sábado, 4 de julio de 2026

Capítulo 2, episodio 2, CICATRICES DE DOBLE FILO

 


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Enero de 1982

Faltaba apenas media hora para que finalizase la jornada laboral del equipo encargado de la recogida de basuras en la zona del Paseo del Campo del Volantín. Al echar mano al último contenedor para arrastrarlo hacia la parte trasera del camión, Iñaki creyó escuchar un lastimero gemido. Sin pensárselo dos veces, y con el único impulso de apartarlo de la zona de peligro de los brazos mecánicos, dio un tirón tan brusco que derribó a Ezequiel, su compañero de ruta.

—¡Alto! ¡Para, para el camión! —gritó Iñaki, agitando la mano derecha con toda la fuerza que le permitía su potente voz desde el centro de la calzada.

El conductor, alarmado, detuvo de inmediato los mandos de la prensa desde la cabina. Abrió la portezuela, saltó al asfalto y, al no ver a Ezequiel en su sitio, corrió hacia la parte trasera temiéndose una desgracia.

—¡Joder, vaya susto me habéis dado! —exclamó el chófer, llevándose una mano al pecho al localizarlo en el suelo—. ¿Qué demonios ha pasado?

—Ni idea. De repente he sentido un tirón y he salido disparado como un saco de patatas —respondió Ezequiel, intentando restarle importancia mientras se levantaba y se sacudía el pantalón de trabajo.

Los tres hombres se asomaron entonces al interior del contenedor de hierro. Al descubrir que el causante de todo aquel revuelo no era más que un diminuto gatito atigrado que bufaba aterrado, arrinconado entre las bolsas de plástico, se quedaron en silencio durante unos segundos.

—Mirad qué cosa más bonita —dijo Iñaki, metiendo el cuerpo para tomarlo con cuidado y enseñárselo a los otros.

—Podías haber avisado de otra manera, ¿no te parece? —refunfuñó el conductor, todavía contrariado por la adrenalina.

—¡Ahí va la ostia! ¿Y tú te crees que en ese instante me iba a parar a pensar si era un gato o un crío? Escuché un quejido y tiré.

—Bueno, haya paz, que al final no ha pasado nada —intervino Ezequiel, aunque empezó a frotarse el brazo izquierdo al notar cómo el golpe contra el suelo comenzaba a dolerle.

—¿Y ahora qué? ¿También vas a llevarte a casa todo lo que encuentres por la calle? —insistió el conductor con sorna mientras regresaba a la cabina—. Porque lo tuyo empieza a ser preocupante, Iñaki.

—Si te refieres al síndrome de Diógenes, no creo que por recoger a un ser indefenso...

—A ver, hombre: ayer fue el jaulón de cría que, según tú, estaba nuevo; hace unos meses, aquel acuario que «te daba pena» triturar en el camión… Y ahora esto.

—Más te valdría preocuparte de tus asuntos y dejar de meterte en mi vida —lo cortó Iñaki, frunciendo el ceño de golpe—. Tengo edad de sobra para hacer lo que me dé la gana en mi casa sin pedir permiso a nadie.

—Vale, vale, no te pongas así —claudicó el conductor, alzando las manos—. Vámonos, que ya vamos tarde para el cierre.

Iñaki abrió la puerta del copiloto y tomó la vieja jaula que había rescatado la noche anterior. Con paciencia y sufriendo no pocos arañazos, consiguió introducir al pequeño salvaje en su interior. Cuando se volvió dispuesto a continuar la faena, Ezequiel le hizo un gesto tranquilizador.

—Déjalo ya, compañero. El último contenedor ya está colocado en la acera.

—Ezequiel, ¿cómo tienes el brazo? Lo siento de verdad, no quise tirarte así.

—No te preocupes, solo ha sido el golpe de la caída. Yo habría hecho lo mismo que tú.

Al llegar a su piso, Iñaki dejó la jaula sobre la mesa de la cocina y encendió la bombilla. El gatito permanecía encogido en un rincón del metal, erizado, temblando y desconfiado.

—Supongo que, a pesar de las horas que son, no te importará cenar algo, ¿verdad, amiguito? —murmuró con suavidad, cambiando por completo el tono de voz mientras abría la alacena.

Sacó una lata de sardinas en aceite y otra de paté que tenía para las emergencias. Depositó una generosa porción en un plato dentro de la jaula y, junto a ella, colocó un tarro de cristal limpio lleno de agua fresca. Después retiró la separación metálica para darle espacio y se sentó en la silla frente al animal para observarlo. Sin embargo, el cachorro ni siquiera se aventuró a oler la comida; seguía vigilándolo con unos ojos verdes, abiertos y llenos de miedo.

Entonces, sin poder evitarlo, Iñaki recordó una frase que su madre solía repetirle en el caserío cuando de niño rechazaba el plato:

«No te preocupes, cariño; si no te lo comes ahora, ya te lo comerás mañana».

Una leve sonrisa nostálgica le cruzó el rostro maduro. Viendo que el animal no pensaba moverse mientras él estuviera allí, decidió dejarlo tranquilo en la penumbra y marcharse a dormir. Apenas quedaban unas pocas horas para el amanecer.

