viernes, 10 de julio de 2026

Capítulo 2, episodio 14, CICATRICES DE DOBLE FILO

 


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Lunes, 16 de enero de 1989

María y José Carlos avanzaban hacia el colegio agarrados de la mano. El rostro del pequeño reflejaba una euforia desbordante, una mezcla de timidez y entusiasmo ciego. Estaba deseando conocer gente de su edad y empezar las clases que, según le había repetido su madre una y otra vez desde que pisaron Euskal Herria, le servirían para labrarse un porvenir.

Unos metros antes de llegar, se detuvieron con asombro ante la multitud de padres, madres y alumnos que se arremolinaban en ruidosos grupos junto a la verja principal. El barullo de los críos corriendo de un lado para otro y el rugido del tráfico matutino de Bilbao formaban una barrera invisible. Los menores andaban abstraídos en sus juegos; los adultos, en sus conversaciones de lunes sobre el frío o el partido del Athletic. María y José Carlos se sintieron profundamente solos en mitad de aquella marea humana. Nadie reparaba en ellos.

Sin embargo, al cabo de unos minutos, el bedel asomó por el vestíbulo y la campana industrial empezó a repicar con un zumbido estridente sobre el dintel de piedra. La multitud comenzó a disgregarse entre besos apresurados y recomendaciones de última hora:

—¡Pórtate bien, eh! —advirtió una madre con voz nasal.

—Sí, mamá —respondió una niña, agitando la mano mientras echaba a correr.

—¡Eneko, ten cuidado y no te ensucies, que a la salida tenemos médico!

El aludido se giró sobre sus pasos, gesticulando con fastidio para que lo dejara en paz. En un abrir y cerrar de ojos, el patio delantero se vació por completo. Guiado por el bedel, José Carlos subió hasta el dilatado pasillo de la segunda planta y cruzó el umbral del aula de Segundo B, tal y como la directora le había indicado la semana anterior.

—Buenos días, chicos —saludó la profesora al entrar.

—Buenos días, señorita —respondieron casi al unísono más de treinta voces agudas.

—Os presento a José Carlos Delgado Jaramillo —anunció la maestra, colocándole una mano cariñosa en el hombro—. Viene desde Ecuador y a partir de hoy formará parte de nuestra clase.

Al pronunciar el primer apellido, un murmullo burlón recorrió las filas de pupitres. La ironía de aquel apelativo —Delgado— en flagrante contraste con la silueta rolliza del nuevo no pasó desapercibida para la crueldad infantil. Los alumnos buscaron la complicidad de sus vecinos con miradas de reojo, arqueando las cejas y ocultando risitas tras las manos. Abrumado por la reacción, José Carlos bajó la vista hacia sus zapatos nuevos y, haciendo un puchero contenido, se volvió hacia la pizarra para no dar más combustible a las burlas.

—¡Chist! ¡Silencio! —ordenó con firmeza la profesora, golpeando la mesa con los nudillos—. ¡Silencio he dicho! ¿No os da vergüenza recibir así a un compañero que acaba de llegar a un país completamente desconocido?

Una mudez tensa cayó sobre la clase. La maestra se agachó hasta ponerse a la altura del niño, le tomó los antebrazos con suavidad y, buscándole la mirada, le sonrió:

—Tranquilízate, cariño. No hagas caso. Estoy segura de que muy pronto seréis buenos amigos.

José Carlos la miró con ternura y se aferró a ella con la desesperación de un náufrago que encuentra un madero a la deriva. Tras unos segundos, la señorita lo tomó de la mano y lo condujo hasta el pupitre que le había asignado.

A las once en punto, el estridente timbre anunció el ansiado recreo. Al oírlo, los alumnos de la segunda planta salieron en tropel escaleras abajo, atropellándose en una desbandada sorda que desafiaba los gritos de advertencia de los profesores de pasillo. Todos corrían, excepto el recién llegado, que descendía los peldaños de piedra con excesiva cautela.

