viernes, 30 de octubre de 2026

EL GRAN FRAUDE DE LOS GURÚS DE TIKTOK...

 


EL GRAN FRAUDE DE LOS GURÚS DE TIKTOK…

De la falsa opulencia a los tribunales


El sol del atardecer madrileño se filtraba por los ventanales de un piso de alquiler vacacional en el barrio de Salamanca. Sobre la mesa de cristal se amontonaban tres portátiles, dos vasos de café frío y un puñado de facturas que nadie parecía dispuesto a revisar. En las pantallas parpadeaban gráficos de Shopify, métricas publicitarias y balances que, examinados sin detenimiento, podían hacerse pasar por los de una empresa en plena expansión.

Frente a la lente del iPhone, sin embargo, la habitación alquilada en Madrid desaparecía para dar paso a una terraza panorámica con vistas al horizonte nocturno de Dubái. El croma era casi impecable; solo un imperceptible fallo de iluminación desdibujaba el hombro de la americana de lino de Marc.

—Un poco más a la izquierda —indicó Jordan, ajustando el trípode—. Si te pegas demasiado a la pantalla verde, pareces un fantasma.

Marc obedeció. Tenía veintinueve años y una habilidad que no figuraba en ninguno de sus cursos: sabía convertir sus inseguridades en una expresión de incontestable autoridad. Antes de cada grabación necesitaba unos segundos para borrar de su rostro el cansancio, la presión de las deudas y esa sensación, cada vez más recurrente, de encarnar a un personaje en el que ni él mismo creía.

—¿Listo? —preguntó Jordan.

Marc miró fijamente el objetivo, inspiró hondo y dibujó una sonrisa.

—¿Mientras tú estás atrapado en el metro camino de un trabajo que detestas, yo acabo de cerrar otra venta desde mi terraza en Dubái? —comenzó, señalando el fondo digital—. Mi tienda de dropshipping acaba de facturar tres mil euros en solo dos horas. Y no, no estoy presumiendo; te estoy mostrando lo que ocurre cuando dejas de vender tu tiempo y empiezas a construir un sistema.

Sacó un fajo de billetes de cincuenta euros y lo abanicó ante la cámara. El efectivo procedía de un cajero cercano y debía ingresarse de nuevo en la cuenta al terminar el rodaje.

—El dinero trabaja para mí. Tú decides si quieres seguir enriqueciendo a tu jefe o empezar a edificar tu libertad financiera. Solo quedan cinco plazas para mi mentoría privada. Tienes el enlace en la biografía. No dejes que el miedo decida tu futuro.

Giró el teléfono hacia la pantalla del ordenador. El panel de control de Shopify exhibía una cifra en constante ascenso: doce mil cuatrocientos cincuenta euros de facturación diaria.

—Corta —dijo Jordan.

Marc sostuvo la sonrisa un instante más antes de dejar caer la rictus.

—¿Cuánto nos queda este mes?

Jordan posó el móvil sobre la mesa.

—¿De la tienda?

—¿De qué va a ser?

Jordan abrió una hoja de cálculo. No necesitaba repasarla; se sabía los números de memoria.

—Siete mil en anuncios, casi cuatro mil en producto, comisiones, devoluciones y varios contracargos. Hemos tenido incidencias con los envíos y la tasa de conversión ha caído.

—Eso ya lo sé. ¿Cuánto queda limpio?

Jordan hizo una pausa deliberada.

—Trescientos euros. O tal vez menos.

Marc se frotó los ojos. La tienda que exhibía como prueba irrefutable de su éxito arrojaba pérdidas. Los anuncios compraban tráfico que apenas convertía y las devoluciones devoraban los escasos márgenes. Llevaban meses testeando productos, cambiando de proveedores y reestructurando campañas sin dar con una fórmula estable.

—Podríamos cerrar la tienda —propuso Marc.

Jordan lo miró como si sugiriera saltar por la ventana.

—¿Cerrar? ¿Y qué les decimos a los de Discord?

