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Sábado
Después de comer, José Carlos partió de nuevo hacia el estanque de los patos ataviado con su ropa deportiva. Al llegar al lugar, se detuvo un instante y barrió la zona con la mirada. «Qué raro que no estén aquí con la tarde tan buena que se ha quedado», pensó. Continuó trotando por el extrarradio del concurrido parque durante un par de horas para completar su entrenamiento, pero la mente le seguía dando vueltas. «No creo que estén allí metidos, pero por intentarlo que no quede». Viró el rumbo y prosiguió su carrera en dirección al txoko.
Un par de metros antes de llegar a la lonja, su semblante pasó de la preocupación a la euforia al escuchar los ecos de la melodía que había bailado la noche anterior filtrándose por la pared. Se detuvo frente al portón metálico y golpeó la chapa con la palma de la mano de forma reiterada.
—¿Quién es? —preguntó Irune, extrañada, al otro lado de la estructura de hierro.
—¡Soy yo!
—¿Quién eres? —insistió ella sin abrir.
—¡José Carlos! —exclamó alzando la voz por encima de la música.
—¡Ostras, perdona! No te había reconocido la voz —explicó la chica tras abrir la portezuela pequeña encastrada en el centro del portón.
—¿Qué hacéis aquí encerrados con la tarde que hace en la calle?
—Es que hoy es el cumple de Eneko y le estamos preparando una fiesta sorpresa… Pero pasa, no te quedes ahí como un pasmarote.
José Carlos cruzó el umbral y se quedó perplejo al comprobar la cantidad de globos que decoraban el local y la iluminación parpadeante que se encendía y apagaba al ritmo de los graves, alternando destellos blancos, rojos, amarillos y azules. Más tarde se enteraría de que Kepa era electricista y se había encargado de acondicionar la zona de baile, ejerciendo también de improvisado pinchadiscos cuando les apetecía bailar.
—¿Os ayudo en algo, chicas?
—No, no. Tranquilo, que ya estamos terminando —advirtió Nekane, regalándole una sonrisa radiante.
Itziar se acercó a José Carlos con paso lento.
—¿Qué tal se te da liar? —le consultó, imitando el gesto con los dedos de las manos.
—Pues la verdad es que no tengo ni idea. Es más, hasta ayer ni siquiera sabía que existían estas cosas.
—¡Venga, tío, no te hagas el tonto con nosotras!
—Te lo digo en serio —replicó él, mirándola fijamente—. ¿Por qué tendría que mentirte?
—¿Pero en qué mundo has vivido metido, tú?
José Carlos bajó la mirada, mostrándose visiblemente afligido ante el comentario.
—Es que yo… no sé, la verdad es que…
—Es que tú no sabes y la verdad es que, como no te expliques un poco mejor, pues tampoco lo sabremos nosotras —le picó Nekane con dulzura, recortando distancias hasta quedar frente a él.
—Pues eso… Que nunca he tenido amigos y solo salgo a la calle para hacer deporte. Vamos, que me cuesta un mundo relacionarme y…
—Bueno, pero a nosotras ya nos conoces, no entiendo por qué te cortas tanto a la hora de hablar —le interrumpió Nekane. Acto seguido, dio un paso más y lo rodeó con un abrazo cálido.
José Carlos levantó la cabeza y tomó una profunda bocanada de aire, embriagado por su cercanía.
—Ya, pero no es tan fácil para mí. Espero que mi forma de ser no sea un obstáculo para pertenecer a vuestra cuadrilla.
—Precisamente ha sido tu forma de ser lo que me ha llamado la atención. Bueno… eso y el cuerpazo que te gastas —le susurró ella directamente al oído, conteniendo la voz para evitar que sus amigas se percatasen de que le estaba tirando los tejos de forma tan descarada, conscientes de que el chaval despertaba el mismo interés en las demás.
José Carlos sintió una efervescencia eléctrica recorrerle el cuero cabelludo, acompañada de una intensa piloerección que le erizó la piel. Dejándose llevar por el instinto, se inclinó y la besó. Ella, lejos de rechazar la inesperada iniciativa, rodeó su cuello con los brazos y se limitó a disfrutar de unos labios que anhelaba desde el instante mismo en que se los presentaron tres días atrás.
—¡Ahí va la hostia, tú! Eso sí que es llegar y besar el santo —masulló Eneko en voz baja, dirigiéndose a Kepa. Ambos acababan de cruzar la puerta cargados, como de costumbre, con bolsas del supermercado—. Llegar y pegar solo le pasa a los más tontos. Llevo dos años tirándole indirectas y ella haciéndose la estrecha, y llega este pelamonas y se la lleva cruda en cinco minutos. ¡Bah, que le den! Total, no es más que una gilipollas.
