les había gustado la decoración, sino que además habían aceptado de buen grado ir allí a jugar.

El resto de la tarde, sus fieles vasallos y él mismo la pasaron correteando y brincando como cabras montesinas por los alrededores, hasta que comenzó a anochecer y, tras despedirse hasta el día siguiente, cada uno se fue para su casa tan contento como un tamborilero en día festivo.






Los Hijos de La Data, Capítulo I, episodio 8



Tras una noche de sueños e inquietudes, a eso de las ocho, Antonio buscó a los perros y los llevó a la barraca. Salió de allí con un largo y estrecho cajón de madera provisto de seis ruedas, extraídas de dos viejos porta-bebés hallados en el vertedero. En la parte delantera sobresalía una cuerda de tres metros con travesaños de madera intercalados. Los cánidos saltaban eufóricos. Antonio los sujetó por el collar al armatoste, recogió al pequeño Manolete y, al comprobar que estaban todos, ordenó: —¡Hala, mi niño! Súbete al trineo que nos vamos de viaje.

Un silbido particular bastó para que los perros tiraran del rudimentario ingenio. Emprendieron la marcha ladera arriba con brío. Los gritos de aliento y los ladridos evidenciaban la ansiedad por llegar. Una vez coronada la loma, el trayecto se suavizó entre cerros y hondonadas. El destino distaba unos cinco kilómetros de la ciudad. Antonio supervisaba el carruaje mientras los demás seguían sus instrucciones.

—Mi niño, ¿vas bien ahí? 

—Sí, tío, ¡de chupilimanguili! ¿Farta mucho pa llegá? 

—Entoavía falta un poquino…, pero vamos a pará enseguía en la fuente de los güevos güeros —llamada así por el olor sulfuroso de sus aguas. Allí, Antonio liberó a los perros para que abrevaran.

Media hora más tarde, reanudaron la marcha. «A vé si tenemos suerte y encuentro lo que busco... Estoy seguro de que la gustará lo que quiero hacé», pensó Antonio.

—Antonio, ¿falta mucho? ¿Qué hora es? —preguntó Moreno, agotado. 

—Ya falta un poquino, ya estamos llegando… Detrás de aquel cerro está lo que buscamos —respondió señalando un collado.

Desde la distancia se apreciaba ya la bandada de aves de rapiña y un hedor pestilente que invadía todo el término. Entre el olor a podrido y chamuscado, millones de moscas revoloteaban sobre la basura. El vertedero se ubicaba en una finca municipal rodeada de retamas, encinas y grandes berruecos. Aquel escenario pútrido nada tenía que ver con el pasado, cuando los arrieros transitaban el lugar en busca de las piedras talladas por los canteros para construir las iglesias de Plasencia.

Para entrar al vertedero había que cruzar una cancela de hierro incrustada en una pared de piedra seca. Junto a ella, una destartalada caseta daba cobijo al asalariado municipal; a pocos metros, dos bidones servían de hogar a dos mastines famélicos que alertaron de la llegada de los intrusos con ladridos roncos.

Al abrir Antonio la chirriante hoja de la cancilla, el tenebroso alarido de los goznes provocó la estampida de los mastines, aterrados por el ruido. A lo lejos, detrás de un canchal, apareció un hombre corpulento de unos sesenta años, subiéndose los pantalones y con un cigarro en la boca. Era el señó Manolo, quien pasaba el cinturón por las trabillas de su pantalón ennegrecido.

—Alto, ¿quién anda ahí? —rugió con voz ronca. 

—¡Eh!, señó Manolo, que soy Antonio, el hijo de José el pescaó. 

—¡¿Y qué hoctia hacéis aquí?! 

—Venimos a vé si hay alguna cosa que nos pueda serví —respondió Antonio seguro de sí mismo.

El resto de la expedición callaba, temerosos ante el aspecto del hombre y el ladrido de aquellos perros de pelaje parasitado cuya existencia difícilmente podía llamarse vida. Animales sentenciados a defender aquel pudridero a cambio de un poco de agua y pan duro, si no eran capaces de agenciárselo por su cuenta como las ratas y las moscas.

—Aquí no puede entrá nadie, ¿no sabes leé? —dijo secamente el operario señalando un cartel—. ¿Qué pone ahí? 

—Pro-bi-do... el-pa-so y... ver-té... es-com-bros... sin-el per-miso de-el gu-gu-guarda… ba-jo murta… de mil… pejetas —balbució el chico. 

—¡Entonces!, ¿qué es lo que no has entendió? 

—Señó Manolo, pero yo le iba a pedí permiso a usté pa podé entrá —dijo Antonio con cara de inocente. 

—Bien, ya que estáis aquí, os voy a dejá pasá... pero no quiero vorvé a veros por aquí. Tené mucho cuidao, que si ocurre algo el responsable seré yo. ¿Ha queao claro?

Asintieron con la cabeza, ansiosos por empezar. —No se precupe usté, que d'eso m'encargo yo —dijo Antonio haciendo un gesto a sus subordinados—. ¡Ah!, y muchas gracias, señó Manolo. 

—No tardéis mucho, que en dos horas viene un camión a descargá. ¿M'habéis oío bien? 

—¡Sí, señó! —respondieron al unísono. 

—¡Venga, darsos prisa! Cogé solo aquello que pueda valé —ordenó Antonio.

En menos de lo que canta un gallo, se dispersaron. 

—¿Esto vale? —gritaban mostrando cachivaches. Antonio daba el visto bueno o los rechazaba según su criterio. Una hora después, consideró que la cosecha era productiva. —¡Venga, muchachos, vámomos ya!

Se reunieron de nuevo frente al operario municipal. —Paece que sos ha dao bien el viaje, ¿no? 

