LECCIONES EN VALCORCHERO…
Ofidiofobia y estrategias de supervivencia en los años setenta
La primavera de 1975 se desperezaba sobre el norte de Extremadura con una luz cada vez más intensa y el aroma húmedo del tomillo y el cantueso. En el monte público de Valcorchero, a las afueras de Plasencia, los alcornoques retorcidos extendían sus ramas sobre un terreno de canchales de granito, retamas y matorrales que ocultaban la vida discreta de los animales. Para Alberto, un placentino de treinta y ocho años curtido en las estrecheces de la posguerra tardía, aquel paraje no era un lugar de recreo. Era una despensa, una escuela y, cuando las cosas venían mal dadas, una tabla de salvación.
A su lado caminaba su hijo menor, Paquito, de apenas siete años. El niño arrastraba las zapatillas por la tierra, esforzándose por seguir el paso firme de su padre. Llevaba una pequeña navaja de hoja corta, sin punta afilada, y un morral de lona en el que empezaban a asomar los primeros manojos de espárragos trigueros.
—Baja ese lomo, hijo, que los espárragos no salen a saludarte —le indicó Alberto, deteniéndose junto a una esparraguera—. Mira bien dónde metes la mano. Los buenos brotes suelen asomar cerca de las raíces, donde la tierra conserva algo de humedad. Corta por la parte tierna, sin llevarte media planta. Y no arranques la mata, que la semana que viene tenemos que volver.
Paquito se arrodilló y apartó con cuidado unas hierbas. La tierra estaba seca en la superficie, pero aún conservaba frescor bajo las piedras. Introdujo la hoja de la navaja junto a uno de los tallos y cortó con cierta torpeza.
—¿Asín, papa? ¿Está bien, asín?
Alberto se inclinó para examinar el espárrago.
—Un poco más arriba. Si te llevas la parte dura, luego no hay quien se la coma. Los de las tiendas quieren el tallo tierno, no madera.
El niño sonrió, satisfecho con la corrección.
—¿Y todos estos son para vender?
—Los mejores, sí. Los que estén más gruesos y bonitos los llevaremos a las tiendas de ultramarinos o a las cocinas de los hoteles, si conseguimos que nos los compren. Los más pequeños nos los quedamos para casa. Con un par de huevos y un poco de aceite hacemos una cena que quita el sentido.
Alberto guardó el manojo en el morral y reanudó la marcha. Mientras avanzaban bajo la sombra irregular de los alcornoques, aprovechaba cada rincón del monte para transmitir a su hijo los conocimientos que él había recibido de sus mayores.
—Mira ese arbusto de allí. Es un majuelo. Sus frutos no son gran cosa, pero, si te pierdes por el campo, cualquier alimento puede ayudarte a pasar el día. También tienes que aprender a reconocer las plantas, saber dónde encontrar agua y distinguir los sitios seguros de los peligrosos.
Paquito levantó la mirada.
—¿Y si me pierdo de verdad?
—Lo primero, no echar a correr como un pollo sin cabeza. Te paras, miras a tu alrededor y piensas. El que se pone nervioso deja de ver lo que tiene delante.
Alberto hablaba con la autoridad de quien había aprendido a no desperdiciar nada: ni el pan, ni el tiempo, ni las oportunidades. En su casa, cada peseta tenía un destino antes de llegar al bolsillo, y cada jornada de trabajo debía rendir lo suficiente para llenar los platos de seis personas.
—En invierno te enseñé a preparar una lumbre con hierba seca y ramas finas. Este verano te enseñaré a reconocer los peces del Jerte y a buscar los lugares donde se esconden. No digo que vayas a vivir siempre del monte y del río, pero conviene saber apañárselas. La vida da muchas vueltas, hijo, y el hambre no espera a que alguien venga a socorrerte.
—Sí, papa.
—¿Y qué te dije de la corriente del río?
El niño bajó un poco la cabeza.
—Que no me meta donde no hago pie.
—Eso es. El agua parece tranquila hasta que deja de serlo. Y con el monte pasa lo mismo. Aquí hay cosas que nos dan de comer y otras que es mejor dejar en paz. Lo importante es aprender a distinguirlas.
