LA ESTÉTICA DE LA TREGUA...
Cuando romper el guion familiar es la única forma de encontrar tu propia voz
La habitación de Inmaculada, de 16 años, reflejaba una guerra civil estética. En la pared derecha colgaban pósteres de bandas de K-pop y fotos escolares con marcos de colores pastel de cuando tenía catorce años. En la pared izquierda, una bandera negra desgastada cubría el espacio, flanqueada por dibujos a carboncillo de trazos caóticos y violentos. El suelo era un cementerio de ropa: sudaderas oversize, camisetas de estética grunge, faldas plisadas y uniformes de instituto arrugados.
Inmaculada estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y las rodillas pegadas al pecho. Tenía un espejo de mano frente a su rostro. Se miraba fijamente, buscando una verdad que cambiaba cada semana. Aquella tarde se había cortado el flequillo ella misma con unas tijeras de cocina; el resultado era asimétrico y tosco, una herida física que intentaba externalizar el desorden de su mente. El diagnóstico que su psicóloga le había esbozado un mes atrás flotaba en el aire de la habitación: una crisis de identidad profunda, intensificada por un trastorno de adaptación tras el divorcio de sus padres y el traslado forzoso a un nuevo instituto de la ciudad.
Sonó la puerta del piso. Su madre, Mercedes, regresaba de trabajar. Inmaculada escuchó el tintineo de las llaves, el suspiro cansado de su madre y sus pasos acercándose por el pasillo. La puerta de la habitación se abrió suavemente.
—¿Macu? He comprado lo que me pediste para... —Mercedes se detuvo en seco al ver el suelo lleno de pelo castaño y el nuevo aspecto de su hija. Se le escapó un suspiro de frustración—. Por Dios. ¿Qué te has hecho en el pelo?
Inmaculada no bajó el espejo. Su voz sonó plana, gélida, destilando una hostilidad defensiva.
—Es mi pelo. Hago lo que quiero.
—¡Parece que te ha mordido un burro! —Mercedes dio un paso hacia el interior del cuarto, pero se detuvo al pisar una camiseta—. ¿Y este desorden? Ya no sé quién eres, de verdad. Hace seis meses eras una niña ejemplar, te encantaba bailar, salías con tus amigas de siempre... Ahora no sé si hablarte como a una gótica, como a una niña de cristal o como a un soldado de Infantería. Cada día cambias de personalidad.
Inmaculada tiró el espejo sobre la cama. La rabia, el síntoma más visible de su vacío interior, estalló.
—¡Es que yo tampoco sé quién soy, mamá! —gritó, poniéndose en pie de un salto. Sus ojos, enmarcados en un delineado negro grueso y corrido, brillaban con lágrimas de impotencia—. ¿Te crees que es divertido? Me levanto por la mañana y me da asco la ropa que me puse ayer porque siento que pertenece a una persona extraña. Me miro en el espejo y veo un disfraz. Si soy la que saca buenas notas, siento que os estoy mintiendo a ti y a papá. Si soy la que pasa de todo, me siento una escoria. No encajo en ninguna parte. ¡Soy un molde vacío!
Mercedes se quedó de piedra. La dureza de su tono se desvaneció ante la cruda desesperación de su hija. Intentó acercarse para abrazarla.
—Cariño, es la edad. Todos nos buscamos a nosotros mismos en la adolescencia…
—¡No me vengas con frases de manual de autoayuda! —La esquivó, retrocediendo hacia la esquina de la bandera negra—. Mis amigas del instituto tienen claro lo que les gusta, cómo vestirse, con quién salir. Yo cambio de gustos cada tres días para ver si alguno «pega» conmigo, para ver si siento algo de verdad aquí dentro. Pero nada se queda. Es como si me estuviera inventando un personaje nuevo cada semana para que la gente no se dé cuenta de que detrás no hay absolutamente nada.
El silencio que siguió fue denso. Se sentó de nuevo en el suelo, escondiendo el rostro entre las manos. Su respiración era entrecortada, un ataque de ansiedad sordo que le oprimía las costillas. Mercedes se sentó a su lado en la alfombra, ignorando el desorden, y esperó a que el temblor de los hombros de su hija disminuyera.
—A veces —susurró con la voz rota, sin destapar su rostro— siento que el divorcio borró la única versión de mí que funcionaba. La Inmaculada de la familia feliz. Ahora que eso no existe, tengo que construir otra desde cero y no tengo los planos. Tengo miedo de no llegar a ser nadie nunca.
