martes, 29 de septiembre de 2026

LOS BANCALES DEL VALLE DEL JERTE...

 


LOS BANCALES DEL VALLE DEL JERTE…


Crónica de la Apotemnología: el dolor de habitar un cuerpo extraño y la paradoja de la amputación sanadora


La luz del amanecer sobre el valle del Jerte siempre entraba limpia en El Torno, recortando la silueta de la sierra de Gredos sobre un mar de bancales escalonados. Sin embargo, en la cooperativa del pueblo, el ritmo de la campaña agrícola ya no contaba con los brazos de Evaristo. A sus cincuenta y dos años, este jornalero soltero había dedicado cada día de su vida a castigar sus manos y su espalda recogiendo lo que la tierra extremeña ofrecía según el calendario: la finura de las cerezas en primavera, la dulzura de los higos veraniegos, a recogida de castañas entre la hojarasca del otoño y el vareo rudo de la aceituna en invierno. Era un hombre recio, respetado y de pocas palabras. Pero bajo su piel curtida por el sol latía un tormento invisible, una obsesión física y anatómica que lo acompañaba desde los doce años. Evaristo sufría de Apotemnología, conocida clínicamente como Trastorno de la Identidad de la Integridad Corporal (BIID). Su mente, perfectamente lúcida y libre de cualquier psicosis ordinaria, no reconocía su pierna izquierda como propia; para su cerebro, ese miembro era un cuerpo extraño, un parásito carnoso pegado a su tronco que necesitaba, por encima de todas las cosas, ser amputado.

El sufrimiento de Evaristo no nacía del odio a su cuerpo, sino de una asimetría neurológica atroz. Estudios funcionales recientes sugieren que la apotemnología está vinculada a una anomalía congénita en el lóbulo parietal derecho, concretamente en el área que dibuja el mapa somatosensorial del cuerpo. El cerebro de Evaristo tenía trazado un mapa perfecto donde su existencia terminaba exactamente cuatro dedos por encima de la rodilla izquierda. Todo lo que colgaba más abajo no formaba parte de su identidad. Caminar por sus fincas subiendo los empinados bancales era una tortura psicológica explícita: cada vez que su pie izquierdo pisaba la tierra, su cerebro experimentaba una disonancia cognitiva espantosa, como si estuviera moviendo una prótesis de carne ajena y muerta que le habían cosido a la fuerza.

La manifestación de esta condición se volvió insoportable al cumplir los cincuenta, cuando la soledad de su soltería y el cansancio físico agudizaron la obsesión:

A solas en su casa, Evaristo pasaba horas con la pierna izquierda completamente doblada hacia atrás, atada con fuerza a su muslo mediante cinchas de cuero de las que usaba para las caballerías. Colocaba una pierna ortopédica de madera que había comprado de tapadillo por internet o utilizaba unas muletas para moverse por el salón. Solo cuando se veía al espejo con una sola pierna real experimentaba una oleada de alivio absoluto, una sensación de paz y plenitud que le hacía llorar. «Así es como debo ser», se decía.

En los meses de invierno, aprovechando las heladas de la sierra, Evaristo sumergía la pierna izquierda en barreños industriales llenos de hielo y sal gema durante horas, buscando adormecer los nervios por completo. Su objetivo era provocar de manera controlada una necrosis por congelación o una isquemia tisular severa que obligara a los cirujanos del hospital a realizar una amputación de urgencia por motivos puramente médicos.

Al ser un hombre del campo, el acceso a maquinaria agrícola pesada convirtió su delirio en un peligro inminente. Evaristo pasaba las noches en vela en la tejavana, engrasando la vieja motoazada o revisando los discos de corte de la desbrozadora. Estudiaba con precisión anatómica dónde colocar el corte, cuántos torniquetes de presión necesitaría para no desangrarse en el bancal y cuánto tiempo tardaría la ambulancia desde Plasencia para garantizar que el miembro quedara insalvable pero su vida no corriera peligro.

La caída al abismo ocurrió durante la recogida de la castaña en un paraje aislado de El Torno. Incapaz de seguir soportando la presencia de esa pierna intrusa, Evaristo preparó la escena. Colocó un gato hidráulico debajo del eje de su tractor antiguo y metió la extremidad izquierda justo debajo de la enorme rueda dentada. Con un movimiento firme, liberó la válvula de presión. Las dos toneladas del vehículo cayeron de golpe, aplastando el fémur y la rodilla en una fractura abierta y conminuta, un estallido explícito de hueso, músculo y vasos sanguíneos. El dolor físico fue atroz, pero, manteniendo una frialdad espantosa, aplicó un torniquete de cincha de nylon que llevaba preparado en el bolsillo antes de perder el conocimiento debido al shock hipovolémico.

