LOS RITMOS DEL PUENTE COLGANTE...
Crónica del Síndrome de Tourette: la tormenta de los tics, la neurobiología del impulso y el alivio de la resina
El estruendo metálico de un clac seco e involuntario resonó en el Paseo del Espolón del Capitán Mendizábal, en Portugalete. No venía de los barcos que remontaban la ría del Nervión, sino de la garganta de Zoraida. A sus veintidós años, la joven jalonaba sus pasos con una secuencia rítmica que sus vecinas de la Margen Izquierda ya conocían de memoria: un parpadeo violento y asimétrico, un tirón seco del cuello hacia el hombro derecho y, finalmente, un chasquido gutural que sonaba como el graznido de una gaviota herida.
Zoraida caminaba en el centro. A su izquierda, su hermana Irune, de dieciocho años, sujetaba un paraguas abierto para protegerlas del siri-miri bilbaíno; a su derecha, Itxaso, la pequeña de dieciséis, vigilaba de reojo el banco donde patrullaba la policía local. Era un jueves por la tarde y, como solía ocurrir cuando la presión de la semana apretaba, las tres compartían un cigarrillo aliñado con resina de marihuana. El humo denso se mezclaba con la brisa marina del Espolón, dejando en el rostro de Zoraida una expresión de relajación que sus músculos raramente experimentaban.
Zoraida sufría una manifestación severa del Síndrome de Tourette, un trastorno del neurodesarrollo caracterizado por la presencia de múltiples tics motores y al menos un tic vocal, mantenidos de forma fluctuante desde la infancia. Su cerebro padecía una desregulación en los ganglios basales y en los circuitos frontoestriatales, las áreas encargadas de filtrar, refinar y frenar los movimientos involuntarios. Para Zoraida, el Tourette no era una manía; era un motor fuera de borda conectado a sus nervios que aceleraba sin previo aviso.
Bajo los efectos del cannabis, la tormenta neurológica de Zoraida adquiría un matiz absurdo y cómico que sus hermanas habían aprendido a transformar en su mejor mecanismo de defensa. El tetrahidrocannabinol (THC) relajaba la urgencia premonitoria —esa sensación física insoportable de presión o «picor» en los músculos que precede al tic—, pero al mismo tiempo, la desinhibición del cannabis hacía que los tics vocales se mezclaran con sus pensamientos más disparatados.
—¡Es que el marisco está carísimo! —soltó Zoraida de golpe, con una voz estridente que interrumpió la conversación de Irune, seguido de un guiño de ojo salvaje y tres golpes rápidos con el talón contra el suelo del paseo.
Irune e Itxaso se echaron a reír a carcajadas.
—¿Qué marisco, Zoraida? Si estamos hablando de la matrícula de la universidad —dijo Irune, dándole una calada al porro antes de pasárselo a la menor.
—¡El bogavante! ¡Que se joda el bogavante! —repitió Zoraida, incapaz de frenar la ecolalia (la repetición de palabras) provocada por el Tourette y potenciada por la risa floja del cannabis. Su cuerpo dio un pequeño salto, una pirueta involuntaria en mitad del Espolón que la hizo chocar contra el carrito de la compra de una señora que pasaba por allí.
—¡Perdone, señora! —gritó Itxaso entre risas, tirando del brazo de su hermana mayor—. ¡Es que le ha sentado mal el café!
La vecina las miró con una mezcla de reproche y resignación. En Portugalete ya todos sabían que las tres hermanas eran uña y carne, y que los paseos de Zoraida eran una tómbola de ruidos, saltos y salidas de tono que el cannabis suavizaba hasta convertirlos en una comedia costumbrista.
Llegar a esa aceptación e hilaridad en el Espolón del Capitán Mendizábal había costado años de lágrimas, incomprensión escolar y un peregrinaje médico explícito y doloroso. El Tourette de Zoraida no había aparecido de la noche a la mañana; había entrado en su vida a los siete años, camuflado tras la etiqueta de una niña «inquieta» o «nerviosa".
