miércoles, 1 de julio de 2026

Capítulo 1, episodio 5, CICATRICES DE DOBLE FILO


 

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Tras pasar la noche sin el menor atisbo de intimidad, Jefferson y María se despertaron sobresaltados por el ruido intencionado de los platos en la cocina. Se levantaron, se asearon a prisa y se encaminaron hacia allí.
Buenos días —dijeron al unísono, intentando romper el hielo.
La atareada anciana fingió no oírlos. Continuó espolvoreando azúcar sobre varias rebanadas de pan con mantequilla, dándoles la espalda.
Madruga usted mucho, señora —comentó María, haciendo un nuevo esfuerzo por agradar.
La mujer ha de ser la primera en levantarse. Así, cuando el marido despierte, no perderá más tiempo del necesario para ir a trabajar —arguyó la mujer ásperamente, sin mirarla ni detener su labor.
Jefferson permaneció en silencio. El tono de su madre desaconsejaba cualquier réplica si no quería echar más leña al fuego.
Esto... mamá. María y yo pasaremos el día fuera.
La anciana dejó el cuchillo sobre la mesa y lo miró con desdén.
¿Y?
Jefferson bajó la vista hacia sus zapatos, perdiendo toda la soberbia que mostraba en la calle.
No es necesario que prepares nada para la comida —dijo con un hilo de voz.
La anciana abandonó la estancia con los ojos empañados en lágrimas, profundamente decepcionada. En ese instante se sintió herida de muerte al confirmar que una desconocida la relegaba a un segundo plano.
Está bien, como quieras —murmuró mientras se perdía por el pasillo.
Sin dar crédito a la escena, Jefferson aprovechó el drama para escabullirse.
Nos vemos ya, mamá. ¡Hasta la noche! —dijo, plantando un pie en el rellano.
Cuídese mucho, señora —deseó María a media voz.
No obtuvieron respuesta. Extrañados por el denso silencio, subieron al chirriante ascensor.
Es por mi culpa, ¿verdad? —preguntó María, buscando sus ojos.
La verdad es que no lo sé. Nunca se ha comportado así; serán cosas de la edad —justificó Jefferson, restándole importancia.
¿Adónde vamos?
Primero, a trabajar un rato y... luego, si te portas bien, ya veremos —respondió él al salir del portal.
Caminaron hacia el vehículo. Jefferson sacó las llaves, abrió el Datsun y, una vez dentro, estiró el brazo para quitar el seguro de la puerta del copiloto. Se acomodaron, se abrocharon los cinturones y pusieron rumbo al apartamento.
Un rato después, la pareja se bajaba frente al decrépito edificio. Jefferson sacó del maletero los útiles de limpieza que había comprado y avanzaron juntos. En el zaguán, la estrechez de las escaleras los obligó a subir en fila india.
Buenos días —saludó con voz gastada una diminuta anciana que se hallaba en el primer rellano.
Hola, buenos días, señora —respondieron casi al unísono.
La mujer los examinó con discreción, apoyada en la barandilla.
Perdonen mi atrevimiento... ¿así que van a vivir aquí?
Sí —respondió Jefferson en seco, acelerando el paso.
Pensarán que soy una cotilla, pero es que...
¡No, por Dios, qué disparate! —la interrumpió María, sin advertir el fastidio de su pareja, a quien le reventaba relacionarse con los vecinos.
... nunca se sabe lo que una pueda necesitar —suspiró la anciana—. Estamos tan apartadas de la ciudad, y Leandra y yo somos tan mayores que cualquier día...
María esbozó una sonrisa compasiva.
Bueno, al menos se tienen la una a la otra.
No te creas, hija. Ella apenas sale de casa. Si no fuera porque yo le traigo los encargos, posiblemente ya habría muerto de hambre.
Imagino que, si usted no pudiese, lo haría algún vecino, ¿no?
La anciana negó con la cabeza, con una mueca de amargura.
No, hija, no. Son muchos los años que llevamos solas en este mugriento edificio.
No se preocupe por eso, mujer. Dentro de nada podrá contar con nosotros. ¿A que sí, Jefferson?
Supongo que sí —respondió él con desgana desde unos escalones más arriba.
Mi nombre es Dolores, pero mis amigos me dicen Lola. Si necesitan algo, ya saben dónde vivo.
Encantada, señora Dolores. Lo mismo le digo. Nosotros somos María y Jefferson.
Bueno, no los entretengo más. ¡Sean bienvenidos!
Adiós, señora —cortó Jefferson con aspereza.
¡Que tenga un buen día! —le deseó María antes de correr para alcanzarlo.
Al llegar a la quinta planta, abrieron la puerta y Jefferson dejó los útiles junto a un mugriento diván de tres plazas que presidía la sala. Cogió el cepillo para quitar la costra de polvo, sacó un envase de espuma limpiadora y comenzó a frotar el tapizado.
¡Vaya!, pues no está tan mal —dijo al descubrir el aceptable estado del mueble bajo la mugre—. Como el resto esté así, no habrá que comprar casi nada.
Se quitó el abrigo y miró a María.
