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domingo, 6 de septiembre de 2026

DIFERENTES, PERO NOSOTROS...


 

DIFERENTES, PERO NOSOTROS

No necesitamos pensar igual para seguir siendo humanos juntos.

Del «YO» al «NOSOTROS»

¿Qué ocurre cuando nuestras creencias dejan de ser únicamente nuestras y pasan a convertirse en creencias de grupo?

Quizá ahí encontremos una de las claves para comprender la polarización de nuestra sociedad. Porque nuestro cerebro no construye solamente un «yo».También construye un «nosotros». Y cuando aparece un «nosotros», con demasiada facilidad aparece también un «ellos». Ellos piensan mal, están equivocados, son el problema, son diferentes, etc.

Y sucede algo casi imperceptible. Dejamos de discutir sobre ideas… y empezamos a enfrentarnos con personas. Ese es uno de los mecanismos más peligrosos de la polarización: cuando una diferencia de opinión deja de ser una diferencia y empieza a convertirse en una diferencia de identidad. Ya no defendemos solamente una idea, defendemos quiénes somos. Y entonces cualquier cuestionamiento de nuestras ideas puede sentirse como un ataque contra nosotros mismos. Por eso las relaciones entre grupos pueden mejorar cuando existe contacto, cooperación, empatía y, sobre todo, objetivos compartidos. Pero hay algo todavía más importante:

NO NECESITAMOS PENSAR IGUAL PARA SENTIR QUE FORMAMOS PARTE DEL MISMO «NOSOTROS».

Podemos ser diferentes, tener ideologías diferentes, creencias diferentes, religiones diferentes, historias diferentes, formas diferentes de entender la sociedad, estar profundamente en desacuerdo. Y, aun así, seguir reconociéndonos como personas. Esto es fundamental. Porque una sociedad no se rompe simplemente porque existan opiniones diferentes. Se rompe cuando dejamos de considerar legítima la humanidad de quien piensa diferente. Cuando empezamos a creer que merece menos respeto, dignidad, derechos. Consideración. En definitiva, menos humanidad. Una especie extraordinariamente social. Y aquí aparece una paradoja fascinante:

SOMOS UNA ESPECIE EXTRAORDINARIAMENTE SOCIAL.

Las hormigas cooperan. Las abejas cooperan. Los lobos cooperan. Numerosas especies han desarrollado formas extraordinarias de organización colectiva. Pero nosotros poseemos una capacidad adicional. Podemos preguntarnos por qué cooperamos, cuestionar nuestras propias creencias, escuchar argumentos que contradicen los nuestros, cambiar de opinión, imaginar cómo se siente otra persona, reconocer nuestros propios prejuicios. Y, quizá lo más importante, podemos decidir no convertir al diferente en enemigo. Ahí puede encontrarse una de nuestras mayores posibilidades como especie:

NO TENEMOS QUE SER IGUALES PARA PODER ESTAR JUNTOS.

¿Qué significa una sociedad avanzada?

Una sociedad verdaderamente avanzada no debería medir su madurez por cuánto consigue que sus ciudadanos piensen igual. Debería medirla por su capacidad para convivir con el desacuerdo… sin convertirlo en desprecio, en odio, en violencia. Porque pensar diferente no es una amenaza para una sociedad. La verdadera amenaza aparece cuando dejamos de ser capaces de convivir con quien piensa diferente. Y si una persona puede aprender nuevas formas de interpretar y responder al mundo… también una sociedad puede aprender nuevas formas de relacionarse.

Quizá el problema no sea que existan demasiadas diferencias. Quizá el problema sea que hemos aprendido a interpretar las diferencias como amenazas. Y cuando percibimos una amenaza… nos defendemos, nos cerramos, atacamos buscamos argumentos que confirmen lo que ya creemos. Seleccionamos la información que nos da la razón. Ridiculizamos al otro, lo etiquetamos. Y, poco a poco… DEJAMOS DE ESCUCHAR.

¿Cómo romper el círculo vicioso?

No intentando que todos pensemos igual, sino recuperando algo mucho más básico: la curiosidad.

Antes de responder: «¿Cómo puedes pensar eso?», preguntar: «¿Qué te ha llevado a pensarlo?». Antes de etiquetar: «Es de los otros», recordar: «Es una persona». Antes de buscar aquello que nos separa… buscar aquello que compartimos. Y antes de preguntarnos: «¿Quién tiene razón?», atrevernos a formular una pregunta diferente: «¿Qué podemos construir juntos a pesar de nuestras diferencias?». Los desafíos no entienden de bandos, porque los grandes desafíos humanos no entienden de bandos. La enfermedad no pregunta a quién votas. La soledad no pregunta qué ideología tienes. El dolor no pregunta qué religión profesas. Una catástrofe no pregunta de qué grupo eres. Y cuando llega una inundación, un incendio, un terremoto, una pandemia o cualquier otra desgracia… ¿de verdad nos preguntamos primero quién estaba a la izquierda y quién a la derecha? ¿Quién pensaba como nosotros?¿Quién pertenecía a nuestro grupo? No.

En los momentos verdaderamente difíciles aparece algo que quizá siempre estuvo ahí, pero que la polarización consigue ocultar: la necesidad de ayudarnos.

Cuando alguien que queremos sufre, muchas de nuestras etiquetas pierden importancia. De repente, antes que una ideología hay una persona. Antes que una bandera hay una vida. Antes que una identidad política hay alguien que necesita ayuda. Y quien tiende una mano deja, por un instante, de preguntarse a qué grupo pertenece quien está al otro lado. Simplemente… TIENDE LA MANO. Antes que «ellos» y «nosotros» Quizá eso debería hacernos pensar. Porque la catástrofe no nos hace diferentes. Nos recuerda que ya éramos humanos antes de empezar a clasificarnos. Antes que «los unos» y los «otros»… somos personas. Personas con miedo. Con esperanzas. Con heridas. Con prejuicios. Con contradicciones. Con historias diferentes. Personas que hemos aprendido cosas distintas y que, por eso mismo, interpretamos el mundo de maneras diferentes. Pero también compartimos algo profundamente humano: la necesidad de pertenecer. Queremos formar parte de algo. Sentirnos reconocidos. Sentirnos seguros. Sentir que nuestra vida tiene significado. Y precisamente ahí reside una de las claves de la polarización.

La identidad puede convertirse en un refugio. Pero también puede convertirse en una trinchera. Cuando nuestra identidad depende de estar contra alguien, necesitamos que ese alguien exista. Necesitamos un «ellos» para reforzar nuestro «nosotros». Y entonces la diferencia deja de ser una riqueza. Se convierte en una frontera. Del «yo contra ti» al «nosotros»

La polarización se alimenta cuando convertimos la identidad en una trinchera. La convivencia comienza cuando somos capaces de construir una identidad más grande. Una identidad que no elimine nuestras diferencias, sino que sea capaz de contenerlas.

PODEMOS SER DIFERENTES Y SEGUIR SIENDO NOSOTROS.

No se trata de renunciar a nuestras convicciones. No se trata de relativizarlo todo. No se trata de fingir que todas las ideas son igualmente válidas. Se trata de algo mucho más exigente: defender nuestras convicciones sin convertirlas en armas contra quienes no las comparten. Porque una sociedad avanzada no es aquella en la que todos piensan igual. Es aquella en la que podemos pensar diferente… sin dejar de cuidarnos. Y quizá las catástrofes nos ofrecen, paradójicamente, una demostración de ello. Cuando todo se derrumba, las trincheras ideológicas suelen parecer mucho más pequeñas. El vecino deja de ser «el otro». Es simplemente el vecino. La persona atrapada deja de ser «de los nuestros» o «de los otros». Es una persona que necesita ayuda. Y quien tiende una mano deja, por un instante, de preguntarse a qué grupo pertenece quien está al otro lado. Simplemente… tiende la mano. Quizá ahí aparezca una versión más profunda de nosotros mismos.

Quizá esa sea la verdadera evolución. No pasar de tener diferencias a dejar de tenerlas. Sino pasar de: «yo contra ti» a: «tú y yo podemos no estar de acuerdo… y aun así podemos construir un nosotros».

Tu cerebro crea categorías. La empatía puede ampliarlas. La cooperación puede unirlas. Y nuestras decisiones, una detrás de otra, construyen la sociedad en la que vivimos. Por eso la despolarización no empieza necesariamente en las instituciones. Ni en los discursos. Ni siquiera en las redes sociales. Puede empezar en algo mucho más pequeño. En una conversación. En una pregunta. En la decisión de escuchar cinco minutos más. En el esfuerzo de comprender antes de juzgar. En la capacidad de decir: «No estoy de acuerdo contigo», sin añadir: «y por eso eres mi enemigo».

