miércoles, 7 de octubre de 2026


 

DONDE NO ROMPEN LAS OLAS…


El viaje de Edelmiro desde el furor de la dehesa hasta la paz del silencio



La dehesa El Robledo, en el término municipal de Malpartida de Plasencia, amanecía envuelta en una luz densa y dorada que recortaba el perfil de las encinas centenarias sobre la tierra parda. Sin embargo, para Edelmiro, a sus sesenta y ocho años, la majestuosidad de la dehesa extremeña se había convertido en un escenario roto, un puzle de imágenes fijas que se sucedían de golpe, sin transición ni fluidez.

Estaba de pie junto a la valla de espino que circundaba el pantano de la finca. Quería ver el agua, pero no podía. En lugar del suave oleaje provocado por el viento de la mañana, percibía el pantano como un bloque de cristal macizo, una fotografía fija y congelada. De repente, sin que sus ojos registraran el movimiento de la transición, el bloque de cristal cambiaba: una balsa de agua estática era sustituida, en un parpadeo seco, por otra imagen fija donde las ondas ya estaban formadas, como si alguien pasara diapositivas a toda velocidad frente a sus pupilas.

Edelmiro padecía Ainetopsia (ceguera al movimiento), una rarísima y explícita condición neurológica provocada por una lesión isquémica bilateral en el área visual V5 (también conocida como área MT), situada en la corteza temporooccipital lateral. Tras sufrir un accidente cerebrovascular menor seis meses atrás, sus ojos seguían captando perfectamente las formas, los colores y las distancias de los objetos estáticos, pero su cerebro había perdido la capacidad neurobiológica de procesar el movimiento continuo. El mundo, para él, se había transformado en una sucesión de fotogramas congelados.

Pero aquella mañana, el cortocircuito de su cerebro no era lo único que hacía sangrar la paciencia de Edelmiro. El verdadero veneno que le corroía las entrañas venía de los intrusos que rodeaban el agua. Apostados a lo largo de la orilla, provistos de cañas de fibra, costeras de mimbre, rejones de alambre, sacaderas y neveras portátiles, una docena de pescadores forasteros taponaban los accesos naturales donde sus vacas debían abrevar. Buscaban la tenca, el preciado pez de charca de la Extremadura profunda, cuya campaña atraía a aficionados de toda la provincia.

Edelmiro avanzó hacia el grupo. Para él, sus propios pasos eran un misterio: veía su bota sobre una piedra y, de golpe, en el siguiente fotograma, su pie ya estaba un metro más adelante, sin transiciones. La rabia, acumulada durante años de batallas en el campo, estalló al ver a una de sus vacas avileñas recular, asustada por el sedal de un pescador.

—¡Eh! ¡Vosotros! ¡Sacad los bártulos de ahí de una puta vez! —bramó Edelmiro, con una voz ronca que retumbó en los canchales. Su mano derecha, empuñando una vara de acebuche, apuntaba al pecho del pescador más cercano.

El hombre, un tipo maduro con chaleco multibolsillos y gorra militar, ni se inmutó. Clavó la caña en el soporte y se encaró con el ganadero.

—¡Y a ti qué te pasa, viejo estúpido! —replicó el pescador, cruzando los brazos—. ¡El agua no es tuya, que este pantano tiene servidumbre de paso y tenemos los permisos de la Sociedad de Pescadores de Plasencia en regla! ¡Anda y vete a pastar con las vacas!

—¡Yo me paso los permisos por el forro de los cojones, niñato de mierda! —exclamó dando un paso al frente que su cerebro procesó como un salto telepático; en una imagen estaba a dos metros y en la siguiente la cara del pescador ocupaba todo su campo visual—. ¡Mis vacas no beben barro por culpa de vuestros hilos! ¡Como no recojáis las cañas ahora mismo, os juro por mi madre que llamo la Guardia Civil y de aquí no sale ni el apuntador! ¡Os van a crujir a denuncias, que sois unos cerdos y lo dejáis todo lleno de latas!

—¡Llama a quien te salga de la polla, viejo loco! —gritó otro pescador desde unos metros más allá—. ¡Como le pegues un varazo a una caña, te tiramos al pantano de cabeza a ver si te refrescas las ideas! ¡Que estás amargado, que ya no tienes edad para andar tocando los cojones en la dehesa! ¡Vete a la residencia, carcamal!

—¡Hijos de puta! ¡Fuera de mi dehesa! —bramó, levantando la vara.

