jueves, 2 de julio de 2026

Capítulo 1, episodio 7, CICATRICES DE DOBLE FILO

 



7



Domingo, 2 de marzo de 1986

Tras dejar todo organizado, Iñaki llenó el comedero de Tigre, que permanecía tumbado junto a la puerta de entrada golpeando la cola con energía contra el suelo, claramente disgustado. El gato no le quitaba ojo de encima, como si intuyera que aquel domingo no iba a ser como los demás y que el olor al pollo que su dueño había dejado limpio en la nevera no era para él.

—No me mires así, hombre —murmuró Iñaki con una sonrisa de culpabilidad mientras se inclinaba para cogerlo en brazos—. Te prometo que volveré pronto y nos comeremos las patatas.

Lo llevó hasta la cocina y lo dejó junto al cuenco del pienso. Después salió al rellano, cerró la puerta con llave y comenzó a bajar las escaleras de madera con el corazón acelerado, como un colegial.

Al cruzar el portal de la plaza Moraza, vio a María terminando de subir los últimos peldaños de piedra que conectaban la calle Tívoli con la plaza. El sol de justicia que lucía ese mediodía de marzo le daba de lleno en la cara. Iñaki apresuró el paso sin poder contener una sonrisa de oreja a oreja.

—Hola, buenos días —saludó antes incluso de llegar hasta ella.

María abrió los brazos de par en par nada más verlo.

—¡Muchas felicidades, guapetón! —exclamó, rodeándole el cuello con un abrazo cálido—. Y que cumplas muchísimos más.

Después se empinó un poco y le plantó dos cariñosos besos en las mejillas.

La espontaneidad de aquel gesto dejó a Iñaki completamente desconcertado. Durante los meses que llevaban viéndose en la barra del club, María jamás había mostrado una cercanía física semejante a la luz del día, y aquella efusividad le removió algo muy profundo en el pecho.

—Gracias, de verdad... —atinó a decir, poniéndose colorado—. Oye, ¿te apetece que entremos al bar a tomar un vermut antes de subir a casa a comer? Tenía pensado prepararte el bacalao...

—Ay, Iñaki, no te enfades conmigo —pidió ella, mirándolo de reojo con timidez—. Hace un día tan maravilloso y poco común en Bilbao que me da pena meternos entre cuatro paredes. Acabo de desayunar tarde y me apetece más caminar un poco, tomar el aire y ver verde. ¿Te importa si posponemos lo de tu cocina para otra ocasión?

Al gigante se le olvidó el bacalao instantáneamente.

—¡Faltaría más! —respondió él, encantado con la idea—. Si hace este día, está decidido. Vamos a dar una vuelta y ya comeremos algo por ahí arriba.

Caminaron despacio, rompiendo el hielo entre frases cortas, sonrisas de medio lado y miradas furtivas que se cruzaban de soslayo, hasta llegar a la plaza del Funicular. María levantó la vista hacia la imponente estación con auténtica curiosidad.

—¡Qué bonito! ¿Qué es esto?

Iñaki sonrió con ese orgullo tan típico de los de la villa.

—Ahora mismo lo verás.

Se acercó a la taquilla, compró dos billetes de ida y vuelta y ambos subieron al vagón de madera de pino. Cuando el funicular dio un leve traqueteo y comenzó a ascender lentamente ladera arriba, desafiando la pendiente del monte, Iñaki sacó del bolsillo de su chaquetón un viejo folleto doblado que guardaba de hace años.

—Mi ama siempre decía que ningún bilbaíno puede considerarse bilbaíno de verdad sin haber subido alguna vez en su vida a Artxanda en el "funi" —comentó divertido.

María escuchaba atenta, con la espalda apoyada en el banco de madera, mientras él le contaba la historia del convoy: cómo llevaba funcionando desde principios de siglo, los bombardeos sufridos durante la guerra, la gran remodelación tras las terribles inundaciones del ochenta y tres y las curiosas normas de los años veinte que prohibían subir a los vagones a personas embriagadas, portando armas o bultos malolientes.