Paquito asintió con seriedad. A sus siete años, algunas de aquellas enseñanzas le parecían propias de un hombre adulto, pero le gustaba acompañar a su padre. Cuando Alberto le explicaba algo, el mundo adquiría un orden comprensible: cada planta tenía un nombre, cada piedra podía servir para algo y cada dificultad parecía esconder una solución.
Todavía no sabía que aquel día aprendería una lección que no estaba en los planes de su padre.
A varios kilómetros de Valcorchero, en una casa humilde del barrio de La Data, la mañana había transcurrido al ritmo de la colada, la plancha y los preparativos de la comida.
Eusebia, la madre de Paquito, gobernaba la vivienda con una disciplina inflexible. Sus tres hijas mayores, de doce, catorce y dieciséis años, repartían las horas entre los barreños de zinc, las agujas de coser y las prendas que debían quedar listas antes de la noche.
El aire olía a jabón de tajo, a ropa húmeda y al puchero que hervía lentamente en la cocina.
—¡Dale fuerza a ese brazo, Maribel! —ordenó Eusebia mientras observaba a su hija mayor frotar una sábana contra la tabla de lavar—. ¡Que ese lamparón no va a desaparecer por mirarlo!
Maribel se secó la frente con el antebrazo. Tenía las muñecas doloridas y los dedos enrojecidos por el agua.
—Mama, llevo toda la mañana con la colada. Me duelen las manos.
—Y a mí me duelen los huesos y no por eso se va a lavar sola la ropa. En esta vida hay que aprender a trabajar, aunque una esté cansada.
La mujer se cruzó de brazos y miró a sus otras dos hijas, que remendaban unos calcetines junto a la ventana.
—El día de mañana, si os casáis con un obrero de la fábrica o con un peón de la RENFE, tendréis que saber estirar una peseta hasta que parezca un duro. Y, si os toca servir en casa de alguna familia pudiente de la calle del Rey o de la Plaza Mayor, más os vale que no encuentren una mota de polvo en los muebles. A los pobres nadie nos regala nada.
Maribel volvió a frotar la sábana.
—Pero siempre nos toca a nosotras, mama.
Eusebia la miró con severidad. Durante un instante pareció que iba a reprenderla, pero se limitó a señalar la pila de ropa.
—A cada cual le toca lo que le toca. Y lo que una no hace hoy, lo tiene que hacer mañana. Anda, termina eso antes de que se enfríe el agua.
La conversación murió entre el roce de la tela y el ruido de los cacharros. En aquella casa, como en tantas otras, las lecciones de supervivencia no se impartían únicamente en el monte. También se aprendían entre paredes encaladas, con las manos agrietadas y la obligación de sacar adelante una familia.
En Valcorchero, el sol había ganado altura y calentaba los canchales de granito. La temperatura empujaba a lagartijas, insectos y otros animales a abandonar sus escondrijos para buscar alimento o aprovechar el calor acumulado en las piedras.
Alberto caminaba unos metros por delante, examinando las esparragueras que crecían junto a un alcornoque centenario. La corteza, descorchada en una franja ancha, mostraba el intenso color rojizo de la madera desnuda.
—No te alejes demasiado —advirtió sin volverse—. Que te conozco y, como veas un manojo grande, se te olvida hasta que tienes padre.
—¡Que estoy aquí mismo! —respondió Paquito.
El niño había descubierto una esparraguera especialmente frondosa, escondida junto a una retama. Se agachó, apartó unas ramas con la mano izquierda y acercó la navaja al tallo más grueso.
Entonces escuchó un siseo. No fue un ruido estridente, sino un sonido áspero y prolongado, apenas perceptible al principio, que parecía surgir de la misma tierra. Paquito se quedó inmóvil.
La retama se agitó de repente y algo se deslizó entre las hojas secas. Primero apareció una parte del cuerpo, gruesa y oscura; después, una cabeza alargada que se alzó sobre la vegetación.
La culebra era enorme para los ojos del niño. Medía cerca de dos metros y tenía el dorso de un verde oliváceo que se oscurecía en algunas zonas, con reflejos bajo la luz del sol. Era una culebra bastarda adulta, poderosa y rápida, acostumbrada a desenvolverse entre las piedras y los matorrales del monte.
