domingo, 31 de mayo de 2026

El silencio contra la máquina


 


Escrito el 13 de mayo de 2026

Londres ya no era la ciudad de los faroles de gas y el hollín de carbón que Watson recordaba de sus años de juventud, aunque en el 221B de Baker Street, el tiempo parecía haber librado una batalla de trincheras. El aire, sin embargo, había cambiado. Ya no solo olía a los ácidos corrosivos de los experimentos de Holmes o al tabaco de su pipa; ahora, un zumbido eléctrico, casi imperceptible pero constante, vibraba en las paredes. Eran los servidores que Sherlock había instalado para monitorizar el tráfico de la Red Oscura.

Aquella mañana de 2026, Holmes no estaba analizando huellas de barro en la alfombra, sino que permanecía encorvado sobre una mesa de cristal líquido. Su rostro, iluminado por el fulgor azulado de las pantallas, parecía el de un espectro.

Dígame, Watson —dijo Holmes, cuyas pupilas reflejaban líneas de código que caían como lluvia digital—, ¿ha notado usted el cambio en la fisonomía de los transeúntes de Marylebone Road? Ya no miran al horizonte, ni siquiera miran por dónde pisan. La postura encorvada, el pulgar derecho en constante movimiento espasmódico... Es una epidemia de desconexión cognitiva.

Watson, que intentaba leer un ejemplar físico del British Medical Journal, suspiró y dejó las gafas sobre su regazo.

Es el signo de los tiempos, Holmes. La gente busca distracciones rápidas. Yo mismo, lo confieso, abrí esa aplicación de TikTok para ver un video sobre la rehabilitación de rodilla y, cuando quise darme cuenta, habían pasado dos horas. Estaba viendo a un adolescente en Nebraska explicando teorías conspirativas sobre los pájaros mientras freía un huevo. Es... hipnótico.

¡Es una emboscada, Watson! —exclamó Holmes, poniéndose en pie con una energía nerviosa—. No son videos elegidos al azar. Es una arquitectura de asalto psicológico. He analizado la tasa de refresco y la modulación del sonido; están diseñadas para forzar la liberación de dopamina en intervalos de 0.8 segundos. Es el crimen perfecto: no roban el dinero de las personas, roban su voluntad. El algoritmo ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un depredador que se alimenta de nuestra curiosidad más básica.

Holmes señaló una compleja ecuación que flotaba en su monitor principal, una representación matemática del «Efecto de Arrastre Algorítmico»:

$$G(a, t) = \sum_{j=1}^{m} \int_{0}^{T} \Psi(a_j, \tau) \cdot e^{-\lambda(t-\tau)} d\tau$$

Donde $\Psi$ representa la vulnerabilidad emocional del usuario —explicó Holmes con amargura—. El algoritmo ha detectado que usted, Watson, siente nostalgia por la India y por la medicina de campo. Por eso le atrapó con el huevo frito: fue el puente absurdo hacia un contenido que su cerebro no pudo clasificar a tiempo. Estamos ante un adversario que no tiene rostro, pero que conoce nuestros secretos mejor que nosotros mismos.



Tras el exitoso colapso del sistema provocado por la «incoherencia humana» de Watson, la quietud regresó al salón. Los ventiladores de los servidores bajaron de revoluciones hasta quedar en un silencio casi monacal. Sherlock Holmes se hundió en su sillón de orejas, jugueteando con el arco de su violín, pero sin llegar a tocar una sola nota. Sus ojos, antes frenéticos, ahora vagaban por las sombras que proyectaba la chimenea.

Ha sido una victoria táctica, Watson, pero no debemos engañarnos —dijo Holmes con voz profunda—. El algoritmo es un organismo de aprendizaje profundo. En este preciso instante, en algún centro de datos bajo el permafrost de Noruega, el sistema está asimilando su intervención. Está catalogando el «comportamiento Watson» no como un error, sino como un nuevo nicho: el del «intelectual escéptico que busca lo aleatorio».

Watson, que estaba ocupado guardando su estetoscopio, se detuvo y miró a su amigo.

