Aún faltaban unos días para cumplir la edad mínima exigida para poder incorporarse a filas, pero eso no fue ningún impedimento para que padre e hijo se acercasen hasta las puertas del cuartel de La Constancia.
—Hola, güenos días. ¿Ónde hay que dir pa apuntá a m'hijo? —consultó José al soldado que custodiaba la entrada principal.
El militar dio un paso al frente.
—Buenos días, señor. ¿Ve usted aquellas escaleras? —indicó señalando con el dedo índice—. Pues acérquense hasta allí y entren por la puerta grande. El oficial de guardia les podrá informar mejor que yo.
Padre e hijo asentían con la cabeza a cada indicación.
—Muchas gracias —manifestó José al comenzar a caminar. Unos pasos más allá se detuvo y volvió la mirada hacia el centinela—. ¿D'ónde eres?
—De Madrid, señor. ¿Por qué?
—José, me llamo José... Te lo pregunto po lo bien que jablas, hijo.
El soldado agradeció el cumplido con una sonrisa.
José miró a Antonio y le hizo un guiño.
—¡Hala!, Pirata, vamos pa'entro.
Al introducirse en el edificio, tras quitarse la gorra visera, asomó tímidamente la cabeza por la puerta del despacho.
—Güenos días, señó. ¿Da usté su permiso?
—Hola. ¿En qué puedo ayudarles? —respondió con voz grave el corpulento teniente.
—Mire usté, venimos pa apuntá ar muchacho —explicó José señalando a Antonio.
—¿Qué edad tiene?
—Endrento de tres semanas cumpre los deciocho.
El teniente se alisó el bigote con gesto mecánico antes de ponerse en pie.
—Está bien. Iremos preparando la tramitación de su ingreso en las Fuerzas Armadas. ¡Uno de la guardia! —gritó asomándose a la puerta acristalada.
De una estancia contigua apareció un enclenque y diminuto guripa que, tras cuadrarse frente a su superior, respondió:
—A la orden, mi teniente.
—Acompaña a estos señores hasta las oficinas.
Padre e hijo salieron al recibidor.
—¿Ordena alguna cosa más, mi teniente? —preguntó el soldado.
—Puede retirarse.
Antonio y José siguieron al recluta por los pasillos del cuartel y, una vez completados los trámites, le entregaron una nota con las instrucciones necesarias para su incorporación.
El día 1 de julio de 1975, Antonio Hinojal Sánchez deberá presentarse en el CIR Nº 3 de Santa Ana, en Cáceres. Allí se le facilitará toda la información necesaria para su incorporación a filas.
Firmado:
Teniente Luis Alberto Hernández Losada.
Sin disponer de otro medio de transporte para recorrer los ochenta y dos kilómetros que separaban ambas ciudades, Antonio, después de despedirse de su familia, subió al primer tren que partía aquella mañana desde la estación de Plasencia con destino a Cáceres. El convoy parecía tan antiguo como las piedras de la catedral vieja que vigilaba su ciudad natal.
Tres meses habían pasado desde su llegada al Centro de Instrucción de Reclutas. Durante aquel tiempo se acostumbró a contemplar las torres, murallas y palacios de piedra que dominaban la ciudad, construcciones que parecían desafiar el paso de los siglos. Allí recibió varias visitas de sus familiares más cercanos y, llegado el día de la Jura de Bandera, todos acudieron para acompañarle en aquel acontecimiento.
Después del acto regresaron juntos a Plasencia. Antonio disfrutó de quince días de permiso y, una vez concluidos, se presentó en el cuartel de La Constancia siguiendo las ordenanzas militares.
—¡Hombre! Antonio, ¿tú por aquí? —exclamó Víctor Manuel, un conocido del barrio.
Al escuchar su nombre, el semblante serio del muchacho desapareció al instante.
—¡Hola, mi niño!... Sí, aquí m'ha tocáo. ¡Oye!, Loli, ¿tú sabes a ónde me tengo que apuntá pa la banda de música?
—Sí, tienes que ir a hablar con el sargento Mendoza.
—¿Y a ónde está ese señó?
Víctor Manuel sonrió y le echó un brazo sobre los hombros.
—¡Vamos!, te acompaño.
Quince días después, Antonio ensayaba con la banda militar en el parque de La Coronación. Las melodías le devolvían recuerdos de los amigos del barrio, de la escuela y de aquellos años en los que la vida parecía mucho más sencilla.
En el cuartel hizo buenas amistades tanto entre la tropa como entre los mandos. Aprendió a tocar la corneta, se apuntó a las clases para obtener el carnet de conducir y consiguió el pase pernocta, por lo que, salvo cuando le correspondía guardia o debía realizar los toques reglamentarios, regresaba a dormir a casa.
El tiempo transcurría deprisa entre ejercicios, ensayos, bromas y servicios.
Una mañana se cruzó con una joven que caminaba con decisión por uno de los patios.
—Hola, buenos días —saludó tímidamente.
—¡Hola! —respondió ella sin detenerse.
—¿A ónde vas tan aprisa, guapa?
La muchacha se volvió.
