martes, 7 de julio de 2026

Capítulo 2, episodio 8, CICATRICES DE DOBLE FILO

 


8



Domingo, 9 de marzo de 1986

El chirimiri comenzó a engordar coincidiendo con el final de la mañana. Pese a ello, el estado anímico de Iñaki no se dejó influenciar; tenía un gran plan para aquel día y, por nada del mundo, pensaba renunciar a él. Había pasado la noche cocinando a fuego lento y apenas había dormido, pero la expectativa le ensanchaba el pecho.

Al llegar de vuelta a su piso tras los preparativos de primera hora, fue recibido por el zalamero Tigre. Se inclinó para recogerlo y, tras acomodarlo entre sus brazos como si fuera un bebé, comenzó a mecerlo mimosamente mientras le rascaba el pecho de camino a la cocina. El complacido morrongo respondió con un profundo y vibrante ronroneo. Iñaki no necesitó comprobar si quedaba pienso en el comedero; sabía perfectamente que Tigre combatía cualquier amago de estrés atiborrándose de comida. Se dirigió directamente hacia la pequeña alacena empotrada en uno de los rincones de la amplia cocina. Allí se agachó para coger un saco de dos kilos herméticamente cerrado que compartía espacio con una cesta de mimbre donde aún quedaban algunas patatas. Aquel socorrido armario lo había construido, años atrás, su añorado padre.

Después de alimentar a los peces del acuario, Iñaki se encaminó al dormitorio, se desvistió y se metió entre las sábanas para descansar un par de horas antes de la cita. Unos minutos más tarde, Tigre saltó a la cama y, tras reclamar mimos con un sonido entre maullido y gruñido gutural, se acomodó junto a su dueño y comenzó a mover rítmicamente las patas delanteras sobre él, como si amasara harina para hornear una hogaza de pan.

—Basta ya, cariño. No me hace falta masaje ahora mismo. Déjame dormir un poco, que buena falta me hace para estar despejado luego —le dijo con afecto mientras lo apartaba con delicadeza.

El mimado gato, dándose por enterado, se trasladó hacia los pies de la cama y, tras asearse concienzudamente a base de lengüetazos, optó por dormirse como siempre: con las orejas rozando el piecero niquelado y el lomo presionando los pies de su amo, ronroneando.

A las once en punto, el repentino aviso del despertador sacudió al bilbaíno y al morrongo. El sonido procedía de un pequeño reloj digital blanco situado sobre la mesilla de noche, tan antigua como el resto del sobrio y pulcro mobiliario del piso que una vez perteneció a sus padres. Tras reponerse del susto, ambos se miraron y se dieron los buenos días, cada uno en su propio idioma. Mientras Iñaki bostezaba sonoramente y estiraba los brazos para desperezarse, Tigre se arqueó hasta parecer el doble de grande, afiló las uñas sobre la colcha zamorana y, acto seguido, saltó al suelo para seguir a su dueño.

Iñaki pasó por el baño para asearse, afeitarse a conciencia y echarse un chorro de Varón Dandy. El gato, obligado a posponer su habitual sesión de juego, golpeaba el suelo con la cola mientras le lanzaba una mirada oblicua en señal de protesta. Poco después, ya arreglado, Iñaki se dirigió a la cocina acompañado por el felino, que caminaba junto a él con el rabo erguido, restregándose contra sus piernas con descarado entusiasmo.

A las doce menos diez, tras dejar todo listo para la comida y cerrar la puerta de la sala para evitar que Tigre campase a sus anchas por la casa antes de tiempo, comenzó a bajar las escaleras. Al llegar al portal, se detuvo un segundo frente al espejo situado en la pared de los buzones de chapa. Se atusó el pelo, se recolocó la cazadora vaquera y, al poner un pie sobre la acera húmeda, descubrió que María venía caminando hacia él desde Matiko. Una sonrisa luminosa se dibujó en su rostro.