Mercedes extendió la mano y esta vez su hija no se apartó. Le acarició el flequillo mal cortado con una ternura infinita.
—No tienes que tener una respuesta definitiva hoy. Ni mañana. El trozo de pelo que te has cortado volverá a crecer, y todas estas capas de ropa que pruebas son solo borradores. No estás vacía; estás en construcción. Y yo voy a estar aquí para ver qué decides edificar, cambies de opinión las veces que cambies.
Inmaculada apartó las manos de su cara y miró a su madre. Su rostro estaba manchado de maquillaje y lágrimas, un lienzo caótico y confuso. No hubo una resolución mágica, ni una epifanía que le devolviera la identidad en ese instante. Pero al apoyar la cabeza en el hombro de su madre, en medio de la tormenta de su habitación, sintió que, al menos por unos minutos, no necesitaba saber quién era para estar a salvo.
El café del centro de la ciudad estaba lleno de un ruido blanco de tazas y conversaciones ajenas. Inmaculada jugueteaba con el azúcar de su taza, sin mirar a su padre, Lorenzo, que se sentaba frente a ella. Llevaban tres semanas sin verse debido a los viajes de trabajo de él y a las sutiles evasivas de ella.
Lorenzo miró fijamente el flequillo asimétrico de su hija, ahora un poco más crecido, y el grueso suéter negro que la cubría por completo.
—Te has cambiado el pelo, cariño —dijo, forzando una sonrisa amable que no llegó a sus ojos.
—Sí —respondió, tajante.
—Macu, sé que las cosas están siendo difíciles desde que me mudé al apartamento nuevo —continuó él, acomodándose la corbata con incomodidad—. Tu madre me dice que estás muy cambiada, que apenas sales. Quiero que sepas que el hecho de que mamá y yo ya no estemos juntos no cambia quién eres tú.
Inmaculada levantó la mirada de golpe. La rabia contenida emergió en sus ojos.
—¿Ah, no? —su voz sonó baja pero afilada—. Cambia todo, papá. Yo era la hija de la familia perfecta. La que sacaba buenas notas para que os sintierais orgullosos en las cenas de Navidad. La que guardaba los secretos de los dos cuando empezasteis a gritaros en la cocina. Si esa familia era una mentira, entonces la Inmaculada que vivía en ella también era mentira. Vosotros rompisteis el escenario y pretendéis que yo siga actuando como si nada.
Lorenzo se quedó sin palabras, golpeado por la lucidez del reproche. Intentó estirar la mano sobre la mesa, pero Inmaculada retiró la suya y se cruzó de brazos, hundiéndose de nuevo en la fortaleza de su ropa oversize. Al romper la estructura familiar, le habían quitado el único guion que sabía interpretar.
La consulta de la psicóloga tenía un olor suave a madera y lavanda. Inmaculada se sentaba en el diván, con las piernas cruzadas, mirando un cuadro abstracto en la pared.
—Esta semana he intentado ser «normal» —explicó a la terapeuta—. Me puse unos vaqueros normales, una camiseta blanca y fui al instituto. Intenté sentarme con las chicas del club de debate.
—¿Y cómo te sentiste? —preguntó la psicóloga con tono pausado.
—Como una impostora. Sentía que si descubrían que por la tarde escucho música industrial o que tengo ganas de llorar sin motivo, me echarían. En el instituto, si no llevas una etiqueta pegada en la frente (la gótica, la empollona, la popular), eres invisible. Y yo prefiero ser rara antes que invisible. Pero mantener el personaje agota.
La psicóloga tomó una nota en su libreta y miró a la adolescente.
—Inmaculada, las etiquetas no son identidades; son refugios provisionales. Te disfrazas de diferentes tribus urbanas o cambias de gustos radicalmente porque estás buscando un escudo que te proteja del miedo a que los demás descubran tu vulnerabilidad. Crees que si no eres perfecta o radicalmente diferente, no eres nadie. Pero la crisis de identidad no es un vacío que haya que llenar corriendo con ropa nueva o música nueva. Es un espacio en blanco donde tienes permiso para experimentar.
Inmaculada suspiró, dejando caer los hombros. Por primera vez en meses, alguien no le pedía que «se encontrara», sino que aceptara el hecho de estar perdida.