Quizá seamos mucho más complejos que las hormigas. Pero la verdadera pregunta no es si somos capaces de organizarnos mejor que ellas. La verdadera pregunta es mucho más difícil:

¿SOMOS CAPACES DE COOPERAR SIN DEJAR DE SER DIFERENTES?

Porque no necesitamos pensar igual para caminar juntos. No necesitamos creer lo mismo para respetarnos. No necesitamos pertenecer al mismo grupo para reconocernos. Necesitamos algo más básico. Recordar que, antes de ser «ellos» y «nosotros»… somos seres humanos. Y quizá la verdadera inteligencia social no consista en conseguir que desaparezcan nuestras diferencias. Quizá consista en aprender a vivir con ellas. Porque al final… despolarizar no significa borrar las diferencias. Significa impedir que las diferencias borren nuestra humanidad.

Y tal vez el verdadero progreso de una sociedad no pueda medirse por cuánto consigue que pensemos igual… sino por cuánto consigue que, aun pensando diferente, sigamos siendo capaces de decir «nosotros».

miércoles, 20 de mayo de 2026

Nada acontece porque sí… En la vida, todo tiene su porqué.


 

Nada acontece porque sí… En la vida, todo tiene su porqué.

Escrito el 12 de enero de 2016, revisado el 20 de mayo de 2026

Apenas habían transcurrido doce horas desde que me despedía del año, tomando uvas y bebiendo sidra en compañía de mi esposa y mis mascotas, cuando, de buenas a primeras, recibí una llamada telefónica.

En un principio, me dejó tan perplejo como gélida e inmóvil permanece cualquier estatua de rotonda en una noche de enero. Pero, segundos después, al tomar conciencia de la gravedad del asunto, la sangre y el pensamiento comenzaron a fluir por mis venas y neuronas como lava recién expulsada de un volcán.

Tras depositar el inalámbrico sobre su base, noté que me faltaba el aire. Me angustiaba comprobar cómo mi cerebro era incapaz de asimilar, ordenar y comprender cuanto acababa de escuchar. De repente, me vi inmerso en un mar de dudas y sentimientos encontrados. La presión que sentía era tal que llegué a pensar que la cabeza podría estallar en cualquier momento. Sin embargo, no fue mi cabeza lo que estalló, sino un arrebato de ira que provocó que por mi boca salieran sapos y culebras.

Desde entonces, el rencor y la venganza fueron mis únicos consejeros… hasta que alguien apareció como por arte de magia —aunque soy consciente de que, en realidad, fue a través de Internet—.

Apenas han transcurrido noventa y seis horas desde que esa persona irrumpió en mi vida. No la conozco de nada y, sin embargo, a través de sus palabras he descubierto a alguien con mucho mundo, saber estar y una elocuencia fascinante. Su manera de expresarse me cautiva, me hace sonreír y me relata alegrías y penas amorosas con la misma delicadeza con la que un colibrí agita sus alas mientras liba el dulce néctar de una flor.

A través de sus palabras intuyo a alguien que conoce bien el amor y el desamor; alguien que sabe cuánto se disfruta el primero y cuán dañino y perverso puede llegar a ser el segundo. Pero también percibo que es una etapa superada, capaz ya de revivirla sin dolor, disfrutándola incluso al recordarla y escribirla.

Y eso me ha hecho recapacitar.

En lugar de continuar sufriendo el tormento vivido durante estos días, intentaré asumirlo del mismo modo que esa persona parece haber asumido sus heridas. Porque, tal y como canta Dyango: «Pero es mejor querer y después perder...».

©Franizquiero



lunes, 18 de mayo de 2026

Conflicto interno…





 Conflicto interno…

Escrito el día 5 de enero de 2016, revisado el 18 de mayo de 2026

—No le des más vueltas al asunto. En realidad no es tan grave si lo analizas con detenimiento —sugirió el Sentido Común.

—¡¿Qué no tiene importancia?! —gritó la Sin Razón, a la par que martilleaba con reiteración sobre las sienes—. ¡¿Sabrá este cómo te encuentras en estos momentos, tú?!

—Trata de asumirlo: tienen derecho a decidir qué y a quién contárselo.

—¡No le hagas caso a este estúpido, que va de bueno! ¡Él no ha sufrido el vacío ni sabe cómo te sientes!

—Hazme caso, por favor… No puedes tirarlo todo al garete así de golpe. Recuerda que, desde que tienes uso de razón, has venido manteniendo que era lo mejor que te había tocado en la vida y que estabas orgulloso de ello. ¿Qué pensarían tus progenitores de saber lo que estás barajando?

—¡No pienses en nadie, piensa en ti! ¡Tú, y solo tú, eres quien ha sufrido el mazazo sin venir a cuento! ¡No te dé pena de nadie! Piensa en ti y preocúpate de ti, que en el fondo estás más solo que la una y eres consciente de ello desde hace mucho tiempo. ¡No seas estúpido y quítate la venda de una vez!

—Te ruego que no te precipites, que recapacites, que escuches al corazón y que recuerdes los bellos momentos que has compartido con todos y cada uno…

—¡Ja, ja, ja! ¡No le hagas ni puto caso a este estúpido! Sabes perfectamente que la realidad no tiene nada que ver con lo que él, ni con lo que ellos, quieren hacerte ver. ¡Tú eres muy diferente a ellos! ¡Tú vas de frente, con el corazón en la mano y la verdad por delante! ¿Acaso necesitas alguna prueba más para llevar adelante lo que consideres justo para ti? ¡Deja de hacerte el tonto, tal y como has venido haciendo hasta ahora, y mira por ti! ¡No te dé ninguna pena de quienes te han hecho el vacío y no te sientas culpable! Al fin y al cabo, han sido ellos los que han obrado mal, no tú.

—Sé que te sientes como el perro que descubre que acaba de ser abandonado, como el niño al que le arrebatan su juguete preferido para arrojarlo al fuego, como la cebra que contempla a una manada de leonas mientras despedazan y engullen a su cría… Te aconsejo que hagas uso de cuanto has aprendido, que medites y reflexiones antes de dejarte llevar por los malos pensamientos y la ira.

—¡Que lo hubieran pensado antes! A ver si ahora vas a tener que comulgar con ruedas de molino y sentirte culpable. En esta ocasión, de haber alguna víctima, has sido tú y nadie más…

©Franizquiero

martes, 12 de mayo de 2026

La trampa del envoltorio


 

La trampa del envoltorio

Escrito en 2014, revisado el 12 de mayo de 2026

Un día cualquiera, acudí a uno de los numerosos centros comerciales que persisten en mi ciudad. No encuentro necesario hacer publicidad ni de estos, ni de ninguno de los productos que se ofertan allí. ¡Bien, vayamos al grano!

Al llegar a la zona donde se encontraban los embutidos y derivados lácteos que requieren de refrigeración, ante mí observé una gran variedad de productos similares. El caso es que me dije: «¡Joder! No sé el porqué tienen que poner tantas cosas iguales y casi al mismo precio».

Fue entonces cuando me di cuenta de que la diferencia radicaba en la cantidad de producto; es decir: el producto más caro —primeras marcas— ofrecía 12 lonchas de queso para fundir, mientras que el más barato —siendo marca y producto nacional— ofrecía 30. Es obvio que me decanté por el de mayor cantidad.

Y, claro, fue a partir de ahí cuando mi cabeza, para no variar, me hizo analizar lo acontecido… De camino hacia el hogar, fui dando vueltas y más vueltas al asunto: ¿A ver si ahora, en vez de pagar más porque las marcas sean mundialmente conocidas, no es por la calidad, sino porque tenemos que pagarles la inversión en publicidad?

Pues, bien, cuál no sería mi sorpresa cuando, al merendar, opté por probar el susodicho y descubrí que no solo era más económico sino que, además —sin entrar en conocimientos científicos y nutricionales por el hecho de que los desconozco—, su sabor y textura, para mi gusto, superaban con creces al afamado producto.

Por otro lado, por todos es sabido —televisión y demás medios de divulgación— que alguna multinacional anuncia a bombo y platillo que, al comprar sus productos, estamos contribuyendo con un céntimo a nobles causas como el cáncer. Cuando, en realidad, ellos han encarecido ese mismo producto más de un 15% en los últimos tiempos. Es decir: que por el hecho de emplear la subjetividad para dicha campaña, a lo que realmente estamos contribuyendo es a enriquecer sus propias arcas.