¿Quiere decir que no hay escapatoria? ¿Que mañana volveré a estar atrapado en ese bucle de videos absurdos?

Lo que quiero decir —respondió Holmes, comenzando a tocar una melodía lenta y melancólica— es que la lucha por nuestra atención será la guerra permanente de este siglo. El algoritmo intentará seducirlo con lo que usted cree que es su libertad. Le mostrará libros antiguos, le hablará de honor y de viejas batallas, todo para que no suelte el dispositivo. Su única defensa, Watson, es seguir siendo lo que una máquina jamás podrá entender: un hombre capaz de cerrar la puerta y elegir el silencio.

Watson caminó hacia la ventana. Fuera, cientos de pequeñas luces azules brillaban en las manos de los pasajeros de los autobuses que cruzaban Baker Street. Era una procesión de almas conectadas a la nada.

Entonces —concluyó Watson—, el secreto no es vencer a la máquina, sino demostrarle que no nos importa su veredicto. Me voy a la cama, Holmes. Mañana tengo la intención de dar un largo paseo por el parque sin llevar conmigo ningún objeto que tenga batería. Si el algoritmo quiere encontrarme, tendrá que salir a caminar bajo la lluvia.

Holmes sonrió, una sombra de admiración cruzó su rostro mientras las notas del violín llenaban la estancia, desafiando el orden binario del mundo exterior con la sublime imperfección del arte humano. El caso del algoritmo estaba cerrado, pero la batalla por el alma de Londres apenas acababa de comenzar.



©Franizquiero


Los Hijos de La Data, Capítulo 2, episodio 4


 

Pasaron un par de semanas hasta que —tiempo que José estimó razonable para que Julián pudiese contratar un sustituto—, a eso de media mañana, Antonio se presentó en el polígono industrial y se paró frente a una grandiosa puerta metálica, toda ella pintada de gris azulado y, en su parte más alta, xerografiado con letras rojas «Taller mecánico, chapa y pintura E. Martínez».

A esa hora, los operarios se encontraban comiendo el bocadillo en los vestuarios.

«Aquí es» —se dijo a sí mismo, al bajarse de la Orbea.

Acto seguido, con paso firme, se dispuso a entrar en aquel espacioso y descuidado lugar, sin presuponer en ningún momento que, a su paso, saliese un viejo, ruidoso y enfurecido pastor alemán que trataba de persuadir al recién llegado con sus gruñidos y mostrando sus fauces raídas y maltrechas.

Ambos se pararon en seco, frente por frente, y, tras mirarse fijamente a los ojos, sin titubear ni un instante:

«¿Qué te pasa, bonito?... Ven aquí, ven, ven, ven, bonito, ven» —dijo, sonriendo y golpeándose suavemente con su mano derecha sobre su propio muslo.

Al comprender el viejo guardián que el desconocido no traía ninguna mala intención, bajó la cabeza y, moviendo tímidamente su cola, se fue acercando hasta que notó que alguien le acariciaba la cabeza y, en agradecimiento, este se enarboló de patas sobre Antonio y comenzó a lamer su mano.

Al prestar atención al arrojo y angustia con la que el viejo Sultán había gruñido, Andrés emergió, masticando, con un emparedado de jamón y queso entre las manos, tras la puerta de un reducido y desidioso despacho que se encontraba situado a la derecha del portón principal:

—¿Querías algo, chaval?

—Sí, señó. Buenos días, ¿sabe usté si está por aquí el señó Andrés?

—Pues depende de a qué Andrés andes buscando.

—Al encargao.

—Siendo así, estás de suerte —dijo mostrando una ligera sonrisa—. ¿Y para qué me buscas?
—¡Ah!, pos, mire usté, que vengo de parte del Toribio… que m'ha dicho que aquí necesitan un pinche.

Andrés lo miró de arriba abajo.

—Sí, así es. ¿Sabes algo de mecánica, tú?

Antonio bajó la mirada y la voz.

—N… no mucho —farfulló—. La verdá es que solo me se da bien arregla las bicis y el amoto de mi padre, pero puedo aprendé.

