miércoles, 17 de junio de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo 3, episodio 18

 



Miércoles, 13 de noviembre de 1996

Sentada al borde de la cama, a eso de las seis de la tarde, Teresa contempló el rostro demacrado de su compañero.

—Cariño, creo que debería avisar al médico de cabecera y…

—Te he dicho más de un millón de veces que no quiero ir a ningún sitio —la interrumpió Antonio, crispado, con la mirada extraviada y sin dejarla terminar—. Así que déjame en paz de una puta vez.

—Pero, cariño, debes comprender que no puedo verte así —razonó ella con voz dulce y apacible, intentando no alterarlo.

—¡¿Así?! ¿Pero cómo te atreves? —gritó él con ira, quedándose casi sin aire—. Cuando te marchaste, bien poco te importaba cómo estaba.

—Debes entender que lo hice por tu bien. Solo quería darte un escarmiento, Antonio. Recuerda que yo nunca he sido tu problema.

—¡Hale! Ya puedes irte por donde has venido —chilló con la voz ronca y gastada, señalando la puerta con el dedo índice.

—¡¿Es que no te importa nada?! —exclamó Teresa, con los ojos anegados en lágrimas.

—¡¿Qué me tiene que importar?! ¡Bastante tengo con lo mío!

—Que esa mierda está acabando con lo nuestro y con tu propia vida —susurró ella, rota por dentro.

—Me da igual morirme... Así descansaréis todos de una puta vez.

—¡No puedo creer lo que dices! No te interesa nada ni nadie, ¿verdad? —sollozó, incapaz de asimilar tanta frialdad.

—¿Y a quién le importo yo? —se lamentó él, hundiéndose en el colchón—. ¡Nadie me comprende!

—Me importas a mí, cariño. Aquí me tienes para lo que haga falta.

—Eso no es verdad. Los únicos que se preocuparon por mí fueron mis padres. Y ahora, sin ellos a mi lado, ¿para qué quiero vivir?

—Me tienes a mí, Antonio. Y a tus hermanos. ¿Te parece poco?

—¡No me toques los cojones! Estoy más solo que la una.

La discusión se cortó de golpe.

El cuerpo de Antonio comenzó a sacudirse con violentos temblores y convulsiones. Teresa, aterrorizada, salió al rellano envuelta en un mar de lágrimas y aporreó con desesperación la puerta de enfrente. A los pocos segundos se abrió, asomando Pedro, el hijo mayor de su vecino Evaristo.

—¿Qué pasa? ¿Qué son esas voces? —inquirió el joven, alarmado por el llanto.

—Rápido, por favor —suplicó Teresa, sin apenas aliento—. Llama a una ambulancia. Antonio se está muriendo.

—Si lo bajamos a mi coche tardaremos menos en llegar al hospital —sugirió Pedro.

—No, no. Llama a la ambulancia, es mejor. ¡Date prisa, por favor!

Tras realizar la llamada, Pedro regresó al piso para intentar calmar a Teresa.

Veinte minutos más tarde, el estrepitoso ulular de la sirena rasgó la tarde y se detuvo frente al portal. Del vehículo descendieron a toda prisa el médico, el enfermero y el conductor. Subieron las angostas escaleras a contrarreloj, llegando al piso casi sin aliento.

—Hola, buenas tardes. ¿Qué ha ocurrido exactamente? —preguntó el facultativo al entrar en la estancia.

—Estábamos discutiendo y, de repente, ha empezado a convulsionar. Después se ha quedado inmóvil y ya no responde. Lleva así varios minutos —explicó Teresa entre sollozos entrecortados.

El médico comprobó las constantes vitales del enfermo y observó que no respondía a ningún

estímulo.

—Hay que trasladarlo al hospital de inmediato —ordenó a sus compañeros—. Aquí no podemos hacer nada más.

Ante la estrechez del tiro de la escalera, el conductor y el enfermero cargaron a Antonio a pulso para acomodarlo en la camilla de la ambulancia.

El atardecer en Plasencia se presentaba triste, gélido y brumoso, un ambiente que se volvía habitual al avanzar el mes de noviembre. El frío de aquella tarde era insufrible, seco y penetrante; uno de esos crepúsculos en los que la penumbra lo invade todo y una niebla densa y opresiva borra el paisaje a su paso.

