sábado, 26 de septiembre de 2026

EL LATIDO DE LA PIEDRA...


 


EL LATIDO DE LA PIEDRA…


Crónica del Síndrome de Cotard y el renacer de una mente en las sombras


El silencio en el bloque de pisos del barrio de La Data, en Plasencia, tenía una densidad mineral, casi fúnebre. Carmen, de setenta y cuatro años, permanecía sentada en la penumbra de su salón, con las manos apoyadas sobre el hule gastado de la mesa. Hacía dos años que el cáncer se había llevado a su esposo, y desde entonces, el mundo exterior había ido perdiendo nitidez. Pero lo que le ocurría a Carmen no era una pena ordinaria; no era la clásica tristeza de la viudedad. Era algo absoluto, físico y devastador. Carmen miraba sus propias manos, surcadas por venas azuladas, y no sentía nada. Ni el tacto de la madera, ni el frío de la tarde extremeña que se colaba por la rendija de la ventana. Su cerebro, dañado por una depresión psicótica severa, había sufrido una desconexión total con la realidad. Sufría el Síndrome de Cotard, un delirio de negación nihilista en su estado más puro y explícito: Carmen estaba completamente convencida de que estaba muerta.

El proceso de desmantelamiento de su existencia había sido progresivo pero implacable. Todo comenzó cuando dejó de comer. Al principio, le decía a su hija Isabel que no tenía apetito, pero pronto la explicación se volvió macabra.

—¿Para qué me traes el caldo de la tienda, Isabel? —le había dicho una tarde, con una voz plana, desprovista de cualquier inflexión emocional—. Los muertos no comen. Mi estómago ya no está. Si me meto eso en la boca, se va a pudrir dentro porque mis órganos ya no funcionan. Son de piedra.

Isabel, que vivía en el edificio colindante, atribuyó las palabras a las excentricidades de la edad o a un bajón de azúcar. Pero la realidad en el interior del piso era terrorífica. Carmen pasaba los días enteros en un rincón, negándose a asearse. El agua, según ella, no podía limpiar un cadáver. Su higiene colapsó; el olor a sudor rancio, a orina descuidada y a encierro inundó la casa, pero para ella, aquel hedor no era falta de limpieza: era el olor a putrefacción de su propio cuerpo. Estaba convencida de que su carne se estaba desprendiendo de los huesos, que los gusanos habitaban ya bajo su piel grisácea y que el corazón que latía en su pecho era solo un eco mecánico, un músculo residual que se negaba a enterarse de que el resto del cuerpo ya era un despojo.

La reclusión y el delirio se manifestaban de forma explícita en su comportamiento diario:

Podía pasar doce horas seguidas en la misma silla, con la mirada fija en la pared encalada, sin parpadear apenas, imitando la rigidez de un cadáver en el ataúd.

Un día, al intentar mover una olla fría, se quemó levemente con el hornillo del gas. Miró la ampolla levantarse en su dedo sin emitir un solo quejido. No le dolió, porque en su lógica mental, un cuerpo sin vida es incapaz de procesar el daño físico.

Se rascaba las extremidades de manera mecánica, arrancándose costras con las uñas, buscando confirmar de forma visual que debajo de la epidermis solo quedaba materia descompuesta y negra.

El clímax de la tragedia ocurrió una madrugada de invierno. Carmen se levantó de la cama, arrastrando los pies descalzos sobre el terrazo frío. Se dirigió al espejo del pasillo. Al mirarse, no vio a la septuagenaria que solía comprar en las tiendas del barrio; vio una calavera, un espectro. Una angustia metafísica, un pánico que solo conocen quienes creen habitar el limbo, la atenazó. Decidió que no podía seguir fingiendo que formaba parte del mundo de los vivos.

Salió a la calle en camisón, burlando la cerradura. El frío le azotaba el rostro, pero ella caminaba hacia el puente de Trujillo con el paso firme de un autómata. Su objetivo era llegar al cementerio o encontrar un rincón oscuro donde su «no-existencia» dejara de molestar a los vivos. Cuando Isabel, alertada por una vecina que la vio cruzar la calle como un fantasma, la encontró cerca del Parque de la Coronación, Carmen estaba de rodillas en la acera, intentando cubrirse los brazos con la tierra helada de un parterre.

—¡Mamá! ¡Por Dios, qué haces! ¡Te vas a congelar! —chilló, envolviéndola en su abrigo.

Carmen la miró con unos ojos vacíos, dos cuentas de vidrio que ya no reflejaban humanidad.

—Suéltame, Isabel. No me llores, si ya no estoy aquí. Hace meses que me enterrasteis con tu padre. Llévame a la fosa, que este frío ya no me pertenece. Yo ya no existo.

El ingreso en la unidad de psiquiatría del Hospital Virgen del Puerto de Plasencia fue inmediato. El protocolo para el Síndrome de Cotard en ancianos es uno de los más urgentes de la salud mental, debido al altísimo riesgo de muerte por inanición.

El pasillo de la unidad de hospitalización psiquiátrica del Hospital Virgen del Puerto mantenía una iluminación blanca, fría y constante. Para Carmen, aquel entorno no era un hospital; en su lógica interna, era la antesala del depósito, un limbo aséptico donde los vivos retenían su despojo de forma artificial.

