domingo, 26 de julio de 2026

Parte 1, episodio 10, CICATRICES DE DOBLE FILO

 

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Bienvenidos al foro de la Amistad.
Creado por Juan.
Juan: Hoy ha amanecido un día espectacular, me encuentro pletórico y quisiera compartirlo con todos vosotros. ¡Gracias por hacerme sentir que la vida es maravillosa! ¡No sé qué sería de mí sin vuestra atención y el calor humano que me brindáis! Y ahora, si me lo permitís, como cada día…:
Al disponer de vehículo propio, los fines de semana los dedicábamos a viajar y pasar el día por ahí, conociendo, en principio, todos los pueblos de Extremadura. Lo pasábamos muy bien y, allí donde nos llegaba la hora de comer, buscábamos un restaurante o bar que sirviese comidas, excepto para la pequeña Cristina, que así es como le pusimos de nombre, cuya comida ya llevábamos preparada.
Después de un tiempo, decidimos ir a conocer otras provincias y, entre ellas, Huelva, para disfrutar de sus playas y de las gambas que tanta fama tienen; fueron unos años en los que disfrutamos mucho. Recuerdo que en uno de esos viajes, al poco de haber comprado el coche, decidimos ir hasta Navalmoral de la Mata (Cáceres) para pasar allí el día. Durante el trayecto, al pasar junto a un pueblecito pequeño, recordé que de allí era la señora Carmen. Esta mujer fue compañera de habitación de mi madre cuando estuvo ingresada y resultó un gran apoyo, tanto para mi madre como para mí. Estuvo intentando hacerme entender que la vida, muchas veces, nos parece injusta al llevarse a nuestros seres queridos. Siempre tratándome con cariño y buenas palabras, consiguió que el afecto fuera mutuo, por lo que al pasar junto al pueblo me vinieron esos entrañables recuerdos.
—Cariño, ¿qué te parece si preguntamos dónde vive la señora Carmen y le damos una sorpresa? Estoy seguro de que se pondrá muy contenta al verme de nuevo —le dije a María Jesús.
—¡Ah, pues bien! Nos quedamos un ratito y, donde nos parezca, paramos a comer —me contestó ella.
Era un pueblo pequeño, de esos donde todos se conocen o son familia. Recuerdo que al entrar en él no se veía a nadie y parecía estar desierto. Al llegar a la plaza, dos señoras muy mayores estaban sentadas en un banco tomando el sol. Me acerqué hasta ellas.
—Hola, muy buenos días, señoras. Qué poca gente hay en el pueblo, ¿no?
—Estamos solo nosotras, los demás están en la romería, allá en el pantano. ¡Hoy es el día de Nuestra Señora del Carmen y están allí divirtiéndose! —respondió la que tenía la cara más arrugada y renegrida por el sol y los muchos años que tendría la enjuta y simpática mujer.
—¿Conocen ustedes a la señora Carmen?
—¿A cuál de ellas? —me dijo la que parecía más vieja.
—Carmen Gómez, es una señora que estuvo ingresada en el hospital de Mérida y le trasplantaron un riñón.
—Ahora sé quién es, se trata de Carmen la Piquijuela, así es como la conocemos en el pueblo. Ella está en la romería; le gusta mucho el baile y pasarlo bien como a las mozas. Está como una chiquilla y no se pierde una fiesta; dice que la vida son cuatro días y que hay que vivirlos y disfrutarlos.
—¿Está cerca el pantano? ¿Me pueden decir por dónde se va?
—Sí, hijo, ¿cómo no?
—¿Está cerca?
—A unos seis kilómetros más o menos, pero no te apures, hijo, porque con seguir esta calle hasta el final y continuar por el camino de tierra, enseguida estarás allí.
—Bueno, pues muchas gracias y que pasen ustedes un buen día.
—Y vosotros también, ¡id con Dios!
Continuamos por la calle y, al llegar al camino, detuve el coche junto a un letrero en el que una flecha, que estaba bajo el enunciado «A la playa», indicaba hacia dónde continuar. La verdad es que nos hizo mucha gracia, ya que hay que tener mucha imaginación para situar una playa en Extremadura. Nos acercamos y nos sorprendió ver tanta gente por allí. Mientras unos estaban preparando una comida comunal, otros bailaban y cantaban al son de la flauta y el tamboril. Según nos contaron después de unirnos a la fiesta, era costumbre pasar todo el día allí.
Me acuerdo de que, en uno de aquellos grupos, se encontraban personas muy mayores bailando jotas y, entre ellas, estaba la señora Carmen. La saludé con la mano y, al reconocerme, se acercó gritando:
—¿Pero qué haces tú aquí, hijo mío? ¡Cuánto tiempo sin saber de ti!
