domingo, 3 de mayo de 2026

Cosas que acontecen en mi ciudad 10


 

Cosas que acontecen en mi ciudad... 10

«Planteamiento matemático…»

X + Y = S. I. C.

Escrito el 30 de noviembre de 2015, revisado el 2 de mayo de 2026

A mediados de mes, día arriba o abajo, X caminaba por el entramado de calles peatonalizadas que conforman el centro neurálgico de la ciudad. De súbito, decidió adentrarse en la Oficina de Correos con la intención de comprobar el apartado que su esposa tiene alquilado. Al abrir el buzón, recogió los tres sobres que habían sido depositados esa misma mañana por el funcionario encargado de tan «ardua» tarea.

Una vez en la calle, revisó los remitentes. El primero pertenecía a la entidad bancaria donde, a pesar de la fidelidad mantenida desde 1995, le cobran hasta por enviar la correspondencia. El segundo estaba a nombre de su esposa, relacionado con una asociación donde ella colabora como voluntaria y donante desde hace años. El tercero lo abrió sin mirar siquiera el destinatario, pensando que sería un comunicado laboral, ya que un mes antes había concluido su contrato eventual con la Institución Municipal.

«¡Qué raro! ¡Si juraría que lo tenemos domiciliado!», pensó al verlo. En lugar de continuar con su paseo, optó por acudir a la entidad bancaria.

—Hola, buenos días —dijo exhibiendo la documentación en la ventanilla. A esa hora no había nadie más en la sucursal. —Hola, ¿en qué le puedo ayudar? —La verdad es que no sé por qué me han enviado esto. Me parece que el recibo del IBI también lo tenemos domiciliado, pero como últimamente ocurren tantas cosas… —¿Y qué querría usted? —Comprobarlo. —Lo siento, pero en estos momentos tengo el ordenador bloqueado. ¿Ha traído la libreta de ahorros? —No, pero llevo la tarjeta. —Está bien, pero con ella lo único que podríamos hacer es realizar el pago. —Vale —respondió X, pensando que, si ya estaba pagado, bastaría con devolver el recibo después desde su ordenador.

Salieron al vestíbulo y el empleado introdujo la tarjeta en uno de los cajeros automáticos. —Por favor, teclee la clave —indicó, mientras apartaba la vista por discreción.

Una vez concluidas las operaciones que el sistema indicaba en pantalla, el empleado le entregó la tarjeta y el justificante que avalaba el pago. —Muchas gracias —le dijo X. —A usted —respondió el empleado mientras regresaba a su asiento con un simple adiós.

X continuó con el itinerario previsto: calle Estación arriba hasta el bar Don Quijote; allí giró a la derecha por la Ronda del Ferrocarril hasta el paso de peatones del PEMBU. Al llegar frente al Polideportivo Municipal, giró a la izquierda y recorrió los escasos cien metros de asfalto hasta la depuradora. Prosiguió por la senda que discurre entre el Bayas y las tierras de cultivo recién labradas. Al llegar al cobertizo, se sentó en uno de los bancos durante media hora.

Luego reanudó la marcha a contracorriente por el sendero de hormigón hasta llegar al «anfiteatro». Salvó el desnivel subiendo por aquellas traviesas que, en su juventud, garantizaban la estabilidad de la línea férrea y que hoy, convertidas en vulgares peldaños, se dejan pisar por personas y animales. Sin más dilación, atravesó como un alfil el espolón amarillento donde se instalan los tenderetes del mercado, hasta llegar a la zona de petanca. Allí se sentó a conversar en busca de «caraba» e intercambio de opiniones con otros habituales. A eso de las dos, regresó a casa.

—Guarda este comprobante —le dijo a su esposa tras los saludos de rigor. —¿Qué es? —He pagado lo del IBI. —¡¿Cómo dices?! —Míralo y saldrás de dudas. —Pero si esto ya está pagado —sentenció ella. —Entonces… ¡¿a qué hostias mandan esto?! —Mira, lo cobraron el día 4 —dijo ella, señalando el apunte en la libreta. —Bueno, ya iré mañana a solucionarlo. Si no han cerrado el banco, andarán en ello —concluyó X, mientras se adentraba en la cocina para servirse un plato de cocido, ¡como Dios manda!, con todos sus «sacramentos» y su «comuelgo», tal y como dicen en su tierra.