—Hasta llegaron a transportar gallinas y animales vivos en los vagones para los caseríos de arriba —añadió entre risas.

—No me imagino yo una vaca viajando aquí dentro apretada con los señores de sombrero —rio María, contagiando su risa cristalina.

—Pues mi padre decía que Bilbao siempre fue eso: una mezcla de ciudad muy seria y de romería improvisada en el monte.

El trayecto terminó pocos minutos después con un suave golpe hidráulico. Nada más bajar a la estación superior, el viento del norte les recibió con un frescor limpio. Iñaki, armándose de valor, la invitó a caminar ofreciéndole el brazo. Ella lo aceptó de inmediato, entrelazando su mano con la de él hasta el mirador principal.

—Ven, quiero enseñarte algo.

Cuando llegaron a la barandilla del mirador, María se quedó completamente inmóvil, muda.

Todo Bilbao se extendía bajo sus pies, encajonado en el valle y envuelto en una claridad limpia y nítida de invierno, sin la habitual boina de humo industrial. La ría serpenteaba como una cinta gris entre los edificios grises y las chimeneas de las fábricas; los puentes parecían de juguete desde aquella altura y, más allá, las montañas del Pagasarri y el Ganekogorta abrazaban la villa bajo un cielo azul despejado. La suave brisa del monte traía un olor delicioso a hierba húmeda mezclado con el salitre lejano del Abra.

—¿Qué te parece el botxo desde aquí arriba? —preguntó Iñaki en voz baja, casi sin querer romper el encanto.

María tardó unos segundos en responder, con los ojos fijos en la inmensidad del paisaje.

—Es precioso… de verdad —susurró finalmente. Y entonces, buscando refugio contra el viento, se abrazó a él con una naturalidad que le congeló la sangre—. Gracias por traerme aquí, Iñaki. Es el mejor sitio donde he estado desde que llegué.

El gigante sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje contra las costillas.

—Gracias a ti por acompañarme hoy en mi cumpleaños y…

No pudo terminar la frase.

María se había girado despacio, acortando la escasa distancia que los separaba. Sus ojos oscuros buscaron los de él y, con una delicadeza inesperada y suave, sus labios encontraron los suyos.

Durante unos segundos eternos desaparecieron el murmullo lejano del tráfico de la ciudad abajo, el canto de los pájaros y el silbido del viento entre los árboles de Artxanda. Fue un beso breve, apenas un roce húmedo y tibio. Pero para Iñaki significó la vida entera. Hacía muchísimos años, desde antes de la enfermedad de su madre, que nadie conseguía hacerlo sentir que importaba para alguien.

Cuando se separaron, ambos permanecieron mirándose en silencio, con las mejillas encendidas y sonriendo con una mezcla de nerviosismo y felicidad infantil. Después vinieron las caricias torpes de Iñaki en el pelo de ella, los abrazos espontáneos para resguardarse del frío y nuevos besos robados, ya más seguros, mientras paseaban por los senderos de tierra cercanos.

Dos horas más tarde, con el apetito abierto por el aire puro, entraron en uno de los txakolis tradicionales de la zona alta para comer. Se sentaron junto a una ventana y compartieron una ensalada mixta bien despachada, medio pollo asado al horno de leña con patatas panadera y pimientos del piquillo, una cerveza sin alcohol para el cumpleañero, agua para ella y dos cuajadas de oveja con miel de postre.

La conversación fluyó sin los corsés ni las interrupciones del club. María, con la mirada puesta en el horizonte a través del cristal, le habló por primera vez de Guayaquil, de su clima cálido y pegajoso, de las lluvias torrenciales del verano austral y de los sabores que tanto añoraba.

—Lo que más extraño del mundo es el ceviche de mi tierra —comentó con una mezcla de orgullo y nostalgia—. Allí lo hacemos con pescado fresco del Pacífico, mucho limón, cebolla morada, cilantro y ají.

—¿Ají? —preguntó Iñaki, fascinado.

