lunes, 30 de marzo de 2026

Prefiero vagabundear en mis pensamientos


 

Escrito en 2013, revisado el 30 de marzo de 2026

La humanidad actual no sabe coexistir. Se ha relajado y, claramente, vive al borde del abismo. Demandamos la felicidad en los demás… y no, ¡no hay amigos!

Si continuamos con la conciencia obstruida, de ninguna manera saldrá el «yo mismo». Sujetamos el poder en nuestras manos, dando sentido a la incoherencia y a nuestro propio carácter… La gran indiferencia que existe entre las personas hace que surja la superficialidad.

Sin duda, entre reflexionar y conmoverse hay una gran diferencia. Porque la mayoría da importancia a lo que no es, olvidándose de sus inquietudes interiores.

El destello del espíritu da sentido a cualquier personalidad y es suficiente para reducir nuestras debilidades.

Está claro que la mente lo iguala todo, pero mientras vivimos, la clave está en nuestra psique, la cual no puede ser destruida ni caer en la nada. Soy una persona que trata de entender la vida; de ahí que no me gusten los silencios ni la tristeza.

Porque entiendo que, si te pierdes entre divagaciones, cada vez que quieras dar un paso adelante, otro lo dará primero.

Al mismo tiempo, pienso que si frustro mis ideales y los entierro sin que vean la luz, debo decir enérgicamente que no. Prefiero vagabundear en ellos… y, además, no quiero ni ordenarlos.

Considero que no debemos poner filtros ni frenos a nuestros pensamientos, pues son, sencillamente, nuestra esencia, lo que guardamos en nuestro interior. Y en ellos se hallan todas las respuestas que necesitamos para evolucionar y desarrollarnos como seres humanos.

Otra cosa muy diferente es que esos pensamientos sean compartidos públicamente.


¿Y si vivir no es más que un sueño?


 

Escrito el 24 de noviembre de 2015, revisado el 30 de marzo de 2026

Desde el mismo día en que nací, me acompañan tres cosas: el pensamiento, la sombra y el sueño.

Durante el día, soy consciente de todos y cada uno de los movimientos de la sombra y del pensamiento, aunque, a decir verdad, no los controlo. La sombra, unas veces camina delante; otras, detrás; e incluso hay momentos en los que se sitúa a la derecha o a la izquierda.

El pensamiento, por el contrario, suele actuar a su libre albedrío. Aunque sobre él mantengo cierto control, a veces me dejo llevar hasta donde quiere, y lo cierto es que me produce grandes satisfacciones. Él puede situarme cronológicamente en el pasado, en el presente o incluso en el futuro.

Hay ocasiones en las que me cuesta dominarlo, y me trae verdaderos quebraderos de cabeza, sobre todo cuando se empeña en centrarse en asuntos desagradables o en ideas que mi mente no acepta.

El sueño, en cambio, lo tengo más controlado. Si mi libertad laboral me lo permite, suelo dividirlo en dos momentos: una siesta después de comer, de no más de una hora, y el descanso nocturno, que suele durar entre siete y ocho horas.

Es durante ese periodo, mientras duermo, cuando la sombra trata de convencer al pensamiento a través del sueño… y casi siempre lo consigue. Entonces ambos se apartan de mí y se van por ahí, a su libre albedrío. Todo lo que viven o visitan lo conozco a través de los sueños, que se encargan de hacerme partícipe de sus andanzas.

Por las mañanas, cuando despierto y vuelvo a sentir el pensamiento, hay veces que me confunde, hasta el punto de hacerme recordar cosas que no sé si realmente he vivido, si las he soñado o si forman parte de algo que aún está por venir.

Estas sensaciones me ocurren incluso de día, estando completamente despierto. Soy consciente de ello, y por eso a veces llego a pensar que la vida que creemos vivir quizá no sea más que eso: un simple sueño… y quién sabe cuál será el estado real de ese ser que percibe todo esto.

Posiblemente, el ser humano no sea más que el reflejo de otro ser con capacidad de pensar. Como ejemplo están las células del organismo, capaces de actuar por sí mismas sin necesidad de haber aprendido nada; entre ellas, las más especializadas son las neuronas.

Y, puestos a imaginar… ¿Quién puede asegurar que la vida que creemos vivir no es más que el recuerdo almacenado en una neurona de un ser que padece Alzheimer?

En fin, la vida puede ser tantas cosas que quizá sea mejor tratar de vivirla… aun sin llegar a comprenderla.


ADICCIÓN REDES SOCIALES


 Escrito el día 29 de marzo de 2026

En uno de los institutos de Vitoria-Gasteiz, donde los inviernos parecían eternos y los recreos se llenaban de risas, comenzó una historia que, al principio, prometía ser luminosa.

Laia siempre había llevado su nombre con naturalidad, aunque pocos conocían su verdadero significado: mujer que se expresa con facilidad, bien hablada, elocuente. Y lo era. Tenía una manera especial de contar las cosas, de convertir lo cotidiano en interesante, de hacer sentir escuchados a los demás. Era alegre, sociable, fiel y perseverante. Sus profesores solían decir que tenía un don.

Hitzjario, por su parte, cargaba con un nombre aún más peculiar. Proveniente del euskera, significaba elocuencia, flujo de palabras. Y también encajaba con él. Era ingenioso, rápido al hablar, capaz de salir de cualquier situación con una respuesta brillante. Un año mayor que Laia, cursaba un grado distinto, pero coincidían en los recreos.

Se conocieron precisamente allí, en uno de esos descansos entre clases, junto a una barandilla fría donde el tiempo parecía detenerse unos minutos cada día.

—¿Siempre hablas tanto? —le preguntó él, medio en broma.

—Solo cuando merece la pena —respondió ella, sonriendo.

Y así empezó todo.

Al principio, su relación era sencilla, casi inocente. Paseaban después de clase, compartían confidencias, se mandaban mensajes hasta quedarse dormidos. Eran dos personas hechas para comunicarse, para entenderse, para hablar… y, sin embargo, poco a poco, dejaron de hacerlo.

Todo comenzó con algo aparentemente inofensivo: la curiosidad por TikTok.

Un vídeo. Luego otro. Después, una cuenta propia. Más tarde, seguidores.

Y finalmente, la necesidad.

Al principio, lo hacían juntos. Grababan vídeos en el parque, ensayaban bailes, repetían tomas hasta que quedaban perfectas. Reían. Se divertían.

—Este va a petarlo —decía Hitzjario, mirando la pantalla.

—Seguro que sí —respondía Laia, refrescando la página.