Paquito no sabía su nombre. Tampoco necesitaba conocerlo para comprender que estaba demasiado cerca.
Había metido la mano en el escondrijo del animal sin advertir su presencia. La culebra, sorprendida por aquella intrusión, se replegó y levantó la parte delantera del cuerpo. Su cabeza quedó orientada hacia el niño, que no acertó a apartarse.
—Papa… —susurró. La palabra apenas le salió de la garganta.
El reptil volvió a sisear. Paquito vio la lengua oscura entrar y salir de la boca y sintió que el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza dolorosa. Las piernas dejaron de responderle. La navaja seguía suspendida junto a la esparraguera y los dedos de su mano izquierda permanecían abiertos, como si aún estuvieran apartando las ramas.
El monte se desvaneció a su alrededor. Ya no oyó el viento ni el canto de los pájaros. Solo veía la cabeza de la culebra y el movimiento tenso de su cuerpo.
El miedo no le permitió pensar. Lo dejó clavado en el sitio.
—¡Papa! ¡Papa, socorro!
Esta vez el grito salió entero, desgarrado por el pánico.
A menos de cinco metros, Alberto se volvió de inmediato. Vio a su hijo paralizado frente a la culebra y comprendió el peligro. No había tiempo para buscar un palo ni para ponerse a discutir con el animal. Tampoco podía lanzarse a golpearlo sin más: una reacción precipitada podía empeorar la situación.
—¡Paquito, quieto! ¡No te acerques!
La culebra se irguió un poco más, manteniendo la cabeza orientada hacia el niño. Alberto avanzó con rapidez, pero sin perderla de vista. Cuando llegó a su lado, agarró a Paquito por la parte trasera de la camisa y tiró de él hacia atrás con un movimiento firme.
El niño tropezó y cayó sentado sobre el manto de cantueso. La navaja se le escapó de la mano y el morral volcó, desparramando los espárragos por el suelo.
Alberto no se detuvo a recogerlos. Retrocedió con su hijo, manteniendo la distancia.
La culebra hizo un movimiento brusco hacia delante, más defensivo que una persecución, y después se deslizó entre la vegetación. Su cuerpo desapareció por una grieta del canchal, donde las piedras formaban un refugio oscuro.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. Alberto esperó, atento a la maleza, hasta asegurarse de que el animal se había alejado. Solo entonces se volvió hacia su hijo. Paquito estaba sentado en el suelo, pálido, con los ojos desorbitados. Le temblaba todo el cuerpo. Las lágrimas le corrían por las mejillas y tenía la respiración entrecortada, como si acabara de correr una distancia enorme.
Alberto se arrodilló frente a él.
—Paquito. Mírame, hijo.
El niño no respondió. Seguía mirando el hueco entre las piedras.
—Paquito, mírame a mí.
Esta vez consiguió captar su atención. Alberto le sostuvo los hombros sin sacudirlo y esperó a que levantara la vista.
—Eso es. Respira despacio. Ya se ha ido. Estamos juntos y no te ha pasado nada.
—Era… era un demonio, papa —balbuceó el niño—. Era enorme. Me iba a morder. Lo he visto. Me iba a morder la cara.
—Era una culebra bastarda. Grande, sí, pero una culebra al fin y al cabo.
—¡Me iba a atacar!
—Estaba asustada, igual que tú. Le has metido la mano en el escondrijo sin saber que estaba allí. Ha intentado defenderse y tú te has quedado paralizado.
Paquito rompió a llorar con más fuerza.
—No podía moverme…
La expresión de Alberto se suavizó. Había visto a hombres adultos quedarse sin habla ante una desgracia, y sabía que no siempre era cuestión de valentía.
—Ya lo he visto, hijo.
Le apartó de la frente un mechón de pelo húmedo por el sudor.
—No tienes que avergonzarte por haber tenido miedo. Lo que ha pasado es que te has llevado un susto de muerte. A cualquiera le habría pasado algo parecido.
Paquito se abrazó a su padre y hundió la cara en su camisa. Alberto lo sostuvo unos instantes, dejando que llorara. Después le ayudó a ponerse en pie y le sacudió la tierra de los pantalones.
