lunes, 9 de marzo de 2026

MEMORIA HISTÓRICA DE ESPAÑA

 

Escrito el día 8 de noviembre de 2011 a las 23:13/ revisado el 9 de marzo de 2026

Mis padres pertenecen a la generación que creció a la sombra de la Guerra Civil española. Mi padre nació tres años antes de que comenzara la contienda y mi madre apenas tres meses después de que terminase. Su infancia fue triste y dura, como la de tantos niños de aquella época. Sin embargo, nunca buscaron culpables ni se justificaron en el pasado; entendieron que aquello había sido profundamente injusto… y nada más.

Mis abuelos trataron de educarlos en los valores humanos, sin inculcarles rencor ni hacerles cargar con el peso de la guerra. Nunca les dijeron que sus vidas eran difíciles por culpa de lo ocurrido. Simplemente les enseñaron a vivir con dignidad y a mirar hacia adelante.

Cuando mis padres crecieron, se casaron y nos tuvieron a mis hermanas y a mí. Nos educaron con esos mismos valores que ellos habían recibido. En casa jamás escuchamos palabras de odio ni comentarios despectivos sobre la guerra. Gracias a ello pude vivir una infancia feliz.

Ellos entendían que los niños debíamos jugar, crecer y aprender para que en el futuro —lo que hoy es nuestro presente— no permitiésemos que una tragedia semejante volviera a repetirse.

Mi padre fue siempre un trabajador humilde. Nunca le faltó el trabajo y, gracias a su esfuerzo, pudo sacar adelante a su esposa y a sus cuatro hijos. Aun así, no puedo negar que fueron tiempos difíciles para la mayoría de los españoles.

Sin embargo, hubo familias que no educaron a sus hijos de la misma manera. Algunos crecieron alimentando odios y rencores que han llegado hasta la edad adulta. En ciertos casos, parece que todo se ha convertido en una forma de buscar un sustento o una posición cómoda, incluso aprovechándose del dolor de quienes realmente sufrieron las consecuencias de aquellos hechos que ocurrieron hace ya más de setenta y cinco años.

¿A quién podríamos pedir ahora responsabilidades? ¿Al gobierno actual? Tal vez haya llegado el momento de cerrar definitivamente esa puerta que, en muchos casos, solo sirve para reabrir heridas y aumentar el sufrimiento de las familias.

En lo que sí estoy plenamente de acuerdo es en que se busque a todos los desaparecidos y se les dé un entierro digno. Ese es un acto de justicia y de humanidad. Pero quizá también deberíamos dejar de remover continuamente el odio y el rencor, porque quien permanece atrapado en un momento de su historia difícilmente puede avanzar y evolucionar como corresponde a una sociedad verdaderamente civilizada.

Creo firmemente que el pasado debe servirnos para aprender. Solo así podremos evitar en el presente los errores cometidos y aspirar a un futuro que, tal vez, consista simplemente en algo tan valioso como poder recordar con serenidad y alegría las cosas buenas que vivimos en otros tiempos.

Este escrito no pretende ser más que una reflexión personal. Solo el deseo de recordar que el pasado debe enseñarnos a vivir el presente con más sensatez y a construir un futuro sin odio.