El recorrido de su detección fue el clásico calvario de las enfermedades neurológicas del comportamiento:
Todo comenzó en el colegio de Portugalete. Zoraida empezó a carraspear constantemente durante las clases de lengua. Su profesora pensó que era una llamada de atención o una secuela de un catarro mal curado. Meses después, el carraspeo desapareció, pero fue sustituido por un parpadeo obsesivo que le irritaba los párpados y un movimiento de torsión de la muñeca izquierda al escribir. Los médicos de cabecera insistían en que eran «tics de la infancia» que desaparecerían con la pubertad.
Al cumplir los once años, los tics motores se volvieron complejos. Zoraida ya no solo parpadeaba; necesitaba tocar el marco de todas las puertas tres veces antes de cruzar, o caminar imitando un patrón geométrico en las baldosas. Apareció la comorbilidad más frecuente del Tourette: el Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) y el TDAH.
En el instituto, sus notas cayeron en picado debido a la tremenda energía cognitiva que gastaba en intentar «frenar» los tics en clase para evitar las burlas de sus compañeros. Al llegar a casa, el efecto rebote era brutal: pasaba horas en su habitación gritando, golpeando los cojines y retorciéndose debido a la acumulación de la tensión motora.
El diagnóstico definitivo llegó tras un episodio de coprolalia (la emisión involuntaria de palabras obscenas o socialmente inapropiadas), el síntoma más estigmatizado del síndrome, aunque solo lo padece un pequeño porcentaje de pacientes. Durante una cena familiar en Navidades, Zoraida insultó repetidamente a su abuelo sin poder controlarlo, intercalando los tacos con un espasmo violento del diafragma que la dejó sin respiración.
Su madre solicitó una cita de urgencia en el servicio de neurología del Hospital Universitario de Cruces, en Barakaldo. El especialista aplicó el protocolo de criterios del DSM-5: presencia de tics motores múltiples y vocales durante más de un año, con inicio antes de los 18 años y sin causa orgánica subyacente (como encefalitis o toxicidad por fármacos). Tras realizar un electroencefalograma y una resonancia magnética cerebral para descartar lesiones estructurales o epilepsia mioclónica, el neurólogo firmó el informe: Síndrome de Tourette severo con comorbilidad obsesiva.
De vuelta al presente, las tres hermanas decidieron cambiar de aires. El porro de marihuana había hecho su efecto cumbre; los tics motores de Zoraida se habían espaciado, transformándose en un balanceo rítmico y lento, y su mente flotaba en una laxitud que la mantenía inusualmente tranquila.
—Vamos a Las Arenas, a ver si compramos algo en el rastro —propuso Itxaso, tirando de la manga de Zoraida.
Caminaron hacia la imponente estructura de hierro del Puente Colgante de Vizcaya, el monumento que une la Margen Izquierda (Portugalete) con la Margen Derecha (Getxo). Sacaron los billetes y se situaron en la barquilla del transbordador que cruzaba la ría suspendida de los cables de acero. Junto a ellas, un grupo de turistas extranjeros fotografiaba la estructura industrial y una pareja de ejecutivos de mediana edad repasaba unos documentos en una tableta.
El silencio del viaje sobre el agua del Nervión fue el escenario perfecto para el cortocircuito del Tourette. El cannabis relajaba sus músculos, pero la proximidad del agua y el zumbido de los motores de la barquilla activaron una asociación de ideas en el cerebro desinhibido de Zoraida.
—¡Al agua los patos! ¡Que viene el tiburón de Cruces! —bramó Zoraida a pleno pulmón, rompiendo la solemnidad del transbordo. Acompañó el grito con un severo tic motor: estiró los dos brazos hacia el frente, como si fuera a empujar a alguien, y dio un fuerte taconazo que hizo vibrar las tablas de madera de la barquilla.
Los turistas dieron un paso atrás, asustados. Los ejecutivos levantaron la vista de la tableta con una expresión de absoluto desprecio. Irune, con la calma que da la costumbre, se colocó delante de su hermana mayor, tapando visualmente sus movimientos, mientras Itxaso empezaba a reírse por lo bajo, contagiada por el absurdo de la situación.
—Tranquilos, no empuja de verdad, es el Tourette —explicó Irune a los turistas con un inglés macarrónico pero efectivo—. Tourette syndrome. Tics. No problem.