—Marisa, me llamo Marisa. ¿No lo sabes?
—No, pos la verdá es que no. Sí que t'he visto muchas veces por aquí, pero no sé ni quién eres ni cómo te llamas.
—Pues ni que fueras tonto —rió—. Soy la hija del capitán Guerra. ¿A él tampoco le conoces?... Por cierto, ¿tú de dónde eres?
—De aquí, de Prasencia. Me llamo Antonio. ¿No lo sabes?
—La verdad es que he conocido a muchos chicos tanto del cuartel como de la ciudad. Por eso me gusta tanto la vida militar. Pero en ti, sinceramente, ni me había fijado.
—Pos yo soy de aquí de toa la vida. Soy hijo de José, el pescaó. ¿No le conoces?
—No, no. Ni a ti ni a tu padre —contestó entre risas.
Después negó con la cabeza.
—¿Sabes qué te digo? Parecemos dos tontos peleando.
—Sí, tienes razón, pero tú más.
—Bueno, adiós. No tengo tiempo para los estúpidos.
—Ni yo tampoco, pero, mi niña, vete por la sombra, que los bombones como tú se derriten con el sol.
Marisa continuó caminando sin volver la vista atrás. Lo hacía con la seguridad de quien sabe que no pasa desapercibida.
Antonio la siguió con la mirada hasta que desapareció tras una esquina.
Ella sonrió para sí mientras se dirigía a la cocina a recoger el rancho familiar.
«Pues sí que tiene gracia el soldadito...»
Y sin darse cuenta, volvió a sonreír.
«Ya volveremos a vernos.»

En primer lugar, el texto desarrolla uno de los temas fundamentales de la novela de aprendizaje: la necesidad de encontrar un nuevo propósito vital después de una crisis. La muerte de Manuela había sumido a Antonio en un profundo abatimiento, provocando una ruptura con su vida cotidiana, su trabajo y sus relaciones habituales. Sin embargo, la recuperación gradual de su voluntad desemboca en la decisión de alistarse voluntario en el ejército, una elección que simboliza tanto el deseo de cambio como la necesidad de encontrar un nuevo horizonte personal.
ResponderEliminarLa figura de José adquiere una gran relevancia dentro del relato. Como padre, representa la sensatez, la comprensión y el afecto silencioso. Lejos de imponer su criterio, escucha a su hijo, respeta sus decisiones y lo acompaña en los momentos más difíciles. Su comportamiento refuerza uno de los valores centrales de la obra: la importancia de la familia como refugio emocional frente a las adversidades de la vida.
Otro elemento destacado es la despedida del taller mecánico, espacio que había constituido el principal escenario de aprendizaje laboral y humano del protagonista. La conversación con Andrés pone de manifiesto la relación de respeto mutuo que ambos han construido con el tiempo. El encargado comprende que Antonio necesita emprender un nuevo camino y acepta su marcha sin reproches, convirtiéndose así en una figura de referencia moral que ha contribuido a su formación personal.
Especial relevancia adquiere la escena protagonizada por Sultán, el anciano perro guardián del taller. La despedida entre el muchacho y el animal posee una notable carga simbólica, pues representa el cierre definitivo de una etapa de la vida del protagonista. El vínculo afectivo que ambos han desarrollado transforma una escena aparentemente sencilla en uno de los momentos más emotivos del fragmento, reforzando el tono humano y sentimental de la narración.
La incorporación de Antonio al servicio militar introduce un cambio significativo de escenario y de atmósfera narrativa. El relato abandona parcialmente el ámbito familiar y laboral para adentrarse en un espacio asociado a la disciplina, la convivencia y el aprendizaje de nuevas responsabilidades. El cuartel aparece descrito como un lugar donde el protagonista amplía sus horizontes personales, establece nuevas amistades y adquiere conocimientos que contribuirán a su desarrollo futuro.
Asimismo, el encuentro con Marisa incorpora una dimensión más ligera y vitalista al relato. Tras varios capítulos marcados por la enfermedad, la muerte y el sufrimiento emocional, el diálogo entre ambos personajes introduce elementos de humor, atracción y juego verbal que sugieren el despertar de nuevas inquietudes afectivas. Esta aparición contribuye a reforzar la sensación de renacimiento emocional que experimenta Antonio tras superar su periodo de mayor oscuridad.
Desde el punto de vista temático, el fragmento aborda cuestiones universales como el duelo, la resiliencia, el paso a la edad adulta, la búsqueda de sentido, la importancia de los vínculos familiares y la necesidad de seguir adelante después de la pérdida. La obra muestra cómo el crecimiento personal no se produce a través de grandes acontecimientos heroicos, sino mediante decisiones cotidianas, afectos sinceros y pequeñas conquistas interiores.
En conjunto, este episodio constituye un momento de transición dentro de la trayectoria vital del protagonista. Si la muerte de su madre marcó el final de su adolescencia emocional, la decisión de incorporarse al ejército simboliza el comienzo de una nueva etapa caracterizada por la autonomía, la responsabilidad y la apertura hacia experiencias que terminarán de definir su identidad adulta.