Los primeros “likes” les parecieron una recompensa inocente. Una pequeña validación. Pero pronto dejaron de ser suficientes.

Querían más.

Sin darse cuenta, empezaron a medir su día en números: visualizaciones, comentarios, seguidores.

Ya no hablaban como antes. Ya no se escuchaban.

Laia, la chica elocuente, pasaba horas mirando la pantalla sin decir nada. Hitzjario, cuyo nombre significaba flujo de palabras, se había quedado sin ellas fuera del mundo digital.

Cuando estaban juntos, apenas se miraban.

Cuando estaban separados, tampoco se echaban de menos.

Solo compartían enlaces.

Las notas comenzaron a caer.

Primero un suspenso aislado. Luego varios. Después, asignaturas enteras que parecían no importarles.

En casa, las discusiones se hicieron frecuentes.

—¿Otra vez con el móvil? —le decía la madre de Laia—. Antes no eras así.

Pero Laia apenas respondía. Asentía sin escuchar, con la mente en otra parte, esperando la próxima notificación.

En casa de Hitzjario ocurría lo mismo.

—Te estás perdiendo —le dijo su padre una noche—. Y no te das cuenta.

Pero él tampoco escuchó.

La relación también empezó a resquebrajarse.

Los celos por seguidores, los reproches por vídeos sin avisar, las discusiones por comentarios ajenos… todo lo que antes les unía, ahora les separaba.

—Ya no eres la misma —le dijo él.

—Tú tampoco —respondió ella.

Y ambos tenían razón.

Lo más irónico era que sus nombres, aquellos que hablaban de comunicación, de palabra, de expresión… se habían convertido en lo opuesto a sus vidas.

Ya no hablaban.

Ya no se expresaban.

Ya no eran elocuentes.

Eran, simplemente, dos adolescentes atrapados en una pantalla, buscando en otros lo que habían dejado de darse el uno al otro.

Un día, en el mismo lugar donde se conocieron, volvieron a coincidir en el recreo. El frío seguía siendo el mismo.

Se sentaron en silencio.

Sin vídeos. Sin música. Sin filtros.

Solo ellos.

Pasaron varios minutos sin decir nada.

Y, por primera vez en mucho tiempo, ese silencio no estaba lleno de ruido digital, sino de algo más incómodo… pero también más real.

—¿Te acuerdas de cuando hablábamos? —dijo Laia finalmente.

Hitzjario tardó unos segundos en responder.

—Sí… —contestó—. Creo que eso era lo mejor que teníamos.

Ella asintió.

Y, aunque ninguno sabía muy bien cómo empezar de nuevo, por primera vez en mucho tiempo, levantaron la mirada de la pantalla.

Porque a veces, para recuperar lo que uno es, no hace falta decir mucho.

Solo volver a escuchar.


Pasaron días desde aquella conversación en el recreo.

No hubo promesas.

No hubo abrazos largos ni soluciones inmediatas.

Solo una incomodidad nueva… distinta.

Laia fue la primera en notar el vacío.

Aquella tarde, sentada en su habitación, sostuvo el móvil entre las manos. La pantalla iluminaba su rostro, pero ya no le devolvía nada. Ni emoción. Ni orgullo. Ni alegría. Solo una necesidad constante de seguir deslizando el dedo.

Por primera vez, se preguntó:

¿Qué estoy haciendo?

Pensó en su nombre. En lo que significaba.

Expresarse con facilidad… ser elocuente…

Y sintió que llevaba meses sin decir nada importante.

Esa misma noche, en otra casa del mismo barrio, Hitzjario vivía algo parecido.

Había subido un vídeo.

Había funcionado.

Muchos “likes”. Comentarios. Seguidores nuevos.

Y, aun así, cerró la aplicación con frustración.

—No es suficiente… —murmuró.

Pero no supo explicar por qué.

Se tumbó en la cama y recordó las palabras de su padre:

"Te estás perdiendo."

Por primera vez, le dolieron.


Al día siguiente, en el instituto, volvieron a encontrarse.

—He borrado la aplicación —dijo Laia, casi en un susurro.

Hitzjario la miró sorprendido.

—Yo… no puedo —respondió, sincero—. Lo he intentado.

No hubo reproche en la mirada de ella.

—Entonces no la borres… pero contrólala —dijo—. Yo tampoco sé hacerlo del todo.

Ese fue su primer paso.

No perfecto.

Pero real.

Los días siguientes fueron extraños.

Laia recaía. Volvía a instalar TikTok, lo abría, pasaban minutos… a veces horas. Luego lo cerraba con rabia.

Hitzjario intentaba reducir el tiempo, pero la tentación era constante. Cada notificación era un tirón invisible.

Discutían menos… pero hablaban más de lo que les pasaba.

—Siento que me falta algo cuando no entro —confesó él.

—A mí también… pero creo que eso es lo peor —respondió ella.


En casa, los cambios empezaron a notarse poco a poco.

La madre de Laia la vio una tarde estudiando sin el móvil cerca.

—¿Te encuentras bien? —preguntó, sorprendida.

—Sí… creo que sí —respondió ella.

No era del todo verdad.

Pero estaba en camino.


El padre de Hitzjario lo encontró un día leyendo.

—Hacía tiempo que no te veía así —dijo.

—A mí también —respondió él, con media sonrisa.


Volvieron a suspender algún examen.

Volvieron a distraerse.

Volvieron a caer.

Pero ya no era igual.

Porque ahora sabían lo que les estaba pasando.


Un mes después, en el mismo lugar donde todo empezó, en el recreo, se sentaron otra vez.

Esta vez, sin móviles.

—¿Sabes qué es lo curioso? —dijo Laia.

—¿El qué?

—Que nuestros nombres… significan hablar bien. Expresarnos. Conectar.

Hitzjario sonrió levemente.

—Y hemos pasado meses sin saber decir ni cómo estamos.

—Exacto.

Hubo un silencio breve. Pero ya no era incómodo.

—Creo que estamos volviendo —añadió ella.

—Sí… poco a poco.


No dejaron las redes sociales para siempre.

No se convirtieron en personas perfectas.

No solucionaron todo de golpe.

Pero aprendieron algo esencial:

Que la atención vale más que los “likes”.

Que el tiempo no vuelve.

Y que las palabras —las de verdad— solo existen cuando hay alguien al otro lado escuchando.

Y así, Laia volvió a ser, poco a poco, quien sabía expresar lo que sentía.

Y Hitzjario recuperó su flujo de palabras… no para una pantalla, sino para la vida.

Porque reconstruirse no es dejar de caer.

