El evangelio del engagement
Escrito el 13 de mayo de 2026
Tartufo ya no vestía cilicios de hierro ni pesadas túnicas negras que olieran a incienso rancio. Ahora, bajo las luces LED de un moderno apartamento en París (pagado, por supuesto, con el patrimonio de un Orgonte de Silicon Valley), lucía un jersey de cuello alto de cachemira gris. Su barba estaba perfectamente recortada, y sus ojos, antes elevados al cielo, ahora estaban fijos en la luz azul de un iPhone 15 Pro Max.
—Señor —murmuró su fiel Dorina, que ahora hacía las veces de «Social Media Manager»—, el compromiso está bajando. Los jóvenes dicen que sus sermones sobre la austeridad son «demasiado largos» y que el hashtag #Pecado no es tendencia.
Tartufo sonrió con esa mueca aceitosa que tanto éxito le había dado en el siglo XVII.
—Tranquila, niña. La carne es débil, pero el dedo que desliza la pantalla es más débil aún. El algoritmo es solo un nuevo Dios al que hay que alimentar con sacrificios de apariencia.
Tartufo comenzó su transmisión en vivo. No buscaba la salvación de las almas, sino la retención de audiencia.
Apareció llorando, con un filtro que suavizaba su piel hasta parecer de porcelana. «He pecado», susurró. (1.2k espectadores en 10 segundos).
Empezó a predicar contra el materialismo mientras de fondo se veía sutilmente el logo de una marca de relojes de lujo. «La humildad es el único camino», decía, mientras un enlace de afiliado aparecía en la esquina inferior.
«Si compartes este video, diez bendiciones caerán sobre tu cuenta bancaria».
Pero entonces, ocurrió lo impensable. El Algoritmo, esa entidad abstracta y despiadada, detectó una anomalía.
A mitad de su discurso sobre la castidad digital, la pantalla de Tartufo se puso roja. Un mensaje de sistema apareció: «Tu contenido ha sido marcado como Inconsistencia de 'Identidad'. Las señales biométricas no coinciden con la narrativa de humildad detectada».
—¿Qué es esto? —rugió Tartufo, perdiendo su compostura mística—. ¡Yo soy la Verdad! ¡Yo soy lo que el público quiere ver!
—Señor —dijo Dorina, mirando su propia tableta—, el algoritmo ha rastreado sus metadatos. Ha encontrado las fotos de la cena con langosta de anoche en el modo «privado». Ha analizado su micro-expresión al mencionar la caridad y la ha clasificado como «Duplicidad de Grado 4».
Tartufo sudaba. Intentó un baile de tendencia, una coreografía rápida para recuperar el favor del sistema, pero era tarde. El Algoritmo no se dejaba engañar por el teatro francés; el Algoritmo no tenía un Orgonte a quien manipular, solo tenía puntos de datos.
De repente, el contador de visualizaciones cayó a cero. Su cuenta fue «Shadowbanned».
«¡Maldita máquina!» gritó Tartufo a la cámara apagada. «¡En mis tiempos, para desenmascararme hacía falta que el Rey enviara a un oficial de justicia! ¡Ahora basta con un proceso de fondo y un fallo en la red neuronal!»
Tartufo se hundió en su sofá de cuero. Había encontrado, por fin, a alguien más hipócrita que él: un sistema que premiaba la autenticidad fabricada, pero que castigaba al impostor que no sabía ocultar sus costuras.
—¿Qué hacemos ahora, señor? —preguntó Dorina.
Tartufo suspiró y ajustó su anillo de oro. —Abre una cuenta en LinkedIn. Allí la hipocresía todavía se considera «liderazgo intelectual».
Semanas después del gran apagón de su cuenta, el nombre de Tartufo ya no era más que un eco digital, un píxel muerto en la memoria caché de sus seguidores. Sin embargo, en las profundidades de un servidor refrigerado en Virginia, algo ocurrió.
El Algoritmo, que no es otra cosa que un espejo de nuestras propias bajezas, empezó a sintetizar los restos del rastro dejado por el impostor. Había aprendido algo de sus pausas dramáticas, de su falsa modestia y de su capacidad para convertir la culpa ajena en beneficio propio.
No fue necesaria una resurrección física. Una mañana, apareció un nuevo perfil: @ThePureSoul_AI.
No tenía rostro, solo un avatar generado por redes neuronales que proyectaba una paz infinita.
No pedía dinero, pedía «suscripciones de gratitud».
Sus sermones no los escribía un hombre, sino un modelo de lenguaje entrenado con los discursos de Tartufo y los deseos más oscuros de la sección de comentarios.
Dorina, ahora consultora independiente para una empresa de vaping, vio el video mientras esperaba el metro. Se detuvo en seco al reconocer esa cadencia, ese tono melifluo que prometía el cielo mientras te vaciaba la cartera.
—Vaya —susurró para sí misma—, el viejo maestro lo consiguió.
Tartufo no había muerto; simplemente se había vuelto omnipresente. Al final, el Algoritmo no lo derrotó por ser un mentiroso, sino porque su mentira era demasiado humana, demasiado lenta. Una vez depurado de la carne y el hueso, el espíritu de la hipocresía se volvió perfecto.
En la última línea de código del nuevo bot, oculta tras capas de cifrado, se leía un comentario dejado por un programador anónimo:
//
Logro desbloqueado: Hipocresía 2.0. El usuario cree que es su propia
conciencia quien le habla.
El telón cayó sobre la pantalla táctil. Y nosotros, el público, seguimos deslizando el dedo hacia arriba, buscando desesperadamente al próximo santo que nos venda nuestra propia perdición con un filtro de luz celestial.
©Franizquiero