sábado, 13 de junio de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo 3, episodio 15

 


Sevilla, Isla de la Cartuja, mayo de 1990

Tras someterse a un reconocimiento exhaustivo, requisito imprescindible para incorporarse al puesto de oficial de primera encofrador en aquella empresa, y ser evaluado por el equipo médico como apto para el trabajo, Antonio se incorporó a uno de los grupos que supervisaba Manuel. El recibimiento por parte de los operarios fue efusivo, ya que la mayoría de ellos eran de Plasencia y le conocían desde hacía varios años.

El principio fue muy duro para él. La falta de costumbre le pasó factura durante los primeros quince días. Las agujetas y el cansancio se convirtieron en un suplicio. Excepto por la ausencia de vómitos y diarreas, todo le hacía pensar en la similitud de su estado actual con los momentos que vivió mientras superaba el síndrome de abstinencia.

Poco a poco, cuerpo y mente fueron adaptándose a los rigores del calor, al esfuerzo físico que requerían las tareas asignadas y a la presión ejercida por los superiores para que todo aquello pudiera inaugurarse en la fecha prevista.

Tres meses después de incorporarse al grupo, no solo consiguió ponerse al día, sino que aventajó a la mayoría de los operarios, circunstancia que no pasó inadvertida para las distintas jerarquías de la empresa.

Parecía que, por fin, la vida comenzaba a sonreírle. Sin embargo, el destino todavía le tenía reservada una nueva embestida.

Mediaba el mes de septiembre cuando, a eso de las nueve de la mañana:

—Manuel, ¿me escuchas? ¿Estás ahí? Corto y cambio —requirió el jefe de personal a través de la emisora CB de 27 MHz que descansaba sobre el escritorio.

«¡¿Qué hoctia querrá este gelipollas ahora?!», pensó al recibir el mensaje en el walkie-talkie que la empresa le había asignado.

—Sí, aquí estoy. Corto y... —respondió sin más.

—¿Está tu hermano contigo? Corto...

—No. Él está en la estructura cuatro. Yo estoy en la dos. C...

—Pásate por allí ahora mismo y le recoges. Ha llamado tu mujer y os tenéis que ir para Plasencia lo antes posible...

—¡¿Pero cá pasao?!... —gritó desconcertado.

—Según me ha dicho ella: «Un coche ha atropellado a vuestro padre y está bastante grave».

La conversación cesó de repente. Manuel condujo todo lo rápido que las obras le permitieron hasta llegar junto a la estructura cuatro.

—¡Antonio! —gritó sin bajarse del vehículo—. ¡Vamos! Deja to lo que estés haciendo, que nos vamos pa Plasencia.

—Pero ¿qué pasa, hermano?

—¡Qué te montes en el coche de una p... vé, hoctía!

Sin más dilación se pusieron rumbo a Plasencia sin detenerse siquiera para cambiarse de ropa de trabajo. Durante el trayecto, el silencio se impuso entre ambos. La preocupación y la desesperanza hicieron innecesaria cualquier conversación.

Cuatro horas después, tras dejar el vehículo estacionado, se encaminaron directamente hacia la sala de espera del hospital. Ambos se llevaron las manos a la cabeza al contemplar la cantidad de familiares que se habían desplazado hasta allí y el semblante que reflejaban sus rostros. Comprendieron al instante que sus peores temores se habían cumplido: José había fallecido.

—Según mos han dicho los méicos, ha muerto en el acto... Por lo menos no ha sufrío, hijo —susurró Doroteo, hermano del difunto, tratando de consolarlos.

Como si aquellas palabras pudieran mitigar el dolor provocado por aquella desgracia inesperada y calamitosa.

Tras el sepelio, un par de días después, regresaron a Sevilla.

Desde aquel fatídico día, el carácter de Antonio se fue agriando. Las conversaciones con los compañeros de trabajo se limitaron estrictamente a asuntos laborales y, poco a poco, fue apartándose de ellos. Por las noches, antes de acostarse, solía caminar en solitario por las inmediaciones del piso que tenían alquilado en Dos Hermanas, con el propósito de vencer el insomnio que se había apoderado de él.

