jueves, 18 de junio de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo 4


 

14 de febrero de 2014

Al llegar a la esquina del edificio, Teresa sintió una punzada de frío en el rostro e, instintivamente, alzó la vista hacia el letrero de neón verde de la farmacia, suspendido a unos tres metros de altura. Los dígitos intermitentes marcaban las once y cinco de la mañana y una temperatura de −3 ºC. Al observar el vaho denso que escapaba de su boca con cada exhalación, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Se subió la bufanda hasta cubrirse la nariz y continuó caminando a paso rápido hacia la cafetería de la estación de autobuses de Salamanca.

—Hola, buenos días —saludó al acercarse al mostrador—. Póngame un café con leche y un par de magdalenas, por favor.

En otros tiempos habría encendido un cigarrillo justo después de desayunar, pero desde que regresó a Salamanca tras el fallecimiento de Antonio eran muchos los viejos hábitos que había dejado atrás.

—¿Me dice cuánto le debo, por favor? —preguntó al cabo de un rato.

—Dos euros con cincuenta —informó el joven camarero.

Teresa rebuscó en su bolso negro, depositó el importe exacto sobre el mostrador, se despidió y se dirigió a los aseos. Tras echar el cerrojo de la puerta, cortó un trozo generoso de papel para limpiar la taza. Se alivió y, unos minutos después, mientras se lavaba las manos, se detuvo a mirarse en el espejo.

—Hay que ver lo que cambian las cosas y las personas con el paso del tiempo —se susurró al contemplar el reflejo de aquella mujer de cabello corto y plateado, de rostro limpio y arrugas maduras que eran incapaces de menoscabar su belleza natural.

«Bueno, no estaré tan mal cuando todavía se paran a mirarme», pensó con una leve sonrisa mientras caminaba hacia la ventanilla de ALSA.

—Hola, buenos días. Un billete de ida y vuelta para Plasencia, por favor.

—¿Para cuándo lo quiere?

—Para hoy mismo, en el primer autobús que salga.

—Para la ida tiene uno que sale dentro de quince minutos. Para el regreso dispone de dos opciones: a las seis y cuarto o a las siete y media de la tarde.

—Prefiero la segunda.

—Aquí tiene. Son dieciocho euros con veinticuatro céntimos.

Entregó un billete de veinte euros, recogió el cambio y se dirigió al andén de salida.

A los pocos minutos llegó un moderno autocar. Algunos pasajeros descendieron para estirar las piernas y otros aprovecharon para entrar en la estación.

—Salimos en diez minutos. Les ruego que no se demoren —indicó el conductor en voz alta.

Cuando regresaron los viajeros, se abrió el acceso al vehículo. Teresa buscó el asiento que figuraba en su billete. Se quitó el abrigo, lo dobló cuidadosamente y lo colocó en el portaequipajes situado sobre su cabeza.

—¿Me deja pasá, señora? —preguntó una mujer mayor a modo de saludo—. Si no le importa, me pongo yo al lao de la ventana —sugirió la anciana, que era de carnes generosas.

Teresa sonrió con amabilidad.

—No se preocupe, por mí no hay ningún inconveniente.

—Gracias, hija.

—¿Estamos todos? —preguntó el conductor desde el pasillo.

Al interpretar el silencio general como una respuesta afirmativa, accionó el mando de las puertas, comprobó los retrovisores e incorporó el autocar a la carretera.

—¿Va usted a Plasencia? —preguntó la anciana con la clara intención de romper el hielo.

—Sí. Voy a visitar a mi gran amor.

—Yo soy plasenciana, ¿sabe usted? No estoy mu acostumbrá a viajá y estos trayectos me ponen de los nervios. Ahora vengo de pasar un mes en casa de mi hijo, que vive en Miranda de Ebro... ¿A ver a su amor me ha dicho? ¿Y todavía no se ha casado, con los años que tiene?

—Bueno, en realidad, más que verlo voy a visitarlo, porque falleció hace ya mucho tiempo.

—Cuánto lo siento, mujer. La soledad es mu mala —se lamentó la anciana, mudando el tono—. El mi hombre también se me murió hace más de veinte años, después de una larga enfermedad. Me imagino que lo habrá pasado usted mu mal, ¿verdá?

