lunes, 13 de julio de 2026

Capítulo 3, episodio 5, CICATRICES DE DOBLE FILO

 

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Tras dar por terminada la sobremesa, José Carlos condujo sus pasos hasta el txoko.

Hola, buenas tardes ―dijo al entrar.

Kaixo. Ongi etorri ―saludó Kepa.

Hola. Bienvenido ―respondió de igual modo Itziar.

José Carlos barrió el local con la mirada en busca de su objetivo.

¿No está Nekane?

La verdad es que es muy raro, pues, cuando termina de comer se viene para aquí escopeteada. No soporta la presencia del que se acuesta y vive a costa de su madre ―intervino Irune exhibiendo una desmedida expresión risueña.

¿Te apetece? ―consultó Kepa alzando un vaso de kalimotxo.

José Carlos negó con la cabeza un par de veces.

Toma ―dijo Itziar, ofreciéndole un cigarrillo de la risa.

No, gracias ―respondió con tono seco.

¡Pues anda que no vienes apático! ―exclamó sorprendida.

Es que… después de lo de ayer…

¡Ah!, que es por lo de anoche. Bueno, tampoco creo que sea para tanto, a no ser que estés muy pillado.

No logro apartar la desagradable escena de mi cabeza… y sí: estoy enamorado. ¿Pasa algo?

Pues lo disimulas muy bien, porque cuando se está enamorado de alguien no hay ojos más que para esa persona ―intervino Irune evidenciando una sonrisa maliciosa.

Al oír aquello, José Carlos se levantó malhumorado y abandonó la estancia sin despedirse. Durante toda la semana estuvo dando vueltas y más vueltas al asunto, sin tener claro qué hacer.



Como cada viernes, al atardecer, Kepa se disponía a preparar el económico y embriagador cóctel, tras haber realizado la compra en solitario. Entre tanto, Itziar, sentada sobre una de sus piernas en el sofá frente al televisor, se estaba liando un porro. Irune hacía como que adecentaba y colocaba el mobiliario para dejar espacio suficiente entre la zona de baile y el minibar, contoneándose de un lado para otro. De pronto, dejaron de hacer sus actividades para dirigir la mirada hacia la puerta de entrada al percatarse de que había sido abierta y cerrada en cuestión de segundos:

¡Qué viva la fiesta! ―exclamó José Carlos, a modo de saludo, con reiteración, mientras avanzaba hacia ellos blandiendo un par de bolsas del supermercado con aperitivos para picoteear, vino tinto y refresco de cola.

Eso… eso. Fiestuqui… fiestuqui ―coreó Itziar moviendo la cabeza con musicalidad.

¡Marcha, marcha… queremos marcha! entonó de igual modo Irune mientras avanzaba hacia el recién llegado con seductores movimientos de pecho y caderas.

Kepa se unió al efusivo recibimiento danzando con el pulgar hacia arriba en señal de aprobación.

Bueno, ¿y qué tal habéis pasado la semana, chicos? ―dijo al depositar las bolsas en el suelo.

Bien, aquí como siempre ―respondió Irune―. ¿Y tú?

Muy bien. He estado violentando a unos familiares que vinieron de mi país y no podía hacerles el vacío… ―mintió, tratando de justificar su ausencia―. Dame ese porrito que le meta un par de caladas, que tengo ganas de ponerme a gusto ―solicitó a Itziar.

¡Aúpa, tú!, quién lo diría ―exclamó Kepa al llegar junto a ellos portando los vasos de plástico en una mano y el cubo de kalimotxo en la otra.

Entre risas y parloteos llegó la medianoche y con ella, agarrados de la mano y besándose, entraron Nekane y Eneko, que fueron recibidos con alegría por sus amigos, sin tener en cuenta que José Carlos estaba presente. Este, en contra de actuar como era previsible, les felicitó y deseó un feliz noviazgo, a pesar de que lo que deseaba realmente no era otra cosa que haberles recibido con un par de puñetazos por cabeza, por hijos de puta.

A duras penas pudo contener la compostura y la felicidad fingida por espacio de diez minutos, tiempo que demoró en despedirse alegando que había quedado con alguien para salir a correr por la mañana temprano.

De regreso a casa: «No entiendo la actitud de unos ni de los otros… ¿Cómo se puede tener tanta cara? No sé por qué, me da que todos estaban al corriente. Claro, claro, ¡qué estúpido!, ahora entiendo las insinuaciones que me hacía la hija de puta de Irune, la noche de marras… a esa zorra tengo que darle su merecido. No, no, que no se crea que se va a ir de rositas mientras yo me tengo que aguantar. Estoy convencido de que lo tenían todo planeado desde que me junté con ellos. No me extrañaría que el artífice de todo esto haya sido el cabrón de Eneko para reírse una vez más de mí… Esto me pasa por confiarme de ese malnacido. ¡Qué imbécil he sido por caer en su juego!».

Quienes se iban cruzando con él por el camino, al ver los aspavientos que hacía lanzando patadas y puñetazos al aire, tras distanciarse unos pasos, se volvían hacia él haciendo todo tipo de conjeturas:

Una de dos, ese chico está loco o drogado ―comentó una mujer a su esposo.

¡Qué pena de juventud!, como no se controle un poco terminará en el Psiquiátrico de Zamudio ―respondió él.

Vaya cuelgue que lleva el colega ―dijo un joven a su novia.

Ella lo miró con recelo.

Calla, calla, no vaya a ser que se líe a hostias con nosotros.

Vaya torrija que lleva el chaval ―le dijo un anciano a otro a la par que le indicaba con el mentón hacia el otro lado de la calle.

Para mí que va algo más que bebido ―respondió, con cara de saberlo todo, el trasnochado y orondo acompañante.

Un rato después, al entrar en casa con sigilo, se percató de que María estaba dormida en el encarnado sofá con el televisor encendido: «Esto no puede seguir así», pensó dirigiéndose al cuarto de baño. «Joder, juraría que la he visto ahí... A ver si esto me está afectando más de la cuenta... si solo he fumado dos porros y he bebido tres vasos de kalimotxo», se dijo para sí mismo al regresar al salón y descubrir que no había más claridad que la procedente del acuario.

Al entrar en la cocina se sobresaltó.

Hombre, cómo así ―dijo María, bajando la voz para no molestar a los vecinos.

José Carlos la miró a los ojos sin comprender a santo de qué venían aquellas palabras, esbozando una sonrisa.

¿El qué, mamá?

Que hayas regresado tan pronto, ya que últimamente…

¡Ah!, ¿seguro que es solo por eso?

Por eso y porque hoy vienes como Dios manda.

No, mamá. No es porque me lo mande nadie, sino porque lo he decidido yo mismo. Es más, a partir de ahora dejaré de andar por ahí a deshoras y retomaré la sana costumbre de salir a hacer deporte.

El rostro de María se iluminó al escuchar aquellas palabras.

¿Te apetece que te prepare algo para cenar?

No te molestes, mamá. Comeré unas galletas con leche y me iré a dormir enseguida.

María se acercó a él, lo abrazó como suelen hacerlo las madres cuando la ocasión lo requiere y, tras darle un par de besos, que fueron correspondidos, se despidió:

Hasta mañana si Dios quiere, hijo.

Adiós, ¡que descanses bien, mamá!

Seguro que sí, hijo mío.