Escrito el 12 de septiembre de 2011- revisado en febrero de 2026
Es curiosa la diferencia que existe entre unas personas y otras, ahora que parecen estar de moda infinidad de formas de practicar cualquier actividad. Vivimos en la era de lo desmesurado, de lo grande, de lo imprescindible que ayer no lo era.
Comenzaré por algo sencillo: el hábito de salir a pasear para mantenerse en forma. Como dice el refrán, «el que mueve las piernas mueve el corazón». Siempre que puedo salgo a caminar largos recorridos de diez o doce kilómetros. No solo ayudan al sistema circulatorio; también despejan la mente. Cuando camino, reflexiono sobre lo que estoy viviendo. Y, lo más curioso, incluso de las situaciones desagradables suelo rescatar algo positivo. Caminar, para mí, es también una forma de ordenar pensamientos.
Me llama la atención la diversidad de personas con las que me cruzo. Algunos simplemente salimos con calzado cómodo, ropa corriente y, por lo general, en soledad. Otros, en cambio, prefieren la compañía y un despliegue casi estratégico de accesorios: radio con auriculares sujeta al brazo, pulsómetro en la otra muñeca, reloj que contabiliza los kilómetros, banda en la frente para el sudor, prendas técnicas diseñadas para optimizar el rendimiento y zapatillas específicas para cada modalidad.
A grandes rasgos, y sin necesidad de calculadora, el equipamiento para una simple caminata puede superar con facilidad los mil euros. Lo paradójico es que, en muchas ocasiones, el tema principal de conversación gira en torno a lo mal que está la vida y a lo caro que está todo.
Mientras tanto, otros caminamos con los oídos descubiertos, atentos al sonido de los vehículos, de los pájaros o del río. Dejamos que sea el pensamiento quien marque el ritmo. Observamos el mundo y nos preguntamos en qué momento confundimos necesidad con exceso.
He utilizado el paseo como ejemplo, pero podría aplicarse a casi cualquier aspecto de nuestra vida cotidiana: los viajes, los vehículos, las viviendas… Parece que la medida del bienestar se calcula en función de lo que se posee y no de lo que se vive.
Quienes ostentan el poder comparten con los consumistas, al menos, dos rasgos evidentes: aspirar a tener lo mejor y lo más caro, y, si es posible, más que los demás.
Al final, todo se reduce a una elección: vivir para tener, o vivir para ser. Yo, mientras pueda, seguiré caminando.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------"Vivir para ser" es una filosofía de vida que prioriza la autenticidad, el autoconocimiento y el crecimiento personal por encima de la acumulación de bienes materiales ("tener") o el cumplimiento de expectativas externas ("agradar").
Este concepto suele abordarse desde tres pilares fundamentales:
Vivir desde el Ser vs. Tener: Significa que el valor de una persona no reside en sus posesiones o títulos, sino en su conexión interna y esencia.
Autenticidad: Implica dejar de vivir para ser percibido por otros o para complacer a los demás, estableciendo límites que protejan la propia integridad.
Propósito y Trascendencia: Encontrar un sentido que permita la realización de los objetivos del ser, lo cual a menudo se vincula con la felicidad y la plenitud.
Claves para aplicar esta filosofía
Para transitar hacia una vida enfocada en el "ser", expertos y estudios sugieren diversas estrategias:
Conexión interna: Practicar el mindfulness para vivir en el presente y reconocer los deseos propios frente a los impuestos.
Relaciones de calidad: Según el Estudio de Harvard sobre el Desarrollo Adulto, los vínculos humanos sólidos son el factor más determinante para una vida plena.
Servicio altruista: Como mencionaba la Madre Teresa de Calcuta, "quien no vive para servir, no sirve para vivir", sugiriendo que el ser se expande a través de la entrega a los demás.
Autocuidado emocional: Aprender a decir "no" y dejar de buscar validación externa para evitar el autoabandonó emocional.
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