Al cruzar la puerta que daba al patio principal, José Carlos se detuvo en seco. El griterío y la velocidad del juego de fútbol con un balón de reglamento le hicieron dudar entre avanzar o dar media vuelta para refugiarse en el aula; pero al notar que un maestro bajaba detrás de él, no le quedó más remedio que adentrarse en la aventura. Comenzó a caminar despacio, pegado a los fríos muros de ladrillo, cabizbajo y ojeando el entorno con recelo por el rabillo del ojo.

De la nada, unas zapatillas blancas y los bajos de un pantalón vaquero le cortaron el paso. José Carlos se ladeó sin levantar la cabeza, pero unos zapatos negros se interpusieron de nuevo en su trayectoria.

—¡Oye, tú... albóndiga con patas! —exclamó con voz chulesca un chico de diez años, pelirrojo y de rostro pecoso, que parecía mangonear el patio—. ¿De qué planeta te has escapado?

A José Carlos se le formó un nudo seco en la garganta. La saliva se le evaporó, el pecho le dolió al intentar respirar y un escalofrío helado le recorrió la espalda mientras sentía que las piernas le flaqueaban.

—¡Es un extraterrestre! —se mofó el segundo de a bordo—. ¿No veis que lleva antenas? —añadió, tirando con desprecio del elástico que sujetaba las gafas para soltarlo con violencia contra la nuca del ecuatoriano.

El grupo de matones estalló en carcajadas ante la gracia. Al sentir el latigazo de la goma en la piel, el instinto de supervivencia de José Carlos se activó. Se abrió paso a empujones entre los acosadores y emprendió una huida desesperada, sorda y ciega.

De pronto, un toque largo y tajante de silbato cortó el aire. El bullicio del recreo se congeló al instante. El único sonido que quedaba en el patio era el frenético golpeteo de las zapatillas de José Carlos, que corría directo hacia la verja exterior.

—¡Oye, tú, detente! —gritó una voz colérica que restalló como un látigo—. ¡Ven aquí ahora mismo!

La silueta de doña Justa, la directora, recortaba el fondo del patio con el dedo índice señalando el suelo de forma reiterada. José Carlos, preso del pánico, dio un salto desesperado y se encaramó a lo alto de la valla metálica. Desde allí arriba, temblando, miraba el exterior con un pie fuera y el otro dentro del recinto.

—¡Te he dicho que bajes y vengas aquí inmediatamente! —bramó doña Justa, con el rostro desfigurado por la indignación de ver su autoridad desafiada por un recién llegado.

José Carlos descendió con torpeza. Cabizbajo, arrastrando los pies y con el corazón desbocado, caminó hacia la iracunda directora.

—¿A dónde crees que ibas? ¿Acaso te crees que esto es la selva? —le espetó con voz chillona ante la mirada de todo el colegio.

El niño recorrió el patio con el rabillo del ojo, buscando desesperadamente a los verdaderos culpables de su huida. Pero los matones, perros viejos que sabían perfectamente cómo se las gastaba la dirección, se habían parapetado astutamente detrás de la amplia espalda de la mujer.

—¡Levanta la cabeza cuando te hablo y acércate más! —rugió la directora, cegada por la estricta disciplina del centro.

José Carlos avanzó hasta quedar a un paso de ella. Al levantar la cabeza, se topó con cinco pares de ojos que lo miraban fijamente desde la sombra de la mujer, con una intensidad amenazadora. El niño hizo amago de hablar para defenderse, pero se contuvo en el acto: el pelirrojo, que lideraba la banda, se llevó el dedo índice vertical a los labios y, de inmediato, lo deslizó en horizontal de lado a lado de su garganta. Una promesa de muerte si abría la boca.

—¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato? —le espetó la directora, gesticulando de forma desmedida, con el rostro encendido y rojo como un tomate.

