Escrito en mayo de 2013, revisado
el 21 de marzo de 2026
Caminando junto al río, al compás del agua, dejo que mi mente me lleve hasta donde quiera. Mis pensamientos avanzan acompañados por el murmullo del río y el trinar de los pájaros, mientras camino absorto en ellos…
Hoy, a orillas del río Ebro, me he cruzado con un matrimonio y hemos intercambiado unos «¡Buenos días!». Era una pareja joven; ella estaba embarazada y, sin apenas darme cuenta, mis pensamientos han echado a volar, libres, dejándose arrastrar por el instante.
De ese breve encuentro han brotado preguntas: ¿qué habrá después? ¿Vida, silencio, nada…? Y, casi sin querer, he imaginado que tal vez esas mismas preguntas habiten en quien aún reposa en el vientre materno. He seguido mi camino, cavilando.
El bebé permanece en ese estado, en ese primer mundo, desde el instante en que la vida comienza, avanzando paso a paso hasta alcanzar su desarrollo. Y, llegado ese momento, debe desprenderse de ese lugar que le ha dado cobijo, donde ha vivido y crecido. Nueve meses —un tiempo breve— bastan para completar ese tránsito y, después, despedirse de ese espacio que le permitió ser.
Para pasar de un estado a otro es necesario desaparecer físicamente del medio; es decir, morir. Y así se accede a una nueva etapa: el nacimiento, otro mundo donde todo cambia —la forma de respirar, de alimentarse, de moverse— y donde ya no se está solo. Allí nos esperan otros seres, más avanzados, que nos guían y nos enseñan a comprender cuanto nos rodea.
Esta etapa se despliega, por lo general, en cuatro tiempos: niñez, adolescencia, adultez y ancianidad. Todo transcurre lentamente, con la paciencia de los años. Ya no son meses, sino décadas —a veces más de cien años— las que nos permiten crecer, antes de tener que abandonar, una vez más, el medio que nos sostuvo. No siempre se recorren todas las etapas; a veces el camino se interrumpe antes… y ese tránsito es lo que conocemos como muerte.
Y es ahí donde mi pregunta encuentra respuesta: la muerte podría no ser más que un intervalo, un espacio de tiempo entre una etapa y otra.
Quizá, en esa nueva etapa, el desarrollo requiera cientos, miles o millones de años, hasta que vuelva a cumplirse lo que sabemos: la materia no se destruye, se transforma. En el Universo, todo obedece a una ley que se repite, una y otra vez, de forma cíclica. Tal vez la única diferencia entre un estado y otro sea la relatividad del tiempo: cuanto mayor es el nivel de desarrollo, mayor es también el tiempo necesario para el tránsito.
Este pensamiento, junto al canto de los pájaros, el susurro del agua, la brisa y el perfume del sendero, me llena de esperanza. Me hace pensar que, en la siguiente etapa, quizá no sea un ser humano, pero tal vez pueda ser algo de lo ya vivido: animal, brisa, agua, aroma… o incluso un pequeño grano de arena del camino, acompañando a otros seres —vivos o inertes—, formando parte de su mundo.
Y mientras camino, dejo que mis pensamientos sigan su curso. Como el río, que no detiene sus aguas, los dejo fluir en libertad, acompañándolos hasta donde quieran llevarme.