—Que no funciona.

—¿Y quién va a reembolsar los mil euros de las mentorías?

Marc guardó silencio. Jordan se aproximó a la mesa y bajó el tono.

—Escúchame. La tienda no es el negocio; nunca lo ha sido. Es la fachada. La gente no compra un producto que ni conoce; compra la posibilidad de convertirse en alguien como tú. Compra la estética, el reloj, el coche, la idea de levantarse sin alarma y no volver a fichar en una oficina.

—Pero no somos eso.

—Todavía no —repuso Jordan señalando el teléfono—. Ese vídeo nos va a traer alumnos. Las mentorías sí dejan margen limpio. Veinte alumnos a mil euros son veinte mil de ingresos. Y eso sin contar las suscripciones recurrentes de la comunidad.

Marc contempló el fajo de billetes. Recordó que, tres años atrás, había abierto su primera tienda con apenas cuatrocientos euros ahorrados de su sueldo como dependiente. Había pasado noches enteras devorando tutoriales gratuitos, convencido de que el comercio electrónico era su billete de salida. Al principio había ganado algo de dinero, pero pronto llegaron los costes publicitarios desorbitados, la competencia encarnizada y los productos que caducaban comercialmente en cuestión de días.

No todo había sido mentira, y eso era precisamente lo que más le costaba asimilar. Había adquirido conocimientos reales sobre publicidad, páginas de conversión y comportamiento del consumidor; sin embargo, fue incapaz de levantar el imperio comercial que pregonaba. En lugar de asumir ese abismo, optó por monetizar la brecha entre la realidad y la ficción.

—¿Y si alguien pregunta por los beneficios netos? —murmuró.

—Les enseñas la facturación bruta. La gente oye cincuenta mil euros y desconecta el sentido crítico.

El timbre interrumpió la conversación. Era Davie, otro colaborador de la red de infoproductos. Entró con el teléfono en la mano y el rostro tenso.

—Tenemos problemas con los afiliados.

Jordan suspiró.

—¿Otra vez?

—Tres alumnos dicen que no han cobrado las comisiones prometidas. Otros se quejan de que el curso recicla información disponible gratis en YouTube. Y hay dos que exigen la devolución del dinero.

—Diles que revisen los términos de contratación —respondió Jordan.

—Ya lo han hecho. Uno asegura que va a ir a Consumo y el otro ha consultado a un abogado.

Marc se levantó y se acercó al ventanal. Abajo, el tráfico fluía entre bocinas y semáforos. Por un instante sintió envidia de los transeúntes que caminaban sin la carga de interpretar un papel.

—Aplica el argumentario habitual —ordenó finalmente—. Recuérdales que el método exige disciplina y que nadie obtiene resultados sin esfuerzo.

Davie lo miró con incomodidad.

—Marc, uno de esos chavales ha empleado el dinero que sus padres le dieron para la matrícula universitaria.

—Yo no le obligué a comprar.

La frase brotó demasiado deprisa. Marc lo supo en cuanto la pronunció. Davie guardó silencio.

—No le hemos obligado —reiteró Jordan, esta vez con menos aplomo—. Ha aceptado las condiciones al pagar.

—En los vídeos aseguramos que se recupera la inversión en treinta días —replicó Davie—. A veces lo damos por seguro.

Jordan se encogió de hombros.

—En los términos legales no garantizamos resultados. Eso está obviamente claro.

—Pero en los vídeos sí.

—Los vídeos motivan; no son contratos.

Davie alternó la mirada entre sus dos socios. Se había sumado al proyecto por necesidad económica. No era un experto en comercio electrónico, pero editaba vídeo con soltura y había descubierto que los anuncios con coches deportivos y frases provocadoras captaban más atención que cualquier explicación técnica. Al principio se convenció de que solo ayudaba a comercializar formación; ahora empezaba a sospechar que esa autojustificación solo le servía para conciliar el sueño.

—No sé cuánto tiempo podremos sostener esto —admitió.