Es aprender a levantarse sabiendo por qué.


El valor de ser elocuente

Querido lector,

He escrito la historia de Laia y Hitzjario pensando en esa barandilla fría de un instituto de Vitoria-Gasteiz, pero también pensando en todas las barandillas invisibles donde hoy nos apoyamos para mirar una pantalla en lugar de mirarnos a los ojos.

Vivimos en la era de la hiperconexión, donde parece que si algo no se graba, no sucede; y si no tiene "likes", no vale. Sin embargo, los protagonistas de este relato nos enseñan una verdad incómoda: puedes tener miles de seguidores y estar profundamente solo. Puedes tener nombres que significan "elocuencia" y haber olvidado cómo decir "estoy mal".

Este relato no es una crítica a la tecnología, sino una invitación a la soberanía. No te pido que borres tus redes, pero sí que no dejes que el algoritmo borre quién eres. Que no permitas que el "brillo azul" apague tu propia luz.

Al igual que ellos, todos estamos en ese proceso de volver. De aprender que la atención es el regalo más caro que podemos hacerle a alguien. Que el silencio no siempre es vacío; a veces es el espacio necesario para que nazca una palabra de verdad.

Ojalá que, al cerrar estas páginas, sientas el impulso de levantar la mirada. Que busques tu propia "barandilla" y que, por un momento, el único flujo que importe sea el de una conversación real.

Porque al final, lo que nos hace humanos no es lo que publicamos, sino lo que somos capaces de escuchar.

Con afecto,

Franizquiero.




domingo, 29 de marzo de 2026

NUNCA ES TARDE PARA RECUPERAR LA ILUSIÓN


 


Escrito y subido al blog en 2012, revisado el 29 de marzo de 2026

Es curioso que, sin saber muy bien por qué, esta es la redacción que más me está costando. No tengo nada que escribir. Las ideas se me niegan. Quizá se deba al cansancio acumulado o, tal vez, a que esto empieza a hacerse cuesta arriba.

La verdad es que me supone mucho esfuerzo sacarlo adelante. Son muchas las horas que paso fuera de casa: salgo a las 7:00 y regreso a las 22:15. A eso hay que sumarle tareas como esta, por ejemplo.

Por ello, me estoy planteando si continuar con los dos módulos siguientes. Considero que es un precio bastante elevado dedicar tanto tiempo a algo que ni siquiera sé si me servirá en el futuro. En mi oficio, albañil, puede que no me exijan más que el graduado escolar… y eso en caso de presentarme a alguna oposición estatal.

De todas formas, espero que en vacaciones tenga el tiempo suficiente para decidir si continúo o no con los estudios. Porque, la verdad, en estos meses he alcanzado unos niveles de satisfacción personal jamás imaginados. Además de adquirir conocimientos, he logrado algo que tenía pendiente desde la preadolescencia: superar el fracaso escolar.

Sé que si abandono lo que me queda, tendré que considerarlo como una frustración. Y es por ello que espero y deseo que las vacaciones me sirvan para recuperar la ilusión que en estos momentos está ausente.

—Nunca es tarde para nada 😉 Me gustaría saber en qué punto te encuentras. Un abrazo —comentó alguien.

Y respondí:

Comencé el curso muy animado. Los estudios y mi estado de ánimo iban sobre ruedas. Pero al llegar los primeros exámenes, todo se torció.

Aquel día acudí al centro más cansado de lo habitual. El trabajo me había dejado casi exhausto. Aun así, me presenté con ganas de enfrentarme al examen de Ciencias Naturales, sin ningún temor.

La noche anterior estuve estudiando hasta bien entrada la madrugada y durante el día seguí repasando mentalmente. Pero no sirvió de nada.

El destino quiso que la profesora me sacase de quicio. Logró enfurecerme hasta el punto de que, tras romper dos veces consecutivas la gráfica milimétrica que debíamos realizar, me levanté, recogí mis cosas y dije:

—Hasta aquí hemos llegado. Tú, yo y los estudios.

—No te puedes ir sin firmar el examen —me respondió.

—Me da igual. No pienso volver más.

Bajé el tono, cogí el examen, tracé una cruz y una raya a modo de rúbrica y salí de clase con la cabeza alta, sin mirar atrás.

Mientras me marchaba, escuché:

—No seas testarudo… no abandones… ya te falta poco para conseguir tu objetivo.

Esa fue la última vez que oí su voz.

Después de aquel incidente, decidí instruirme por mi cuenta. Comencé comprando un ejemplar de la Nueva gramática básica de la lengua española y poniéndome al día en Internet sobre cómo desarrollar y estructurar un escrito para que tenga una connotación superior a un texto cualquiera.

Afortunadamente, no soy de arrepentirme cuando tomo una decisión. Y aunque desconozco si fue la correcta, me siento a gusto conmigo mismo.

Gracias por la atención y el interés mostrado.

¡Feliz día para ti y los tuyos!

Saludos cordiales.



Hoy amaneció lloviendo…


Escrito en 2013, revisado el 29 de marzo de 2026

Todos sabemos que el agua es la principal fuente de vida y que el cuerpo humano está constituido por un 75% al nacer y por un 65% en la edad adulta.

Por otro lado, al haber nacido en el mes de noviembre y, en concreto, en el día que me corresponde, pertenezco al signo Escorpio, es decir, a un signo de agua. Para mí, eso supone que el simple hecho de contemplar cómo cae la lluvia o cómo discurre por los diferentes cauces es suficiente para apaciguar cualquier alteración emocional que manifieste mi organismo.

Es por ello que me gusta observar las distintas formas en que el agua actúa al entrar en contacto con el suelo. Además de deleitarme con la vista y el oído, a través del olfato percibo esa sensación calmosa y el agradable y persistente olor a tierra mojada… que, a su vez, me hace regresar a mi ciudad natal, es decir, a la infancia.

Allí, los chavales del barrio pasábamos horas y horas construyendo pozas en el arroyo o siguiendo con entusiasmo el discurrir de barquitos y cualquier objeto que flotase ladera abajo.

En los regatos, dependiendo de la estación, podíamos capturar del reino animal renacuajos, ranas, peces o salamandras; y del vegetal, pamplinas y poleo, unas para ensaladas y el otro para gazpachos o como aderezo para las patatas cocidas, dándoles un aroma y un gusto muy agradables.

En tiempo estival acompañábamos a mi abuela, Morena, a buscar agua al Caño Soso, ubicado en el Camino de las Huertas. También en esa estación acudíamos en familia, o en manada, al río Jerte: unas veces a La Isla, otras a La Trucha, El Enrollao, La Pesquera de los Hortelanos, La Playina de los Ángeles o la Pesquera del kilómetro 4.