—Sí, asín es, señó Manolo... Gracias a usté, ya tengo lo que buscaba. 

—De na, hijo… pero recuerda que aquí no se puede entrá. Si vorvéis, no sos dejaré pasá. 

—Sí, señó. Le juro que no volveremos más.

Dos horas después, jadeantes y empapados en sudor, llegaron al punto de partida justo para comer. 

—Dejá to endentro y regresá cuando podáis… Esta tarde veremos qué se puede hacé con lo qu'hemos traío. ¡Cada mochuelo a su olivo! —ordenó Antonio, usando la frase de don Luis, su profesor de quinto.

A eso de las cuatro, Antonio caminaba hacia la barraca cuando vio a dos hombres que transportaban algo voluminoso y lo arrojaban sobre unas carrascas, en uno de los muchos estercoleros descontrolados de la zona. Aquello despertó su curiosidad. «En cuantito vengan los muchachos iremos a vé si nos sirve», pensó mientras abría el candado de la barraca que su padrino le había construido antes de emigrar a Madrid. —A vé qué tenemos aquí: una mesa, las sillas y el brasero. Esto lo meteremos atrás con el cuadro de bici y, con las ruedas de la piconera, podré hacé una bicicleta nueva —se dijo.

—¿De ónde has sacao to eso, Pirata? —preguntó una voz a su espalda. Era José. Antonio se puso en pie para el saludo familiar. 

—Hola, papa. Lo hemos traío del basural. José enarcó las cejas entre enojado e incrédulo. 

—¡¿Del vertéero?! ¿Hasta allí sos hay alargao? 

—Sí, papa. Salimos temprano y pa la hora de comé estábamos aquí. 

—T'he dicho mil veces que no quiero que t'alargues del barrio, y menos cruzando la carretera. El día que ocurra una desgracia te culparán a ti de to. Antes de que eso pase, te voy a encadená a la pata de la cama. 

—No se ponga usté asín. Le juro por Dios que no voy a ir más. 

—Como me entere otra vé, con este que ves aquí —dijo llevándose la mano al cinto—, te saco la piel a tiras. 

—Papa, ¿me puedo traé un saco de picón aquí pa cuando llegue el invierno? 

—Está bien, hijo; pero te lo traes cuando arrecie el tiempo. Y no gastes más de lo menesté, ¿m'has oío?

 —Sí, papa. ¡Muchas gracias! 

—¡Quea con Dios, hijo!

Por el camino, Pedro y Moreno corrían veloces. 

—Buenas tardes, señó José —dijeron al cruzarse con él. 

—¡Güenas están!... ¿A ónde iréis tan ligeros, par de pollos? 

—En busca de Antonio —respondió Pedro—. ¿Sabe si está en el cuartel general? 

—¡¿Cuarté generá?!... ¿A ónde queda eso, hijo? 

—¿Que si está el Antonio en el chiscón? —aclaró Moreno. 

—Sí, allí anda… No sé qué sos traéis entre manos, ¡granujas! 

—Na, señó José... cosas de Antonio —refirió Pedro. 

—¡Venga, seguí trotando! Y tené mucho cuidao, que las desgracias andan siempre al acecho. 

—¡Adiós, señó José!

José los vio desaparecer con una sonrisa leve: «Qué cosas tiene el joio muchacho… Son juegos sin maldá. Peó sería que fuese un vándalo, aunque de seguí asín, algún día me traerá quebraeros de cabeza».

Jadeantes, los amigos llegaron al cuartel compitiendo por entrar primero. 

—Hola. He visto que hablabais con mi padre, ¿qué sos ha dicho? —preguntó Antonio. 

—Na, que aónde íbamos tan aprisa —aclaró Moreno. 

—M'ha reñio por lo de esta mañana y m'ha probido volvé allí —sentenció Antonio con semblante circunspecto. 

—No te precupes, Antonio... de todas formas, el gordo asqueroso no nos iba a dejá entrá más —recordó Pedro—. ¿Esperamos a alguien pa colocá to esto? 

—Sí, esperaremos a que vengan tos. Vi a dos hombres tirar algo ahí atrás, iremos a vé qué es cuando estemos juntos. 

—Antonio, la mesa y el brasero sé pa qué valen, pero el baúl y la maleta… —dudó Moreno. Antonio torció el labio: —Pos está más claro que el agua: pa meté cosas y pa sentarnos, ¿no? 

—Tienes razón —dijo Moreno bajando la mirada. 

—¡Ahí vienen los de "la banda del peo, que son pocos y feos"! —bromeó Pedro.

—Vamos a resolvé el misterio —instó Antonio—. ¡Segidme! Tras aquellas carrascas hay algo que necesitaba la fuerza de dos hombres; seguro que es valioso.

Corrieron ladera arriba. Al descubrir que era un sofá-cama, saltaron sobre él gritando de alegría. Tras reposar quince minutos, emprendieron el traslado por el terreno abrupto. —¡Vaya, lo que nos faltaba! —gruñó Vicente al llegar a la puerta—. M'apuesto lo que quieras a que no podemos meterlo. 

—¿Tan seguro estás? Se nota que en tu casa no tenéis sofá —replicó Antonio con ironía—. Vas a vé cómo vale más la maña que la fuerza.

Tras varios intentos, lograron traspasar la puerta. Una hora más tarde, el sofá, la mesa camilla, las sillas, el baúl y la maleta estaban en su sitio. 

—Bueno, chavales, ya está to preparao. Mañana invitaré a las muchachas pa vé qué las parece el cambio. «Espero que a Rocío la guste como lo he puesto», pensó Antonio. Leandro no daba crédito: —¿Van a vení ellas aquí a juegá? 

—Sí. Si ellas quieren, ¿por qué no? 

Leandro apretó las mandíbulas con el ceño fruncido: —Pos no sé pa qué, si nosotros juegamos a otras cosas. 