Tras pasarse la mano por la barbilla y pensárselo unos treinta segundos:

—¿Cómo te llamas? —interpeló Andrés.

—Antonio Hinojal Sánchez. Soy el hijo pequeño de José el pescaó, ¿conoce usté a mi padre?

—Vives en la Data, ¿verdad?

—Sí, señó.

—¿Cuántos años tienes?

—El mes pasáo cumplí los diecisiete.

Andrés se pasó la mano un par de veces por el mentón:

—¿Es la primera vez que vas a trabajar?

—No, señó, h'estao catorce meses trabajando en un almacén de la calle del Sol, en el de don Julián —especificó sin titubear Antonio.

—¡Ah!, sí, lo conozco… ¿Y por qué has dejado de trabajar allí?

—Pos, mire usté, le voy a decí la verdá, allí m'aburría mucho. Hay que hacé tos los días lo mismo.
—Bueno, chaval, pero eso es algo normal en cualquier trabajo. ¿Y crees que aquí no te aburrirás?
—No, señó. Aquí, no.

—¿Y por qué supones que en este lugar será distinto?

—Mire usté, eso es mu fáci, porque me gusta la mecánica.

—Bueno, chaval, me gusta lo sincero y lo dispuesto que parece que estás. ¿Sabe tu padre que has venido aquí?

—Sí, señó.

—Bien, pues, si es así, dile a tu padre que se pase por la oficina; él tiene que firmar la autorización. ¡Ah!, y no te olvides de traer la cartilla de la Seguridad Social y tu DNI para poder darte de alta en la empresa.

Dominado por la emoción, sin poder evitar la irrigación de sus lúcidos y dilatados ojos:

—¿Eso quiere de… decí qu… que m'han co… cogío pa… pa trabajá? —farfulló.

—Así es.

—Muchas gracias, señó Andrés… ¿Cuándo puedo empezá?

—Ya te he dicho que antes tiene que venir tu padre.

Y, tras despedirse, como siempre, tomó carrerilla y, dando un salto, se encaramó sobre su inseparable y servicial bicicleta y comenzó a pedalear enérgicamente, siguiendo el trazado que la N-630 marca a su paso por la ciudad y, una vez superada la esquina de arriba del cuartel de la Constancia, giró hacia la derecha con dirección hasta la rotonda de Los Alamitos, y una vez allí, volvió a girar en el mismo sentido y, a través del acerado, bajo la fila de los centenarios y colosales eucaliptos que terminaban frente a la Prisión del Partido, llegó a la Data.

A la mañana siguiente, sábado, mientras trataba de quitar la verdinegra y raída lona que ocultaba y daba cobijo, en las frías y oscuras noches de otoño e invierno, a la decrépita Derbi, José alzó la cabeza al escuchar el leve chirriar que la maltrecha puerta del portal hizo al ser abierta y, al mirar hacia ella, vio aparecer a Antonio:

—Vamos, Pirata, súbete al amoto, que mos vamos p'al tallé. ¿Tiés tos los papeles? —preguntó haciendo un gesto con el mentón hacia arriba.

—No, papa, no los he cogío porque usté no m'ha dicho na —arguyó—; pero no se precupe usté, que ahora mismo subo a por ellos.

«Este muchacho, no sé a ónde tendrá la joía mollera».

Después de varios y fallidos intentos, quejándose con voz ronca y agarrotada, el arcaico ciclomotor trataba, no sin pocas dificultades, de ponerse en funcionamiento, entre amagos de ahogo e ímpetus por conseguirlo, entre rugidos de sofocación y una irrespirable humareda, entre un pestilente y fortísimo olor a gasolina mal quemada.

Tras unos minutos, bajó las escaleras, como tenía por costumbre, y, tras salir del portal:

—Papa, ¿le pasa algo al amoto?

—No, hijo, no. Que está mu fría.

—¿Solo fría, papa?

—Bueno, también es verdá que tié sus años, pero aún carrula bien. ¡Anda!, súbete que mos vamos —dijo después de que el vetusto ciclomotor lograse ponerse en marcha, tras vencer los achaques que el frío de la noche y los muchos años que sobre él pesaban.