—Un pimiento pequeño que pica muchísimo, como los vuestros de padrón pero con rabia. Sin eso, la comida no tiene alma.

El vasco escuchaba embelesado cada explicación culinaria, asintiendo como un alumno aplicado frente a su maestra.

—Y el encebollado de pescado, el arroz con menestra de lentejas… no sé, son comidas que te devuelven la infancia. Te recuerdan que tienes una casa a la que volver.

Iñaki sonrió con dulzura, tapándole la mano con su enorme palma sobre el mantel.

—Pues algún día, cuando tú quieras, tendrás que enseñarme a cocinar todo eso aquí. Yo pongo los ingredientes.

María soltó una carcajada limpia, rompiendo la melancolía.

—¿Tú cocinando comida ecuatoriana con esas manos de pelotari? No me lo imagino.

—Oye, no te rías, que se me da bastante bien los fogones. Josetxu el carnicero dice que tengo mano para los guisos.

—Eso ya lo comprobaré yo misma algún día —replicó ella con una mirada cómplice que a Iñaki le supo a gloria.

La tarde fue consumiéndose casi sin que se dieran cuenta entre confidencias. Volvieron a pasear abrazados por los alrededores de la campa de Artxanda, apurando los últimos rayos del sol de febrero.

—Es curioso este clima vuestro —comentó María, ajustándose el cuello de la chaqueta—. Ayer en Las Cortes no dejó de lloviznar en toda la noche y hoy parece casi primavera.

—Aquí el tiempo es tan testarudo como nosotros, cambia cuando le da la gana —respondió Iñaki—. Pero cuando sale un día limpio, no hay tierra más bonita que esta.

María suspiró suavemente, y su cuerpo pareció pesar un poco más contra el de él.

—Aun así… echo muchísimo de menos a mi hijo, Iñaki. Hay noches que la distancia me ahoga.

La sombra de la tristeza apagó momentáneamente el brillo de sus ojos. Iñaki no hizo preguntas dolorosas; se limitó a apretarle los dedos con una ternura infinita, ofreciéndole su envergadura como un escudo contra el mundo.

—Lo sé, María. Lo sé.

Ella lo miró de abajo arriba, profundamente agradecida por ese silencio respetuoso que nadie en su día a día le regalaba. Poco después, consultó su reloj de pulsera y cambió el gesto.

—Madre mía… son casi las cinco y media. Tengo que volver al piso a arreglarme o llegaré tarde a la apertura del local.

—Sí… —murmuró él con una inevitable pizca de resignación—. Parece mentira lo rápido que vuela el maldito tiempo cuando uno está a salvo.

Tras pagar las mil seiscientas pesetas de la cuenta, regresaron en un silencio cómodo e íntimo hacia la estación del funicular. Durante el descenso, las miradas lo dijeron todo. Al salir de nuevo a la villa, caminaron pegados por la acera de la calle Tívoli. Al llegar junto a las escaleras de piedra que subían a la plaza Moraza, donde se habían encontrado unas horas antes, se detuvieron.

Se miraron fijos durante unos segundos. Y entonces, sin mediar palabra, como si la inercia de la tarde los empujara, volvieron a besarse. Fue un beso más lento, más cálido, madurado con el sabor del día y lleno de promesas silenciosas para el futuro.

Al separarse, María le acarició suavemente la mejilla con la palma de la mano, un gesto que a Iñaki le hizo cerrar los ojos.

—Hasta el domingo que viene, Iñaki. Felicidades otra vez.

—Hasta el domingo, María. Ve con cuidado.

Ella comenzó a descender las escaleras hacia Matiko con una sonrisa luminosa que le cambiaba el andar. Iñaki permaneció inmóvil en lo alto, como una estatua, observándola alejarse hasta que su silueta desapareció por completo calle abajo.

Solo entonces, arrastrando los pies pero con el corazón completamente revolucionado, emprendió el camino de regreso a su piso, pensando en cómo le iba a explicar a Tigre que el pollo de corral tendría que esperar a mañana.