Son tan lindos y agradables los recuerdos que el agua me trae a la mente que ni siquiera me importa mojarme cuando llueve.

En reiteradas ocasiones, algunas personas me dicen al cruzarse conmigo:

—Te vas a mojar, Francisco… ¿cómo no llevas paraguas, con la que está cayendo?

—Me da igual. Ya me secaré cuando llegue a casa.

—¡Joder, tío! Pero mojarse así, sin más, es cosa de tontos —dicen tratando de justificar su actuación.

—Te vuelvo a decir que no me importa en absoluto. Han sido muchas las veces que me he tenido que mojar en contra de mi voluntad cuando estaba trabajando. Así es que ahora incluso lo disfruto, precisamente porque es una elección.

Pero he de decirte que en algo sí tienes razón: en lo tonto que he sido dejando mi piel en cualquier empresa por la que he pasado.

Durante mi vida laboral he procurado realizar las tareas con esmero y, a día de hoy, a ningún empresario le importa si tengo para llegar a fin de mes o para comer.

Así es que, como dice el refranero español:

«Al mal tiempo hay que ponerle buena cara» y «Nunca es tarde para aprender…».

Sentimientos encontrados…


 

Escrito el 22 de septiembre de 2014, revisado el 29 de marzo de 2026

Ayer, al ir a buscar el pan —como viene siendo habitual desde que mis tareas como albañil se vieron reducidas a la nada—, acompañado por mi cariñosa y fiel podenca, algo me llamó la atención al disponerme a cruzar el paso de cebra que hay frente a la transitada panadería: un hombre cuyo aspecto me produjo sentimientos encontrados.

El susodicho vestía un gabán de paño gris, tan oscuro y manido que parecía negro, el cual le cubría justo por debajo de las rodillas. Sus pies, prácticamente desnudos y cubiertos por una gruesa capa de roña perceptible a simple vista, estaban embutidos en unos zapatos agrietados y retorcidos. Su cabellera, grisácea y desaliñada, así como su barba mal afeitada, eran acordes a su indumentaria.

Pero no fue eso lo que realmente llamó mi atención, sino lo que contaré después.

Tras salir de la panadería pensé:

«Pobre hombre, otro que está dejado de la mano de esta injusta sociedad».

—Hola, buenos días —dije al entrar, saludando a Beatriz, la panadera.

—Hola... ¿crees que lloverá hoy?

—La verdad es que es algo que, como la política, no me preocupa lo más mínimo… Total, al final ambos harán lo que les venga en gana…

Y, tras recoger y abonar la barra de pan:

—¡Hasta mañana, Bea!

—Adiós —respondió ella sin más.

Al regresar a la calle, el individuo del que hablo se había colocado de tal manera que, sin quererlo, observé cómo se pasaba de una mano a otra un fajo de billetes de cincuenta euros, tan ajados como su gabán. El grosor del montón me hizo pensar que la cantidad podría rondar entre novecientos y mil euros.

«Pobre hombre, como se descuide, aparecerá algún pájaro y lo dejará desplumado en menos que canta un gallo», pensé.

Por un momento estuve a punto de acercarme a él para advertirle del peligro que corría. Llegué a pensar que quizá se trataba de una persona con algún problema mental. Pero al final opté por guardar silencio.

Durante el camino de vuelta, otra idea cruzó mi mente:

«A ver si va a ser más listo de lo que creo… y, en lugar de un indigente con las facultades mermadas, no es más que el señuelo para llevar a cabo algún tipo de timo».

Y así lo he pensado antes de sentarme frente al ordenador para dejar constancia de lo que he presenciado.

Puede que las conclusiones a las que he llegado se deban simplemente a la imaginación que poseo… pero, ¡vete tú a saber qué puede haber detrás de una persona así! Porque alguien con esas características no pasa desapercibido para nadie… salvo, quizá, para quien no puede verlo.



sábado, 28 de marzo de 2026

¿Y si todo es parte de nuestra evolución?


 

Escrito en 2012, revisado el 28 de marzo de 2026

De igual forma que un espermatozoide entra en contacto con el óvulo femenino y forma una célula que comienza a dividirse una y otra vez, dando lugar a tejidos, órganos, aparatos y sistemas hasta formar al ser humano, y este, a su vez, “muere” en el vientre materno para salir al infinito exterior…

Creo que la evolución en la vida exterior comienza cuando somos bebés, cuando aún ni siquiera somos capaces de mantenernos erguidos. Poco a poco vamos evolucionando: endureciendo los huesos y, una vez logrado eso, aprendiendo a mantener el equilibrio y a caminar.

Con el paso del tiempo aprendemos, a través de nuestros padres, familiares y amigos, a socializarnos. Vamos recogiendo y almacenando información de todo aquello que vemos. Al principio, imitando a los mayores; después, poco a poco, aprendemos a hablar, repitiendo lo que oímos aun sin saber qué significa. Más adelante comenzamos a tener ideas propias y seguimos creciendo y desarrollándonos como seres humanos.

Mediante juegos y estudios aprendemos a convivir con nuestros semejantes. Es ahí donde se va forjando nuestro carácter. Empezamos a sentir cariño por los demás y, como en cualquier especie animal, buscamos nuestro lugar, tratando de posicionarnos dentro de un grupo y, en ocasiones, intentando liderarlo.

En la preadolescencia comenzamos a sentir nuevas sensaciones, principalmente hacia el sexo contrario. Es cuando ese cariño se hace más intenso y aparece algo que conocemos como amor, aunque hoy sabemos que no se limita únicamente a sexos distintos, sino que puede manifestarse de diferentes formas.

En esta etapa, los estudios adquieren mayor importancia y nos enseñan a conocer el mundo que nos rodea, desde la prehistoria hasta la actualidad.

Después de un tiempo, dependiendo de cada persona, se forma el matrimonio o se unen las parejas con la intención de crear una nueva familia y continuar el ciclo de la vida. Quienes tienen hijos comienzan a enseñarles lo mismo que, generación tras generación, ha venido haciendo el ser humano. Y quienes no los tenemos solemos hacerlo con sobrinos o hijos de amigos, porque es algo que la humanidad ha practicado desde sus inicios.

Todos estos pasos se cumplen en mayor o menor medida. Si se omite alguno, puede que en algún momento dificulte seguir evolucionando y que la vida no resulte tan satisfactoria como uno quisiera.