A las once en punto de la mañana sonó el ruidoso despertador. Iñaki se levantó, se calzó las zapatillas y caminó hasta la cocina con sigilo. Al entrar en la estancia y subir la persiana, sonrió de oreja a oreja al descubrir que el minino se había quedado profundamente dormido en una postura imposible, panza arriba, tras haber devorado más de la mitad del paté.

El gato despertó sobresaltado en cuanto notó los pasos. Bufó de inmediato y lanzó un rápido zarpazo al aire.

Iñaki regresó al recibidor, rebuscó en los bolsillos de su plumífero gris y volvió a la cocina equipado con unos gruesos guantes de piel de los que usaba en el trabajo. Introdujo la mano con cautela para sacar al animal de la jaula, pero el felino fue más rápido y le propinó un seco y sonoro mordisco en el dedo índice.

—Tranquilo, bonito, que no voy a hacerte daño —le susurró, ignorando la presión en el cuero y sosteniéndolo a la altura de sus ojos mientras contemplaba fascinado el brillo desafiante de sus pupilas.

En cuanto lo dejó en el suelo, el cachorro salió disparado como un centella hacia el refugio oscuro que ofrecía el hueco bajo el viejo mueble de la cocina.

Comprendiendo que el gato necesitaría tiempo y espacio para hacerse a la casa, Iñaki acomodó periódicos viejos en una esquina, le dejó agua limpia y algo más de comida por si le entraba hambre durante el día. Después se aseó, se vistió y salió de casa cerrando bien la puerta con llave para evitar que el pequeño escapara por algún descuido al rellano.

Sus pasos lo condujeron por las calles del centro hasta la misma tienda de mascotas donde meses atrás había comprado el acuario y sus primeros peces de colores.

—Hola —saludó al cruzar la puerta, accionando el sonajero de caracolas de la entrada.

La joven propietaria lo miró sorprendida detrás del mostrador; apenas habían pasado dos días desde su última visita para comprar comida de peces.

¡Kaixo, egun on! ¿Qué te trae otra vez por aquí tan pronto, Iñaki?

—Esta vez no vengo por el acuario. Ayer encontré un gato dentro de un contenedor en la ruta y... bueno, creo que al final voy a quedármelo en el piso.

—¡Ah, ya entiendo! —rio ella, apoyando los codos en el mueble—. Vienes a por el equipo completo de provisiones.

—Sí. Necesito comida de la suya, un arenero y un transportín para poder llevarlo a que lo mire el veterinario. No creo que tenga más de dos meses, aunque por los dientes cualquiera diría lo contrario.

—No sabía que a los gatos se les calculase la edad igual que a los caballos, mirando la dentadura —bromeó la muchacha.

—No hizo falta que me esmerara en mirarle la boca. Ya se encargó él mismo de enseñármela bien —respondió Iñaki, quitándose el guante y mostrándole el dedo marcado por el mordisco reciente.

La joven soltó una carcajada limpia.

—Pues para ser tan pequeño, cualquiera diría que te ha atacado un tigre de Bengala.

Iñaki se quedó pensativo un instante, mirándose el dedo, y sonrió de medio lado.

—Pues mira... ahora que lo dices, creo que ya tengo el nombre perfecto para él.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Tigre.

La muchacha le recomendó un pienso económico pero de buena calidad para cachorros y, tras pagar la cuenta, se despidieron cordialmente.

Al regresar al piso, Iñaki descubrió que los platos de la cocina estaban completamente limpios, relamidos. Se arrodilló junto al aparador y distinguió, al fondo de la penumbra del mueble, dos pequeños ojos brillantes que lo observaban fijamente, evaluándolo.

Pasó una semana entera hasta que Tigre comprendió que aquel gigante barbudo de manos enormes no suponía ningún peligro para su vida.

El punto de inflexión llegó una tarde de domingo en la que Iñaki se quedó profundamente dormido en el sofá después de comer un contundente plato de cocido de los suyos, con todos sus sacramentos: chorizo, tocino, morcillo y costilla adobada. La digestión pesada lo dejó KO.

Con extremo sigilo, venciendo el miedo milímetro a milímetro, Tigre se acercó al tresillo del salón. Al comprobar que su gigantesco anfitrión seguía completamente inmóvil y emitía un ronquido rítmico, saltó con suavidad felina y se enroscó justo en el hueco entre su brazo y su pecho, en busca de calor.

Cuando Iñaki abrió los ojos un rato después, se quedó petrificado, inmóvil, al descubrir al pequeño gato dormido sobre él, rozándole el mentón con los bigotes.

«Como me mueva de golpe, me araña la cara», pensó, conteniendo hasta la respiración para no espantarlo.

Pero, en lugar de huir, Tigre se desperezó lentamente, estiró las patas y comenzó a lamerle la mano con su lengua áspera.

A partir de aquella tarde de invierno nació entre ambos un vínculo silencioso e inquebrantable. Pese a las inevitables trastadas de los meses siguientes y a algún que otro arañazo en el mobiliario viejo, Iñaki jamás le levantó la mano ni le chilló. Tigre aprendió pronto las normas de la casa, incluido el uso del arenero, y terminó adueñándose de cada rincón del piso como si siempre hubiera sido el rey de la vivienda.

Al igual que los peces del acuario, aquel pequeño gato rescatado de una muerte segura en la basura se convirtió, desde aquel invierno de 1982, en la única y verdadera familia de Iñaki.