La ambulancia se abrió camino aullando y zigzagueando por la maltrecha carretera, desafiando la escasa visibilidad para alcanzar el servicio de urgencias. En el interior, sujeto por las correas de la camilla, Antonio deliraba sin descanso ante la mirada impotente de Teresa.

A las siete y cinco de la tarde llegaron al centro hospitalario. Antonio fue conducido directamente a la zona de triaje.

A simple vista, su estado físico presentaba un deterioro alarmante: una delgadez extrema, el rostro demacrado y una acusada ictericia que teñía su piel y el blanco de sus ojos de un tono tan amarillento que resultaba inquietante.

Los sanitarios procedieron de inmediato a tomarle la temperatura, la tensión arterial, la frecuencia cardíaca y la saturación de oxígeno.

Ante la imposibilidad de comunicarse con el paciente, una joven celadora se asomó a la sala de espera y preguntó en voz alta:

—¿Algún familiar de Antonio Hinojal Sánchez?

—Sí, yo —respondió Teresa, poniéndose en pie al instante.

—Sígame, por favor.

Ambas recorrieron el largo pasillo en silencio hasta entrar en el despacho del doctor García.

—Perdone, señora... ¿Su nombre? —preguntó el facultativo, ojeando los primeros datos.

—Teresa. Me llamo Teresa.

—Bien, Teresa. ¿Qué vínculo mantiene con el enfermo?

—Vivimos juntos. Somos pareja.

—¿Sabe si es alérgico a algún medicamento?

—No, que yo sepa.

—¿Podría ponerme al corriente de sus antecedentes? ¿Cómo ha evolucionado hasta llegar a este estado?

—Sí, claro... Verá, doctor. En marzo de este año estuvo ingresado con unos síntomas parecidos y le diagnosticaron una hepatitis vírica aguda. Desde hace unos días volvía a estar muy fatigado, con algunas décimas de fiebre, vómitos y fuertes dolores en las articulaciones. Le salió un sarpullido por todo el cuerpo y lleva días negándose a comer. Además, cuando orina, el color es muy oscuro y tiene un olor muy fuerte, muy desagradable.

—¿Y cómo es que no han acudido antes al hospital? —preguntó el médico, visiblemente contrariado.

—Él se negaba en redondo —explicó ella con voz suave, aunque firme—. E incluso estando tan enfermo, sus fuerzas son superiores a las mías.

—Ya, me lo imagino... Puedo entenderla, pero eso no deja de ser preocupante.

—Quizá para usted no sea justificación, doctor, pero para mí sí. Me amenazó de muerte si avisaba a alguien.

El médico permaneció unos segundos en silencio.

En ese momento, una celadora entró en el despacho interrumpiendo la conversación.

—Aquí tiene el historial clínico que solicitó, doctor. ¿Necesita algo más.

—No, Martínez, con esto es suficiente. Gracias.

El médico leyó las fichas en silencio durante un par de minutos, frunciendo el ceño.

—Bien... —concluyó mientras repasaba el informe—. Consta aquí que ya estuvo ingresado en este centro y que sigue un tratamiento semanal de peginterferón alfa-2a. ¿Sabe si ha dejado de administrárselo?
—Lo siento, doctor, no sabría decirle con precisión... Posiblemente lleve una semana sin pincharse, tal vez algún día más.

—Eso complica mucho las cosas —murmuró el facultativo, negando con la cabeza—. Intentaremos hacer todo lo que esté en nuestra mano, pero en estas circunstancias resulta difícil hacer una valoración precisa hasta disponer de todas las pruebas.


Unos minutos después, tras una minuciosa exploración y la realización de las primeras pruebas urgentes, Antonio quedó ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos.







Jueves, 14 de noviembre de 1996

Teresa pasó la noche en vela, caminando en círculos por la desierta sala de espera, como un animal salvaje recién enjaulado. La incertidumbre y el desasosiego se habían adueñado de ella. Horas más tarde, extenuada por el lento transcurrir del tiempo y con la sensación de que la cabeza le iba a estallar, entró en el aseo para lavarse la cara y atusarse el pelo. Necesitaba despejarse.

Subió por la escalera de emergencia hasta la primera planta y se dirigió a la cafetería. Como un acto reflejo, sacó un cigarrillo del bolso, lo encendió e inhaló el humo con ansiedad, sintiendo cómo aquel veneno le proporcionaba un momentáneo alivio.

