HILOS DE ORO Y ADOBE…
Aracnofobia y redención entre las cuadras y el cereal
La luz de las tres de la tarde caía sobre el Valle del Alagón como una plancha de hierro al rojo vivo. El verano de 1974 apretaba con toda su fuerza y la siega no daba tregua. En los caminos, el polvo se levantaba bajo las ruedas de los carros; en los campos, las espigas maduras inclinaban sus cabezas doradas, y el aire olía a cereal seco, a tierra caliente y a sudor de animal.
Para Manoli, una madrileña de diecinueve años acostumbrada al ruido del metro, a las aceras y a las luces de los escaparates, aquel rincón de Extremadura parecía un mundo detenido en el tiempo. Sus padres la habían enviado a pasar un mes con sus tíos, convencidos de que el aire del campo le sentaría bien. Ella, que había imaginado tardes tranquilas y paseos bajo los árboles, no tardó en descubrir que la vida rural tenía poco que ver con sus expectativas.
La casa de sus familiares era una construcción recia de piedra y adobe, con vigas de castaño y un tejado bajo que parecía guardar el calor incluso durante la noche. La familia vivía en la planta superior; abajo estaba la cuadra, donde descansaban dos mulos y una yegua llamada Castaña, utilizada para las labores del campo. Desde las habitaciones se oían sus resoplidos, el golpeteo ocasional de un casco contra la madera y el rumor de las moscas que entraban y salían por las rendijas.
A Manoli le costaba acostumbrarse al olor del establo, que ascendía por las tablas del suelo y se mezclaba con el de la ropa tendida, el jabón casero y la comida que preparaba su tía Marina. Pero aquello no era lo peor. Su verdadero tormento tenía ocho patas.
La aracnofobia de Manoli no era una simple repugnancia ni una manía que pudiera vencerse con una reprimenda. Bastaba una araña en una esquina para que se le acelerase el pulso, se le secara la boca y sintiera que el aire no llegaba a sus pulmones. Sabía que su reacción podía parecer exagerada a los demás, pero, cuando el miedo se apoderaba de ella, la razón se quedaba al otro lado de una puerta cerrada.
Y aquella casa, con sus vigas oscuras, sus rincones poco iluminados y sus telarañas cubiertas de polvo, parecía construida para ponerla a prueba.
Aquel día, el calor se volvió insoportable. Las moscas zumbaban alrededor de la cama y se posaban en sus brazos, atraídas por el sudor. Cansada de espantarlas con el abanico, Manoli decidió bajar al corral trasero para sacar agua del pozo y refrescarse la nuca. El camino más corto atravesaba el pasillo y descendía por una escalera interior que comunicaba directamente con la cuadra. Se detuvo un instante antes de abrir la puerta.
—Voy, saco el agua y vuelvo —se dijo en voz baja.
Era una manera de darse ánimos. No quería que su tía la viera comportarse como una niña.
Al bajar los primeros escalones, la luz quedó atrás. El aire era algo más fresco, aunque estaba cargado de olor a estiércol, alfalfa y madera húmeda. Los mulos descansaban en sus pesebres, moviendo las orejas para espantar los insectos. Manoli se agarró a la barandilla, procurando no mirar demasiado hacia los rincones. Entonces sintió algo rozándole la cara. Un hilo finísimo, apenas perceptible. Se quedó inmóvil.
Al principio pensó que sería una hebra de polvo o una pelusa desprendida de su ropa. Se pasó la mano por la mejilla, pero el gesto no consiguió tranquilizarla. Miró hacia arriba.
Entre la barandilla y una viga se extendía una telaraña de embudo, tendida sobre una grieta del muro. La seda recogía el polvo y dibujaba una trama grisácea que se confundía con la penumbra. En el fondo, casi oculta, aguardaba una araña grande, de cuerpo pardo y patas largas, extendidas sobre la madera. Manoli sintió que el estómago se le encogía.