Pasaron los meses y la primavera de 2026 trajo una luz diferente a la habitación. Los pósteres de K-pop y la bandera negra seguían en las paredes, pero ya no parecían trincheras enfrentadas; ahora convivían como simples gustos de una persona compleja. El flequillo ya había crecido del todo, enmarcando un rostro que expresaba menos tensión.
Inmaculada se preparaba para ir al instituto. Abrió el armario y miró la ropa. Ya no sintió la parálisis ni la náusea de no saber qué disfraz ponerse. Eligió una sudadera cómoda y unos vaqueros gastados.
Su madre, asomó la cabeza por la puerta.
—¿Lista? Te acerco en coche.
—Sí, mamá. Espera que cojo la libreta de dibujo.
Mientras caminaba hacia la salida, se miró de pasada en el espejo del pasillo. Ya no buscaba una respuesta mística en su reflejo. Seguía sin saber exactamente qué quería estudiar en la universidad, seguía doliéndole a ratos el divorcio de sus padres y a veces cambiaba de canción favorita tres veces en una hora.
Pero la urgencia había desaparecido. Había entendido que la identidad no es una foto fija que se descubre de golpe a los dieciséis años, sino un río en constante movimiento. Sonrió levemente a su reflejo, se colgó la mochila al hombro y abrió la puerta, dispuesta a descubrir quién decidía ser ese día.
El pasillo del IES Sierra de Santa Barbara olía a desinfectante de pino, a hormonas adolescentes y a la humedad de los paraguas mojados. Para Inmaculada, cruzar ese umbral a las ocho de la mañana era lo más parecido a entrar en un coliseo romano. El murmullo de cientos de estudiantes chocando contra las taquillas generaba un zumbido que le retumbaba en los oídos, disparando una alerta física. Su pulso se aceleraba y las manos le sudaban dentro de los bolsillos de su sudadera.
—Mira el pelo —susurró una voz a su espalda.
Inmaculada no se giró. Sabía que era un comentario insignificante, quizás ni siquiera dirigido a ella, pero su mente, hipervigilante y distorsionada por la crisis de identidad, lo absorbió como una confirmación de su inadecuación. En clase de Literatura, el profesor organizó un trabajo en parejas. El aula se transformó instantáneamente en un mercado de miradas, gestos cómplices y alianzas preestablecidas. Inmaculada se quedó inmóvil en su pupitre, clavando los ojos en el nudo de la madera, sintiendo cómo el aislamiento se solidificaba a su alrededor como el cemento rápido.
—Inmaculada, te pones con Pablo —sentenció el profesor desde la tarima.
Pablo, un chico retraído que siempre llevaba auriculares de diadema alrededor del cuello, se limitó a arrastrar su silla sin decir una palabra. Durante los siguientes cincuenta minutos, la interacción fue puramente instrumental. Intercambiaron números de teléfono para coordinar el documento compartido y dividirse los capítulos del libro. No hubo preguntas personales, no hubo juicios. Para ella, esa falta de expectativas ajenas fue el primer respiro real en semanas. Él no esperaba que ella fuera la alumna brillante, ni la chica rebelde, ni el bicho raro. Esa neutralidad, casi indiferencia, funcionó como un bálsamo inesperado contra la presión de tener que proyectar una imagen definida.
La custodia compartida obligó a Inmaculada a habitar dos realidades paralelas que ponían a prueba su frágil estabilidad emocional. Los lunes alternos empaquetaba su vida en una mochila técnica de color negro y cruzaba la ciudad.
El piso de su madre era el escenario del naufragio original. Allí todo conservaba la disposición de la antigua vida familiar, pero con las ausencias marcadas por el polvo o por los huecos en las estanterías de donde Lorenzo se había llevado sus libros de derecho. En esa casa, la tristeza de Inmaculada se manifestaba en forma de resistencia estática: encerrarse en su cuarto, poner música a un volumen que rozaba el umbral del dolor y negarse a cenar en la mesa del comedor, prefiriendo el hule de la cocina.
En contraste, el nuevo apartamento de su padre era un espacio aséptico, de paredes blancas y muebles modulares que olían a serrín prensado y a catálogo escandinavo. No había recuerdos allí. No había marcas en el marco de la puerta que midieran el crecimiento de la joven, ni fotografías analógicas de las vacaciones en la playa.
—He comprado la marca de cereales que te gusta, la de la caja azul —le dijo el viernes por la noche, intentando rellenar el vacío del salón con un entusiasmo artificial.
