Las cosas del querer...
Como cada domingo, ambos bregaban desesperadamente campo a través, en sentidos contrarios, desde sus respectivas dehesas.
Desde Navalonguillas de Arriba partía Ambrosia, la hija de los guardeses, desdentada y contrahecha. Desde Navalonguillas de Abajo avanzaba el primogénito del mayoral, Macario, el jorovino, tuerto y tullido. Se movían todo lo rápido que sus cuerpos mermados les permitían.
En cuanto alcanzaban la cima del altozano, frontera entre ambas fincas, el brillo de sus ojos superaba al del mismo sol. El ritmo de sus latidos se elevaba entonces como el de los colibríes.
Para él, aquel encuentro no suponía más que la posibilidad de echar un par de caliqueños. Para ella, en cambio, su afligido mundo dejaba de girar. Al aferrarse a palo seco a los labios de él, Ambrosia comenzaba a flotar. Era como si el suelo se fracturara bajo sus pies contraídos para que nada más importara.
Lo hacía a pesar de todo. Lo hacía siendo plenamente consciente de lo poco, o nada, que significaba para aquel «fastuoso» galán.
