sábado, 12 de septiembre de 2026

BAJO LA LUZ DEL ESCENARIO...


 

Bajo la luz del escenario...


El viaje de Jonathan para sanar el estrés traumático tras el colapso de Ebrovisión



La noche en Miranda de Ebro olía a hierba húmeda, cerveza derramada y el humo denso de los porros que se consumían entre la multitud del festival Ebrovisión. Jonathan tenía 28 años y llevaba varias horas encadenando tercios de cerveza con los últimos chispazos de una jarra de calimocho. Sostenía entre los dedos un canuto recién encendido, apretando los labios con esa calma falsa que la marihuana suele ofrecer cuando se combina con el alcohol suficiente para adormecer los reflejos.

El ambiente frente al escenario del «anfiteatro» era festivo y vibrante. La música indie retumbaba en el pecho de la masa de gente que bailaba, entre luces de neón y risas. Jonathan dio una calada profunda, sintiendo la familiar calidez en la garganta y esa leve pesadez en las sienes. Sin embargo, en cuestión de segundos, la fiesta se desintegró por completo.

Un chispazo eléctrico procedente de una estructura auxiliar del escenario generó un cortocircuito brutal. En medio de un chirrido ensordecedor de metales sobrecargados, parte de la torre de iluminación cediendo provocó una estampida. Jonathan, entumecido por el alcohol y el humo, no reaccionó a tiempo. Vio ante sus ojos cómo la pesada estructura de hierro se desplomaba parcialmente sobre una de las choznas laterales. El estruendo fue ensordecedor, seguido inmediatamente por los gritos desesperados de pánico, el choque de cuerpos desesperados tratando de escapar, el dolor desgarrador de los heridos y el caos absoluto bajo el humo real del siniestro.

Aunque la estructura no lo alcanzó directamente, la violencia del impacto lo arrojó al suelo. Se quedó tumbado sobre el hormigón de la explanada, con la cerveza derramada sobre la camiseta y la mezcla de olor a plástico quemado y sangre en la nariz. La sensación inmediata fue de un shock brutal: un entumecimiento frío que paralizó sus extremidades mientras veía la desesperación a escasos metros de él.

Los días siguientes en su piso la C/ Rioja se convirtieron en un bucle asfixiante. Físicamente estaba ileso, pero mentalmente se sentía atrapado en la pista del anfiteatro. Para amortiguar el miedo irracional que le oprimía la caja torácica, Jonathan aumentó drásticamente sus hábitos. El consumo casual de fin de semana se transformó en una necesidad diaria: latas de cerveza vacías acumuladas en la mesa de centro y el olor denso de la marihuana impregnando las cortinas del salón desde primera hora de la mañana.

Buscaba adormecerse, pero la tecnología no se lo permitía. Pasaba las horas frente al teléfono y la televisión, completamente enganchado a la cobertura del suceso. Las redes sociales y los informativos repetían sin cesar los vídeos grabados con los móviles durante el festival: los gritos de la multitud, el instante exacto en que la estructura cedía y las imágenes trágicas de los evacuados. Además, el algoritmo comenzó a alimentar su pantalla con otras desgracias globales: accidentes de tráfico en autopistas cercanas, siniestros aéreos, tragedias naturales e imágenes explícitas de violencia y sufrimiento en directo.

Cada vídeo era un impacto directo a su cerebro. A pesar de la marihuana y el alcohol, que intentaban actuar como anestesia, su sistema nervioso central terminó completamente colapsado por la sobreexposición continua a la tragedia. Experimentaba la exposición repetida no como un espectador lejano, sino como si estuviera reviviendo el accidente de Ebrovisión una y otra vez, perdiendo de forma drástica su sentido de seguridad y sintiéndose completamente indefenso e impotente en un entorno que percibía impredecible y hostil.

El impacto emocional empezó a somatizarse de forma agresiva. El insomnio se volvió crónico; cuando lograba conciliar el sueño por el agotamiento, se despertaba sobresaltado y empapado en sudor frío a las tres de la mañana con el pulso desbocado. Durante el día, la confusión y la falta de concentración le impedían rendir en su trabajo o mantener una conversación coherente.

Las sustancias que utilizaba para calmarse comenzaron a tener el efecto contrario: la marihuana aumentaba su paranoia y los episodios de ansiedad, mientras que el alcohol alimentaba una irritabilidad constante. Cualquier ruido brusco en la calle —el frenazo de un coche, un portazo o una sirena de ambulancia a lo lejos— hacía que saltara de la silla con el corazón a punto de salírsele del pecho y un mal temperamento imposible de controlar.

Jonathan llegó a pensar que se estaba volviendo loco, que su mente se había roto definitivamente aquella noche de septiembre y que su incapacidad para «pasar página» era una muestra insalvable de debilidad personal.

El punto de inflexión ocurrió cuando un amigo cercano, alarmado por su aislamiento y su deterioro físico, fue a visitarlo a casa. Al ver la casa a oscuras, el olor a ceniza estancada y a Jonathan tembloroso frente a la pantalla encendida, lo confrontó con firmeza y empatía.