José Carlos, pálido como una pared encalada, intentó tragar saliva, pero el nudo de la garganta se lo impidió; quiso tomar aire, pero el pecho se le había bloqueado. Un escalofrío helado le recorrió el cuerpo de arriba abajo. El corazón le golpeaba las costillas a toda prisa. Quiso dar media vuelta y salir corriendo, pero las piernas no le respondieron. De pronto, se llevó las manos a la entrepierna al sentir un hilo húmedo y tibio deslizándose por el muslo, empapando su pantalón de calle por debajo de la bata. El murmullo no tardó en invadir el patio; en un segundo se convirtió en el centro de atención y las risitas de burla estallaron a su alrededor. Sintió unas ganas infinitas de echarse a llorar, pero se tragó las lágrimas, apretó los dientes y se mantuvo firme como un jabato. El estridente timbre del final del recreo sonó entonces como una bendición: la diversión de los demás se había acabado y era hora de regresar al aula.

Al término de las clases de la mañana, los alumnos salieron en tropel escaleras abajo, atropellándose en el pasillo a pesar de los esfuerzos de los profesores por mantener el orden. Entre la marea de batas, José Carlos caminaba hacia la salida con paso lento, los brazos caídos y sin el menor atisbo de la ilusión con la que había amanecido. Al cruzar la puerta del recinto, se encontró de frente con Iñaki, que venía a buscarlo para comer.

—¿Qué ha pasado? ¿Te has meado en clase? —inquirió el hombre, sin salir de su asombro al reparar en la gran mancha oscura que le empapaba el pantalón.

Iñaki soltó la frase sin mala fe, pero sin ser consciente de que aquel recibimiento se grabaría a fuego en la mente del pequeño; un niño que, en su absoluto mutismo, maldecía cada día la «brillante» idea de su madre de haberlo traído a vivir a un mundo donde todo parecía estar en su contra.

—Venga, campeón, no te preocupes —añadió Iñaki, intentando suavizar la torpeza del golpe—. Con cambiarte de ropa en cuanto lleguemos a casa será suficiente —le dijo, tendiéndole el brazo para que se agarrara.

José Carlos hundió aún más la cabeza entre los hombros. Sintió el impulso de llorar, pero se impuso a sí mismo el silencio. Tomó una honda y sonora bocanada de aire, rechazó el brazo de Iñaki con un sutil desdén y comenzó a caminar solo el trayecto de vuelta hacia la Plaza Moraza.

Al llegar al rellano, Iñaki abrió la puerta y el niño se detuvo en el recibidor. Tigre, que andaba por el pasillo, corrió despavorido hacia la cocina en cuanto detectó la presencia de José Carlos, buscando refugio bajo el aparador. Acurrucado en la penumbra, el gato intentaba pasar desapercibido ante aquel intruso que, cada vez que lo veía, intentaba atraparlo a toda costa, agarrándolo de mala manera.

—Vete quitando la ropa —le indicó Iñaki mientras dejaba las llaves—. Voy a encender el calentador para que te des un baño y buscaré algo limpio para que te cambies.

El niño asintió con la cabeza y se encerró en el baño. Iñaki entró en el dormitorio del pequeño, abrió el armario y seleccionó una muda limpia. Tras dejarla sobre la cama, se dirigió a la cocina. Encendió el fuego para calentar la sopa y el cocido con todos sus sacramentos, y comenzó a disponer los cubiertos en la mesa para los dos. Mientras esperaba que rompiera a hervir, miró de reojo el suelo.

—¡Bis, bis, bis...! ¿Dónde está mi morronguino? —llamó con voz melosa—. ¡Bis, bis, bis...!

—Miauuu —respondió un maullido lastimero. El hocico del gato asomó con cautela junto a la pata del mueble.

—Ven aquí, cariño mío —lo alentó, abriendo los brazos.

Tigre estiró el cuello con sigilo y, al comprobar que no había peligro en la cocina, salió de su escondite y comenzó a restregarse con fuerza contra las piernas de Iñaki. El hombre se inclinó para alzarlo en vilo, lo acomodó bocarriba sobre su antebrazo izquierdo y comenzó a masajearle el espacio entre el cuello y el pecho mientras lo mecía con la ternura de quien acuna a un bebé. El gato empezó a ronronear, entregado al mimo.

Sin embargo, en cuanto José Carlos entró en la cocina, ya bañado y cambiado, Tigre rompió el idilio y regresó disparado a su refugio bajo el aparador. Iñaki y el niño se sentaron a la mesa para dar cuenta de la comida. José Carlos devoraba el plato a una velocidad pasmosa, como si temiera que se lo quitaran.