Para su desgracia, la ainetopsia convirtió la discusión en una trampa física. El pescador hizo un amago de avanzar y Edelmiro no vio el recorrido del brazo; solo vio el puño cerrado suspendido en el aire y, en el siguiente fotograma, sintió el impacto seco del empujón en el pecho que lo hizo rodar por la orilla arenosa. La confusión visual era absoluta, explícita y humillante.

El mediodía reunió a la familia en la cocina. El olor a estofado de ternera que Manuela, su esposa de sesenta y cinco años, había preparado con mimo no logró rebajar la tensión que se respiraba en la estancia. Sus dos hijos, Gabino y Chencho, hombres de treinta y tantos que se ganaban la vida en el sector servicios en Plasencia, se habían desplazado al pueblo para comer, tal y como tenían por costumbre, ya que vivían con ellos.

Edelmiro contó lo ocurrido sentado a la mesa, con la mirada fija en el plato de sopa. Ver caer el caldo desde la cuchara era una tortura: veía la cuchara llena, luego una columna de gotas congeladas en el aire como estalactitas de cristal y, finalmente, el plato lleno, sin ver jamás el discurrir del líquido.

—Papa, esto no puede seguir así —empezó Gabino, golpeando suavemente el hule de la mesa—. Lo de esta mañana ha sido la gota que colma el vaso. Te has pegado de empujones con unos tíos que tenían todo el derecho a estar en el charco. Un día de estos te van a dar una paliza y nos vamos a lamentar todos.

—¡Derecho, y un cuerno, Gabino! —soltó, clavando los ojos en su hijo—. ¡Esas tierras las heredó vuestra madre de sus abuelos y el ganado es lo único que nos ha mantenido vivos! ¡Si dejamos que entren los pescadores, mañana nos meten los coches hasta el comedero! ¡Sois unos blandos, que no sabéis lo que cuesta mantener una linde limpia!

—¡El único blando aquí eres tú de cabeza, papa! —intervino Chencho, levantando la voz con frustración—. ¿Es que no te das cuenta de que no ves bien? ¿Es que no entiendes lo que te dijo el neurólogo en el hospital? ¡Que estás enfermo, coño! Que ves el mundo a trompicones. Ayer casi te atropella el tractor en el cobertizo porque no viste venir la marcha atrás. ¡Vende las avileñas ya, joder! Disfruta de la vida, que tienes sesenta y ocho años y te vas a morir con las botas llenas de mierda sin haber visto nada más que los robles de la dehesa.

Manuela, que permanecía junto a la cocina, intervino con una voz quebrada, cargada de una fatiga acumulada durante décadas de sumisión al campo.

—Escucha a tus hijos, por una vez en tu vida —dijo, acercándose a la mesa y poniéndole una mano sobre el hombro castigado—. Chencho tiene razón. No hemos salido de este pueblo más allá de las consultas médicas de Plasencia. Toda la vida atados al ganado, que si paren las vacas en invierno, que si el saneamiento de la Junta en primavera, que si el calor del verano... En la tienda me han dicho que hay unos viajes del IMSERSO baratísimos para ir a ver el mar a Benidorm o a Mallorca. Yo quiero ver el mar antes de volverme vieja del todo. Quiero pasear contigo sin tener que mirar si una vaca se ha quedado enganchada en la alambrada.

—¡El mar, el mar! ¿Para qué coño quiero yo ver el mar, Manuela? —replicó, apartando la mano de su esposa con un movimiento brusco—. ¡El mar es agua y agua ya tenemos en el pantano! El ganado es nuestra vida, lo que nos da de comer. Si vendo las vacas, ¿qué hago yo aquí metido en el pueblo todo el día? ¿Mirar las moscas?

—¡Pues mirar las moscas, pero vivo, papa! —remató Gabino, poniéndose en pie—. El lunes viene el tratante de Trujillo a ver las terneras. Le hemos dicho que venga. Le vas a firmar la venta de la explotación y el arrendamiento de El Robledo a la cooperativa. Se acabó el campo. O firmas tú, o te incapacitamos por lo de la vista, porque un hombre que no ve moverse las cosas no puede manejar ochenta cabezas de ganado. Tú eliges.

El silencio que siguió a la amenaza de su hijo mayor fue denso como el granito de la sierra. Edelmiro miró a su esposa, vio su rostro estático en un fotograma de tristeza absoluta y, por primera vez en su vida, sintió que las rejas de su ceguera de fotogramas lo habían acorralado de forma definitiva.

La venta forzosa del ganado y el arrendamiento de las fincas sumergieron a Edelmiro en un estado de melancolía que agravó de forma explícita los síntomas de la ainetopsia. Pasar de la actividad frenética de la dehesa a la inmovilidad del salón hizo que su cerebro se obsesionara con el fallo perceptivo.