—Hola, buenos días —saludaron ambos al unísono, deteniéndose a un palmo del otro.

Se quedaron quietos unos segundos, conteniendo las ganas de abrazarse de forma comprometedora debido al constante trasiego de vecinos dominicales por la plaza de Moraza.

—¿Lloverá más? —preguntó María para romper el tierno silencio, mirando el cielo gris bilbaíno.

—No lo sé —respondió él sonriendo—, pero no te preocupes, que vengo preparado por si el chirimiri arrecia.

Le mostró un enorme paraguas negro bajo el que habrían podido refugiarse perfectamente cuatro adultos. Ambos rompieron a reír de buena gana.

—Hombre precavido vale por dos...

Ya veo, ya —respondió ella, divertida, resguardándose bajo su hombro.

—¿Te parece bien que demos una vuelta por la Gran Vía antes de comer? Así hacemos tiempo.

—Claro. Es una de las zonas que más me gusta de Bilbao, sin menospreciar las vistas de Artxanda del otro día, ni las escapadas que me han dicho que hay que hacer a las playas de Las Arenas o Plentzia cuando llegue el verano.

—Entonces, vamos.

Le ofreció el brazo e Iñaki sintió un vuelco cuando María se agarró a él con absoluta naturalidad. Veinticinco minutos después se encontraban en la Plaza de Federico Moyúa. Tras tomar un par de cervezas sin alcohol para él y unos cafés para ella en una de las cafeterías de la Plaza Elíptica, continuaron paseando tranquilamente bajo las marquesinas hasta que, cerca de las dos, regresaron al barrio de Uribarri.

—¿Y dónde se supone que vamos a comer hoy? —preguntó María, desconcertada al ver que enfilaban de nuevo la cuesta del portal.

—Hoy me apetecía hacerlo en casa, de verdad. ¿Te importa? —preguntó él, con un deje de timidez por revelar su intimidad.

—No, tranquilo. Si me importara entrar en tu casa, no estaría aquí contigo —respondió ella con una mirada dulce que le disipó todas las dudas.

Al llegar al portal, aprovecharon la salida de un vecino para entrar e Iñaki le cedió el paso con caballerosidad. Una vez en el rellano del cuarto piso, abrió la pesada puerta de madera y sonrió, haciéndose a un lado.

—Adelante. Estás en tu casa.

María se quedó unos segundos en el recibidor mientras él entornaba la puerta. Dejaron las prendas de abrigo en el perchero de madera de roble y caminaron hacia la sala de estar. En cuanto Iñaki abrió la puerta, Tigre se asustó por la novedad de los pasos extraños y salió disparado como un centella hasta esconderse bajo un armario en la cocina.

—Esto es cuanto poseo y esta es toda mi familia —dijo Iñaki con timidez pero con orgullo, señalando hacia el acuario iluminado—. Bajo este techo vivimos seis carpas naranjas, cuatro peces arcoíris y cuatro gatos.

María enarcó una ceja, divertida, cruzándose de brazos.

—¿Y dónde se hallan los otros tres? Yo solo he visto un relámpago atigrado corriendo.

—Dos son los peces gato que limpian el fondo del acuario, uno está asustado debajo del mueble... y el otro gato, según mi apellido, soy yo —bromeó Iñaki con un mohín burlesco.

—Vaya ingenio tienes, de verdad —rio ella, relajando los hombros.

—Si no te importa, me gustaría que te quedases aquí contemplando el acuario un par de minutos —le pidió, haciendo un ademán de súplica con las manos—. Cosas del cocinero.

Ella asintió con la cabeza y se quedó ensimismada con el vaivén de los peces. Iñaki se dirigió a la cocina a toda prisa. Cogió un par de cervezas del frigorífico y las dispuso sobre la mesa, que se había esmerado en vestir con los mejores manteles de hilo de su madre. A continuación, tras retirar la tapa de la olla exprés que mantenía el calor, sirvió un par de cazos generosos de alubias rojas de Gernika con arroz y un buen trozo de costilla adobada. Encendió con cuidado dos velas rosas que reposaban en un candelabro de bronce en el centro de la mesa, comprobó que todo estuviera impecable y regresó al salón.