A la mañana siguiente, X acudió a la sucursal. Allí le dijeron que no podían devolver el recibo porque figuraba como un pago voluntario realizado por él mismo. Además, al ser cliente de la oficina principal y no de aquella sucursal, el empleado —tras consultar los pasos en pantalla— le aconsejó ir al Ayuntamiento. Le entregó un nuevo justificante y X, tras pasar por una cita previa en el INEM, se dirigió al Consistorio.

Al llegar al semáforo frente a la oficina principal del banco, cambió de opinión y decidió entrar directamente. Allí coincidió con un compañero de trabajo a quien le contó sus penas. El compañero le informó de que, en una ocasión similar con un recibo del agua, le dijeron que no devolvían dinero, pero que serviría como abono para el siguiente recibo.

Cuando le tocó el turno, X fue atendido por el gestor. Cinco minutos después, salía del banco camino al Ayuntamiento, tal y como le habían sugerido. Tras pasar por tres ventanillas, accedió al despacho de recaudación. Expuso el caso con documentos en mano, pero el funcionario comprobó que la devolución no era posible: no había llegado notificación telemática y, para colmo, ni siquiera aparecía el nombre de su mujer, pues viven en un piso de alquiler de la Junta de Castilla y León.

—Creo que lo más acertado sería devolver el recibo que tiene domiciliado en el banco, aunque perdería usted el 5% de descuento —indicó el funcionario. —Está bien, no creo que por cinco euros termine de arruinarme —respondió X.

Desandó el camino hasta la calle Estación, entró de nuevo en el banco y, tras repetir la historia en información, le comunicaron que le cobrarían una comisión de dos euros por la tramitación. Le dijeron que, si tenía «Línea Abierta», podía hacerlo él mismo desde casa.

—¡Bien, bien, cóbrelo ya de una vez! —dijo con modales forzados para no decirles lo que realmente pensaba. Lo hizo por principios, que no por falta de razones.

Al salir, cruzó el paso de peatones y repitió la ruta del día anterior. Al llegar al IES Fray Pedro Urbina, decidió continuar por la Ronda del Ferrocarril. A la altura del bar Moon TV, un repentino toque de claxon le hizo mirar atrás. Era Y, la única persona que, hasta ahora, ha alcanzado el nivel de amigo en Miranda de Ebro.

Y detuvo el coche junto al bordillo. X se acercó y subió al asiento del copiloto. —Voy a la gasolinera a buscar una bombona de butano, ¿vienes? X asintió y se pusieron en marcha hacia la N-1. —Tienes que tener más cuidado —advirtió X mientras se ponía el cinturón—. Además de estar prohibido parar aquí, hay una cámara en la rotonda. —Si todavía no funciona… —se excusó Y. —Eso es una excusa barata. Imagínate que pasa el «Multacar»…

Ante el silencio de su amigo, X aprovechó para contarle el calvario del recibo del IBI. De regreso a la ciudad, Y compartió su propia batalla: —El otro día fui a cambiar treinta euros que tenía en monedas de céntimos. El del banco me dijo que tenía que ingresarlo en cuenta. Le dije que vale, y entonces me soltó que tenía que cobrarme una comisión por transferencia. ¡¿Qué comisión?!, le dije. ¿Es que esto no es dinero? —¡Qué sinvergüenzas son! —exclamó X. —Al final me fui a otra caja y me dijeron que había un mínimo de monedas para no cobrar comisión. Cogí mis monedas y me fui sin decir ni adiós. —Bueno —comentó X—, si el tope son diez euros, vas tres veces y asunto arreglado, ¿no? —No, al final se lo conté al del quiosco donde compro los cromos de fútbol y me dijo que, cuando necesite cambio, a él no le importa hacerme el favor. —¡Anda, para que vean! ¡Que se jodan! —dijo X mientras se apeaba del coche.

¿Cuál es el problema que tienen en común X e Y? Pues algo tan sencillo como disparatado: tener que sobrevivir en una Sociedad tan Injusta como Consentida (S.I.C.), donde siempre les toca perder a los que menos tienen.