sábado, 3 de octubre de 2026

EL ESCENARIO OCULTO...


 

EL ESCENARIO OCULTO…


El teatro de las pupilas ciegas, la lucidez del obrero y las sombras del Pilar


El eco de los clarines de la Plaza de Toros de Plasencia parecía flotar en el aire estancado del salón, aunque la temporada taurina había terminado hacía meses. Rafael, de setenta y dos años, permanecía sentado en su sillón de escay marrón, pegado al ventanal que daba al lateral izquierdo del coso, en pleno corazón del Barrio del Pilar. Su mano derecha, de dedos gruesos, torcidos y cubiertos de las cicatrices blanquecinas que deja una vida entera levantando tabiques y amasando hormigón, acariciaba el brazo del asiento con una insistencia rítmica. Rafael no miraba el paisaje que ofrecía la ciudad. No podía. Hacía seis meses que una degeneración macular asociada a la edad (DMAE) de tipo húmedo, fulminante y bilateral, combinada con un glaucoma descontrolado, lo había sepultado en una ceguera casi total. Solo conservaba una vaga percepción de bultos y un remanente de luz periférica que apenas le servía para distinguir el día de la noche. Sin embargo, en ese preciso instante, estaba viendo un espectáculo prodigioso.

Frente a él, cruzando el pasillo estrecho que conectaba el salón con la cocina, desfilaba una comitiva de figuras humanas de apenas medio metro de estatura. Vestían trajes de luces de una época remota, de un color grana y oro tan brillante que hería las pupilas, y portaban sombreros de tres picos exageradamente grandes. Las figuras caminaban sin tocar el suelo, flotando a unos palmos de las baldosas, con rostros inexpresivos, planos y desprovistos de ojos. No hacían ruido. El desfile era una película muda y perfecta que se recortaba contra la puerta del baño.

Rafael parpadeó con fuerza, se frotó los párpados caídos con los puños y volvió a mirar. La comitiva seguía allí; ahora, uno de los toreros diminutos se había detenido y lo miraba fijamente, agitando una muleta de color rosa chillón.

Cualquier otra persona de su edad, encerrada en la penumbra del Barrio del Pilar, habría roto a gritar, convencida de haber perdido el juicio o de estar recibiendo la visita de los espíritus. Pero él era un albañil jubilado, un hombre de escuadra, plomada y cimientos firmes. Su mente era un engranaje lógico que no creía en aparecidos ni en brujerías.

—Asunción —llamó con una voz ronca, madurada por el polvo de la caliza y el tabaco de liar de su juventud—. Asunción, acércate un momento, anda.

La puerta de la cocina se abrió y el desfile de enanos toreros se disolvió en el aire de golpe, como si la luz del pasillo los hubiera quemado. Asunción, de sesenta y siete años, entró limpiándose las manos en el delantal. Cinco años menor que él, mantenía la agilidad de quien no ha parado de fregar portales y cuidar de la casa desde que se casaron en la iglesia de San Nicolás.

—¿Qué te pasa, Rafa? ¿Quieres que te acerque la radio o te pongo una infusión de menta poleo? —preguntó ella, acomodándole la manta sobre las piernas.

—No, mujer. Es que han vuelto los del circo —respondió con una tranquilidad espantosa, señalando con el dedo hacia el pasillo vacío—. Esta vez venían vestidos de luces, como los que venían a la feria de junio a la Plaza de Toros. Han pasado unos diez. Llevaban unos sombreros rarísimos

Asunción suspiró, dejando caer los hombros. No era la primera vez. Hacía dos semanas que Rafael describía visiones similares: dragones chinos de color verde esmeralda reptando por las cortinas, cascadas de agua azul que caían del techo del dormitorio o bandadas de periquitos dorados posados en el mueble del televisor. Al principio, el miedo a que su marido estuviera desarrollando la misma demencia que se llevó a su tía abuela la había dejado sin dormir, pero la lucidez con la que Rafael describía los detalles y su propia capacidad para razonar que aquello no era real la mantenían en un estado de perpetua perplejidad.

En el piso no había silencio, pero sí una asfixia silenciosa. La vivienda, de techos bajos y pasillos angostos, albergaba a cuatro adultos en una convivencia que la jubilación de Rafael y su ceguera habían vuelto rígida como el yeso. En las habitaciones contiguas se escuchaban los pasos de sus dos hijas: Beatriz, de cincuenta años, y Davinia, de cuarenta y ocho. Ambas solteras, ambas atrapadas en la madurez de una vida que no había salido del nido familiar, compartiendo el espacio, las facturas y los cuidados de unos padres que dependían de ellas en gran medida.


