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Una mañana, encontrándome en casa y todavía sin haberme vestido para salir a la calle, como solía hacer habitualmente, conecté el ordenador para responder los correos recibidos.
Una vez terminada la tarea, me encontraba leyendo la prensa local cuando, de repente, sin saber cómo ni por qué, fui redirigido a otra página. En lugar de cerrar la ventana como acostumbraba, decidí averiguar qué se cocía por aquel sitio.
Enseguida me di cuenta de que no se trataba de una simple página de foros; allí se respondía en tiempo real, como si fuese un chat, y eso despertó mi curiosidad. Continué investigando hasta que llegué a uno que llamó especialmente mi atención:
Bienvenidos al foro de la Amistad. Creado y moderado por Juan.
María: Hola, buenos días, Juan. ¿Qué tal estás?
Juan: La verdad es que muy mal. Estoy harto de que la gente se ría de mí sin saber siquiera quién soy.
María: Amigo, no te preocupes por lo que piensen de ti. Lo importante no son las faltas, sino lo que quieres transmitir. Y yo puedo dar fe de que tus palabras hacen aflorar infinidad de sentimientos.
Juan: Agradezco tus palabras, pero, lamentablemente para mí, la realidad es bien distinta. Muchos dicen que estoy loco y que no les interesa nada de lo que trato de contar.
María: Pero a mí sí me interesa leerte. Así que, ¡adelante! Por aquí son pocos los que cuentan con tus valores y principios.
Juan: Soy amante de la verdad, de la vida y de todo lo que en ella ocurre, pero siento que mi vida ha fracasado.
María: No digas eso, ¡por Dios! La vida es maravillosa.
Juan: Estoy harto de tanta hipocresía... Si yo te contara...
María: Amigo, si te apetece hacerlo, aquí me tienes. Adelante.
Juan: Está bien, pero te aviso de que mi vida es triste, dura y aburrida.
María: No te preocupes por eso. No creas que la vida de los demás tiene por qué ser más interesante o divertida que la tuya.
Juan: ¡Ea!, me has convencido.
Yo nací en un pueblo de Badajoz, en el año 1960 y, según tengo entendido por parte de mi madre, desciendo de una familia de agricultores muy ricos. Pero entre mi padre y mi abuelo se encargaron de fundir toda la fortuna y desde entonces somos una familia pobre. Según contaba mi madre, mis abuelos llegaron a tener tres criados para la casa y cuatro gañanes para trabajar las muchas tierras que ambos habían heredado de sus respectivos padres.
Todavía tengo muy presente el día en que murió mi abuela materna. Lo recuerdo como si fuera ahora mismo. Llegado el momento, mi madre me hizo salir de la habitación y aquello me dejó marcado durante mucho tiempo. En mi memoria permanece todo lo que me ha sucedido y podría contarlo con pelos y señales.
Recuerdo que, siendo un crío, me llevaban a una guardería regentada por monjas. De aquella época conservo recuerdos buenos y malos. Me acuerdo especialmente de una profesora, de esas rancias que parecen amargadas de la vida. La muy p... la tenía tomada conmigo y, cada vez que le pedía permiso para ir al servicio, me obligaba a subirme encima del pupitre y esperaba hasta que me orinaba encima para que todos los compañeros se riesen de mí.
Después de salir de la guardería, mi madre me dejaba en casa de unas personas mayores que cuidaban niños; algo parecido a una escuela, aunque ellos no fueran maestros.
Mi infancia fue muy difícil. Para mí no existían los fines de semana, las fiestas ni las vacaciones. Mi padre me llevaba a trabajar con él y, aunque aquello no me gustaba lo más mínimo, no me quedaba otra que resignarme. Lo único bueno que tenía era que trabajaba muchísimo. Pero también era un hombre muy recto y de un carácter terrible; lo recuerdo siempre dando voces. Pegaba tanto a mi madre como a mí cuando algo no salía como él quería. Y, aunque me dolía que la maltratase, no podía hacer nada para impedirlo. Eso me hacía sufrir incluso más que los golpes que yo recibía.
Mi padre tampoco era de esos hombres antiguos que vivían para su familia. No se perdía una fiesta ni una revista de variedades donde las mujeres bailaban casi desnudas. Le gustaba frecuentar casas de prostitutas y, encima, presumía de haberse gastado en fulanas lo poco que quedaba de la herencia de sus padres.
Los vecinos sabían perfectamente que en mi casa mandaban la correa y las bofetadas. Sabían que tanto mi madre como yo sufríamos malos tratos, pero nadie hacía nada por ayudarnos. Eso sí, gracias a Dios, hoy todo aquello ya no me afecta. Y, en contra de lo que mucha gente dice, de que lo que se ve se aprende, yo carezco de maldad...
María: Como siempre, amigo mío, has conseguido emocionarme. He derramado alguna que otra lágrima, tanto de tristeza por los malos tratos como de alegría al saber que has conseguido superarlo. ¡Qué bonito que no les guardes rencor!
Juan: La verdad es que, de una forma u otra, él forma parte de mi vida. Y, aunque hay cosas que preferiría no recordar nunca, creo que sin ellas sería difícil entender quién soy hoy.
María: Gracias por compartir tus experiencias. No todas las personas están dispuestas a contar la verdad de su vida, y mucho menos en un medio como este. Bueno, amigo, sintiéndolo mucho tengo que dejarte. Mis quehaceres me reclaman.
Juan: Adiós, amiga. ¡Feliz día!
María: Igualmente para ti, Juan.
Al cabo de unos días, descubrí que la plataforma de Interchat ofrecía la posibilidad de interactuar de manera privada, al igual que en la mayoría de las salas de chat y foros. Sin embargo, si no eras un usuario privilegiado, cualquiera podía acceder a leer tus mensajes. Para evitarlo, debías ser usuario VIP y pagar una cuota mensual; de este modo, la conversación quedaba oculta mientras se mantuviera el pago.
Según los creadores, esta obligación financiera servía «para llevar un alto control y permitir que los participantes interactuaran sin ser molestados por personas malintencionadas». Además, los miembros de esta «alta sociedad» podían bloquear a quien considerasen oportuno sin dar explicaciones a nadie.
Por otro lado, los usuarios que no contribuían económicamente disponían de una alternativa para protegerse, pero requería más trámites: debían enviar un mensaje privado a los moderadores argumentando el motivo de su queja. Si los operarios consideraban justificada la denuncia, activaban un mecanismo que impedía que ambos usuarios se leyesen en los foros.
Al final, como dice el refrán, «no es oro todo lo que reluce». La mayoría de las veces, si el denunciado pertenecía al clan de los que pagaban por chatear, solo recibía una amonestación leve: un mero aviso de que alguien había reportado su comportamiento.
