Escrito el 19 de agosto de 2015, revisado el 17 de marzo de 2026
Atanasio Buendía Santaolalla era un hombre centenario que, como cada mañana, salió de su casa y dirigió sus pasos hasta la esquina junto al 18 de Julio (Centro de Salud Miranda Oeste). Era algo habitual en él desde hacía más de sesenta años; acudía con el propósito de mirar las esquelas en el cartel anunciador por si acaso aparecía algún conocido y debía asistir a su entierro.
Unos metros antes de llegar al lugar, se extrañó de que junto al tablón informativo se hallaran tantos conocidos. Aligeró el paso con la intención de salir de dudas:
—Buenos días —dijo con voz gastada—. ¿Quién se va hoy para el patatal?
Nadie le respondió. Arremetiendo contra ellos, volvió a preguntar con voz altiva y soberbia. Al obtener la misma respuesta, se posicionó delante de los demás. Al ver la esquela, se quedó atónito; llevándose las manos a la cabeza con ademán de desesperación, gritó más que habló:
—¡Por favor! ¡Decidme que no es cierto lo que ven mis ojos!
Ante la misma respuesta —el silencio—, decidió retornar a su domicilio, cabizbajo y meditabundo, sin despedirse de ninguno de los allí reunidos. Al llegar a su hogar, se dirigió hacia el dormitorio y, una vez allí, se introdujo en el frío y rígido cuerpo que yacía sobre la cama en decúbito supino.