Inmaculada miró la caja sobre la encimera americana.
—Dejé de tomar esos cereales hace dos años, papá. Ahora me dan acidez.
Lorenzo asintió, visiblemente compungido, y guardó el producto en un armario donde apenas había un paquete de pasta y un bote de café instantáneo. Esa incapacidad de su padre para registrar su evolución cronológica no hacía más que profundizar la sospecha de Inmaculada: nadie la veía realmente porque ella misma se había convertido en un espectro cambiante. En la casa de la madre era el fantasma de lo que fue; en la del padre, una extraña a la que había que aprender a recibir como a una visita de fin de semana.
Durante la tercera sesión de psicología, la terapeuta no le pidió que hablara de sus padres ni de sus notas. Sacó de un cajón un cuaderno de cubiertas de tela roja, completamente en blanco, y un bolígrafo de tinta de gel negra.
—No quiero que escribas un diario de lo que haces —le explicó la profesional, colocándolo sobre la mesa baja—. Quiero que uses esto para registrar los momentos en los que sientas que la máscara te aprieta demasiado. Si te pones una camiseta solo porque crees que define un personaje, escríbelo. Si escuchas una canción que detestas pero que encaja con el grupo del instituto, apúntalo. Vamos a cartografiar tus contradicciones, no a eliminarlas.
Inmaculada se llevó el cuaderno a casa de su padre ese fin de semana. El sábado de madrugada, incapaz de conciliar el sueño por el zumbido del tráfico de la avenida principal, abrió la primera página bajo la luz de la lámpara de la mesilla. No escribió palabras. Empezó a trazar líneas concéntricas que se cruzaban entre sí, formando una red intrincada que terminaba en el dibujo tosco de una llave atrapada en su propio cerrojo.
A la mañana siguiente, al repasar el trazo, descubrió que la necesidad de cambiar de estética disminuía cuando volcaba el desorden en el papel. El cuaderno se convirtió en su territorio secreto, el único lugar del mundo donde la contradicción estaba permitida. En una página se declaraba nihilista y firmaba con tinta roja; en la siguiente, pegaba el envoltorio de un caramelo de fresa que le recordaba a su infancia en el parque. La crisis de identidad seguía allí, pero al fragmentarla en hojas sueltas, el peso ya no se concentraba en su pecho, sino en la celulosa.
El cambio definitivo no llegó a través de una gran conversación familiar, sino en un local subterráneo del entorno industrial de la ciudad un viernes de noviembre. Pablo, su compañero de trabajo de Literatura, la había invitado de manera informal al concierto de la banda de post-rock de su hermano mayor. Inmaculada había dudado tres horas antes de salir de casa de su madre. «¿Qué ropa me pongo para no parecer que voy disfrazada de algo que no soy?». Al final, optó por lo más neutro: unos vaqueros negros, unas botas gastadas y una cazadora vaquera que había pertenecido a su madre en los años noventa.
La sala estaba en penumbra, iluminada solo por unos focos rojos colgados de las tuberías del techo. El sonido del bajo distorsionado vibraba directamente en el suelo de hormigón, subiendo por las piernas de Inmaculada. Pablo estaba allí, cerca de la barra, con su eterna actitud imperturbable. Le hizo un gesto con la mano al verla llegar.
—Hola. Ha venido bastante gente —dijo él, ofreciéndole un refresco.
Ella se colocó al lado de la columna de sonido. Al principio se sintió tensa, esperando el examen visual de los demás asistentes, la mayoría universitarios con estéticas muy marcadas. Sin embargo, a medida que la música instrumental avanzaba, densa y sin letra, se dio cuenta de que nadie la miraba. Cada uno estaba sumergido en su propia experiencia del sonido. Los cuerpos se movían al unísono, no por seguir una moda, sino por la pura inercia de la vibración.
Por primera vez en más de un año, experimentó la disolución de la autoconsciencia. No importaba quién era ella en ese instante, ni si sus padres estaban firmando los papeles de la liquidación de gananciales en un despacho de abogados, ni si el lunes tendría que sentarse sola en la cafetería. En esa sala subterránea, entre desconocidos y bajo el peso de un volumen ensordecedor, descubrió que la libertad no consistía en encontrar la etiqueta perfecta para definirse ante el mundo, sino en la capacidad de existir en un espacio sin necesidad de dar explicaciones a nadie, ni siquiera a sí misma.