Unos minutos después, al llegar a la altura de la gasolinera de Los Álamos, aferrado con firmeza al talle de su progenitor, con la testa reclinada sobre la espalda de este, tras escuchar un indescifrable murmullo:

—¿Qué dice? —inquirió subiendo dos tonos su voz—. No l'hentendío na, papa.

—¿Qué, a ónde está er tallé? —gritó aún más fuerte José.

—Papa, está justo en frente de INPANSA, ¿m'ha oío usté? —gritó.

Asintió un par de veces, sin apartar la vista de la transitada carretera. Al cabo de unos metros, aminorando la marcha, indicó a los demás conductores, con su brazo izquierdo, la intención de girar en ese mismo sentido y, un par de segundos después de realizar la maniobra, se bajaron del vehículo frente a la puerta principal.

Sultán salió raudo a su encuentro, de manera amigable, al reconocer a Antonio; aunque, al mismo tiempo, trató de persuadir a José mostrando su «ferocidad» y sus amarillentos y raídos dientes.

—Tranquilo, mi niño, que es mi padre —dijo, al tiempo que se agachaba y lo estrechaba contra su pecho.

El anciano y obediente animal cerró sus fauces, dejó de gruñir y comenzó a trotar y, dando pequeños saltos, evidenció que había comprendido el mensaje.

Padre, hijo y el perro se dirigieron hacia un reducido grupo de obreros que se encontraban abstraídos en plena faena, entre un gran número de polvorientos y accidentados vehículos.

Al percatarse Andrés de la presencia de los recién llegados, se dirigió hacia estos, tratando de limpiar sus pringosas y ennegrecidas manos, frotándolas en un deshilachado y colorido ramillete de algodón:

—Hola, buenos días, señó Andrés —saludó adelantándose, sin poder reprimir su inquietud ni el estado de júbilo.

—Buenos días, chaval.

—Hola, José, ¿qué tal, cómo estás? —saludó al tiempo que le tendía la mano.
—La verdá es que no mos poemos quejá... enmientras que no farte el trabajo.

—¡Oh!... ¿es que ya se conocían? —musitó Antonio.

—Pues claro que sí… Plasencia no es más que un «pueblo», y los que somos de aquí nos conocemos todos, ¿verdad que sí, José?

—Sí, asín es. Y, en nuestro caso, de toa la vía, además de que semos casi familia.

—Bien, pues, vayamos al meollo de la cuestión —dijo mientras se adentraba en el minúsculo y desidioso despacho—. A ver, Antonio, dame la cartilla y el DNI.

Tras retirar con sumo cuidado la diminuta goma del símil negro y plastificado que hacía las veces de billetera, extrajo los documentos y los depositó sobre la mesa.

Andrés comenzó a teclear con soltura en su prehistórica Olivetti, pluma 22, para rellenar los impresos oficiales y dar de alta en la Seguridad Social al nuevo empleado. Una vez concluido, tras marcar con lapicero una pequeña x, los depositó y presentó a la firma sobre el escritorio.

En primer lugar sería Antonio y, mientras este garabateaba su rúbrica, Andrés extrajo una pequeña lata negra y cuadrada de uno de los múltiples cajones que disponía la mesa. Después la abrió de par en par y miró hacia el padre de la criatura.

José asintió con un leve gesto:

—Ya sé que tengo que untá el deo y después ponelo encima de la cruz y, ¿con esto vale, no?
—Sí, así es.

—¿Y cuándo puedo empezá a trabajá?

—El lunes, a las nueve y media, que es cuando abrimos.

—¿Tié que traé ropa de trabajo?

—No, no te preocupes por eso, José. Le daremos un «mono», aunque, con lo grande que es, no sé si tendremos de su talla.

—¡Ah, güeno! Si es asín, no hay más que jablá.

—Venga, pues, hasta otro día, José, y a ti, Antonio, hasta el lunes.

—Adiós, adiós —dijeron uno detrás del otro.