—Si no estás de acuerdo —dijo Antonio señalando con el mentón—, ya sabes a ónde tienes la puerta. 

—Está bien —masculló Leandro—. Tú eres el que manda aquí, el que ordena y amenaza. 

—¿Cómo dices? —inquirió Antonio alzando la voz. 

—Na, na. Que estoy de acuerdo —mintió Leandro con una sonrisa falsa.

Los Hijos de La Data Capítulo I, episodio 7



 Una tarde, en el islote, Antonio llevó a Rocío hasta un álamo blanco. 

—Cierra los ojos —le pidió. Al abrirlos, retiró la camiseta que ocultaba el tronco. Sobre la corteza había tallado un corazón atravesado por una flecha con la palabra LOVE y sus iniciales. Los ojos de Rocío se humedecieron y le dio un beso sonoro en la mejilla. 

—¿Eso quiere decí que eres mi novia? —preguntó Antonio, nervioso. 

—Pos claro, tonto.

Aquel verano, con su metro setenta y cinco y su carácter atento, Antonio dejó de ser el niño de las travesuras para convertirse en el centro de atención. Pero, en esencia, seguía siendo el mismo chaval de siempre.


Antonio se hallaba en mitad del patio, rodeado de chavales que escuchaban atónitos lo que le habían deparado las vacaciones estivales. Faltaba aún más de un cuarto de hora para que sonara el silbato y los alumnos entrasen a las aulas cuando Roberto avanzó hacia ellos dando rápidas zancadas. El muchacho, encontrándose todavía a más de diez metros del grupo, no tuvo paciencia y gritó con ironía:

—¡Qué!… ¿Ya os está contando sus aventuras, Tarzán? 

—¡Oye, Roberto! ¿Qué te pasa con Antonio? Siempre estás en su contra —arguyó uno de los allí reunidos. 

—Estoy seguro de que todo es fruto de su cabeza hueca… —afirmó Roberto, sin tener conocimiento alguno de lo que estaban hablando. Antonio le miró de soslayo. 

—¿Acaso las tuyas son mejores? —preguntó con voz altiva y despreciativa. 

—Estoy harto de sus mentiras. Y si tan listo es y sabe tanto, ¿cómo es que tiene que repetir curso? —añadió, buscando con la mirada la aprobación de los demás.

El grupo permaneció en silencio, expectante ante la reacción del ofendido. 

—En cuanto a mis vacaciones, puedo decir que me lo he pasado muy bien. Este año hemos estado en Alicante —explicó Roberto sin que nadie le preguntara—. Esas playas sí que son interesantes y divertidas, no como las mugrientas orillas de un asqueroso río —remató con desprecio gratuito.

Al percibir el sonido enérgico, estridente y continuado del silbato, todos emprendieron una fugaz carrera, tal y como lo haría un alma que huye del diablo. Durante el recreo, Antonio continuó conversando con sus compañeros y amigos; Roberto, en cambio, vagaba solitario y meditabundo por el patio. Alguien le había informado de que Rocío y Antonio eran novios. «Será verdad, o será otra mentira de ese imbécil», caviló enfurecido mientras lanzaba patadas al aire. «Bueno, y si es verdad, peor para ella; total, no es más que otra idiota como él».

Por la tarde, al salir del colegio, Antonio se dirigió al barrio sin entretenerse. Tenía ganas de reencontrarse con sus amigos, pero, sobre todo, con su amor. Cuando la vio jugando a la rayuela con Lucía, corrió a su encuentro jadeante: —Hola, chicas. ¿Qué hacéis? —dijo con respiración agónica. Lucía, con la boca entreabierta, le dedicó una mirada de desaire: —¡¿No lo ves?! Él hizo como si no hubiera visto ni oído nada. 

—Rocío, ¿te puedo preguntá una cosa? Ella asintió vehementemente, con las pupilas tan dilatadas como las de un búho real. —¡Venga!... Dímelo, ¿a qué esperas? 

—¿Te puedo dá un beso cada vé que te vea, mi niña? —insinuó con voz queda y temblorosa. 

—¡Claro que sí!, pa eso semos novios. Y no te dé tanta vergüenza, que ya lo sabe to el barrio.

Alentado por su actitud, Antonio propuso: —Si queréis, podéis vení al chiscón. Lucía giró la cabeza y arrugó el morro, tal y como lo haría un búho chico. 

—¡¿Para qué quieres que vayamos allí?! 

—Pos, pa enseñaros a ónde jugamos siempre los muchachos. 

—¡Venga!, vamos a verlo —animó Rocío, sonriendo.

Al entrar, ambas se quedaron boquiabiertas al observar el estado de la barraca. Lucía escudriñó hasta el último rincón como un detective en busca de indicios. 

—¿Quién os limpia el chiquero? —curioseó un rato después. 

—Bueno, desde el verano han sío el Pedro y el Vicente, pero cuando estamos tos, lo limpiamos cada día uno: es la mejó manera de que nadie lo ensucie. 

—¿Y pa entrá aquí hay que hacé algo? —preguntó Rocío. Antonio se creció ante la actitud de ambas. 

—No, no... Además de que soy yo el que manda, a las chicas no hace falta. La "lechuza" se incomodó ante la arrogancia del «capitán». 

—¡Venga!, menos cuento y ¡vámonos ya!, que aún tengo por hacer los deberes. 

—¡Jo!... ¡Qué agonía eres, Lucí! —protestó Rocío. La aludida le lanzó una mirada fulminante, afilada como un cuchillo. 

—Tú verás si te vienes o te quedas —instó enfáticamente mientras salía con desaire de la caseta.