La tregua del concierto se evaporó el lunes por la tarde cuando regresó al piso de su madre. En el portal, Mercedes revisaba la correspondencia con el ceño fruncido y las llaves apretadas entre los dedos. Sobre la repisa de los buzones reposaba un sobre grueso con el membrete del juzgado de familia de Plasencia, la ciudad donde sus padres habían centralizado los trámites legales del divorcio. El documento contenía la sentencia definitiva: la liquidación del patrimonio común y el fin formal de una unión que había durado dieciocho años.
—Ya es oficial —dijo, con una voz desprovista de drama, sustituida por una fatiga crónica—. Tu padre se queda con el coche familiar y yo mantengo el piso. A partir del mes que viene, las estancias de los fines de semana se organizarán por semestres.
Inmaculada cogió el papel que su madre le tendía de manera autómata. Sus ojos recorrieron los términos legales: «guarda y custodia», «pensión de alimentos», «régimen de visitas». Su nombre aparecía allí, tipografiado en letra Times New Roman de doce puntos, reducido a una variable jurídica que debía encajar en los horarios de dos adultos que ya no se dirigían la palabra si no era a través de un procurador.
Al subir al piso, no se encerró en su habitación ni encendió el reproductor de música. Se sentó a la mesa del comedor, el mismo mueble de caoba donde tres años atrás celebraban los cumpleaños con tartas caseras y risas que ahora se sentían de plástico. Extendió el documento sobre el mantel individual y sacó el cuaderno que la psicóloga le había entregado.
Escribió una sola frase en la parte superior de la página limpia: «Hoy la ley ha decidido quién soy los próximos dos años: un bulto que se desplaza cada seis meses». El trazo del bolígrafo fue tan fuerte que rasgó ligeramente la celulosa, dejando una marca indeleble en el papel, el único lugar donde su identidad no dependía de la firma de un juez.
La rutina académica del instituto continuó con su inercia gris. En el laboratorio de Ciencias Naturales, el olor a formol y a gas de los mecheros Bunsen se mezclaba con el murmullo de los alumnos de bachillerato. Inmaculada compartía mesa de trabajo con Pablo para la realización de un cultivo de bacterias en placas de Petri. Mientras fijaban las muestras con el portaobjetos, él observó de reojo las anotaciones que ella realizaba en los márgenes de los apuntes, llenos de esquemas geométricos y tachaduras densas.
—El viernes que viene toca otra vez el grupo de mi hermano —mencionó sin levantar la vista del microscopio, ajustando el tornillo micrométrico—. Es en un garaje cerca de la estación de tren. Va a ir menos gente. Es más tranquilo.
Inmaculada detuvo el bolígrafo a medio trazo. Miró a Pablo, cuyos ojos cansados permanecían fijos en la lente. Esa invitación, formulada sin el tono condescendiente de los orientadores escolares ni la urgencia protectora de sus padres, supuso una validación silenciosa. Él no la invitaba porque la viera rota o porque quisiera «salvarla» de su crisis de identidad; la invitaba simplemente porque era la persona que se sentaba a su lado en clase y no hacía preguntas estúpidas.
—No sé si podré —respondió, midiendo cada palabra—. Ese fin de semana me toca mudanza al apartamento de mi padre.
—Da igual —replicó, retirando la placa de Petri con movimientos precisos—. Los conciertos empiezan tarde. Si te aburres allí, te pasas. No hay que confirmar asistencia.
Esa falta de formalidad, ese desapego de las estructuras rígidas que asfixiaban su día a día, fue lo que permitió a Inmaculada respirar. En un mundo donde su madre le exigía estabilidad y su padre afecto, el desinterés controlado de Pablo se convirtió en la única frontera donde no tenía que demostrar qué versión de sí misma estaba utilizando esa mañana.
El traslado al apartamento para el nuevo ciclo semestral no se limitó a meter tres mudas de ropa en una mochila. Inmaculada decidió vaciar la mitad de su armario en el piso de su madre, un proceso de selección que se convirtió en una autopsia de sus antiguas identidades fracasadas.
Sobre la colcha de la cama fue depositando los restos del naufragio estético:
La falda de tablas de su época de «niña buena», que ahora le parecía el uniforme de una desconocida. Las camisetas desgastadas de grupos de música gótica que compró en un arrebato de rabia tres meses atrás y que ya no reflejaban su estado de ánimo actual. Una sudadera rosa con capucha que su padre le había regalado por su cumpleaños y que nunca llegó a estrenar por puro orgullo.