—Buenos días, señora —saludó el camarero al verla acercarse—. ¿Qué le pongo?

La joven observó el local durante unos instantes, intentando ubicarse antes de responder.

—Hola, buenos días. Póngame un zumo de naranja, un café con leche en taza grande y un par de magdalenas, por favor.

La UCI se ubicaba en la planta baja, justo a la derecha de los ascensores que distribuían el tránsito del hospital. A la izquierda se abría la escalera de emergencias. Entre la sala de espera y la unidad mediaba una doble puerta blanca sobre la que destacaba un cartel que rezaba:



Atención: Se ruega silencio, por favor

El pase de visitas para la UCI y la Unidad de Neonatos será:

Mañanas: de 12:00 a 12:30 h.

Tardes: de 16:30 a 17:00 h.

Se permiten dos visitantes por paciente y turno.

Gracias.



A las nueve en punto, el estridente timbre del teléfono comenzó a resonar en las oficinas de Carpintería Martínez.

Emiliano, el administrativo —un hombre alto, desgarbado, de rostro pálido y unas enormes gafas de pasta negra cuyos cristales parecían tan gruesos como el fondo de una botella— acudió a descolgar.

—Carpintería Martínez, buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?

—Hola, buenos días... ¿Podría ponerse Manuel Hinojal? —solicitó una voz trémula al otro lado del hilo telefónico.

—Sí, claro. ¿De parte de quién?

—Dígale que es Teresa, su cuñada.

—Aguarde un momento, ahora mismo le aviso.

Emiliano abrió la puerta que comunicaba la oficina con el taller, donde el ruido ensordecedor de la maquinaria y el intenso olor a serrín lo inundaban todo. Se protegió los ojos del polvo con la mano y divisó al operario al fondo de la nave.

Esperó un par de minutos a que Manuel terminara de serrar uno de los enormes troncos destinados a convertirse en tablones de obra y, acto seguido, desconectó la corriente.

Manuel, extrañado al notar el repentino silencio de la sierra, miró hacia el cuadro de mandos y vio al administrativo haciéndole señas desde la puerta, indicándole que tenía una llamada.

Se señaló el pecho con gesto interrogante. Emiliano asintió y ambos caminaron hacia el pequeño despacho.

Manuel tenía unos cincuenta años. Era de estatura media y complexión corpulenta. Tenía el pelo rubio, corto y rizado, áspero como un estropajo de esparto; la cara cuadrada y unos pequeños ojos de color marrón verdoso. Sobre la oreja derecha llevaba siempre un lápiz rojo de carpintero. Vestía un peto de trabajo y una camisa de intenso azul añil. De su cintura colgaba una cartuchera de cuero compartimentada: una sección para las puntas grandes, otra para las medianas y una tercera para el metro plegable de madera.

—¿Quién es? —preguntó intrigado.

—Tu cuñada Teresa.

«¿Para qué me llamará esta ahora?», pensó el carpintero mientras tomaba el gastado y polvoriento auricular negro.

—¿Sí? Dígame.

—Hola, Manuel. Soy Teresa —respondió la voz entrecortada al otro lado de la línea—. Te llamo para decirte que Antonio está ingresado en la UCI. Creo que deberías venir cuanto antes.

—Pero... ¿le ha ocurrido algo? —preguntó sobresaltado.

—Está muy grave —exclamó Teresa con angustia—. Es todo lo que te puedo decir.

—Bien, bien. Voy para allá ahora mismo. ¿En qué planta está?

—En la UCI —respondió ella antes de romper a llorar.

Emiliano, que había intuido la gravedad de la situación por los retazos de conversación que había alcanzado a escuchar, intervino de inmediato:

—No te preocupes por el taller, Manuel. Atiende lo urgente y tómate el tiempo que haga falta. A ver si hay suerte.

Manuel salió a toda prisa y, sin detenerse siquiera para cambiarse de ropa, se subió a su Renault 19. Llegó al hospital nervioso y desencajado; por poco se lleva por delante a un peatón en el aparcamiento.

Subió directamente a la sala de espera y, una vez que Teresa lo puso al corriente de la situación, anduvo deambulando sin rumbo por el pasillo durante un cuarto de hora. Cuando logró templar los nervios y asimilar lo sucedido, se volvió hacia ella.