—Vamos a sentarnos un momento a la sombra. Hoy ya hemos trabajado bastante.
Se apartaron de la esparraguera y se acomodaron junto al tronco de un alcornoque. Alberto sacó del morral una botella de agua y se la ofreció al niño. Paquito bebió pequeños sorbos, todavía tembloroso.
—Escúchame bien —dijo el padre cuando lo vio más tranquilo—. El monte nos da de comer, pero no es nuestro. Aquí vivimos nosotros, y aquí viven los animales. Si no sabemos dónde ponemos las manos, podemos llevarnos un buen susto.
—¿Y si vuelve a salir otra?
—Puede pasar. Por eso tienes que mirar antes de meter la mano entre las piedras o las matas. Si ves una culebra, no intentes cogerla, no la golpees y no te acerques para verla mejor. Te apartas despacio y la dejas seguir su camino. No tienes que demostrarle nada a nadie.
Paquito miró hacia el canchal.
—Pero yo tenía la navaja.
—¿Y de qué te habría servido? —preguntó Alberto, sin burla—. Eres un niño, y esa culebra es un animal fuerte que se mueve más deprisa que tú. Lo inteligente no es pelear con todo lo que te asusta. Lo inteligente es saber cuándo apartarse.
El niño bajó la cabeza.
—Me he quedado como un tonto.
—No vuelvas a decir eso. El miedo te avisa de que algo puede ser peligroso. Lo que tienes que aprender es a escucharlo sin dejar que te mande siempre. Hoy te has quedado paralizado. Mañana, cuando estés más tranquilo, recordarás lo que ha pasado y sabrás un poco mejor qué hacer.
Alberto le pasó el brazo por los hombros.
—Y otra cosa: aquí no hay demonios. Hay animales que buscan comida, refugio y un lugar donde vivir, igual que nosotros. La culebra no sabe que eres Paquito, ni que has venido a coger espárragos para llevar dinero a casa. Solo ha visto una amenaza demasiado cerca.
El niño permaneció callado, intentando ordenar aquellas palabras. Todavía sentía el cuerpo extraño y las manos le temblaban, pero la voz de su padre le devolvía poco a poco la sensación de estar a salvo.
—¿Volveremos otro día? —preguntó al cabo de un rato.
Alberto lo miró con atención.
—Claro que volveremos. Pero cuando tú estés preparado. No tienes que hacerlo hoy ni mañana. Y, la próxima vez, caminaremos juntos y miraremos bien dónde ponemos las manos.
Paquito asintió. No había dejado de tener miedo a las culebras. Lo que había cambiado era que, por primera vez, podía imaginar que quizá algún día volvería a caminar por el monte sin sentir que cada matorral escondía un monstruo.
Alberto recogió la navaja y los espárragos que habían quedado al alcance de la mano. Después cerró el morral y ayudó a su hijo a acomodárselo al hombro.
—Venga, vamos para casa.
Cuando regresaron a Plasencia, el sol empezaba a bajar y las calles conservaban el calor de la tarde. Padre e hijo cruzaron el umbral de la vivienda con los morrales cargados. Eusebia había puesto la mesa y las tres muchachas terminaban de ordenar la cocina.
—Ya era hora —dijo la madre—. Creía que os habíais quedado a dormir allí.
—El monte estaba bueno hoy —respondió Alberto, dejando el morral sobre una silla—. Hemos cogido una buena cantidad.
Maribel se acercó para ver los espárragos.
—¡Madre mía, qué hermosos! ¿Los vais a vender todos?
—No todos. Estos pequeños se quedan para la cena.
Paquito no dijo nada. Se sentó junto a la mesa y contempló sus manos. Aún le temblaban ligeramente los dedos cuando intentaba coger el vaso de agua.
Su madre lo observó.
—¿Qué te pasa, hijo? Estás blanco como la pared.
Alberto se quitó la chaqueta y la colgó detrás de la puerta.
—Nos hemos llevado un susto con una culebra en Valcorchero. Ha salido de una esparraguera justo donde estaba buscando el muchacho.
Eusebia dejó el cucharón sobre la encimera.
—¡Jesús bendito! ¿Y no le ha mordido?
