Aitor nunca pensó en el futuro. No porque no creyera en él, sino porque le parecía algo ajeno, como si fuera una vida que le tocaría a otro. Su mundo era inmediato: la noche del viernes, el vaso lleno, el dinero fácil y el silencio incómodo de una casa enorme donde nadie preguntaba nada.
Nekane, en cambio, sí había pensado en el futuro alguna vez. De niña. Antes de entender que podía vivir sin esforzarse demasiado, antes de descubrir que todo lo incómodo podía anestesiarse con una línea blanca y una sonrisa fingida. Psicología era solo una excusa, una rutina para tranquilizar a sus padres y, de paso, a sí misma.
Se conocían de toda la vida, pero no se conocían de verdad.
Los fines de semana eran su punto de encuentro. Luces, música, cuerpos que se rozaban sin mirarse. Allí todo parecía normal. Allí nadie preguntaba de dónde venías ni hacia dónde ibas.
Hasta que dejó de serlo.
El embarazo no fue una noticia, fue un golpe. Seco. Sin preparación. Sin alegría.
—No puede ser —dijo ella la primera vez, mirándose al espejo como si su reflejo pudiera desmentirlo.
Pero sí podía ser.
Y era.
Aitor reaccionó como reaccionaba a todo: evitando. Durante unos días se mantuvo cerca, como si eso fuera suficiente. Luego empezó a desaparecer. Primero mensajes sin contestar, después excusas, finalmente silencio.
Porque enfrentarlo implicaba algo que nunca había hecho: asumir.
Nekane tampoco asumió. Simplemente siguió. Cambió unas noches por otras, unos clientes por otros. El dinero llegaba, la cocaína también, y con eso bastaba para no pensar demasiado.
Hasta que el cuerpo empezó a hablar.
El diagnóstico llegó en una sala fría, con palabras técnicas y miradas profesionales. No hubo dramatismo, solo una frase clara que lo cambió todo:
—Es positivo.
Primero ella. Luego él.
Nadie gritó. Nadie lloró en ese momento. Fue peor: hubo silencio. Un silencio lleno de rabia.
—Has sido tú —le dijo Nekane.
—¿Yo? —respondió Aitor, con una risa amarga—. Mírate antes de hablar.
Se lanzaron reproches como si fueran pruebas. Como si encontrar un culpable pudiera borrar el resultado.
Pero no lo hacía.
La relación, si alguna vez fue algo más que costumbre, se rompió ahí.
Después vino lo verdaderamente peligroso: la indiferencia.
Aitor siguió saliendo. Bebiendo más, sintiendo menos. Cada vez necesitaba más para olvidar algo que ya no podía ignorar. Sabía lo que tenía. Sabía lo que podía provocar. Pero había cruzado una línea donde ya no importaba demasiado.
Nekane entró en una espiral más silenciosa. Menos ruido, más oscuridad. El embarazo avanzaba, y con él, el miedo. Por primera vez en años, algo dependía de ella de verdad.
Una noche, sola, sin música ni distracciones, se miró las manos temblorosas y entendió algo simple y devastador: no era invencible.
Nunca lo había sido.
Aitor, mientras tanto, fue descubierto. No por su estado, sino por el dinero. Sus padres, acostumbrados a cifras grandes, notaron por fin las pequeñas ausencias. Cuando lo enfrentaron, esperaban excusas. Lo que encontraron fue vacío.
—¿Qué te pasa? —preguntó su padre.
Aitor tardó en responder.
Porque por primera vez no tenía una mentira preparada.
—Nada —dijo al final.
Pero no era nada.
Era todo.
El tiempo empezó a pasar de otra forma. Más lento. Más pesado. Más real.
Nekane empezó a acudir a controles médicos. Tarde, pero fue. No por ella, sino por lo único que aún podía cambiar algo.
Aitor no cambió de golpe. Nadie cambia así. Pero empezó a notar que ya no podía sostener la vida que llevaba. No por moral, sino por desgaste.
Ambos, separados, empezaron a enfrentarse a lo mismo: las consecuencias no eran un castigo puntual, eran un estado permanente.
Y por primera vez en mucho tiempo, apareció algo nuevo.
No era esperanza.
Era conciencia.
Y con ella, la posibilidad —pequeña, incómoda, difícil— de hacer algo distinto.
Epílogo
Nadie les explicó que el problema no era una sola decisión, sino la suma de todas.
El alcohol nunca fue solo una copa. Fue la puerta de entrada. La excusa para no pensar, para no sentir, para no recordar lo que no encajaba. En Aitor se convirtió en rutina; en algo necesario para empezar la noche… y también para soportar el día siguiente. Poco a poco dejó de ser ocio y pasó a ser dependencia.
Las drogas, en el caso de Nekane, siguieron el mismo camino. Lo que empezó como algo puntual acabó ocupando cada espacio de su vida. La cocaína le daba una falsa sensación de control, de energía, de seguridad. Pero en realidad le quitaba todo eso: la capacidad de decidir, de cuidarse, de poner límites.
Y luego estaban las relaciones por dinero.
Al principio parecían una solución. Rápida. Eficaz. Sin preguntas. Sin compromiso. Pero con el tiempo se convirtieron en otro tipo de trampa. No solo por los riesgos físicos —que eran reales y constantes—, sino por lo que implicaban: convertir el propio cuerpo en un medio, desconectarse de uno mismo, aceptar situaciones que en otro contexto nunca habrían permitido.
Nada de eso ocurrió de golpe.
Fue progresivo. Casi imperceptible.
Una noche más. Una copa más. Una línea más. Una decisión que parecía pequeña, pero que se sumaba a la anterior.
Hasta que las consecuencias dejaron de ser evitables.
La enfermedad no fue un accidente aislado. Fue el resultado de una forma de vivir sin límites, sin información suficiente y sin responsabilidad hacia uno mismo y hacia los demás.
Porque en el fondo, lo más grave no fue el consumo, ni siquiera el contagio.
Fue la indiferencia posterior.
Saber que podían hacer daño y aun así seguir.
Ahí es donde la historia deja de ser solo personal.
Porque cada decisión, cada exceso, cada relación sin protección o sin conciencia, no termina en uno mismo. Se extiende. Afecta. Alcanza a otros.
El alcohol, las drogas y el sexo sin responsabilidad no son historias separadas.
Son piezas del mismo círculo.
Y romperlo —si es que se rompe— siempre llega tarde, pero nunca sin coste.