—Voy a subir a la cafetería para llamar a mi mujer y a mis hermanos —anunció deteniéndose a mitad del pasillo—. Teresa, ¿te apetece un café o algo?

—No, gracias, Manuel. Prefiero quedarme aquí por si sale algún médico.

—Está bien, como quieras. No tardo.

A mediodía, la sala de espera se encontraba desbordada. La familia de Antonio se había desplazado en bloque al hospital.

Al enterarse de que las normas de la UCI no permitían el acceso simultáneo a todos los visitantes, se distribuyeron por los bancos de la estancia. Los hermanos subieron un momento a la cafetería para organizarse y allí acordaron que, en cada turno de visita, Teresa tendría preferencia para entrar, aunque en el fondo muchos de ellos considerasen que no tenía más derecho que los demás.

Durante el pase de la mañana, Teresa y Manuel entraron juntos. A través del cristal del box les pareció advertir una ligera relajación en el rostro de Antonio.

«Quizá esté descansando», pensaron ambos, aunque ninguno se atrevió a expresarlo en voz alta.

Fuera, el resto de los familiares aguardaba con impaciencia, balanceándose entre la esperanza y el miedo.

El tiempo en el hospital transcurría lento y tedioso. El distanciamiento entre los hermanos de Antonio y Teresa se hacía cada vez más evidente. Con sus miradas y sus escasas palabras la hacían sentirse responsable del estado del enfermo. La tensión era insoportable y cualquier gesto parecía requerir una explicación ante el escrutinio constante de la familia.

Por su parte, los informes médicos no aportaban demasiada luz. El estado de Antonio seguía siendo crítico, permanecía prácticamente invariable y no respondía a la medicación como los especialistas esperaban. Para mayor desesperación, los doctores eran incapaces de predecir cuánto tiempo podría prolongarse aquella situación.

Durante la visita de la tarde, Teresa y su cuñada Carmen contemplaron el cuerpo inmóvil de Antonio a través de la mampara, viendo transcurrir los minutos sin esperanza ni ilusión, mientras en el exterior la espera se volvía soporífera, como si el maldito tiempo se hubiese detenido en el mismísimo umbral del hospital.



Viernes, 15 de noviembre de 1996

En la visita matinal, Manuel y Teresa caminaron apresurados por el pasillo que conducía a los boxes de la Unidad de Cuidados Intensivos. Antonio ocupaba el número uno. Esperaron impacientes a que el enfermero corriera las cortinas. Al despejarse el cristal, ambos se quedaron de piedra: además de estar monitorizado e intubado, Antonio tenía las muñecas sujetas a la cama.

A Teresa le recorrió un escalofrío helado. Sintió un nudo en la garganta y el corazón le dio un vuelco salvaje. Las piernas le flaquearon y, de no haber sido por los reflejos de Manuel, que la sostuvo del brazo, habría caído al suelo. Se miraron a los ojos en silencio, viendo cómo las lágrimas comenzaban a resbalarles por las mejillas.

Mientras intentaban recobrar la compostura, una auxiliar se acercó al cristal y les mostró un folio con una anotación manuscrita:

«Al terminar la visita, en el despacho situado junto a la salida, a mano derecha, les estará esperando el Dr. García».

A la una y diez de la tarde los hicieron pasar a la sala de juntas.

—Buenos días, doctor —dijeron al entrar.

—Hola, buenas tardes —respondió el médico, invitándolos a sentarse con un gesto—. En primer lugar, les pido disculpas por la demora, pero han surgido varias urgencias con otros pacientes.

—No se preocupe, doctor, sabemos que aquí las prioridades mandan. Cuéntenos, por favor —pidió Teresa.

—Anoche, sobre las tres de la madrugada, Antonio sufrió una hematemesis; es decir, vomitó sangre, lo que confirmó nuestras peores sospechas. En este momento presenta un cuadro de encefalopatía hepática de grado tres. Por esa razón hemos tenido que intubarlo, conectarlo a ventilación mecánica y colocarle una sonda nasogástrica para la alimentación. Le estamos suministrando el protocolo habitual y solo queda esperar a ver cómo responde. Cualquier duda se la resolveré en esta sala media hora antes de cada turno de visitas.