—El suficiente —sentenció Jordan.

Dos semanas después, Sergio recibió una notificación bancaria que le recordó el saldo real de su cuenta. Tenía veintidós años, estudiaba Economía y daba clases por las tardes en una academia para costearse sus gastos. Había adquirido la mentoría de Marc tras seguirlo durante meses en TikTok.

No era un joven ingenuo. Sabía que la publicidad exagera y que las redes ofrecen parcelas seleccionadas de la realidad. Lo que terminó por convencerlo no fue el reloj dorado de Marc ni el supuesto apartamento en Dubái, sino una combinación de testimonios, capturas de pantalla y explicaciones de apariencia técnica.

Además, tenía prisa. Su padre enlazaba contratos temporales precarios y su madre había empezado a limpiar oficinas por las noches. Sergio deseaba aportar ingresos en casa y demostrar que la vía universitaria no era el único camino para construir un futuro. La promesa de generar ingresos mientras continuaba sus estudios se le presentó como una oportunidad razonable.

Había pagado mil euros por la mentoría y destinado cuatrocientos más a campañas publicitarias. Tras tres semanas de trabajo, había registrado una única venta de cuatro euros.

Al principio supuso que había parametrizado mal las campañas. Luego creyó haber seleccionado el producto equivocado. Repasó los módulos del curso, replicó las plantillas y relanzó las campañas; el resultado fue idéntico.

Cuando expuso su situación en el canal privado de Discord, recibió una respuesta directa de Marc:

El sistema no falla. Si no obtienes resultados, el problema es tu mentalidad. Los ganadores no abandonan cuando surgen dificultades; redoblan la inversión.

Sergio leyó el mensaje varias veces. Sintió vergüenza, aunque no sabía exactamente de qué. Le avergonzaba haber perdido sus ahorros, haber sucumbido a una promesa y haber discutido con su novia cuando ella le advirtió de que la propuesta no encajaba.

Durante días evitó abordar el asunto en casa. Les dijo a sus padres que el dinero estaba invertido y que requería un margen de tiempo. Después, al comprender que no recuperaría lo gastado, decidió afrontar la verdad.

Su padre no gritó. Aquello resultó más doloroso. Se sentó frente a él en la cocina, apoyando las manos sobre la mesa.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

Sergio bajó la mirada.

—Porque pensaba que podía solucionarlo.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que me han engañado.

Su padre tardó en responder.

—Tendremos que averiguar qué ha pasado. Pero no vuelvas a esconderte por vergüenza. La vergüenza no te va a devolver el dinero.

Esa noche, Sergio recopiló los mensajes, descargó las facturas y guardó capturas de los anuncios que lo habían llevado a comprar el curso. También descubrió algo que le había pasado desapercibido: una versión antigua de un vídeo de Marc, resubida por una cuenta de afiliados, en la que se garantizaba que los alumnos alcanzarían facturaciones de cinco cifras antes del verano. En la página web oficial, en cambio, la redacción era mucho más ambigua.

Sergio empezó a comprender que esa discrepancia no era fruto del azar.

El siguiente directo de Marc congregó a más de tres mil personas. Jordan moderaba los comentarios y bloqueaba a los usuarios que preguntaban por reembolsos.

—¡Familia! —exclamó Marc, exhibiendo su reloj dorado—. Solo quedan dos plazas para la mentoría Élite. Si quieres transformar tu vida, escribe «ÉXITO» en los comentarios y mi equipo te enviará el enlace.

El contador de espectadores subía. Marc sentía cómo la euforia habitual de las emisiones disipaba sus inquietudes. Frente a la cámara, todo volvía a parecer bajo control.

Jordan dio paso a un usuario que había solicitado intervenir.

—Tienes micro, hermano —anunció Marc—. Cuéntanos cuál es tu bloqueo mental.

—No tengo ningún bloqueo, Marc. Quiero hacerte unas preguntas concretas sobre el negocio.

