miércoles, 4 de noviembre de 2026

LA PARADOJA DE "ENCAJAR"...

 


LA PARADOJA DE «ENCAJAR»…

Una historia sobre la identidad, las renuncias y el valor de volver a ser uno mismo

Siento el peso del volante entre las manos y el traqueteo sordo de la carretilla elevadora sobre el suelo de hormigón. El olor a reactivos, goma caliente y metal impregna el ambiente de la planta de General Química, en Lantaron. Tengo cincuenta y ocho años. Lo compruebo en el reloj digital del cuadro de mandos: las 14:45. El turno está a punto de terminar.

Me llamo Marcelino y, si alguien me observara desde fuera, vería a un hombre veterano, con la espalda algo encorvada bajo el mono azul, descargando palés con la precisión automática de quien lleva tres décadas repitiendo los mismos movimientos. Un trabajador serio, responsable, cumplidor. Un hombre que, en apariencia, ha sabido encontrar su sitio.

Acelero suavemente, introduzco las uñas de la carretilla bajo el palé y elevo la carga. La máquina zumba, las ruedas chirrían sobre el cemento y las luces del almacén parpadean a lo lejos.

Pero dentro de mí suena otro ruido. Durante casi cuarenta años he construido una coraza para protegerme de las miradas ajenas. Anoche, mientras leía un texto titulado La paradoja de «encajar», encontré unas palabras que parecían escritas para mí. Hablaban de las personas que, por miedo a desentonar, terminan escondiendo aquello que las hace diferentes.

Pensé en el chaval que dibujaba en los márgenes de los cuadernos, en el que se quedaba mirando los atardeceres sobre el Ebro y sentía que había algo hermoso en el mundo que no sabía explicar. Aquel muchacho desapareció poco a poco bajo las obligaciones, las expectativas y la necesidad de demostrar que era un hombre de provecho.

Aprendí a callarme cuando algo me emocionaba, a disimular cuando me sentía inseguro y a reírme de cosas que no me hacían gracia. Quería ser el hijo responsable, el marido ejemplar, el padre que nunca fallaba y el empleado al que nadie pudiera reprocharle nada.

Funcioné bien hacia fuera. Vaya si funcioné. Pero, por dentro, fue creciendo una grieta que no conseguían tapar ni la nómina, ni los elogios del encargado, ni la tranquilidad de saber que cumplía con todo el mundo.

Aparco la carretilla en la zona de recarga y apago el motor. El silencio repentino del pabellón me hace levantar la cabeza.

—¿Qué pasa, Marce? Te has quedado mirando a la nada —pregunta Aguayo, que entra en el almacén con el casco bajo el brazo y su habitual sonrisa burlona.

Lo miro. En otro tiempo habría soltado una broma para quitarle importancia al asunto, alguna frase de bar que me devolviera enseguida al papel de compañero curtido. Habría hecho lo de siempre: esconder lo que sentía antes de que alguien pudiera preguntarme por ello. Esta vez no lo hago.

—Nada, Aguayo. Estaba pensando.

—¿Pensando? Malo. Eso suele traer problemas.

Sonríe, esperando que me ría con él.

—Estaba pensando en los años que llevo aquí sin ser del todo yo.

Aguayo deja de sonreír durante un instante. Después suelta una carcajada, aunque esta vez parece más desconcertado que divertido.

—Joder, Marce. No te pases ahora al bando de los filósofos, que ya peinas canas. Venga, vámonos a duchar.

—Ve tirando. Ahora voy.

Se encoge de hombros y se marcha. Yo me quedo unos segundos más junto a la carretilla apagada. No he pronunciado ninguna gran frase ni he tomado una decisión extraordinaria. Sin embargo, noto que algo ha cambiado: por primera vez no siento la necesidad de corregir mis palabras para que los demás estén cómodos. Y esa pequeña diferencia me acompaña hasta los vestuarios.