—Tendrías que comer más despacio y masticar bien, hombre —le sugerió Iñaki—. Tengo entendido que comer así, además de engordar, a la larga trae muchos problemas de estómago.

El chiquillo levantó la mirada del plato. Lanzó un sonoro bostezo en señal de abierta protesta y continuó masticando en silencio. Iñaki terminó su sopa y le sirvió el segundo vuelco: un trozo de chorizo, un pedazo de tocino, un trozo de costilla adobada y una buena porción de morcilla de Burgos.

Iñaki volvió a la cocina apenas un par de minutos después tras ir a buscar agua de la nevera y se encontró el plato completamente limpio.

—Veo que no sirve de nada hablar contigo —lo reprendió, contrariado.

José Carlos soltó un eructo limpio, llevándose la mano a la boca con una mezcla de descaro y fingida inocencia, sin apartar los ojos de una lustrosa naranja Salustiana que coronaba el frutero. Iñaki, conteniendo una sonrisa ante aquel desparpajo, agarró la fruta y se la lanzó al aire para probar sus reflejos. El chiquillo la atrapó al vuelo y, con una destreza sorprendente, la peló, la desgajó y la engullió en un santiamén.

Iñaki sacudió la cabeza con cierta pesadumbre ante la falta de modales del crío. Sin decir palabra, José Carlos se levantó de la mesa y se dirigió al baño. Tras orinar y lavarse las manos, cruzó el pasillo y se encerró en su habitación, el búnker donde pasaba las horas desde que Iñaki le había prohibido terminantemente acercarse al acuario. Iñaki, solo en la cocina, comenzó a recoger la mesa y se dispuso a fregar los platos en el fregadero, masticando el pesado silencio de la casa.

—Hola, buenos días, mi amor —saludó María, apoyándose en el marco de la puerta de la cocina al regresar de sus recados.

Iñaki se volvió hacia ella, tomó un paño para secarse las manos, se acercó y le dio un beso de bienvenida.

—¿Qué tal fue la mañana, mi amor?

—Bueno... digamos que más o menos bien.

María fruncíó el ceño con extrañeza.

—¿Cómo que más o menos bien? ¿Qué quieres decir?

Iñaki echó una mirada hacia el pasillo para asegurarse de que José Carlos seguía encerrado en su habitación. Bajó dos tonos su voz habitual y puso a María al corriente de todo lo que había sucedido en el comedor y de la mancha del pantalón.

—Él no... no se mea encima porque quiera, Iñaki —explicó María, con la voz súbitamente quebrada—. Ya sabes todo lo que tuvo que soportar con el malnacido de su padre. El motivo de traerlo conmigo a España no fue otro que apartarlo de mi propia familia allá en Ecuador.

Iñaki se llevó las manos a la cabeza, estupefacto.

—Pero ¿qué dices? ¿Ellos también lo maltrataban?

María negó con la cabeza con profunda amargura.

—No, no exactamente. En mi casa lo amaban, pero lo estaban convirtiendo en un ser desgraciado por culpa del miedo reinante.

Iñaki sacudió la cabeza con pesar mientras colocaba las manos sobre los hombros de su amada.

—Tranquilízate, cariño. No llores, por favor. Ya sabes que no soporto verte sufrir —dijo, oprimiéndole los hombros con suavidad antes de atraerla hacia su pecho para abrazarla de verdad.

María se enjugó las lágrimas con el revés de la mano, tomó aire, suspiró un par de veces para serenarse y prosiguió con el relato, ya más calmada:

—Según me contaron mis padres, cada vez que ese desalmado se emborrachaba, merodeaba la casa de Guayaquil. Acechaba las ventanas a ver si dejaban un instante solo a mi hijito para llevárselo y hacer con él... ¡Sabe Dios qué! —exclamó con una rabia sorda, reviviendo la pesadilla que la obligó a cruzar el charco para salvaguardar el mayor tesoro que una persona puede poseer: su vida.