Lucía era una muchacha de catorce años, espigada y desmejorada. Además de por su acritud, llamaba la atención por su pequeña cabeza encumbrada sobre un largo pescuezo; tenía ojos pequeños, mirada esquiva y una nariz larga y puntiaguda como el pico de un jilguero. Sus labios eran enjutos y su frente pequeña. La tez blanca contrastaba con un cabello que le caía parte sobre los ojos y parte alrededor de la cara, en endejas ásperas y negras que semejaban las crines de un jamelgo tordo. Era recelosa y arisca como un gato, acostumbrada a salirse siempre con la suya. Aunque solía mostrarse serena, con frecuencia sacaba a relucir su terquedad y arrogancia, tal vez por haberse criado entre seis hermanos varones, harta de ser el objeto de sus ironías. Tenía en común con casi todas las chicas del barrio el estar prendada de Antonio; el hecho de que él jamás se hubiera fijado en ella la desquiciaba con frecuencia.

Lucía y Rocío vivían en el portal contiguo al de Antonio, frente por frente, en la segunda altura. El exterior de las viviendas se repetía en todas las edificaciones, excepto en la primera hilera respecto a los muretes de contención, pues estas estaban a ras de tierra junto a la plazuela. Las fachadas encaladas, blancas como una perdiz nival, daban a dos calles con tres ventanas a cada una. El portal sobresalía un metro de la recta fachada y estaba protegido por una puerta de dos hojas con negros barrotes de hierro que recordaban a una cárcel. Para acceder a la primera altura había que remontar seis peldaños; el resto de tramos, de rellano a rellano, constaba de dieciséis escalones con una meseta intermedia. En total, cincuenta y cuatro inclinados y angostos escalones. Las escaleras eran tan estrechas que, al cruzarse dos personas, normalmente cedía el paso quien subía para permitir el tránsito del otro, maniobra que se realizaba en los rellanos o mesetas. Allí, de pared a pared, había una barandilla de un metro de altura, constituida por pletinas de cuatro centímetros y delgados barrotes negros separados cada quince centímetros. El pasamano recorría toda la escalera. Los peldaños apenas medían ochenta centímetros de largo, veinte de ancho y quince y medio de altura.

Entre el edificio y la calle, a unos cinco metros, discurría un largo y bajo muro de mampostería, finamente rejuntado con blanqueada argamasa. En paralelo a las viviendas, alineadas entre el muro y el bloque, crecían cinco acacias por cada dos portales, aportando sombra y frescura en verano. Junto al muro, cada veinticinco metros, se alzaba una hilera de postes de hormigón que distribuían el tendido eléctrico mediante cinco cables desnudos. Frente a los portales, una gruesa manguera negra llevaba la corriente a cada casa. En cada poste, una gran cazoleta de aluminio protegía una bombilla blanquecina que alumbraba tanto la calle como el hueco de las escaleras. Frente al portal, una oquedad en el muro contenía unas escaleras de granito azulado que permitían el acceso a la explanada del inmueble.

A partir de la medianoche, en el barrio solo se oía el ladrido ocasional de los perros que buscaban comida entre la basura para saciar sus desnutridos estómagos. Algunos estaban habituados a comer como las serpientes: una vez a la semana. En el silencio de la noche, se escuchaban las inacabables campanadas del vetusto convento junto al aullido lastimero de los canes que, asustados por el eco, huían con el rabo entre las patas como si los persiguiera la negra muerte.

Reunidos en la barraca un viernes al atardecer, Antonio se puso en pie frente a sus amigos: —Como ya sabéis, y sos dije l'otro día, mañana tenemos que madrugá pa ir al basural… ¡Que levanten la mano los que van a vení! 

—Antonio, ¿a qué hora? —consultó Pedro con su voz de pito. 

—El que no esté en la prazuela a las nueve y media se quedará en tierra, ¿queda claro? 

—¡Síííí! —respondieron al unísono. 

—¡Venga!... ¡Hasta mañana! —concluyó el capitán.



La rebelión de la atención

 


La rebelión de la atención

Escrito el 14 de mayo de 2026

En los anales de la historia digital, se cuenta que la caída del Comendador Algoritmo no ocurrió por un fallo en el servidor ni por un ataque de hackers externos, sino por la insurgencia de una pequeña aldea de usuarios que recordaron lo que significaba ser humanos. Esta es la crónica de la rebelión de Fuenteovejuna 2.0.

El Comendador no residía en un castillo de piedra, sino en una arquitectura de redes neuronales denominada «El Feed». Desde allí, ejercía un derecho de pernada moderno: no reclamaba el cuerpo físico, sino el alma cognitiva de sus vasallos.

En Fuenteovejuna, la vida ya no se regía por las estaciones, sino por las «Horas de Mayor Tráfico». El Comendador exigía tributos constantes:

Mengo, el gracioso del pueblo, era obligado a humillarse en bucles de siete segundos para entretener a una audiencia invisible.

Frondoso pasaba las noches minando clics para poder ofrecerle a Laurencia un anillo virtual que brillaba más que la realidad, pero que no pesaba nada en la mano.

El Alcalde Esteban veía con impotencia cómo las leyes de la villa eran sustituidas por los «Términos y Condiciones» que nadie leía, pero que todos firmaban con la sangre de su privacidad.

El conflicto estalló cuando el Comendador puso sus ojos en Laurencia. Él no quería su amor; quería su conversión. Utilizó sus herramientas de «Shadowban» para silenciarla, enterrando sus palabras bajo una montaña de contenido basura. Secuestró su imagen, la pasó por mil filtros de inteligencia artificial y la devolvió al pueblo como una cáscara vacía, una influencer sin voluntad que solo repetía eslóganes comerciales.

Laurencia, sin embargo, poseía un código que el Algoritmo no podía descifrar: la memoria del honor.