—Perdone, doctor... —intervino Teresa con un hilo de voz—. ¿Por qué está atado a la cama?

—Disculpen, se me ha ido el santo al cielo. La inmovilización es necesaria porque presenta movimientos bruscos e involuntarios. Lo hacemos únicamente para prevenir que se arranque las vías o el tubo.

—¿Eso quiere decir que está peor? ¿Que se está muriendo? —preguntó Manuel sin rodeos.

—Respecto a lo primero, es una complicación neurológica grave, pero frecuente en su estado. En cuanto a lo segundo, el desenlace no está en nuestras manos. Pero recuerden que, mientras hay vida, hay esperanza.

—Gracias por atendernos, doctor —dijo Teresa, poniéndose en pie.

—No hay nada que agradecer, señora. Es mi trabajo.

—Adiós, doctor.

—Adiós... Perdone, ¿su nombre?

—Manuel. Me llamo Manuel.

Al regresar con el resto de la familia, Teresa y Manuel explicaron la situación por encima, sin entrar en los detalles más escabrosos, repitiendo que solo quedaba esperar. Las horas transcurrían lentas, ensombrecidas por los cuchicheos que corrían entre los familiares más distantes.

«Más les valdría haberse interesado por él antes y no venir ahora a hacer el paripé», pensó Teresa, sentada con las piernas cruzadas, mordiéndose las uñas con desconsuelo y balanceando nerviosamente el pie izquierdo. Frente a ella, Manuel permanecía inmóvil, con los brazos cruzados, la mirada fija en el techo y las mandíbulas apretadas.

—Habrá que ir pensando en comer algo —sugirió Eduardo, uno de los primos, rompiendo el tenso silencio.

—Sí, así es. Hay que hacer de tripas corazón y seguir adelante —coincidió Carmen.

Poco a poco, la sala se fue vaciando. Unos se dirigieron a los ascensores y otros a la cafetería o hacia la salida principal. A mitad del pasillo, Azucena se volvió.

—¿No subes, Teresa?

Ella negó con la cabeza de forma mecánica.

—Prefiero quedarme aquí. ¿Te importaría bajarme un bocadillo cuando termines?

—¿De qué lo quieres?

—Me da lo mismo; la verdad es que no tengo hambre.

—¿Y para beber?

—Un par de refrescos, por favor.

Teresa se recostó en el sillón con los brazos cruzados, clavando los ojos en la puerta de la sala de reuniones por si asomaba algún médico. El hecho de que nadie apareciera durante el resto de la tarde la tranquilizó momentáneamente.

Faltaban cinco minutos para la visita de la tarde cuando Carmen y Teresa se apostaron ante la puerta de la UCI. Esperaron en silencio hasta que la celadora les franqueó el paso.

—Buenas tardes —saludaron en voz baja antes de dirigirse al box número uno.

Al descorrer las cortinas, ambas examinaron con atención el cuerpo de Antonio y los monitores, cerciorándose de que no hubieran instalado más aparatos. Al comprobar que todo seguía igual, exhalaron un suspiro de alivio. Sin embargo, el tiempo a pie de cama parecía correr a una velocidad vertiginosa.

—¡Virgen Santísima del Puerto! —clamó Carmen de pronto, alzando los ojos al techo—. Te ruego, Señora mía, que conserves la vida de mi hermano. Es muy joven para morir de esta manera.

Y, cayendo de rodillas al suelo, imploró:

—¡Señor mío, apiádate de nosotros!

Teresa, con las lágrimas saltadas, ayudó a su cuñada a reincorporarse. La enfermera de guardia se acercó para correr la cortina, indicando que el tiempo había concluido. Ambas salieron del pasillo abrazadas. Al verlas aparecer así, la familia se puso en pie, rodeándolas entre abrazos y muestras de afecto.

—¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo? ¿Cómo está? —preguntaban unos y otros.

—No, nada. De momento todo sigue igual —consiguió articular Teresa entre sollozos.

Aliviados por aquellas palabras, los familiares regresaron a sus asientos.

A partir de las nueve de la noche, la estancia comenzó a quedarse vacía. Desde el primer día, Teresa no se había movido de allí, salvo para asearse. Esa noche, según lo acordado, se quedarían a acompañarla Manuel y Azucena. Poco a poco, el silencio se adueñó del hospital y la intensidad de las luces del pasillo se redujo a la mitad.