El traslado de urgencia al Hospital Virgen del Puerto de Plasencia salvó su vida. En el quirófano de traumatología, el cirujano jefe observó los restos del miembro destrozado. El tejido muscular estaba completamente desvitalizado y las arterias principales desgarradas de tal forma que cualquier intento de reconstrucción habría provocado una gangrena gaseosa letal. Siguiendo el protocolo de urgencias quirúrgicas, se procedió a la amputación supracondílea de la pierna izquierda, cerrando el muñón de forma limpia a un tercio del muslo.

Cuando Evaristo despertó en la planta de reanimación, vio el espacio vacío debajo de la sábana blanca. Su hermana pequeña permanecía llorando a su lado, rota por la desgracia de verlo mutilado para las labores del campo. Sin embargo, el rostro de él no reflejaba trauma ni dolor. Al contrario, sus constantes vitales se estabilizaron de inmediato y una sonrisa de absoluta liberación iluminó sus ojos cansados.

El protocolo médico postoperatorio en estos casos requiere la intervención inmediata del equipo de enlace de salud mental al sospechar que el «accidente» ha sido provocado debido al historial de consultas previas por ansiedad:


El psiquiatra del hospital confirmó el diagnóstico de apotemnología. El protocolo prohíbe juzgar al paciente o tratarlo como un suicida convencional; el fin de Evaristo no era morir, sino alcanzar la integridad de su identidad corporal mediante la pérdida del miembro sobrante.


Curiosamente, las personas con apotemnología que logran la amputación rara vez desarrollan el dolor de miembro fantasma que sufren los amputados accidentales. El cerebro de Evaristo, al ver que la realidad física por fin coincidía con su mapa parietal interno, dejó de enviar señales de error. Se pautó terapia con gabapentina y técnicas de estimulación con espejo solo como medida preventiva del protocolo dermatológico y neurológico.


El Servicio de Terapia Ocupacional coordinó con los servicios sociales de la comarca del Jerte la adaptación de su rutina. Se le enseñó a moverse con una prótesis adaptada de última generación y se pautó terapia psicológica orientada a gestionar el impacto social del cambio en un entorno rural como El Torno.


  1. Tres años después.

El aire de El Torno olía a lumbre de leña y a la humedad fresca de la sierra. Sentado en una piedra de granito a la entrada de su finca de cerezos, Evaristo contemplaba las laderas del valle salpicadas por los primeros brotes blancos de la primavera. A sus cincuenta y cinco años, ya no caminaba con el andar pesado y asimétrico de antes. Ahora vestía un pantalón vaquero cuyo lado izquierdo terminaba doblado y sujeto con un pulcro imperdible a la altura del muslo.


A un lado del camino descansaba su nueva compañera: una prótesis ligera de fibra de carbono, diseñada específicamente para terrenos abruptos de montaña. Sin embargo, en ese momento, Evaristo prefería estar sin ella, apoyado firmemente sobre su única pierna derecha, sintiendo el agarre real de su bota contra la roca.


La vida en el pueblo había cambiado, pero no de la forma trágica que su familia temía. Evaristo seguía gestionando sus tierras. Había adaptado los mandos de su tractor para poder conducirlo utilizando únicamente el pie derecho y las manos, y contrataba a jornaleros de la zona para las labores de altura durante la recogida de la cereza y la aceituna, reservándose él las tareas de gestión y poda baja. Sus vecinos se habían acostumbrado a ver al contumaz agricultor moverse con una agilidad sorprendente ayudado por sus bastones de treking.


Evaristo alargó la mano, tomó un puñado de tierra del suelo y la dejó resbalar entre sus dedos curtidos. Miró el espacio vacío a su izquierda y sintió, por primera vez en toda su existencia, que su cuerpo estaba completo. La amputación no lo había dejado incompleto; lo había sanado. El persistente y doloroso divorcio entre su mente y su carne había terminado en las salas de operaciones de Plasencia.


Su sobrino llegó con el todoterreno por la pista forestal, tocando la bocina para avisar de que la comida estaba lista en el pueblo. Evaristo se calzó la prótesis con un movimiento mecánico, rápido y preciso, enganchando el encaje de silicona a su muñón sin rastro de dolor. Se puso en pie, equilibró su cuerpo con naturalidad y avanzó hacia el vehículo con paso firme. El valle del Jerte seguía exigiendo el trabajo de sus hombres, y Evaristo, en perfecta paz con su anatomía, estaba listo para seguir dándoselo, caminando por fin como el hombre que su cerebro siempre había sabido que era.