El vapor de las duchas se mezcla con el olor a jabón, ropa húmeda y metal viejo. Las voces rebotan contra los azulejos y las puertas de las taquillas se cierran con estrépito. Aguayo se abrocha la camisa junto a mi sitio y me lanza una toalla limpia.

—Oye, Marce, en serio. ¿Te pasa algo? Te has quedado raro en el almacén. Mira que nos quedan unos años para la jubilación y no es plan de buscarse líos con los jefes ahora.

—No me pasa nada malo —respondo mientras guardo las botas de seguridad—. Al contrario. Hoy he sentido algo que hacía mucho tiempo que no sentía.

—¿El qué?

Me tomo unos segundos antes de contestar.

—Que no me pesa tanto venir a trabajar.

Aguayo me mira como si acabara de confesarle que pienso comprarme una avioneta.

—No me jodas, Marce. Si este sitio es una condena. La carretilla falla, la fábrica huele cada día peor y aquí estamos todos contando los turnos que nos quedan para cobrar la pensión e irnos al pueblo. ¿No te agobia pensar que nos hemos dejado los mejores años entre estos cuatro muros?

Me abrocho el reloj y miro por la ventana alta. La chimenea de la fábrica se recorta contra el cielo gris del valle.

—Antes sí. Pensaba que esto era lo que me definía. Si no era el que aguantaba todo sin rechistar, no sabía muy bien quién era. Pero la fábrica es el sitio donde me gano el pan. No tiene por qué ser toda mi vida.

—Eso está muy bien dicho, pero las facturas no se pagan con filosofías.

—Claro que no. Hay que trabajar y cumplir. Lo que no quiero es seguir aplazando todo lo demás como si mi vida fuera a empezar el día que fiche por última vez.

Aguayo se cruza de brazos. Por un momento parece que va a responder con otra broma, pero finalmente se limita a sacudir la cabeza.

—Hostia, Marce. No sé qué has leído anoche, pero te ha dejado fino.

Sonrío.

—Puede ser. O puede que lleve demasiado tiempo sin escucharme.

Le doy un golpe amistoso en el hombro y salgo de los vestuarios. No espero que me entienda de inmediato. Por primera vez, tampoco necesito convencerlo.

Veinte minutos después conduzco hacia Miranda de Ebro. La luz de la tarde cae sobre el valle y el paisaje adquiere ese tono apagado que anuncia el otoño. Al entrar en La Charca, mi barrio, reduzco la velocidad. Reconozco las fachadas, los comercios, los bancos donde se sientan los vecinos y los niños que todavía apuran los últimos minutos de juego antes de volver a casa.

Aparco cerca de nuestro portal, pero no subo. Camino hasta la zona verde que bordea el barrio y me siento en un banco de madera bajo un castaño de Indias. Saco del bolsillo de la chaqueta un cuaderno de tapas negras y un lápiz. Llevo un par de semanas saliendo con ellos, casi a escondidas, como si aún necesitara permiso para dedicarme a algo que no sirve para pagar la hipoteca.

Abro el cuaderno. En la página anterior he dibujado una vista del Ebro. El trazo es imperfecto, pero reconozco el río, la línea del puente y las sombras de los árboles. Paso los dedos por el papel. Durante décadas escondí esta afición porque temía que alguien la considerase una tontería, una extravagancia impropia de un hombre serio.

Empiezo un nuevo boceto. Las hojas secas se acumulan junto al camino y la luz se filtra entre las ramas. El lápiz se desliza sobre el papel sin que yo tenga que pensar demasiado. Me tiemblan un poco las manos, pero ya no es por vergüenza. Es la emoción de recuperar algo que creía perdido.

—Hombre, Marcelino. ¿Qué haces aquí tan entretenido?

Levanto la vista. Es Valentín, un vecino del barrio que pasea a su perro. Se acerca para ver el cuaderno.

—Unos bocetos del parque.

—¿Tú dibujas?

La pregunta, tan sencilla, me hace sonreír. Antes habría cerrado el cuaderno de golpe y habría fingido que solo estaba matando el tiempo.

