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La noche caía sobre Guayaquil cuando Jefferson maniobraba para estacionar el Datsun junto a un contenedor de basura. María, con la mirada perdida a través de la ventanilla, siguió el caminar de una anciana de largos cabellos plateados que avanzaba hacia ellos con dificultad, apoyándose en un bastón tan curvado que parecía a punto de astillarse.
—Pobre mujer —murmuró María de corazón.
Jefferson giró la cabeza hacia ella, apagando el motor.
—¿Cómo dices?
María señaló con el mentón hacia la acera.
—¿Sabes quién es? —preguntó él con una media sonrisa.
—No, la verdad es que no. ¿Debería?
—Ella es mi madre.
María sintió que la sangre se le subía a las mejillas. Un nudo denso le atenazó la garganta, impidiéndole articular una disculpa a tiempo. Jefferson ya estaba bajando del coche.
—Hola, mamá —dijo él, inclinándose para darle un beso en la mejilla—. ¿Cómo es que andas tan tarde por la calle?
—Salí a botar la basura —respondió la mujer con una voz trémula, áspera y cansada.
—Hola, buenas noches —saludó María con una tímida sonrisa, agitando la mano desde el asiento del copiloto.
La anciana la recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en los hematomas de su rostro. Torció el labio superior en un gesto de profundo desprecio que prefirió guardar para sí misma.
—Bien, subamos a casa, que hay muchos vecinos curiosos por aquí a estas horas.
Al entrar en el portal del edificio, la anciana se asió con fuerza al brazo de su hijo, decidida a dejar claro desde el primer instante quién ejercía el control allí. El viejo ascensor esperaba en la planta baja, quejándose con un chirrido metálico. María se adelantó un par de pasos para abrirles la pesada puerta de reja.
—Gracias —soltó secamente la mujer de modales rudos.
«Esta carajita me quiere arrebatar a mi hijito...», pensó la anciana para sus adentros mientras subían en silencio. «Tiene cara de lagarta. ¡Ja! Si sabré yo el tipo de mañas que tienen esas muchachas».
Al entrar en la vivienda, se dirigieron directamente a la pequeña sala de estar. Jefferson y su madre se acomodaron en el único sofá frente al televisor que parpadeaba sin sonido. María permaneció de pie, balanceándose sobre sus propios pies, incómoda y fuera de lugar. Un silencio sepulcral invadió la estancia, roto solo por el ruido de los vehículos en la avenida.
—Jefferson... ¿me indicas dónde está el baño? —preguntó al fin con voz temblorosa.
La mirada inquisidora de la anciana y el vacío absoluto que le estaban haciendo la hicieron sentirse tan mal que el estómago empezó a revolvérsele.
—Al final del pasillo, a la derecha —respondió él mecánicamente, sin apartar los ojos de la pantalla.
La indiferencia de Jefferson agravó su malestar, y María aceleró el paso hacia el pasillo. En cuanto el eco de sus pasos se extinguió y la puerta del baño se cerró, la anciana se inclinó de inmediato hacia su hijo.
—Hay algo que me preocupa bastante, Jefferson.
—¿El qué, mamá? —consultó él, bajando el tono de voz.
—No entiendo esa afición tuya por las jovencitas. Esta ni siquiera ha de haber terminado el colegio.
—Eso no tiene importancia, mamá. No pasa nada.
Al ver su pasividad, la anciana se arrimó un poco más, golpeándole la rodilla con el bastón.
—¿Sabes que te puedes ganar un problema legal bien grande? Podrías ir a la cárcel.
Jefferson se echó hacia atrás en el sofá, visiblemente molesto.
—¿Problemas? ¿Por qué dices eso? Parece mentira, mamá, cómo se nota que no conoces la ley de este país.
—¿Qué ley, hijo?
—Para que a uno lo acusen de estupro según el Código Penal, la ley exige que la supuesta víctima sea una «mujer honesta». Y con el escándalo que armó su padre esta tarde en la calle, y cómo me la entregó... el abogado de ellos no tendría dónde pararse. No te preocupes, que yo lo tengo todo bajo control.
La anciana se atusó el pelo plateado, inquieta, sin terminar de comulgar con la frialdad de su hijo. Por primera vez se veía incapaz de hacerlo desistir.
—No pretenderás que yo sea alcahueta de esto en mi casa, ¿verdad?
—La estancia aquí será breve, mamá —respondió Jefferson con una sonrisa cínica—. Solo unos días en lo que arreglo el piso.
Una sombra moviéndose al final del pasillo alertó a la mujer.
—¡Shhhh! Calla, que ya sale —indicó, poniéndose en pie a toda prisa para simular que iba hacia la cocina.
Al regresar a la sala, María se percató de que Jefferson fingía mirar fijamente las noticias. Con el estómago todavía revuelto, se sentó en una silla de madera al otro lado del salón y optó por imitar su silencio.
«No entiendo su actitud… Estoy convencida de que han estado hablando de mí», pensó, frotándose las manos nerviosa.
Mientras tanto, Jefferson la escrutaba de reojo, preguntándose si la maldita mocosa habría escuchado algo desde el baño. El espeso silencio se prolongó durante media hora.
—La cena está lista —anunció la vieja desde el comedor.
Se sentaron a la mesa. Permanecieron en un mutismo tenso mientras la septuagenaria servía un humeante caldo de pollo con fideos.
—Cocina usted muy bien, señora —elogió María tras la primera cucharada, intentando agradar—. Está delicioso.
—Gracias —respondió la mujer con la misma sequedad con la que se corta el hielo.
María miró a Jefferson buscando un cable a tierra, una mirada de apoyo, pero él se limitó a encogerse de hombros y seguir comiendo. Al terminar el caldo, la anciana sirvió unas porciones de arroz con pescado frito. La división fue asimétrica: la mitad del pescado fue para su hijo, y apenas una muestra para cada una de ellas.
—El arroz está en su punto —insistió María, haciendo un nuevo esfuerzo por romper el hielo.
Madre e hijo se miraron antes de continuar masticando en silencio.
—A mamá le gusta cocinar así —respondió Jefferson al cabo de un largo rato, fastidiado por la insistencia de la chica.
María bajó la vista al plato, desinflada. No comprendía tanto desprecio; ella solo intentaba mostrarse agradecida tras haber sido expulsada de su propia casa. Al terminar, la anciana se limpió los labios con la servilleta de tela y se puso en pie con la ayuda de su bastón.
—Me voy a dormir. Si quieren postre, en la refrigeradora hay flan.
—Hasta mañana, mamá —dijo Jefferson.
—Que pase usted buena noche, señora. Y gracias por la cena —añadió María con tono afable.
«No sé qué le pasa conmigo, pero me temo que no le he caído nada bien a esta señora», pensó María para sus adentros, sintiendo una punzada de desamparo en el pecho.
—Adiós, hasta mañana... Y procura no hacer ruido al acostarte, Jefferson. Si no duermo mis horas, mañana no sirvo para nada.
La anciana se retiró arrastrando los pies.
—Tengo la sensación de que no soy del agrado de tu madre —comentó María al cabo de un rato, rebañando el plato de flan con la cuchara.
—Bueno, ya está vieja y tiene sus rarezas, pero estoy seguro de que pronto se van a acostumbrar la una a la otra —mintió él sin parpadear.
Sabía perfectamente que su madre jamás daba su brazo a torcer cuando algo no se ajustaba a sus estrictos e inamovibles principios morales. Y María, definitivamente, no encajaba en ellos.