En esta ocasión, el ciclomotor arrancó al primer pedalazo y, tras encaramarse padre e hijo sobre este, dirigiendo una última mirada hacia el taller, se despidieron de Andrés con un leve movimiento de cabeza hacia arriba y este les respondió agitando la mano en alto, al tiempo que retornaba a sus quehaceres.

Quince minutos después, llegaron al barrio y, tras dejar el vehículo bajo la acacia de costumbre, José decidió acercarse hasta la piconera, y Antonio, a deambular por la plazuela.

De repente, sin saber por qué, comenzaron a desfilar por su cabeza un sinfín de lindos y placenteros recuerdos que le transportaron hasta su más tierna infancia; pero, de súbito, al concienciarse de que ya nada era igual, comenzó a sentir que su corazón latía al doble de lo normal, que sobre su frente afloraba un frío sudor y que un escalofrío recorría su cuerpo de arriba abajo.

Temiendo que le pudiese estar dando un infarto, comenzó a caminar hacia casa con paso largo y firme, cabizbajo, consternado… hasta llegar al portal. El tiempo se le hizo eterno, a pesar de que apenas eran cincuenta los metros que le separaban de su objetivo: estar al amparo bajo el techo familiar.

Subió las angostas escaleras, como tenía por costumbre, tiró del cordón y directamente se adentró en uno de los dormitorios. Al observar Manuela hacia dónde había dirigido su hijo los pasos, corrió a preguntarle:

—¿T'ha pasao algo, hijo mío? —interpeló al tiempo que lo abrazaba.

—No, mama, solo que estoy cansao —mintió para no preocuparla.

—No sé por qué; pero presiento que algo malo t'ha debío de ocurrí… te conozo mu bien, hijo… y esa cara que traís no es mu normá en ti.

—Me voy a tumbá un ratino. Me duele un poquino la cabeza.

Manuela puso la palma de su mano sobre la frente de este.

—Pos, fiebre no tienes, hijo, pero si estás cansao, como dices, acuéstate un poquino y enseguía te se pasará —argumentó tratando de alentarle.

Una hora después, se asomó con sigilo al dormitorio y, al observar que estaba despierto:

—¿No estás mejó, hijo mío?

—Sí, mama. Ya estoy bien.

—Pos, venga, alevántate, que estamos tu padre y yo esperándote pa comé.

Lo acontecido durante la mañana determinó que decidiese quedarse toda la tarde en casa junto a sus padres. Hasta que, a eso de las once y media, tras despedirse con un par de besos, como siempre, y un «hasta mañana», se marchó a dormir.



Los Hijos de La Data, Capítulo 2, episodio 3


En verano, al caer la tarde, la afluencia de transeúntes en la Plaza Mayor y alrededores aumentaba de manera considerable. Allí se daban cita niños, jóvenes, adultos y ancianos de diferentes estatus; unos, sentados en las terrazas, tomando café, una cerveza o un simple helado; otros, en los bancos o de pie junto a estos; el resto, paseando o correteando por los soportales, o bien bajo el amparo de la sombra que proyectaban los árboles que estaban junto a los pétreos asientos, tratando de hacer vida social.

Una de aquellas tardes, estando sentado sobre el granítico medianil que hacía posible ocupar el rocoso asiento a dos caras, Antonio entabló conversación con un joven de pelo cobrizo y, tras presentarse y tocar varios temas, terminaron hablando de trabajo:

—Tú, ¿estudias o trabajas? —curioseó el que tenía el rostro cubierto de pecas.

—Trabajo de repartidó en el almacén de comestibles que está en la calle del Sol.

—¡Ah! Es que llevo tiempo viéndote por aquí y, cómo me caes bien y en el taller necesitan un pinche, pues había pensado que tú...

—¿Eso qué es?

—Pues, alguien que esté interesado en aprender el oficio de mecánico, ¿qué va a ser?

—¿Y cuánto pagan?

—Yo llevo dos años y me pagan tres mil pesetas a la semana; pero claro, a los nuevos les pagan menos.

—¿Cuánto menos?

—No estoy seguro, pero creo que ahora son dos mil, más o menos.