En mi caso particular, no pude cursar los estudios necesarios para adquirir cultura y comprender muchas cosas por causas ajenas a mi voluntad. Por eso ahora he retomado las riendas, con la intención de completar esos pasos y seguir creciendo como persona.

Cada etapa debe vivirse en su momento, sin quedarse anclado en estados anteriores. A partir de cierta edad, es necesario aceptar el paso del tiempo y reconocer los años que uno tiene, sin querer vivir como si tuviera veinte menos, aunque se esté bien física y mentalmente. Creo que aceptar el paso de los años como algo natural y necesario nos permite aprender del pasado para actuar mejor en el presente y construir un futuro más sólido.

Considero que la evolución del ser humano se alcanza con el transcurso del tiempo. Ese mismo tiempo que comenzó cuando aquel espermatozoide tardó nueve meses en desarrollarse hasta convertirse en un ser humano, “morir” en el vientre materno y nacer a un mundo desconocido. Un mundo en el que vivimos, crecemos y evolucionamos durante un periodo que puede rondar los setenta años, hasta que finalmente dejamos esta vida.

Y quién sabe… si esto no es más que otro paso hacia otros mundos desconocidos. Quizá el tiempo sea aún mayor, o tal vez todo dependa de lo que conocemos como la relatividad del tiempo, que varía según con qué se compare.

La ciencia nos dice que en la naturaleza todo se repite de forma cíclica. Tal vez el cosmos deba destruirse en una gran explosión para volver a comenzar: átomos que se unen, microorganismos que surgen en el agua… y, así, repetir todo el proceso de la evolución del universo, hasta volver a nacer y desarrollarnos como lo venimos haciendo. Y, aun así, el ser humano sigue siendo una pregunta que no sabe responderse del todo.

Esto es solo mi opinión. Y por ello pasaré mi vida intentando descubrir si es cierto o no. Creo que con este escrito lo dejo reflejado:

«Si es así, lo habré descubierto; y si no lo es, será un despiste más en mi vida».

Pero incluso eso me hará feliz, al pensar que quizá, en algún momento, podré volver a vivir y sentir.

Puede que incluso como ser humano, ya que está demostrado que la materia no se destruye, sino que se transforma. Tal vez algún día el polvo de mis huesos vuelva a formar parte de nuevos átomos, que se unan en moléculas y, con el tiempo, regresen al inicio de todo.

Así pienso, y así pensaré hasta el último de mis días en la Tierra. Quien quiera dedicar su vida solo a jugar, que lo haga. Pero que no se queje de cómo le trata la vida, porque la mayoría de las veces uno mismo es responsable de lo que le sucede.


Lo que no permanece… también deja huella


 Escrito el día 27 de marzo de 2026, por la tarde.

Juan tenía 62 años. Las manos curtidas de quien ha levantado más casas que sueños propios. Había vivido lo suficiente como para entender algo que no se aprende en libros: la paz no se encuentra… se construye. Ladrillo a ladrillo. Como todo. Y aun así, últimamente, esa paz se le escapaba entre los dedos.

María vivía en otra altura. A sus 40 años, abogada brillante —o eso parecía—, acostumbrada a tener razón incluso antes de hablar, había encontrado en TikTok un lugar donde su voz resonaba firme, segura… incuestionable. Le gustaba pensar que veía lo que otros no. Que iba un paso por delante.

Nunca imaginaron coincidir. Un comentario cualquiera. Una respuesta breve. Y después… el salto. Al principio fueron palabras ligeras. Casi sin peso. El clima. El trabajo. Anécdotas que no importaban a nadie más. Pero en esa aparente normalidad… comenzó a crecer algo. Difícil de nombrar. Una curiosidad constante.
Una espera silenciosa.

Juan empezó a mirar el teléfono más de lo habitual. María, que siempre controlaba su tiempo, empezó a perderlo en conversaciones que no tenía previsto tener. Había algo en él. En su forma de escribir. Sin adornos. Sin pretensiones. Y algo en ella. Directa. Viva. Incisiva. Dos mundos que no debían encajar… encajando.

Con el paso de los días, las palabras cambiaron. Ya no eran solo frases. Eran pausas. Silencios. Expectativas. Cada notificación aceleraba el pulso. Cada mensaje abría una puerta. Una que ninguno sabía que necesitaba cruzar. No hablaban de nada prohibido.

No hacía falta. Bastaba una frase. Una insinuación leve. Un “estoy aquí” apenas dicho… Y algo se encendía. Invisible. Compartido. Como un secreto que no necesita explicación. Sus cuerpos reaccionaban a distancia, como si el lenguaje hubiera aprendido otra forma de tocar. Se volvieron necesarios. Juan, que buscaba paz… encontró inquietud. Pero también algo más. Una plenitud extraña.

María, que creía dominar cada situación… empezó a rendirse. No a él. A lo que sentía. Y eso… no lo podía controlar. Así, entre palabras que parecían inocentes, construyeron algo. No hacía falta explicarlo. Ni justificarlo. Solo… existir.

Durante semanas, todo volvió a parecer normal. Mensajes medidos. Distancia aparente. Un equilibrio frágil. Hasta que Juan preguntó lo que nunca había preguntado: ¿Cómo te llamas de verdad?— . María leyó el mensaje sin sorpresa. Sabía que ese momento llegaría.

Lo que no esperaba… era dudar. Porque “María” no era su nombre. Ni abogada su profesión. Ni siquiera los vídeos eran suyos. Todo había empezado como un juego. Una cuenta anónima. Palabras prestadas. Una voz construida para parecer firme. Superior. Intocable. Y funcionaba. Nadie cuestiona a quien parece seguro. Hasta que apareció Juan. Alguien que no admiraba el personaje… Sino lo que había detrás. Aunque ni siquiera ella supiera bien qué era eso.

Pasaron horas.

No soy quien crees.

Juan tardó menos.

Yo tampoco soy quien era antes de hablar contigo.

Y ahí… algo se rompió. O quizás se abrió. Podía haber mentido. Podía haber desaparecido. Pero hizo lo contrario. Le contó. No todo. Pero lo suficiente. Que no era abogada. Que escribía para sentirse alguien. Que necesitaba que otros creyeran en esa versión… para no cuestionarla ella misma.

El silencio de Juan fue largo. Pesado. Real. Cuando respondió, no hubo enfado. Ni decepción.

Entonces lo que sentí… ¿también era mentira?

María sostuvo el teléfono. Las manos temblaban. Porque esa… era la única pregunta que no podía esquivar.

No.