—Dibujaba de joven. Lo dejé durante muchos años y ahora estoy volviendo a ello.

Valentín observa la página con atención.

—Pues no está nada mal. Hay que hacer lo que a uno le guste, hombre.

—Eso intento.

—Pues sigue, que nunca es tarde.

Se despide y continúa su paseo. Lo veo alejarse sin experimentar la vergüenza que había anticipado tantas veces. Tal vez Valentín no le dé más importancia al asunto. Tal vez mañana ni siquiera lo recuerde. Y, sin embargo, para mí aquel breve encuentro ha sido una pequeña victoria.

Poco después aparece la señora Pepa, una de las vecinas más veteranas del portal de al lado. Vuelve del mercado con el carro de la compra y se apoya un momento en el respaldo del banco.

—Marce, ¿no te toca hoy revisar la puerta del garaje? Tu mujer me comentó que había que llamar al cerrajero.

—Ya está avisado. Vendrá mañana.

—Ah, bien. Es que tú siempre andas pendiente de todo.

Miro el cuaderno abierto sobre mis rodillas.

—Hoy me he reservado un rato para mí.

La señora Pepa me observa por encima de las gafas.

—Pues sí que te noto cambiado. Antes ibas siempre corriendo de un lado para otro, como si el mundo fuera a acabarse si no llegabas a tiempo.

—Puede que tuviera miedo de que alguien me reprochara no haber hecho lo suficiente.

Ella guarda silencio un momento.

—A veces uno se carga con más de lo que le toca —dice finalmente—. Y luego se acostumbra tanto que ni se da cuenta.

Asiento. Nos despedimos con una sonrisa y sigo dibujando hasta que el frío empieza a colarse por las mangas.

Cuando por fin subo a casa, siento que he recuperado algo más que una afición. He recuperado el derecho a ocupar una parte de mi tiempo sin tener que justificarla.

Al abrir la puerta del piso me llega el olor del café recién hecho y el sonido de la televisión. Adela, mi mujer, está recogiendo unos papeles sobre la mesa del salón. Nuestra hija Rosana, de veintisiete años, ha venido a pasar la tarde con nosotros.

—Ya estoy en casa —anuncio, dejando las llaves en el mueble de la entrada.

—Has tardado, papá —dice Rosana—. Mamá estaba pensando que os habíais quedado atrapados en el turno.

—No, todo ha ido bien. Me he entretenido un poco al salir.

Me siento en el sofá y dejo el cuaderno sobre la mesa. No lo escondo bajo el periódico ni lo guardo en el cajón. Lo dejo donde todos puedan verlo. Adela se detiene al advertirlo.

—¿Y esa libreta?

—Mi cuaderno de dibujo ―lo digo con naturalidad, aunque noto un pequeño nudo en el estómago.

Rosana se acerca, lo coge con cuidado y empieza a pasar las páginas. Primero sonríe; después se queda mirando uno de los dibujos con expresión de sorpresa.

—Papá, ¿esto lo has hecho tú?

—Sí.

—¡Pero si dibujas fenomenal! No tenía ni idea.

—Lo hacía de chaval. Antes de que nacieras. Después lo fui dejando.

—¿Por qué?

La pregunta queda suspendida en el salón. Podría contestar que por falta de tiempo, por el trabajo o por las responsabilidades familiares. Sería más fácil, porque todas esas razones tienen una parte de verdad. Pero ninguna explica lo esencial.

—Porque me daba vergüenza —respondo—. Pensaba que tenía que dedicarme a trabajar, a sacar adelante a la familia y a no hacer nada que pudiera parecer una tontería.

Adela se sienta frente a mí. Su expresión ha cambiado.

—Nunca me dijiste que te gustaba tanto dibujar.

—Tampoco me lo pregunté demasiado. Supongo que me acostumbré a pensar que algunas cosas no eran para mí.

Ella baja la mirada hacia el cuaderno.

