miércoles, 20 de mayo de 2026

Los Piconeros


 

Los piconeros

Plasencia, jueves 21 de noviembre de 1963

Escrito el día 3 de marzo de 2016, revisado el 20 de mayo de 2026

Aún faltaban dos horas para que amaneciese cuando se levantaron de la cama Ignacio, el Moreno, y Francisco, el Raña. Ninguno de ellos tenía reloj, ni lo necesitaban.

Sobre la mesa camilla aguardaban un par de humeantes tazones de café con leche, migado con un poco de pan asentado. Bajo la artesanal y rústica campana, danzaban y chisporroteaban alegremente las llamas que se encargaban de proporcionar el calor a los cuarenta metros que contenía el modesto hogar, ubicado en la calleja que más tarde sería conocida como la Calle de los Barriales. La temperatura en la cocina invitaba a quedarse, pero ellos no se podían permitir ese capricho; había que «salir al campo», tal y como ellos decían cada vez que iban a ganarse el pan.

Mientras que los hombres de la casa se disponían a coger fuerzas, Florencia, la Morena, terminaba de aparejar a las bestias en la cuadra, tal y como tenía por costumbre un día sí y el otro también.

—¡Menúo frío cace! —exclamó la Morena al adentrarse en la casa.

Padre e hijo continuaron desayunando sin prestarle la menor atención. Una vez en la calle, ella les dijo:

—Nácio, abrígate bien, hijo… Frasco, ¿has cogío tabaco?

Se lo consultó al tiempo que le entregaba una alforja en la que había introducido media barra de pan, un trozo de tocino adobado y un cuartillo de vino rebajado con agua. Un rato después, ambos desaparecían de la vista de su abnegada madre y esposa a través de la angosta y empinada calleja. El Raña iba a lomos de una burra torda y, tras él, en señal de respeto, en un burdégano castaño oscuro, marchaba el Moreno. A unos veinte o treinta pasos por delante de ellos, correteando, dando saltos de un lado para otro, yendo y viniendo, iba Diana, su atigrada y fiel galga.

Una legua castellana era la distancia que tendrían que recorrer para llegar al lugar donde la víspera habían reunido, junto a una de las lagunas existentes en la finca, las gavillas de serojas procedentes de la corta y poda de las encinas en Navalonguillas 1ª.

Sin mediar palabra, el Raña extrajo un mechero de gasolina de uno de los bolsillos del raído y zurcido pantalón negro de pana. Lo arrimó a un pequeño haz de retamas secas, le dio candela y fue incorporando ramas finas para ir avivando el fuego que más tarde acabaría convirtiéndose en cisco. Mientras la hoguera iba cogiendo fuerza, el Moreno se limitó a desaparejar las bestias; las ató a una distancia prudencial para que, cuando se quitara el medio centímetro de escarcha que cubría la abundante hierba, pudiesen ir reponiendo fuerzas. Después, se dispuso a llenar de agua los cuatro recipientes de hoja de lata que, tras haber acarreado y echado al fuego todas las serojas, utilizarían para ir apagándolo y conseguir el tan preciado y utilizado cisco.

Después de «tomar las once» —tal y como denominaban ellos al hecho de comer un bocado y echar un trago de vino—, y tras dar la corteza del tocino y un trozo de pan a la galga, se dispusieron a cargar. Una vez que amarraron los cuatro sacos que le tocaban en suerte a la Rucia y otros seis al Moro, con la cara y las manos entiznadas, emprendieron el retorno a casa detrás de las bestias. Estas caminaban presurosas y a su libre albedrío, con el cabestro recogido sobre su propio cuello, por ser conocedoras del trayecto y porque así lo permitía la escasez de vehículos motorizados por aquel entonces.

Diana se adelantó unos cinco minutos, tal y como tenía por costumbre, para saciar su apetito con una lata de caldo migado con pan duro y los huesos y ternillas que la Morena había desechado al deshuesar el trozo de costilla que había echado al puchero. De manera indirecta, la llegada de la perra la ponía sobre aviso de que los hombres no tardarían en llegar.

Ella aprovechaba entonces para tenerlo todo dispuesto sobre la mesa. Salió a la calle hasta que los vio aparecer en lo alto de la calleja; en ese momento, se adentró en la cocina y comenzó a verter el caldo sobre las sopas de pan que previamente había depositado en dos platos hondos, añadiendo un cazo de garbanzos en cada uno. En el centro de la mesa colocó otro plato con todos los sacramentos, una barra de pan y un cuartillo de vino.

Al llegar las bestias, la Morena se dispuso a recibirlas para atar los cabestros en la argolla que estaba junto a la puerta de la cuadra. Comenzaron los tres a librarlas de la carga y, mientras los hombres entraron para recuperar fuerzas con el suculento y sabroso cocido, ella se quedó metiendo los sacos en uno de los dos compartimentos en que estaba dividida la caballeriza.