La araña no tenía el tamaño monstruoso que su imaginación le atribuyó después, pero a ella le pareció enorme. Las patas, abiertas en torno al cuerpo, parecían ocupar todo el espacio entre la pared y la barandilla. No podía apartar la vista. Notaba el latido del corazón en la garganta y un hormigueo que le recorría los brazos. Retrocedió un escalón. La madera crujió bajo su sandalia.
Uno de los mulos dio una patada en el suelo y el golpe hizo vibrar la escalera. La araña se movió hacia el borde de su refugio, quizá alertada por la vibración, quizá buscando esconderse en la grieta. A Manoli le bastó aquel movimiento.
—¡No, no, no…!
Quiso subir, pero las piernas dejaron de obedecerle. Cuando la araña avanzó unos centímetros, lanzó un grito y perdió el equilibrio. Rodó por los últimos escalones y cayó de rodillas sobre la paja y el suelo endurecido de la cuadra.
Durante unos segundos no sintió el golpe. Solo pensaba que la araña podía haberle caído encima.
Se sacudió el pelo con ambas manos, se golpeó las mangas y se frotó los brazos como si quisiera arrancarse algo invisible de la piel. Respiraba a bocanadas y las lágrimas le nublaban la vista. Cada brizna de paja que le rozaba el cuello le parecía una pata que avanzaba bajo la ropa.
Su tía Marina bajó corriendo, con una escoba de retama en la mano.
—¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué ha pasado? ¿Te ha pisado un mulo?
Manoli no pudo contestar. Señaló hacia la escalera con un dedo tembloroso.
Marina levantó la cabeza y vio la araña refugiándose en una grieta del muro. Primero miró al animal; después, a su sobrina, que seguía temblando en el suelo.
—Pero, hija, si no te ha hecho nada…
La frase, pronunciada sin malicia, cayó sobre Manoli como una segunda caída. Quiso explicarle que no se trataba de lo que la araña pudiera hacerle, sino de lo que ella sentía al verla. No encontró las palabras.
—No puedo… No puedo estar aquí.
Marina dejó la escoba contra la pared y la ayudó a levantarse. Su expresión perdió parte de la dureza.
—Anda, sube y lávate. Ya hablaremos cuando estés más tranquila.
Para la tía, las arañas eran habitantes habituales de la casa, tan útiles como las trampas para ratones o los aperos guardados en el corral. No entendía aquel terror, pero tampoco insistió. Manoli, en cambio, pasó el resto de la tarde convencida de que algo se movía en cada esquina.
Aquella noche durmió mal. El zumbido de las moscas, los crujidos de la madera y los sonidos de los animales le recordaban que la cuadra seguía debajo de su habitación. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver las patas oscuras avanzando hacia ella.
A la mañana siguiente, el canto de los gallos la encontró despierta.
En el campo no había tiempo para lamentaciones. En pleno julio, el cereal debía recogerse antes de que el tiempo cambiara. Su tío decidió llevarla a la era, donde podría ayudar en tareas sencillas y pasar el día al aire libre.
Manoli aceptó sin entusiasmo. Si algo le ofrecía una esperanza era alejarse de la escalera.
A las siete, el carro avanzaba por un camino de tierra entre parcelas de cereal. Los dos mulos caminaban con paso firme, y sus lomos oscuros brillaban bajo la primera luz. Manoli iba sentada junto a su primo Matías, de veintiún años, un joven de manos callosas, piel tostada y maneras tranquilas. Llevaba camisa de cuadros y sombrero de paja, y parecía conocer cada curva del camino.
Al llegar a la era, el sol ya comenzaba a apretar. Las haces de trigo se amontonaban junto al espacio de trilla. Los mulos arrastraban el trillo, una plataforma de madera con piezas de piedra incrustadas en la base, que trituraba las espigas al pasar sobre ellas. Después habría que separar el grano de la paja, recogerlo y almacenarlo.
A Manoli le dieron una horca de madera para remover la paja trillada.