Será mejor que te quites la chaqueta. Con el ajetreo de la limpieza entraremos en calor enseguida.
María asintió, dispuesta a complacerlo.
Sí, tienes razón. ¿Por dónde empezamos?
Jefferson aprobó la predisposición de la joven levantando el pulgar.
Primero quitaremos las telarañas y el papel viejo de las paredes; luego ya veremos.
Fue a la cocina por un cubo de agua. Al regresar, la encontró tirando de una esquina seca del papel.
Pero ¿qué haces? —la increpó con brusquedad.
Sorprendida por el cambio de tono, María lo miró con aflicción, encogiéndose.
Lo que me has dicho, cariño... Pero cuesta mucho arrancarlo.
No, así no, alma cándida. Espera un poco y verás qué fácil es —respondió él, suavizando el tono con esa elasticidad manipuladora que lo caracterizaba.
Sumergió una esponja en el cubo, la escurrió y comenzó a humedecer el muro. Mientras tanto, ella se dedicó a retirar las telarañas de los rincones altos.
Ven un momento, María —la llamó al rato.
¿Sí? —preguntó ella, apoyándose en el quicio de la puerta.
Cuando el papel absorbe la humedad, basta con tirar de una esquina para que se desprenda sin esfuerzo. ¿Ves qué fácil resulta? —explicó, henchido de orgullo.
¡Ah, ya veo! Contigo voy a aprender muchas cosas —dijo ella, sonriendo, trágicamente ignorante de lo que el futuro le deparaba.
Un par de horas después, Jefferson sugirió dejarlo por ese día. María, sudorosa y cansada, estuvo de acuerdo. Mientras se aseaba en ropa interior junto al sofá, absorta en sus pensamientos, no advirtió que los ojos verdes de Jefferson la devoraban con lascivia. Las posturas inocentes de la chica encendieron el mecanismo de control de Jefferson, que se lanzó sobre ella con la velocidad de un felino.
¡Pero qué haces! —gritó asustada, cayendo de espaldas sobre el suelo polvoriento.
¡Shhhh! ¡Calla! —ordenó él, sellándole la boca con una mano pesada mientras con la otra le arrancaba la prenda interior. Ella se congeló, el terror de las palizas de su padre confundiéndose con la fuerza de su captor—. Haz como que te resistes —le susurró él al oído con una voz ronca, excitado por el simulacro de poder.
La brutalidad del momento terminó por descolocar los sentidos de la joven, que se dejó arrastrar por el perverso juego de Jefferson para evitar un daño mayor. Cuando todo acabó, permanecieron tendidos en el suelo unos minutos, recuperando el aliento en medio del olor a humedad y polvo.
Satisfecho su impulso, Jefferson recuperó su buen humor. Se vistieron y, como si nada hubiera pasado, abandonaron el edificio para ir a comer a un restaurante.
El resto de la tarde lo dedicaron a recorrer tiendas en busca de ropa premamá. La jornada satisfizo las expectativas de ambos, aunque por motivos muy distintos: ella rebosaba una ingenua ilusión por su futura maternidad; él disfrutaba imaginándola sometida bajo el vientre creciente.
¿Qué te parece este, cariño? —preguntó ella, mostrándole un vestido amplio.
Estás preciosa, pero deberías comprarte también algo diferente para cuando te aumente la barriga. Me gustaría que eligieses prendas bien ceñidas y faldas muy cortas. Ya sabes lo mucho que me excita eso —le susurró al oído antes de morderle el lóbulo.
Ella accedió a sus deseos y, tras pagar, regresaron al Datsun para poner rumbo a la casa de la anciana.
Al salir del ascensor, el ruido de las bolsas alertó a la mujer, que había pasado una tarde horrible conjeturando amargamente sobre su vejez y su soledad.
Hola, buenas noches —saludaron al unísono, fingiendo una normalidad conyugal que no existía.
¡Vaya, conque han vuelto! —espetó la mujer a modo de saludo, poniéndose en pie con la ayuda de su bastón.
¿Cómo dices, mamá?
Me marcho a dormir —sentenció con desaire.
María y Jefferson se miraron desconcertados.
Mamá, ¿no hay nada para cenar? —preguntó él desde la cocina, revisando las ollas vacías.
¿Acaso me quieres desquiciar? —bramó la mujer, girándose en mitad del pasillo—. ¿No recuerdas lo que me dijiste esta mañana? Que no preparase nada para comer.
Sí, es cierto, pero me refería solo al almuerzo.
¡Pues haberte explicado mejor! —increpó, blandiendo el bastón en el aire.
«Pobre Jefferson, esta bruja lo trata como si fuera un niño», pensó María, sintiendo lástima por el hombre que unas horas antes la había forzado en el suelo.
¡Ah! Y no se les ocurra hacer el menor ruido —advertió la anciana, amenazándolos con el puño en alto—. ¡Sería el colmo que un par de pedigüeños me impidiesen dormir en mi propia casa!
Ante la hostilidad de la mujer, no les quedó más remedio que retirarse a la habitación con el estómago vacío, frustrados y envueltos en un silencio sepulcral.