—Ya puedes venir —le indicó, invitándola a tomar su brazo de nuevo. Un par de metros antes de cruzar el umbral de la cocina, la detuvo suavemente—. Cierra los ojos, por favor.

María, con un gesto de asombro y una sonrisa expectante, los cerró. Iñaki la guio despacio por el pasillo hasta situarla frente a la mesa iluminada por el parpadeo de las velas.

—Ya puedes abrirlos.

Al observar el brillo emocionado y la sorpresa en los ojos de ella, Iñaki no pudo contenerse; su envergadura la envolvió firmemente entre sus brazos y le dio un beso apasionado, largo, lento y sincero, con el olor de la comida casera flotando en el aire. Unos segundos después, apartó una silla con delicadeza y la invitó a sentarse.

—Espero que te guste —dijo él, sentándose a su vez, rebosante de satisfacción.

Comenzaron a degustar el menú en un ambiente cálido y acogedor, mientras el chirimiri golpeaba levemente el cristal de la ventana.

—¡Mmm! Qué rico está esto... Tiene un sabor increíble. ¿Cómo llamáis a este plato aquí?

—Son alubias rojas de Gernika con costilla. Lo de añadirle un poco de arroz ha sido un invento mío para que se pareciese un poco a los platos típicos de tu tierra, por lo que me contaste el otro día en Artxanda —confesó Iñaki, frotándose la nuca, algo tímido.

—Gracias, cariño —expresó ella con voz melosa, estirando el brazo para tocarle los dedos y mirándolo con profunda gratitud.

Iñaki se sorprendió y se estremeció ante la calidez de sus palabras. Era la primera vez que le llamaba así a la luz del día.

—¿Por qué? No tienes nada que agradecerme, María. Solo es una comida.

—Por preocuparte por mí, por los detalles de la receta y por tratarme con tanto respeto y cariño desde el primer momento. ¿Te parece poco, Iñaki? Tal y como está el mundo exterior... esto es un milagro.

—Te mereces esto y mucho más... No te puedes ni imaginar lo mucho que significas para mí —admitió él con el corazón en la mano.

Se levantó para retirar los platos hondos y se dirigió a la encimera. Del frigorífico sacó un cuenco de loza donde había estado macerando desde la madrugada un fresco ceviche, intentando replicar con esmero lo que ella le había descrito. Lo depositó con cuidado en el centro para que ella se sirviera la cantidad que le apeteciese y regresó a su asiento, feliz de compartir su hogar con alguien a quien empezaba a amar con todas sus fuerzas.

—Toma, cariño —dijo María tras servirse una porción, acercándole el recipiente con algo más de la mitad—. Te toca probar tu invento.

—Gracias, mi amor —respondió él con un guiño, asimilando la palabra con naturalidad.

Ella probó un bocado del pescado macerado, saboreándolo despacio con los ojos cerrados, y su rostro se iluminó por completo.

—¡Mmm! ¿Pero cómo lo hiciste? Te quedó rico, rico de verdad. ¡Tiene el punto exacto de limón!

A Iñaki se le encendió la mirada, incapaz de ocultar la emoción que le producían aquellas palabras de aprobación culinaria.

—Seguí al pie de la letra los pasos que me indicaste el domingo pasado en el monte. Lo único es que, como aquí en las tiendas de Bilbao es imposible encontrar ají limó, lo salpimenté con un poco de cayena molida para que tuviera esa rabia de la que me hablabas.

—Pues para ser la primera vez que un vasco intenta hacer esto, te ha quedado riquísimo. Y no creas que lo digo por halagarte, que ya sabes que para estas cosas de la comida de mi tierra soy muy sincera.