¡Ya está bien! Que algunos carecemos de títulos académicos, pero sabemos de qué va la vida y, también, de los que ansían el poder… Esos que cuentan con herramientas tan imprescindibles como las diferencias entre las escalas sociales; quienes, con su silencio, contribuyen a que estos manipuladores consigan la libertad para hacer, a su libre albedrío con el mundo, lo que les venga en gana.


viernes, 8 de mayo de 2026

Momentos de Soledad

 



Momentos de Soledad

Escrito el 8 de mayo de 2026 tras leer un escrito que publiqué en mayo del 2013

Cerré la puerta de casa con un golpe seco, dejando atrás el eco de las noticias, las cifras de desempleo que escupía la radio y esa sensación amarga de que el mundo está dirigido por manos que no saben acariciar. A veces, la presión social se siente como un traje que te queda dos tallas pequeño; aprieta, asfixia y te recuerda, a cada paso, que no encajas en el desorden de los demás.

Caminé los escasos cien metros que me separan del Ebro. No necesité cronómetro; mi cuerpo conoce el camino de memoria, como si mis pies tuvieran sed.

Al llegar a la orilla, me detuve. Me gusta observar el deambular del agua, esa insistencia líquida que no entiende de crisis económicas ni de incompetencias políticas. El río simplemente es. Me quedé allí, quieto, imaginando que cada pensamiento turbio, cada brizna de energía negativa acumulada tras horas de lidiar con la realidad, se desprendía de mi piel y caía a la corriente. Miré cómo el agua se llevaba mi cansancio río abajo, diluyéndolo hasta volverlo invisible. Sentí un alivio físico, una limpieza que ninguna ducha podría darme.

Pero estar vacío no es suficiente; después de soltar, hay que llenar el hueco.

Giré sobre mis talones y puse rumbo al monte. Quince minutos de caminata bastaron para que el asfalto se rindiera ante la tierra. A medida que me adentraba en la espesura, el aire cambió. Ya no olía a ciudad, sino a esa mezcla bendita de resina, tomillo y tierra húmeda. El aroma de las entrañas del monte es mi perfume favorito, el único que no intenta venderte nada.

El trinar de los pajarillos me recibió como un coro que no exige aplausos. Allí, rodeado de árboles que han visto pasar a generaciones de hombres equivocarse de la misma manera, me sentí pequeño, y en esa pequeñez encontré mi fuerza. Me adentré tanto en la maleza como en mi propio interior. En ese silencio verde, la indignación por los que malgobiernan la nación se transformó en una energía distinta: una chispa de resistencia, una batería cargada de positividad.

Al bajar, mientras veía las luces de mi pequeña ciudad empezando a encenderse, me di cuenta de una cosa. Ellos pueden equivocarse, pueden gestionar mal los hilos que nos mueven, pero no pueden quitarnos el río. No pueden legislar sobre el aroma del monte.

Regresé a casa con los pulmones llenos y el alma serena. Estaba listo para hacer frente a la vida y a sus circunstancias, no porque el mundo hubiera cambiado, sino porque yo, en mi soledad reparadora, me había restaurado.



Han pasado los años y el calendario ha deshojado miles de páginas desde aquel mayo de 2013. Si vuelvo la vista atrás, a aquel texto que escribí con la urgencia de quien busca aire en medio de un naufragio, me doy cuenta de que muchas cosas han cambiado, y sin embargo, lo esencial permanece intacto.

Los nombres de quienes dirigen la nación han rotado, las crisis han mudado de piel y la presión social simplemente ha encontrado nuevas formas de manifestarse, quizás ahora más digital, más rápida, más ruidosa. Pero mi ciudad sigue siendo pequeña, y mi suerte, inmensa.

El río no ha dejado de fluir. He aprendido que su lección de "soltar" no era un evento aislado, sino un ejercicio de supervivencia diaria. He vuelto a sus orillas en mañanas de invierno y en crepúsculos de verano, entregándole mis nuevas decepciones para que las convierta en espuma. Y el monte... el monte sigue allí, aguardando con su paciencia mineral, recordándome que para entender lo que pasa fuera, primero hay que poner en orden lo que bulle dentro.

Aquel escrito no fue solo una queja o un desahogo; fue mi hoja de ruta. Hoy comprendo que la soledad no era una huida, sino una trinchera de paz.

Sigo caminando esos cien metros hacia el agua y esos quince minutos hacia la cumbre. El aroma de las riberas sigue siendo mi brújula y el trinar de los pájaros, el único discurso en el que confío plenamente. Porque, aunque el mundo insista en su caos y los hombres en su incompetencia, mientras existan esos dos refugios, siempre habrá un lugar donde volver a empezar.

La vida sigue. Yo también.



©Franizquiero



jueves, 7 de mayo de 2026

Lo mío no fue ficción


 

Lo mío no fue ficción

Reflexiones sobre identidad, verdad y dignidad personal

Escrito el 20 de mayo de 2013, revisado el 7 de mayo de 2026

Tal vez mis propósitos o escritos no me conduzcan directamente, unos al cielo ni los otros a la gloria. Me conformaría con que sirviesen para proporcionarme el sustento material necesario para poder sobrevivir en esta sociedad tan injusta; ya que, a nivel espiritual, estos lo consiguieron hace ya algún tiempo. Asimismo, espero que, por todo cuanto expreso, no me tomes por un descerebrado o por un ser mediocre, sino por una persona realista.

Soy de los que no se conforman con saber aquello que a simple vista está. Quiero decir que me gusta indagar y averiguar qué hay entre líneas, tanto en la lectura como en la propia vida, donde cada día se nos muestran infinidad de mensajes que, por desgracia, para la mayoría pasan desapercibidos.

Cuando leí La vida de Lazarillo de Tormes, llegué a la conclusión de que a ese personaje no le importaba vivir como un cornudo cuando algo tan sencillo le permitía vivir a sus anchas; una posibilidad jamás conjeturada por alguien que había tenido que soportar tantos infortunios por el mero hecho de subsistir. Para mí, a este personaje, en ningún caso le puedo considerar un ser mediocre, sino más bien alguien que asume la realidad.

Cuando leí Don Quijote de la Mancha, otro ser que —¡válgame Dios!— para la mayoría de quienes conocen su historia pasa por ser un pobre desvalido o un enajenado mental que se dejó llevar por sus delirios de grandeza, a mí me dejó entrever que se trataba de un hombre noble, honrado y honesto, que defendía a capa y espada todo aquello que entendía como una causa justa, sin que por ello le supusieran un problema los derrumbes y los desencantos. Hoy en día, me atrevería a decir, sin temor a equivocarme, que este personaje podría ser un icono para la sociedad actual; es decir, un ejemplo a seguir.

Tal vez, por mis actos y escritos, alguien podría incluso buscar semejanza entre estos dos personajes de ficción y yo mismo. Me refiero a que podrían verme reflejado en alguno de ellos, al igual que, en su día, interpretaron el saber de ambos mediante la lectura o cualquier otro medio de divulgación utilizado para exponer todo aquello que vivieron y sufrieron en sus propias carnes.

Y, por último, decir que entre ellos y este que escribe existe una gran diferencia: lo suyo no fue más que una ficción y lo mío una realidad.

No suelo molestarme por la connotación que quieran interpretar o atribuirme aquellos que se dignen a leer lo que expreso, ni tampoco por el hecho de ser juzgado con respecto a mi forma de ser y/o escribir; ya que me siento satisfecho por ser quien soy, por mostrar cómo veo, vivo, pienso, siento y escribo.

Cada día estoy más orgulloso de todo cuanto ha acaecido en mi vida, ya que, gracias a ello, a día de hoy me siento realizado como ser humano y por el hecho de saber quién soy, qué pienso y lo que pretendo.

Procuro no dejarme llevar por quienes pretenden desacreditarme basando sus argumentaciones en suposiciones e imaginaciones surgidas —¡vete a saber tú por qué!—, pero, para mí, no hay mayor satisfacción que la que puede brindarte el hecho de estar al lado y en posesión de la verdad.

Entre los seres humanos existen muchas diferencias; no a todos nos impulsan los mismos motivos. No soy ni pretendo ser más que nadie; solo trato de compartir con los demás todo aquello que me satisface, sin esperar nada a cambio. Y quienes han tenido el gusto de conocerme en persona, así lo pueden avalar.

Espero y deseo que no te resulte tedioso en ninguna de mis facetas.

¡Gracias por el tiempo dedicado a este que ni siquiera conoces!

Saludos, estimado lector.


©Franizquiero

El árbol Frondoso


 

El árbol frondoso…


Escrito el 17 de mayo de 2013, revisado el 7 de mayo de 2026

El árbol se hallaba complacido por los beneficios que obtenía, de manera gratuita, del río, sin importarle que para ello tuviese que sufrir el tránsito de las personas. Aquellos seres que le veían útil solo por el hecho de que, a través de sus ramas, podían acceder directamente al agua, gozando y disfrutando con la sensación que a estos les causaba la distancia existente entre la rama y el agua.