Capítulo1, episodio 4, CICATRICES DE DOBLE FILO


 

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Domingo, 16 de febrero de 1986

Iñaki se disponía a salir «de picos pardos», tal y como venía siendo habitual en los últimos años cada vez que el día de cobro coincidía con su jornada de descanso. Sobre la cama había dejado preparados unos pantalones vaqueros limpios, una camisa de entretiempo, ropa interior clara y calcetines oscuros. En el suelo, junto al armario, aguardaban sus zapatillas de lona.

Un rato después, antes de salir al rellano, descolgó del perchero del recibidor una cazadora negra de polipiel. Se la puso, estiró sus largos brazos para ajustársela y echó un vistazo general a la vivienda para asegurarse de que no quedaban luces encendidas ni grifos abiertos. Luego se palpó el bolsillo trasero del gastado vaquero para comprobar que llevaba la cartera con dinero suficiente para disfrutar de la noche y liberar la tensión acumulada durante el mes de trabajo en el camión.

Antes de cruzar el umbral cumplió con el ritual que repetía desde que el felino llegó a su vida: se inclinó para coger a Tigre y lo acunó entre sus brazos. El astuto animal solía tumbarse cuan largo era junto a la puerta principal con la firme intención de boicotear su salida; odiaba quedarse solo y, cada vez que Iñaki se ausentaba, mitigaba la melancolía atiborrándose de pienso antes de pasarse horas maullando con desgana en el pasillo.

Al salir al portal, Iñaki consultó su reloj de pulsera.

—Aún es pronto, iré a pie —se dijo para sus adentros.

No le importaban ni el fresco de la noche ni los casi tres kilómetros que separaban su hogar de las calles de Las Cortes. No era la primera vez que hacía aquel recorrido a buen paso sin que lo frenaran el viento, la lluvia o el frío industrial que ascendía desde la ría.

Al llegar a la altura del antiguo convento de La Merced —reconvertido por aquellos años de los ochenta en un dinámico centro juvenil—, el corazón le dio un vuelco. No por el esfuerzo de la caminata, sino por la viva expectación de alcanzar el lugar elegido. Minutos después cruzó el umbral del club de alterne y se acomodó en un extremo taburete de la barra, buscando la discreción de la penumbra. De fondo, los altavoces amortiguaban el ambiente con el ritmo rumbero de Me sabe a humo, de Los Chunguitos.

—Hola, buenas noches —saludó con amabilidad una mujer de mediana edad y maquillaje excesivo que atendía tras el mostrador—. ¿Qué le sirvo, caballero?