Nos abrazamos y la emoción que nos invadió se hizo presente en nuestros ojos y mejillas.
—Pues verá usted, al pasar por el pueblo me vino su imagen a la memoria y, tras consultar a mi esposa si le apetecía que parásemos a saludarla, aquí estamos.
—Cuánto me alegro de volver a verte, hijo. ¡Fue tanto el cariño que me diste!, que creo que sin ti no hubiese podido superar lo del trasplante. ¿Ella es tu mujer?
—Sí, así es, y estos son Julián y Cristina, nuestros hijos.
—Un gusto conocerte, hija. Tienes un buen marido y estoy segura de que todo os irá bien. Os quedaréis a pasar el día, ¿verdad?
—La verdad es que vamos a otro pueblo, pero si usted lo pide y María Jesús dice que sí, por mi parte no hay problema.
—¿Qué dices, hija? Es para mí un día muy especial y no es solo por ser el día de Nuestra Señora; el encontrarme de nuevo con Juan me llena enormemente de satisfacción.
—Por mí no veo inconveniente alguno, a excepción de que no me gusta viajar de noche, más que nada por los niños.
—No te preocupes por eso, mi casa es grande y está a vuestra entera disposición. Podéis quedaros y marcharos cuando os apetezca.
—¡Ea, dicho está! Pasaremos aquí la noche y mañana hasta el mediodía —dijo María Jesús, luciendo una preciosa sonrisa.
Una vez más se cumplió aquel dicho: «Lo que mejor sale es aquello que no se organiza». Me acuerdo perfectamente de que disfrutamos de lo lindo, tanto los niños como nosotros, pero la que más disfrutó de aquel encuentro fue, sin duda alguna, la señora Carmen. Al día siguiente, después de comer y tomar café en la sobremesa, nos fundimos en un abrazo y fueron tantos los besos que nos dimos al despedirnos que parecía como si se tratase del último de nuestros días.
El tiempo en aquella época pasaba tan rápidamente para mí que, un mes después de visitar la urbanización, adquirimos una de las viviendas y, al cabo de un par de semanas, después de equiparla de arriba abajo con nuevos enseres, comenzamos a habitarla, dejando atrás todas aquellas cosas que tantos malos ratos nos habían hecho pasar a ambos. Nos decantamos por elegir una de planta baja, ya que contaba con una terraza bastante grande y los niños podrían jugar allí sin el peligro de los coches, al menos para la pequeña Cristina. Julián, por aquel entonces, era casi un hombrecito; había cumplido ya los trece años y era tanto el cariño que sentía por su hermanita que prefería estar más tiempo con ella que con los chicos de su edad.
Llegó el día de la mudanza y de ello se encargó una empresa especializada. Según iban descargando los enseres, estos quedaban en su sitio predispuesto. Nos trasladamos a una urbanización nueva, en una zona en expansión; nuestro grupo constaba de diez edificios y cada uno de ellos con veinte viviendas. Ese día, prácticamente todos los vecinos coincidimos con el traslado; comenzamos a conversar unos con otros y así, poco a poco, a conocernos.
Transcurrido un mes desde la ocupación de las viviendas, se me ocurrió la idea de hacer una fiesta de convivencia y así estar unidos como antiguamente: «Que si alguien necesitaba algo, colaborásemos entre todos para conseguirlo». A los vecinos les pareció bien y convocamos una reunión para el fin de semana con la intención de tratar los temas que surgiesen con respecto a la fiesta. Los días transcurrieron de manera vertiginosa; asistió un gran número de vecinos y, al tiempo de hablar de la fiesta y acordar cómo se llevaría a cabo, también se trató el tema de que era necesario crear una asociación de vecinos para abordar los problemas que surgiesen e intentar solucionarlos entre todos. Decidimos elegir a los representantes y constituir la asociación y, casualidades de la vida, para mi sorpresa salí elegido como presidente. Acepté el cargo y, por cuatro años consecutivos, las ideas, eventos y demás trámites corrían de mi cuenta; si concertaba una reunión extraordinaria para exponer lo que fuese, esta se aprobaba o no dependiendo de las votaciones y la asistencia de los vecinos, quedando todo ello anotado en el libro de actas.