Tras veintiún días de ingreso, los fármacos antipsicóticos y la nutrición forzada por sonda nasogástrica habían estabilizado sus constantes vitales, pero el delirio nihilista seguía intacto. Carmen continuaba afirmando que sus intestinos estaban secos y que su cerebro se había licuado. El equipo médico, siguiendo el protocolo internacional para el Síndrome de Cotard severo refractario, determinó que era el momento de aplicar la Terapia Electroconvulsiva (TEC).

El martes a primera hora, Carmen fue trasladada a la sala de reanimación del área quirúrgica. Su hija Isabel la acompañaba, apretándole una mano que Carmen sentía ajena, como si fuera un guante de goma relleno de arena.

—Todo va a ir bien, mamá. Los médicos saben lo que hacen —susurró, intentando contener las lágrimas al ver el camisón clínico de su madre. Carmen no respondió. Los muertos no hablan, pensaba.

El protocolo de la TEC se ejecutó de forma explícita y rigurosa por el equipo de psiquiatría y anestesiología:

El anestesista inyectó una combinación de propofol y succinilcolina a través de la vía periférica del brazo de Carmen. El objetivo de los relajantes musculares era anular por completo la respuesta motora del cuerpo, garantizando que durante el estímulo no hubiera contracciones musculares violentas que pudieran dañar sus huesos septuagenarios o sus articulaciones.

Se colocaron electrodos en el cuero cabelludo de Carmen para registrar su actividad cerebral en tiempo real, junto a los parches en el pecho para vigilar su corazón.

Una vez que Carmen quedó profundamente dormida y sus músculos se relajaron por completo, el psiquiatra colocó dos pequeños discos metálicos en la región frontotemporal bilateral de su cabeza, aplicando un gel conductor.

El psiquiatra presionó el botón del dispositivo, liberando una corrienteeléctrica de baja intensidad durante apenas unos segundos. En la pantalla del monitor, las líneas planas del EEG se transformaron de inmediato en un patrón de ondas picudas y de gran amplitud: una crisis convulsiva generalizada de origen cerebral controlada, que duró exactamente cuarenta y dos segundos. En el cuerpo de Carmen, gracias a los relajantes musculares, solo se apreció un leve temblor en los dedos del pie derecho y una ligera tensión en la mandíbula, protegida por un mordedor de goma.

Aquel estímulo eléctrico provocó una liberación masiva e inmediata de neurotransmisores —dopamina, serotonina y noradrenalina— y forzó un «reinicio» de la conectividad en la corteza cingulada anterior, el área encargada de procesar la autoconciencia corporal.

Carmen despertó veinte minutos después en la sala de recuperación. Se llevó la mano a la frente, confundida. Un dolor de cabeza sordo y una ligera desorientación —efectos secundarios normales del protocolo— la acompañaban. Pero al mirarse la mano, ocurrió algo que no pasaba desde hacía meses: sintió el tacto áspero de la sábana. Sintió el frío del aire en su piel. El vacío absoluto empezó a agrietarse.




Dos años después.

La plazuela del barrio de La Data bullía con el ajetreo habitual de una mañana de primavera en Plasencia. El olor a churros recién hechos en la C/ Batalla San Quintín se mezclaba con el aroma de las flores de la zona ajardinada. Sentada en uno de los muretes de piedra, bajo la sombra de un pino, Carmen observaba el ir y venir de sus vecinos.

Llevaba puesto un vestido de punto color azul de la temporada y unos pendientes de plata que su marido le había regalado décadas atrás. En su regazo sostenía una bolsa de la compra con verduras frescas y un pan de hogaza que acababa de adquirir en la tienda de Rafael.

Carmen se llevó la mano al cuello, justo sobre la arteria carótida. Presionó suavemente con los dedos índice y corazón. Pum, pum, pum. El latido era rítmico, fuerte y constante. Ya no necesitaba convencerse de que estaba viva; la propia biología de su cuerpo, reconciliada con su mente tras las doce sesiones de terapia hospitalaria, se lo recordaba en cada segundo.

Isabel se sentó a su lado, trayendo dos botellines de agua fría del quiosco de la Sra. Chon.

—Vaya ritmo llevas hoy, mamá. Casi no te alcanzo desde el Asilo de ancianos —dijo sonriendo, dándole un beso en la mejilla, una mejilla que ahora tenía un color sonrosado y una calidez completamente humana.

—Hay que aprovechar el día, hija —respondió, abriendo su botellín y dando un trago largo—. El agua está buena. Sienta bien.

Miró hacia los bloques de pisos, hacia las ventanas de su propio salón donde un día habitó el fantasma de la negación absoluta. La depresión psicótica se había retirado, controlada por una dosis mínima de mantenimiento que tomaba cada noche antes de dormir. La idea de que sus órganos eran de piedra o de que su carne se estaba pudriendo le parecía ahora una pesadilla lejana, una distorsión extraña nacida del dolor de la pérdida.

Carmen se levantó del murete, apoyándose firmemente en sus piernas, sintiendo el peso real de su cuerpo sobre el asfalto de la calle. Cogió la bolsa de la compra y miró a su hija con una sonrisa llena de luz.

—Vamos para casa. Hay que hacer la comida, que hoy tengo un hambre que me muero.

Caminaron juntas, confundidas entre la multitud del barrio, dejando atrás el territorio de las sombras para abrazar, con toda su crudeza y su belleza, el ruidoso milagro de estar vivas.