El árbol se sentía dichoso y ni siquiera le importaba que, para ello, fuera preciso ser desprendido de algunas de sus ramas, con el fin de facilitar el paso y el disfrute de los humanos. Es más, se sentía un árbol privilegiado por el hecho de disponer de toda el agua necesaria para saciar a todas y cada una de sus raíces. Eso mismo le había permitido crecer rápido, fuerte y frondoso.

Recordaba con alegría que, tiempo atrás, bajo él habían sesteado, en verano y al resguardo de su majestuosa, refrescante y placentera sombra, infinidad de ovejas, vacas y caballos que habían acudido a él para liberarse de picores y calores. Además, había sido durante años el lugar elegido por un par de parejas de escandalosas, traviesas y atrevidas picazas.

Por todo ello, se sentía este aliso dichoso; y aún más, si cabe, por haber sido testigo directo de cómo otros de su especie yacían inertes, con sus ramas pudriéndose dentro del agua, sin haber saboreado el calor y la candidez de los demás seres vivos.


©Franizquiero


miércoles, 6 de mayo de 2026

NO TE CONVIERTAS EN ALGUIEN QUE NUNCA QUISISTE SER

 


La inmadurez y su influencia sobre el curso de la vida

Escrito en 2011, revisado el 6 de mayo de 2026

La verdad es que hay actitudes que, por mucho empeño que pongo, no logro entender. Me refiero al comportamiento de algunas personas que, como adultos, dejan mucho que desear.

Entiendo que, a partir de cierta edad, hay factores como la inseguridad, la envidia y tantas otras emociones que te hacen sentir mal por el hecho de ver que otras personas tienen confianza en sí mismas y caminan por la vida de frente y por derecho.

No hace falta ser erudito en materia alguna para ser consciente de que existen personas que no apuestan ni se esfuerzan por cambiar nada en su vida, algo cuyo perjuicio revierte directamente sobre ellas a través de las emociones y los sentimientos que perciben. Como consecuencia, se sienten inferiores y tratan de echar la culpa a alguien, con tal de liberarse del dolor que les causa su propia inactividad y permisividad, sin importarles quedar como seres incívicos al enfrentarse de manera activa y violenta contra cualquier animal, objeto o persona, por el hecho de no ser capaces de refrenar o solventar cualquier problema interno que surja a raíz de la intolerancia y/o el mero prejuicio.

Y, desde aquí, decirles que envejecer es obligatorio; que lo de madurar se trata de una opción y que, de no entenderlo así, cuando algo se queda estancado en alguna etapa nos impide, entre otras cosas, madurar, desarrollarnos y crecer como seres humanos.

La naturaleza nos indica que en primavera emergen lindas flores que nos alegran la vista, nos perfuman con su agradable olor y anegan el campo de un sinfín de insectos que se favorecen de su delicioso néctar. También nos muestra que hay flores que interrumpen su evolución por diferentes motivos: las heladas, el fuerte viento, los animales o, simplemente, porque caen al suelo.

Sí que es cierto que, en esa estación, las flores parecen lo más maravilloso que puedes presenciar, pero no es esa su única función, ya que, al seguir evolucionando, se convierten en fruto la mayoría de las veces, siempre y cuando hayan sido fecundadas por la acción de otros seres. A veces aparecen otros que se sustentan de esos especímenes y consiguen detener su evolución, por lo que el fruto acaba cayendo al suelo sin completar su ciclo.

También están aquellos que sí llegan a la madurez, y estos son verdaderamente deliciosos tanto para la vista como para el paladar, tanto de animales como de seres humanos. En esos frutos se encuentra el hueso donde se guarda todo el material genético necesario para crear una nueva planta y, con una correcta evolución, esta podrá cumplir su ciclo vital, repitiendo así los procesos que, por la ciencia, sabemos que se suceden una y otra vez en la evolución de los seres vivos.

Pues con las personas sucede algo similar y, dependiendo del trato que mantengan con los demás, así de fructífera será su vida. Pero si te relacionas con personas inhibidas, suspicaces…, si les prestas atención, tratarán de que tu evolución resulte como la suya, es decir, fracasada, solo por el hecho de desear lo que hace, dice o posee otro.

Internet es un medio que nos brinda las mismas oportunidades a todos por igual y, si expresáramos las cosas como las sentimos, sin temor a ser rechazados, entonces creo que todos podríamos aprender de todos y así adquirir lo que nos pueda faltar. Estando en armonía, todos se ofrecerían a enseñar aquello que saben o dominan.

Y como ahora, en esta generación, está el poder de cambiar el curso de la vida —aunque para muchos no signifique nada—, decir que eso es lo que quedaría para los anales de nuestro paso por ella. Así, cuando se cumpla nuestro ciclo vital y, en un supuesto regreso, podamos encontrar un mundo parecido al actual, habitable, sin necesidad de tener que evolucionar físicamente para adaptarnos al medio.

Considero también que, partiendo de unas bases tan sencillas, se acabarían muchos conflictos innecesarios y, quién sabe, incluso podría cambiar el rumbo del mundo, que, por cierto, como sigamos al paso que vamos, entiendo que se acabará antes de lo previsto.

Aunque eso sí, siempre volvería a reconstruirse, ya que científicamente está demostrado que todo en el universo se repite de manera cíclica.

Y, dicho esto, hacer saber que todo se podría conseguir con el simple propósito del respeto a la libertad de expresión, es decir, sin intentar ridiculizar a quienes se atreven a hacer públicos sus ideales y pensamientos.

¿Os imagináis que nuestro aspecto fuese monstruoso por el hecho de poder respirar tal como hoy está compuesto el aire? Claro… si es que para entonces existe el aire tal y como lo conocemos hoy, porque también sabemos que la Tierra no siempre ha estado compuesta de los mismos gases y que ella también sigue su propio ciclo evolutivo.

Espero y deseo que no acabemos con él antes de lo previsto por la naturaleza.

©Franizquiero


martes, 5 de mayo de 2026

CAMINAR PARA SER NO PARA TENER


 Escrito el 12 de septiembre de 2011- revisado en febrero de 2026

Es curiosa la diferencia que existe entre unas personas y otras, ahora que parecen estar de moda infinidad de formas de practicar cualquier actividad. Vivimos en la era de lo desmesurado, de lo grande, de lo imprescindible que ayer no lo era.

Comenzaré por algo sencillo: el hábito de salir a pasear para mantenerse en forma. Como dice el refrán, «el que mueve las piernas mueve el corazón». Siempre que puedo salgo a caminar largos recorridos de diez o doce kilómetros. No solo ayudan al sistema circulatorio; también despejan la mente. Cuando camino, reflexiono sobre lo que estoy viviendo. Y, lo más curioso, incluso de las situaciones desagradables suelo rescatar algo positivo. Caminar, para mí, es también una forma de ordenar pensamientos.

Me llama la atención la diversidad de personas con las que me cruzo. Algunos simplemente salimos con calzado cómodo, ropa corriente y, por lo general, en soledad. Otros, en cambio, prefieren la compañía y un despliegue casi estratégico de accesorios: radio con auriculares sujeta al brazo, pulsómetro en la otra muñeca, reloj que contabiliza los kilómetros, banda en la frente para el sudor, prendas técnicas diseñadas para optimizar el rendimiento y zapatillas específicas para cada modalidad.

A grandes rasgos, y sin necesidad de calculadora, el equipamiento para una simple caminata puede superar con facilidad los mil euros. Lo paradójico es que, en muchas ocasiones, el tema principal de conversación gira en torno a lo mal que está la vida y a lo caro que está todo.

Mientras tanto, otros caminamos con los oídos descubiertos, atentos al sonido de los vehículos, de los pájaros o del río. Dejamos que sea el pensamiento quien marque el ritmo. Observamos el mundo y nos preguntamos en qué momento confundimos necesidad con exceso.

He utilizado el paseo como ejemplo, pero podría aplicarse a casi cualquier aspecto de nuestra vida cotidiana: los viajes, los vehículos, las viviendas… Parece que la medida del bienestar se calcula en función de lo que se posee y no de lo que se vive.

Quienes ostentan el poder comparten con los consumistas, al menos, dos rasgos evidentes: aspirar a tener lo mejor y lo más caro, y, si es posible, más que los demás.

Al final, todo se reduce a una elección: vivir para tener, o vivir para ser. Yo, mientras pueda, seguiré caminando.


©Franizquiero


jueves, 30 de abril de 2026


 

Y si hablamos de literatura…

Escrito el día 19 de noviembre de 2015, después de comer, a eso de las tres de la tarde, revisado el 30 de abril de 2026

Sin necesidad de extenderme demasiado ni entrar en valoraciones que, por lo demás, podrían resultar innecesarias o incluso discutibles, diré lo siguiente:

A menudo se habla de dos tipos de literatura: la comercial y la clásica. La primera se asocia principalmente con el entretenimiento del lector y la obtención de beneficios económicos; la segunda, además de entretener y también generar algún tipo de rendimiento, suele entenderse como aquella que incorpora, de forma más o menos implícita, un mensaje orientado a la reflexión o la persuasión del lector.