Y era verdad. Todo lo demás podía ser falso. Pero no eso. Juan leyó la respuesta sentado en una obra sin terminar. Rodeado de estructuras abiertas. De paredes que aún no definían nada. Y entendió. Había pasado la vida construyendo cosas firmes. Reales. Tocables. Y sin embargo… lo más intenso que había sentido en años… No tenía forma. Ni base. Ni nombre. Y aun así… existía.

Entonces quédate.

María no respondió. Miró su cuenta. Sus seguidores. Su personaje perfecto. Y por primera vez… Le pareció una jaula. Cerró sesión. No borró nada. Pero tampoco volvió.

Juan esperó. Un día. Dos. Una semana. Esta vez no escribió. Porque entendió algo distinto: no todo lo que desaparece… es una pérdida. Algunas cosas…
no pueden sostenerse bajo la luz. Y quizás, precisamente por eso… fueron tan intensas en la oscuridad.

Pasaron los años. No volvieron a hablar. Juan se jubiló a los 67. Dejó atrás el ruido. El polvo. Las obras. Se mudó a un lugar más tranquilo. Allí donde las mañanas tienen otro ritmo. Y el tiempo… no corre. Aprendió a estar solo. O mejor dicho… a estar en paz con ello. A veces, al caer la tarde, sacaba su viejo móvil. No siempre lo encendía. No hacía falta. Sabía que la conversación seguía ahí. Intacta. No la recordaba con nostalgia. Sino como se recuerdan ciertas cosas… Que no se entienden del todo. Pero cambian algo. Porque lo hizo. Le enseñó que aún podía sentir. Que la vida no se apaga de golpe… solo se adormece. Y que, a veces… vuelve.

María también cambió. Su cuenta creció. Incluso vivió de ello durante un tiempo. Sus palabras seguían siendo firmes. Admiradas. Pero ya no eran las mismas. Había grietas. No visibles para todos. Pero estaban. Con el tiempo, dejó de publicar. Sin aviso. Sin despedida. Ya no necesitaba sostener nada. Había entendido algo simple: no se puede vivir por encima de los demás… sin quedarse, al final, completamente solo.

Una noche cualquiera, años después, volvió a abrir aquella conversación. El último mensaje seguía igual:

Entonces quédate.

Apoyó el teléfono. No lloró. No sonrió. Solo permaneció en silencio. Sintiendo el peso de lo que fue… Y de lo que no pudo ser.

En otro lugar, esa misma noche, Juan miraba el cielo. Sin pensar en ella directamente. Pero sabiendo algo. Hay personas que no desaparecen. Solo cambian de forma. Se convierten en recuerdo. En idea. En presencia silenciosa. En la prueba de que, incluso en lo más improbable… Dos vidas pueden tocarse de verdad. Y eso, aunque no dure… permanece.



viernes, 27 de marzo de 2026

LA DEUDA INVISIBLE


 


Escrito el 27 de marzo de 2026

Orlando no recuerda exactamente cuándo empezó todo.

Quizá fue una noche cualquiera en Discoteca Orosco, cuando la música tapaba cualquier pensamiento y el alcohol hacía que todo pareciera más fácil de lo que realmente era. Tenía poco más de veinte años y la vida aún le parecía algo que estaba por conquistar.

Después vinieron las copas.

Luego la marihuana.

Más tarde, las pastillas.

Y, casi sin darse cuenta, el juego.

Miranda de Ebro seguía siendo el mismo lugar de siempre, pero Orlando ya no. Había aprendido a sobrevivir entre noches largas y días cortos, entre deudas pequeñas que acababan siendo enormes, entre promesas que nunca llegaba a cumplir.

El primer día que ganó dinero en un salón de juego pensó que había encontrado la solución. El segundo día empezó el problema.

Durante años, su vida giró en torno a recuperar lo perdido. Pero nunca era suficiente. Nunca lo sería.

Perdió el trabajo.

Perdió amistades.

Se perdió a sí mismo.

Hubo momentos en los que pensó que no saldría de ahí. La ansiedad lo atrapaba sin avisar, como un golpe seco en el pecho. Le diagnosticaron trastorno de ansiedad generalizada, pero él sabía que había algo más profundo: un vacío que intentaba llenar sin éxito.

El primer intento de dejarlo fue breve.

Duró semanas.

Se convenció de que lo tenía controlado. Volvió a entrar en un salón “solo para mirar”. Salió peor que antes.

La segunda vez fue distinta… pero no suficiente.

Aguantó meses. Cambió rutinas. Evitó lugares. Incluso dejó de ir a Orosco. Pero una noche cualquiera, una mala racha, una excusa bien construida… y volvió a caer.

Esa recaída fue la peor.

Porque ya no podía engañarse.

Ya sabía lo que le esperaba.

El fondo.

Pero tocar fondo no siempre es el final.

A veces… es el único lugar desde el que se puede empezar a subir.

Orlando no cambió de un día para otro. No hubo milagros. No hubo grandes discursos. Hubo algo más difícil:

Decidir cada día no volver.

Pidió ayuda.

Se alejó de ciertos lugares.

Aprendió a convivir con el silencio sin llenarlo de ruido.

Hubo días malos.

Días muy malos.

Pero también empezaron a aparecer otros distintos.

Días tranquilos.

Con el tiempo, entendió algo que antes no podía ver: no se trataba de recuperar el dinero, ni los años, ni siquiera la persona que fue.

Se trataba de construir alguien nuevo.

Alguien que supiera parar.

Hoy, Orlando sigue viviendo en Miranda de Ebro. Pasa por delante de lugares que antes eran su refugio y ahora son solo eso: sitios.

A veces siente el impulso.

A veces recuerda.

A veces duele.

Pero ya no entra.

Porque ha entendido que su verdadera deuda nunca fue el dinero.

Era consigo mismo.

Y esa…

por fin, ha empezado a saldarla.


INTERNET ES CUANTO MENOS CURIOSO...


 

Escrito el 22 de noviembre de 2015, revisado el 26 de marzo de 2026

Hasta qué punto puede llegar esto de Internet… es algo, cuanto menos, curioso. Te hace sentir, ilusionarte, compartir… Todo comienza con la llegada a un sitio. Empiezas leyendo, al principio, aquellos nicks que te llaman la atención; normalmente, se elige ese nombre por algo (el mío, en concreto, se debe a la unión de mi nombre con el de mi vehículo).

A medida que vas leyendo a determinadas personas, observas que comparten inquietudes afines a tu forma de ver y sentir la vida… y, sin darte cuenta, nace en ti la curiosidad por seguir leyendo todo aquello que escribe esa persona, ya sea en blogs, salas de chat o foros.

En mi caso, después de leerle durante algún tiempo, surgió la necesidad de hacérselo saber a través de algún comentario sobre su forma de expresarse, afinidades o aficiones. Y así, día tras día, comienzas a intercambiar frases y pensamientos que te gusta compartir, sintiéndote satisfecho por ello.

Con el paso del tiempo, te das cuenta de que esto traspasa la barrera del ciberespacio. Durante el día, recuerdas con gratitud a aquellas personas que, la tarde o noche anterior, te hicieron sentir bien… e incluso a aquellas que lograron enojarte.

Curiosamente, en mi caso, cuando algo me hizo sentir mal, al recordarlo en frío, brota cierta alegría al pensar hasta qué punto se puede llegar sin ni siquiera saber con quién se está hablando.

En estos medios encuentras todo tipo de personas: unas que creen fielmente en la amistad o el amor… e incluso algunas que se atreven a asegurar que lo que aquí sucede, al ser virtual, es irreal. Todo es aceptable, pues las cosas no tienen mayor importancia que la que uno mismo les quiera dar.

En mi opinión, Internet, además de ser una eficaz herramienta, es también otra forma de hacer amigos. No los vemos ni los tocamos físicamente, pero están ahí… y, por supuesto, son reales. Para mí, es una gran satisfacción poder contar con ellos.

También entiendo que la amistad, del mismo modo que surge, puede desaparecer. Pero eso sí… siempre podremos recordarla como algo vivido, como una experiencia que, de una forma u otra, nos aportó.

P.D.: Con este escrito no trato de convencer a nadie de nada. Cada cual es libre de elegir su forma de vivir. Sencillamente, nace de la necesidad de agradecer a esas personas que, día tras día, me hacen pensar y sentir que la vida merece la pena.

Porque, al fin y al cabo:

«En el fondo son las relaciones con las personas lo que da sentido a la vida».
— Karl Wilhelm Von Humboldt


ALCORNOQUE BAJO EL ATARDECER DE EXTREMADURA


 

Escrito el 22 de noviembre de 2015, revisado el 26 de marzo de 2026

Soy un «árbol» al que le gusta compartir su sombra con todo aquel que hasta mí se acerque. No pretendo hacer sombra a nada ni a nadie por el hecho de creerme estar por encima. Como tal, sé que mi lugar está en la tierra; mis «raíces» así me lo hicieron saber desde que tengo uso de razón.

Me gusta observar con detenimiento todo cuanto existe a mi alrededor, sin importarme las diferencias que puedan existir entre unos y otros —personas, animales u objetos—. También me gusta escribir sobre ello, sobre lo que observo, vivo, siento y pienso…

Soy «alcornoque» por el hecho de haber nacido en la alta Extremadura.

Me preocupa, y mucho, que en ocasiones puedan pensar o decir de mí que soy un hipócrita, por el hecho de que mis «frutos» despierten sentimientos totalmente ajenos a mi voluntad.

Como «árbol» y como «escritor», considero que en este «hábitat», al igual que en cualquier otro confín bajo el astro rey, hay sitio de sobra para todos. Para cada uno, por igual. Y que, por tanto, ni siquiera es necesario intercambiar nada para evitar desencuentros absurdos.

Ante Dios y la naturaleza, todos gozamos de los mismos privilegios y derechos. Las escalas sociales son obra del propio hombre. Y, en cuanto al lugar que cada uno ocupa, con el tiempo, será la actitud y la aptitud las que lo determinen.

Vivo tratando de sacar lo positivo de la vida, incluso de lo malo, con el fin de compartirlo con los demás. Sin señalar a nadie como culpable. Porque, a día de hoy, deberíamos saber que los sentimientos pertenecen a quien los siente. Y que, si existe algún conflicto por ello, nace ahí… no en quien, sin saberlo, los despierta.


jueves, 26 de marzo de 2026

EL DESTINO Y SUS CAPRICHOS


 

Escrito en 2013, revisado el 25 de marzo de 2026 (día internacional del perro)

Hoy, después de que… —ya saben quienes me leen lo que habitualmente hago al comenzar mi día con respecto a la convivencia con los ciudadanos—, me he alegrado mucho al coincidir con una persona y su mascota. Motivo por el cual ha surgido en mí la necesidad de crear y compartir este escrito. Es evidente que cambiaré sus nombres, porque tienen derecho a no darse a conocer por estos medios y porque la ley así lo contempla.

Cierto día, en el interior de un contenedor de basuras, se encontraba, sin dar crédito a su próximo y dramático final, un cachorrito de mastín del Pirineo. Sin pedigrí. Se lamentaba de su desdicha como únicamente podía: gimiendo, pues apenas tenía unos días.

Por aquel mismo lugar e instante se encontraba paseando un joven, de unos treinta y pico años, que, al escuchar los lastimosos y debilitados gemidos, se acercó y levantó la tapa de aquella tumba apestosa donde daba por perdida su vida el indefenso animal. Y, sin pensárselo dos veces, la rescató de aquel nauseabundo lugar y se la llevó consigo.

En primer lugar, se dirigió a casa y le preparó, de manera rudimentaria, una especie de biberón. La cachorrita, aún temblando y sin saber qué suerte correría en manos de aquel ser que le transmitía, en un primer momento, sensaciones similares a las de quien la había arrojado a su suerte sin más…, una vez que notó que ese calor comenzaba a ser distinto y se asemejaba al experimentado a los pocos segundos de haber nacido, aquello fue lo que la animó a aferrarse a esa nueva situación.

Al abrir su diminuta boca, notó algo cálido y, siguiendo su instinto de supervivencia, devoró el contenido en apenas un minuto. Vencida por el agotamiento y el reparador sustento, se quedó dormida en aquellas extrañas manos.

En segundo lugar, Manuel se dirigió hacia una clínica veterinaria y, tras el reconocimiento:

—A primera vista, parece que todo está bien… Si tienes algún problema, me das un toque al móvil —dijo la veterinaria.

—De acuerdo —respondió, mientras su cara no podía ocultar su estado emocional—. ¿Qué te debo por la consulta?

—Nada, y gracias por interesarte por los animales. Eso es todo.

Al llegar a casa, la depositó, envuelta en una prenda de vestir, en una caja; pero esta vez sin poner la tapa. Después se sentó y estuvo observando cómo iban cambiando sus lastimeros y ahogados gemidos por una respiración pausada y algún que otro ronquido.