El trabajo parecía sencillo, pero cada movimiento levantaba una nube de polvo y pequeñas briznas. Entre ellas saltaban insectos que se escondían en el cereal: saltamontes, escarabajos y otros animales que desaparecían entre los terrones. Manoli se sobresaltaba cada vez que algo le rozaba la muñeca o le golpeaba el tobillo.
No veía arañas por todas partes, pero las imaginaba. Buscaba en el suelo, vigilaba las sandalias y evitaba apoyar las manos sobre las piedras. Aquella vigilancia constante la agotaba más que el trabajo.
A mediodía, Matías la encontró sentada a la sombra de una encina, con la horca apoyada en las rodillas. Tenía la cara enrojecida y el pelo pegado a las sienes.
Él bebió un trago de agua y se sentó a su lado.
—Mi madre dice que ayer te llevaste un buen susto en la cuadra.
Manoli clavó la mirada en la tierra.
—No fue un susto. Me quedé sin aire. Pensé que se me subía encima.
—Pero no se te subió.
—Ya lo sé. Eso es lo peor. Sé que no tiene sentido, pero no puedo evitarlo.
Matías guardó silencio. No se rio ni trató de convencerla de que estaba haciendo el ridículo. Se limitó a mirar hacia el muro de piedra que bordeaba la parcela.
—Ven. Quiero enseñarte una cosa.
Manoli lo siguió con recelo. Su primo se agachó junto a una grieta donde la sombra protegía un pequeño rincón de la pared. Allí había una araña diminuta, de color grisáceo, que permanecía inmóvil entre dos piedras.
—Mírala desde aquí —dijo él—. No tienes que acercarte más.
Manoli se quedó a un par de pasos. El corazón le latía deprisa, pero la distancia le permitía respirar.
—¿Qué quieres que vea?
—Que está a lo suyo. No sabe quién eres ni le importa que hayas venido de Madrid. Busca comida y un sitio donde esconderse. Igual que los ratones buscan el granero y los pájaros hacen sus nidos.
Matías tomó una brizna de paja y rozó con cuidado una piedra cercana. La araña se encogió y desapareció en la grieta.
—¿Lo ves? Ha preferido esconderse.
—Pero algunas corren hacia ti.
—Porque también quieren escapar. Si una cosa enorme se te viene encima, tú tampoco te quedarías quieta.
Manoli quiso sonreír, pero solo consiguió aflojar un poco la mandíbula.
—No me pidas que las coja.
—No te lo he pedido. Ni hace falta. Puedes tenerles miedo y dejar que sigan viviendo. Con eso basta por hoy.
La respuesta la sorprendió. Había esperado una lección, una burla o una orden para acercarse más. En lugar de eso, Matías le ofrecía una distancia que podía soportar.
—La tía dice que sirven para comerse las moscas.
—Y tiene razón. No son las únicas que comen insectos, claro, pero ayudan. Aquí todo tiene su sitio, aunque a nosotros no nos guste demasiado.
Manoli observó la grieta vacía. La araña había desaparecido, pero no por ello el mundo se había vuelto más peligroso.
—Tienen más miedo ellas de tu bota que tú de sus patas —añadió Matías, levantándose—. Eso decía el abuelo.
—Él no debía de tener aracnofobia.
—No. Pero tenía miedo a los truenos, y aun así salía a recoger los animales cuando venía una tormenta.
Matías volvió hacia la sombra de la encina. Manoli tardó unos segundos en seguirlo.
No se había curado. Ni siquiera estaba segura de haber aprendido algo que pudiera servirle cuando volviera a ver una araña grande. Pero, por primera vez desde su llegada, alguien había escuchado su miedo sin despreciarlo. Y aquella consideración, tan sencilla, le permitió respirar un poco mejor.
Pasaron los días. La siega continuó, los carros entraban y salían del pueblo y las tardes se consumían bajo un sol que parecía no cansarse nunca.
