Pescar a distancia...
19 de septiembre de 2011, revisado el 24 de abril de 2026
Hace un par de días, paseando por las riberas del Ebro a la altura de donde estaba ubicada la desaparecida, estática y portátil plaza de toros, observé que estaba pescando un señor que conocí hace algún tiempo; prácticamente desde que llegué a la ciudad donde resido desde hace 17 años. Decidí acercarme. Mi sorpresa fue mayúscula al comprobar la forma en que estaba pescando y, aunque no le comenté nada, me limité a saludarle:
—Hola, buenos días amigo, ¿qué tal se da la pesca? —Bueno, aquí estoy pasando la mañana y, aunque no cain muchas, alguna sí que cai.
Me llamó la atención que estaba pescando de orilla, con flotador y utilizando masilla y maíz dulce cocido como cebo. Después de un ratito de conversación sobre cómo estaba el día, de cómo seguía la vida, que si trabajaba, que si patatín, que si patatán... me despedí de él para continuar con el paseo matinal.
Durante el trayecto, me vino a la memoria que tiempo atrás, recién llegado a la ciudad, aprovechando que el río está cerca de casa y que me encanta pescar, acudí con mi apreciada y veterana caña. Casualmente, me encontré con el susodicho y, situándome a unos diez metros tal y como está contemplado en la normativa, preparé los aparejos. Recebé cerca de la orilla con unos granos de maíz y unas bolitas de masilla más o menos del tamaño de los garbanzos y, al cabo de unos minutos, me dispuse a pescar, sin más.
—Aquí, en este río solo se pesca a fondo y con lumbrí o cucharilla —me dijo él. —No se preocupe, que en Extremadura, que es de donde soy, se pesca tal y como lo voy a hacé. —No creo que cojas na pescando asín… los peces están acostumbraos a comel las cosas que abajan río abajo, asín que ni el pan ni el maí valen pa pescal aquí. Y asín mucho menos entavía —dijo, riéndose descaradamente al ver que me disponía a pescar casi en la orilla—. Tendrás que pescal como yo y lanzá hasta la otra orilla pa que cojas alguna. —Bueno, el tiempo dirá quién tiene razón, amigo… y si quisiera pescá en la otra orilla, me pondría a pescá desde allí mismo.
Él, tozudamente, insistía en su proposición y persistía en alcanzar la otra margen, sin tener en cuenta que el excesivo ruido que producía el plomazo al entrar en contacto con el agua pudiese conllevar que los peces se espantasen. Aunque he de reconocer que de vez en cuando apresaba alguna que otra pieza. Por el contrario, aquel día yo no capturé ninguna, y lo atribuí a que, además del ruido, él no paraba quieto ni un par de minutos: continuamente estaba sacando las dos cañas con las que estaba pescando. A mí me bastaba con mi estimada caña y, tal y como tengo costumbre desde mi adolescencia, aparejando la línea con dos anzuelos: uno con maíz y el otro con masilla.
Las horas pasaron casi tan inadvertidas como los segundos y, a eso de la una y media, nos despedimos con la familiaridad de los que se conocen de toda la vida.
Unos días después, acudí al lugar y, tras proceder con el mismo ritual, a los pocos minutos surgió el efecto deseado. Barbos y carpas, después de vencer sus temores internos, optaron por resolver su curiosidad y cubrir la necesidad vital entrando al trapo; por ende, comenzó a satisfacerme la frenética actividad.
Durante uno de esos espacios que median entre picada y captura, me percaté de que a lo lejos había alguien observándome, con los antebrazos apoyados sobre la barandilla del Puente de Hierro. A pesar de que por aquel entonces gozaba de una vista de águila, por la distancia no logré reconocerle; pero unos minutos después salí de dudas: se trataba de la misma persona.
—Paece que se da bien la cosa… —dijo a modo de saludo. —Hola, buenos días. Sí, así es.
Como siempre, para no faltar a su mala costumbre, empezó a moverse de aquí para allá y, al cabo de un rato, exclamó: —Tiene güevos la cosa… ha sio vení yo y dejá de picá… —Es que pa pescá a boya hay que está solo, no hacé ruido y evitá los movimientos bruscos pa que no se amedrenten los peces. —¡Ja, ja, ja…!, qué cosas tienes… ¡Ja, ja, ja…! No sabía yo que los peces son tan listos… ¡Ja, ja, ja…!
En fin, creo que el tiempo, como siempre, ha dejado claro quién tenía razón. Se puede estar pescando en una orilla y pensar que lo estás haciendo desde la otra; ya que los peces no son tontos y, además, saben que cuando voy al río les echo de comer. Me divierto pillándoles y devolviéndolos al agua lo antes posible para evitar cualquier tipo de sufrimiento innecesario. Cuando me voy, además de echarles el resto de comida que llevo para capturarles, procuro dejar la orilla limpia de restos, con el fin de que se mantenga en condiciones para que podamos disfrutar pescando sin acabar con los peces ni con el entorno; ya que entiendo es una forma de evitar que desaparezcan las especies y el hábitat.
Notas del autor:
La masilla: Es pan reblandecido con agua que, tras ser oprimido para sacar el exceso y amasado, resulta en una mezcla muy similar a cualquier masa para hornear. Se busca una textura capaz de resistir bajo el agua y, a la vez, flexible para que los peces la aplasten al apretar el hocico y puedan ser capturados con un certero y suave tirón.
La veterana caña: Lleva conmigo desde que me licencié del servicio militar, hace ya casi 27 años. A pesar de tener varias más, la sigo utilizando porque es la que mejores momentos me ha hecho pasar junto a la orilla.
Pescar a fondo: Consiste en plomear la línea para fijar el cebo al lecho del río o lanzar lejos. Es un método muy utilizado por personas que dejan que los peces se claven solos, sin más arte que la paciencia.
Pescar con flotador o boya: Radica en tener la caña en la mano todo el tiempo y estar pendiente de la mínima intuición para clavar el pescado. Es más excitante y satisfactorio, permite graduar la profundidad y evita ruidos innecesarios.