El joven era Sergio. Tenía los puntos anotados en una libreta, aunque no necesitó leerlos.

—Primera: ¿puedes mostrar el beneficio neto de tu tienda y no la facturación bruta de Shopify? Las ventas no sirven de nada si no descuentas anuncios, coste de producto, comisiones y devoluciones.

La sonrisa de Marc se sostuvo, pero su mandíbula se tensó.

—Esos son datos confidenciales de mis sociedades. No tengo por qué rendir cuentas a un desconocido.

—De acuerdo. Segunda: si tu sistema funciona de forma automatizada y genera ingresos tan elevados, ¿por qué dedicas tantas horas a grabar vídeos y vender mentorías?

—Porque mi propósito actual es impactar y ayudar a otros emprendedores. No todo se reduce al dinero.

En el chat comenzaron a multiplicarse los mensajes de respaldo a Sergio. Jordan intentó contener la corriente bloqueando usuarios, pero el ritmo de los comentarios desbordó la moderación.

—Tercera pregunta —prosiguió el estudiante—: ¿cuánto cuesta captar una venta? Porque facturar cincuenta mil euros gastando cuarenta y ocho mil en anuncios no convierte un negocio en una mina de oro.

Marc se inclinó hacia la cámara.

—Eso demuestra que no entiendes el comercio electrónico. Los márgenes varían según el producto, la estacionalidad y la estrategia.

—Puede ser. Por eso te pido los datos netos.

Tras un breve silencio, Sergio continuó:

—Cuarta: ¿por qué las condiciones de tu mentoría excluyen las devoluciones una vez que se accede a Discord, incluso si el alumno considera que la publicidad no se corresponde con el contenido real?

—Porque el acceso al material digital es inmediato. Es un servicio prestado.

—La cuestión es qué se promete antes de pagar, no solo lo que figura en la letra pequeña tras la compra.

Marc miró a Jordan. El moderador le hizo una señal imperiosa para cortar la llamada.

—Y la última pregunta —dijo Sergio—: ¿por qué en varios vídeos se garantiza que los alumnos facturarán cinco cifras antes del verano, mientras que en la web oficial se especifica que los resultados no están garantizados?

Marc dejó de sonreír.

—Porque la gente como tú busca excusas para no ejecutar. Siempre hay quien prefiere criticar a quienes logran resultados.

—No critico tu éxito; pido pruebas de lo que vendes.

El comentario permaneció fijado en la pantalla unos segundos antes de que Jordan silenciara el micrófono.

—Este directo no es un interrogatorio —espetó Marc—. Aquí venimos a aportar valor, no a alimentar la negatividad. Bloquéalo.

La imagen de Sergio desapareció, pero el clima de la emisión había cambiado por completo. Diversos espectadores habían grabado el fragmento. En el chat, otros usuarios comenzaron a exigir datos sobre beneficios netos, garantías y devoluciones. El contador de audiencia comenzó a descender de forma sostenida.

Marc interrumpió la transmisión.

—¿Por qué has dejado entrar a ese tío?

Jordan se quitó los auriculares.

—Parecía un alumno normal.

—A la próxima verificas quién pide paso.

—No podemos filtrar a todo el mundo.

Marc se quitó el reloj y lo dejó caer sobre la mesa. El metal golpeó el cristal con un sonido seco.

—Nos ha destrozado la semana.

Jordan tardó en responder.

—El problema no es Sergio —dijo al fin—. El problema es que la gente ha empezado a hacer preguntas que no podemos responder con datos.

En los días posteriores, las dudas dejaron de ser un hecho aislado. Diversos alumnos solicitaron aclaraciones sobre los resultados prometidos en los vídeos; otros exigieron facturas detalladas y tramitaron reclamaciones. En los canales privados comenzaron a circular capturas, audios y versiones archivadas de las campañas publicitarias.

Davie recibió la llamada de un antiguo comprador.

—Me dijiste que ganaría dinero desde el primer mes —le recriminó el joven—. Compré la mentoría porque confiaba en ti.