Manoli empezó a reconocer los sonidos de la casa. Sabía distinguir el resoplido de Castaña del de los mulos, el paso de su tía por el pasillo y el crujido de la puerta del corral. También aprendió a sacudir la ropa antes de ponérsela y a apartar con una escoba las telarañas que cruzaban el paso. No le gustaba hacerlo, pero ya no sentía que cada hilo fuera una amenaza inmediata.
Las arañas seguían allí. A veces las veía en las esquinas y se apartaba de golpe. Otras veces, conseguía mirarlas durante unos segundos antes de continuar con lo que estaba haciendo. Había días buenos y días malos. Matías no le exigía avances ni le recordaba lo que había conseguido; cuando ella se sobresaltaba, se limitaba a dejarle espacio.
Una tarde, mientras recogían unas herramientas, Manoli encontró una araña pequeña junto al umbral. El impulso de aplastarla le cruzó la cabeza. Levantó el pie, vaciló y terminó apartándose para dejarla pasar.
No fue una victoria grandiosa. Nadie la vio. Sin embargo, aquella decisión se le quedó dentro como una piedra pequeña que, sin hacer ruido, cambiaba de sitio.
Dos semanas después, el tiempo se volvió inestable. Las mañanas seguían siendo calurosas, pero algunas tardes el cielo se oscurecía sobre las sierras y el viento arrastraba un olor metálico que anunciaba tormenta.
Aquel día, el tío y Matías habían salido para recoger unos herrajes en Montehermoso. Marina se había acercado al huerto, junto al arroyo, para recoger los tomates antes de que descargara la lluvia. Manoli se había quedado en la planta superior, leyendo una novela junto a la ventana.
El primer trueno sonó a lo lejos. Poco después, un golpe violento sacudió el suelo de madera.
Manoli levantó la cabeza. Desde la cuadra llegó un resoplido, seguido de varios golpes secos contra el pesebre. Luego oyó un relincho agudo que le heló la sangre. Era Castaña.
Dejó el libro abierto y corrió al pasillo. Al acercarse a la puerta de la cuadra, escuchó otro golpe y un relincho más corto, casi ahogado. La yegua estaba asustada y podía hacerse daño. Manoli abrió la puerta.
La penumbra del establo se extendía al pie de la escalera. Con el cielo cubierto, apenas entraba luz por los respiraderos. El olor a estiércol y alfalfa le llegó de golpe, y el recuerdo de la primera tarde regresó con una claridad dolorosa: la telaraña, la araña parda, la caída, el pánico. Se agarró al marco de la puerta.
—Tengo que bajar —murmuró.
Otro golpe de cascos retumbó abajo. Podía esperar a que regresaran los demás. Podía cerrar la puerta y fingir que no había oído nada. Pero sabía que Castaña estaba sola, atrapada en el establo, y que cada movimiento desesperado podía empeorar la situación.
Buscó con la mirada una lámpara. Junto a la entrada colgaba un candil de carburo que la familia conservaba para los cortes de luz. Lo tomó con manos temblorosas y lo encendió. La llama vacilante dibujó sombras irregulares en las paredes.
Entonces vio la telaraña junto a la barandilla. El embudo seguía allí, adherido a la grieta. No distinguía a la araña, pero no necesitaba verla para sentir que el miedo le subía por el pecho.
«Tienen más miedo ellas de tu bota que tú de sus patas». La voz de Matías apareció en su memoria. No borró el terror. Solo le recordó que podía avanzar aunque lo sintiera.
Manoli puso un pie en el primer escalón. Después, el otro. Bajó despacio, sin apartar la vista de los peldaños. La llama del candil temblaba con cada movimiento. A mitad de la escalera, una hebra de telaraña le rozó la mejilla. Se detuvo de golpe, cerró los ojos y estuvo a punto de subir corriendo.