Zoraida, con los ojos entornados por los efectos del hachís y una sonrisa bobalicona en los labios, miró a los ejecutivos.
—Perdón, caballeros... ¡Capitalistas de mierda! —remató con un susurro que terminó en un silbido agudo, un tic vocal perfectamente camuflado bajo el tono de su risa.
Itxaso se tapó la boca con las dos manos para no soltar una carcajada que se escuchara en todo Getxo. Al llegar a la Margen Derecha, las tres desembarcaron a paso ligero, dejando atrás el transbordador mientras Zoraida intercalaba un leve parpadeo con una peineta involuntaria dirigida a las nubes.
El tratamiento oficial de Zoraida en el hospital combinaba el uso de fármacos bloqueadores de la dopamina (como el aripiprazol) con la Intervención Conductual del Hábito (CBIT). Sin embargo, la química tradicional a menudo la dejaba en un estado de somnolencia severa, como si caminara envuelta en una lona de hormigón que anulaba su personalidad. Fue por eso que, tras hablarlo en la intimidad con sus hermanas, decidieron compaginar la terapia médica con el uso controlado y lúdico del hachís durante sus paseos de ocio.
El protocolo integrado que utilizaban en su día a día se basaba en la autogestión y el apoyo mutuo:
Irune e Itxaso funcionaban como un amortiguador social. Si Zoraida sufría una crisis de tics en un comercio o en la calle, sus hermanas se colocaban a los lados, bromeaban, explicaban la situación a los transeúntes o reconducían el tic motor mediante un abrazo o una presión suave en los hombros, impidiendo que Zoraida se sintiera juzgada, ya que el estrés multiplica por diez la intensidad del Tourette.
Aunque los médicos no lo recetaban de forma oficial en su centro de salud, los estudios clínicos avalan que los cannabinoides interactúan con los receptores CB1 del sistema endocannabinoide, altamente concentrados en los ganglios basales. Para Zoraida, las caladas compartidas en el Espolón no eran una adicción, sino un interruptor que reducía el doloroso cansancio muscular de sus tics crónicos y transformaba la angustia de los espasmos en anécdotas divertidas que reír con sus hermanas.
Cinco años después.
La noche había caído sobre la ría del Nervión, y las luces del Puente Colgante se reflejaban en el agua oscura como líneas de oro líquido. Sentadas en uno de los bancos de la plaza de Portugalete, las tres hermanas compartían una bolsa de pipas y el final de una tarde de confidencias. Zoraida, que ya había cumplido los veintisiete, vestía una sudadera cómoda y lucía un corte de pelo moderno que enmarcaba un rostro sereno.
A su lado, Irune repasaba los apuntes de sus exámenes de la universidad e Itxaso, con veintiún años, chateaba con su teléfono móvil. Zoraida sufrió un pequeño tic: un leve parpadeo doble, seguido de un giro sutil de la muñeca. Ya no había gritos sobre marisco ni empujones ficticios en el transbordador. Los tics seguían ahí —el Tourette nunca se marcha del todo—, pero habían encontrado su cauce, volviéndose más sutiles a medida que maduraba su sistema nervioso central y se estabilizaba su tratamiento combinado.
—¿Os acordáis de la que liamos en la barquilla del puente con los ejecutivos? —preguntó Itxaso, levantando la vista del móvil con una sonrisa pícara.
—¡Cómo para olvidarlo! —rió Irune, dándole un empujón con el hombro a Zoraida—. Pensé que nos detenía la Ertzaintza en Las Arenas por tu culpa, Zora.
Zoraida soltó una carcajada limpia, un sonido que esta vez no llevaba ningún espasmo diafragmático adherido. Se miró las manos, entrelazó los dedos y miró la majestuosa silueta de hierro del puente que unía las dos márgenes de su vida. El Tourette seguía marcando sus ritmos, pero con el apoyo incondicional de sus hermanas y la madurez de los años, su cuerpo había aprendido a bailar al son de sus propios tics, transformando la tormenta de sus ganglios basales en la banda sonora, a ratos gamberra y a ratos dulce, de su juventud en Portugalete.
