martes, 17 de marzo de 2026

A veces, el silencio puede llevar implícita una realidad…


 



Escrito el 19 de agosto de 2015, revisado el 17 de marzo de 2026

Atanasio Buendía Santaolalla era un hombre centenario que, como cada mañana, salió de su casa y dirigió sus pasos hasta la esquina junto al 18 de Julio (Centro de Salud Miranda Oeste). Era algo habitual en él desde hacía más de sesenta años; acudía con el propósito de mirar las esquelas en el cartel anunciador por si acaso aparecía algún conocido y debía asistir a su entierro.

Unos metros antes de llegar al lugar, se extrañó de que junto al tablón informativo se hallaran tantos conocidos. Aligeró el paso con la intención de salir de dudas:

—Buenos días —dijo con voz gastada—. ¿Quién se va hoy para el patatal?

Nadie le respondió. Arremetiendo contra ellos, volvió a preguntar con voz altiva y soberbia. Al obtener la misma respuesta, se posicionó delante de los demás. Al ver la esquela, se quedó atónito; llevándose las manos a la cabeza con ademán de desesperación, gritó más que habló:

—¡Por favor! ¡Decidme que no es cierto lo que ven mis ojos!

Ante la misma respuesta —el silencio—, decidió retornar a su domicilio, cabizbajo y meditabundo, sin despedirse de ninguno de los allí reunidos. Al llegar a su hogar, se dirigió hacia el dormitorio y, una vez allí, se introdujo en el frío y rígido cuerpo que yacía sobre la cama en decúbito supino.