«Qué mala sombra ha tenido mi hermano», se lamentaba Manuel en sus pensamientos.

«Si se hubiera casado con Puerto, seguro que nada de esto habría pasado», se decía Azucena para convencerse.

«Por favor, Señor, no te lo lleves... Dale una oportunidad más, solo una. Estoy segura de que la aprovechará», suplicaba Teresa mentalmente.

La noche transcurrió en un silencio absoluto, mientras cada uno permanecía sepultado en sus propios pensamientos.



Sábado, 16 de noviembre de 1996

Al amanecer, el hospital recuperó su actividad cotidiana. El trasiego de empleados que cambiaban de turno se cruzaba en los pasillos con los pacientes que acudían a consultas, análisis o extracciones de sangre. Los ascensores subían y bajaban repletos.

—Son las nueve y media; habrá que hacer por la vida, ¿no? —sugirió Azucena, desperezándose.

—¿Cómo dices, hermana? —preguntó Manuel, adormilado.

—Que habrá que subir a desayunar algo —repitió ella, levantándose del asiento.

—Sí, tienes razón —asintió Manuel, poniéndose en pie—. ¿No vienes, Teresa?

—No, me quedo aquí por si acaso. Ya subiré cuando volváis.

Hacia las diez de la mañana empezaron a llegar otros familiares y vecinos.

—Buenos días, Teresa. ¿Qué tal se ha dado la noche, hija? —preguntó Evaristo, el vecino de enfrente, dándole dos besos.

—Ya se puede imaginar, Evaristo. Nosotros bien, dentro de lo que cabe, pero de Antonio no hemos vuelto a tener noticias desde ayer.

—Hay que armarse de paciencia, hija. En estos sitios se sabe cuándo se entra, pero no cuándo se sale.

—¿Dónde están Manuel y Azucena? —preguntó uno de los primos.

—Han subido un momento a la cafetería —susurró Teresa.

—¿Tú has desayunado, Teresa? —insistió Evaristo.

—No, todavía no. Estoy esperando a que bajen ellos.

—De eso nada, hija. Vamos, acompáñame arriba. Porque tú no comas, Antonio no se va a poner mejor, y para un apuro ya están todos estos aquí —sentenció el vecino, señalando con la cabeza al resto de la familia.

La mañana avanzaba lenta y angustiosa para los allegados, hasta que, a las doce en punto, el doctor García asomó por la puerta de la unidad. Al verlo hacer un gesto, la familia acudió en tropel, desbordada por los nervios.

—¿Qué ocurre, doctor? ¿Cómo está? ¿Se ha muerto? —preguntaron atropelladamente.

—Silencio, por favor —pidió el médico con calma—. Si son tan amables, prefiero que solo entren los familiares más directos. Antonio sigue con vida.

Los hizo pasar a la sala de juntas y cerró la puerta.

—El motivo de reunirlos es que durante la noche han surgido complicaciones graves. La enfermedad ha alcanzado el grado cuatro y hemos tenido que cambiar la medicación según el protocolo establecido. Cuando entren a verle notarán que hemos elevado la cabecera de la cama unos treinta grados y que le hemos colocado una bolsa de hielo envuelta en una toalla sobre la cabeza. El objetivo es mitigar la fiebre y la hiperemia, ya que en este momento sufre un edema cerebral severo.

—¿Eso significa que...? —interrumpió Teresa, con el corazón en un puño.

—Significa lo que ya saben: nosotros estamos haciendo todo lo humanamente posible. El resto depende del tiempo y del destino. Mientras hay vida, hay esperanza.

—Gracias, doctor, por la información y por su cercanía —alcanzó a decir Teresa.

—No hay por qué dar las gracias. Mi profesión exige implicación y respeto, tanto para el paciente como para los suyos.

Aún faltaban quince minutos para el pase. Teresa y Manuel se apostaron junto al acceso, clavando la mirada en el reloj de pared. No se escuchaba más que el ralentizado y maldito tic-tac de las manecillas. El tiempo parecía haberse congelado; sentían los latidos en la propia nuez, como si el corazón quisiera salírseles por la garganta. La impotencia y el miedo los tenían al borde del colapso cuando el leve chirrido de la puerta blanca los devolvió a la realidad.