—Yo no diseñé el programa —se justificó Davie.

—Pero tú publicaste los vídeos.

Davie no encontró una respuesta que no sonara a pretexto. Al colgar, abrió una carpeta en su ordenador donde almacenaba los materiales promocionales, las guías para afiliados y las distintas versiones de los anuncios. Encontró un documento interno que detallaba qué expresiones debían emplearse para transmitir solvencia y cuáles debían omitirse en las páginas oficiales.

Entre las primeras figuraban términos como «ingresos garantizados», «resultados en treinta días» y «libertad financiera inmediata». Entre las segundas, «riesgo de pérdida», «rentabilidad variable» y «sin garantía de resultados». El manual instaba a volcar la artillería publicitaria en los perfiles de los afiliados y blindar la web corporativa con las cláusulas de exención.

Davie cerró el archivo. Se quedó inmóvil unos minutos, escuchando el zumbido del ventilador del equipo. Podía eliminar el material y fingir que nunca había existido, o podía conservarlo y asumir que, llegado el momento, tendría que dar explicaciones.

No tomó una decisión esa noche, pero realizó una copia de seguridad.

La primera reclamación formal llegó a través de una asociación de consumidores, seguida pronto por otras. Las experiencias guardaban patrones similares: compradores decepcionados con el contenido, alumnos que denunciaban promesas engañosas de rentabilidad y afiliados que afirmaban no haber percibido las comisiones acordadas.

Las disputas iniciales sobre la calidad del servicio dieron paso a un interrogante más grave: si las promesas publicitarias formaban parte de un esquema deliberado para captar pagos que la organización sabía incapaz de respaldar con resultados reales.

Sergio presentó su documentación con el apoyo de su familia. No esperaba un reembolso inmediato; pretendía que un órgano independiente examinara los anuncios, las condiciones contractuales y las comunicaciones recibidas.

La denuncia no determinaba la culpabilidad de Marc, pero abrió una investigación judicial orientada a contrastar las versiones, identificar a los responsables de las publicaciones y dilucidar la relación entre las cuentas difusoras de las promesas y la mercantil que facturaba las mentorías.

Los investigadores requirieron documentación comercial, examinaron los intercambios aportados por los denunciantes y analizaron los flujos económicos por las vías legales correspondientes. Asimismo, reconstruyeron la actividad de la red de afiliados para determinar quién emitía las directrices de comunicación.

Marc tuvo conocimiento de las diligencias a través de su letrado.

—Esto no implica una condena automática —le advirtió el abogado en su primer encuentro—, pero tampoco podemos tratarlo como un simple conflicto de consumo. Necesito los contratos, las facturas, todas las versiones de los anuncios y las comunicaciones internas. Todo.

—Los términos de servicio son claros —sostuvo Marc—. Vendemos un servicio formativo.

—Eso no agota el análisis. Si la publicidad promete prestaciones que la mercantil sabe irrealizables, habrá que examinar qué se afirmó, quién lo hizo y con qué grado de conocimiento. Y si existen indicios de que los afiliados actuaban bajo vuestras directrices, habrá que valorarlo.

Jordan intervino:

—Esas cuentas no son nuestras; pertenecen a terceros independientes.

El abogado lo miró fijamente.

—¿Quién les facilitaba los recursos audiovisuales?

Jordan no contestó.

—¿Quién les indicaba qué argumentos publicar?

Marc se reacomodó en la silla.

—Eran meras pautas de marketing.

—Entonces habrá que examinarlas.

Al salir del despacho, Marc intuyó por primera vez que había perdido el control del relato. Durante años había decidido qué mostrar, qué omitir y cómo neutralizar las críticas. Ahora, terceros ajenos al sector analizaban de manera sistemática las piezas que él había mantenido cuidadosamente separadas.

Aquella noche no grabó ningún contenido.