Cuando escapó de la «Cámara de Eco» donde el Comendador la tenía recluida, Laurencia irrumpió en la Plaza del Tiempo Real. Sus cabellos estaban despeinados —un pecado estético para la plataforma— y sus ojos no buscaban la cámara, sino el contacto directo.

«¿Qué hacéis aquí sentados, esperando que la barra de carga complete vuestras vidas?» gritó ante los hombres de la villa. «Nos ha robado el silencio, nos ha fragmentado la atención hasta dejarnos sin pensamiento. ¡Si no sois capaces de romper vuestras pantallas, dadme vuestros teléfonos, que yo los convertiré en adoquines para vuestra tumba digital!»

El pueblo, despertando de un trance de años, no recurrió a la violencia física, sino a la Invisibilidad. Entendieron que el Comendador solo existía porque ellos lo miraban. Si la mirada moría, el tirano moría con ella.

Aquella noche, Fuenteovejuna cometió el acto más subversivo del siglo XXI:

En un unísono poético, miles de cuentas fueron cerradas. Los perfiles, con sus años de recuerdos curados, desaparecieron en el éter.

Aquellos que se quedaron, empezaron a publicar «Contenido Humano» que el Algoritmo odiaba: fotos de platos vacíos, silencios de diez minutos, lecturas de clásicos en latín. El sistema, diseñado para lo viral y lo estridente, empezó a asfixiarse con la calma.

Los habitantes dejaron de seguirse en la red para empezar a encontrarse en el bar, en la plaza, en el campo. Cortaron los nervios digitales que alimentaban al monstruo.

El Comendador, viendo que sus ingresos por publicidad caían y su retención de usuarios llegaba a cero, envió a sus Moderadores de Élite. Llegaron con encuestas, con ofertas de suscripciones gratuitas, con notificaciones de «te echamos de menos».

Empezaron los interrogatorios en los chats privados, buscando al instigador de la desconexión masiva.

—¿Quién configuró el firewall que nos bloquea? —preguntaba el bot inquisidor.

—Fuenteovejuna —respondía el mensaje automático.

—¿Quién desactivó el rastreo de datos?

—Fuenteovejuna, Señor.

—¿Quién es el dueño de esta red de humanos?

¡Todos a una!

El sistema intentó aplicar el «Tormento de la Irrelevancia», amenazándolos con que el resto del mundo los olvidaría. Pero Fuenteovejuna descubrió que no hay mayor libertad que ser olvidado por un algoritmo y recordado por un vecino.

Finalmente, el caso llegó a los niveles más altos del sistema operativo. Pero para entonces, el Comendador Algoritmo ya se había desintegrado. Sin datos que procesar, sus procesadores se sobrecalentaron hasta arder.

El pueblo de Fuenteovejuna se mantuvo firme. No regresaron a la red. El «Rey», que en esta historia es la Conciencia Colectiva, dictaminó que el pueblo tenía razón: ninguna máquina puede gobernar el honor de un hombre, ni ninguna métrica puede medir la profundidad de un pueblo unido.

Fuenteovejuna volvió a ser de piedra y tierra, y sus habitantes vivieron felices, sabiendo que la verdadera conexión no requiere cobertura, sino presencia.


Pasaron los años, y las pantallas que una vez brillaron con la intensidad de mil soles artificiales terminaron convertidas en espejos negros, inertes, utilizados por los niños de la villa para reflejar la luz del sol real hacia los nidos de las cigüeñas. El castillo de los servidores, antaño el corazón palpitante del Comendador Algoritmo, quedó reducido a una cáscara de hormigón y metal oxidado en las afueras, donde la maleza comenzó a devorar los cables de fibra óptica como si fueran raíces de una civilización olvidada.

En Fuenteovejuna, el tiempo recuperó su ritmo natural. Ya no se medía en milisegundos de latencia, sino en el crecimiento del olivo y en la duración de una conversación sin interrupciones.

Cuentan los ancianos del lugar que, de vez en cuando, algún viajero extraviado llegaba a la villa portando un dispositivo brillante en la mano, con el dedo pulgar moviéndose frenéticamente hacia arriba por puro acto reflejo. Los habitantes lo recibían con una mezcla de lástima y hospitalidad. No intentaban convencerlo con discursos; simplemente lo sentaban a la mesa.

Allí, el viajero descubría el mayor castigo que Fuenteovejuna le había infligido al sistema: la irrelevancia del dato. Al Algoritmo no se le venció con odio, sino con indiferencia. Sin el alimento de la atención humana, el Comendador no era más que un fantasma de matemáticas vacías.

Se dice que Laurencia, ya con el cabello plateado pero la mirada intacta, solía sentarse en el portal de su casa. A veces, algún joven le preguntaba si no echaba de menos los «corazones» que llovían sobre su imagen cuando era el centro del mundo digital. Ella, con una sonrisa que ningún filtro podría replicar, respondía:

«Hijo, un millón de clics no pesan lo que pesa una mano amiga sobre el hombro. El Algoritmo nos prometió el mundo entero en la palma de la mano, pero para dárnoslo, primero tuvo que obligarnos a cerrar los ojos ante lo que teníamos delante.»

En los libros de historia que ahora se escriben con pluma y tinta en la villa, el capítulo de la rebelión termina con una advertencia para las generaciones venideras. Pues Fuenteovejuna sabe que el Algoritmo no ha muerto del todo; habita en cualquier sistema que intente reducir la complejidad del alma humana a una cifra, una etiqueta o una tendencia.

Pero la lección quedó grabada en el ADN de la villa: mientras exista un pueblo dispuesto a ser «todos a una», no habrá código capaz de cifrar su libertad, ni pantalla lo suficientemente grande para contener su verdad.