Iñaki alargó su enorme mano sobre la mesa, buscando la suya, que lucía diminuta entre sus dedos. La miró fijamente a los ojos a través del cálido parpadeo de las velas rosas que empezaban a consumirse.

—Gracias por decírmelo, de corazón. Significa mucho.

—¡Qué tonto eres! —rio ella con suavidad, acariciándole el dorso de la mano—. Tampoco hace falta que agradezcas todo lo que digo. Los dos sabemos que esto sale de verdad, de aquí dentro.

Tras terminar de comer, Iñaki se levantó y regresó de la cocina con un tembloroso flan casero que había preparado con mimo la noche anterior. Un rato después, tras compartir un café con hielo él y un café con leche ella, dejaron la cocina recogida y se dirigieron a la sala de estar.

Al verlos entrar, Tigre saltó del sofá donde se había mudado a escondidas y salió zumbando hacia el pasillo como alma que lleva el diablo. Se acomodaron juntos en el sofá de escay frente al televisor. Iñaki estiró el brazo para encender el aparato de tubo y sintonizó el canal autonómico vasco, la ETB, cuyas emisiones en euskera apenas llevaban unos años animando las pantallas de la villa.

—Tigre, además de desconfiado, no está nada acostumbrado a recibir visitas en este piso —explicó Iñaki, disculpando la espantada de su compañero felino—. Pero no te preocupes, tarde o temprano tendrá que hacerse a la idea de que ya no estamos solos.

—Sí, claro, espero que sí —concluyó María, acurrucándose contra su pecho y buscando su calor—. Porque pienso venir cada vez que me invites, Iñaki. Aquí hay paz.

El espacio entre los dos se redujo por completo. Se buscaron en un abrazo profundo y comenzaron a besarse con una urgencia contenida, despojándose de las ropas con lentitud y entregándose el uno al otro en la penumbra del salón, con una pasión limpia, pura y ajena a las sombras y las luces rojas del local de alterne. En mitad de la intimidad, la curiosidad venció por un momento al miedo del felino; Tigre asomó la cabeza desde el pasillo y se detuvo a mirar la escena. Emitió un maullido tan sutil que se perdió entre los suspiros de la pareja y, al ver que nadie reparaba en él, optó por desaparecer con el mismo sigilo con el que había llegado.

Por primera vez desde que había cruzado el Atlántico huyendo de su pasado, María sintió que la piel se le erizaba de una manera distinta, real, desvinculada de la obligación. Una oleada de sensaciones puras la desbordó por completo; quiso gritar de gozo, pero el nudo en la garganta se transformó de golpe en un llanto amargo, viejo y convulsivo que la sacudió entera.

—¿Qué te pasa, cariño? ¿Qué ocurre? ¿He hecho algo mal? —preguntó Iñaki, deteniéndose de inmediato al notar el temblor violento de su cuerpo.

—Para, para, por favor... solo un momento... —suplicó ella, cubriéndose el rostro con las manos mientras se encogía de hombros.

Iñaki se apartó al instante, asustado y con el corazón en un puño, arropándola con cuidado con la manta de lana del sofá.

—¿Te he hecho daño? ¡¿Qué pasa, María?! Cuéntame, por Dios.

Entre sollozos ahogados que le desgarraban el pecho, María comenzó a desenterrar el calvario que le había tocado padecer en Ecuador antes de arribar en España. Le contó, con la crudeza de quien arrastra una herida abierta y supurante, los abusos, los golpes y los maltratos sistemáticos recibidos en su país por parte del hombre que debió protegerla. Iñaki la escuchaba en absoluto silencio, abrazándola con fuerza contra su pecho de gigante, sintiendo cómo se le revolvían las entrañas y cómo se le tensaban los puños ante la tremenda injusticia del relato. Sin embargo, tras vaciar todo aquel dolor acumulado, el rostro de María pareció aliviarse, transmutando en una expresión de extraña y balsámica paz.