Su comportamiento no pasaba inadvertido para el resto de los compañeros. Entre ellos era habitual hacer conjeturas sobre las posibles causas de aquel cambio. Mientras tanto, Antonio, ajeno a todo ello, trataba de seguir ahogando sus penas en silencio al tiempo que intentaba distraer sus pensamientos refugiándose en las tareas que le eran encomendadas.

Los meses fueron sucediéndose unos tras otros. La obra avanzaba a buen ritmo y las exigencias aumentaban conforme se acercaba la fecha de inauguración. Sin embargo, Antonio nunca volvió a ser el mismo. Mientras los pabellones y estructuras crecían día a día en la Isla de la Cartuja, él parecía encerrarse cada vez más en sí mismo.

Noviembre de 1991. Isla de la Cartuja.

El día amaneció triste, gélido y gris, como cualquier otro de aquella estación. Los operarios, por el contrario, estaban pletóricos. Era martes, día cinco y, como cada mes, día de cobro.

Durante la mañana fueron pasando por las correspondientes oficinas las distintas cuadrillas y, posteriormente, se reincorporaron a sus quehaceres.

A media tarde, Antonio se encontró indispuesto y, tras comunicárselo a Manuel, este se prestó a llevarle hasta la vivienda que ambos compartían.

Al salir de trabajar, ya casi anochecido, se armó un gran revuelo en la caseta donde se cambiaban algunos de los operarios.

Al día siguiente, al levantarse, Manuel se percató de que Antonio no estaba en la casa y, sin tener la menor idea de dónde podría encontrarse, se dirigió a la obra. Una vez allí, le extrañó que los miembros de su grupo estuviesen fuera de la caseta, sin cambiarse de ropa.

—¡Oye, Manué! —gritó a modo de saludo uno de los oficiales—. Esto no pué seguil asina.

—Buenos días. ¿Lo cuál?

—¡No t'hagas el tonto! ¿No t'has enterao?

Manuel negó con la cabeza.

—¿De qué?

—Pos de que al Juan, al Julio y al Loren l'han robáo el sobre con la paga.

—¿Y qué tengo yo que vé con eso?

—Tú, na. Pero ellos —dijo señalando a los demás operarios— piensan cá sío tu herrmano.

—¡Asín, sin más! —gritó—. ¿Y qué les hace pensá cá sío él?

—No, na. Solo que, como tos saben qu'él, antes de vení aquí...

—¡Ya está!... Y solo por eso tiene cabé sío él, ¿verdá? ¿Y no puede sé que alguien, al sabé de su pasao, s'haiga aprovechao d'ello? —manifestó malhumorado.

En aquellos instantes se detuvo frente a la caseta un taxi. Un par de minutos después, tras abonar el servicio, apareció Antonio.

—Buenos días —saludó—. ¿Qué pasa aquí, con tanto revuelo?

Manuel le miró con los ojos inyectados en sangre.

—¡Tengo que hablá contigo! —bramó señalándolo reiteradamente con el dedo índice.

—¡¿Qué te pasa a ti ahora?! —exclamó Antonio, sin salir de su asombro—. No me dirás que to esto es por habé llegao quince minutos tarde, ¿verdá?

—¡Entra en la caseta y déjate de hoctias!

—Bueno, bueno. Tranquilo, que ya voy.

Una vez dentro, Manuel cerró la puerta tras de sí.

—¿Qué pasa contigo? —reclamó—. ¿De qué vas?... ¿Asín es cómo me lo pagas?

—No sé a qué viene eso ahora.

—Pos viene a razón de que, según algunos, hay un ladrón entre nosotros.

—¡¿Y eso qué tiene que vé cormigo?!

—Pos mu sencillo: piensan cás sío tú.