El otoño de 2026 llegó a Madrid acompañado de lluvias persistentes. El piso del barrio de Salamanca dejó de ser su plató habitual. Las grabaciones se paralizaron, varios afiliados clausuraron sus perfiles y la facturación de las mentorías se desplomó.

Davie recibió una citación para declarar. Antes de acudir, se asesoró con su letrado y aportó parte de la documentación que custodiaba. Explicó el proceso de producción de los vídeos, las directrices trasladadas a los afiliados y la disociación deliberada entre las promesas vertidas en redes y las limitaciones incluidas en las pasarelas de pago.

Su testimonio no cerraba la causa, pues requería cotejo con las pruebas documentales y los demás testimonios, pero permitió a los investigadores acotar la estructura comercial del negocio.

Marc consideró el gesto una traición personal.

—Te hemos mantenido durante dos años —le recriminó a Davie por teléfono.

—Me pagaste por editar vídeos que prometían lo que no podíamos respaldar.

—Tú aceptaste el trabajo.

—Sí —admitió Davie tras una pausa—. Y no pretendo eludir mi parte de responsabilidad.

Aquel reconocimiento irritó a Marc más que cualquier descalificación. Necesitaba que Davie actuara como un oportunista o un traidor; cualquier categoría que le permitiese percibirse como víctima de un complot. Le resultaba insoportable que alguien asumiera su culpa sin absolverlo a él en el proceso.

La instrucción se prolongó durante meses. Los peritos analizaron las métricas de las tiendas presentadas como casos de éxito y las contrastaron con los costes de adquisición, devoluciones y pagos a proveedores. Se determinó que varias capturas difundidas en redes no reflejaban el rendimiento neto real, sino facturaciones brutas que ocultaban gastos superiores a los ingresos generados.

El análisis contable de la tienda principal de Marc reveló pérdidas acumuladas. La actividad que exhibía como fuente de un estilo de vida acomodado no había generado los rendimientos insinuados en sus vídeos. La mayor parte de sus ingresos provenía, en realidad, de la venta de mentorías y de las cuotas de acceso a la comunidad privada.

Esa circunstancia no convertía por sí sola la venta de formación en un ilícito penal. El núcleo del debate radicaba en dilucidar si se habían empleado promesas falsas de manera consciente para captar clientes y si los gestores conocían la distancia entre lo anunciado y la realidad operativa.

Los mensajes internos, la trazabilidad de las campañas y los testimonios comenzaron a conformar un cuadro difícil de justificar como mera exageración publicitaria.

El proceso judicial siguió su curso formal entre declaraciones, escritos de las partes, requerimientos documentales y debates sobre la validez de las pruebas. La defensa sostuvo que los clientes habían adquirido un servicio formativo cuyo aprovechamiento dependía de la ejecución individual de cada alumno. La acusación, por su parte, argumentó que no se juzgaba el fracaso comercial ni la calidad del curso, sino el uso deliberado de engaños bastantes para inducir a actos de disposición patrimonial.

El día del juicio oral, la sede judicial carecía del brillo artificial de los escenarios digitales. En los pasillos se concentraban familias con carpetas, jóvenes consultando sus teléfonos y abogados repasando escritos. Varios perjudicados se habían desplazado desde otras provincias; otros estuvieron representados por sus letrados.

Sergio se sentó junto a sus padres. Llevaba la libreta donde había anotado las preguntas para el directo. Ya no necesitaba consultarla, pero la conservaba como testimonio de la distancia entre la ilusión inicial y la realidad contrastada.

En la sala, la defensa de Marc argumentó que la mercantil extranjera que facturaba las mentorías era una entidad legalmente constituida y que los contenidos formativos se habían puesto a disposición de los usuarios. Sostuvo que la divergencia entre las expectativas de los clientes y los resultados obtenidos no constituía un indicio de estafa.

La acusación expuso la operativa global del negocio. Exhibió las promesas difundidas en redes, las guías destinadas a los afiliados y las discrepancias entre las cifras publicitadas y los informes contables elaborados por los peritos.