Entró en la casa y salió con un cubo de zinc para que abrevasen los équidos; a continuación, les quitó la cabezada y ambos se adentraron en la cuadra sin necesidad de ser arreados, pues sabían que en su pesebre les estaba esperando una ración de cebada mezclada con abundante paja.

La Morena regresó a la cocina, retiró de las cenizas el puchero que tenía para calentar el agua, se dirigió hacia el palanganero y vació la mitad sobre la palangana. Se lavó y, a continuación, se secó las manos y la cara. Finalmente, se introdujo en el dormitorio y se cambió de ropa.

—¡¿Ande vas tan remuá?! —consultó Francisco, sin salir de su asombro.

—Voy en ca la Carmen —respondió ella con voz altiva.

—¡¿A estas horas?!

—¿No come usté, madre? —preguntó el hijo.

—Ya lo haré cuando venga —dijo sin más.

Y una vez en la calle, comenzó a caminar calleja arriba con dirección al barrio de La Data.

Veinte minutos después se encontraba frente al portal número catorce de la Calle Batalla del Salado. Se detuvo un instante para henchir los pulmones y comenzó a subir los cincuenta y cuatro peldaños que mediaban entre el rellano del portal y la meseta que daba acceso a la casa de su hija. Tiró del cordón que se hallaba junto al pomo para abrir la puerta y, sin más preámbulos, se adentró en la vivienda.

—¡¿Carmen?!

—Estoy aquí, madre —respondió una voz entrecortada desde una de las habitaciones.

—¡¿Te pasa argo, hija mía?! —consultó al verla metida en la cama.

—Creo que viene ya, madre.

La Morena salió al rellano y gritó el nombre de la vecina del tercero.

—¿Qué pasa? —consultó esta desde su puerta.

—Que s'ha puesto de parto la mi muchacha.

La señora Carmen subió todo lo rápida que le permitió la angosta escalera y, sin necesidad de matrona ni médico, así es como vine a este mundo aquel ajetreado, distante y gélido día.



Francisco, el Raña —o sea, mi abuelo por parte materna—, aprendió el oficio de Julián Herrero Mainsanava, su padre. Este fue un labrador que, venido a menos por asuntos familiares, no le quedó otra que abandonar Zarza la Mayor, el pueblo de Extremadura que le vio nacer tal día como hoy, allá por el año de 1874.

Como consecuencia de aquel inesperado acontecimiento, se desplazó hasta Madrid para retirar de una entidad bancaria las dos mil pesetas que en su día le había entregado una familia pudiente por el hecho de acudir a combatir en la Guerra de Cuba, en sustitución de su único heredero. Con ese dinero llegaron a Plasencia, la ciudad que acogió y amparó a los excombatientes tras retornar de la contienda.

El día 13 de octubre de 1913 se presentó en la Plaza de España con todas sus pertenencias: un burdégano castaño, los cuartos mencionados y una carreta, la misma que sirvió de medio de transporte y casa durante los tres días que tardaron en recorrer los ochenta y cinco kilómetros, más o menos, que distan entre ambos municipios.

Mi abuelo, al igual que su padre —y me consta por habérselo escuchado más de una vez a ambos, por separado—, tenía en mente que la causa de no haber medrado económicamente como otras familias obreras de la época era que en la suya nacían más mujeres que hombres. Esto es algo que no comparto ya que, si no hubiese sido por la señora Morena —es decir, mi abuela—, no sé qué suerte habrían corrido mi madre, su hermano y sus dos hermanas.

A mi abuelo se le alegró el alma tanto como la vida cuando tuvo conocimiento de mi existencia; es decir, desde el mismo día en que nací. Cinco o seis horas después, cuando mi abuela retornó al número treinta y siete de la Calle Los Barriales, él comenzó a hacer planes para el futuro, sin ser consciente de que si los años pasaban para mí, por ende, pasarían también para él.

Pensó que tenía la obligación de enseñarme el oficio y, cuando el vino que ingería le afectaba un poco más de la cuenta, se le llenaba la boca al decir a todo aquel que le escuchase:

—Ahora to va a cambiá… y de aquí a ná semos tres pa hacé picón… ¡Y por la madre que me parió, que el mi nieto tié que sé el mejó piconero de to Plasencia!

P. D.: el apodo de «El Raña» se lo pusieron al poco de haber llegado a la ciudad. Fue debido a que su hermano gemelo y él se vieron afectados por el virus de la viruela lo que, tal y como se decía por aquel entonces, le dejó la cara «rañada» (marcada por las cicatrices). Su hermano, por desgracia, corrió peor suerte y perdió la vida con apenas ocho años.

©Franizquiero