Beatriz, la mayor, regentaba una pequeña tienda de arreglos de ropa cerca de la Puerta de Coria, un negocio que apenas le daba para aportar a la cartilla común de la casa. Era una mujer seria, de pocas palabras, que había asumido el rol de la severidad en la casa. Davinia trabajaba por horas en la limpieza de oficinas y pasaba las tardes metida en su cuarto, escuchando música con los cascos o ayudando a su madre a mover a Rafael. Ninguna de las dos había tenido hijos; ninguna había cruzado la frontera del barrio para fundar otra vida. El piso junto a la Plaza de Toros era un búnker de lealtades de sangre y rutinas de hierro.

Esa tarde, las dos hermanas entraron al salón al escuchar la conversación de sus padres.

—Padre, de verdad, deja de decir esas tonterías de los toreros, que si te escucha la vecina del segundo va a ir diciendo por el barrio que estás perdiendo la cabeza —dijo Beatriz, dejando una bolsa con pan sobre la mesa—. Los muertos no andan por el pasillo, y menos vestidos de luces.

—Que yo no digo que estén vivos, muchacha —replicó, encendiéndose un cigarrillo con dedos torpes, guiándose por el tacto del mechero—. Sé perfectamente que no hay nadie. Mis ojos no ven, pero mi cabeza sí. Es como si el cerebro se aburriera de ver solo negro y me pusiera una película para pasar la tarde. Te digo yo que el de la muleta rosa tenía los botones de la chaqueta de plata, que los he visto brillar.

—Es el Síndrome de Charles Bonnet, Beatriz —intervino Davinia desde la puerta, cruzando los brazos—. Lo estuve leyendo anoche en el ordenador. No es locura. Le pasa a la gente mayor que se queda ciega. El cerebro inventa las imágenes porque no le llega luz de los ojos. Se llama alucinación de liberación.

Asunción miró a su hija menor con una mezcla de desconfianza y esperanza. En la cultura popular del barrio, las visiones siempre tenían un componente trágico: o eran el aviso de la muerte o el inicio de la demencia senil que vaciaba las cabezas. Escuchar que aquello tenía un nombre clínico y un mecanismo técnico era como abrir una ventana en mitad de una habitación llena de humo.

La crudeza del trastorno, sin embargo, no dejaba de ser explícita en el día a día de Rafael. Aunque él sabía que las imágenes eran falsas, su sistema perceptivo las procesaba con la misma nitidez que un objeto real:

A veces, al intentar ir al baño, se plantaba en mitad del pasillo durante diez minutos porque «veía» una pared de ladrillos rojos macizos tapando la puerta. Aunque su lógica le decía que la pared no podía estar ahí, sus pies se negaban a avanzar, aterrorizados por el impacto físico que su cerebro anticipaba.

Intentar separar constantemente lo real de lo imaginario le dejaba exhausto al final del día. Su cerebro trabajaba el doble: fabricaba la alucinación y, al mismo tiempo, debía activar el lóbulo frontal para destruirla mediante la lógica. Esa batalla invisible le provocaba fuertes dolores de cabeza y un cansancio que lo dejaba postrado en el sillón antes de la cena.

Alrededor de las figuras diminutas, el mundo de Rafael seguía siendo una mancha gris. Ver un festival de colores chinescos en mitad de la oscuridad de su ceguera real aumentaba su sensación de frustración. Era un albañil que había levantado infinidad de casas con sus manos, y ahora su mente lo confinaba a ser el espectador forzoso de un teatro de guiñol que él no había pedido.

Alarmadas por la frecuencia de las visiones y por un episodio en el que intentó dar de comer las migas del pan a unos «gatos de porcelana azul» que veía sentados sobre la mesa del comedor, las tres mujeres decidieron tramitar una consulta de urgencia. Davinia y Beatriz acompañaron a su padre, llevándolo del brazo por las empinadas calles que suben hacia el Centro de Especialidades de Plasencia.