—A veces te he visto tan encerrado en tus obligaciones que no sabía cómo acercarme. Pensaba que estabas cansado o que preferías estar a tu aire.

—Yo también me escondía detrás del cansancio. Me resultaba más fácil que explicar lo que me pasaba.

Adela se sienta a mi lado y me toma la mano.

—No sabía que te sentías así.

—Yo tampoco sabía cómo contártelo. Me daba miedo que me vierais distinto, que pensarais que me había vuelto blando o que estaba atravesando una crisis a estas alturas de la vida.

Rosana cierra el cuaderno y me abraza por detrás.

—Pues a mí me gusta conocer esta parte de ti, papá.

Me vuelvo hacia ella y le acaricio el brazo.

—No es una parte nueva. Lleva aquí toda la vida. Solo que la había dejado escondida.

Adela apoya la cabeza en mi hombro.

—Treinta años juntos y todavía hay cosas que me quedan por descubrir de ti.

—A mí también me quedan cosas por descubrir —le digo.

Nos quedamos un rato en silencio, mirando los dibujos. No se ha resuelto de golpe todo aquello que durante años no supimos decirnos. Pero, por primera vez, siento que no necesito fingir que estoy bien para que la tarde transcurra en paz.

Después de cenar salgo al balcón. El aire frío me limpia los pulmones y, al fondo, escucho el silbato de un tren que cruza la estación. Adela sale detrás de mí con dos tazas de manzanilla y me entrega una.

—Me he quedado pensando en lo que has dicho antes —comenta—. Siempre hemos hablado de que, cuando te jubiles, nos iremos a la parcela de Valverde de Miranda y viviremos tranquilos. Pero hoy, al verte con el cuaderno, me he dado cuenta de que quizá tienes otros planes.

Doy un sorbo a la infusión.

—No eran planes ocultos. Eran deseos que ni siquiera me atrevía a reconocer. Pensaba que querer algo diferente a lo que habíamos previsto era una forma de ser irresponsable.

—¿Y qué quieres hacer, Marce?

La pregunta me produce una mezcla de vértigo y alivio. La he esperado durante mucho tiempo sin saberlo.

—Quiero matricularme en la escuela de artes de la Casa de Cultura. Aprender a pintar al óleo, estudiar técnica, dibujar los paisajes de Añana, la ribera del Ebro, las calles del barrio. Y, cuando me jubile, me gustaría montar un pequeño taller en la habitación que quedó libre cuando Rosana se independizó.

Adela se queda pensativa. Después sonríe.

—Un taller en casa… Vas a llenar la habitación de pintura y aguarrás.

—Prometo poner periódicos en el suelo.

Su risa suena cálida, familiar. Hacía tiempo que no la escuchaba así.

—Me gusta la idea —dice, estrechándome la mano—. Me gusta que tengas algo que te ilusione ahora, no dentro de cuatro años.

La miro con gratitud. No necesito que comprenda cada una de mis dudas ni que comparta todos mis deseos. Me basta con que podamos hablar de ellos sin miedo.

Apoyo suavemente la frente contra la suya. Durante mucho tiempo pensé que ser un buen marido consistía en no dar problemas, en resolverlo todo y en no mostrar fisuras. Ahora empiezo a comprender que también se ama cuando uno se atreve a mostrarse como es, incluso cuando no sabe muy bien qué hacer con lo que siente.

El sábado por la mañana entro en el bar Doña Manolita, cerca de la calle Vitoria. El aroma del café y el choque de las fichas de dominó contra las mesas de formica me devuelven a los años en que nos reuníamos allí los amigos del barrio, antes de que los turnos, las familias y las obligaciones nos fueran dispersando.

Al fondo están Zacarías y David. Zaca sigue trabajando en un taller mecánico; David se jubiló el año pasado de la brigada de obras del Ayuntamiento.

—¡Hombre, Marcelino! —exclama David—. ¡Un sábado por la mañana y sin andar haciendo recados! Siéntate. ¿Un tinto o un cortado?