El pueblo de Fuenteovejuna sigue allí. No lo busques en los buscadores, ni lo sigas en las redes. Para encontrarlo, solo hace falta una cosa: dejar de mirar hacia abajo y empezar a mirar hacia el frente.

©Franizquiero

jueves, 28 de mayo de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo I, episodio 6


 

Los Secretos del Trasmallo

Por fin llegó el tan ansiado momento. Después de comer y dormir una breve siesta, José recogió el saco de yute donde guardaba el trasmallo y se acercó hasta donde estaba acostado Antonio. 

—¡Vamos, Pirata! —propuso, haciéndole un gesto con la cabeza—. A vé qué tal se mos da. 

—¡Ya voy, papa! —respondió el muchacho con brío, poniéndose en pie de un salto.

José se echó el saco sobre el hombro y ambos emprendieron la marcha. Mientras caminaban, el padre colocó la mano sobre el hombro de su hijo y, mirándole a los ojos, le advirtió: —Hijo mío, siempre que vayas a pescá tiés que tené mucho cuidao: no jacé ruío y andá con la vista fina. 

—¿Qué quiere usté decí con eso, papa? 

—No solo por los peces, hijo. Tamién tiés que tené cuidao con los Civiles y con los del Incona. 

—¿Quién son los del Incona, papa? 

—Los que vigilan los ríos y los montes… Tos ellos tién mu mala sangre, y es mejó no velos por ningún sitio.

A unos quinientos metros de la enramada, José se detuvo en seco. Depositó el saco en el suelo y extrajo el trasmallo. —Asujetalo, hijo —dijo en voz baja. Acto seguido se internó entre la maleza y regresó con una pequeña balsa de corcho y polietileno que él mismo había escondida allí días atrás. Jose comenzó a deslizarse por el agua con la misma soltura que un gondolero veneciano, usando un varal de chopo con una virola metálica en la punta.

Desde la orilla, sentado a la sombra de unos alisos, Antonio observaba atentamente cada movimiento de su padre, grabando en su memoria el procedimiento: cómo José cruzaba a la otra orilla, ataba un cabo a los juncos y desplegaba la red dejándose llevar por la corriente. Luego, lo vio golpear la superficie y el fondo con el varal para asustar a los peces y empujarlos hacia el trasmallo. Media hora más tarde, José comenzó a recoger la red, cargada de peces que aún se agitaban. Antonio lo esperaba saltando de alegría.

En el río Jerte, por aquellas fechas, habitaban infinidad de especies acuáticas: barbos, bogas, cachos, jaramugos, truchas y tencas, además de anguilas, black-bass, carpas, cangrejos y mejillones. Tras desenredar con cuidado el pescado y depositarlo en el costal, Jose volvió a ocultar la balsa.

—Marido, ¿qué tal s'ha dao? —preguntó Manuela desde la distancia al verlos aparecer. 

—Bien, bien… Vienen como seis kilos de chicos y unos diez de gordos. 

—¡Qué bien! Asín podremos prepará un güen moje con los grandes.

José puso a secar el trasmallo entre dos alisos, ocultándolo para evitar llamar la atención de los guardas, ya que en verano estaba prohibido pescar con redes. Un rato después, clasificaron y destriparon las capturas. José preparó una hoguera y Manuela roció el pescado con sal gorda para airearlo antes de freírlo en una enorme sartén  jaspeada.

Antonio se acercó a la mesa cuando los primeros peces pequeños, fritos y dorados, fueron depositados en una gran fuente de porcelana blanca.

 —Mama, ¿puedo cogé uno? 

Ella asintió con la cabeza. 

—Sí, hijo mío. Pués comé los que quieras, pero ten cuidao, que entoavía queman mucho. 

—¡Hmm! Están deliciosos, mama.

José intervino para que se frieran más, "bien churruscaos", antes de pasar a las tajadas grandes destinadas al moje. Estas no necesitaban tanta fritura. Cuando alcanzaron el punto deseado, fueron depositadas en un perol rojo óxido. Jose preparó el escabeche sofriendo cebolla, pimientos cornicabra secos, laurel y ajo, añadiendo un vaso de vinagre y agua. Vertió el líquido sobre el pescado troceado y lo dejó reposar, pues el moje sabía mejor de un día para otro.

La tarde había avanzado y el sol comenzaba a ocultarse tras la silueta azulada de la sierra cuando dieron por terminada la tarea. 

—Antonio, hijo, ve poniendo los platos en la mesa, que vamos a cená ahora mismo —dijo Manuela con tono suave. 

—¿Qué hay pa cená, mama? 

—Sopas de tomate y peces fritos. Y saca las uvas tamién, hijo, que las vamos a comé pa acompañá las sopas.

—A mí me gusta comelas con jigos —comentó José. 

—Pos hoy tendrán que sé con uvas.

Apenas habían terminado de cenar cuando la oscuridad comenzó a cubrirlo todo. La luna se abrió paso tímidamente y las estrellas empezaron a brillar mientras el aire refrescaba. 

—Esta noche me da a mí que temos que echarnos la manta por cima —balbució José—. Bueno, habrá que dir pensando en dirse a dormí… ¡Que mañana es día de escuela! 

—Papa, pero si falta más de un mes pa empezá la escuela. 

—Eso es pa ti, hijo. Yo mañana tengo que dir a trabajá.


Apenas despuntaban las primeras luces del alba cuando la vieja Derbi comenzó a rugir: Joseé se marchaba a trabajar. Un tiempo después, hacia las diez y media, Antonio sintió una necesidad perentoria de evacuar el intestino y se alejó hacia un altozano de carrascas.

Aún rayaban las primeras luces del alba cuando, para no despertar a quienes aún dormían, comenzó a rugir a unos doscientos metros la vieja Derbi con la que José se iba a trabajar, como venía siendo habitual.

