sábado, 11 de julio de 2026

Capítulo 3, episodio 1, CICATRICES DE DOBLE FILO

 


Capítulo 3





1





Tres años después.

Culminado el invierno, la primavera incitaba a la ciudadanía a concurrir a jardines y retiros para disfrutar de los complacientes rayos de sol durante los escasos días en que el chirimiri se tomaba unas horas de asueto.

Una de esas tardes, José Carlos correteaba por el Parque de Doña Casilda Iturrizar —un jardín de estilo inglés ubicado en el distrito de Abando que lleva el nombre de la ilustre viuda que donó los terrenos al Ayuntamiento de Bilbao en 1907—, cuando alguien se interpuso bruscamente en su camino.

—¡Ahí va la hostia, tío! ¡Cómo has cambiado, JC! —exclamó el intruso, sin dejar de reír.

El deportista se detuvo en seco y, manteniendo el trote estático para no enfriar las piernas, se encogió de hombros con desconfianza. Le indicó con la mirada que no sabía de qué le hablaba, al tiempo que olisqueaba instintivamente el aire con la intención de descubrir de dónde procedía aquel desconocido y dulzón olor que lo envolvía todo.

—¿No te acuerdas de mí?

—No, la verdad es que no. Posiblemente me estés confundiendo con alguien.

—Físicamente has mejorado la hostia, pero tu forma de correr es inconfundible —explicó el chico, soltando una carcajada—. ¿En serio que no te acuerdas de mí, tío?

José Carlos negó con la cabeza, manteniendo la distancia.

—Soy Eneko Gorostiza...

José Carlos dio un salto hacia atrás. Dejó por fin de mover las piernas y, tras adoptar una posición defensiva con los puños apretados y el pecho inflado, soltó con rabia:

—¿Y qué coño quieres ahora, hijo de puta? —La hiel le inundó la boca al recordar de golpe el humillante recibimiento que aquel individuo le había dispensado en su primer día de colegio.

Eneko se quedó perplejo durante unos segundos ante aquella violenta reacción.

—¡Tranqui, tío! Que voy de buen rollo —advirtió, levantando las manos y esbozando una sonrisa conciliadora—. En primer lugar, me gustaría pedirte perdón por lo mal que nos portamos contigo entonces; y, en segundo, presentarte a mis colegas —añadió, señalando hacia un banco cercano, envuelto en una densa nube de humo, donde estaban sentados un chico y tres chicas de su misma edad.

José Carlos bajó lentamente la guardia. Sopesó durante unos segundos eternos si aceptaba o declinaba el ofrecimiento mientras el pulso se le iba asentando.

«¿Qué pierdo con decirle que sí? ¿Y si estoy desperdiciando la única ocasión de tener amigos? Si pienso que toda persona merece una segunda oportunidad, ¿qué me impide dársela a este...? No sé ni cómo llamarle».

—Chicos, os presento a José Carlos —anunció Eneko en cuanto llegaron junto al banco.

—Hola, yo soy Itziar —saludó, poniéndose en pie de inmediato, una joven rubia de aspecto agradable y complexión delgada que no se esforzó en contener el entusiasmo.

José Carlos se acercó a ella. Tras comprobar que aquel aroma penetrante estaba impregnado incluso en la ropa de la joven, le plantó dos besos en las mejillas. Del mismo modo fueron presentándose el resto de los integrantes del grupo, rompiendo el hielo.

—¿A dónde vas tan deprisa, colega? —curioseó Irune entre risas. Era una chica agraciada, de rojizos cabellos, ojos claros y labios voluptuosos. Se había sentido atraída al instante por el porte físico de aquel muchacho al que, minutos antes, había catalogado mentalmente como un pendenciero por la actitud defensiva que había mostrado ante Eneko.

—A ningún sitio en concreto, la verdad. ¿Por?

—Pues siéntate un rato con nosotros —invitó, entre toses, Kepa, un joven fornido de pelo negro y semblante risueño.