El tiempo fue pasando y los problemas fueron apareciendo de nuevo. Algo no iba bien y Manuel regresó a la clínica. Después de hacerle todo tipo de pruebas y observaciones:

—Me temo que se trata de una disfunción cerebral…, pues aunque todos los análisis indican que está completamente sana, he observado que tiene problemas de coordinación, de ahí que su forma de andar llame tanto la atención. ¿Qué piensas hacer con ella? —refirió con tono de preocupación la veterinaria.

—¿Ella podrá vivir bien así? Quiero decir, ¿será algún impedimento…?

—Por supuesto que podrá vivir, pero siempre de manera condicionada por el mal que padece.

—Bueno, eso es lo de menos, tampoco la voy a exigir mucho.

Todo lo relatado ocurrió hace tres o cuatro años. Hoy, Valentina se ha convertido en una enorme mastín blanca, con alguna mancha de color marrón claro, que llama mucho la atención, no solo por el hecho de caminar mal y con la cabeza torcida hacia un lado, sino por lo cariñosa que se muestra ante cualquier desconocido. Acude todo lo rápido que sus limitaciones le permiten para sentir la calidez humana a través de una simple caricia.

Todo en ella me satisface plenamente y me deja sorprendido por la capacidad que tienen los animales. Valentina no siente rencor, ni siquiera hacia quien en su día no le importó lo más mínimo su triste final al dejarla indefensa y abandonada a su suerte.

Tal vez ni siquiera el nombre fuese elegido al azar, sino haciendo honor a su valentía por querer sobrevivir… Tal vez incluso eso tuvo que suceder de esa drástica manera por el hecho de que, hoy 12 de mayo, este que escribe, sin saber siquiera el porqué…, aunque me imagino que el responsable de que todas las cosas sucedan tal y como acontecen no sea otro que el destino: ese que se muestra caprichoso, antojadizo y que no hace nada porque sí…


Causa y efecto


Escrito en 2013, revisado el 24 de marzo de 2026

Tres vecinos —un niño, un adulto y un anciano— salieron a la calle y se toparon con una zanja frente a su portal. Estas fueron sus reacciones:

El niño corrió a mirar qué había detrás del montón de tierra. Al ver que era un simple hoyo, se dio la vuelta aburrido.

El adulto sintió un escalofrío. De inmediato, se aferró a una esperanza: quizás allí estaba el capataz de la obra y, con suerte, podría conseguir un empleo para cubrir, al menos, lo básico.

El anciano estalló: «¡Lo que me faltaba! Estoy harto de tantos inventos que solo nos fastidian. Más les valdría recordar que ellos también serán inadaptados algún día». Gritó buscando un cómplice que le diera la razón, pero como bien sabemos los viejos: solo queda aguantarse.


Sospecho que algo parecido ocurre con mis escritos. Unos por juventud, otros por falta de tiempo y el resto por inadaptación. Al final, no me queda otra que conformarme con el mismo cierre del relato: ajo y agua.



miércoles, 25 de marzo de 2026

APRENDER A VIVIR CON LA DUDA



Escrito el 25 de marzo de 2026

Carmen nunca había sido una mujer insegura.

Durante años, fue ella quien organizaba la casa, quien tomaba decisiones cuando Julián dudaba, quien decía “ya está bien así” y cerraba la puerta sin volver a mirarla.

Pero desde que él murió, algo cambió.

La primera vez que volvió a comprobar la cerradura no le dio importancia. La segunda tampoco. A la tercera, ya sintió algo incómodo, pero lo dejó pasar.

—Es normal —se dijo—. Estoy sola.

Lo que no era normal era lo que vino después.

Cada noche, el mismo ritual.
Cerrar.
Comprobar.
Dudar.
Volver.

Y lo peor no era hacerlo, sino la sensación que venía antes: una especie de presión en el pecho, una urgencia que no la dejaba en paz hasta que volvía a tocar la puerta.

Una tarde, en el centro de salud, lo comentó casi sin querer.

—Es una tontería… pero no puedo evitar revisar las cosas muchas veces.

La profesional la miró con calma.

—No es una tontería. Es ansiedad que se ha enganchado a la duda.

Carmen frunció el ceño.

—Pero yo sé que está cerrado.

—Claro que lo sabes —respondió—. El problema no es lo que sabes, es lo que sientes.

Aquella frase se le quedó dentro.

Esa noche, cuando apareció la duda —“¿y si no está bien cerrada?”— Carmen se levantó como siempre.

Pero se detuvo a mitad del pasillo.

Recordó otra cosa que le habían dicho:

—No intentes eliminar la duda. Intenta no obedecerla.

Se quedó quieta.

El cuerpo le pedía moverse. Comprobar. Asegurarse. Terminar con esa incomodidad.

Pero no lo hizo.

—Ya he cerrado —dijo en voz baja.

La duda no desapareció.

—¿Y si no?

Carmen respiró hondo.

—Puede ser —respondió.

El corazón le latía rápido. Sentía que algo malo podía pasar. Que estaba haciendo algo incorrecto.

Pero no se movió.

Se sentó en la cama.

Los minutos pasaron lentos, pesados.

Y entonces, casi sin darse cuenta, la intensidad bajó un poco.

No del todo.

Pero suficiente.

Carmen no sonrió. No se sintió segura. No hubo alivio inmediato.

Pero entendió algo nuevo:

La duda podía estar ahí…
sin que ella tuviera que hacerle caso.

Se tumbó.

Esa noche durmió peor que otras.

Pero a la mañana siguiente, al levantarse, notó algo distinto.

No había desaparecido el problema.

Pero había empezado a cambiar la relación con él.

Y eso, pensó, quizá era el principio de algo.


 

LA DUDA NO MANDA



 Escrito el 25 de marzo de 2026


"La duda no manda" es un mantra de empoderamiento que subraya que la vacilación, el miedo o la incertidumbre no deben dirigir tus decisiones ni paralizar tus acciones. Aunque la duda es natural, el enfoque proactivo invita a buscar dirección en lugar de certeza absoluta, tomando pequeñas acciones para generar evidencia y superar el miedo.

Aspectos clave sobre la duda

Empoderamiento: tú decides el siguiente paso; la duda puede aparecer, pero no tiene por qué conducir.

Acción de parálisis: actuar, incluso con miedo, ayuda a combatir la desobediencia o la inercia.

Gestión del miedo: cuestiona tus dudas y no dejes que la inseguridad, el perfeccionismo o el miedo al fracaso dicten tu potencial.

Enfoque de Crecimiento: la duda puede ser una herramienta para investigar, buscar fundamentos, en lugar de un paralizante absoluto.

En resumen, la frase invita a tomar control y actuar, confiando en la capacidad de decisión personal por encima de los temores internos.