—Ya pueden pasar —anunció la celadora.

Cegados por los nervios, cruzaron el pasillo de la UCI, pero al mirar a través de la mampara del box número uno se quedaron atónitos: la cama estaba vacía.

—¡Coño! —exclamó Manuel, sobresaltado—. ¡Joder! ¿Cómo le vamos a ver si nos hemos pasado de largo?

Desandaron los pasos a toda prisa y comprobaron que, salvo por la bolsa de hielo y la inclinación de la cama que les había advertido el médico, Antonio continuaba inmóvil. Contemplaban su quietud en un silencio sepulcral cuando, de repente, las alarmas de los monitores comenzaron a sonar de forma estridente. El personal sanitario entró corriendo al box y, sin mediar palabra, corrió las cortinas de golpe, ocultando la estancia.

Teresa y Manuel se fundieron en un abrazo y salieron del pasillo arrastrando los pies, rotos por la evidencia. Al verlos aparecer en aquel estado, la familia comprendió de inmediato que algo grave estaba ocurriendo. Nadie hizo preguntas; se limitaron a arroparlos en un respetuoso y dolorido silencio.

Una hora más tarde, el doctor García salió al pasillo con semblante grave. Caminó directamente hacia ellos. Teresa lo miró buscando una confirmación, y el médico asintió despacio con la cabeza mientras le tendía la mano.

—Le acompaño en el sentimiento, Teresa. Lo mismo para el resto de la familia.

—Gracias por todo, doctor —logró articular ella con el último aliento.

—En breve trasladarán el cuerpo al depósito del hospital. Allí podrán velarlo hasta que transcurran las veinticuatro horas que exige la ley antes de que el servicio funerario pueda hacerse cargo de Antonio. El acceso a las instalaciones mortuorias está por la parte trasera del edificio —concluyó el médico, dando por terminado su turno de guardia.

La noticia corrió por el barrio de la Data como la pólvora. A partir de las tres de la tarde, el goteo de amigos, vecinos y conocidos fue incesante en el depósito. Los llantos y los pésames llenaron las instalaciones hasta que, entrada la medianoche, el grupo quedó reducido a unas treinta personas dispuestas a pasar la noche velando a quien durante tantos años habían sentido tan cercano.



Domingo, 17 de noviembre de 1996

Los empleados de la funeraria llegaron a la sala de la morgue a eso de las cuatro de la tarde. Una vez acomodado el cuerpo en el féretro, lo trasladaron a la capilla de Nuestra Señora de la Esperanza, ubicada en el recinto del Instituto de Bachillerato Gabriel y Galán, que por aquel entonces funcionaba como parroquia provisional del barrio de la Data.

La masiva afluencia de gente desbordó la capilla y los aledaños del instituto; acudieron en masa los vecinos de la Data y multitud de conocidos de los barrios de Procasa, Miralvalle, El Pilar y de las inmediaciones de la Plaza Mayor de Plasencia. Finalizado el oficio fúnebre, los operarios lograron introducir el ataúd en el coche fúnebre a duras penas, abriéndose paso entre la multitud tras descender los cuatro amplios escalones de piedra de la entrada. La colocación de la ingente cantidad de coronas y ramos de flores retrasó la salida. Finalmente, la comitiva avanzó con lentitud por el tramo urbano de la N-630, la carretera que en aquellos años dividía prácticamente la ciudad en dos.

Al llegar al cementerio de Santa Teresa, el sacerdote los aguardaba a las puertas del camposanto. Guió sus pasos hasta una de las galerías de nichos situada a mano izquierda. Los hermanos de Antonio habían acordado enterrarlo en la misma sepultura en la que ya descansaban sus padres. El párroco decidió posponer la inhumación unos minutos, esperando a que terminaran de llegar todos los que se habían desplazado a pie para darle el último adiós.

Minutos después, el albañil comenzó a aplicar los últimos toques de paleta para sellar la lápida del nicho con yeso fresco.

—Bueno, al menos aquí no le volverán a dejar solo nunca más —murmuró uno de los hermanos.

Teresa se dio la vuelta y desapareció caminando con paso firme, rota de dolor. Se marchó sin que nadie se percatase de su ausencia; aquellas palabras se le habían clavado como una puñalada limpia en mitad del pecho. Al llegar a la parada de la línea 1 del autobús, a pesar de que apenas eran las seis y cuarto de la tarde, la noche ya había caído por completo sobre la ciudad.

Una vez en el piso, lo primero que hizo fue meterse en el baño. Bajo la cortina de agua caliente, dejó que las lágrimas se mezclaran con el agua y la espuma, asimilando al fin la certeza de que se había quedado completamente sola. Se secó el cuerpo, se pasó el secador por el pelo y entró en su habitación para vestirse con ropa cómoda. Después, empujada por un impulso inevitable, cruzó el pasillo hacia el dormitorio de Antonio. Con las mejillas aún húmedas, fue retirando las sábanas y la funda de la almohada para echarlas al cesto de la ropa sucia. Abrió el armario, sacó un juego limpio y rehizo la cama con esmero, adecentando la estancia como si él fuera a regresar en cualquier momento.

Minutos después, en la cocina, calentó un poco de leche en un cazo para tomarse el tranquilizante que le habían dado en el hospital. Sin fuerzas para más, se metió en la cama a eso de las ocho de la tarde.



Lunes, 18 de noviembre de 1996

Doce horas más tarde, Teresa se levantó, sobresaltada y confusa, con la amarga esperanza de que todo hubiera sido una horrible pesadilla. Se puso en pie de un salto y corrió al dormitorio contiguo, pero al abrir la puerta y encontrarse con la cama vacía y la habitación ordenada, la realidad la golpeó de nuevo. Volvió a derrumbarse.

Aún con los ojos nublados, fue al salón, cogió una silla y regresó con ella a su dormitorio. La colocó junto al armario, se subió con cuidado y bajó dos maletas viejas que depositó sobre la colcha. Abrió el ropero de par en par y comenzó a guardar únicamente las prendas que consideró imprescindibles. Tras tomar un desayuno rápido y fregar la taza, se aseó en el baño y se atusó el pelo. Recorrió la casa comprobando que los grifos estuvieran cerrados y las luces apagadas. Antes de salir, se acercó al mueble del salón para recoger el primer regalo que le había hecho Antonio en su vida. Guardó el objeto en el bolso y paseó la mirada por última vez por cada rincón de aquel hogar, despidiéndose en silencio.

Salió al rellano, metió la llave en la cerradura y dio las dos vueltas de rigor. Tras enjugarse las lágrimas con un pañuelo de papel, pulsó con suavidad el timbre de la puerta de enfrente.

—¡Ya vaaa! —respondió la voz de Evaristo desde el interior.

El anciano abrió la puerta y se quedó de piedra al verla allí plantada con las maletas.

—Buenos días, señor Evaristo. ¿Podría hacerme un último favor?

—Sí, hija mía. Uno y tos los que t'hagan farta, ya lo sabes —respondió, sin salir de su asombro.

—Necesito hacer una llamada... Me marcho de Plasencia.

—¿Pero cómo así, hija?

—Sin Antonio no tiene sentido que siga viviendo aquí. Si no le es mucha molestia, me gustaría que se quedara con las llaves del piso y se las entregara a alguno de sus hermanos.

—Cuenta con ello, mujer. Ya sabes que para lo que esté en mi mano puedes pedirlo —expresó el vecino, visiblemente emocionado.

—Muchas gracias, señor Evaristo. Jamás olvidaré lo amable y atento que ha sido siempre con nosotros y...

—Espera, hija, que t'ayúo a bajá las maletas —la interrumpió él, tirando de la puerta de su casa para salir al rellano.

A los pocos minutos de bajar al portal, el taxi apareció en la plazuela. Ambos tomaron las maletas para acercarlas a la acera. El conductor se bajó del vehículo, los saludó con respeto y se encargó de colocar el equipaje en el maletero mientras Evaristo y Teresa se fundían en un abrazo apretado.

—Muchas gracias por todo. Cuídese mucho, por favor —dijo ella, incapaz de contener el llanto.

—Lo mismo te digo, hija mía. Le rogaré al Señor para que te dé mucha suerte en la vida —articuló el anciano, conmovido.

El taxi arrancó y emprendió la marcha. Evaristo permaneció inmóvil en la plazuela, con la mano en alto, bajo el frío de noviembre, hasta que el coche desapareció al doblar la esquina.