Habilitamos una de las lonjas y la transformamos en la sede de la asociación. Inserción en la puerta de un buzón para recoger las sugerencias e ideas, para posteriormente estudiarlas y llevarlas a cabo si era posible. Al estar jubilado y disponer de tiempo libre, me pasaba bastantes horas allí y siempre aparecía alguien con algún que otro problema o incluso a interesarse por cómo cursaban los trámites respecto a algún caso concreto. En una de las reuniones, decidimos llevar a cabo la primera comida de convivencia; acordamos que cada edificio se encargaría de preparar y comprar los ingredientes para hacer una paella y competir entre todos para elegir la mejor. Mientras se preparaba la comida, en el barrio había programados diferentes eventos: desde un partido de fútbol entre solteros y casados, una partida de petanca para los mayores, carrera de sacos para los jóvenes e incluso una piñata para los más pequeños. Cada uno colaboraba en lo que podía o como quería, nada era obligatorio. ¡Parecíamos una gran familia! La asistencia era casi del ochenta por ciento de los residentes. Recuerdo que, llegada la hora de probar las aromáticas y deliciosas paellas, nos resultó bastante difícil decidirnos por una en especial y acordamos, por mayoría y sin que sirviese de precedente, que aquel año el premio sería para todos.
Se acercaba el verano y, desde la asociación, surgió la idea de acudir a la playa en grupo. Nos organizamos y la gente se apuntaba; al ser tantos, decidimos realizar el viaje en autocar. En la primera excursión partimos en cuatro de ellos. La zona costera elegida por proximidad fue Huelva, ya que era la más cercana, y acordamos con el conductor del autobús que habíamos alquilado que nos recogería en torno a las cinco de la mañana con el fin de pasar el máximo de horas en la playa; la hora de embarque para el regreso estaba programada para las nueve de la noche. El día elegido era el sábado, ya que así, antes de reincorporarse al trabajo, tenían de por medio el domingo para descansar. Recuerdo que a la ida la mayoría de los asistentes aprovechaba para dormir un ratito más; en cambio, al regresar lo hacíamos cantando y con mucha alegría. Parecíamos una gran familia, el cariño y el compañerismo eran totales.
Las fiestas de la urbanización se celebraban en el mes de agosto, ya que así fueron designadas por el ayuntamiento. Nosotros, desde la asociación y a través de ser socios la gran mayoría mediante una cuota de participación simbólica al año —tres mil pesetas (unos veinte euros de ahora)—, teníamos suficiente para preparar unas buenas fiestas y pagar los gastos de mantenimiento del local social. El segundo año en celebrarse incluso contratamos un cine de verano, de esos ambulantes. El dueño nos hizo un precio razonable a condición de que los asistentes diesen la voluntad y, una vez terminada la película de turno, al filo de la medianoche comenzaba la verbena y se prolongaba hasta el amanecer. En años sucesivos se fueron incrementando eventos y actividades para todas las edades: fútbol, carreras de sacos y actividades deportivas para los más jóvenes; y para el resto, concursos de cartas, de cante y baile, exposiciones de trabajos de costura y bolillos, así como un concurso de exposición y degustación de alimentos. En esos años alcanzamos tanta fama con las fiestas que acudían de todos los puntos de la ciudad, haciendo que pareciesen las ferias y fiestas patronales; incluso el ayuntamiento nos daba una asignación económica para que pudiésemos llevarlas a cabo. La asociación montaba un bar y lo que se recaudaba quedaba íntegramente para beneficio de la urbanización y, en especial, para solucionar algún problema económico de algún vecino.
En invierno, y tras comprobar la cantidad de indigentes que existían repartidos por la ciudad, creamos un grupo de apoyo destinado a dar comida y mantas a las personas sin hogar que deambulaban por las calles. Intentábamos convencerlas de que acudiesen a los albergues, pero ante la negativa de la gran mayoría de ellos, nos limitábamos a darles alimentos y bebidas calientes para combatir el frío, aparte de ofrecerles un poco de calor humano, brindándoles cariño y amistad... Ellos lo agradecían enormemente, pero luego seguían su camino sin hacer caso de los consejos. Por aquellos tiempos, personalmente me sentía una persona completamente feliz y satisfecha por la labor llevada a cabo, intentando darles una calidad de vida mejor que la elegida por ellos. Siempre me ha interesado el bienestar social de todo aquello que me rodea. ¡Recuerdo con nostalgia aquellos maravillosos años donde mi entrega era total y desinteresada!
Peón de albañil: Hola a todos. He estado unos días sin pasarme por el foro y, cuando he entrado, me ha llamado la atención la cantidad de cosas que le han sucedido al amigo Juan. Asimismo, he observado que entre él y yo existe mucha similitud con respecto a la forma de pensar y ver la vida. Concuerdo con él en que, de seguir la cosa así, no solo se está condicionado a la extinción de los hombres, sino también a la del mundo en que habitamos.
