Escrito en la tarde del Viernes Santo de 2026
Al atardecer, Juanito abrió la ventana.
Se sentó frente al mar… y se dejó llevar por el susurro de las olas hasta la otra orilla.
Pero esta vez, en lugar de hallar la paz y el sosiego a través de la introspección, su corazón comenzó a latir con tristeza.
La mente lo condujo a un tiempo lejano.
Allí… sintió de nuevo aquella punzada.
La que llegó al final de una bonita historia de amor.
Recordó a Zafía Sahourni Beneysa en el instante en que le comunicó que debía regresar a Tetuán. Tenía que atender a su hija, que estaba embarazada…
Sin ser consciente entonces de lo que vendría después.
Del final.
Se sintió tan mal en aquellos días que la decepción lo empujó a buscar mil y un motivos, intentando comprender por qué algo tan puro tenía que terminar de aquella manera.
Con el paso de los años, lo entendió.
Aquello tuvo que ocurrir así.
Porque, de lo contrario, nada de lo vivido después habría encajado con su trayectoria… ni lo habría llevado hasta ese preciso instante.
Ese en el que el arrullo de las olas, envolvente y constante, comenzaba a calmar su malestar.
Respiró hondo.
Inhaló por la nariz hasta llenar los pulmones.
Retuvo el aire unos segundos.
Y lo dejó salir, poco a poco, por la boca.
Repitió el gesto varias veces.
Sin prisa.
Y entonces lo sintió.
No como una idea…
sino como una certeza:
El destino tenía otros planes para él.
Se puso en pie.
Había soltado algo.
Algo que llevaba años acompañándole en silencio.
Y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió libre.
Regresó a su hogar…
A gusto consigo mismo.
