viernes, 29 de mayo de 2026

Los Hijos de La Data Capítulo I, episodio 9

 





Apenas hacía una hora que había amanecido cuando Antonio bajó a la calle portando una pesada caja azul repleta de herramientas y, tras depositarla en el suelo, comenzó a reconstruir una bicicleta con los restos encontrados en la fructífera expedición, sin darle mayor importancia a la diferencia de tamaño que existía entre la rueda delantera y la trasera.

Una vez ensamblados los elementos, llevándola agarrada del manillar cogió carrerilla y, dando un salto, se montó sobre ella y, después de dar varias vueltas alrededor de la plazuela, comprobó que, además de la extraña sensación de ir siempre cuesta abajo, resultaba incómodo tener que llevar el cuello todo el tiempo como si estuviese mirando hacia arriba.

Poco a poco fueron apareciendo por allí los incondicionales y, al descubrir el invento, quisieron experimentar la sensación de conducir el peculiar vehículo y, mientras estos disfrutaban, Antonio dirigió sus pasos hacia la acacia donde tenía encadenada la vieja Orbea.

Tras liberarla, cogió un martillo y comenzó a aflojar las palomillas de la rueda trasera; después, con una llave inglesa, prosiguió aflojando las tuercas que unían el portamaletas con el cuadro de esta:

—¡Venga, bajarse ya!, que se m’ha ocurrío otra idea… Moreno, agarra esa bici y tenla recta —ordenó

—. Y tú —dijo dirigiéndose a Pedro—, trai la otra.

Y, una vez que la tuvo a su alcance, retiró la rueda pequeña.

Pedro miró a Moreno y ambos se encogieron de hombros.

—¿Qué vas a hacé, Antonio? —indagó, desconcertado, el de la voz de pito.

Antonio sonrió, dejando ver la blancura y la alineación de sus dientes.

—Ahora lo verás.

Ensambló las dos bicicletas y, subiéndose él en la Orbea y Pedro en la de la parte de atrás, comenzaron a pedalear por las inmediaciones de la plazuela, acompañados en todo momento por el griterío y el entusiasmo de quienes seguían tras ellos, como siempre, al trote.

Un rato después, organizó los grupos y los turnos para que todos gozasen del tándem por igual, hasta que llegó la hora de irse a comer.


Por la tarde, Lucía, Rocío y un par de amigas acudieron a la cita concertada.

—Hola, buenas tardes —dijeron al llegar.

El rostro de Rocío, al igual que el brillo de sus ojos, evidenciaba su eufórico estado de ánimo.

—¿Qué es eso tan importante que querías enseñarnos?

Antonio se puso en pie, se recolocó la ropa y se atusó el pelo.

—Pasa, mi niña, verás lo qu’hemos traío.

Las pupilas de Lucía se contrajeron y apretó las mandíbulas durante un par de segundos.

—¡¿Qué pasa, Antonio?! ¿Las demás no podemos entrar? —lanzó su veneno como una cobra escupidora.

Contrariado, sin entender ni el porqué ni la intención de aquella reacción:

—Sí, claro —articuló, sin más.

Ella mostró una sonrisa tan malintencionada como sus palabras.

—Cómo has dicho: “pasa, mi niña”… Creí que era solo pa Rocío.

Antonio chasqueó la lengua y la miró de arriba abajo, con el rostro demudado.

—¡Venga, venga!, entra y cállate un rato, anda… ¡protestas más que una cochina recién paría!

La puerta intermedia permanecía cerrada a cal y canto desde que se habían ido a comer, por orden expresa de Antonio.

—Tatachán… tachán —dijo al abrirla.

Los rasgados ojos de Rocío adquirieron un brillo especial.

—¡Hala, qué chulo! Me recuerda a la casa que tiene mi agüela en el pueblo.

Frente a ellas, al fondo de la estancia, llamaba la atención un gastado y encarnado sofá de escay; en el centro, bajo una mesa camilla, había un modesto y oxidado brasero con su alambrera y badila correspondientes, y circundando esta, tres barnizadas y oscuras sillas de madera; a la derecha, un colorido baúl rematado con franjas de brillante latón dorado y, sobre él, una arañada y maltrecha maleta de madera.

De súbito, el rostro y la voz de Lucía adquirieron un tono despectivo:

—Supongo que nos podremos sentar, ¿verdad?

—Pos claro. Pa eso está… bueno, pa eso y pa jugá —respondió Antonio.

Despechada al ver que no había entrado al trapo:

—¡¿Aquí vamos a jugá?! ¿A qué? —chilló con acritud.

—Bueno… la verdá es que entraremos aquí solo si llueve o hace frío.

Sintiéndose ninguneada por la actitud de Antonio:

—¡Venga!, vámonos ya… que lo que teníamos que ver, visto está —instó a sus amigas.

—¡Jo!, hay que ver cómo eres, Luci —reprendió Rocío.

Y, al observar que las demás seguían a la pedante amiga, optó por unirse al grupo.

Tras la visita, a pesar de lo acontecido, Antonio se dio por satisfecho, ya que, a excepción de Lucía, no solo les había gustado la decoración, sino que además habían aceptado de buen grado ir allí a jugar.

El resto de la tarde, sus fieles vasallos y él mismo la pasaron correteando y brincando como cabras montesinas por los alrededores, hasta que comenzó a anochecer y, tras despedirse hasta el día siguiente, cada uno se fue para su casa tan contento como un tamborilero en día festivo.