—¡¿Y ahora?! —preguntó él con un hilo de voz, acariciándole la frente húmeda por el sudor y las lágrimas.

—Creí que nunca más volvería a sentir nada hermoso con un hombre, Iñaki —confesó ella, secándose las lágrimas con el reverso de la mano—. Al estar a punto de alcanzar el orgasmo contigo, de sentir ese placer tan limpio, me vino a la cabeza la imagen de aquel malnacido de mi país. Mi mente se nubló por unos instantes; sentí un asco terrible por el recuerdo y, a la vez, una liberación tremenda por lo que estaba viviendo aquí. Me hizo sentir bien y mal al mismo tiempo.

—Sentimientos encontrados… el pasado pisando el presente.

—Sí. Por un lado, deseaba con toda mi alma llegar hasta el final contigo, entregarme del todo; pero al recordar aquello, sentí ganas de vomitar, de arañar, de defenderme como hacía allí. Por eso te aparté de golpe. No es por ti, te lo juro.

—No te preocupes, mi amor. Después de lo que me has contado, lo entiendo perfectamente. No tienes que darme explicaciones de nada. Tu cuerpo tiene sus tiempos.

—Ni te imaginas lo que he venido sufriendo desde que empecé en el club —continuó ella, desahogándose por completo, aliviada por su comprensión—. Cada vez que entro con un cliente al reservado, tengo que congelar el cuerpo, obligarme a pensar solo en el dinero, en los dólares que voy a mandar a casa de mis padres para que mi hijo salga adelante. Me obligo a fingir, a hacer teatro para que acaben cuanto antes y me dejen en paz, tal y como me aconsejó mi tía cuando empecé en esto. Pero hoy... contigo, después de tanto sufrimiento y tanta culpa, he estado a punto de romper ese candado que arrastro por dentro. Por eso tengo ganas de llorar y de reír a la vez. Porque contigo no tengo que fingir.

—Pues haz lo que te pida el cuerpo, María. Si tienes que llorar, llora. No reprimas nada aquí dentro. Libérate de ese candado. Aquí estás a salvo.

El tiempo fue pasando y los encuentros a la luz del día se volvieron indispensables para ambos, un bálsamo necesario para soportar el resto de la semana. La distancia entre sus vidas comenzó a estrecharse tanto que, al cabo de un mes de aquella tarde en el piso, Iñaki le propuso formalmente que se mudara a vivir con él. Ella aceptó encantada, buscando el refugio definitivo de aquel piso de la Plaza Moraza donde el olor a limpio y el agua del acuario borraban el rastro de la noche.

Sin embargo, los fantasmas no tardaron en reclamar su espacio bajo el mismo techo.

Por un lado, el peso de la rutina comenzó a hacer mella en la psicología de María; ahora que conocía el amor verdadero, el hogar y el respeto en los brazos de Iñaki, se ponía enferma y se sentía profundamente sucia cada vez que tenía que cruzar el umbral del club para realizar un servicio con un extraño. El contraste era insoportable.

Por otro lado, Iñaki comenzó a librar una cruenta y silenciosa batalla psicológica en su cabeza. Intentaba racionalizar la situación de día, repitiéndose a sí mismo que aquello era solo un trabajo, un frío medio de supervivencia para que ella pudiera mantener a su hijo al otro lado del océano. Pero la mente es traicionera y nocturna. Cada noche, mientras recorría las calles desiertas de Bilbao colgado de la trasera del camión del Servicio de Limpieza, bajo la lluvia inclemente, su imaginación lo martirizaba sin piedad. Recreaba una y otra vez escenas intolerables de María detrás de las cortinas rojas de los reservados, sonriendo a otros hombres, tocando a otros cuerpos. A medida que pasaban los días de convivencia, aquella insana obsesión por imaginar lo que ocurría en la oscuridad del club empezó a devorarle la paz por completo, sembrando una semilla amarga en el idilio de la plaza Moraza.