miércoles, 1 de abril de 2026

Exteriorizar lo que albergamos en el interior...


 

Escrito en 2013, revisado el 31 de marzo de 2026

Hay veces que, después de haber mantenido una larga conversación —vía Internet—, surgen en mí ciertas dudas sobre lo ocurrido. Quiero decir con esto que bien podría tratarse de una máquina al otro lado de la pantalla, una que se limita a hacer posible que la conversación sea coherente y correspondida, como si realmente hubiese una persona esperando mis preguntas para responderlas con toda la humanidad posible.

Hoy he estado conversando con alguien que, aparentemente, tiene muchas cosas en común conmigo. Hemos dejado la conversación a medias, ya que, además de que no debemos ocupar todo nuestro tiempo en este medio, ambos tenemos otros quehaceres diarios que atender.

Todo surge casi por arte de magia: coincides en un sitio —chat, foros…—, lanzas un saludo y, en este caso concreto, la respuesta llega al día siguiente. Si se da la casualidad de que esa persona está conectada, es entonces cuando comienza todo.

Desde el principio percibes que, a pesar de la fluidez en las palabras y la comprensión, existe cierta desconfianza por parte del otro. Una desconfianza que, poco a poco, se va desvaneciendo.

Según me cuenta, piensa que todos los hombres entran en estos espacios buscando algo pasajero; que, en el fondo, todos vienen a lo mismo. Sin embargo, dice haber encontrado a alguien diferente, alguien que le ha hecho replantearse esa idea. Se ha sentido sorprendida por el desarrollo de la conversación, por la naturalidad, por la creatividad del interlocutor.

También ha observado que mi presencia en estos lugares responde más a una necesidad de entretenimiento y expresión: conversar, escribir en foros o incluso crear algún vídeo y compartirlo en YouTube. Lo entiende como una forma de ofrecer a los demás aquello que uno vive, siente y piensa sobre la vida y todo lo que le rodea.

No comprende por qué tantas personas callan lo que sienten, cuando compartirlo podría ayudar a otros a entender qué es lo que les habita por dentro, qué es lo que les pesa o les impide, en muchos casos, disfrutar plenamente y ser felices.

Cree que compartir es crecer. Que hacerlo llegar a los demás favorece el desarrollo personal y la convivencia. Que, en el fondo, no somos más que un “yo” en plural:

«Si soy feliz, ellos también; y si ellos son felices, también lo soy».

Es consciente de que algo así se está perdiendo en una sociedad cada vez más individualista, donde el hecho de no depender de nadie parece haberse convertido en norma. Y, sin embargo, este medio permite algo curioso: el diálogo entre desconocidos. Un encuentro que, posiblemente, a pie de calle no se daría, entre otras cosas porque la sociedad aún considera extraño —o incluso inapropiado— que una mujer se detenga a conversar con un desconocido, como si en ello hubiese algo impropio o sospechoso.

Desconozco si volveré a coincidir con esta persona.

Pero aprovecho desde aquí para darle las gracias: a ella, por haber compartido su tiempo conmigo; y al medio, por haber hecho posible el encuentro.