—Si en lugar de tantas indirectas hubieras ido al grano en su momento… —le picó Kepa con sorna.
—¿Ah, sí? ¿De qué presumes tú? ¿Acaso te fue mejor cuando te le declaraste a Irune hace dos meses?
—La verdad es que no, pero no te preocupes: tarde o temprano caerá rendida a mis pies.
De pronto, el estruendo de la música cambió y comenzó a atronar por los bafles el Zorionak zuri. Tras las felicitaciones en tropel, los abrazos y los tirones de orejas, la fiesta se desató. Entre risas colectivas, trago va y porro viene, la madrugada se consumió y el amanecer los sorprendió sin que nadie se percatase del paso de las horas.
De repente, un frenazo seco seguido de un estrepitoso ruido metálico rasgó el aire exterior. Todos salieron en tropel a la calle para ver qué había ocurrido. La violenta claridad del día provocó que sus pupilas se contrajeran hasta dejarles los ojos prácticamente cerrados. Frente a la lonja, tal y como habían supuesto, se hallaba un vehículo humeante cruzado en mitad de la calzada tras haber colisionado. El vecindario comenzó a asomarse en pijama a las ventanas y algunos viandantes madrugadores se acercaron para increpar al conductor. Se trataba de un hombre corpulento de mediana edad que presentaba síntomas evidentes de encontrarse bajo los efectos del alcohol.
El individuo, lejos de atender a razones, comenzó a amenazar e insultar a los presentes a viva voz mientras se dirigía al maletero de su coche con la clara intención de extraer una escopeta de caza y liarse a tiros allí mismo. Aquel estallido de violencia, sumado a la severa paranoia distorsionada por las sustancias ingeridas y fumadas durante la noche, hizo que José Carlos entrara en pánico. Sintiéndose de golpe en el punto de mira de todo el mundo, dio media vuelta y salió corriendo a toda velocidad, perdiéndose calle abajo sin tan siquiera despedirse de la cuadrilla.
Al cruzar el umbral de su casa, la sorpresa fue mayúscula y el subidón se cortó en seco. Iñaki y María lo aguardaban de pie en el pasillo, con rostros desencajados.
—¿Te parece bien llegar a estas horas y en estas condiciones? —le espetó Iñaki, con una hostilidad contenida.
José Carlos ignoró el ataque y buscó una mirada de complicidad en los ojos de su madre. Sin embargo, María desvió la vista y se mantuvo al margen, con los brazos cruzados.
—Todavía estoy esperando tu respuesta —le apremió Iñaki, dando un paso al frente.
—Tú no eres mi padre ni eres nada mío —soltó José Carlos con desaire y desprecio—. ¿Por qué coño tengo que darte explicaciones?
—No. ¡Efectivamente, no soy tu padre! Pero soy el dueño de esta casa y aquí se hace lo que yo diga…
—Por favor, mi amor. Te ruego que no le hables así —intervino María con voz apagada, intentando frenar la escalada.
—…Y al que no le interesen mis normas, ¡ya sabe donde está la puerta! —sentenció Iñaki, alzando la voz y señalando la salida.
José Carlos se contuvo a duras penas y, con una sonrisa cínica dibujada en el rostro, volvió a mirar a su progenitora esperando que lo defendiera.
—No, hijo, no. No me mires así —sentenció María, rompiendo por fin su silencio con un tono de profunda decepción—. En este caso él tiene toda la razón del mundo. Llevamos toda la puta noche preocupados por ti. Hemos ido a la policía y hemos recorrido uno tras otro los hospitales cercanos pensando que te había pasado algo grave… No puedes llegar a los dos días, presentarte así y responder como te venga en gana. Así que ya le estás pidiendo disculpas a quien, sin ser nada tuyo, está ejerciendo de padre, a pesar de que tú lo has estado rechazando un día sí y al otro también desde el momento en que pisaste esta casa.
—Bien. Lo siento —soltó José Carlos con absoluto desgano, tragándose el orgullo para evitar que la situación estallara del todo.
Se dio la vuelta, se dirigió directamente al cuarto de baño y pasó el cerrojo. Allí, acorralado por la ansiedad, se liberó de la tremenda tensión acumulada mediante su destructivo y compulsivo ritual de siempre. Minutos después, exhausto y con la cabeza flotando en una densa bruma, se arrastró hasta su habitación, se metió en la cama y se dejó llevar por Morfeo.