—¿Tiene un bitter Kas? —preguntó él, esbozando una sonrisa tímida que contrastaba con su envergadura.

—Sí, claro. Ahora mismo.

La encargada abrió el botellero, sacó el pequeño tercio de cristal y lo dejó frente a él junto a una rodaja de limón. Iñaki vertió el líquido rojo en el vaso y asintió satisfecho.

Aunque era ya su cuarta visita al local, no pudo evitar examinar el entorno con meticuloso disimulo. De pronto, la música cesó unos instantes. La camarera cambió el casete de la pletina y comenzó a sonar la guitarra lánguida de Soy un perro callejero. Fue entonces cuando una voz suave, melosa y con un marcado acento extranjero interrumpió sus pensamientos.

—Hola, buenas noches.

—Hola —respondió Iñaki, volviéndose hacia ella de golpe—. ¿Qué tal?

—Bien... ¿y tú? —contestó la recién llegada, dejando traslucir sus nervios mientras apoyaba tímidamente una mano sobre el hombro de Iñaki, como le habían enseñado a hacer.

—Tú eres nueva por aquí, ¿verdad? —comentó él, buscando romper el hielo al notar el temblor de sus dedos.

La joven bajó la mirada, temiendo haber mostrado demasiada torpeza en su debut.

—¿Se me nota mucho? —murmuró compungida, jugueteando con el borde de su falda.

—No, no... Al contrario. Al verte me he quedado un poco sin palabras. Suelo pasar por aquí de vez en cuando y es la primera vez que veo a una chica tan guapa y tan joven en este sitio.

—Hoy es mi primer día en este mundo —confesó ella con un hilo de voz, buscando un ancla en la barra—. No sé qué me pasa... me he venido abajo justo después de atreverme a dar el paso.

—No te preocupes. Los comienzos en cualquier sitio siempre son difíciles.

María guardó silencio unos segundos, tragando saliva antes de reunir el valor comercial que Marcela le había pedido tener.

—¿Me invitas a una copa?

—Claro que sí. Faltaría más. Pero antes me gustaría saber cómo te llamas. Tu nombre real, no el artístico que uses aquí dentro.

La joven enarcó una ceja, extrañada por una petición tan poco habitual en la noche.

—¿En serio importa eso aquí?

—Hombre... qué menos que saber el nombre de la persona con la que voy a compartir un trago y una charla, ¿no crees?

Ella sonrió apenas, sintiendo que la tensión de sus hombros disminuía.

—Está bien. Me llamo María. Soy ecuatoriana y llevo poco más de un año en el país. ¿Y tú?

Iñaki se acercó con respeto para saludarla con dos besos reglamentarios.

—Encantado, María. Yo soy Iñaki Gato Goytisolo.

Bajo la luz roja del local, Iñaki advirtió el desconcierto en el rostro de la muchacha al oír la presentación.

—¿Te pasa algo? —preguntó divertido.

—Ese nombre... y esos apellidos. Nunca en mi vida había escuchado una combinación igual.

Iñaki sonrió de buena gana, mesándose la barba.

—Todo tiene su explicación. Mi padre se llamaba Ignacio Gato Lobo, zamorano de pura cepa. Mi madre era Amaia Goytisolo Gorostiza, bilbaína hasta la médula de las que ya no quedan. Cuando nací, mi padre se empeñó en heredarme su nombre y mi madre aceptó con la condición de que en casa me llamaran Iñaki para no confundirnos a los dos. Al final todo el mundo se quedó con el de mi madre.

—Entonces eres español y vasco a partes iguales, ¿no?

—Sí... y no —respondió él con una sonrisa ladeada, entornando los ojos—. Depende de quién lo mire y de cómo sople el viento.

María soltó una pequeña risa limpia.

—La verdad es que no te entiendo.

Iñaki bajó ligeramente la voz, adoptando un tono confidencial.

—Digamos que en estos tiempos que corren es mejor no hablar demasiado de ciertas cosas según en qué barra estés metido.

—Oh... discúlpame. No era mi intención incomodarte con preguntas.

—Tranquila, mujer. No pasa nada. ¿Te apetece otra copa?

Ella asintió con la cabeza y él llamó discretamente a la camarera con un gesto de la mano.

