Escrito el día 29 de marzo de 2026
En uno de los institutos de Vitoria-Gasteiz, donde los inviernos
parecían eternos y los recreos se llenaban de risas, comenzó una
historia que, al principio, prometía ser luminosa.
Laia siempre había llevado su nombre con
naturalidad, aunque pocos conocían su verdadero significado: mujer
que se expresa con facilidad, bien hablada, elocuente. Y lo era.
Tenía una manera especial de contar las cosas, de convertir lo
cotidiano en interesante, de hacer sentir escuchados a los demás.
Era alegre, sociable, fiel y perseverante. Sus profesores solían
decir que tenía un don.
Hitzjario, por su parte, cargaba con un nombre aún
más peculiar. Proveniente del euskera, significaba elocuencia,
flujo de palabras. Y también encajaba con él. Era ingenioso,
rápido al hablar, capaz de salir de cualquier situación con una
respuesta brillante. Un año mayor que Laia, cursaba un grado
distinto, pero coincidían en los recreos.
Se conocieron precisamente allí, en uno de esos
descansos entre clases, junto a una barandilla fría donde el tiempo
parecía detenerse unos minutos cada día.
—¿Siempre hablas tanto? —le preguntó él,
medio en broma.
—Solo cuando merece la pena —respondió ella,
sonriendo.
Y así empezó todo.
Al principio, su relación era sencilla, casi
inocente. Paseaban después de clase, compartían confidencias, se
mandaban mensajes hasta quedarse dormidos. Eran dos personas hechas
para comunicarse, para entenderse, para hablar… y, sin embargo,
poco a poco, dejaron de hacerlo.
Todo comenzó con algo aparentemente inofensivo:
la curiosidad por TikTok.
Un vídeo. Luego otro. Después, una cuenta
propia. Más tarde, seguidores.
Y finalmente, la necesidad.
Al principio, lo hacían juntos. Grababan vídeos
en el parque, ensayaban bailes, repetían tomas hasta que quedaban
perfectas. Reían. Se divertían.
—Este va a petarlo —decía Hitzjario, mirando
la pantalla.
—Seguro que sí —respondía Laia, refrescando
la página.
Los primeros “likes” les parecieron una
recompensa inocente. Una pequeña validación. Pero pronto dejaron de
ser suficientes.
Querían más.
Sin darse cuenta, empezaron a medir su día en
números: visualizaciones, comentarios, seguidores.
Ya no hablaban como antes. Ya no se escuchaban.
Laia, la chica elocuente, pasaba horas mirando la
pantalla sin decir nada. Hitzjario, cuyo nombre significaba flujo de
palabras, se había quedado sin ellas fuera del mundo digital.
Cuando estaban juntos, apenas se miraban.
Cuando estaban separados, tampoco se echaban de
menos.
Solo compartían enlaces.
Las notas comenzaron a caer.
Primero un suspenso aislado. Luego varios.
Después, asignaturas enteras que parecían no importarles.
En casa, las discusiones se hicieron frecuentes.
—¿Otra vez con el móvil? —le decía la madre
de Laia—. Antes no eras así.
Pero Laia apenas respondía. Asentía sin
escuchar, con la mente en otra parte, esperando la próxima
notificación.
En casa de Hitzjario ocurría lo mismo.
—Te estás perdiendo —le dijo su padre una
noche—. Y no te das cuenta.
Pero él tampoco escuchó.
La relación también empezó a resquebrajarse.
Los celos por seguidores, los reproches por vídeos
sin avisar, las discusiones por comentarios ajenos… todo lo que
antes les unía, ahora les separaba.
—Ya no eres la misma —le dijo él.
—Tú tampoco —respondió ella.
Y ambos tenían razón.
Lo más irónico era que sus nombres, aquellos que
hablaban de comunicación, de palabra, de expresión… se habían
convertido en lo opuesto a sus vidas.
Ya no hablaban.
Ya no se expresaban.
Ya no eran elocuentes.
Eran, simplemente, dos adolescentes atrapados en
una pantalla, buscando en otros lo que habían dejado de darse el uno
al otro.
Un día, en el mismo lugar donde se conocieron,
volvieron a coincidir en el recreo. El frío seguía siendo el mismo.
Se sentaron en silencio.
Sin vídeos. Sin música. Sin filtros.
Solo ellos.
Pasaron varios minutos sin decir nada.
Y, por primera vez en mucho tiempo, ese silencio
no estaba lleno de ruido digital, sino de algo más incómodo… pero
también más real.
—¿Te acuerdas de cuando hablábamos? —dijo
Laia finalmente.
Hitzjario tardó unos segundos en responder.
—Sí… —contestó—. Creo que eso era lo
mejor que teníamos.
Ella asintió.
Y, aunque ninguno sabía muy bien cómo empezar de
nuevo, por primera vez en mucho tiempo, levantaron la mirada de la
pantalla.
Porque a veces, para recuperar lo que uno es, no
hace falta decir mucho.
Solo volver a escuchar.
Pasaron días desde aquella conversación en el
recreo.
No hubo promesas.
No hubo abrazos largos ni soluciones inmediatas.
Solo una incomodidad nueva… distinta.
Laia fue la primera en notar el vacío.