Abajo, Castaña volvió a relinchar. Manoli se limpió la cara con la manga y continuó. La yegua se había resbalado sobre el suelo húmedo y tenía una pata trasera encajada entre dos maderos del pesebre. Tiraba de ella, pero cada intento hacía crujir la madera. Estaba sudorosa y respiraba con dificultad.
—Tranquila, Castaña. Ya estoy aquí —dijo, aunque la voz le salió quebrada.
Colgó el candil de una viga baja para iluminar la zona y se acercó con cautela. El animal movió la cabeza y resopló, nervioso. Manoli le acarició el cuello, procurando no situarse detrás de sus patas.
Entonces, al levantar el brazo para alcanzar una tranca de hierro apoyada junto al pesebre, rozó con el hombro una telaraña acumulada bajo la viga. La seda polvorienta se le pegó a la blusa.
Manoli ahogó un grito y se apartó bruscamente. Al mirar hacia arriba, la luz del candil iluminó la araña grande que había visto el primer día. Se desplazaba por la madera, buscando refugio lejos de la luz.
El terror volvió con toda su fuerza. Sintió un temblor en las piernas y un impulso irresistible de escapar. Durante un instante, la escalera pareció llamarla desde el fondo de la cuadra. Bastaba con correr, cerrar la puerta y dejar que otro se ocupara de aquello.
Castaña forcejeó de nuevo. El madero crujió. Manoli miró a la yegua. Después volvió la vista hacia la araña, que se había detenido junto a una grieta. No era una amenaza que hubiera venido a buscarla. Solo estaba huyendo de la luz y de los movimientos que perturbaban su refugio.
«Está asustada porque somos gigantes a su lado». La frase no hizo desaparecer el miedo. Manoli seguía notando el corazón desbocado y las manos húmedas. Pero consiguió apartar la mirada del techo.
—Ahora no —se dijo—. Ahora tengo que ayudarla.
Tomó la tranca de hierro y la introdujo entre los maderos del pesebre. La primera vez que hizo palanca, la madera apenas cedió. Tuvo que cambiar la posición de los pies, apretar los dientes y emplear todo el peso de su cuerpo. El hierro resbaló y le golpeó la palma. Soltó un quejido, pero no abandonó.
Volvió a colocar la tranca. Esta vez apoyó el hombro contra el poste y empujó. El madero se desplazó unos centímetros con un crujido áspero.
Castaña retiró la pata de un tirón y se apartó, resoplando. Manoli retrocedió para no quedar bajo sus cascos. Durante unos segundos, ambas permanecieron quietas: la yegua, temblorosa; la muchacha, con la tranca aún entre las manos y el pecho subiendo y bajando con violencia.
Luego Manoli se acercó al animal por un lado y le acarició el cuello.
—Ya está, chica. Ya está.
No sabía si la pata había sufrido alguna lesión. Solo podía comprobar que Castaña volvía a apoyarla y que el forcejeo había cesado. Se quedó junto a ella, hablándole en voz baja, hasta que el ruido de la lluvia comenzó a llenar la cuadra.
Cuando regresaron el tío y Matías, la encontraron sentada en el último escalón, con la blusa manchada de polvo y el pelo lleno de paja. Castaña estaba de pie junto al pesebre, todavía inquieta, pero ya no intentaba liberarse a golpes.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó el tío, acercándose enseguida a la yegua.
Manoli les explicó lo ocurrido. Mientras su tío examinaba la pata del animal, Matías recogió el candil y miró hacia la viga. La araña seguía en su grieta. Después miró a su prima. Ella también había levantado los ojos hacia el techo, pero esta vez no se apartó de inmediato. Tenía miedo; se le notaba en la tensión de los hombros y en la forma en que apretaba las manos. Sin embargo, permaneció donde estaba.
Matías no hizo ningún comentario. Le ofreció una mano para ayudarla a levantarse y Manoli la aceptó.
A finales de agosto, llegó el día de regresar a Madrid. El autobús de línea esperaba en la carretera, con el motor encendido y las ventanillas abiertas. Marina le llenó una bolsa con pan y algo de comida para el viaje. Su tío le recomendó que volviera el verano siguiente, y Matías cargó la maleta sin hacer bromas sobre la ciudad ni sobre el campo.