Irune y Nekane se hicieron a un lado para dejarle sitio junto a Itziar, mientras Kepa se acomodaba estratégicamente sobre uno de los extremos del respaldo del banco y Eneko permanecía de pie frente a todos, cruzado de brazos.

Al cabo de un buen rato, intercambiando impresiones sobre cómo les había ido la vida a quienes tiempo atrás habían sido víctima y verdugos, José Carlos notó que tanto las palabras de Eneko como aquel olor embriagador que tanto le había llamado la atención habían dejado de incomodarle. El ambiente era extrañamente cálido.

—¿Quieres? —consultó Nekane, ofreciéndole el humeante cigarrillo aliñado sin dejar de sonreír.

José Carlos esbozó una sonrisa tímida y aceptó el canuto, a pesar de no haber fumado en su vida. Una vez lo tuvo entre los dedos, se limitó a imitar lo que había visto hacer a las chicas. Con la primera calada profunda, notó un picor de garganta tan descomunal que un violento ataque de tos lo sacudió por completo, haciéndole saltar las lágrimas.

—Es que... hace mucho que no fumo —se justificó, colorado como un tomate, tratando de recuperar el aliento.

—Da igual que lleves mucho o poco tiempo sin hacerlo —respondió Nekane con sorna, apoyando con confianza la cabeza sobre el hombro del principiante—. Ya has visto que a nosotros también nos pega a veces.

Y entre risas, confidencias y un compadreo que José Carlos jamás había experimentado, la tarde dio paso a la noche sin que ninguno de ellos se percatara del avance de las horas.

Un rato después, tras despedirse efusivamente de la cuadrilla con la promesa de volver a verse, José Carlos emprendió el camino de regreso a casa. Sus pasos eran ligeros, casi flotantes. Incluso llegó a alegrarse internamente de los malos tragos acontecidos años atrás en la escuela; de no haber sido por aquello, quizá no se sentiría tan dolorosamente a gusto como se había sentido esa tarde. Había encontrado un lugar al que pertenecer.

Al entrar en el portal de la plaza Moraza, la euforia hizo que comenzara a subir las escaleras de tres en tres, con una energía renovada.

—¿Dónde has estado hasta estas horas? —inquirió María en cuanto escuchó el tintineo de las llaves y lo vio cruzar el umbral.

—Me he entretenido con unos amigos —respondió él, soltándolo sin pensar y con los ojos ligeramente enrojecidos.

María guardó silencio, mirándolo con una mezcla de intriga y alivio. Era la primera vez en años que su hijo pronunciaba la palabra «amigos».

—¿Qué hay para cenar, mamá?

—Si tienes prisa, puedes coger el pescado encebollado que ha quedado y el flan de piña de la nevera. Si esperas un poco, termino de freír estas salchichas con patatas.

—Está bien, me comeré el pescado.

Abrió el frigorífico de golpe, se acomodó en un taburete frente a la encimera y comenzó a devorar la cena con una ansia ciega, como si arrastrase un hambre de quince días. María lo observaba estupefacta, en silencio.

José Carlos acabó con todo en un abrir y cerrar de ojos, limpiando el plato con el pan. Se levantó y, tras despedirse con un escueto «Hasta mañana», se dirigió hacia su habitación con la firme intención de desplomarse en la cama.

Sin embargo, un rato después, arrastrado por un impulso insaciable, regresó sigilosamente a la cocina, se sirvió una generosa ración de las salchichas con patatas que su madre había terminado de cocinar y volvió a recluirse en su cuarto.

«Supongo que esto será por lo que he fumado con esta gente», pensó mientras engullía a oscuras, siendo plenamente consciente de que, además de las risas bobas, aquella sustancia despertaba en su cuerpo una extraña y placentera sensación de bienestar absoluto, coronada por una hambruna descomunal.

Ante aquella actitud tan poco habitual, pero viendo que al menos parecía extrañamente feliz, María optó por no importunarle con preguntas y regresó al salón para continuar viendo la televisión.