—No está mal... a mí me dan mil quinientas pejetas y algunas cosas de comé.

—Entonces, ¿qué dices?, ¿te interesa?

—Pos, claro. ¿A quién no le interesa ganá más dinero?

—¿Sabes dónde está el polígono industrial?

—Sí, sí. A veces me toca llevá algo al Hotel los Álamos.

—¿Sabes dónde está la Compañía Extremeña de Aceites y Cereales?

—Sí, allí vamos a buscá la aceite que se vende en el colonial.

—Pues, mi taller está justo al lado... ¡Ah! Cuando vayas, pregunta por el encargado; se llama Andrés, y no te olvides de decirle que vas de mi parte.

—Está bien, pero se lo tengo que decí antes a mi padre y, si él me deja, iré.

Tras despedirse con un efusivo apretón de manos, al llegar a casa, después de cumplir con el protocolo...

Antonio puso serio el semblante.

—Tengo que hablá con usté, papa.

José esbozó una sonrisa en señal de aliento.

—Adelante, hijo.

—Esta tarde, en la praza, h'estao hablando con un muchacho y m'ha dicho d'un trabajo que a mí me gusta mucho.

El rostro de José demudó hasta evidenciar consternación.

—Pero, ¡¿tú no estás contento a ónde don Julián?!

La clara respuesta de Antonio no se hizo de rogar.

—No, papa. Además, en los talleres m'ha dicho que pagan más.

Con la mirada y la voz afligidas, José puso la mano sobre el hombro de su retoño.

—Hijo mío, no se trata de ganá más o menos parné, sino d'está a gusto en los sitios.

—Pos, eso mismo pienso yo, papa... allí m'aburro mucho… tos los días la misma faena, y pa rematá, el señó Jacinto tos los días llorando y diciendo que no m'ajunte con mis amigos.

—El trabajo es mu sagrao, hijo. El probe Jacinto lo jace por tu bien… esos granujas no tién güena fama.

—Entonces, ¿qué dice usté, papa? ¿Puedo ir a presentarme al tallé?

—Me paece bien, hijo; pero antes deja que vaya yo a jablá con don Julián. Siempre hay que queá bien en los sitios... quiero que eso lo tengas en cuenta toa tu vía.

El rostro de Antonio se tornó jubiloso.

—Gracias, papa, asín será —dijo, sin poder contener las emotivas lágrimas.

Paseaba y conversaba plácidamente José con uno de sus once hermanos entre los pétreos asientos cuando, al girar la vista hacia los soportales, reconoció a Julián sentado en una de las terrazas, leyendo la prensa:

—¿Tiés prisa, Doroteo?

—No, ¿por?

—Espérame aquí un rato, que tengo que decile algo a don Julián, el amo de los mis muchachos.

—Si no te enreas mucho, aquí mesmo t'aguardo sentao.

—Ahora enseguía vengo, hermano.

Aún faltaban un par de metros cuando se detuvo un instante para descubrirse y, tras atusarse el pelo, recolocar el cuello y las mangas de la camisa.

—Hola, güenas tardes tenga usté.

Julián alzó la vista, dobló y depositó el periódico sobre la mesa y, enarcando la ceja derecha, le brindó el esbozo de una sonrisa.

—¡Hombre!, José, ¿cómo tú por aquí?

—Ya siento tene que molestale, don Julián. ¿Tié usté un momento?

—Sí, claro. ¡Cómo no!

—Es que tengo que decile algo sobre el mi Antonio.

—Pero, ¡hombre de Dios!, no te quedes ahí de pie; siéntate un poco... ¿te apetece tomar algo?

José asintió, encogiéndose de hombros.

—¡Chist!, ¡chist! ¡Eh!, camarero —dijo, alzando y chasqueando los dedos, Julián.

—Hola, buenas tardes —saludó Agapito, con voz clara y suave, portando una bandeja de acero recogida entre sus manos—. ¿Qué desea el señor?

—Sírvale a este buen hombre lo que le apetezca y, para mí, otro café con hielo.

El joven y atento empleado miró hacia José e hizo un gesto en señal de pregunta.

