viernes, 4 de septiembre de 2026

CRONOLOGÍA DE UNA AUSENCIA...


 

Cronología de una ausencia...

Evolución de un cerebro que olvida

Fernando tenía sesenta y ocho años el día que la suma de la factura de la luz se le atravesó en la mesa del salón. Susana lo miró desde el marco de la puerta: llevaba veinte minutos con la mirada fija en el papel, chasqueando el bolígrafo con una cadencia nerviosa.

Papá, se va a enfriar la cena. ¿Qué haces todavía con eso? —preguntó Susana, acercándose.

No me cuadra, hija. Falta algo —respondió él, con la voz tensa por la frustración—. He sumado estos tres conceptos cuatro veces y cada vez me da una cifra distinta. La calculadora debe de estar rota.

Déjame ver... Pero si esta factura es la de los gastos comunes del mes pasado. Ya la pagaste el lunes.

¿Cómo que ya la pagué? Nadie ha pagado nada. ¡Yo sé perfectamente lo que hago con mi dinero! —saltó, cerrando el cuaderno de golpe y dejando caer el bolígrafo al suelo.

Fue una pequeña chispa. Sin embargo, en los seis meses siguientes, las grietas se multiplicaron. Aparecieron los tropiezos en el lenguaje y las repeticiones constantes:

Oye, ¿a qué hora viene mañana el técnico de la lavadora? —preguntó Fernando mientras se servía un vaso de agua.

A las diez de la mañana, papá. Ya te lo anoté en el almanaque —contestó Susana.

Veinte minutos después, mientras Susana recogía los platos, él se volvió hacia ella con la misma expresión de duda:

¿Te acordaste de llamar al técnico de la lavadora?

Sí, papá, viene a las diez. Te lo acabo de decir.

Ah... no me habías dicho nada —murmuró, chasqueando los dedos en el aire—. Pásame esa... la cosa esa de cortar... la herramienta...

Buscaba sin éxito la palabra «cuchillo».

Al cabo de un año del diagnóstico, la autonomía de Fernando comenzó a desmoronarse de forma más visible. Una tarde de otoño, la policía local llamó a Susana porque su padre caminaba desorientado a tres kilómetros de casa, convencido de que iba a comprar el periódico a un quiosco que llevaba una década cerrado.

Con dieciocho meses de evolución, la memoria reciente se había evaporado. Recordaba con precisión de cirujano el nombre de su maestro de escuela, pero era incapaz de recordar si había desayunado diez minutos atrás.

Llegado el segundo año, la alteración del comportamiento transformó la convivencia en un terreno minado por la paranoia. Una mañana, Susana escuchó golpes secos en el dormitorio y encontró a su padre volcando los cajones sobre la cama.

¿Dónde has puesto mi cartera? —gritó él, encarándola con los puños apretados—. ¡Sé lo que estás haciendo! Me estás quitando el dinero de la pensión para quedártelo tú!

Papá, tranquilo, nadie te ha quitado nada...

¡No mientas! —la interrumpió, señalándola con el dedo tembloroso—. Escondes los papeles para dejarme en la calle.

Susana no intentó razonar. Buscó en la caja de zapatos del armario —donde Fernando guardaba impulsivamente sus cosas para «protegerlas»— y sacó la cartera intacta. Él la tomó con desconfianza, contó los billetes uno a uno y se sumió en un silencio huraño.

A los dos años y medio, la llegada del atardecer desencadenó el síndrome del ocaso. Hacia las seis de la tarde, Fernando comenzaba a caminar sin descanso por el pasillo, probando el pomo de la puerta de entrada.

Se está haciendo tarde, me tengo que ir —decía, agitado.

Papá, esta es tu casa. Estás en tu salón —intentaba calmarlo.

¡Esta no es mi casa! Mi madre me está esperando para cenar en el pueblo. Tengo que volver antes de que anochezca. Suéltame.

Hacia el tercer año, el lenguaje articulado entró en una fase de desintegración acelerada. Las frases completas desaparecieron, sustituidas por murmullos.

Papá, ¿tienes hambre? ¿Quieres comer algo? —le preguntaba Susana, sentándose a su lado.

Fernando la miraba fijamente, movía los labios sin emitir sonido y articulaba con dificultad:

Sí... la... ma... no, no... ah...

¿Te duele algo?

Ta... ta... sí... —repetía de forma autómata, incapaz de procesar el significado.

En esa época, la apraxia convirtió los objetos cotidianos en enigmas. Frente a un plato de sopa, Fernando tomaba la cuchara, la giraba entre los dedos con desconcierto y terminaba intentando peinarse con ella o utilizándola para dar golpecitos contra la mesa.

Meses después, la prosopagnosia le borró los rostros. Cuando sus amigos lo visitaban, los observaba con una cortesía distante, como a desconocidos en la sala de espera de un centro médico, mientras a Susana comenzaba a confundirla con una enfermera o con su propia madre fallecida.

Al alcanzar el cuarto año desde los primeros síntomas, el control motor colapsó. Fernando perdió la capacidad de dar pasos; sus piernas se volvieron rígidas y la silla de ruedas dio paso a una estancia permanente en la cama. El lenguaje desapareció por completo, dejando un mutismo absoluto.

En este punto, alimentarlo se volvió una tarea delicada por la aparición de la disfagia: Fernando mantenía la boca cerrada por reflejo y, al lograr tragar, la comida le provocaba accesos de tos débiles que obligaban a Susana a darle cada cucharada de puré con extrema lentitud para evitar que se ahogara.

En la etapa final, cerca del quinto año, el cerebro de Fernando redujo su actividad a la pura supervivencia. Perdió el control de esfínteres y dejó de responder a las llamadas o a los estímulos visuales. Ya no había miradas de reconocimiento, ni acusaciones, ni palabras.

Sin embargo, cuando Susana se sentaba a su lado en la penumbra, ponía los viejos pasodobles de su juventud y le tomaba la mano, acariciándole la frente, el rostro de Fernando perdía la tensión y su respiración agitada se volvía lenta y uniforme, mostrando que, hasta el último aliento, la piel conservaba la capacidad de reconocer el afecto.