Al igual que él, conocí una vida bastante distinta a la actual. Donde yo me crié, en una barriada de obreros en la década de los sesenta, lo único que había era humanidad y compañerismo. Tal y como menciona el amigo Juan, antes los vecinos formaban parte de tu vida diaria y hacían incluso las funciones de familiares. Por poner un ejemplo: si tu madre tenía que acudir al médico con alguno de tus hermanos, cualquier vecino se hacía cargo del resto de los hijos, dándoles incluso de comer y estando al cuidado hasta que regresara alguno de los progenitores.
En mi barrio, por aquel entonces, ni siquiera estaban asfaltadas las calles, los medios de transporte eran escasos y tampoco llegaban los autobuses urbanos. Para desplazarnos hasta el colegio, el cual distaba un kilómetro más o menos, teníamos que ir sorteando los charcos de agua y evitando en lo posible la cantidad de barro que se formaba en el camino, acompañados por los chavales de más edad. En mi casa éramos cuatro hermanos, tres chicas y yo. Antes de acudir a la escuela, nos pasábamos por el ultramarinos de la señora Marciana, la cual nos daba, como tenía acordado con mi madre, un bollo suizo o uno de pan normal con su correspondiente chocolatina. Eran tiempos difíciles y no todos los niños podían llevar bocadillo; no obstante, por aquel entonces, al llegar te daban un vaso de leche con galletas por si acaso en casa no habías desayunado.
Mis padres nos enseñaron, tanto a mi hermanas como a mí, que cuando una persona mayor necesitase nuestra ayuda no esperásemos a ser reclamados y que teníamos que acudir a socorrerla. Por ejemplo: si una persona mayor iba cargada con las bolsas de la compra, nos ofrecíamos a llevárselas hasta su casa y en ningún caso aceptábamos dinero a cambio; pero si lo que nos ofrecían era algo de comer, sí podíamos aceptarlo y siempre, además de tratarles en todo momento de usted, dando las gracias. Mis padres y demás ascendientes nos inculcaron desde bien pequeños que el respeto era algo que en ningún momento podíamos faltarle a ningún adulto y que no se nos ocurriese contestar mal a nadie porque entonces, al llegar a casa, tendríamos que darle explicaciones a nuestro padre, ya que por aquella época la tarea de disciplinar a los hijos recaía más bien sobre el hombre, mientras que la mujer, además de las labores del hogar, se encargaba de que estuviésemos bien alimentados, cuidados y luciésemos un aspecto impecable.
Me acuerdo también que, cuando llegaban las fiestas del barrio, todos los chavales colaborábamos en la limpieza de las calles para que después las madres sacasen a la ventana las mejores piezas de su ajuar, las mejores colchas y atuendos para adornar y embellecer el aspecto del barrio. Por aquella época todos los vecinos colaboraban para poder llevar a cabo cualquier evento comunitario; las actividades eran variadas tanto para los niños como para los adultos. Crecimos en un ambiente de cariño y solidaridad por parte de todos los adultos y eso fue algo que me marcó profundamente. A día de hoy, aún siento ese cariño por las personas mayores e, independientemente de que las conozca o no, ellas me recuerdan mi feliz infancia y, cuando dispongo de tiempo libre, mi pasatiempo favorito es conversar con ellas.
Es curioso cómo en menos de dos horas pueden hacer un recorrido por su larga historia y, sin necesidad de entrar en detalles, te queda constancia de todos y cada uno de los momentos importantes de su vida; lindos recuerdos que una vez en el pasado convivimos y compartimos, sirviendo una vez más en este caso a dos personas que se han convertido, uno en adulto y el otro en anciano. En sus palabras puedes observar que hablan bien de cualquier cosa, incluso de cuando se resignaron a aceptar algunas situaciones con las que ni siquiera estaban de acuerdo. En sus conversaciones te transmiten perfectamente que, incluso habiendo carecido de bienes materiales, ¡su vida les ha merecido la pena!, y que, a pesar de las adversidades que han tenido que librar, se consideran unos privilegiados y que, aun sabiendo que la hora de su partida está próxima, la mayoría de ellos se sienten felices por todo cuanto les ha tocado vivir.
María: Concuerdo con Juan y Albañil en que hace años las personas parecíamos una gran familia donde el cariño y el respeto formaban parte del día a día, y pienso que es una verdadera pena que nos estemos distanciando sin ser conscientes de lo que ello puede conllevar. En mi caso no dispongo de mucho tiempo libre, pero ¡sí es verdad que he sustituido el contacto diario con las personas por la calle y es por este medio que mantengo comunicación con usuarios que, aun estando en la distancia, me hacen sentir que todavía hay personas responsables, coherentes y respetuosas con las que mantengo conversaciones que, sin entrar en profundidades, comprenden mi situación actual de incomprensión y soledad!