Aquella tarde, sentada en su habitación, sostuvo
el móvil entre las manos. La pantalla iluminaba su rostro, pero ya
no le devolvía nada. Ni emoción. Ni orgullo. Ni alegría. Solo una
necesidad constante de seguir deslizando el dedo.
Por primera vez, se preguntó:
¿Qué estoy haciendo?
Pensó en su nombre. En lo que significaba.
Expresarse con facilidad… ser elocuente…
Y sintió que llevaba meses sin decir nada
importante.
Esa misma noche, en otra casa del mismo barrio,
Hitzjario vivía algo parecido.
Había subido un vídeo.
Había funcionado.
Muchos “likes”. Comentarios. Seguidores
nuevos.
Y, aun así, cerró la aplicación con
frustración.
—No es suficiente… —murmuró.
Pero no supo explicar por qué.
Se tumbó en la cama y recordó las palabras de su
padre:
"Te estás perdiendo."
Por primera vez, le dolieron.
Al día siguiente, en el instituto, volvieron a
encontrarse.
—He borrado la aplicación —dijo Laia, casi en
un susurro.
Hitzjario la miró sorprendido.
—Yo… no puedo —respondió, sincero—. Lo he
intentado.
No hubo reproche en la mirada de ella.
—Entonces no la borres… pero contrólala
—dijo—. Yo tampoco sé hacerlo del todo.
Ese fue su primer paso.
No perfecto.
Pero real.
Los días siguientes fueron extraños.
Laia recaía. Volvía a instalar TikTok, lo abría,
pasaban minutos… a veces horas. Luego lo cerraba con rabia.
Hitzjario intentaba reducir el tiempo, pero la
tentación era constante. Cada notificación era un tirón invisible.
Discutían menos… pero hablaban más de lo que
les pasaba.
—Siento que me falta algo cuando no entro
—confesó él.
—A mí también… pero creo que eso es lo peor
—respondió ella.
En casa, los cambios empezaron a notarse poco a
poco.
La madre de Laia la vio una tarde estudiando sin
el móvil cerca.
—¿Te encuentras bien? —preguntó,
sorprendida.
—Sí… creo que sí —respondió ella.
No era del todo verdad.
Pero estaba en camino.
El padre de Hitzjario lo encontró un día
leyendo.
—Hacía tiempo que no te veía así —dijo.
—A mí también —respondió él, con media
sonrisa.
Volvieron a suspender algún examen.
Volvieron a distraerse.
Volvieron a caer.
Pero ya no era igual.
Porque ahora sabían lo que les estaba pasando.
Un mes después, en el mismo lugar donde todo
empezó, en el recreo, se sentaron otra vez.
Esta vez, sin móviles.
—¿Sabes qué es lo curioso? —dijo Laia.
—¿El qué?
—Que nuestros nombres… significan hablar bien.
Expresarnos. Conectar.
Hitzjario sonrió levemente.
—Y hemos pasado meses sin saber decir ni cómo
estamos.
—Exacto.
Hubo un silencio breve. Pero ya no era incómodo.
—Creo que estamos volviendo —añadió ella.
—Sí… poco a poco.
No dejaron las redes sociales para siempre.
No se convirtieron en personas perfectas.
No solucionaron todo de golpe.
Pero aprendieron algo esencial:
Que la atención vale más que los “likes”.
Que el tiempo no vuelve.
Y que las palabras —las de verdad— solo
existen cuando hay alguien al otro lado escuchando.
Y así, Laia volvió a ser, poco a poco, quien
sabía expresar lo que sentía.
Y Hitzjario recuperó su flujo de palabras… no
para una pantalla, sino para la vida.
Porque reconstruirse no es dejar de caer.
Es aprender a levantarse sabiendo por qué.
El
valor de ser elocuente
Querido
lector,
He
escrito la
historia de Laia y Hitzjario pensando
en esa barandilla fría de un instituto de Vitoria-Gasteiz, pero
también pensando en todas las barandillas invisibles donde hoy nos
apoyamos para mirar una pantalla en lugar de mirarnos a los ojos.
Vivimos
en la era de la hiperconexión,
donde parece que si algo no se graba, no sucede; y si no tiene
"likes", no vale. Sin embargo, los protagonistas de este
relato nos enseñan una verdad incómoda: puedes tener miles de
seguidores y estar profundamente solo.
Puedes tener nombres que significan "elocuencia" y haber
olvidado cómo decir "estoy
mal".
Este
relato no es una crítica a la tecnología, sino una invitación a
la soberanía.
No te pido que borres tus redes, pero sí que no dejes que el
algoritmo borre quién eres. Que no permitas que el "brillo
azul" apague tu propia luz.
Al
igual que ellos, todos estamos en ese proceso de volver.
De aprender que la atención es el regalo más caro que podemos
hacerle a alguien. Que el silencio no siempre es vacío; a veces es
el espacio necesario para que nazca una palabra de verdad.
Ojalá
que, al cerrar estas páginas, sientas el impulso de levantar la
mirada. Que busques tu propia "barandilla" y que, por un
momento, el único flujo que
importe sea el de una conversación real.
Porque
al final, lo que nos hace humanos no es lo que publicamos, sino lo
que somos capaces de escuchar.
Con
afecto,
Franizquiero.