Escrito el día 1 de noviembre de 2014, revisado el 4 de abril de 2026
Hoy se celebra el día de Todos los Santos…
Me llama la atención que existan tantas formas de celebrar lo mismo y de maneras tan diferentes. Entiendo que, en la actualidad, casi todo parece orientado hacia el consumo. Esto poco o nada tiene que ver con mis ideales, aunque procuro asumirlo y respetarlo, pues forma parte de esos principios que considero necesarios para convivir en armonía con lo que nos rodea.
En los tiempos que corren, en España, muchas personas prefieren decir Halloween en lugar de referirse al día de Todos los Santos. Se trata de una celebración en la que se festeja por todo lo alto, con disfraces que convierten todo lo relacionado con la muerte en algo más ligero o incluso humorístico. A mi entender, gran parte de esto responde también a intereses comerciales: trajes, artículos festivos, flores… Está claro que lo americano vende en cualquier parte y, por ello, no es extraño que ciertas costumbres terminen transformándose en hábitos cada vez más extendidos.
Otro ejemplo lo encontramos en la abundancia de flores y adornos en los cementerios durante estos días. Se llenan de visitantes; algunos acuden movidos por el recuerdo sincero, mientras que otros parecen hacerlo más por cumplir con una tradición visible, aunque el resto del año apenas se dejen ver por allí.
Aquí, donde resido ahora, las pastelerías elaboran los conocidos “Huesitos de Santo”. Según dicen, es una forma de mantener viva la tradición; aunque también es evidente que responde, en parte, a una oportunidad más dentro de estas fechas. En cualquier caso, cada cual vive estas costumbres a su manera. Lo que sí me incomoda es ver cómo los alrededores de los cementerios llegan a convertirse en una especie de mercadillo, donde incluso se dan situaciones poco agradables, como el robo de flores.
Aun así, no puedo evitar recordar con nostalgia aquellos días de mi infancia. Entonces, todo comenzaba cuando los adultos acudían el día anterior a adecentar el cementerio: limpiaban, colocaban flores y dedicaban un tiempo a sus difuntos. Más tarde, la jornada se transformaba en un encuentro entre familiares, vecinos y amigos, en plena naturaleza.
Como vivíamos a las afueras, nos rodeaban terrenos adehesados donde abundaban las retamas, los tomillares, el cantueso y la lavanda. Mientras los mayores preparaban una fogata con retama y tomillo, los niños no hacíamos otra cosa que jugar. Cuando el fuego se convertía en brasas, asaban las castañas —a las que llamábamos calbotes— y luego las cubrían con ramas de lavanda para que se ablandaran y adquirieran su aroma.
Guardo todavía el recuerdo de aquel sabor y, sobre todo, de la unión que existía entre todos nosotros. Al final, compartíamos una merienda-cena entre niños y adultos, en la que, casi sin darnos cuenta, aprendíamos la importancia de los lazos que nos unen a las personas. Éramos, en cierto modo, una gran familia.
Hoy, por desgracia, siento que parte de esa esencia se ha ido perdiendo, quizá desplazada por el individualismo y otros intereses.
Prefiero seguir recordando el día de los difuntos como lo viví de niño. En estas fechas, recuerdo con cariño a quienes formaron parte de mi vida y que, aunque ya no estén, siguen acompañándome a través del pensamiento, como cada día del año.
¡Va por ellos este escrito! En él expreso mis sentimientos y mis desacuerdos respecto a la celebración de lo que, para mí, ha sido, es y será siempre, el día de Todos los Santos.