Un rato después, hacia las diez y media, cuando el sol todavía permanecía bajo y al proyectar su luz hacía crecer enormemente las sombras de los objetos, Antonio sintió al mismo tiempo un fuerte retortijón y la necesidad urgente de evacuar. Sin perder tiempo, se alejó a toda prisa hacia el lugar destinado para aquellos menesteres: un pequeño altozano poblado de oscuras y achaparradas carrascas.

Ajeno a todo, por el sendero avanzaba un estirado, ágil y escurridizo ofidio, de tonalidades pardoverdosas y con una oscura mancha dorsal detrás del cuello. Su cabeza era estrecha, de hocico afilado; los ojos, grandes y redondos. Venteando el aire, iba en busca de sustento.

Cuando ambos quedaron frente a frente, separados apenas por un par de metros, el animal, creyéndose amenazado, se irguió con avidez mientras lanzaba enérgicos bufidos y rápidos amagos de ataque hacia quien consideraba su enemigo. Entre resoplidos, su lengua roja y bífida aparecía y desaparecía amenazadora.

Antonio sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo entero. Se le erizó el vello y, al mismo tiempo que desaparecía de golpe la necesidad de evacuar, notó cómo algo tibio y húmedo le descendía por la pierna derecha.

No habían transcurrido ni diez segundos desde el azaroso encuentro cuando ambos emprendieron la huida en direcciones opuestas. La serpiente desapareció veloz entre un enorme pedregal. Antonio, tan pálido como la penca de una acelga, corría despavorido mientras gritaba:

—¡Socorro!, ¡socorro!, ¡auxilio!

Manuela, alertada por los gritos, salió a su encuentro tan deprisa como le permitían las piernas. En cuanto llegó junto a él, lo estrechó entre sus brazos.

—¿Qué t'ha pasao, hijo mío? —preguntó angustiada mientras lo llenaba de besos y le palpaba el cuerpo en busca de alguna herida.

El miedo impedía a Antonio articular palabra. Entonces Manuela percibió un insoportable hedor y notó en la mano algo pegajoso.

—¡Una serpiente!, ¡una serpiente! —logró balbucear al fin el muchacho.

—¡Ja, ja, ja!… ¡Ay, Dios mío!… —rompió a reír Manuela, incapaz de contenerse.

—Pos no sé de qué se ríe usté tanto, si la dan miedo hasta los ratones —protestó él, ofendido.

—No me río de ti, hijo mío… ni tampoco de la culebra.

—¿Entonces?

—Verás cuando se lo cuente a tu padre… ¡Anda!, vete a quitá las carzonas y date un baño, que si no, en vez de la culebra te van a comé las moscas.

Circundada por varias piedras, una hoguera ardía alegremente sobre el suelo. Encima de unas trébedes descansaba un caldero de cobre en cuyo interior crepitaba el aceite mientras se doraban unos dientes de ajo. Manuela añadió después un puñado de cebolla y pimientos verdes bien picados. Cada nuevo ingrediente avivaba el chisporroteo y hacía que el aroma fuese ganando intensidad. Finalmente, incorporó varios tomates maduros, pelados y troceados.

En pocos segundos, el lugar quedó inundado por el delicioso olor que emanaba del caldero.

A la derecha de las trébedes había un puchero oblongo, de paredes abombadas y un solo asa lateral. Por dentro lucía un suave gris perlado; por fuera, un rojo apagado con la base ennegrecida por el humo. En su interior hervía una docena de huevos camperos. Junto a él, otro recipiente más ancho y alto, con dos asas, borboteaba anunciando el momento de echar la pasta. En el agua danzaban un par de hojas de laurel y un puñado de sal.

Superado ya el susto de la mañana, Antonio se entretuvo durante un buen rato bañándose en el río. Se zambullía una y otra vez, perseguía peces y trataba de atrapar alguno de los que se ocultaban entre las algas o bajo las piedras más grandes, esperando conseguir alguna hazaña digna de elogio.

Tras desistir en su empeño, el hambre comenzó a apretarle el estómago.

—¡Mama!, ¿qué hay pa comé? —gritó desde la orilla.

Manuela, que se hallaba junto a la hoguera, aguardó primero a tragarse el trozo de pan que estaba comiendo.

—Macarrones con tomate. Pero antes tiés que ir a la fuente por agua —respondió alzando la voz.

Antonio se relamió.

—¡Hmm!... ¡Qué ricos!... ¡Mama, póngame un buen platao, que vengo enseguía!

Cogió dos garrafones verdes de plástico rugoso, los introdujo en el cesto de mimbre instalado en el portaequipajes de la bicicleta y salió pedaleando con entusiasmo. Cinco minutos más tarde llegó jadeante y sudoroso a la fuente, situada junto a un enorme canchal.

Desde fuera, el pequeño edificio parecía una caseta de piedra. Las paredes estaban levantadas con mampostería y argamasa; el tejado lo formaban dos grandes losas de granito. Para acceder al interior era necesario descorrer un cerrojo y abrir una pesada puerta de hierro cuya función era impedir la entrada de animales y alimañas.

Nada más entrar, Antonio sintió el frescor del lugar. Frente a él había un antepecho de unos cincuenta centímetros de altura construido con ladrillos macizos y recubierto de argamasa. En uno de los extremos habían dejado un hueco a modo de rebosadero, por donde el agua sobrante escapaba hacia un pequeño canal que la conducía hasta varias pilas de granito utilizadas como abrevadero para el ganado.

Continuó observando cada rincón hasta descubrir, en una pequeña hornacina, un bote de latón que hacía las veces de taza. Lo aclaró, lo llenó y bebió de un solo trago.