Iñaki se quedó en silencio, apretándola con fuerza contra su pecho, perdido en sus propios pensamientos. «Ahora comprendo el porqué de todo... Qué estúpido fui al dar por hecho que lo tenía todo planeado y al enojarme porque no hubiera contado conmigo. De haber sabido la verdad, yo mismo la habría animado a traerlo en el acto», se recriminó a sí mismo.

De pronto, María se sobresaltó al mirar el reloj de pared de la cocina: marcaba las dos y media de la tarde, la hora de volver. Se liberó de los brazos de Iñaki y se dirigió a la habitación de su hijo con paso apresurado.

—Vamos, cariño. Levántate rápido o llegaremos tarde al colegio —le alentó al abrir la puerta.

—¡No quiero ir! —exclamó el niño con una mezcla de rabia y pánico, encogiéndose en la cama.

María se acercó al cabecero, le puso la mano en la frente para comprobar la temperatura y, al ver que no tenía fiebre, le increpó:

—¿Qué es eso de que no quieres?

José Carlos frunció el entrecejo, torció el gesto, tensó la mandíbula y apretó los puños con fuerza contra las sábanas.

—¡He dicho que no! —reiteró, al borde de un ataque de nervios.

—Pues quieras o no, vas a ir. Así es que déjate de cuentos, que a estas horas no estoy para dramas —sentenció María, tirando de la colcha con firmeza para obligarlo a reincorporarse.

El pequeño comenzó a berrear con el desespero de un animal acorralado que presiente su trágico final, pero de nada le sirvió su resistencia. María pidió ayuda a Iñaki y, entre los dos, tomándolo cada uno de una mano, lo sacaron de la casa. Entre tirones, forcejeos y patadas al aire del iracundo chiquillo, lograron conducirlo de nuevo hasta las inmediaciones del colegio.

Esta vez, en lugar de pasar inadvertidos como por la mañana, se convirtieron en el centro de atención indeseado de toda la calle.

—¡Vaya espectáculo están dando! Con lo mayor que es... Qué poca vergüenza traer así a la criatura —murmuraban en corrillo algunas madres junto a la verja.

—¡Ja, ja, ja! Será por lo de esta mañana... Seguro que sí —se mofó un grupo de escolares crueles—. ¡Se ha meado por las patas abajo! ¡Je, je, je!

—Pues no sé de qué os reís, la verdad. Me gustaría haberos visto a vosotros en su lugar —replicó con madurez uno de los chicos preadolescentes de los cursos superiores.

—¿Y tú qué eres ahora? ¿El defensor del menor?

—No, pero vuestro comportamiento me parece ridículo. Bastante tiene el chaval con lo que le ha pasado para que encima os riáis de él en su cara. Bastante humillante es ya tener que volver a clase en las condiciones en las que ha llegado.

Mientras los mayores discutían, los alumnos más pequeños se entretenían señalando a José Carlos con el dedo. Por fortuna para el niño, el timbre que anunciaba el inicio de las clases de la tarde comenzó a repicar en ese instante. La marea de batas blancas se apresuró a cruzar el umbral y, en cuestión de un minuto, el patio delantero se quedó completamente desierto.

Al salir de nuevo al patio para disfrutar de la media hora de asueto de la tarde, José Carlos caminaba erguido, con esa falsa e impostada seguridad de quienes aparentan querer comerse el mundo para ocultar su quiebre interno. Se dirigió hasta el centro del recinto y desde allí comenzó a barrer el lugar con una mirada desafiante, como si quisiera gritar al resto: «¡Aquí estoy! ¡A ver quién se atreve ahora!».

Al cabo de un rato, divisó a tres compañeras junto al rellano de entrada al vestíbulo. Se reían a mandíbula partida mientras lo señalaban descaradamente con el dedo. Enfurecido y cegado por el dolor, José Carlos corrió hacia ellas, salvó de un salto los cuatro escalones que mediaban con el patio y, en un arranque de ira irracional, les tiró de las faldas para humillarlas frente a todos. Al girarse, vio que el objetivo de las burlas del patio ahora eran ellas. El alboroto captó de inmediato la atención del profesorado, que se aproximó a paso ligero. Uno de los alumnos les puso al corriente de la gamberrada justo cuando el estridente timbre anunciaba el regreso a las aulas.

