domingo, 6 de septiembre de 2026

ANATOMÍAS PRESTADAS...


 

Anatomías prestadas…


El invierno en Miranda de Ebro suele oler a humedad estancada, a humo de chimeneas antiguas y al metal frío de los vagones que maniobran lentamente en la estación de mercancías. Alberto, a sus quince años, siente que la ciudad tiene una geografía de dos caras. Está la Miranda visible: la de las terrazas abarrotadas en la Calle Estación, los recados apresurados por la Avenida del Cid y el murmullo de los coches cruzando el Puente de Carlos III. Y luego está la Miranda de los márgenes, esa red de espacios olvidados donde el ruido urbano se amortigua y deja espacio para algo más.

Bajo la cazadora, bien pegada a las costillas para que no abulte demasiado durante el camino desde el instituto, Alberto lleva su máscara de zorro rojo. La ha fabricado él mismo en su habitación a lo largo de tres semanas, usando una base de fieltro prensado, capas minuciosas de pintura acrílica y pinceladas de barniz mate para que no brille con la luz artificial. Para él, la theriantropía no es la estética fluida de un vídeo de TikTok ni un simple juego de rol entre clases. Es una disonancia persistente, una sensación interna de que su centro de gravedad, sus esquemas de movimiento y su forma de procesar el frío o el peligro no encajan del todo con el cuerpo que la gente espera ver.

Esta mañana, el punto de encuentro no es el céntrico Parque Antonio Machado, demasiado expuesto a la vista de los vecinos que pasean a primera hora. Decide caminar hacia las afueras, cerca de la ribera donde el río Bayas busca la desembocadura en el Ebro, en una franja de sotobosque tupido resguardada por sauces y chopos desnudos.

Allí le esperan Ana y Luis. Ana, que identifica su vivencia con un lobo gris, ya está realizando ejercicios de calentamiento articular: rotaciones de muñecas, estiramientos de tobillos y flexiones profundas. Luis, enfundado en una sudadera negra sobre la que destaca una máscara sobria de pantera, repasa la zanja que van a utilizar como obstáculo. El grupo practica quadrobics con una seriedad casi atlética; saben que una mala postura al aterrizar sobre cuatro extremidades en un terreno irregular puede terminar fácilmente en un esguince de muñeca o en un golpe doloroso contra alguna raíz oculta.

—El suelo está duro por la helada de anoche —avisa Ana, con la voz apagada tras el fieltro de su máscara—. Hay que amortiguar con los codos antes de apoyar todo el peso.

Alberto asiente. Se ajusta los guantes de cuero reforzados en la palma y se coloca la máscara. En cuanto la goma elástica se ciñe a su nuca y el campo de visión se reduce a la abertura de los ojos de la pieza, el entorno cambia de escala. El aire frío huele a barro congelado, a corteza húmeda y al rastro lejano del gasóleo de la carretera de Logroño.

Se coloca en posición inicial, apoyando los nudillos con la inclinación precisa. El trote inicial es técnico, rítmico, ajustando el compás de las manos y las piernas sobre el manto de hojas secas. Frente a él, un tronco caído de sauce corta el paso a algo más de medio metro de altura. Alberto acelera la zancada, siente la tensión muscular en los gemelos y despega.

Durante la fracción de segundo que dura el salto, sus pies pierden el contacto con la tierra. Sus manos buscan la línea del aire y la gravedad parece estirarse. No hay en esa suspensión nada de magia ni de transformación física real —Alberto es perfectamente consciente de su anatomía humana—, pero sí una sintonía absoluta entre su intención mental y la trayectoria de su cuerpo. El aterrizaje es limpio: primero la parte delantera de las manos absorben la inercia, seguidas de flexión en los brazos y el apoyo firme de los pies un instante después.

La calma dura poco en los márgenes de una ciudad. Desde el camino que discurre paralelo a la ribera, el crujido de unos pasos interrumpe la secuencia. Dos hombres mayores, con abrigos oscuros y las manos metidas en los bolsillos, se han detenido a mirar. No dicen nada, pero la mueca de desconcierto en sus rostros, mezclada con esa sonrisa de burla contenida ante lo incomprensible, corta el aire con más fuerza que el viento del norte. Un pequeño foxterrier que uno de ellos lleva amarrado con correa se limita a olfatear la hierba del borde, ajeno por completo a las complejas construcciones simbólicas de los humanos que lo observan.

Alberto rompe la postura y se pone en pie. Ana se quita la máscara de un tirón y Luis comienza a sacudirse el barro de los pantalones. La presencia de los desconocidos deshace el refugio en cuestión de segundos, devolviendo el espacio a su condición de espacio público en una ciudad de provincias.

Sin cruzar palabra con los transeúntes, el grupo guarda las máscaras en el fondo de sus mochilas, ajustan las cremalleras de las prendas de abrigo y comienzan a caminar hacia la calle de La Estación. A medida que se acercan al centro, el murmullo de las cafeterías sepultan el silencio de la ribera. Alberto camina erguido sobre dos pies, encogido por el frío, sintiendo en los nudillos el ligero escozor de la tierra helada mientras la ciudad recupera, sin esfuerzo, su dominio absoluto sobre el ritmo de sus pasos.