—No. He podido sacarlo de allí a tiempo.
La madre se acercó a Paquito y le examinó las manos, los brazos y las piernas, como si esperara encontrar una herida escondida.
—¿Estás bien, hijo?
Él asintió.
—Sí, mama.
—Pues da gracias a Dios. ¡Mira que hay que tener cuidado con las cosas del campo!
Paquito no respondió. Recordaba demasiado bien la cabeza levantada, el siseo y la sensación de no poder mover ni un dedo.
Alberto le guiñó un ojo desde el otro lado de la mesa. No intentó convertir el incidente en una hazaña ni se burló de su miedo. Aquel gesto sencillo le hizo sentirse menos avergonzado.
Durante la cena, las conversaciones volvieron poco a poco a su cauce habitual. Las hermanas hablaron de la colada, Eusebia se quejó del precio del aceite y Alberto explicó que, si el tiempo acompañaba, podrían volver a Valcorchero a la semana siguiente.
Paquito escuchó en silencio. Sabía que el monte ya no sería para él exactamente el mismo lugar de juegos e inocencia. Ahora había descubierto que la naturaleza podía ser hermosa y generosa, pero también imprevisible; que un animal podía asustarlo sin ser malvado y que incluso junto a su padre podía encontrarse en una situación que no comprendía. No volvería a ser el niño que había entrado aquella mañana en el encinar. Pero tampoco estaba condenado a convertirse en un hombre que huyera de todo aquello que le recordase el susto.
Después de cenar, Alberto separó los mejores manojos de espárragos y los ató con unas tiras de torvisca. Los colocó en los morrales, preparados para llevarlos a la mañana siguiente al Hotel Los Álamos, uno de los establecimientos de referencia en la Plasencia de los años setenta, donde se alojaban viajantes de comercio, técnicos de obras públicas y familias que visitaban el norte de Extremadura.
Paquito, ya más tranquilo, lo observaba desde una silla.
—¿Puedo ir contigo, papa?
—Claro. Pero allí te quedas a mi lado y no tocas nada. En las cocinas hay cuchillos, fuego y cacharros calientes. También hay que aprender a comportarse en los sitios de los demás.
El niño asintió.
A la mañana siguiente, padre e hijo cargaron los morrales en su Derbi Antorcha y se dirigieron hacia la avenida Martín Palomino. El Derbi avanzó por las calles de la ciudad con su traqueteo característico, mientras el aire fresco de la mañana les despejaba el sueño.
Al llegar al hotel, entraron por la puerta de servicio, que daba acceso a la cocina. El contraste con el monte era inmediato: allí olía a lejía, fritura, caldo de carne y metal caliente. Los cocineros se movían de un lado a otro, entre ollas humeantes y cuchillos que brillaban bajo las luces.
—Espera aquí, Paquito —le indicó Alberto, apoyándole una mano en el hombro—. Y no toques nada. Aquí hay que tener los ojos abiertos y la boca cerrada.
El niño obedeció, impresionado por el movimiento de la cocina.
Al cabo de unos minutos apareció Miguel, el gerente del hotel. Era un hombre de unos cincuenta años, pulcro y de bigote canoso, que llevaba un chaleco oscuro sobre la camisa. Conocía a Alberto de otras entregas y sabía que sus productos eran frescos y de buena calidad.
—¡Hombre, Alberto! Ya tardabas en dejarte ver. Hoy tengo a unos ingenieros de la línea del ferrocarril que me han pedido espárragos para la cena. ¿Qué me traes?
Alberto abrió el morral y sacó los tres manojos más hermosos. Las yemas conservaban un tono verde y los tallos, recién cortados, todavía mostraban la frescura del campo.
—Míralos tú mismo, Miguel. Los cogimos ayer. Esto no es género de huerta: son espárragos criados entre el granito, con el sabor de la tierra y del monte.
Miguel examinó uno de los manojos. Presionó suavemente un tallo con el pulgar y comprobó su firmeza.
—Están muy buenos, las cosas como son.
Entonces reparó en Paquito, que miraba fascinado las cacerolas alineadas junto a los fogones.
—¿Y este es el muchacho? ¿Ya te ayuda a cogerlos?