—Sí. La verdad es que cuando regresé junto a mi madre lo pasé realmente mal. Estuve a punto incluso de quitarme la vida —confesó Teresa con el pecho encogido—. Caí en una depresión muy profunda y, de no haber sido por Arturo y por mi madre, estoy convencida de que usted y yo no habríamos coincidido hoy en este autocar.

Hizo una breve pausa antes de continuar, mirando fijamente el paisaje invernal a través de la ventanilla.

—Afortunadamente logré salir de aquel infierno y, desde entonces, todos los años, por San Valentín y por Todos los Santos, regreso a Plasencia para reencontrarme con él. También he de reconocer que, si he llegado hasta hoy y en estas condiciones, ha sido gracias a muchos sacrificios. Un conocido de mi madre intercedió por mí y conseguí una plaza de limpiadora en un colegio. Fregando me gané el sustento hasta hace dieciséis meses, que fue cuando me jubilé.

Sonrió con una mezcla de orgullo y nostalgia.

—Hay que ver lo deprisa que pasa todo. Ya han transcurrido cinco años desde que murió mi querida madre y ocho desde que lo hizo Arturo.

—Sí, asín es la vida, hija. Para cuando te quieres dar cuenta estamos hechos un changarro y ya no valemos para na.

Un tintineo melódico interrumpió la conversación desde los altavoces del vehículo: Din, don, din... din, don, din.

«Señores pasajeros, el coche procedente de Salamanca y con destino a Sevilla va a efectuar su entrada en la estación. Se comunica asimismo que permanecerá estacionado durante quince minutos antes de proseguir su recorrido».

—¡Ah! Fíjese usted si se me ha pasado rápido el tiempo, que ni siquiera me había dado cuenta de que ya estábamos en Plasencia —comentó Teresa, asombrada—. ¿Cómo dijo que se llamaba?

—Carmen. Me llamo Carmen.

—Mucho gusto, Carmen. Encantada de conocerla. Yo soy Teresa —respondió, acercándose para darle dos besos de despedida.

—Igualmente, maja. Que tenga usted un buen regreso a Salamanca.

Se abrieron las puertas del autocar. Mientras Carmen era recibida en el andén por varios familiares, Teresa caminó hacia las escaleras que conducían a la salida principal de la estación placentina. Al alcanzar el último peldaño, alzó la vista hacia el reloj situado sobre la puerta.

—Joder, las dos y veinticinco ya... —murmuró para sí.

Sin perder tiempo, se dirigió hacia la cafetería de la estación.

Tras desprenderse del clásico abrigo de paño azul, Teresa se acomodó en una de las mesas libres.

—Hola, buenas tardes —saludó el camarero—. ¿Qué va a tomar?

—Hola. Tomaré el menú del día.

—¿Y para beber? —preguntó de nuevo, entregándole la carta.

—Un par de botellines de agua, a ser posible del tiempo, sin refrigerar.

Unos minutos después, el camarero regresó con la bebida y un cesto de pan.

—¿Ha decidido ya los platos, señora?

—Sí. Tomaré lentejas estofadas, filete de ternera con patatas y, de postre, una manzana.

Media hora más tarde, Teresa se levantó y se acercó al mostrador. Alzó la mano con timidez para llamar la atención del empleado.

—Por favor, cuando pueda, póngame un café con un poco de leche templada.

El camarero apareció poco después con la taza humeante.

—Aquí tiene su café, señora.

—¿Me dice cuánto le debo?

—Doce euros con cincuenta.

Teresa introdujo la mano en su bolso, sacó un monedero de piel, abrió la cremallera y extrajo un billete de diez euros junto a tres monedas de un euro.

—Quédese con el cambio.

—Muchas gracias, señora. Muy amable.

Al salir de la estación, descendió las escalerillas sujetándose con firmeza a la barandilla metálica. Una vez en la acera, giró hacia la derecha y se dirigió al taxi que aguardaba bajo la marquesina, en primera posición de la parada.

—Hola, buenas tardes —saludó mientras abría la puerta trasera y tomaba asiento.