Sin embargo, esta distinción no siempre es tan clara en la práctica. Las editoriales, en la actualidad, tienden a apostar con mayor frecuencia por obras con potencial comercial, especialmente cuando el autor cuenta ya con una base de seguidores o cierta visibilidad. Esto puede dejar en un segundo plano a escritores anónimos, independientemente del valor literario de sus obras.

Con los propios autores ocurre algo similar. El escritor de carácter comercial suele orientarse hacia la difusión rápida de su obra y el reconocimiento público, mientras que otros buscan, además del posible éxito, que sus textos inviten a la reflexión o transmitan algún tipo de aprendizaje. En mi caso, la intención no es otra que hacer llegar al mayor número posible de personas lo que encierran entre líneas mis escritos, sin renunciar por ello a la posibilidad de recibir el apoyo o reconocimiento de quienes consideren que mi trabajo lo merece, siempre desde la libertad y la generosidad del lector.

martes, 28 de abril de 2026

¿Tu vida es solo un algoritmo? Entre el SEPE y el viral de TikTok ¿Dónde quedas tú?


 

¿Tu vida es solo un algoritmo? Entre el SEPE y el viral de TikTok ¿Dónde quedas tú?

Escrito el 23 de abril de 2026 (Día Internacional del Libro)

A los cincuenta y nueve años, la vida de Enrique se había reducido a una pantalla de seis pulgadas y una carta del SEPE que descansaba sobre la mesa de la cocina. Los 480 euros del subsidio para mayores de 52 años eran su red de seguridad, pero también su jaula. Eran el recordatorio mensual de que, para el sistema, él ya era un residuo de la era industrial.

Sin embargo, en su mente, Enrique no era un desempleado de larga duración. Era un estratega del algoritmo.


Cada mañana, después de tomarse un café soluble de marca blanca, Enrique comenzaba su jornada laboral. No buscaba ofertas en portales de empleo —donde su CV desaparecía en el agujero negro de la gestión de datos—, sino que analizaba las tendencias de TikTok.

Su "oficina" era un rincón del salón con buena luz natural. Había invertido 15 euros en un aro de luz de un bazar, una compra que le dolió más que cualquier factura, pero que consideraba una "inversión de capital".

"Si un chaval de diecinueve años puede ganar el sueldo de un ministro bailando, yo puedo monetizar mi miseria", se decía a sí mismo.

Enrique no bailaba. Su nicho era la vulnerabilidad extrema. Sus vídeos eran una mezcla de consejos para estirar el presupuesto de la compra y reflexiones existenciales sobre la invisibilidad de su generación.

Lunes: "Cómo cocinar para tres días con 4 euros en el Lidl". (12k vistas)

Miércoles: "La soledad del hombre que ya no es productivo". (50k vistas)

Viernes: Un "live" de tres horas esperando que alguien le enviara "rosas" o "monedas".


El éxito llegó de forma irónica. Un vídeo donde se le quebraba la voz hablando de la imposibilidad de pagar la factura de la luz se hizo viral. De repente, Enrique tenía 200.000 seguidores.

Pero la viralidad era una droga cara. Para mantener el interés, Enrique empezó a perder su privacidad. La gente en los comentarios exigía más:

"Enseña tu nevera, queremos ver si es verdad".

"¿Por qué tienes ese iPhone si cobras ayuda?" (Era un modelo de hace seis años, pero en TikTok todo brilla igual).

La presión del algoritmo se convirtió en su nuevo jefe, uno mucho más despiadado que cualquier capataz que hubiera tenido en la fábrica. Si no publicaba tres veces al día, su visibilidad caía. El miedo a ser olvidado por el algoritmo era idéntico al miedo de no renovar el subsidio.


Una tarde, una agencia de marketing le contactó. Querían que promocionara una app de microcréditos con intereses leoninos. Le ofrecían 300 euros por un vídeo de treinta segundos. Era casi lo que cobraba del Estado en un mes.

Enrique miró su reflejo en el cristal negro del móvil. Se dio cuenta de que su "ser o no ser" se había fragmentado:

El Enrique real: el que temía que el SEPE detectara ingresos extra y le quitara la ayuda.

El Enrique digital: el que tenía que fingir que su vida estaba mejorando gracias a sus seguidores para atraer marcas.

Esa noche, Enrique grabó un vídeo. No fue el de los microcréditos. Fue un vídeo en silencio, mirando a cámara mientras se desmaquillaba la máscara de optimismo que se había impuesto. El contador de visualizaciones subía frenéticamente.

La gente amaba su derrota. Su dolor era el contenido de otros. Enrique comprendió que había pasado de ser un desempleado invisible a ser un producto visible, pero que, en el fondo, seguía teniendo la misma sensación de vacío en el estómago.

Apagó el móvil. Por primera vez en meses, el silencio en su casa no se sentía como un fracaso, sino como un lujo que el algoritmo no podía cobrarle. Mañana iría a la oficina de empleo, no a buscar un puesto, sino a recordar cómo era mirar a alguien a los ojos sin un filtro de por medio.


Pasaron tres semanas desde que Enrique publicó su último vídeo. En el mundo de TikTok, tres semanas equivalen a una década; su nombre había sido sepultado por el algoritmo bajo una montaña de recetas de café helado y bailes coreografiados.

Un martes por la mañana, recibió una notificación por correo postal. No era una sanción del SEPE. Era una cita para una entrevista en una cooperativa logística local. No lo habían encontrado a través de un hashtag, sino a través de un viejo contacto de la fábrica que, tras ver uno de sus vídeos virales, se dio cuenta de que Julián seguía "vivo" y disponible.

Enrique aceptó el puesto de gestor de inventario. El sueldo no era el de un influencer de élite, pero era real, sólido y no dependía de cuántos desconocidos deslizaran el dedo hacia arriba.

Su cuenta de TikTok: sigue ahí, como un mausoleo digital. A veces entra y ve los comentarios de "¿Dónde estás?" o "Seguro que se hizo rico y nos olvidó". Sonríe. La ironía de que su ausencia genere más misterio que su presencia no se le escapa.

Su salud mental: ha recuperado el sueño. Ya no se despierta a las 3:00 a.m. para comprobar si el vídeo de la noche anterior ha "performado" bien.

Su privacidad: ha vuelto a ser un hombre anónimo. Ahora, cuando camina por la calle, no busca ángulos ni encuadres; simplemente camina.


Enrique entendió que la verdadera libertad no consistía en ser visto por millones, sino en no necesitar el permiso de nadie para existir.

En su primer día de trabajo, guardó el móvil en la taquilla. Al cerrar la puerta metálica, el sonido del pestillo le pareció mucho más satisfactorio que cualquier notificación. El dilema de "ser o no ser" se había resuelto de la forma más sencilla posible: ser, simplemente, sin necesidad de publicarlo.

Crítica a las Fallas


 

Crítica a las Fallas…


Escrito el 26 de mayo de 2013, revisado el día 27 de abril de 2026

Me parece bochornoso que, en la situación en la que nos encontramos, con al menos 6 millones de parados, nos digan que para salir de la crisis haya que recortar en Sanidad, Educación... y, en cambio, permitan estos disparatados festejos donde uno de los premios consta de 400 mil euros. Pero ¿en qué país vivimos?

Entiendo que, si hay que apretarse el cinturón, estas cosas deberían ser las primeras en dejar de festejarse, ya que no creo que España esté como para tirar cohetes. O quizá sea otra de esas parrafadas a las que nos tienen acostumbrados (vacunas, vacas locas, gripes, sida...). Me parece una aberración que sufrimos quienes hemos perdido no solo el trabajo, sino también el poder adquisitivo, y me temo que, como sigamos así, perderemos incluso la capacidad de sobrevivir, mientras que otros se divierten tirando cohetes y viviendo por todo lo alto.

Con lo del macro botellón pasa otro tanto de lo mismo, y no creo que así podamos demostrar al resto de Europa si nuestra lamentable recesión económica es real o fingida. Porque, al final, nuestros actos como españoles frente al mundo son incoherentes con lo que manifestamos, y daremos pie a que pasen de nosotros alegando que somos un país que vive por encima de sus posibilidades. Que cuando la UE dice que hay que recortar, no es compatible con ponerse a tirar por la ventana el poco dinero que, según ellos —los que nos gobiernan—, hay para sacar el país adelante. Pero, por las noticias, todos sabemos los millones y millones de euros que se están llevando a paraísos fiscales estos sinvergüenzas, que se supone accedieron al cargo como consecuencia de hacernos creer que serían quienes nos representarían y se encargarían de mantener el bienestar social que habíamos alcanzado tras el esfuerzo de quienes, en su día, no les importó incluso morir por defender sus ideales en beneficio de la sociedad.

