sábado, 18 de abril de 2026

Antes los locos perdían la cabeza, ahora la suben al feed


 

El Caballero de la Triste Tasa de Conversión 

Escrito el 17 de abril de 2026

En un lugar del algoritmo, de cuyo nombre no quiero acordarme —porque cambia según la tendencia del día—, vivía no ha mucho un hidalgo de los de sudadera vieja, gafas de realidad aumentada y móvil siempre al veinte por ciento de batería.

Llamábase don Quijote de la Nube, y había perdido el juicio no por leer libros de caballerías, sino por consumir, sin descanso, contenido de hilos interminables sobre criptomonedas, libertad financiera y teorías que prometían despertar de una Matrix que nadie sabía muy bien cómo abandonar.

Ya no distinguía entre lo real y lo viral.

—¡Mira, Sancho! —gritó una tarde, señalando las estructuras metálicas del polígono industrial—. ¿No ves a esos gigantes que devoran la atención de los hombres?

Sancho Panza, repartidor autónomo y filósofo a ratos, detuvo su patinete eléctrico y entrecerró los ojos.

—Señor, que son antenas. Y las vallas son anuncios. Y lo de devorar atención… bueno, eso sí, pero lo llaman marketing.

Don Quijote negó con solemnidad.

—Eso diría un hombre encantado por el algoritmo.

Y sin más, montó su iPhone en un estabilizador, como quien ensarta una lanza en la historia, y cargó contra la antena mientras transmitía en directo.

El vídeo alcanzó miles de visualizaciones. La multa, también.

—Esto no es castigo —declaró mientras lo subían al coche patrulla—. Es cancelación. Y la cancelación es la prueba de que voy por el buen camino.

Sancho no respondió. Estaba calculando cuántos pedidos necesitaría para pagar aquello.


La historia no terminó allí. Como todo contenido que aspira a la trascendencia, mutó.

Porque había en el corazón de don Quijote una dama.

No de carne y hueso, sino de píxeles y filtros.

Aldonza Lorenzo, conocida en redes como DulcineaFit, era una micro-influencer de estilo de vida saludable. En sus publicaciones, el sol siempre brillaba, el café siempre humeaba en tazas perfectas y la vida parecía un retiro permanente en alguna isla remota.

Don Quijote le escribía poemas en los comentarios.

Largos. Intensos. Ignorados.

Pero él interpretaba el silencio como virtud.

—Es su castidad digital —decía—. Su pureza no se rebaja al ruido vulgar de las respuestas.

Sancho, que no creía en milagros sin factura, descubrió la verdad por casualidad. Un día, entregando un pedido, vio a Dulcinea.

Sin filtros.

Discutía con un vecino porque no le dejaba grabar un vídeo en el portal. Llevaba ropa vieja, el pelo recogido sin cuidado y un cansancio que ninguna aplicación podría borrar.

Sancho intentó explicárselo.

—Señor, que la he visto. Que no es como en las fotos.

Pero don Quijote, firme en su delirio, respondió:

—Lo que viste fue un encantamiento. Un filtro de realidad impuesto por trolls malignos.

Y así, Dulcinea siguió siendo perfecta, porque nunca tuvo que existir.


Pasaron las semanas.

El algoritmo, como un dios caprichoso, dejó de favorecer a don Quijote. Sus vídeos ya no se veían. Sus discursos caían en el vacío. Su cruzada perdió audiencia.

Y sin audiencia, incluso la locura pierde fuerza.

Un día, sin anuncio ni despedida, desapareció.

Sancho siguió con su vida, entre pedidos, propinas escasas y notificaciones constantes.

Hasta que una tarde decidió buscarlo.

Lo encontró en el porche de una casa modesta, mirando el atardecer.

Sin móvil.

Sin gafas.

Sin directo.

—¿Cómo va la vida desconectada? —preguntó Sancho.

Don Quijote sonrió.

—Al principio pensé que era un fallo del sistema. Buscaba notificaciones en las nubes… pero luego entendí algo.

Hizo una pausa, como quien mide sus palabras sin necesidad de optimizarlas.

—Que ver es más difícil que ser visto.

Sancho se sentó a su lado.

Durante unos segundos, el mundo no vibró, no pitó, no exigió atención.

Luego, inevitablemente, miró su móvil.

—Dulcinea ha publicado —dijo—. Se retira al campo para encontrarse a sí misma.

Don Quijote soltó una risa tranquila, sin ironía ni rabia.

—Ojalá tenga suerte.

Miró al horizonte, donde el sol desaparecía sin audiencia.

—Yo ya me encontré. Y no necesita cobertura.

Sancho guardó el móvil.

No por convicción, sino por contagio.

Compartieron un trozo de queso, el aire limpio y un silencio extraño, casi incómodo al principio… pero verdadero.

Y por primera vez en mucho tiempo, nada de aquello necesitó ser contado.

Ni grabado.

Ni aprobado.

Ni visto.