—Hola. ¿Adónde la llevo?

—A la floristería que está junto al cementerio de Santa Teresa.

A los siete minutos, el vehículo se detuvo frente al establecimiento.

—¿Qué le debo, conductor?

—Seis euros.

Teresa rebuscó entre la calderilla de su monedero, le entregó el importe exacto al taxista y se despidió antes de empujar la puerta de la floristería.

—Hola, buenas tardes.

El rostro del dependiente se iluminó de inmediato entre la sorpresa y la alegría.

—¡Hombre! ¿Qué tal? ¿Ya está usted de vuelta por aquí?

Teresa sonrió con ternura.

—Sí, aquí estamos, hijo. Para no perder la costumbre.

El joven salió de detrás del mostrador con los brazos abiertos para darle dos besos.

—Lo de siempre, ¿verdad?

Ella asintió con la cabeza.

—Sí, eso mismo.

—Hay que ver lo deprisa que corre el tiempo, ¿verdad, señora Teresa?

—A mí me lo vas a decir, hijo. Apenas andabas cuando te vi por primera vez y ya estás hecho todo un hombre.

—Bueno, pues aquí tiene su encargo. Listo como siempre.

—Déjame un bolígrafo un segundo, por favor.

Con pulso firme, Teresa escribió sobre la tarjeta blanca que pendía de la perfumada rosa roja: «Con todo mi cariño para ti». Eran exactamente las mismas palabras que, muchísimos años atrás, Antonio había escrito de su puño y letra en la nota que acompañaba a aquella rosa de trapo; esa que ella todavía conservaba en su casa de Salamanca como oro en paño.

—Ricardo, ¿qué te debo, hijo?

—Nada, señora Teresa. Esta vez invita la casa. Tómeselo como un pequeño premio a su lealtad y a su constancia de todos estos años.

—Muchas gracias por el detalle, hijo. Tal y como están los tiempos, no está la cosa para andar derrochando. No sé adónde vamos a llegar... Desde que nos cambiaron al dichoso euro, nada ha vuelto a ser igual. Al final va a resultar cierto eso de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.

Ricardo sonrió con profunda indulgencia.

—No se preocupe por nada, mujer. Y muchísimas gracias a usted por seguir visitándonos año tras año.

—Bueno, hijo, no te entretengo más, que tendrás faena. Dales muchos recuerdos a tus padres de mi parte.

—Se los daré. Adiós, señora Teresa. Cuídese mucho.

—Adiós, hijo.

Al cruzar la entrada del cementerio, Teresa notó cómo se le aceleraba el corazón. De pronto, el abrigo de paño parecía pesarle demasiado. Apresuró el paso para llegar cuanto antes a la galería número tres. Recorrió el pasillo central con la vista fija en la segunda fila de nichos, buscando el lugar exacto donde descansaban Antonio y sus padres.

Apenas le faltaban unos metros cuando comenzaron a aflorar las primeras lágrimas. Esta vez, sin embargo, no eran lágrimas de rabia ni de dolor rancio, sino de pura paz. Con el paso de los años había comprobado que el tiempo —y solo el tiempo— posee la milagrosa capacidad de suavizar las heridas más profundas y convertir el sufrimiento en una ausencia soportable.

«Aquí me tienes de nuevo, cariño mío. ¿De verdad creíste que podrías librarte de mí así como así? Y no será porque no te lo advertí infinidad de veces: que tú, y solo tú, eras y serías el único amor de mi vida».

Mientras desgranaba aquellos pensamientos en su mente, pasó con delicadeza un pañuelo de hilo sobre la pulcra lápida para retirar el polvo acumulado en las fotografías. Después, besó repetidamente el cristal de las imágenes y comenzó a recitar, en un susurro apenas audible, las oraciones que había aprendido durante su infancia en el colegio de monjas.

Al terminar, retiró con cuidado la marchita y quebradiza rosa que ella misma había dejado meses atrás entre el exuberante ramo de flores artificiales. El hecho de que los familiares de Antonio mantuvieran el ramo limpio hasta su regreso la hacía sentirse de algún modo respetada; sin embargo, desde el mismo instante en que abandonó el sepelio de su marido sin despedirse de nadie, había perdido cualquier interés por volver a relacionarse con los Hinojal.