—Un cortado, gracias.

Zaca me mira por encima de las gafas.

—Me ha dicho Valentín que te vio dibujando en el parque. Le contesté que se habría confundido, que tú lo único que dibujas son los albaranes de la fábrica.

Los dos se ríen. Durante años habría respondido con otra broma, quizá habría cambiado de tema o habría fingido que no me importaba. Esta vez saco el cuaderno del bolsillo interior de la chaqueta y lo dejo sobre la mesa.

—Pues no se confundió. Era yo.

Zaca levanta las cejas.

—¿De verdad has vuelto a dibujar?

—Sí. Lo dejé cuando éramos jóvenes porque pensaba que tenía que dedicarme a cosas más serias. Me daba miedo que os pareciera una tontería.

David coge el cuaderno y pasa las páginas. Se detiene en el dibujo del puente del Ebro, luego en una vista de la plaza de abastos y, finalmente, en un boceto del rostro de Adela mientras dormía.

—Joder, Marcelino —murmura—. Me acuerdo de cuando hacías caricaturas de los profesores en el instituto. Siempre pensé que lo habías dejado por falta de tiempo.

—No fue solo por eso. Fue por miedo a que me tomarais por un crío.

Zaca deja la taza sobre la mesa y se queda mirando el dibujo del puente.

—Pues qué cosas. Yo dejé la guitarra por lo mismo. En mi casa decían que la música no daba de comer. Y aquí estoy, con las manos llenas de grasa y la guitarra criando polvo en el trastero.

Sonríe, aunque hay algo de tristeza en su voz.

—Igual todavía estás a tiempo de sacarla —le digo.

—Igual sí.

No nos hacemos grandes promesas. No necesitamos convertir aquella conversación en una revelación solemne. Basta con que, durante unos minutos, hablemos de las cosas que dejamos atrás para cumplir con lo que se esperaba de nosotros.

Cuando me levanto para marcharme, David me devuelve el cuaderno.

—Sigue con ello, Marce. Me alegro de que lo hayas recuperado.

Salgo del bar con la sensación de haber dejado atrás una pequeña parte de mi vergüenza. No porque mis amigos me hayan dado permiso para dibujar, sino porque he comprendido que nunca debí necesitarlo.

Unas semanas después, el olor a trementina, lienzo húmedo y pintura me recibe en el aula de la Casa de Cultura de Miranda. Las ventanas altas dejan entrar la luz fría del atardecer. Una docena de caballetes de madera rodean un bodegón de vasijas de barro y manzanas.

La mayoría de mis compañeros son jóvenes. Hay también un par de personas de mi edad. Aun así, durante los primeros minutos me siento fuera de lugar. Aprieto la carpeta de carboncillos entre las manos y escucho esa voz conocida que intenta convencerme de que estoy haciendo el ridículo.

¿Qué hace un carretillero de cincuenta y ocho años aquí, rodeado de chavales que podrían ser sus hijos?

Miro la puerta. Podría marcharme antes de que empiece la clase y decirme que ya lo intentaré en otro momento. Sería fácil. Lo he hecho tantas veces que casi podría hacerlo sin pensar.

Pero respiro hondo y elijo un caballete vacío.

La profesora se acerca. Es una mujer joven, de pelo recogido y manos manchadas de pintura acrílica.

—Hola, bienvenido. Me llamo Altamira. ¿Has pintado antes?

—De chaval. Después pasé casi cuatro décadas sin tocar un pincel.

—Entonces tendrás cosas que recordar y otras que aprender. Empezaremos por las bases de la perspectiva.

—Me parece bien. Estoy aquí para aprender.

Altamira sonríe y me explica cómo observar las proporciones del bodegón antes de empezar a dibujar. Escucho con atención. El primer trazo me sale demasiado oscuro; borro una línea y vuelvo a intentarlo. El papel se llena de marcas, correcciones y sombras que todavía no acaban de encajar.

A mi lado, una muchacha se inclina ligeramente para observar mi trabajo.