—José Carlos, espera un momento —le ordenó su tutora en el pasillo—. ¿Te parece correcta tu actitud?

El chico bajó la mirada hacia las baldosas y permaneció en un riguroso e inquebrantable silencio.

—Esta vez te quedarás castigado en el pasillo hasta que termine la clase. La próxima no seré yo quien imponga el correctivo, sino la directora doña Justa. ¿Me has entendido?

Al ver que no reaccionaba, la profesora, sintiéndolo en el alma porque intuía que algo iba mal, lo tomó por los hombros y lo zarandeó con suavidad para romper su apatía.

—¿Te has enterado? —insistió, forzando un tono severo que ocultaba la profunda pena que sentía por él.

El muchacho asintió levemente con la cabeza y, visiblemente afligido, se colocó junto a la puerta del aula, apoyando la espalda contra la pared con las manos atrás. La profesora entró y cerró la puerta con firmeza. Le había tomado un cariño especial en apenas unas horas, pero su deber era reprender aquella conducta.

Un par de minutos después, por el hueco de la escalera fue asomando la silueta del bedel del colegio. Al percatarse de la presencia del joven solitario en el corredor vacío, dirigió sus pasos cojeando hacia él.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con una calculada brusquedad.

José Carlos relató lo ocurrido con voz baja y temblorosa. El bedel, que recordaba perfectamente los dolorosos secretos que había escuchado al pegar la oreja a la puerta el día que María fue a matricular al chico, miró a ambos lados del pasillo largo. Al comprobar que no había testigos, se volvió hacia el temeroso chiquillo con una mirada turbia y manipuladora.

—Ya sé que estás castigado. Solo quería ver si te atrevías a mentirme. Ven conmigo —le dijo, pasándole el brazo sobre el hombro con una falsa y asfixiante familiaridad.

Tras asegurarse de nuevo de que nadie los observaba desde las aulas, lo condujo hacia la zona oscura de los aseos del fondo del pasillo. Una vez allí, bajo amenazas veladas que evocaban los peores fantasmas del pasado del niño en su país natal, el hombre se aprovechó de su total indefensión y de su miedo crónico para someterlo, infundiéndole el terror absoluto de que nadie le creería si abría la boca debido a su condición de extranjero y «meón». Minutos más tarde, el hombre abandonó el lugar a toda prisa, dejando atrás al muchacho desamparado, roto y asqueado en un rincón del baño.

A partir de ese fatídico día de enero de 1989, el depravado bedel convirtió la estancia del niño en el colegio en una persecución constante. Lo coaccionaba con severas amenazas si llegaba a contar algo, aprovechando cualquier descuido del personal para prolongar su asedio sin que nadie sospechara jamás lo que ocurría tras las puertas cerradas.

Aquella insoportable situación minó por completo la resistencia de José Carlos, quien, harto de arrastrar tanto sufrimiento en silencio y convertido en un fantasma de sí mismo, terminó por abandonar los estudios en cuanto cumplió los catorce años. Sin embargo, antes de marcharse para siempre de aquel edificio maldito, decidió poner fin a su pesadilla de manera drástica y purificadora: una tarde roció con gasolina y prendió fuego al cuarto de aperos de jardinería, el lúgubre rincón del patio donde se habían consumado gran parte de los ataques.

El incidente pasó a los medios de comunicación locales como un lamentable accidente laboral por negligencia en el mantenimiento. Las autoridades locales dieron por buena la versión que el propio bedel facilitó mientras era atendido de urgencia en la acera por una ambulancia de la DYA —la conocida asociación de ayuda en carretera sin ánimo de lucro que operaba con sus vehículos amarillos en el País Vasco desde 1966—.

—Estaba manipulando la garrafa de combustible para llenar el depósito del cortacésped —declaró el hombre a los sanitarios, intentando salvar el pellejo mientras se quejaba de las quemaduras— y, sin darme cuenta, encendí un cigarrillo…