A quien sí visitaba de corazón cada vez que regresaba a la ciudad era a Evaristo. El entrañable anciano se había trasladado a "vivir" definitivamente junto a sus antiguos vecinos apenas dos meses después que Antonio; precisamente el día de San Fulgencio, el patrón de Plasencia.

«Bueno, cariño mío. Muy a mi pesar, tengo que marcharme ya. Pero tú mejor que nadie sabes que el autocar, al igual que el tiempo, sigue su rumbo sin detenerse por nadie».

Cumpliendo con aquel estricto protocolo íntimo de encuentros y despedidas que había mantenido durante casi dos décadas, Teresa dio media vuelta y emprendió el camino hacia la salida del camposanto.

Al llegar a la altura del arroyo Niebla, giró a la derecha y continuó su regreso hacia la estación de autobuses a través del paseo que comunicaba el remodelado paraje del Cachón con el entorno reestructurado de La Isla, el lugar de esparcimiento por excelencia de los placentinos desde tiempos inmemoriales. Al cruzar el puente del Río Chico, se detuvo un instante y volvió la vista atrás para recorrer con la mirada las siluetas de la ciudad.

—Hay que ver lo cambiada y lo bonita que está Plasencia —reconoció para sí misma mientras contemplaba el paisaje invernal.

Permaneció inmóvil unos segundos más antes de reanudar la marcha. Diez metros más adelante, volvió a detenerse. Miró a ambos lados de la travesía de la N-110 y, tras comprobar que no circulaba ningún vehículo, cruzó con rapidez la calzada para acceder directamente a la estación. Poco le importó que el tránsito de peatones estuviera restringido en ese punto exacto; le parecía un absurdo soberano tener que dar un rodeo enorme para llegar a una entrada situada a escasos metros.

Una vez en los andenes, consultó la hora en su muñeca y comprobó que todavía faltaba media hora para la salida de su autobús. Se acercó a una máquina expendedora, introdujo las monedas, pulsó el botón correspondiente a una botella de agua y se sentó en uno de los bancos de madera a esperar.

Diez minutos después, la megafonía volvió a resonar con fuerza bajo la techumbre metálica de la estación: Din, don, din... din, don, din.

«Señores pasajeros, el coche procedente de Sevilla y con destino a Salamanca va a efectuar su entrada en la estación. Asimismo, se comunica que permanecerá estacionado durante quince minutos antes de proseguir su recorrido».

Teresa se puso en pie con parsimonia, caminó de nuevo hacia la máquina y compró una segunda botella de agua para el viaje. Después, se dirigió al autocar, subió a bordo, se desprendió del abrigo y tomó asiento en la plaza asignada.

Tan puntual como el mismísimo Abuelo Mayorga desde la torre del Ayuntamiento, el conductor accionó el mecanismo de cierre de las puertas, comprobó los espejos retrovisores e inició la maniobra de salida para enfilar el itinerario de vuelta.

Nada más incorporarse a la autovía A-66, Teresa recurrió a lo que ya se había convertido en una dulce costumbre cada vez que el tedio del viaje hacía acto de presencia: recordar detalladamente las historias que Antonio le había contado durante años y revivir cada uno de los momentos que compartieron juntos en el barrio de la Data, sin necesidad ya de apartar de su memoria el triste desenlace de su historia.

Sumergida en el eco de aquellos recuerdos, el autocar entró en Salamanca sin que ella apenas fuera consciente del paso del tiempo ni de los kilómetros recorridos.

Al apearse en la estación salmantina, notó el brusco descenso de la temperatura de la meseta. Se subió la bufanda de lana hasta cubrirse la nariz y comenzó a caminar hacia su casa con paso firme, erguida y serena.

«Tengo las pilas recargadas hasta la próxima cita. El uno de noviembre, si Dios quiere», pensó para sus adentros.

Y mientras avanzaba por las calles empedradas de la ciudad bajo el frío del atardecer, comprendió una vez más que el amor verdadero no desaparece con la muerte ni con el implacable paso de los años; simplemente, se aprende a convivir con la ausencia.


FIN