viernes, 17 de julio de 2026

Parte 1, episodio 2, ¿QUÉ HAY TRAS LA PANTALLA?

 


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Bienvenidos al foro de la Amistad.
Creado por Juan.
Juan: Hola, buenos días, amiga. En primer lugar quiero darte las gracias públicamente por el apoyo que me brindas a través de tus comentarios; en segundo, reiterarte mi agradecimiento por existir y estar ahí; y, en tercero, si me lo permites, seguiré con mi historia.
Un día, en plena transición española, cuando tenía diecisiete años y muchas inquietudes, comenzó a salir por los pueblos cercanos con mi hermano y sus amigos. Recuerdo que, al llegar a cualquier sitio, gracias a mi amabilidad y a mis buenas palabras, conectaba rápidamente con la gente del lugar.
Por aquella época, muchas chicas todavía estaban muy condicionadas por las costumbres y creencias antiguas sobre la moral y el comportamiento, y no se dejaban tocar. Pero yo descubrí que, con buenas palabras y prometiendo volver al día siguiente, casi siempre conseguía algo de provecho. La fama fue corriendo de un pueblo a otro y terminaron poniéndome el apodo de «el pillo».
En una ocasión fuimos de fiesta a una ciudad cercana. Yo era el pequeño de la cuadrilla y los demás pasaban de los treinta años. Durante todo el trayecto permanecí en silencio, porque mi hermano me había advertido que, si hablaba demasiado, la próxima vez me quedaría en casa. Así que no me quedó otra que escuchar lo que decían unos y otros, medio estrujado entre dos gordinflones en el asiento trasero de un Citroën Dyane 6 rojo como las amapolas. Los mayores hablaban de las chicas que iban a ligar, sobre todo el conductor y dueño del coche, que aseguraba conocer a una muchacha con la que se lo iba a pasar muy bien.
Al llegar nos fuimos directos a la discoteca. Después de un par de copas, ellos empezaron a mover el esqueleto y, como a mí bailar me daba bastante vergüenza, me coloqué un cigarrillo en la boca sin llegar a encenderlo. Al cabo de un rato vi acercarse a una chica muy guapa: pelo castaño, figura esbelta y una buena delantera, justo como a mí me gustaban. Era un poco mayor que yo, pero tampoco le di importancia. Se acercó con un mechero en la mano y me dijo: —Toma, que llevas toda la noche sin encender el pito.
Nos pusimos a hablar y, unos minutos después, nos apartamos hacia la zona de las mesas buscando algo de intimidad. Empezamos a besarnos apasionadamente. Mi hermano y sus amigos se quedaron bastante sorprendidos al ver que, además de besarnos, yo le estaba acariciando los pechos. Al parecer aquello molestó mucho a Modesto, el dueño del coche, porque mi hermano se acercó y me hizo una señal para decirme que tenía que hablar conmigo. Me levanté y, cuando llegué a su lado, me soltó: —Vete despidiendo. Modesto dice que ya es hora de volver al pueblo. —¡Joder, vaya mierda de tío! ¡Con lo bien que me lo estoy pasando! —le respondi. Mi hermano sonrió: —Tú verás si te vienes o te quedas.
Me quedé dudando unos segundos, pero la distancia entre aquella ciudad y mi pueblo terminó decidiendo por mí. Volví junto a Susana y le expliqué lo que ocurría. Ella me preguntó si de verdad pensaba irme y dejarla allí. Le dije que no se preocupara, que volvería al día siguiente. Nos despedimos fríamente con un beso triste en las mejillas. Ella se quedó con muy mala cara y yo con un humor de perros. Y, para más inri, durante el viaje de regreso mi hermano no hizo otra cosa que burlarse de mí y dejarme claro que, como siempre, él estaba por encima. Agapito era el típico hermano mayor que iba dando lecciones y luego, cuando salía de copas, al día siguiente ni siquiera aparecía por el trabajo.
A la mañana siguiente me levanté temprano. Era domingo, se celebraba una comunión y tenía que ayudar a mi padre a preparar el banquete. No me apetecía nada ir a trabajar con él, pero no tenía elección. Además, me esperaba lo de siempre: sus voces, sus desprecios y sus humillaciones delante de unos muchachos que iban a echar una mano a cambio de unas monedas. Ellos cobraban dinero; yo, en cambio, recibía siempre el mismo trato vejatorio. Lo que más me dolía era ver en la cara de mi padre que le importaba muy poco que yo fuera su hijo.
Unos días después, al volver a casa, me encontré con una escena demasiado habitual. Pero aquella vez, cuando vi que estaba pegando a mi madre, en lugar de quedarme paralizado como otras veces, me lancé sobre él como una fiera. Después de intercambiar unos cuantos puñetazos, corrí a mi habitación, cogí una maleta, la llené con toda la ropa que pude meter y, temiendo lo que pudiera ocurrir cuando mi padre se recuperara, me despedí de mi madre entre besos y lágrimas. Sin volver la vista atrás, decidí marcharme a recorrer mundo.
La verdad es que todavía hoy me siento culpable por no haber acudido a aquella cita…
María: Buenas tardes, Juan. Quiero decirte que, después de leer con detenimiento el relato de hoy, primero has conseguido sacarme una sonrisa y, poco después, hacer que unas lágrimas se deslizaran por mis mejillas. Pero, a pesar de todo, quiero que sepas que no tienes por qué sentirte triste ni culpable por lo sucedido. Posiblemente las cosas ocurrieron así porque el destino tenía otros planes para ti.
Amor de madre: Hola a todos/as. Disculpad que me entrometa en vuestra conversación, pero pasaba por aquí y me llamó la atención que solo participaran dos personas en este foro. No sé si ha sido por curiosidad o por cualquier otra razón, pero el caso es que me he puesto a leer y comparto plenamente lo que dice María. Es más, si no os importa, me gustaría seguir este foro y participar de vez en cuando.
Empresario: ¡Vaya, vaya! ¡Cómo está el patio! Lo que hay que ver y leer... Aunque no estoy de acuerdo con ninguno de los tres, me quedaré por aquí a cotillear sin reparo alguno. ¡Juás, juás, juás! Estoy convencido de que me voy a divertir de lo lindo...
Peón de albañil: Hola, buenas noches a todos/as. Soy nuevo en este sitio y, desde que me quedé sin trabajo, suelo entrar en Internet para entretenerme. Llevo poco tiempo en esta página y, por lo que he visto hasta ahora, tengo que decir que este foro es muy distinto a los demás. De hecho, es el único en el que me he atrevido a dejar constancia de mi presencia. Dicho esto, si ustedes me lo permiten, me pasaré por aquí siempre que mis quehaceres me lo permitan.
Empresario: ¡Buffff! Lo que me faltaba por ver... No me dirás que estás buscando trabajo, ¿verdad?
Peón de albañil: Hola, «amigo». Según tengo entendido, y por las veces que llevo escuchándolo desde que tengo uso de razón, nunca se sabe dónde puede saltar la liebre. En primer lugar, permítame decirle que no entiendo su actitud. En segundo, por su forma de actuar me da la impresión de que desconoce el potencial de Internet, considerada por millones de personas la mejor herramienta de comunicación que existe. Y, por último, independientemente de que uno tenga o no trabajo, ¿qué hay de malo en navegar por la Red a estas horas?
Empresario: Yo no soy tu amigo. Y deja ya los refranes y las estupideces. Si estás en el paro, a estas horas tendrías que estar acostado para madrugar mañana e ir a buscar trabajo a las obras.
Peón de albañil: Bueno, tendrá que entender, al menos, que no todos pensamos ni actuamos de la misma manera.
Empresario: ¡So zángano! ¡Me la trae floja tu verborrea! ¡Más vale que buscaras trabajo en vez de andar tocando los huevos al personal!
Peón de albañil: Bueno, «amigo», visto lo visto, tengo que decirle que no solo concuerdo con usted, sino que me ha convencido de que, para perder el tiempo aquí, es mejor que me vaya a dormir. ¡Ah!, perdón... Se me olvidaba despedirme como usted se merece. Dígale a su mamá que, a pesar de no conocerla de nada, en estos momentos me estoy «acordando» de ella.
Empresario: Además de vago, me he dado cuenta de que eres un miserable y un cobarde. Pero no te preocupes, que adonde las dan las toman. Dispongo de todo el tiempo del mundo y te aviso de que, como tenga la suerte de cruzarme contigo por la calle, en vez de saltar la liebre puede que te salten los dientes de un puñetazo.
Peón de albañil: ¿Sabes qué, «amigo»? Me parece absurdo discutir en un sitio que, en teoría, debería servir para facilitar el acercamiento y la comunicación entre las personas. En fin... tú mismo. Te pido disculpas si algún comentario mío te ha molestado. Y ahora sí, me voy a dormir. Adiós.