El protocolo de diagnóstico para el Síndrome de Charles Bonnet (CSB) exige una coordinación estrecha entre la oftalmología, la neurología y la psiquiatría, ya que el principal reto médico es realizar el diagnóstico diferencial frente a la demencia con cuerpos de Lewy, el Alzheimer o las psicosis tardías. El equipo de facultativos de Plasencia aplicó el protocolo integrado:

El especialista confirmó el desastre físico en los ojos de Rafael. La DMAE húmeda había cicatrizado la mácula de ambos ojos, destruyendo los fotorreceptores centrales, mientras que el glaucoma había reducido la presión y el campo visual periférico a niveles marginales. Rafael tenía una agudeza visual inferior al 0.05, lo que lo situaba en el umbral de la ceguera legal. Esta pérdida masiva de aferencias sensoriales es el requisito indispensable para el protocolo de Charles Bonnet.

El neurólogo sometió a Rafael al Mini-Mental State Examination. El paciente obtuvo una puntuación de 28 sobre 30, demostrando una orientación temporoespacial, una memoria de fijación y una capacidad de cálculo mental perfectas para su edad. No había rastro de afasias, agnosias ni deterioro ejecutivo. Una tomografía computerizada (TC) cerebral descartó tumores en el lóbulo occipital o infartos cerebrales extensos. Su cerebro estaba sano; simplemente estaba «huérfano» de estímulos ópticos.

El protocolo psiquiátrico para el Charles Bonnet no contempla el uso masivo de antipsicóticos (como el haloperidol), ya que estos fármacos no solo no eliminan las alucinaciones visuales de origen cortical, sino que pueden provocar graves efectos secundarios extrapiramidales en pacientes ancianos. El tratamiento principal del protocolo es la psicoeducación. El médico se sentó frente a Rafael y sus hijas y les explicó el cortocircuito:

―Rafael, tus ojos eran las ventanas de una casa. Al cerrarse las persianas por la enfermedad de la mácula, la habitación se ha quedado a oscuras. Tu cerebro, que está acostumbrado a procesar imágenes desde hace setenta y dos años, se aburre y empieza a buscar en los cajones del recuerdo, proyectando esas figuras en el pasillo. No estás loco. Es el síndrome del miembro fantasma, pero en los ojos.

Al escuchar la palabra «miembro fantasma», Rafael lo entendió a la primera. Era como el sargento del pueblo que perdió la pierna en un accidente de camión y seguía diciendo que le picaban los dedos del pie. Sus ojos ya no estaban, pero la máquina de ver seguía encendida en la cabecera.



Un tiempo después.

La mañana del martes había amanecido limpia sobre Plasencia, y el barrio se llenaba del trasiego de los vecinos que bajaban a comprar el periódico o a tomar el aperitivo en los bares de alrededor. En el salón de la vivienda, la persiana estaba subida del todo, dejando entrar la luz del sol que calentaba el suelo de terrazo.

Rafael permanecía en su sillón de siempre, pero su actitud había cambiado por completo. Ya no había rigidez en su cuerpo ni miedo en sus manos. Llevaba unas gafas oscuras que protegían sus ojos de los destellos molestos y sostenía una pequeña radio de transistores pegada a la oreja izquierda, escuchando el boletín de noticias.

A su lado, Asunción le servía el café con leche en su taza de loza, mientras Beatriz y Davinia preparaban la comida familiar. La convivencia en el búnker del Pilar había encontrado su equilibrio definitivo tras la aplicación de las pautas de adaptación del protocolo médico:

Rafael había aprendido que podía «apagar» o cambiar las alucinaciones complejas mediante técnicas sencillas de estimulación visual. Cuando los toreros diminutos o los paisajes extraños aparecían en el pasillo, cerraba los ojos con fuerza durante diez segundos o miraba fijamente hacia una lámpara encendida. Ese pequeño extra de luz periférica o el parpadeo forzado activaba las pocas células viables de su retina, enviando una señal real al cerebro que destruía la confabulación cortical.

En la casa ya no se ocultaban las visiones. Se habían convertido en parte de la rutina familiar, desprovistas de cualquier carga de terror o vergüenza. Si Rafael comentaba que había un coronel de la guerra de la Independencia sentado en el pasillo, Davinia simplemente le decía: «Pues dile que se aparte, papa, que tengo que pasar con la fregona». La risa y la naturalidad habían desarmado al monstruo del Charles Bonnet.

Para evitar que el cerebro de Rafael entrara en ese estado de «aburrimiento sensorial» que disparaba las imágenes ficticias, la casa se llenó de sonidos. La radio, los audiolibros sobre la historia de Extremadura y las tertulias familiares mantenían su corteza cerebral ocupada en procesar estímulos reales a través del oído, reduciendo la frecuencia de las proyecciones visuales a la mitad.