Amor de Madre: Así es, amiga. La soledad es algo que, cuando es impuesta, resulta desagradable a quien la sufre en sus propias carnes. Aquí entro buscando con quién poder conversar; aunque estoy casada y mis hijos viven en casa, me siento realmente sola y desatendida, llegando incluso a sentir en muchos momentos que simplemente me están utilizando. ¡Es triste sentirse sola y más aún estando acompañada!
Jessica: El sentimiento de amar y no ser amado, la melancolía de mi corazón al sentirse rechazado... «Mi corazón llora sin parar por una sola razón: la de encontrarme en esta vida rodeada de soledad». Como bien decís, concuerdo con todos en que la soledad es cruel y desgarradora, que se adueña de uno y es muy difícil de vencer. ¡Mi vida se encuentra en un callejón oscuro y sin salida! Y no sé qué hacer para poder salir de ella, excepto entrar por este medio y comunicarme con ustedes. ¡Gracias, amigos, por estar ahí! No sé qué sería de mí sin el cariño de todos vosotros.
Juan: Me siento solo y sin saber qué hacer. Lamento vivir pensando cómo será el más allá. Mis sentimientos se confunden entre la verdad y las negras nubes de cristal que me funden con su mirada. Pienso que si lloras porque no ves con claridad la situación actual, el llanto y la tristeza te impedirán abrir el corazón en el futuro. No hablo solo de amor, también lo hago de amistad. Me siento perdido entre penumbras al contemplar que las personas ¡han perdido el interés por los valores humanos!, y no hallo deseos para seguir viviendo una vida tan negativa donde no se valoran los sentimientos verdaderos, donde todos quieren más sin tener en cuenta siquiera que tras ellos existen personas que nada tienen. Donde mi amor por la verdad fluye queriendo compartir mis sentimientos y deseos de ayudar a los demás; pero cada día me cuesta más. Es duro oír o leer un día tras otro: «Este está como una puta cabra, pues ¿no dice que quiere cambiar el destino del mundo como si fuese tan sencillo?».
Peón de albañil: La verdad es que en ese sentido no me puedo quejar: me siento querido tanto por la familia como por las personas que están a mi alrededor; aunque sí que es cierto que, en ocasiones, necesito estar solo. Pero, afortunadamente para mí, en la ciudad donde resido he encontrado dos maneras de liberarme de las tensiones y del estrés acumulado. Cuando me siento alterado, suelo acudir al río, que está a unos cien metros escasos de mi domicilio, para contemplar, con los brazos apoyados sobre la barandilla del puente, el paso del agua. Noto como si mis pesares se fuesen alejando de mí a lomos de la corriente, y eso me produce un estado de relajación total.
La otra forma de liberarme es acudiendo a cualquiera de los montes que circundan la ciudad, sin necesidad de tener que desplazarme hasta ellos en otros medios de transporte que no sean mis propios pies. Al llegar allí, permanezco en silencio y me siento sobre una roca o un tronco. Es precioso contemplar cómo en breves minutos la naturaleza vuelve a su tranquilidad y, si permaneces estático, incluso puede que veas cómo un pajarillo curioso se acerca y, sin más, se pone a trinar alegremente, quizás avisando al resto de los habitantes de que todo está tranquilo y que la persona es de fiar. En ambos lugares aprovecho para viajar en el tiempo y los buenos recuerdos acuden a mi mente, liberándome así de cualquier problema o incertidumbre que ronde por mi cabeza. La naturaleza tiene y dispone de esa grandeza de manera altruista y nos brinda todo su potencial y sabiduría a cambio del simple respeto. En silencio, a través de las imágenes que nos muestra, trata de hacernos entender que la tenemos abandonada y que no la respetamos…
La naturaleza es la encargada de crear y proporcionarnos todo aquello que es necesario para nuestra existencia. ¡Cuidemos de ella, aún estamos a tiempo de cambiar el destino que lamentablemente nos estamos labrando los hombres! Ninguna otra especie causa tanto daño como el ser humano. Ese ser que se jacta de decir que es un animal racional, el mismo que cree estar por encima de los demás seres vivos cuando, en realidad, depende de que otros seres vivos le proporcionen el oxígeno y los nutrientes necesarios para existir. Parece ser que, por su comportamiento, ignora que todo ello nos viene de la mano de la Madre Naturaleza.