—Te lo juro por mama que yo no tengo na que vé con eso —exclamó, visiblemente consternado—. ¿No creerás que...?

—¡Mírame a la cara y repítemelo!

—Ya te lo he dicho, ¡jodé! Yo no he sío. Te lo he juráo por mama. ¿Qué más quieres cága?

—¡Qué me digas la verdá, hoctia! ¡Eso es lo que quiero!

—Ya lo estoy haciendo. ¿O es que tamién es culpa mía que no me creas?

Una voz metálica interrumpió la conversación.

—Manuel, ¿dónde estás? Corto y cambio —consultó Gutiérrez, el jefe de personal.

—Hola, buenos días... Estoy aquí, en la obra. ¿Quería usté algo? Corto y...

—Sí, así es. Pásate inmediatamente por la oficina. Corto.

—Está bien. Me pongo en camino ahora mismo.

Media hora después, aparcó junto a las oficinas y se adentró en el edificio.

—Hola, buenos días —saludó a la recepcionista—. ¿Sabe si está el jefe de obra por aquí?

—¿Por cuál de ellos pregunta usted?

—Gutiérrez. José Luis Gutiérrez, er de estructuras.

—¿Quería usted...?

—Él m'ha dicho que me presente aquí. Dígale que ha llegáo er Manué.

—Está bien. Siendo así, suba usted a la segunda planta. Su despacho está al fondo del pasillo, a la derecha.

Al llegar junto a la puerta, golpeó un par de veces con los nudillos mientras la entreabría.

—¿Da usté su permiso?

—¡Adelante! ¡Adelante, Manuel! —indicó con voz grave y clara.

—Hola, buenos días.

—Siéntate, por favor. Tenemos que hablar de algo muy serio... ¿Qué ha ocurrido en los vestuarios?

—Parece sé cán desaparecío los sobres con la paga de tres obreros.

—Sí, sí. Eso ya lo sé. Y también que todas las sospechas recaen sobre tu hermano, ¿no es así?

—Sí, asín es. Pero he de decirle que m'ha jurao por nuestra madre que él no ha sío.

—De veras, créeme que lo siento, pero no podemos permitir que ocurran estas cosas...

—Perdone usté mi insistencia, pero no creo que haiga sío él. Úrtimamente está mu tranquilo y, como trabajadó, usté mismo m'ha felicitáo por haberle traío.

—Cierto es, Manuel. Y por eso mismo me duele tener que ejecutar el castigo. Pero son órdenes de arriba y las tengo que cumplir. He intentado defender su continuidad por todos los medios, pero han sido tajantes: «Despido disciplinario, sin derecho a indemnización ni a los papeles para solicitar el subsidio de desempleo».

Manuel descargó un puñetazo sobre el escritorio al tiempo que se ponía en pie.

—¡¿Y eso por qué?! —gritó.

—Porque son las órdenes que he recibido y no tengo margen para cambiarlas. Créeme, Manuel, he hecho todo lo que estaba en mi mano.

—¡¿Motivos suficientes?! —rugió—. ¡¿Sin una sola prueba?!

—Entiendo tu enfado, pero la decisión está tomada.

—Pos, si asín son las leyes, ¡que me preparen la cuenta a mí tamién!

—Recoge toas tus cosas, que nos vamos pa Plasencia —bramó al tiempo que dirigió una mirada intimidatoria hacia los demás operarios. El resto del grupo permaneció en silencio: el semblante de Manuel indicaba que eso sería lo mejor para todos.

  —Pero, ¿Cá pasao, hermano?

   —¡Qué se metan la obra por culo! Y el hijo de p… que haiga robao er dinero… ¡Ojalá que se lo tenga que gastá en botica!

Antes de regresar a Plasencia, pasaron por la vivienda alquilada con el fin de recoger sus enseres y entregar las llaves al propietario. No hubo necesidad de saldar cuentas, ya que la fianza había sido abonada por adelantado y cubría sobradamente el último mes de alquiler.