Concluido el protocolo de registro y admisión, Antonio fue conducido al módulo de preventivos. Allí fue alojado en una celda de ingresos donde permanecería varios días mientras se completaban los trámites de clasificación y adaptación al centro.
No paraba de darle vueltas a la cabeza tratando de comprender por qué estaba allí. Al fin y al cabo, lo único que había hecho era defender a Teresa. Sí, le había golpeado, pero le resultaba imposible aceptar que unos cuantos puñetazos hubiesen acabado con la vida de un hombre.
Superado aquel periodo inicial, una mañana escuchó el sonido metálico del cerrojo. La pesada puerta se abrió de golpe.
—Antonio, recoge tus cosas y sígueme —ordenó un funcionario con voz grave—. Y no te olvides la almohada ni las sábanas. ¡Joder!, que eso ya tendrías que saberlo.
—Perdone. Es mi primera vez...
—¡Termina de una p... vez! No tengo toda la mañana para escucharte.
Después de atravesar varias puertas y otros tantos controles de seguridad, el funcionario se detuvo frente a la celda 42, la que le había sido asignada.
—Venga, deja tus bártulos y acompáñame hasta el patio.
Antonio obedeció en silencio.
—¿Tú eres así de tonto o me estás vacilando?
—Perdone, pero no sé qué me quiere decí...
—¡Qué cojas los cubiertos, hostias! ¿O vas a comer con las manos?
Antonio se dio media vuelta y recogió la pequeña bolsa que contenía sus cubiertos. Después siguió al funcionario sin atreverse a pronunciar una sola palabra más.
«Chulo de mierda. Ya me gustaría ver si en la calle tiene tantos cojones este hijo de p...», pensó mientras sentía cómo la impotencia se abría paso en forma de lágrimas por su rostro.
Durante un par de horas paseó solo por el patio, cabizbajo y perdido entre sus pensamientos.
«Esto no puede sé cierto. Seguro que al final s'han confundido y no s'ha muerto. Si tampoco le pegué tan fuerte... ¿cómo va a sé posible matá a alguien con tres o cuatro puñetazos?»
Se repetía aquellas preguntas una y otra vez, buscando una explicación que le permitiera comprender la situación.
A las doce y media, una sirena resonó por todo el recinto. Antonio observó cómo los demás reclusos comenzaban a desplazarse en la misma dirección y decidió seguirlos. Apenas unos minutos después se encontraba formando en una larga fila donde todos permanecían en silencio.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó en voz baja al interno que tenía a su lado.
—Nada, tranquilo. Antes de comer nos hacen formar para el recuento.
—Gracias, muchas gracias, amigo.
—Juan. Me llamo Juan.
—Yo, Antonio.
Finalizado el recuento, los internos fueron entrando en el comedor por filas. Las enormes mesas se llenaron rápidamente y, tras la comida, la mayoría regresó al patio.
—¿No vas a tomar café? —preguntó Juan.
—¿Pero se puede tomá café aquí?
—Sí. Ahora abrirán el economato. Allí puedes comprar tabaco, refrescos, cuadernos, bolígrafos, sobres para cartas...
—Ya, pero no tengo dinero.
—¿No tienes nada en peculio?
—¿Eso qué es?
Juan sonrió.
—Si trajiste dinero al entrar, deberían habértelo explicado. El peculio es como el banco de la cárcel. Aquí no manejamos dinero de verdad. Te entregan unos cartones con distintos valores y con ellos compras lo que necesites.
—No me dijeron na.
—Pues pregunta mañana. Hoy están de servicio algunos funcionarios que tienen mala leche hasta para respirar.
—Sí, de eso sí m'he dáo cuenta. ¿Me puedes invitá a un café? Te prometo que te lo devolveré cuando pueda.
—No te preocupes. No hace falta que prometas nada por veinte pesetas.
—Entonces, ¿cómo puedo cambiá el dinero por esos cartones?
—Basta con que se lo pidas a cualquier funcionario. Pero ya te digo que mejor mañana.
Antonio asintió agradecido.
—Ahora sonará otra vez la sirena —continuó Juan—, pero no te asustes. Es para volver al chabolo.
—¿Al chabolo?
—Sí, coño. A la celda.
Antonio sonrió por primera vez desde que había entrado en prisión.
—Ya veo que, además de adaptarme al lugá, tendré que aprendé otro idioma.
—No te preocupes. En unos días hablarás como todos nosotros.