—Cuídate, prima —dijo al despedirse.
—Tú también.
Manoli subió al autobús y buscó un asiento junto a la ventana. Mientras el vehículo se alejaba, vio cómo las casas encaladas quedaban atrás, seguidas por los campos segados, las encinas y los caminos cubiertos de polvo. Pensó en el olor de la cuadra, en las vueltas del trillo y en la tormenta que había sacudido la casa. No echaba de menos el calor ni las moscas, pero descubrió que se llevaba algo más que el recuerdo de unas vacaciones difíciles.
Cuando volvió a su piso, su madre la recibió con un abrazo.
—¡Pero bueno, hija! Vienes morena como una campesina.
Manoli se rio. Le contó algunas cosas de la siega, del trabajo en la era y de las travesuras de los mulos. No mencionó de inmediato a las arañas. Aún le costaba hablar de aquel miedo sin sentirse avergonzada.
Esa misma noche, mientras deshacía la maleta, vio una pequeña araña saltarina correteando junto al rodapié de su habitación. Se quedó inmóvil. El viejo impulso regresó: buscar un zapato, aplastarla, recuperar cuanto antes la sensación de que su cuarto estaba bajo control. Notó el corazón acelerarse y los dedos tensarse. Pero no cogió el zapato.
Observó a la pequeña criatura durante unos segundos. La araña se detuvo, cambió de dirección y desapareció tras un mueble. Manoli soltó el aire que había estado conteniendo. No se había vuelto valiente de repente. Seguía sin querer encontrar arañas en su cama, y estaba segura de que volvería a sobresaltarse más de una vez. Sin embargo, entre el miedo y su reacción había aparecido una pausa, breve pero suficiente para elegir. Cerró la maleta y abrió la ventana para que entrara el aire fresco de la noche.
Por primera vez, la idea de que una araña compartiera su habitación no le pareció el fin del mundo.
Epílogo
Durante los primeros días, Manoli recordó el pueblo en detalles inesperados: el roce áspero de la paja en las manos, el sonido de los cascos sobre la madera, el olor de la tierra después de la lluvia. En Madrid, los ruidos eran distintos y las calles parecían más limpias, pero también más ajenas. Había pasado un mes lejos de casa y regresaba con una certeza que aún no sabía expresar del todo.
Pensó mucho en Matías. Él no había intentado convencerla de que su miedo era absurdo ni la había obligado a acercarse a las arañas. Le había mostrado una manera distinta de mirarlas y, sobre todo, le había permitido avanzar a su propio ritmo.
La experiencia con Castaña le había enseñado algo parecido. El miedo no había desaparecido cuando más lo necesitaba. Había estado allí, cerrándole el pecho y pidiéndole que huyera. Lo que cambió fue que, por un momento, pudo actuar sin esperar a sentirse completamente segura.
A veces, al ver una araña en una esquina, seguía sintiendo el impulso de apartarse. No se reprochaba esa reacción. Se limitaba a respirar, a observar desde una distancia que pudiera soportar y a recordar que el animal no estaba allí para desafiarla.
No todas las criaturas le gustaban. Tampoco tenía por qué gustarle todo lo que formaba parte de la naturaleza. Pero había aprendido que el rechazo no necesitaba convertirse en destrucción y que convivir no significaba acercarse más de lo que uno podía soportar.
De aquel verano conservó una imagen por encima de las demás: la luz temblorosa del candil, la yegua resoplando junto al pesebre y una araña que buscaba refugio en la viga. En medio de aquel desorden, Manoli había descubierto que el coraje no consistía en dejar de tener miedo, sino en no permitir que el miedo decidiera siempre por ella.
Y, aunque nunca llegó a sentirse amiga de las arañas, dejó de considerarlas enemigas.
© Franizquiero