A partir de aquella segunda ronda, la conversación comenzó a fluir con asombrosa facilidad entre el humo espeso de los cigarrillos, las risas amortiguadas y la complicidad que brinda la noche. Iñaki le habló de la curiosa teoría que su padre esgrimía sobre por qué se habían instalado precisamente en la plaza Moraza: según el viejo, «dando un salto aquí y otro allá, con la barriga en medio, te plantabas en Zamora». Nunca supo si el hombre lo decía en serio o por pura guasa norteña, pero recordarlo siempre le despertaba una punzada de nostalgia. Su padre había muerto el último día de 1978 y su madre apenas dos años después, dejándolo completamente solo en el piso.

También le confió que su puesto en el servicio municipal de limpieza era hereditario, una peculiar concesión de la empresa de basuras que permitía transmitir la plaza de padres a hijos tras la jubilación o el fallecimiento del titular.

María, contagiada por aquella cercanía tan humana e inesperada, terminó desahogándose sin entrar en los detalles escabrosos de Guayaquil. Le habló del infierno que la había empujado a huir de Ecuador y, al recordar la dolorosa e insoportable distancia con su hijo, se le rompió la voz y rompió a llorar amargamente en la barra, consumida por la culpa de no haber podido proteger al bebé a tiempo.

Conmovido, Iñaki olvidó sus propios complejos, la rodeó con sus poderosos brazos y la estrechó contra su pecho, ofreciéndole un refugio sincero y limpio bajo la tenue penumbra del local.

Cuando quisieron darse cuenta, Marcela comenzó a hacer parpadear las luces del techo y apagó el equipo de música.

—Señoras y señores, es la hora del cierre —anunció la encargada con una firmeza educada detrás del mostrador—. Vayan desalojando las mesas y abonen sus consumiciones pendientes. Muchas gracias y buenas noches.

De regreso a casa, y a pesar de no haber cumplido en absoluto el propósito carnal por el que originalmente había bajado a Las Cortes, Iñaki caminaba con el corazón ligero, casi flotando. La calidez de María había conseguido que olvidara por completo su habitual y patológica timidez. Se lo había pasado tan bien charlando que el trayecto de vuelta por la ría se le hizo corto y, casi sin darse cuenta, ya estaba metiendo la llave en la cerradura de su piso.

Tigre acudió de inmediato al recibidor, con los ojos brillantes.

—¿Qué pasa, compañero? ¿Me extrañabas mucho? —preguntó Iñaki mientras se agachaba, dejando la cazadora en el perchero, para acariciarle el lomo con ternura.

El gato respondió con un maullido corto y lastimero, reprochándole las horas de ausencia.

— ¿Pensabas que te iba a dejar solo? Qué tonto eres. Ya sabes que tú y los peces de colores sois mi única y verdadera familia.

El felino ronroneó sonoramente, frotándose contra sus manos grandes, agradecido por las caricias.

Iñaki fue a la cocina para prepararse un refrigerio ligero antes de acostarse. Tigre lo siguió de cerca, restregándose contra sus piernas con el rabo erguido, entorpeciéndole el paso en una inequívoca y pesada demostración de afecto.

Después de recoger la mesa, Iñaki se acercó al aparador del salón, destapó el acuario y espolvoreó unas escamas de alimento para los peces, cumpliendo con el rito de cada noche.

Antes de retirarse pasó por el cuarto de baño para asearse y lavarse los dientes. Tigre volvió a escoltarlo y terminó tumbándose sobre las baldosas frías mientras golpeaba el suelo rítmicamente con la punta de la cola, reclamando su última ración de mimos.

—Ven aquí, mimado de la casa —dijo Iñaki tomándolo de nuevo en brazos antes de apagar las luces del pasillo.

Ya en el dormitorio se puso un pijama cómodo de franela, abrió las sábanas y apagó la lámpara de la mesilla. Apenas unos segundos después, Tigre saltó ágilmente sobre el colchón buscando su sitio habitual. Iñaki le acarició el lomo una última vez en la oscuridad y el animal se abandonó al placer del contacto humano.

En apenas un par de minutos, ambos dormían profundamente: Iñaki orientado hacia el cabecero de madera y Tigre acurrucado contra sus pies, compartiendo el calor silencioso e inocente de la noche bilbaína.