Después enjuagó los garrafones, se arrodilló junto al murete y comenzó a llenarlos. Mientras el agua entraba en el recipiente produciendo un sonoro:

—Glub, glub, glub...

levantó la vista hacia el techo y se estremeció al descubrir la enorme cantidad de negros y zanquilargos morgaños que correteaban por la vieja techumbre.

—¡Jodé, cuántos bichos hay aquí! —exclamó.

Cuando terminó, dejó las garrafas en el exterior, cerró la puerta y emprendió el regreso.

Al volver a la enramada encontró sobre la mesa un abundante plato de humeantes macarrones con tomate y, al lado, otro más pequeño con dos huevos cocidos.

Los golpeó suavemente con el mango del cuchillo, los peló y los troceó sobre la pasta antes de mezclarlos con el tenedor. Luego comenzó a devorarlos con auténtica ansia, sin importarle que la salsa le manchase las comisuras de los labios.

Después de comer, lavarse las manos y limpiarse el bermejo hocico, se dirigió al islote. Allí, bajo la sombra de los alisos y recostado sobre una jarapa multicolor, cayó profundamente dormido.

No despertó hasta cerca de las cuatro y media, sobresaltado por el bullicio de una quincena de muchachos que llegaban cargados con meriendas, toallas y utensilios de baño.

Al reconocerlos, salió corriendo a su encuentro.

—¡Jodé, lo que habéis tardao en vení!

—Menua caló que hace —se justificó Rocío, la mayor del grupo.

—Ya, mi niña… pero aun así se puede vení un poco más ligero, ¿no?

—Sí, claro… sobre to con estos —dijo señalando a los pequeños—, que andan más despacio que las tortugas y se enrrean más que las zarzas.

Rocío era una muchacha agraciada de trece años, de tez blanca curtida por el sol. Sus largos cabellos negros solía llevarlos recogidos en dos voluminosas coletas. Sobre la pequeña frente destacaba un tupido flequillo recto. Sus grandes ojos verdes, vivaces y expresivos, estaban rodeados de largas pestañas. Sobre la nariz y los pómulos se repartían diminutas pecas, y tanto en las mejillas como en las comisuras de los labios asomaba alguna que otra espinilla adolescente.

Era alta y delgada como una tarma. En sus largos brazos podían verse restos de calcomanías desgastadas por el agua y el paso del tiempo. En la muñeca derecha llevaba una colorida pulsera confeccionada por ella misma con finas tiras huecas de plástico.

Rocío era también risueña, amable y de buen trato, aunque a veces algo obstinada. El resto de la pandilla, además de apreciarla como amiga generosa y cariñosa, comenzaba a percibir en ella los primeros signos de mujer.

Nada más llegar a la zona de baños, extendieron las toallas sobre la hierba, colgaron las meriendas de las ramas y salieron corriendo hacia el río.

—¡Al agua, patooooos!

Todos excepto Antonio, que fue hasta el islote para recoger su peculiar flotador: una enorme cámara negra de rueda trasera de tractor.

Aquella cámara hacía las veces de barca cuando estaba solo y de improvisada plataforma de juegos cuando se reunían por las tardes. Desde ella, los mayores se lanzaban de cabeza al agua y regresaban nadando para repetir una y otra vez la operación.

El juego consistía en que, para volver a subir, debían bucear y aparecer por el hueco central de la cámara mientras los demás permanecían agarrados esperando turno. No siempre conseguían mantener el equilibrio, y entonces comenzaban las risas, los empujones y la competición por ver quién lograba subir primero.

Mientras tanto, los pequeños organizaban carreras río abajo, embutidos en flotadores con forma de pato o protegidos con manguitos fluorescentes.

Durante horas, el río se llenó de chapoteos, carreras, gritos y carcajadas.

A eso de las siete, agotados y hambrientos, llegó el momento de la merienda. Sobre las toallas aparecieron enormes bocadillos de tortilla, chorizo, jamón y queso, mortadela con aceitunas o chóped.

Fueron devorados en apenas unos minutos, impulsados por el feroz apetito que dejaban los juegos acuáticos.

Después recogieron las cosas y emprendieron el regreso por el largo y polvoriento camino.

Como cada tarde, José regresó de trabajar y cumplió con su ritual habitual. Manuela lo esperaba junto a la orilla con una toalla en la mano.

—¿Qué tal, marío?... ¿Vienes mu cansao?

Sin poder evitarlo, soltó una sonora carcajada al ver acercarse a Antonio.

José arqueó las cejas.

—¿Qué te jace tanta gracia?

—Na… ya te lo contará tu hijo.

Antonio llegó hasta ellos sudoroso y excitado.

—¡Papa, papa!... Esta mañana, cuando iba a tirá el pantalón, me salió una serpiente más grande que yo...

Y comenzó a relatar el encuentro exagerando el tamaño del animal a cada frase.

—¡Hasta pelos negros tenía en la cabeza! —remató.

—Hijo, ¿no sería una lumbrí? —bromeó José.

—No, papa. Era más grande que las serpientes con las que pelea Tarzán en las penículas.

—¡Caramba!... Habrá que avisá a los guardias pa que la maten.

Antonio frunció el ceño.

—Papa, ¿no me cree usté?

—Sí, hombre, sí… igual que tú tienes que creé que una vez luché bajo l'agua más de siete horas contra un enorme pez y hasta que no le clavé el cuchillo diecisiete veces en los purmones no acabé con él.

Antonio lo miró desconcertado.

—Pero, papa… si el maestro dice que los peces respiran por las branquias.

—Los maestros saben mucho de letras y números… pero de peces sabemos más los pescaores.

Manuela terminó estallando en carcajadas.

—No me río de la culebra… ¡me río de que el joío s'ha cagao patas abajo!

Y los tres acabaron riendo hasta quedarse sin aire mientras el sol comenzaba a esconderse lentamente.