Escrito el 24 de marzo dos horas antes de amanecer
A veces, justo antes de quedarme dormido, tenía la sensación de que mi vida era una habitación en la que alguien había apagado la luz sin avisar. No era tristeza exactamente, ni tampoco vacío, sino una especie de silencio extraño que se colaba entre mis pensamientos y me hacía preguntarme, con una calma inquietante, si todo aquello —los días que se repetían, las conversaciones a medias, los planes que nunca terminaba— tenía realmente algún sentido o si simplemente estaba aprendiendo a acostumbrarme a no encontrarlo.
Esa noche, sin embargo, hubo algo distinto. Mientras observaba el techo como tantas otras veces, un ruido leve —casi imperceptible— pareció surgir de algún rincón de la habitación. No era un sonido reconocible, ni constante, pero tenía la extraña cualidad de atraer mi atención como si escondiera una respuesta que no sabía formular. Me incorporé despacio, con la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de aquel silencio no estaba completamente vacío.
Me levanté sin encender la luz, guiándome más por intuición que por la escasa claridad que entraba por la ventana. El sonido no venía de un lugar fijo; parecía desplazarse, como si jugara a esconderse entre los objetos cotidianos que de día no tenían ningún misterio. Avancé despacio, conteniendo la respiración, hasta que comprendí que no estaba buscando algo en la habitación, sino siguiendo una sensación más profunda, casi olvidada: la de que tal vez, solo tal vez, había algo esperándome al otro lado de esa inquietud que siempre había intentado ignorar.
Entonces me detuve. No porque el sonido hubiera cesado, sino porque, de pronto, me pareció reconocerlo. No era externo, no venía de las paredes ni de los muebles, sino de un lugar mucho más cercano y, al mismo tiempo, más difícil de señalar. Era como un eco tenue de algo que había sentido hace mucho tiempo, antes de acostumbrarme a no hacerme preguntas. Cerré los ojos, y en ese gesto casi involuntario, comprendí que si quería encontrar el origen de aquel murmullo, tendría que dejar de buscar fuera y atreverme, por primera vez en años, a escuchar hacia dentro.
Al abrirlos de nuevo, la habitación seguía igual, pero yo no. El silencio ya no pesaba; parecía esperar. Me llevé una mano al pecho, casi con cautela, y por un instante sentí algo que no supe nombrar: no era una respuesta, ni una revelación, sino una pequeña grieta en la costumbre de no sentir. Y en esa grieta, frágil pero persistente, comenzó a intuir que tal vez el sentido no era algo que se encontraba de golpe, sino algo que empezaba así, con un gesto mínimo, casi invisible, de no apartarse.
Me quedé allí, inmóvil, como si cualquier movimiento brusco pudiera cerrar esa grieta recién abierta. Afuera, la noche seguía su curso indiferente, pero dentro de mí algo había cambiado de dirección. Pensé en todos los días en los que había pasado de largo frente a esa sensación, en cómo había aprendido a silenciarla con rutinas y distracciones. Esta vez, sin embargo, no aparté la mirada. Respiré hondo, y en ese acto sencillo, casi insignificante, decidí —sin palabras, sin certezas— que iba a seguir ese hilo tenue, aunque no supiera a dónde me llevaría.
Y fue entonces, sin estridencias ni promesas grandiosas, cuando algo comenzó a encajar. No como una respuesta definitiva, sino como una dirección. No había encontrado el sentido de mi vida aquella noche, pero había dejado de esperar que apareciera desde fuera. Entendí, con una claridad serena, que ese murmullo no era un misterio que resolver, sino una invitación a vivir de otra manera: más atento, más presente, más dispuesto a no huir. Y por primera vez en mucho tiempo, la oscuridad de la habitación no me pareció un vacío, sino el comienzo de algo.
A la mañana siguiente, nada parecía haber cambiado. La luz entraba por la ventana como siempre, los objetos seguían en su sitio, y el mundo continuaba con su ritmo indiferente. Sin embargo, me detuve un instante antes de empezar el día, como si recordara algo importante que no quería dejar escapar. No tenía respuestas claras ni certezas nuevas, pero ya no me urgían. Mientras me preparaba para salir, noté que aquel silencio de otras noches había perdido su peso, como si ahora contuviera una posibilidad. Y al cerrar la puerta, sin dramatismo ni grandes decisiones, di un paso sencillo pero distinto: el de alguien que, sin saber exactamente por qué, ha decidido quedarse.
____________________________________________________________________________
Hay quien se desespera cuando el insomnio no le deja descansar, otros aprovechamos cualquier momento para reflexionar, escribirlo y compartirlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario