jueves, 29 de octubre de 2026

EL CAOS DE LA CERTEZA...

 


EL CAOS DE LA CERTEZA…

Eduardo y el viaje invisible contra el TOC de orientación sexual



El murmullo de las terrazas de la Plaza Mayor de Plasencia llegaba hasta Eduardo como el oleaje de un mar embravecido. La gente reía bajo los soportales, compartía raciones de ibéricos y apuraba sus cañas. Él, en cambio, permanecía inmóvil junto a una mesa alta, con la mirada perdida y una presión detrás de los ojos que parecía concentrar toda su energía.

Hacía tres meses que una pregunta había irrumpido en su vida sin previo aviso.

¿Y si en realidad eres gay y toda tu vida ha sido una mentira?

Al principio había intentado apartarla. Después quiso responderla. Finalmente, comenzó a examinar cada recuerdo, cada gesto y cada sensación, como si en algún rincón de su pasado existiera una prueba definitiva que pudiera devolverle la tranquilidad. No la encontró.

Caminar por las calles empedradas que descendían hacia la catedral se había convertido en una prueba constante. Si un hombre se cruzaba con él, la pregunta reaparecía.

¿Te ha atraído? ¿Qué has sentido al mirarlo? Compruébalo otra vez.

Eduardo bajaba la vista, aceleraba el paso o intentaba recordar a las mujeres de las que se había enamorado. Repasaba conversaciones, besos, encuentros íntimos con Verónica. Cada recuerdo que al principio parecía tranquilizador terminaba convertido en una nueva sospecha.

Un abrazo con un amigo del instituto, una mirada distraída en el gimnasio, una sensación física que no sabía interpretar: cualquier detalle podía transformarse en una acusación.

Lo peor no era la pregunta, sino la necesidad de contestarla.

Durante las noches, encerrado en el baño, buscaba información en internet. Leía testimonios, comparaba síntomas y regresaba a las mismas páginas con la esperanza de encontrar una frase que cerrara definitivamente el asunto. Cuando apagaba el móvil, la inquietud volvía a instalarse en su pecho.

A veces experimentaba una reacción física involuntaria al mirar a otro hombre. La interpretaba como una señal concluyente y se asustaba todavía más. Cuanto más vigilaba su cuerpo, más difícil le resultaba distinguir entre una sensación espontánea y la respuesta ansiosa que provocaba su propia vigilancia.

Había empezado a evitar el gimnasio, algunas reuniones y hasta los espejos. No quería encontrarse con nada que pudiera alimentar otra comprobación.

Verónica había notado el cambio mucho antes de que él se atreviera a explicárselo. Seguían viviendo juntos y compartían la misma cama, pero algo parecía interponerse entre ambos. Él estaba presente y, al mismo tiempo, ausente.

Una tarde, agotado de caminar sin rumbo, Eduardo se detuvo junto a los muros de piedra de la catedral. El aire frío le rozó la cara. Sacó el teléfono para buscar otra respuesta, pero se quedó mirando la pantalla sin desbloquearla.

Recordó una frase que había leído durante una de sus búsquedas: no siempre es necesario responder a un pensamiento. Guardó el móvil.

En ese momento pasó un muchacho a su lado. La pregunta apareció de inmediato.

¿Lo ves? Míralo bien. Admítelo de una vez.

Eduardo apretó los puños. Sintió la urgencia de examinarse, de buscar en su estómago una señal que pudiera interpretar. Sin embargo, dejó caer los brazos.

Miró la fachada de la catedral. Una mujer cruzó la plaza empujando un carrito. Alguien llamó a un niño desde la otra acera. La vida continuaba alrededor, ajena a su conflicto.

—Puede que sea gay. O puede que no —murmuró—. No lo sé, y no voy a resolverlo ahora. Hola, duda. Quédate ahí si quieres.

La ansiedad aumentó. Durante unos minutos tuvo la impresión de estar cometiendo un error irreparable. Su mente le exigía que rectificara, que buscara una explicación, que se tranquilizara de una vez.

Eduardo permaneció junto a la catedral. No ocurrió nada extraordinario. El pensamiento no desapareció ni recibió una respuesta definitiva. Poco a poco, sin embargo, la urgencia de actuar perdió intensidad. La angustia seguía presente, pero dejó de crecer.

Eduardo respiró hondo. Sacó el teléfono. Tenía un mensaje de Verónica.

¿Te apetece cenar por el centro?

Leyó la pregunta y notó que su mente ya estaba buscando una excusa para quedarse en casa. Podía decir que estaba cansado, que le dolía la cabeza, que necesitaba estar solo. Escribió:

Sí, me apetece mucho. Voy para allá.

Guardó el móvil y echó a andar.

Los soportales de la Plaza Mayor estaban abarrotados cuando llegó. Verónica lo esperaba junto a una mesa, consultando la carta. Al verlo, levantó la cabeza y sonrió.

—Ya pensaba que me ibas a dejar plantada.

—Perdona. Me he entretenido.

Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—¿Qué tal el día?

Eduardo quiso responder con naturalidad. Sin embargo, apenas notó el contacto de sus labios, la pregunta regresó.

¿Qué has sentido? ¿Ha sido igual que antes? ¿Te ha gustado?

Se sentó frente a ella y cogió la carta. Intentó escucharla mientras le contaba una anécdota del trabajo, pero las palabras de ella se mezclaban con el interrogatorio que llevaba dentro.

—Eduardo, ¿me estás escuchando? ―Él levantó la vista.

—Sí, perdona. ¿Qué decías? ―Verónica dejó la carta sobre la mesa.

—Que llevo todo el día esperando contártelo y parece que estás deseando irte a otro sitio.

Eduardo bajó los ojos. No había dejado de querer escucharla. Simplemente, llevaba tanto tiempo vigilándose que ya no sabía cómo estar presente.

—Estoy un poco agobiado —dijo.

—Eso ya lo sé. Lo que no sé es dónde estoy yo cuando te pasa.

La pregunta lo sorprendió. Quiso explicarle lo que sucedía en su cabeza, pero no encontró una manera de hacerlo sin sentirse ridículo.

Un camarero se acercó para dejar las bebidas. Era joven, de hombros anchos. Eduardo notó cómo su atención se desviaba hacia él y, de inmediato, sintió el impulso de analizar aquella reacción.

¿Por qué te has fijado? ¿Te atrae? ¿Estás deseando que se vaya Verónica?

El calor le subió por la nuca. Durante un instante estuvo a punto de pedir la cuenta y marcharse.

En lugar de hacerlo, dio las gracias al camarero y volvió a mirar la carta.

La ansiedad seguía ahí. No necesitaba decidir qué significaba aquella mirada ni convertirla en una prueba sobre su identidad.

—¿Pedimos unas croquetas? —preguntó Verónica. Eduardo asintió.

—Sí, claro.

La conversación avanzó a trompicones. Hubo silencios incómodos y momentos en los que él tuvo que pedirle que repitiera algo. Verónica intentó mantener la cena, aunque su sonrisa se fue apagando.

En un momento dado, dejó el tenedor.

—A veces siento que estás conmigo y, al mismo tiempo, muy lejos —dijo—. Te hablo y parece que hay alguien más sentado entre nosotros.

Eduardo la miró. La descripción era tan precisa que le dolió.

Quiso decirle que no era falta de amor, que no había otra persona, que su cabeza no le concedía descanso. Pero también sabía que llevaba semanas respondiendo con evasivas, evitando los abrazos y retirándose al salón cuando ella intentaba acercarse.

Le tomó la mano. Esta vez intentó no examinar lo que sentía al hacerlo.

—Estoy aquí —dijo.

Verónica apretó ligeramente sus dedos.

—Eso espero, Eduardo.

No era una solución. Era, al menos, un intento de regresar.

Aquella noche cenaron con la duda a cuestas. Eduardo no consiguió disfrutar de todo, pero tampoco huyó. Al volver a casa, comprendió que podía sentirse mal y, aun así, quedarse en una situación que le importaba.

A la mañana siguiente, la luz entraba por la ventana del piso de la calle Talavera. Eduardo abrió los ojos y durante unos segundos no pensó en nada relacionado con su conflicto. La tranquilidad duró poco.

¿En qué estabas pensando anoche? ¿Por qué ya no te asustaste tanto al ver al camarero? ¿Y si la falta de ansiedad significa que has aceptado algo que llevabas tiempo negando?

Se quedó inmóvil bajo las sábanas.

La duda había encontrado otra puerta. Ahora utilizaba su propia mejoría para acusarlo. Si sentía angustia, aquello podía ser una señal; si la angustia disminuía, también.

Se levantó y entró en la ducha. Mientras el agua le resbalaba por los hombros, sintió el impulso de coger el teléfono y buscar en internet si otras personas experimentaban lo mismo. Estiró la mano hacia la mampara. Se detuvo.

—No voy a investigar el significado de mi paz —dijo en voz alta.

Cerró los ojos y dejó que el agua siguiera cayendo. La pregunta permaneció un rato más, insistente, pero no abrió el navegador ni comenzó a repasar la cena de la noche anterior. Cuando salió de la ducha, todavía estaba inquieto. Se vistió, preparó café y desayunó junto a la ventana.

No necesitaba sentirse completamente tranquilo para empezar el día.

Las primeras semanas de terapia fueron difíciles. Eduardo había acudido a consulta después de reconocer que sus intentos de encontrar una respuesta solo lo estaban agotando más.

El psicólogo le explicó que no tenía que demostrar nada sobre su orientación sexual. El trabajo consistía en aprender a tolerar las dudas sin convertirlas en interrogatorios, comprobaciones o búsquedas interminables de tranquilidad.

Al principio, quiso aplicar las indicaciones como si fueran una fórmula exacta. Anotaba cada pensamiento, medía su ansiedad y se preguntaba si estaba progresando lo suficiente. Pronto descubrió que también podía convertir la terapia en otra forma de examen.

Una tarde, durante una sesión, el psicólogo le preguntó:

—¿Qué haces cuando aparece la duda?

—Intento responderla.

—¿Y qué ocurre después? ―Eduardo se quedó pensando.

—Que aparece otra.

—Entonces, quizá no necesites encontrar una respuesta mejor. Quizá necesites dejar de responder a todas.

Eduardo salió de la consulta con una tarjeta en el bolsillo. Había anotado tres recordatorios sencillos:

No repasar el pasado. No comprobar lo que siento. Volver a lo que estaba haciendo.

No eran garantías de tranquilidad. Eran una manera de recordar qué podía elegir cuando la ansiedad intentaba decidir por él.

En la calle, los hombres seguían cruzándose en su camino. A veces notaba el viejo impulso de bajar la mirada. Otras veces sentía la necesidad de repasar mentalmente una conversación o de preguntarle a Verónica si recordaba lo enamorado que había estado durante su viaje a Lisboa.

Aprendió a reconocer esas urgencias sin obedecerlas siempre. No lo conseguía en todas las ocasiones. Algunos días terminaba buscando información en el móvil; otros, discutía consigo mismo durante horas. La diferencia estaba en que empezaba a darse cuenta de lo que hacía y podía volver a intentarlo.

La recuperación no avanzaba en línea recta.

El rincón más doloroso seguía siendo la intimidad. Antes, compartir la cama con ella había sido algo natural. Ahora podía pasar de una caricia a un interrogatorio interior en cuestión de segundos.

¿Te gusta? ¿Estás sintiendo suficiente deseo? ¿Por qué has tardado más que otras veces?

Durante los encuentros íntimos, una parte de él intentaba estar presente mientras otra observaba sus reacciones, buscando señales que confirmaran o descartaran sus temores.

La presión interfería en su respuesta sexual. Algunas veces perdía la excitación y otras se quedaba tan pendiente de su cuerpo que no conseguía disfrutar. Después llegaba la interpretación que más temía:

¿Lo ves? Esta es la prueba definitiva.

Comenzó a inventar excusas para evitar acostarse con ella. Decía que estaba cansado, que tenía trabajo pendiente o que prefería terminar de ver una película en el salón.

Ella dejó de insistir, pero el silencio no alivió la distancia.

Una noche, Verónica se sentó a su lado en el sofá. La televisión seguía encendida, aunque ninguno de los dos prestaba atención.

—Necesito preguntarte algo —dijo.

Eduardo notó cómo se tensaban sus hombros.

—Dime.

—¿Ya no te gusto?

Él abrió la boca, pero tardó en responder.

—No es eso.

—Entonces, ¿qué es? Porque cada vez que intento acercarme, te apartas. Y cuando te pregunto qué te pasa, dices que estás cansado.

Eduardo miró sus propias manos.

—Tengo miedo de lo que pienso. Y cuanto más intento comprobar que no significa nada, peor me siento.

Verónica permaneció en silencio.

—¿Tiene que ver conmigo?

—No debería recaer sobre ti, pero sé que te está haciendo daño.

Ella se frotó la frente. Tenía los ojos húmedos, aunque no lloró.

—Yo también tengo miedo. Me he pasado semanas pensando que te habías desenamorado de mí. A veces me pregunto si hay algo que no me estás contando. Y luego me siento culpable por pensar eso, porque veo lo mal que estás.

Él sintió un nudo en la garganta.

—No sé cómo explicártelo sin que parezca que estoy buscando una excusa.

—No necesito que me lo expliques perfectamente. Necesito que no desaparezcas mientras estás sentado a mi lado.

Eduardo se acercó y apoyó la cabeza en su hombro.

Por primera vez en mucho tiempo, no intentó encontrar en aquel gesto una respuesta definitiva. Se quedó allí, escuchando la respiración de ella y el sonido de un coche que pasó por la calle.

Aquella noche acordaron buscar ayuda para comprender lo que estaba ocurriendo entre ellos.

La terapia de pareja les permitió hablar de una distancia que ambos habían vivido de manera distinta. Él aprendió que no tenía que utilizar la intimidad para demostrar nada, y ella comprendió que responder a cada pregunta obsesiva podía aliviarlo durante unos minutos, pero mantenerlos atrapados en el mismo círculo.

El psicólogo les propuso recuperar poco a poco los gestos de cercanía sin convertirlos en pruebas de deseo o de amor. Durante un tiempo, se centraron en abrazarse, acariciarse y compartir momentos sin exigirse un resultado determinado.

El primer intento fue torpe. Estaban sentados en la cama. Ella le acariciaba la espalda y él notó cómo aparecía la pregunta habitual.

¿Estás sintiendo lo suficiente?

Sintió la tentación de detenerse, revisar su cuerpo y buscar una respuesta.

—Me está pasando otra vez —dijo―Verónica retiró la mano, preocupada.

―¿Quieres que paremos? ―Eduardo respiró despacio.

—No. Solo necesito dejar de intentar averiguar qué significa cada cosa.

Ella esperó unos segundos antes de volver a acariciarle la espalda.

La duda no desapareció. Él tampoco consiguió relajarse por completo. Pero, cuando terminó el momento, no sintió la urgencia de repasar mentalmente cada segundo para determinar si había sido un éxito o un fracaso. Aquello bastaba por ahora.

Verónica también tuvo que aprender a no convertirse en la encargada de tranquilizarlo. Cuando él le preguntaba si recordaba lo feliz que había sido durante el viaje a Lisboa, ella intentaba no entrar en la discusión.

—Eduardo, sé que necesitas una respuesta, pero no voy a decidir por ti qué significa ese recuerdo. Podemos hablar de cómo te encuentras, pero no quiero que nuestra relación se convierta en un examen permanente.

Al principio, él sentía rabia y decepción. Interpretaba su negativa como una falta de comprensión. Después empezó a reconocer el esfuerzo que le costaba a ella sostener aquella posición sin apartarse emocionalmente.

Una noche, cuando la vio cerrar el libro que estaba leyendo para escucharlo, comprendió que Verónica también estaba intentando encontrar una manera de quedarse.

—No tienes que resolverlo por mí —le dijo. Ella asintió.

—Y tú no tienes que resolverlo todo esta noche.

Con el paso de los meses, él fue recuperando espacios que había abandonado.

Volvió al gimnasio. Al principio evitaba mirar a los demás en los vestuarios y se marchaba deprisa. Poco a poco dejó de organizar sus movimientos alrededor del miedo a lo que pudiera pensar o sentir.

En el trabajo, cuando sus compañeros hablaban de sus relaciones o bromeaban sobre sus vidas amorosas, ya no sentía siempre la necesidad de demostrar que pertenecía al grupo. Podía participar en una conversación sin convertir cada frase en una declaración sobre su identidad.

También dejó de cambiar de canal cuando aparecían personajes homosexuales en una película o de cerrar las redes sociales al encontrar fotografías de hombres que consideraba atractivos. No buscaba exponerse para comprobar cuánto había mejorado. Intentaba, sencillamente, no organizar su vida alrededor de la evitación.

Hubo días en que volvió a sentirse atrapado. Una mirada, un recuerdo o una semana de estrés laboral podían reactivar las dudas. En esas ocasiones, la tentación de buscar una respuesta regresaba con la misma intensidad de antes.

Una tarde, después de una jornada especialmente difícil, se descubrió revisando en el móvil un foro que había prometido no consultar. Leyó varios comentarios y sintió el alivio fugaz de encontrar a personas que describían experiencias parecidas.

Unos minutos después, la pregunta volvió. Eduardo dejó el teléfono sobre la mesa. No se insultó ni dio por perdido todo el trabajo realizado. Se levantó, fue a la cocina y preparó algo de cenar.

Más tarde se lo contó a su psicólogo. Juntos revisaron lo sucedido sin convertirlo en un fracaso definitivo. Eduardo comprendió que el objetivo no era garantizar que nunca volvería a comprobar, sino aprender a reconocer cuándo estaba entrando de nuevo en el círculo y retomar el camino.

Con Verónica también acordó una manera sencilla de hablar de las recaídas. Cuando el malestar aumentaba, podía decirle:

—Estoy teniendo una semana difícil.

Ella escuchaba, le preguntaba qué necesitaba en aquel momento y procuraba no responder a las preguntas que buscaban una certeza imposible.

No siempre resultaba fácil. Hubo discusiones, cansancio y momentos en los que ambos necesitaron distancia. Pero dejaron de interpretar cada tropiezo como una señal de que todo estaba perdido.

Una tarde de otoño, Eduardo caminaba junto a las murallas de Plasencia. El sol descendía lentamente y las piedras conservaban el calor del día. Verónica avanzaba a su lado, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

—¿Te acuerdas de cuando no querías salir de casa? —preguntó ella. Eduardo sonrió levemente.

—Me acuerdo de que pensaba que, si encontraba la respuesta, todo volvería a ser como antes.

—¿Y ahora? ―Él tardó unos segundos en contestar.

—Ahora hay días en que vuelve el ruido. Pero ya no tengo que detenerme cada vez que aparece.

Verónica le tomó la mano. Eduardo sintió una calidez conocida y, casi al mismo tiempo, apareció la pregunta:

¿Estás seguro de lo que sientes?

La reconoció. Durante un instante, su mente intentó arrastrarlo hacia el viejo interrogatorio. Podía analizar el contacto, medir su reacción y comparar aquel momento con otros.

En cambio, apretó suavemente los dedos de Verónica y siguió caminando.

No necesitaba convertir aquel paseo en una prueba.



Epílogo



Un año después de aquella tarde junto a la catedral, Eduardo y Verónica se habían mudado a un piso algo más amplio cerca de la Puerta de Coria. El cambio había exigido organizar cajas, contratar una furgoneta y acostumbrarse a nuevas rutinas. Hubo momentos de cansancio, pero la mudanza no se convirtió en la catástrofe que Eduardo habría anticipado meses atrás.

Los pensamientos intrusivos todavía aparecían de vez en cuando. A veces, al cruzarse con un desconocido en los soportales de la Plaza Mayor, notaba el impulso de examinar su reacción. Otras veces, una escena de una película le despertaba la antigua inquietud. La diferencia estaba en lo que hacía después. Ya no repasaba cada recuerdo de su adolescencia ni buscaba en Verónica una confirmación imposible. Había aprendido a dejar la pregunta sin resolver y a regresar, cuando podía, a lo que tenía delante.

También la intimidad había recuperado espacio para la espontaneidad. Una caricia podía ser solo una caricia; una conversación, una conversación. Ya no necesitaban que cada gesto demostrara la solidez de su relación.

Verónica había dejado de sentirse responsable de encontrar las respuestas que Eduardo buscaba. Él, por su parte, comprendía mejor el precio que aquella lucha había tenido para ella.

Una tarde de domingo tomaban café en el patio de columnas del Parador. La luz entraba entre los arcos y varias conversaciones se mezclaban alrededor. Eduardo sacó del bolsillo el cuaderno en el que meses atrás anotaba sus niveles de ansiedad y las preguntas que se repetían en su cabeza.

Lo abrió al azar.

He mirado a un compañero de oficina y he sentido un vuelco. Creo que tengo que dejar a Verónica hoy mismo.

Leyó la frase dos veces. Recordó el miedo con el que la había escrito, la urgencia de encontrar una explicación y el convencimiento de que debía tomar una decisión inmediata para escapar de la angustia. Sintió ternura por aquel hombre asustado que había intentado encontrar una certeza absoluta para poder seguir viviendo.

—¿Hace cuánto que no escribes ahí?

Eduardo cerró el cuaderno.

—No lo sé. Unos meses.

—Has trabajado mucho.

—Sí. Y tú también has estado ahí.

Ella le sonrió y le tomó la mano. Él no se preguntó si sentía el grado exacto de amor que su mente había exigido durante tanto tiempo. Se limitó a notar la calidez de sus dedos y a escuchar el rumor de las conversaciones.

Cuando salieron, caminaron despacio por las calles del centro. El aire era frío y las primeras luces comenzaban a encenderse bajo los soportales.

Al cruzar la Plaza Mayor, Eduardo reconoció al camarero que solía atenderlo. Lo saludó con la mano y siguió caminando. Durante unos segundos esperó que su mente encontrara un motivo para detenerlo, una pregunta que exigiera respuesta antes de dar el siguiente paso. La pregunta apareció. Eduardo continuó hacia los soportales.

La catedral seguía allí. También las voces de las terrazas, el ruido de los platos y el aire frío de la tarde. Por primera vez en mucho tiempo, no necesitó que nada de aquello significara algo especial.

Verónica caminaba a su lado. Eduardo no sabía si la duda volvería a aparecer al doblar la esquina. Tampoco necesitaba saberlo. Siguió andando.



©Franizquiero