sábado, 23 de mayo de 2026

Los Hijos de La Data, episodio 2


 

El tiempo fue aconteciendo sin prisas, pero sin pausas: como siempre. Los hermanos mayores de Antonio se fueron casando con apenas un año de intervalo. Por aquel entonces, lo natural era que los bebés no demorasen su llegada y, como cualquier otra familia de la época, esta se llenó pronto de criaturas.

Carmen, la mayor, parió dos niños y una niña en cuestión de tres años; la mujer de Manuel trajo dos niñas en veintidós meses; y la de José, dos niños y una niña en cuatro años. Cuando todos visitaban la casa de los abuelos, la tarea de cuidar a los más pequeños recaía inevitablemente sobre Antonio.

A los doce años, Antonio se había convertido en un chaval de cuerpo atlético: alto, delgado y de piel blanca, aunque siempre tostada por el sol. Bajo una tupida cabellera de negro pelambre se perfilaba un rostro de ojos avellana, rasgados y brillantes, enmarcados por pestañas largas y rizadas. Era un chico extrovertido, tierno y perspicaz. Su imaginación fantástica y su don de gentes cautivaban a los demás chiquillos del barrio que, atraídos por sus alocadas ocurrencias y su talante aventurero, lo convirtieron en su líder natural sin que él llegara a proponérselo.

Sentirse querido le proporcionaba una gran seguridad, aunque era consciente de que su verdadero "imperio" terminaba allí, junto a las faldas de su madre, al cuidado de los sobrinos. Cuando Manuela le llamaba para repartir las meriendas, acudía raudo como un rayo. Al llegar, la abrazaba y la besaba con ímpetu.

—Pero qué hijo más obediente y cariñoso tengo —balbuceaba ella alzando la voz para que las vecinas la oyeran—. Además, con lo guapo qu'es… cuando sea mayó, se las va a llevá a toas de calle. ¡El mu granuja!

Las mujeres, sentadas a la puerta haciendo punto o conversando, asentían con complicidad. Antonio, consciente de la escena, sonreía y regresaba con los chavales caminando erguido y con el pecho hinchado, como un palomo buchón cortejando a una hermosa paloma.


Al amanecer, desde lo más alto, el tañer de una campana estridente anunciaba desde el vetusto convento encalado que era hora de laborar. Bajo su ladera, entre canchales, retamas y encinas, discurrían tres filas de edificios blancos que, desde la distancia, recordaban a las colmenas de miel.

Con el grito del bronce comenzaba el trasiego. Primero partían los hombres en bicicletas y ciclomotores; un par de horas después, las mujeres acompañaban a los niños al colegio. De regreso, hacían la compra en los ultramarinos del barrio y se entregaban a las labores del hogar hasta el mediodía, cuando padres e hijos retornaban para dar buena cuenta de los suculentos y frecuentes cocidos de garbanzos. Visto desde el cerro de La Data, aquel ajetreo de gente entrando en las casas parecía el de laboriosas abejas regresando a sus celdas.


En aquellos años 70, muchas familias de la periferia levantaban barracas para autoabastecerse de huevos y carne, estirando así sus exiguos salarios. Lo habitual era tener una docena de gallinas, un gallo, pollos y una pareja de conejos.

Una de aquellas familias numerosas decidió probar suerte fuera de Plasencia, renunciando a su vivienda de protección oficial. Damián, el padre, poseía allí una de las mejores barracas de la zona, levantada con sus propias manos al abrigo de un titánico canchal de granito. La construcción era un prodigio de aprovechamiento: Damián había reutilizado materiales rescatados de las escombreras de los alrededores para crear dos compartimentos perfectos.

El primero estaba destinado a los conejos, con jaulas artesanales de madera y malla metálica que incluían departamentos oscuros para los partos. El segundo, de unos doce metros cuadrados, era el reino de las aves. Había ponederos de paja mullida y una escalera donde, cada atardecer, una docena de gallinas y tres gallos escandalosos se preparaban para pasar la noche.

Cada mañana, cuando Damián abría el portón, las aves prorrumpían cacareando como si la vida les fuese en ello. Buscaban lombrices junto al regato, saltamontes entre los juncos y el frescor del poleo. Los gallos cantaban desde lo alto del canchal, demostrando su gallardía frente a los ladridos de los perros, que aullaban desesperados por el repique de las campanas del convento de las religiosas de San José Obrero.

Damián era un hombre pequeño y escuálido. A sus 52 años, su piel llena de pliegues y ennegrecida por el sol le hacía parecer mucho mayor. Bajo una boina raída y unas cejas pobladas, asomaban unos ojos oscuros como endrinas, enmarcados por ojeras imperecederas. Tenía un aspecto huraño, casi malicioso, pero al hablar revelaba a un ser generoso y cabal. Vestía siempre de azul tinta, descolorido por el uso pero impecable, bajo una máxima que repetía con orgullo:

«La pobreza y la suciedad no tienen por qué ser inherentes».