Rafael dejó la taza de café sobre la mesa, guiándose por el borde del hule con una precisión asombrosa. Se volvió hacia la ventana, escuchando el murmullo de la gente que pasaba junto a los muros de la Plaza de Toros. Sus ojos no veían la plaza, ni el cielo azul de Plasencia, ni los rostros de las tres mujeres que habían blindado su vejez con sus cuidados. Pero en su mente, libre de la niebla de la locura y reconciliada con su destino, él sabía exactamente dónde estaba colocado cada ladrillo del mundo real.

—Asunción —dijo Rafael, con una sonrisa tranquila que le arrugó las comisuras de los ojos—. Abre un poco el ventanal, anda. Que se escuche el ambiente de la plaza, que hoy el día está demasiado bonito como para dejarlo pasar a oscuras.

La persiana terminó de subir, el aire fresco inundó el salón y apoyado en el amor de sus hijas y la certeza de su ciencia, continuó habitando su vejez con la cabeza bien alta, firme y en perfecta paz con las sombras de su escenario oculto.

Rafael seguía ciego. La degeneración macular y el glaucoma habían terminado su trabajo destructivo, apagando las últimas ventanas de sus retinas. Sin embargo, el teatro de su mente no se había cerrado por completo; simplemente, el viejo obrero había aprendido a domar a los actores.

En ese momento, cruzando el espacio que separaba la mesa del comedor de la entrada, una hilera de monjes franciscanos de color azul cobalto y no más de un palmo de estatura desfiló en un silencio absoluto. Llevaban los capuchones echados y portaban velas encendidas cuya llama no parpadeaba. Rafael los «vio» con una nitidez matemática: distinguió los pliegues de los hábitos y el cordón de esparto atado a la cintura de las figuras. El Síndrome de Charles Bonnet seguía activo en los circuitos de su lóbulo occipital, pero el veneno del miedo se había evaporado.


Rafael parpadeó dos veces con fuerza, contuvo la respiración y fijó la vista hacia la bombilla encendida de la lámpara de pie, aplicando de forma estricta el protocolo de rescate lumínico que le habían enseñado en las consultas de Plasencia. Al recibir el estímulo del destello en los bordes viables de su ojo, las líneas del cerebro se reorganizaron y la procesión de monjes azules se disolvió en el aire como un jirón de humo.


Al mediodía, la puerta de la calle se abrió de golpe, llenando el piso con el olor a pan tierno y el bullicio de sus tres mujeres. Asunción entró primero, seguida de Beatriz y Davinia, que cargaban las bolsas de la compra de la mañana. La convivencia había encontrado una paz sólida, un cimiento nuevo que había desarmado el búnker de la angustia.

—Ya estamos aquí, papa —dijo Davinia, acercándose para dejarle un beso en la mejilla, una mejilla que ya no estaba fría por el sudor del pánico—. Te he traído los dulces de la pastelería de la plaza que te gustan.

—Huelen a gloria, muchacha —respondió, estirando la mano con una precisión asombrosa para acariciar el brazo de su hija menor. Su memoria cinestésica y el oído habían sustituido a los ojos—. ¿Ha habido mucha gente en el mercado?

—El barrio estaba lleno, Rafa —intervino Asunción desde la cocina, donde ya se escuchaba el tintineo de las cazuelas—. Dicen que van a arreglar el callejón de la Plaza de Toros antes de las fiestas del año que viene.

Al escuchar la palabra «arreglar», la mente se activó con la lucidez de siempre. Se volvió hacia sus hijas, con una sonrisa tranquila que le dibujó arrugas en las sienes.

—Ese muro lo levanté yo en el año setenta y cuatro —dijo, con orgullo en la voz—. Tres hileras de ladrillo macizo y un revoco de cemento que no lo tira ni un miura.

Durante la sobremesa, Rafael dio un trago corto al café que Asunción le había dejado en las manos, sintiendo el calor del barro cocido de la taza transferirse a sus dedos viejos. No necesitaba ver las paredes del pasillo, ni la Plaza de Toros, ni las canas que empezaban a asomar en el pelo de sus hijas solteras. Su mente estaba limpia, su plomada interna seguía nivelada y, rodeado por el amor de su familia en mitad del Barrio del Pilar, el viejo albañil sabía perfectamente que los cimientos de su vida eran reales, fuertes y capaces de sostenerlo, con toda su luz y todas sus sombras, hasta el último de sus días.