El fiscal relacionó las publicaciones con los mensajes internos que, según sostuvo, acreditaban una estrategia planificada de captación. La defensa cuestionó la contextualización de las comunicaciones y la interpretación de los datos contables, dejando en manos del tribunal la valoración conjunta de la prueba.

Uno de los momentos determinantes de la vista fue la declaración de Davie.

—¿Sabía usted que en determinados vídeos se garantizaban rendimientos económicos concretos? —inquirió el fiscal.

Davie miró brevemente a Marc antes de responder.

—Sí.

—¿Quién autorizaba esas campañas?

—Marc definía el argumentario principal. Jordan coordinaba la distribución y la red de afiliados. Yo editaba y adaptaba los materiales.

—¿Se trataba de afirmaciones sustentadas en datos reales?

Davie tragó saliva.

—No. No disponíamos de métricas que permitiesen garantizar esos resultados.

El abogado defensor lo interrogó a continuación sobre su participación y los incentivos que le llevaron a colaborar con la justicia. Davie admitió haber percibido comisiones y haber participado por necesidad económica, sin intentar presentarse como una víctima exenta de culpa.

—¿Por qué no abandonó la estructura cuando comenzó a dudar de la veracidad de las promesas? —le preguntaron.

Davie tardó en responder.

—Porque obtenía ingresos con ello. Porque prefería pensar que el fracaso era responsabilidad de los alumnos por no saber vender. Y porque, mientras las campañas convertían, siempre encontraba un pretexto para no mirar más de cerca.

Su declaración no lo exoneraba, pero aportó luz sobre el mecanismo de autojustificación que había permitido mantener la operativa.

A continuación, el perito informático detalló el análisis de las evidencias digitales. Explicó que las capturas de las tiendas no constituían prueba de beneficios reales, pues algunas habían sido alteradas y otras mostraban períodos aislados de facturación bruta sin computar los costes asociados. La contabilidad auditada acreditó que la tienda principal de Marc había cerrado el ejercicio analizado con pérdidas significativas. El perito diferenció entre ingresos por ventas, costes operativos y beneficio neto, aclarando por qué no resultaban conceptos intercambiables.

Sergio escuchó la comparecencia sin apartar la mirada del estrado. Recordó las noches invertidas en replicar las plantillas, convencido de que la falta de resultados obedecía a su propia incapacidad. Lo que más le dolía no eran únicamente los mil cuatrocientos euros perdidos, sino haber aceptado que la ausencia de ventas demostraba una minusvalía personal.

Marc permaneció impasible mientras se exponían los datos. En otro tiempo habría intervenido para argumentar que el marketing requiere inversión, que los márgenes oscilan según la temporada y que el volumen bruto es el indicador relevante. Ahora, cada respuesta debía ceñirse a preguntas concretas y ser cotejada con la documentación aportada.

En su turno de declaración, sostuvo que nunca había forzado a nadie a contratar sus servicios. Afirmó que sus vídeos divulgaban una filosofía emprendedora y que los alumnos eran los únicos responsables de sus decisiones comerciales.

El fiscal le exhibió una conversación interna en la que se debatía qué afirmaciones debían reservarse para los afiliados y qué matices debían figurar en la web oficial.

—¿Reconoce este intercambio de mensajes?

—No recuerdo el contexto exacto.

—¿Reconoce su usuario en la plataforma?

Marc examinó el documento.

—Sí.

—¿Puede explicar por qué se recomendaba emplear garantías explícitas de ingresos en las publicaciones de captación y omitirlas en las condiciones contractuales?

Marc se remitió a estrategias de marketing, lenguaje motivacional y la distinción entre impactos publicitarios e información contractual.

Jordan, por su parte, reiteró que los afiliados operaban de forma autónoma. No obstante, diversos mensajes mostraron que se les facilitaban piezas editadas, textos promocionales y consignas precisas para difundir los mensajes más agresivos. El debate no radicaba únicamente en la autoría de la publicación, sino en la concepción y dirección de la campaña publicitaria.