Guardaron silencio unos instantes.
—Además —añadió Juan—, según he oído por ahí, vienes para una larga temporada.
La sonrisa desapareció inmediatamente del rostro de Antonio.
A las dos y media sonó de nuevo la estridente sirena. Los internos abandonaron el patio y comenzaron a desfilar por los amplios corredores de manera apresurada, aunque sin llegar a correr. En prisión estaba prohibido hacerlo.
Antonio avanzaba entre la multitud cuando una voz conocida lo hizo detenerse en seco.
—¡No me lo puéo creé! ¿Qué haces tú por aquí, Antonio?
Antonio giró la cabeza y, al reconocer a quien le hablaba, una sonrisa iluminó su rostro.
—¡Hombre, Chuchi! ¡Qué alegría más grande! ¡Cuánto tiempo sin veros por Plasencia!
—Si no recuerdo mal, unos tres años más o menos.
—¡Joder, qué memoria tienes, tío!
—No es memoria, colega. Es el tiempo que llevamos aquí dentro mi hermano y yo.
Antonio bajó la vista durante unos segundos.
—No sabía que seguíais encerrados.
—Y lo que nos queda.
Caminaron juntos unos metros.
—¿En qué chabolo estás? —preguntó Chuchi.
—En la celda cuarenta y dos.
—¡No me jodas!
—¿Qué pasa? ¿Es mala?
—Qué va. Es la nuestra.
—¡Ah!, pues mejor entonces. Así no estaré solo.
Chuchi soltó una carcajada.
—No te hagas ilusiones. Nosotros apenas paramos allí. Solo vamos para la siesta y para dormir.
—¿Y el resto del día?
—Estamos en los talleres.
—¿Y eso merece la pena?
—Claro que sí. Trabajamos, ganamos unas pesetas para nuestros gastos y, además, ocupamos la cabeza. Aquí dentro eso vale más que el dinero.
Antonio asintió lentamente.
—Tú también deberías apuntarte cuando puedas.
—Ya veremos.
Al llegar a la galería, los funcionarios comenzaron a cerrar las puertas una tras otra.
Durante la hora de descanso, Antonio aprovechó para conversar con Chuchi, su hermano y el tercer ocupante de la celda. Hablaban en voz baja, compartiendo recuerdos de los tiempos en que coincidían por Plasencia y los pueblos de la comarca.
Aquellas conversaciones se convirtieron en uno de los pocos momentos agradables de sus primeros días de encierro.
El tiempo siguió avanzando al ritmo habitual. Sin embargo, para Antonio cada jornada parecía durar una eternidad.
Aunque tenía la sensación de llevar allí media vida, apenas había transcurrido un mes desde su ingreso.
Aquella mañana se levantó especialmente nervioso.
Le habían concedido un vis a vis con Teresa.
Desde primera hora aguardó impaciente a que su nombre resonara por la megafonía del centro.
Cuando por fin la vio aparecer al otro lado de la puerta, ambos corrieron a abrazarse.
Permanecieron varios minutos sin decir una sola palabra.
No les hacía falta.
Los dos sabían cuánto se habían echado de menos.
El tiempo pareció detenerse mientras permanecían abrazados, sintiendo el calor y la cercanía que tanto habían añorado durante aquellas semanas.
Después llegaron las caricias, los besos y las palabras susurradas al oído.
Durante dos horas intentaron olvidar dónde se encontraban y disfrutaron de una intimidad que la prisión les negaba el resto del tiempo.
Cuando ya apenas quedaban unos minutos para finalizar la visita, una voz sonó al otro lado de la puerta.
—Vamos, id terminando. El tiempo se acaba.
Antonio dejó escapar un suspiro.
—¡Jodé! Qué rápido pasa el tiempo cuando se está bien.
—No te preocupes, cariño —respondió Teresa acariciándole el rostro—. Nos han dicho que podré venir todas las semanas.
—¿Has venio sola, mi niña?
—No. Tu padre ha venido conmigo, pero se ha quedado fuera. Como el vis a vis lo solicitaste para estar conmigo...
Antonio asintió.
—¿Cómo está?
—Preocupado por ti. Igual que todos.
La voz del funcionario volvió a escucharse.
—¡Vamos! ¡Se acabó!
La despedida resultó tan dolorosa como el reencuentro había sido feliz.
Se abrazaron una última vez y Teresa abandonó la sala sin volver la vista atrás.