Fue en ese momento cuando Jonathan pudo comprender la verdadera naturaleza de su estado: lo que estaba experimentando —el agotamiento, el shock, la irritabilidad, el insomnio y la confusión— no era una falla personal ni una demencia sobrevenida. Se trataba de una respuesta emocional normal ante un evento profundamente anormal. Su sistema nervioso había recibido un impacto traumático directo al que se sumaba la sobrecarga sensorial y la re-traumatización provocada por la exposición constante a imágenes trágicas en las pantallas.

Tras solicitar cita y acudir al psicólogo, Jonathan comprendió que sus emociones eran una reacción biológica y psicológica coherente. Y siguiendo las pautas indicadas por el profesional, dio el primer paso para recuperar el control:

Apagó la televisión y eliminó las aplicaciones de redes sociales de su teléfono para detener el flujo ininterrumpido de imágenes trágicas y dar un respiro a su mente. Inició un proceso gradual para apartar la marihuana y reducir drásticamente el alcohol, entendiendo que ambas sustancias solo amplificaban su ansiedad y alteraban su sueño. Empezó a dar paseos diarios por la orilla del río Ebro, obligando a su cuerpo a registrar sensaciones del presente y reconectando con el entorno real y seguro de su ciudad. Comprendió que la recuperación no sería inmediata, pero que mediante rutinas sencillas, descanso adecuado y paciencia, los síntomas físicos y los pensamientos inquietantes irían desapareciendo progresivamente a medida que su vida recuperara la normalidad, permitiéndole devolver el equilibrio a su sistema emocional.


Dos meses después de la catástrofe en el «anfiteatro», el aire en Miranda de Ebro olía a hojas secas y a otoño de verdad, sin el rastro rancio a cerveza derramada ni la densidad del humo de marihuana que durante semanas inundó su habitación.

Jonathan caminaba con paso tranquilo por el paseo del río, sintiendo el crujir de las hojas bajo sus zapatillas. Llevaba más de seis semanas sin consumir cannabis y las latas de cerveza en la mesa de centro habían sido reemplazadas por una jarra de agua y libros que volvía a ser capaz de concentrarse para leer. La caminata diaria ya no era un esfuerzo desesperado por escapar de sus propios pensamientos, sino un ancla sencilla con la realidad.

Sacó el teléfono del bolsillo, no para abrir redes sociales —que continuaban desinstaladas—, sino para responder un mensaje de su amigo Ezequiel. Ya no sentía ese pinchazo sordo en el estómago cada vez que el teléfono vibraba. Ni el rumor del camión de basura al pasar por por su lado ya no disparaba su pulso ni lo hacía sobresaltarse; su sistema nervioso, gradualmente despojado de sobrecargas e intoxicaciones, había dejado de reaccionar como si la torre de iluminación estuviera a punto de caer sobre él otra vez.

Con el tiempo, la cicatriz emocional permanecía, pero había dejado de sangrar. Jonathan comprendió, al mirar el agua fluir bajo el puente de Hierro, que haber vivido aquel colapso no lo hacía frágil. Había atravesado una tempestad biológica y mental comprensible, y hoy, por fin, tres años después, el silencio de su mente había vuelto a sentirse como un hogar seguro.



1 comentario:

  1. El relato muestra cómo un acontecimiento puede terminar mucho después de que desaparezca el peligro físico. Jonathan sale ileso del accidente, pero queda atrapado emocionalmente en aquella noche, demostrando que una herida también puede existir sin ser visible.

    El alcohol y la marihuana aparecen inicialmente como una forma de escapar del miedo, pero terminan agravándolo. El relato refleja así un círculo de evasión y ansiedad en el que aquello que pretende aliviar el sufrimiento acaba alimentándolo.

    Especialmente interesante resulta la exposición constante a vídeos y noticias. Jonathan no solo revive su propia experiencia, sino que empieza a incorporar otras tragedias, convirtiendo el teléfono en una prolongación permanente del accidente.

    Los sobresaltos ante sirenas, portazos o frenazos muestran cómo el cuerpo conserva el recuerdo incluso cuando la mente intenta racionalizarlo. El insomnio, la sudoración y el corazón acelerado hacen visible ese miedo que Jonathan no consigue controlar voluntariamente.

    La intervención de su amigo resulta fundamental porque rompe el aislamiento en el que Jonathan se ha encerrado. No lo juzga, sino que le ayuda a comprender que lo que está viviendo no es una debilidad personal.

    El paseo junto al Ebro funciona como contrapunto al escenario del desastre. Frente al ruido, las luces y el caos del festival, el río ofrece movimiento lento, silencio y contacto con el presente, convirtiéndose en un espacio de reconstrucción.

    El relato evita presentar la recuperación como algo inmediato. Jonathan necesita tiempo, rutinas, descanso, ayuda profesional y cambios en sus hábitos para recuperar progresivamente una sensación de seguridad.

    La imagen final de la cicatriz emocional resume muy bien el sentido de la historia: el trauma no desaparece necesariamente de la memoria, pero deja de dominar la vida. El contraste entre el escenario del comienzo y el silencio final representa el viaje de Jonathan desde el miedo hacia la tranquilidad.

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