—Va aprendiendo. Tiene que saber de dónde sale lo que comemos y lo que cuesta ganarse la vida.
Miguel sonrió.
—Pues más vale que aprenda pronto. La vida no está para regalar nada.
Alberto asintió. Durante un instante, la conversación pareció quedar suspendida entre los tres. Paquito recordó el susto del día anterior y comprendió que su padre no le hablaba del trabajo para asustarlo ni para obligarlo a hacerse mayor antes de tiempo. Lo hacía porque conocía la fragilidad de la vida cuando el dinero escaseaba y porque quería que su hijo tuviera recursos para enfrentarse a ella.
—Bueno, ¿a cuánto me dejas los manojos? —preguntó Miguel—. Ya sabes que la cosa está apretada.
—Apretada está para todos, pero estos espárragos no se han criado solos. Hay que andar mucho monte y tener cuidado con lo que uno se encuentra. Mil pesetas por los tres manojos.
Miguel resopló teatralmente.
—¡Mil pesetas! Tú sí que sabes vender.
—Y tú sabes lo que te cuestan en otro sitio. Además, estos te los traigo recién cogidos.
El gerente volvió a mirar los espárragos. Después sacó dos billetes de quinientas pesetas y se los entregó.
—Está bien, Alberto. Mil pesetas. Pero para el próximo sábado quiero otros tres manojos iguales. Tengo una celebración y los clientes no se conforman con cualquier cosa.
—Si el monte nos los da, los tendrás.
—Eso espero.
Alberto guardó el dinero en el bolsillo interior de la chaqueta y cerró el morral vacío. Antes de salir, Miguel volvió a mirar al niño.
—Y tú, muchacho, haz caso a tu padre. Sabe lo que se hace.
Paquito asintió.
No contó lo de la culebra. Todavía le costaba recordar el encuentro sin que el estómago se le encogiera. Pero mientras cruzaba la puerta de servicio junto a Alberto, comprendió que la lección del día anterior no consistía únicamente en reconocer un peligro o aprender a apartarse de él.
También consistía en entender que el valor no siempre tenía el aspecto de un hombre que nunca se asusta. A veces era el de un padre que reconocía el peligro, protegía a su hijo y después le explicaba cómo actuar la próxima vez. Y otras veces era el de un niño que, después de haber sentido un miedo inmenso, conseguía volver a caminar a su lado.
Padre e hijo montaron de nuevo en la moto y emprendieron el regreso a casa. Las mil pesetas pesaban poco en el bolsillo de Alberto, pero significaban mucho para la familia: comida, recibos y un pequeño margen para afrontar los días difíciles.
Paquito apoyó las manos en la cintura de su padre mientras la moto avanzaba por las calles de Plasencia. Pensó en los espárragos, en la cocina del hotel y en el hueco entre las piedras de Valcorchero.
Algún día volvería al monte. No sabía cuándo, ni si el recuerdo de la culebra le haría detenerse al ver una retama agitarse entre las rocas. Tal vez tendría que aprender a respirar despacio, a mirar antes de acercarse y a aceptar que el miedo tardaría en marcharse.
Pero ahora sabía algo que la víspera ignoraba: no necesitaba vencer a todos los peligros para sobrevivir. Necesitaba aprender a reconocerlos, respetar sus límites y pedir ayuda cuando no pudiera afrontarlos solo.
En la Extremadura de aquellos años, donde cada peseta se ganaba con esfuerzo y el hambre no concedía demasiadas treguas, aquella enseñanza tenía un valor que no cabía en ningún morral.
Valcorchero seguiría dando de comer a los suyos, con sus espárragos, sus criadillas, sus cardillos, sus alcornoques y sus canchales. Y entre sus piedras seguirían viviendo las culebras, ajenas a las necesidades de los hombres.
Paquito no había dejado de tenerles miedo. Aún no.
Pero el miedo ya no era un demonio sin nombre. Ahora tenía forma, un lugar donde esconderse y una manera de evitarlo.
Y ese conocimiento, transmitido por la mano firme de su padre, sería el primer paso para que algún día pudiera volver a mirar el monte sin sentirse indefenso.
© Franizquiero