Antonio permaneció inmóvil unos segundos observando la puerta cerrada.
Después regresó lentamente al patio.
Por primera vez desde que había entrado en prisión comprendió realmente lo que significaba estar privado de libertad.
La soledad cayó sobre él con más fuerza que nunca.
Tres meses después
El cielo amaneció tan gris como el plomo. Antonio aguardaba sentado en un banco del patio, pendiente de la megafonía. Aquel día volvía a tener vis a vis con Teresa y, aunque intentaba aparentar tranquilidad, los nervios lo consumían por dentro.
Cuando por fin escuchó su nombre, se dirigió apresuradamente hacia el departamento de comunicaciones.
Nada más verla comprendió que algo no iba bien.
Teresa sonreía, pero aquella sonrisa parecía forzada.
—¿Qué te pasa, mi niña?
—No lo sé, cariño. Cada vez es más desagradable venir aquí.
—¿Por qué?
—Hoy me han cacheado de arriba abajo. Incluso me han hecho desnudarme antes de entrar.
Antonio apretó los puños.
—¡Hijos de p...!
—No te pongas así.
—¿Cómo quieres que me ponga? Bastante tengo yo aquí dentro como para que encima te humillen a ti.
Teresa trató de tranquilizarlo acariciándole la mano.
—No pasa nada. Ya estoy aquí contigo.
Antonio guardó silencio durante unos segundos.
—¿Ha ocurrio algo fuera que yo no sepa?
—No. Todo sigue más o menos igual.
Ella evitó mirarle directamente a los ojos.
Todavía no se sentía capaz de contarle lo del Mercedes incendiado apenas unas horas después de su ingreso en prisión.
Antonio cambió de tema.
—¿Cuánto m'has dejao en peculio?
—Quince mil pesetas.
—Eso no me llega.
Teresa frunció el ceño.
—¿Cómo que no te llega?
—Necesito más dinero.
—Es el máximo que puedo ingresar este mes.
—Pues mete más a nombre del Chuchi y de su hermano. Luego ellos me lo darán.
—Está bien... si de verdad lo necesitas.
—Lo necesito.
La respuesta llegó demasiado deprisa. Teresa lo observó con atención. Había algo extraño en él. Más nervioso. Más irritable. Más distante. Como si una parte de Antonio hubiera comenzado a quedarse atrás.
—¿Para qué necesitas tanto dinero? —preguntó finalmente.
—Aquí dentro to cuesta dinero. Más vale tener de sobra que andar pidiendo favores.
La explicación sonó razonable, aunque no terminó de convencerla.
—Está bien, cariño. No he venido hasta aquí para discutir.
Antonio bajó la mirada. Inmediatamente se sintió culpable.
—Perdóname, mi niña. Es que llevo una temporá complicá.
Teresa le acarició la mejilla.
—Lo sé.
Durante el resto de la visita intentaron disfrutar el uno del otro. Sin embargo, algo había cambiado.
La tensión acumulada, la ansiedad y el deterioro emocional comenzaban a pasar factura.
Cuando terminaron de despedirse, Teresa abandonó el centro penitenciario con una sensación de inquietud que no conseguía quitarse de encima.
Las noches se hicieron cada vez más largas para Antonio. Dormía mal. Comía sin ganas. Y pasaba horas enteras dando vueltas por el patio o tumbado en la litera mirando al techo. La prisión parecía haber detenido el tiempo para todos excepto para él. Fue entonces cuando comenzó a juntarse con algunos internos que fumaban hachís y marihuana.
Al principio rechazó sus invitaciones. Después aceptó una calada. Más tarde otra. Y otra más. Durante unas semanas creyó haber encontrado una solución. Cuando fumaba, las preocupaciones parecían alejarse. Reía. Dormía mejor. Y conseguía olvidar por unas horas los barrotes, los cerrojos y la distancia que lo separaba de Teresa. Pero aquel alivio era pasajero. Cada vez necesitaba más para sentirse igual. Y cada vez se encontraba peor cuando el efecto desaparecía. Sus cambios de humor comenzaron a hacerse evidentes. Un día estaba eufórico. Al siguiente apenas pronunciaba una palabra. Ni siquiera la música que escuchaban algunos internos conseguía levantarle el ánimo. Fue entonces cuando uno de los presos le ofreció probar algo más fuerte.
—Esto sí que te hará olvidarte de todo.
Antonio dudó.