A día de hoy, estos sinvergüenzas juegan con ventaja, ya que, incluso en el hipotético caso de vernos obligados a tener que robar para comer, el castigo también sería diferente, porque hasta para eso se benefician por el hecho de pertenecer a distinta clase social. Eso, a mi entender, es algo injusto, ya que el que roba es un ladrón y, como tal, debería dejar de contar con privilegios. Y aquellos que no cumplan ni respeten las leyes, tampoco deberían beneficiarse de ellas.

Ya solo me faltaría que ahora alguno me corrigiese diciendo que no respeto las normas gramaticales, después de contemplar cómo vivimos en un mundo donde casi nadie respeta leyes ni normas.

domingo, 26 de abril de 2026

Desde mi ventana… por Derecho


 

Desde mi ventana… por Derecho

Escrito el 9 de noviembre de 2015, revisado el 9 de abril de 2026

Vaya por delante que el hecho de no creer a pies juntillas en los dogmas de religiones o grupos políticos no implica desmerecer a quienes forman parte de ellos. A día de hoy, sigo creyendo en las personas. Entiendo que, antes de alcanzar sus objetivos —e igual que cuando deban ceder su cargo—, quienes ostentan el poder eran y seguirán siendo, ante todo, seres humanos.

Escribo desde el sosiego que me transmite este lugar: sentado en un banco de madera bajo el cobertizo, allí donde coinciden los ríos Bayas y Ebro. Con bolígrafo en mano y un par de cuartillas sobre la rodilla, me inspira la paz de un amanecer tan calmado como melancólico. El alegre trinar de los pájaros me anima a narrar lo que me rodea. Hoy, a diferencia de otros días, el tránsito humano es inexistente; la tranquilidad del susurro del agua es tan alentadora como el silencio de las fábricas y la ausencia de viento.

Desde aquí, "Desde mi ventana… por Derecho", quiero dirigirme a quienes cuya ambición les condujo a la meta fijada; a quienes lideran religiones y países al capricho de los intereses egoístas. A los que ostentan el Poder, les digo:

  • Ha llegado la hora de la verdad: es momento de demostrar que el ser humano ha comprendido el misterio que se oculta en el interlineado de la vida.

  • ¡Basta ya!: dejen de perder el tiempo y los recursos en inculcar a la juventud historias tergiversadas. Es hora de hacer algo productivo por la humanidad y por el medio en el que nos desarrollamos.

  • Instruyan para el futuro: piensen en los jóvenes y en las generaciones venideras.

  • Inviertan con visión: empleen los recursos en infraestructuras que solucionen los graves problemas que acechan, como la escasez de agua, alimentos y espacio ante el crecimiento demográfico.

  • Superen la hipocresía: dejen de limitarse a condenar dictaduras y atrocidades del pasado mientras, por inactividad o silencio, permiten que ocurran hoy mismo. Quítense la venda de la ambición.

Y al resto, a quienes parecen estar ciegos, sordos y mudos —esa mayoría que actúa por omisión—, debo decirles:

Sois partícipes y, por tanto, responsables de que el misterio de nuestra existencia permanezca sin resolver. Para quien escribe estas líneas, la razón de nuestra vida radica en la perpetuación de las especies. Dedico mi tiempo libre a descifrar qué hay detrás de cada acontecimiento que capta mi atención; siento la necesidad de compartirlo con quienes saben que un mundo mejor no solo es posible, sino justo y necesario.

Nuestro futuro y el de los que vendrán no depende de los líderes, sino de la gran mayoría. Depende, únicamente, de NOSOTROS.



sábado, 25 de abril de 2026

El otoño y las setas.


 

El otoño y las setas.

Escrito el 18 de noviembre de 2015, revisado el 10 de abril de 2026

El día 4 de noviembre, a pesar de las escasas lluvias caídas, siendo consciente de que aún era demasiado pronto, me fui a buscar setas a un cercano monte. De antemano, sabía que para encontrar Níscalos me las iba a ver muy justo, no porque me considere un experto en setas, sino porque todos los años me ocurre lo mismo; pero, como en ese sitio, con las primeras aguas brota por doquier la Macrolepiota procera no pude contenerme y a eso de las once salí del barrio…, y una hora después estaba bajándome del coche en las inmediaciones de donde vivo. No fueron muchas las que cogí, pero sí, las suficientes para preparar un par de platos de Lepiotas rebozadas: que es como más me gustan.

Esta mañana me he levantado como todos los días, a eso de las seis y media, para leer la prensa local y la de la ciudad que me vio nacer allá por el año 1963, con el fin de dejar subidos un par de aportes o tres en el grupo y dejar algo en otros que suelo visitar con frecuencia, responder correo electrónico y si se dan las circunstancias contestar a cualquiera que haya dejado escrito en cualquiera de los grupos existentes en la ciudad y después, me he puesto a escribir una hora más o menos en el borrador que tengo entre manos, he desayunado y, tras bajar a mi mascota para que libere de tensión los intestinos, la vejiga y sus engarrotados músculos, tras pasarme por la panadería que está enfrente de Centro de Salud Miranda Oeste, he regresado a casa, he cogido una de las cestas de mimbre que utilizo para ir al monte, he echado en ella una pequeña navaja que lleva conmigo desde que me instalé en la ciudad, y, a eso de las once, estaba a la altura del Vertedero Municipal.

Las dos y cuarto marcaban las manecillas del reloj que está ubicado en la cocina, cuando me disponía a tomar asiento para comer, después de haber cocinado estos anhelados y deliciosos Níscalos. No son muchos, pero sí, los suficientes para un par de catas o tres y, posiblemente, con esta salida cierre la temporada de setas; ya que tampoco es conveniente abusar de su recogida e ingesta.




EL CHAMPÁN Y LA BRECHA...


 

EL CHAMPÁN Y LA BRECHA

Escrito el 6 de febrero, revisado el 12 de abril de 2026

Deambulaba por la Red, con la apatía de quien ha perdido el hilo de la inspiración, buscando un norte que no llegaba. De repente, el algoritmo me lanzó a un vídeo donde la diversión consistía en descorchar botellas de champán. No era el acto en sí, sino el propósito: evidenciar la solvencia económica como un alarde, un escaparate de poder que ignora, con una frialdad casi quirúrgica, la desigualdad y la precariedad con la que millones de personas y países enteros intentan, simplemente, sobrevivir cada día.

... La imagen de esas burbujas estallando en una celebración ostentosa me dejó un sabor amargo. La apatía que me había llevado a navegar sin rumbo por la red se disipó, reemplazada por una indignación creciente. Es doloroso ver cómo la banalidad se exhibe sin pudor, mientras el mundo real lucha contra la escasez.

Me sentí de repente un intruso en ese paraíso artificial, un espectador forzado de una obra de teatro sin alma. La solvencia no es un logro, sino un privilegio que debería ir acompañado de una responsabilidad social. Y en ese vídeo, esa responsabilidad brillaba por su ausencia.

El eco de esas burbujas se grabó en mi memoria, una metáfora visual de la desconexión que a veces la tecnología nos regala. Un recordatorio brutal de que el mundo real, con sus luces y sus sombras, es mucho más que un flujo interminable de vídeos divertidos.



LAS COSAS QUE OCURREN EN FACEBOOK...


 

LAS COSAS QUE OCURREN EN FACEBOOK...

Miranda de Ebro, 9 de marzo de 2015, revisado el 9 de abril de 2026

Muchas personas desconocen que la plataforma Facebook fue creada por Mark Zuckerberg en la Universidad de Harvard. En principio, estaba pensada solo para estudiantes, pero hoy ya cuenta con más de 1.350 millones de usuarios. Basta con un correo electrónico para formar parte de este mundo digital.

Aunque sus fundadores insistan en que el negocio no genera grandes beneficios, me niego a creerlo. El refranero español dice que «donde no hay ganancias, las pérdidas son seguras», y rara vez se equivoca. No quiero pecar de ignorante pensando que este servicio se mantiene abierto solo para que interactuemos desinteresadamente... pero no es de economía de lo que quiero hablar, sino de comportamientos que mi corto entender aún no logra dilucidar.

Por un lado, ¿de qué sirve tener agregados a «tropecientos mil amigos» si la mayoría oculta su conexión para evitar que los contactes? Otros, aunque visibles, jamás saludan bajo la excusa de "no molestar". Me pregunto: ¿desde cuándo puede molestar que un amigo acuda a ti buscando consuelo o un simple saludo?