Mercedes entró en el cuarto con una caja de cartón vacía bajo el brazo. Al ver la división de las prendas, se apoyó en el marco de la puerta, observando el flequillo de su hija, que ya caía con naturalidad sobre sus ojos sin el corte abrupto de las tijeras de cocina.
—¿Vas a tirar todo eso? —preguntó en voz baja.
—No lo voy a tirar, mamá. Lo voy a meter en el trastero —contestó, doblando una camisa de franela con una parsimonia inusual—. Ya no me queda bien. No soy yo.
—¿Y quién eres ahora, Macu? —la pregunta de Mercedes no llevaba reproche, sino una curiosidad genuina, casi temerosa de la respuesta.
Inmaculada se guardó las manos en los bolsillos de sus vaqueros grisáceos y miró la caja llena de ropa compactada. Por primera vez en dos años, el vacío en el estómago no se sintió como un abismo, sino como el espacio libre que queda en una habitación después de pintarla de blanco.
—No lo sé todavía, mamá —respondió, mirando fijamente a sus ojos—. Pero ya no tengo prisa por ponerle un nombre al armario. Mañana tengo clase de dibujo técnico y solo necesito que me quepa la regla en la mochila. Lo demás ya se verá.
Al cerrar la caja con cinta de embalar, el ruido seco del pegamento al despegarse resonó en las paredes de la habitación como el cierre de un acta. Inmaculada cargó el paquete hacia el pasillo, dejando atrás los disfraces de una adolescencia que, tras romperse en pedazos por el divorcio, empezaba a reconstruirse sin planos prefijados, pero con la firmeza del hormigón que fragua despacio.
Un año después del veredicto del buzón y del vaciado de los armarios, las estaciones habían dejado de sentirse como mudanzas violentas para transformarse en un ciclo predecible. Inmaculada, ya con 17 años, subía las escaleras de la biblioteca municipal de Plasencia un viernes por la tarde. Llevaba el pelo largo, recogido en una coleta informal, y vestía una cazadora de pana marrón que no pretendía lanzar ningún mensaje al mundo; simplemente la resguardaba del frío del otoño.
Se sentó en la mesa del fondo, junto a los ventanales que daban a la catedral. A su lado, Pablo colocó su mochila y sacó los apuntes de la selectividad. Intercambiaron un asentimiento mudo. Su relación seguía basándose en esa cómoda ausencia de drama, una amistad forjada entre cultivos de bacterias, conciertos en garajes y horas de estudio compartido.
Inmaculada abrió su mochila y extrajo el cuaderno rojo de tela. Las cubiertas estaban desgastadas por los bordes y las esquinas se habían curvado de tanto viajar de la casa de Mercedes al apartamento de Lorenzo. Sin embargo, al abrirlo por las últimas páginas, el paisaje interior ya no era el mismo. Las líneas caóticas y las frases rotas con las que inauguró el diario durante su trastorno de adaptación habían dado paso a esquemas de dibujo técnico, listas de libros por leer y bocetos a lápiz de la gente que veía pasar desde el autobús.
Su teléfono vibró sobre la mesa de madera. Era un mensaje de su padre:
«He comprado las entradas para la exposición del sábado. Avísame si prefieres cenar hamburguesa o sushi. Un beso».
Inmaculada sonrió levemente y respondió con un escueto:
«Sushi está bien, papá. Nos vemos mañana».
Guardó el teléfono y miró a través del cristal. Abajo, en la calle, el viento movía las hojas secas sobre el pavimento. Recordó a la chica de dieciséis años que se cortaba el flequillo a oscuras frente al espejo, a la adolescente atrapada en el naufragio del divorcio que se vestía con disfraces para rellenar un vacío que creía crónico. Aquella crisis de identidad no había desaparecido mediante una epifanía mágica ni una transformación radical; se había disuelto despacio, diluida en la rutina de aceptar que no hacía falta tener un guion escrito para salir a escena.
Inmaculada apoyó el bolígrafo sobre la hoja en blanco del cuaderno. Ya no sentía la urgencia de rellenarla con una etiqueta definitiva. Apoyó la barbilla en la mano, miró el enunciado del problema de geometría y empezó a trazar una línea recta, continua y firme, que avanzaba hacia el margen del papel.
©Franizquiero