Sabía perfectamente de qué se trataba. Había oído hablar de la heroína durante años. Conocía historias. Había visto cómo terminaban algunos. Pero también sabía que ya no era capaz de soportar la angustia que llevaba dentro. Aquella noche aceptó. Al principio la consumió fumada. Solo de vez en cuando. Convencido de que podía controlarlo. Convencido de que a él no le ocurriría lo mismo que a los demás. Se equivocaba. Poco a poco empezó a necesitarla para dormir. Después para levantarse. Más tarde para soportar el paso de las horas. Y cuando quiso darse cuenta, había dejado de consumir para sentirse bien. Consumía simplemente para no sentirse mal. La dependencia se instaló en su vida con una rapidez que jamás habría imaginado. Sin embargo, el peor problema aún estaba por llegar. Cada dosis costaba dinero. Y cada semana necesitaba más que la anterior. La necesidad de dinero fue aumentando al mismo ritmo que el consumo. Al principio bastaban unas pocas pesetas para calmar la ansiedad. Después dejó de ser suficiente. Cada semana necesitaba más. Y cada semana encontraba una nueva excusa para justificarlo. Teresa tardó poco en darse cuenta de que algo estaba ocurriendo. Las cantidades que Antonio le pedía aumentaban continuamente y sus explicaciones resultaban cada vez menos convincentes. Aun así, siguió ayudándolo. Lo amaba. Y estaba convencida de que, tarde o temprano, todo aquello terminaría. Pero la realidad era muy distinta. Con Antonio entre rejas y los gastos acumulándose, Teresa se vio obligada a tomar decisiones que jamás habría imaginado. Terminó instalándose en casa de José y comenzó a ejercer la prostitución de manera habitual. Al principio intentó ocultárselo. No quería que sufriera. No quería añadir más peso a la carga que ya soportaba. Sin embargo, los meses fueron pasando y mantener aquella mentira se volvió imposible. Una tarde, durante una de las visitas, decidió contárselo. Esperaba que aquello le hiciera reaccionar. Que comprendiera hasta dónde estaban llegando las consecuencias de su comportamiento. Que encontrara motivos para detenerse. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Antonio recibió la noticia como un golpe devastador. Durante varios minutos permaneció en silencio. Inmóvil. Con la mirada perdida. Y cuando por fin habló, apenas logró articular unas palabras.
—No deberías estar haciendo eso.
—¿Y qué otra cosa puedo hacer? —respondió Teresa con lágrimas en los ojos—. Todo el dinero se va en ayudarte.
Antonio bajó la cabeza.
La culpa comenzó a devorarlo por dentro. Sin embargo, lejos de impulsarlo a cambiar, aquella sensación terminó alimentando aún más su dependencia. Cada vez que pensaba en Teresa. Cada vez que imaginaba lo que ella tenía que soportar. Cada vez que recordaba la vida que ambos habían perdido. Necesitaba consumir para escapar de esos pensamientos. Y así, poco a poco, se fue hundiendo más. La música se convirtió en otro de sus refugios. Pero incluso aquello acabó volviéndose contra él. Durante las horas muertas, algunos internos escuchaban cintas de casete una y otra vez. Las canciones de Los Chichos resonaban constantemente entre los muros de la prisión. Temas como Por mi culpa, Ojos negros o Amor de compra y venta parecían describir con precisión todo aquello que estaba viviendo. Antonio escuchaba aquellas letras y sentía cómo se abrían heridas que jamás terminaban de cicatrizar. Pensaba en Teresa. Pensaba en su padre. Pensaba en la vida que había dejado fuera. Y pensaba, sobre todo, en el hombre que había sido antes de entrar en prisión. Un hombre que cada día reconocía menos. Las visitas familiares, lejos de aliviar su sufrimiento, terminaron convirtiéndose en una fuente adicional de angustia. Durante unos minutos podía abrazar a los suyos. Escuchar sus voces. Sentirlos cerca. Pero después llegaba la despedida. Y con ella regresaban el silencio, los barrotes y la soledad. Cada despedida resultaba más dolorosa que la anterior. Cada regreso a la celda era más difícil. Y cada día aumentaba la sensación de que el mundo seguía avanzando sin él. Atrapado entre la culpa, la dependencia y la desesperanza, Antonio comenzó a comprender que la prisión no solo le estaba arrebatando la libertad. También estaba transformándolo en alguien que jamás habría querido llegar a ser.