Por otro lado, está lo más difícil de entender: aquellas personas que pregonan públicamente que pasan de ti y de lo que escribes, pero que no se pierden ni una sola de tus publicaciones. Aprovechan cualquier oportunidad para manifestar su desacuerdo o, peor aún, utilizan argucias simples para cuestionar tu capacidad mental apoyándose en el "me gusta" de otros de su mismo grupo.

En fin, nada que no sepas ya sobre las curiosas dinámicas que acontecen en esta red.


jueves, 23 de abril de 2026

COSIFICACIÓN DE LA MUJER


Escrito el  22 de abril de 2026

El nombre de Esperanza se sentía como una broma pesada grabada en su documento de identidad. A sus cuarenta y tantos años, la piel de su rostro ya no recordaba la elasticidad de la juventud, sino que se tensaba sobre los pómulos como un pergamino gastado por el humo y el frío de las esquinas.

Para el mundo que pasaba de largo en sus coches relucientes, Esperanza no era una mujer con pasado, miedos o una capacidad asombrosa para recitar versos que aprendió en la escuela; era, simplemente, una transacción.

Cada noche empezaba igual. Esperanza apuraba el último trago de una ginebra barata que le quemaba el esófago, buscando ese punto de entumecimiento donde el asco se convierte en una neblina tolerable. El alcohol era su armadura. Solo borracha podía soportar la mirada de los hombres que se acercaban a ella no para buscar compañía, sino para usar un receptáculo.

En el coche de un cliente, Esperanza dejaba de existir. Se convertía en:

Un par de piernas.

Una boca.

Un precio.

Nadie preguntaba por su día, ni por el dolor de su espalda, ni por qué sus manos temblaban ligeramente. Para ellos, ella era un objeto de alquiler, un artículo de usar y tirar que se adquiere para satisfacer un impulso y se descarta antes de que el semáforo se ponga en verde.


Cuando terminaba la jornada, la esperaba Ángel. El nombre era otra ironía cruel. Ángel la aguardaba en la penumbra de un piso que olía a humedad y a productos químicos. Sus ojos, hundidos y erráticos por el cóctel de sustancias que recorrían sus venas, no veían en Esperanza a la mujer que lo cuidaba o lo amaba, sino a un cajero automático de carne.

"Dámelo todo", decía él, con la mandíbula apretada por la ansiedad de la siguiente dosis.

Para Ángel, Esperanza no era su compañera; era el vehículo que conectaba su mono con la jeringuilla. Si ella lloraba, él no escuchaba pena, escuchaba una interrupción. Si ella sangraba, él solo veía un obstáculo para conseguir su dinero. En el mundo de Ángel, Esperanza era una herramienta de trabajo, una posesión más que podía ser explotada hasta que se rompiera.

Una madrugada, tras una noche especialmente dura, Esperanza se detuvo frente al espejo del baño. La luz fluorescente parpadeaba, devolviéndole una imagen fragmentada. Se tocó la mejilla, buscando a la niña que alguna vez fue, a la mujer que soñó con ser arquitecta.


Pero el peso de la cosificación era una losa de hormigón. Entre el cliente que la compraba por minutos, el chulo que la consumía por horas y el alcohol que le borraba los segundos, Esperanza sentía que su "yo" se había disuelto.

No era una persona. Era un cuerpo habitado por extraños, una cifra en el bolsillo de un adicto, una sombra en una ciudad que solo valoraba aquello que podía ser comprado, usado y, finalmente, olvidado.


Semanas después, el portal donde Esperanza solía esperar se sentía extrañamente vacío, aunque el mundo no se detuvo. Ángel encontró a otra mujer, una más joven y con menos "desgaste", a la que llamó con el mismo tono posesivo con el que se llama a una herramienta nueva. Para él, el cambio de rostro no alteraba el producto; la necesidad de la dosis era el único motor, y cualquier cuerpo servía para alimentarla.

En la barra del bar de siempre, el camarero limpió la mancha de un vaso de ginebra que nadie reclamó. Los clientes habituales hablaron de fútbol y de política, pasando por alto la ausencia de la mujer de mediana edad que solía beber en la esquina. Su desaparición no fue noticia, porque nadie nota cuando un objeto se pierde, solo cuando deja de ser útil.

Esperanza terminó en una sala de urgencias de un hospital público, identificada inicialmente como un número de expediente más. Allí, bajo la luz aséptica que no perdonaba ninguna arruga, un médico joven le tomó la mano para buscarle el pulso. Fue el primer contacto humano en años que no buscaba placer ni dinero.

En ese instante, lejos del alcohol y de la sombra de Ángel, Esperanza abrió los ojos.

No hubo un milagro inmediato, pero hubo un reconocimiento. Por primera vez en décadas, no se miró a través del deseo de un extraño ni de la urgencia de un adicto. Se miró a sí misma como un ser herido, pero existente. El proceso de dejar de ser una "cosa" para volver a ser una "persona" es el camino más largo del mundo, y Esperanza acababa de dar el primer paso: recordar que, debajo de la piel utilizada y el nombre irónico, aún quedaba alguien que respiraba.

La tragedia de la cosificación es que la sociedad olvida, pero el cuerpo siempre recuerda que alguna vez tuvo dueño propio.


El eco en el cristal


 

El eco en el cristal

Escrito el 22 de abril de 2026

El reloj de la cocina marcaba las 3:15 de la madrugada. Andrés contemplaba el fondo del vaso, donde un último cubo de hielo nadaba en un charco ámbar, derritiéndose como su propia voluntad. A sus cuarenta y cinco años, Andrés no se sentía un "alcohólico" de película; tenía un buen trabajo en la gestoría, camisas planchadas y un auto impecable. Pero al llegar a casa, el silencio le pesaba demasiado, y solo el sordo calor del whisky lograba acallarlo.

Elvira apareció en el umbral de la cocina. No encendió la luz, pero la claridad de la luna bastaba para ver sus ojos cansados.

—Andrés, mañana tienes la firma de los contratos de los Ortega —dijo ella, con una voz que intentaba ser suave, pero que arrastraba el peso de mil noches iguales—. Por favor, deja eso y ven a descansar.

—Estoy bajo mucho estrés, Elvira. Solo es una copa para cerrar el día —respondió él, aunque era la cuarta.

Durante las semanas siguientes, Elvira siguió al pie de la letra los consejos que había leído. Dejó de gritar. Dejó de verter el alcohol por el fregadero, entendiendo que eso solo generaba más secretos. Un martes, tras una tarde de calma, se sentó frente a él en la terraza.

—Me asusta no reconocerte a veces, Andrés —le dijo, usando ese "yo" que le habían recomendado—. Siento que te estoy perdiendo en una neblina y no sé cómo entrar a buscarte.

Por un momento, algo brilló en los ojos de él. Una grieta de vulnerabilidad. Andrés admitió que el miedo al fracaso lo estaba ahogando. Prometió buscar ayuda. Parecía que, finalmente, el amor estaba ganando la partida.

Pero la adicción es una bestia que no se rinde sin pelear. Dos días después, la presión en la oficina estalló. Andrés no fue a la cita con el terapeuta que Elvira había contactado. En su lugar, desapareció seis horas.

Cuando Elvira recibió la llamada de la policía, el mundo se detuvo. Andrés había chocado contra un poste de luz a tres calles de casa. No hubo heridos, pero el coche estaba destrozado y su aliento lo delataba.

En la comisaría, Andrés estaba derrumbado. —Elvira, por favor… habla con el oficial. Dile que fue un fallo mecánico, que no me sentía bien. Si esto llega a la oficina, lo perderé todo. Por favor, mi vida, ayúdame esta última vez.

Aquí es donde todo se complicó de verdad. Elvira sintió el impulso visceral de protegerlo, de inventar una excusa, de salvar la fachada de su vida perfecta. Pero recordó las palabras que había subrayado en su manual de ayuda: “No mienta ni encubra cosas para proteger a alguien de las consecuencias de su manera de beber”.

—No puedo hacerlo, Andrés —susurró ella, con el corazón roto—. Si te saco de esta, te estaré ayudando a destruirte.



Andrés pasó la noche en el calabozo. El silencio allí no era como el de su casa; era frío, metálico y real. La vergüenza, que antes ahogaba en alcohol, esta vez tuvo que bebérsela a sorbos lentos y amargos.

Al salir, no hubo una reconciliación mágica. Elvira no lo esperaba con una sonrisa, sino con una maleta pequeña y una dirección escrita en un papel: un grupo de apoyo.

—Te quiero —le dijo ella desde la puerta—, pero ya no puedo ser tu cómplice. Este camino es tuyo, aunque yo esté a tu lado si decides caminarlo de verdad.

Andrés miró el papel. Por primera vez en años, no tenía un vaso en la mano para amortiguar el peso de la realidad. El camino hacia la sobriedad no sería un paseo, sino una escalada vertical, y la complicación no había sido el accidente, sino el momento en que entendió que su mujer ya no iba a sostener la mentira que lo estaba matando.