Sus hijos, cumpliendo con el protocolo de seguimiento que les habían pautado en la consulta del Hospital Virgen del Puerto de Plasencia, lo llevaron a la revisión semestral con el equipo de neurología y rehabilitación cognitiva. El caso de Edelmiro era estudiado con fascinación por los residentes, ya que la ainetopsia pura, desprovista de ceguera general o de demencia, es una de las anomalías más raras de la neuropsicología mundial.

El protocolo integrado de evaluación se ejecutó delante de Manuela y Chencho:

El neurólogo sentó a Edelmiro frente a una pantalla donde se proyectaba un punto luminoso que se movía de izquierda a derecha a diferentes velocidades. Para Edelmiro, el punto no se desplazaba; aparecía en el extremo izquierdo, luego veía el punto estático en el centro y, finalmente, en el extremo derecho. El mapa de potencial evocado visual confirmó que la señal lumínica llegaba a la corteza occipital primaria, pero se perdía al intentar transferirse al área asociativa temporal-parietal lateral (V5). Las carreteras secundarias del movimiento estaban cortadas por la cicatriz del infarto.

Al no existir una pastilla capaz de regenerar los circuitos de la corteza asociativa visual, el tratamiento se centró en la reestructuración del entorno y el uso de vías sensoriales alternativas. El terapeuta ocupacional prohibió de forma taxativa que Edelmiro manejara cualquier tipo de maquinaria o caminara solo por zonas con tráfico rodado, ya que era incapaz de calcular la velocidad de aproximación de un vehículo (veía un coche a cien metros y, en el siguiente fotograma, el coche ya estaba encima, provocando atropellos fatales).

Se entrenó a Edelmiro para sustituir la vista por el oído en las distancias cortas. Para saber si alguien se acercaba a él en casa o en la calle, debía guiarse por el sonido de los pasos o el roce de la ropa. Se instalaron cascabeles en las puertas de la casa y se le aconsejó usar un bastón de apoyo que golpeara el suelo rítmicamente, utilizando el eco del sonido (ecolocalización pasiva) para confirmar que las estructuras de las habitaciones permanecían en su sitio mientras él caminaba.

La primavera de 2021 trajo consigo la ejecución del gran deseo de Manuela. Los billetes del IMSERSO llegaron en un sobre azul al buzón. El destino asignado era Torremolinos, en la costa de Málaga. Para Edelmiro, cruzar la frontera de Extremadura por primera vez en su vida era una humillación; se sentía como un fardo que su esposa y sus hijos trasladaban de un lugar a otro.

El viaje en el autobús de línea fue una sucesión de espantos visuales. Los pastizales y arboledas desde la carretera, los camiones que los adelantaban y las gasolineras del camino aparecían y desaparecían ante sus ojos como fogonazos de una discoteca maldita, provocándole fuertes náuseas y un dolor de cabeza que solo lograba mitigar cerrando los ojos y apretando los dientes contra la ventanilla.

Al llegar al hotel de la costa malagueña, el contraste con el pueblo fue brutal. El bullicio de los jubilados en el vestíbulo, el tintineo de los vasos en el comedor y el reflejo del sol sobre el mármol pulido aumentaron su desorientación. En el comedor, la ainetopsia se mostró en toda su crudeza: cuando intentaba servirse agua de la jarra, era incapaz de ver el nivel del líquido subir; el vaso pasaba de estar vacío a desbordarse de golpe, inundando el mantel individual ante las miradas de reproche de los comensales de las mesas vecinas.

—Déjame a mí, que ya te lo sirvo yo —le decía Manuela con paciencia infinita, cogiéndole la jarra de las manos de inmediato—. Anda, come un poco de este pescado, que dicen que es típico de aquí abajo.

—Esto no sabe a nada —refunfuñaba, masticando con desgana—. Esto es comida de rancho. Dónde se ponga un buen trozo de carne de nuestras avileñas criado con la bellota de El Robledo... Esto es un castigo. Me habéis traído aquí a morir de aburrimiento.

La tarde en que bajaron a la playa por primera vez, el choque perceptivo alcanzó su clímax. Manuela lo llevaba cogido del brazo, guiándolo por la pasarela de madera que cruzaba la arena. Frente a ellos se extendía la inmensidad del mar Mediterráneo.

Para el resto de los turistas, el mar era un vaivén relajante de olas azules que morían en la orilla; para Edelmiro, el mar era una escultura de hielo rota, un bloque estático y grisáceo que cambiaba de forma mediante fogonazos secos. El sonido del oleaje —el rugido constante del agua al romper y la resaca de las piedras— llegaba a sus oídos con total nitidez, pero sus ojos desmentían al oído, mostrándole una fotografía congelada donde las crestas de espuma blanca permanecían suspendidas en el aire como garras de granito.