📬 MENSAJERÍA PRIVADA

📩 De: La Canadiense Encantada
📤 Para: Peón de albañil
Hola. ¿Qué tal estás? Llevo tiempo participando en este sitio y, hasta ahora, no había visto a nadie comportarse con tanta coherencia. En tus comentarios se percibe que detrás hay todo un caballero. No creas que intento halagarte; soy una persona muy sincera y no me gusta andarme por las ramas. He visto en tu perfil que, además de chatear, te gusta escribir y compartir tus escritos por Internet. Sin embargo, por más que he buscado, no he encontrado ningún foro creado por ti.
📩 De: Peón de albañil
📤 Para: La Canadiense Encantada
Hola. Si te refieres a cómo estoy de salud y de ánimo, te diré que bien, gracias a Dios. En cuanto a lo de escribir, sí, así es. Y, respecto a compartir lo que escribo, suelo hacerlo a través de un blog.
📩 De: La Canadiense Encantada
📤 Para: Peón de albañil
¡Me encantaría leerte! ¿Podrías facilitarme el enlace? A mí me apasiona la lectura.
📩 De: Peón de albañil
📤 Para: La Canadiense Encantada
Sí, claro. ¡Faltaría más! Espero que lo disfrutes. Si no tanto como yo disfruté escribiéndolo, al menos un diez por ciento.
http://www.escritosyreflexiones.blogspot.com
Ahora tengo que dejarte. Es hora de cenar. Adiós.
📩 De: La Canadiense Encantada
📤 Para: Peón de albañil
Muchas gracias, amigo. Me pasaré por allí para descubrir de qué se trata. Aunque, viniendo de ti, estoy convencida de que merecerá la pena. Adiós. Muaksss.