Seis meses después, la cocina de la casa ya no olía a ginebra rancia, sino a café recién hecho y a la humedad de la lluvia golpeando los cristales. Andrés estaba sentado en el mismo sitio donde todo se quebró aquella madrugada, pero esta vez, el reloj marcaba las siete de la mañana.

Frente a él, un pequeño cuaderno de tapas negras descansaba sobre la mesa. Era su diario de conteo. No marcaba solo días de sobriedad, sino momentos de honestidad.

Elvira entró en la habitación. Ya no caminaba de puntillas, como quien teme despertar a una fiera. Se acercó y le puso una mano en el hombro. Andrés no se tensó.

—Hoy es la reunión abierta —dijo él, sin levantar la vista del cuaderno—. Me toca hablar. No sé si estoy listo para contar lo de la comisaría delante de todos.

Elvira se sentó frente a él. La complicación de aquella noche en la policía había dejado cicatrices: Andrés seguía en libertad condicional y su reputación en la gestoría era una sombra de lo que fue. Pero, curiosamente, sus ojos tenían un brillo que ella no recordaba haber visto en una década.

—El día que dejaste de ser mi "salvadora" —continuó Andrés, mirándola fijamente—, pensé que me odiabas. Pasé semanas resentido, maldiciendo tu nombre porque no me habías "ayudado" con el oficial.

—Lo sé —respondió ella con calma—. Yo también sentí que te estaba perdiendo por no mentir.

—Pero si hubieras mentido... —Andrés cerró el cuaderno—. Si me hubieras salvado de ese choque, yo hoy no estaría aquí. Estaría en algún bar, celebrando que me había salido con la mía. Tu negativa fue el primer suelo firme que pisé en años.

No hubo un abrazo de película. Hubo algo más profundo: un reconocimiento mutuo. La adicción es una enfermedad de secretos, y ellos habían decidido vivir en la luz, por dolorosa que fuera.

Andrés se levantó, tomó las llaves (ahora conducía el coche de Elvira, pues el suyo nunca fue reparado) y se preparó para salir. Antes de cruzar la puerta, se detuvo.

—Gracias, Elvira. Por no quererme de la forma en que yo quería que me quisieras. Por quererme de la forma que necesitaba.

Ella lo vio alejarse desde la ventana. No sabía qué pasaría mañana —nadie en el grupo de apoyo se atrevía a jurar por el futuro—, pero por hoy, el aire en la casa era más ligero. La tragedia no había sido el accidente, sino el silencio anterior; y la salvación no había sido el perdón, sino la verdad.


miércoles, 22 de abril de 2026

La Mirada Hacia el Suelo


 

La Mirada Hacia el Suelo



Escrito el 22 de abril de 2026

El río Jerte, a su paso por Plasencia, tiene un murmullo que Chorro ya se conoce de memoria. No es un sonido uniforme; cambia según la estación, según la lluvia que haya caído en la sierra, según la hora del día. Es un murmullo que, para él, funciona como un metrónomo para la mente.

A sus cincuenta y ocho años, Chorro es un jubilado a la fuerza, un hombre que carga con una historia pesada, visible e invisible. La visible es ese brazo izquierdo, que cuelga inerte, una reliquia de un pasado que se congeló tres décadas atrás. La invisible es el dolor, un compañero fiel y silencioso que nunca le da tregua, pero que él ha aprendido a ignorar, o al menos a no mencionar.

Treinta años. Toda una vida desde que una carretilla cargada de escombros, como una sentencia caída del cielo desde un tercer piso, decidió su destino. Casi le cuesta la vida. Le dejó secuelas para siempre, sí, pero también le regaló una segunda oportunidad, aunque fuera en un formato diferente al que él había imaginado.

Su paseo diario por la orilla del Jerte es sagrado. No es un simple ejercicio físico; es su ritual, su momento de "cavilar", como él dice. Un tiempo para que sus pensamientos se deslicen por la corriente, se enreden en los juncos o se posen en las piedras del fondo.

—¿Y por qué siempre vas solo, Chorro? —le preguntan a menudo los vecinos, con esa mezcla de curiosidad y condescendencia que a veces tienen las personas que no entienden la solitud. —Es peligroso, con tu brazo... Y si te pasa algo...

Él sonríe, a veces con paciencia, a veces con un leve toque de ironía. No les quita la razón, en el fondo. El mundo está lleno de peligros, y él lo sabe mejor que nadie. Pero hay otros peligros, otros riesgos que le asustan mucho más.

El riesgo de ir acompañado y tener que soportar a alguien que no mira al suelo. Chorro sí lo hace. Siempre. Es un hábito que adquirió, quizás, después del accidente. Un instinto de supervivencia que se transformó en una forma de respeto. Al mirar hacia el suelo, no solo evita tropezar con las raíces o las piedras sueltas; también evita acabar con la vida de cualquier ser vivo que se cruce en su camino. Un escarabajo despistado, una procesión de hormigas, un pequeño brote verde que intenta abrirse paso. Para Chorro, cada vida cuenta, por pequeña que sea. Y le duele ver cómo otros, en su prisa, en su indiferencia, las pisotean sin siquiera darse cuenta.

O el riesgo de encontrarse con esos pescadores incivilizados, que dejan rastros de sedal y botes de cerveza en las orillas, que tratan a los animales y a las plantas sin ningún respeto, como si el río fuera su patio de recreo y no un ecosistema vivo y frágil. Chorro siente una punzada de dolor cada vez que ve un rastro de basura, cada vez que escucha un grito innecesario que rompe el silencio del lugar.

O, peor aún, el riesgo de ir con alguien que no para de hablar, que llena el aire con palabras vacías y no te deja gozar ni sentir lo que la naturaleza te regala de manera desinteresada. El canto de un pájaro, el susurro del viento entre las hojas de los álamos, el olor a tierra mojada después de una lluvia ligera, el reflejo del sol en el agua... Todo eso son regalos que Chorro atesora, y que solo puede recibir en el silencio, en la solitud elegida.

"Si a la vida venimos solos y nos vamos de la misma forma, ¿qué sentido tendría estar acompañados a todas horas?", piensa Chorro, mientras su brazo derecho, el que aún funciona, acaricia la corteza de un árbol centenario.

Él lo sabe bien. La soledad no es vacío, es plenitud. Es el espacio donde puede ser él mismo, sin máscaras, sin explicaciones. Donde puede reflexionar sobre las cosas que le atraen o le preocupan, sobre el pasado, el presente y el futuro. Donde siente la necesidad de escribir, de plasmar sus pensamientos en papel, de compartirlos con el mundo, aunque no sepa muy bien por qué. Es una pulsión, un impulso que nace de lo más profundo de su ser, y que le produce una satisfacción enorme. Es su forma de dejar huella, de decir "aquí estuve", de compartir su mirada, su sensibilidad, su amor por la vida, a pesar de todo.

El Jerte sigue su curso, inmutable, ajeno a las cavilaciones de Chorro. Pero él sabe que, de alguna manera, el río también lo escucha, también lo entiende. Y en ese diálogo silencioso, entre el hombre y la naturaleza, Chorro encuentra su paz, su equilibrio, su razón de ser. Sigue caminando, paso a paso, con la mirada puesta en el suelo, respetando la vida que pisa, y en su interior, una sinfonía de pensamientos y emociones que se eleva hacia el cielo, como una oración sin palabras.


CAMINANDO POR A VIDA 2


 

Caminando por la vida 2

19 de noviembre de 2015, revisado el 22 de abril de 2026

Son muchas las personas que no entienden por qué algunos elegimos caminar por el monte, ir a pescar o desplazarnos a cualquier lugar en solitario. Según dicen, su incomprensión nace del miedo a las desgracias o peligros que puedan acecharnos en el camino.

No les quito razón, pero tengo mis motivos. Para empezar, me cuesta tolerar la compañía de quienes caminan por el monte sin mirar al suelo, ignorando la vida de los pequeños seres que pisan. Tampoco soporto a quienes pescan de manera incivilizada, sin respetar a los animales, las plantas ni el entorno. Es difícil ir acompañado cuando la otra persona no te permite gozar ni sentir lo que la naturaleza te regala de forma desinteresada.

Además, pienso que si a este mundo venimos solos y nos vamos de la misma forma, ¿qué sentido tendría la obligación de estar acompañados a todas horas?

Quienes me conocen, o hayan leído mis escritos, saben que necesito estar solo muchas horas al día. Es el tiempo que requiero para cavilar sobre las cosas que me atraen o me preocupan. Siento la necesidad de escribir y compartir sin saber siquiera el porqué; pero es un misterio en el que prefiero no indagar, por la enorme satisfacción que me produce el simple hecho de llevarlo a cabo.