martes, 14 de julio de 2026

Epílogo, CICATRICES DE DOBLE FILO

 




Epílogo











Las manecillas del reloj de pared de la cocina rozaban las diez y media de la noche. En la cazuela, el guiso que María había preparado con esmero para la cena empezaba a perder el calor, cubriéndose de una fina película de grasa. Iñaki, sentado en el sofá con los brazos cruzados, mantenía los ojos fijos en la pantalla del televisor, donde los créditos de un programa nocturno pasaban en un silencio sepulcral; hacía una hora que había quitado el volumen.

María caminó hacia la ventana del salón por cuarta vez en treinta minutos. Apoyó la frente contra el cristal frío, observando cómo la implacable tromba de agua golpeaba las farolas de la calle. El viento sur de la mañana había dado paso a una noche cerrada, ruidosa y hostil.

―Qué raro en él, Iñaki… ―susurró María, con un hilo de voz que delataba la sutil entrada del miedo―. Me dijo que estaría aquí para la cena. Estaba tan cambiado, tan convencido… Temo que le haya pasado algo con este temporal.

Iñaki se levantó con pesadez, se acercó a ella por la espalda y le rodeó los hombros con los brazos, intentando insuflarle un optimismo que él mismo empezaba a perder.

―Tranquila, mi amor. Se habrá refugiado en casa de algún amigo o en el propio txoko hasta que amaine. Con la que está cayendo, lo raro sería que estuviese caminando. Además, acuérdate de lo que nos ha dicho al mediodía. El chaval quiere cambiar. Hay que darle un voto de confianza.

María asintió levemente, buscando consuelo en el pecho de su compañero, queriendo aferrarse con uñas y dientes a la promesa de la mañana, a las disculpas sinceras, al abrazo que le había devuelto la vida.

El timbre de la puerta rasgó el silencio de la casa con la violencia de un latigazo.

María se sobresaltó, dibujando una sonrisa instantánea de alivio.

―¡Es él! ―exclamó, dirigiéndose al pasillo a paso ligero―. Seguro que viene empapado hasta los huesos, voy a buscarle una toalla…

―Espera, María, ya voy yo ―dijo Iñaki, adelantándose con paso firme.

Al abrir la puerta, el alivio se congeló en el aire. Al otro lado del umbral no estaba José Carlos buscando refugio de la tormenta. Dos agentes de la Policía Nacional, con las gabardinas chorreando agua y las gorras en la mano, guardaban un silencio espeso. Sus rostros, graves y cansados, anticipaban la peor de las noticias.

―Buenas noches ―saludó el de mayor edad, con una voz funcionarial que intentaba, sin éxito, ocultar la incomodidad del momento―. ¿Vive aquí José Carlos Delgado Jaramillo?

―Sí, aquí vive. Soy el compañero de su madre. ¿Ocurre algo? ―respondió Iñaki, dando un paso al frente.

María asomó por el pasillo, con la toalla blanca apretada contra el pecho. Al ver el uniforme de los agentes y escuchar el nombre de su hijo, el color desapareció de sus mejillas en un pestañeo.

―Ha habido un accidente en los alrededores de la Jefatura ―continuó el agente, mirando con pesar a la mujer―. Un atropello… Lo sentimos mucho, de verdad. Tienen que acompañarnos para la identificación.

El grito de María no llegó a salir de su garganta; se convirtió en un gemido sordo mientras caía de rodillas en el pasillo, soltando la toalla. Iñaki, con el rostro desencajado y el corazón golpeándole las costillas, se agachó para sostenerla, sintiendo cómo el mundo que habían construido esa misma mañana se desmoronaba como un castillo de naipes.

Mientras la sirena del coche patrulla centelleaba contra las paredes del portal, fundiéndose con la intensa lluvia de Vizcaya, en el suelo de la cocina el reloj seguía avanzando de manera implacable. José Carlos jamás regresaría a cenar. La duda, como una cicatriz invisible y eterna, se quedaría a vivir para siempre en aquel salón: la terrible incógnita de si las palabras de perdón de su hijo habían sido el principio de una redención real… o la última y más dolorosa de sus mentiras.





FIN