—Tienes buen ojo para las sombras —comenta—. Se nota que ya has dibujado antes.

—Puede ser. Pero estoy aprendiendo a mirar otra vez.

Ella sonríe y vuelve a su caballete.

Durante las dos horas de clase apenas pienso en mi edad, en mi mono azul o en el trabajo que me espera el lunes. Me concentro en la forma de la vasija, en la luz sobre las manzanas y en el espacio que queda entre los objetos. No necesito hacerlo perfecto. Puedo equivocarme, corregir y volver a empezar.

Cuando la sesión termina, tengo las manos manchadas de carboncillo y el hombro cansado. Sin embargo, mientras recojo mis cosas, siento una satisfacción serena que no recuerdo haber experimentado en muchos años.

Salgo a la calle y camino sin prisa hacia La Charca. Miro las luces de los comercios, las siluetas de la gente y el reflejo del cielo sobre los cristales. Todo parece igual que antes, pero yo lo observo de otra manera.

No he cambiado de trabajo. Sigo teniendo obligaciones, facturas y responsabilidades. El lunes volveré a conducir la carretilla elevadora y el olor de la fábrica seguirá impregnando mi ropa. No necesito despreciar esa parte de mi vida para dar espacio a las demás.

La diferencia es que ahora sé que no soy únicamente el hombre que cumple un turno, paga las facturas y procura no decepcionar a nadie.

También soy el muchacho que dibujaba en los márgenes, el hombre que se emociona ante un atardecer, el marido que empieza a hablar con más sinceridad y el padre que quiere enseñar a su hija que no es necesario renunciar a uno mismo para ser querido.

A mis cincuenta y ocho años, todavía tengo miedo a veces. Me preocupa hacer el ridículo, no estar a la altura o descubrir que algunas de mis ilusiones ya no son posibles. Pero he empezado a entender que la valentía no consiste en vivir sin miedo, sino en dejar de entregarle todas las decisiones.

Durante décadas confundí encajar con pertenecer. Creí que debía limar mis diferencias hasta convertirme en alguien fácil de aceptar. Y en ese empeño fui apartando, una a una, las cosas que me hacían sentir vivo.

Ahora sé que no necesito convertirme en otra persona para recuperar mi lugar en el mundo. Solo tengo que dejar de esconderme.

Mañana volveré a abrir el cuaderno. Quizá dibuje el puente de Carlos III, una calle del barrio o el rostro de alguien que pase por delante de mi ventana. Puede que algunos dibujos salgan mal. Puede que alguien se ría. Ya no puedo asegurar que nunca vuelva a sentir vergüenza.

Pero no quiero seguir esperando a que desaparezca todo temor para hacer aquello que me importa.

La madurez no consiste en volverse duro, perfecto o indiferente a la opinión ajena. A veces consiste en reconocer las renuncias que hemos hecho, mirarlas de frente y atrevernos a recuperar algo de lo que dejamos atrás.

No hay prisa por llegar a la jubilación. No necesito aplazar mi vida hasta que termine el último turno ni esperar a que los demás comprendan mis decisiones.

Camino hacia casa con el cuaderno bajo el brazo. El aire frío me roza la cara y, por primera vez en mucho tiempo, no siento que deba llegar a ninguna parte para empezar a vivir.

Tengo cincuenta y ocho años. Soy Marcelino. Sigo siendo el mismo hombre, con mis obligaciones, mis dudas y mis fragilidades. Pero ya no quiero ser un extra de mi propia vida. Quiero dibujar. Quiero aprender. Quiero mostrarme sin pedir disculpas por aquello que me hace ser quien soy. Y, sobre todo, quiero recordar que encajar no debería exigirnos desaparecer.

Por primera vez en muchos años, siento que estoy regresando a casa. No al piso de La Charca, sino a ese lugar de mí mismo del que me alejé por miedo al rechazo. Y esta vez, no pienso volver a abandonarlo.


© Franizquiero