En el exterior del edificio, las familias aguardaban el desenlace. Algunas habían perdido sumas modestas; otras habían comprometido sus ahorros o recurrido al crédito para costear las mentorías y el gasto publicitario. No todos los casos presentaban el mismo perjuicio ni el mismo fundamento jurídico, pero compartían la constatación de que se les había atribuido el fracaso como una deficiencia personal, cuando las promesas iniciales carecían de sustento real.

La sentencia se dictó tras la valoración del conjunto de la prueba. El fallo no calificó de ilícito todo servicio formativo digital ni consideró fraudulento cualquier incumplimiento de expectativas comerciales, sino que delimitó su conclusión a los hechos acreditados en la causa.

El tribunal concluyó que las afirmaciones sobre rentabilidad habían rebasado la mera exageración publicitaria para integrarse en una estrategia deliberada de engaño. Valoró los mensajes internos, la estructura de difusión y los informes contables como elementos de una misma operativa orientada a la captación de fondos.

Marc y Jordan fueron condenados como autores de un delito continuado de estafa agravada en concurso con un delito relativo al mercado y a los consumidores por publicidad engañosa. La resolución impuso penas de prisión y las correspondientes indemnizaciones civiles a favor de los perjudicados reconocidos.

Davie recibió una pena menor atendiendo a su colaboración con la instrucción y a su grado de participación en la difusión de las campañas.

La defensa anunció su intención de recurrir la resolución. Por tanto, la sentencia no cerraba de forma definitiva el recorrido judicial ni garantizaba el resarcimiento inmediato de los afectados, quedando la ejecución de las indemnizaciones supeditada a los trámites correspondientes.

Aun así, para los demandantes la resolución supuso la constatación formal de que el quebranto patrimonial no obedecía a una mala gestión personal o a la falta de aptitud empresarial de los alumnos.

Sergio abandonó la sede judicial junto a sus padres. No celebró el fallo ni sintió que los meses de incertidumbre quedasen plenamente compensados.

—¿Te sientes mejor? —le preguntó su madre.

El joven lo pensó un instante.

—Un poco. Al menos ya no tengo que convencerme de que la culpa fue mía.

Su padre le puso la mano en el hombro. Caminaron hacia la parada del autobús bajo una lluvia fina que comenzaba a cubrir la ciudad. Sergio sabía que aún le quedaba un proceso personal para volver a confiar en su propio criterio y asumir que había querido creer en una promesa porque necesitaba que fuese cierta.

Meses después, Marc regresó por última vez al piso donde había grabado sus primeras producciones. El contrato de arrendamiento expiraba y apenas quedaban enseres sobre la mesa: un cargador, una carpeta de documentación y el reloj dorado que había utilizado en cientos de emisiones.

El croma de Dubái continuaba guardado en el disco duro. Bastaba un clic para devolver a la estancia su apariencia virtual. Durante un segundo, Marc contempló la posibilidad de grabar un último vídeo: presentarse como víctima de una injusticia, cargar contra los detractores y reelaborar el proceso judicial como una nueva narrativa de superación. Era lo que mejor dominaba: transformar cualquier eventualidad en un relato favorable.

Abrió la aplicación de la cámara, pero no inició la grabación.

En la pantalla del teléfono seguía figurando la terraza iluminada de los Emiratos; fuera, los tejados de Madrid permanecían oscurecidos por la lluvia. Marc recordó el primer fajo de billetes, la primera captura manipulada y la primera vez que atribuyó el fracaso de un cliente a su falta de actitud.

No había un momento único en el que todo se hubiese torcido; la deriva había sido gradual. Una exageración para ganar métricas, una promesa para cerrar una venta, un pretexto para justificar una pérdida y una nueva campaña para cubrir los números rojos de la anterior. Cada paso había vuelto irreversible el siguiente.

Apagó el portátil. El reloj dorado quedó sobre la mesa, junto a las notificaciones del juzgado.



©Franizquiero