Aquella contradicción sensorial le provocó una crisis de pánico. Se soltó del brazo de su esposa, dio un paso en falso y cayó sobre la arena húmeda, tapándose los ojos con las dos manos manchadas de salitre.

—¡Sácame de aquí, Manuela! —gritó, con una voz rasgada por la impotencia de quien se sabe vencido por su propia biología—. ¡Que el agua no se mueve! ¡Que está muerta! ¡Esto no es el mar, esto es un infierno de cristales! ¡Llévame al pueblo, por lo que más quieras, llévame con mis robles, que esos al menos sé que no tienen por qué moverse!

Manuela se arrodilló a su lado en la arena, limpiándole el rostro con un pañuelo de tela. Lo abrazó con fuerza contra su pecho, dejando que el llanto del viejo ganadero se mezclara con el rumor del oleaje malagueño. En ese abrazo, rodeados de jubilados del IMSERSO que miraban la escena con una mezcla de lástima y extrañez, Edelmiro comprendió que las dehesas de El Robledo se habían cerrado para siempre y que su única linde segura, el único territorio donde el movimiento no importaba, era la voz y el cuerpo de la mujer que lo había amado en mitad del silencio de Extremadura.



Septiembre de 2026.


La luz del otoño extremeño cae con una tibieza mortecina sobre el patio interior de la casa. El jaleo de las fiestas del pueblo se escucha lejano, amortiguado por los gruesos muros de piedra de la vivienda. Sentado en su mecedora de mimbre, con una manta ligera sobre las piernas a sus setenta y tres años, Edelmiro disfrutaba del frescor de la tarde.

Su rostro es un mapa de arrugas labradas por el sol del campo y los años de brega, pero la expresión de rabia y la fijeza paranoica de sus ojos han dado paso a una calma mansa, una aceptación pacífica y madura de su geografía cerebral. Ya no lleva la vara de acebuche en la mano; ahora sostiene un transistor antiguo que emite una copla de fondo a bajo volumen.

A su lado, Manuela teje un jersey de lana sentada en una silla de enea, moviendo las agujas con un ritmo que Edelmiro ya no intenta seguir con los ojos. En el suelo, junto a sus pies, descansaba un perro pastor viejo que dormita al sol.

El tiempo y la rehabilitación neuropsicológica en Plasencia han obrado el milagro de la estabilización. Edelmiro ya no lucha contra las fotografías congeladas de su cerebro; ha aprendido a habitar los fotogramas fijos con la misma naturalidad con la que antes recorría El Robledo. Su mente ha desarrollado una estrategia de compensación táctil y auditiva excelente: utiliza el sonido de las agujas de Manuela para saber dónde esta su esposa y el ladrido del perro para guiarse por el corral de la vivienda.

La puerta del patio se abre y sus hijos, Gabino y Chencho, entran cargando una caja de higos pasos y unos quesos de cabra que han comprado en el mercadillo de Plasencia.

—Buenas tardes, papa. Mira lo que te traemos —dijo Gabino, dejando la caja sobre la mesa auxiliar con un golpe seco que Edelmiro registró mediante el oído.

—Huelen a campo del bueno, muchachos —respondió, con una voz pausada, limpia y desprovista del antiguo rencor—. Dejadlos ahí, que luego les daremos cuenta con un vaso de vino de pitarra.

Chencho se acerca a su padre y le da un apretón cariñoso en el hombro. El hacha de guerra familiar por la venta de las avileñas se había enterrado hacía años; los hijos saben que la jubilación forzosa, aunque dura, ha salvado la vida de su padre de un atropello seguro en mitad de las dehesas.

Edelmiro extendió su mano derecha hacia la mesa, localizó la taza de café guiándose por el aroma caliente y da un trago corto con un pulso sorprendentemente firme. Mira hacia el cielo del patio, donde unos pájaros cruzan el espacio. Para él, las aves no vuelan; son manchas oscuras y estáticas suspendidas en diferentes puntos del azul, como notas musicales escritas en un pentagrama invisible. Sonríe para sí mismo, con la tranquilidad de quien ya no necesita que las cosas se muevan para saber que existen. Su mundo se ha detenido físicamente en los laboratorios de Plasencia, pero en mitad de la paz de su hogar, rodeado de su mujer, de sus hijos y de sus recuerdos limpios, sabe perfectamente que el viaje de su vida ha llegado, por fin, a su fotograma más hermoso, real y definitivo.


©Franizquiero