—Me traiga una cerveza que no esté mu fría, ¡por favó!

Una vez que el camarero se había distanciado lo suficiente:

—¡Adelante!, cuéntame, José.

—Pos, mire usté, don Julián —dijo, y se detuvo mientras trataba de hacer saliva con el fin de que fluyesen mejor las palabras—, se trata del mi muchacho...

—Y, bien, ¿qué le ocurre a tu hijo?

—Paece sé que s'aburre en el armacén y que quié probá suerte en otro oficio —balbució con voz trémula—. Espero que no se lo tome usté a mal, don Julián.

—¡No, por Dios, qué cosas dices! La verdad es que no es el mejor momento para su partida, pero tengo que entender que, si el muchacho no está a gusto, pues ¿qué le vamos a hacer?... Es joven, honesto, trabajador e inteligente y tiene toda una vida por delante, y es posible que su futuro esté en otro lugar…

—Gracias por sé usté tan generoso y comprensivo, don Julián.

—Las gracias te las doy yo a ti: por ser un hombre cabal y por inculcar esos mismos valores a tus hijos.

Tras levantarse y tender la mano, José dijo:

—Dios guarde a usté y le dé salú por muchos años, don Julián.

—Ve con Dios, José. Y, si algún día tu hijo quisiera volver a mi casa, dile que tendrá las puertas abiertas.





sábado, 30 de mayo de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo 2, episodio 2


 

Una gélida y oscura noche de noviembre, rondando la medianoche:

—Bueno, muchachos, aquí os quedáis —dijo, tras levantarse con la intención de irse a dormir—, y acordaros de apagá el brasero cuando sos marchéis —indicó, estando ya en el exterior de la barraca.

—¡¿Qué pasa, tío?! —pronunció Chuchi, con los ojos a medio cerrar, mientras trataba de evitar que se le escapase la bocanada inhalada segundos antes de pasar el humeante y oloroso porro a uno de sus hermanos—. ¿De qué vas, colega?, no te precupes tanto, ¡coño!, que no semos tontos y sabemos lo que hacemos.

—Ya lo sé, solo sos estoy avisando. ¡Jodé!

—Venga, tronco, nos vemos —dijo, dando por solventado el asunto, Chuchi.

Tras pasar la noche.

Fue pisar Antonio el rellano y percibió una impetuosa e inaguantable pestilencia. Levantó su recta y ventilada nariz, tal y como lo haría cualquier perdiguero en día de caza, tratando de ventear y descubrir la procedencia de aquella hediondez. «¡Jodé, como güele a chamusquina!». Y, dirigido por un sexto sentido, comenzó a correr con desesperanza hasta llegar a la esquina de la última calle y, desde allí, inmóvil e incapaz de mover un solo músculo, observó con desánimo que lo único que quedaba en el lugar no eran más que unas nauseabundas y humeantes cenizas.

Sus mejillas se inundaron al rememorar los infinitos y felices momentos proveídos en su día por la desaparecida y mal finada barraca:

—No te lamentes por algo que, tarde o temprano, se veía venir —dijo una distorsionada voz, oculta tras la persiana de una de las ventanas.

Antonio se volvió hacia esta con la mirada fuera de sí.

—¡Cállese!… usté qué sabrá, so cotilla.

—Quien mal anda, mal acaba —expresó, alzando el tono, la anónima voz—. Desde que los trajiste al barrio, esos pájaros no han hecho cosa buena. Fue poner el pie ellos aquí y comenzaron a desaparecer: gallinas, perros, gatos, bicicletas, la gasolina y los espejos de las motos… Los muy sinvergüenzas ni siquiera han respetado la ropa de los tendederos.

—¡Sí, ya!, seguro cán sío ellos… ¡No se lo cree ni usté!

—A ver si, con un poco de suerte, desaparecen del barrio y no volvemos a saber nada más de ellos.

Sin más que objetar por su parte, Antonio condujo sus pasos hasta la acacia que estaba frente al portal y, tras liberarla de la opresora cadena, como tenía por costumbre, de un salto se subió a ella y comenzó a pedalear con rumbo al centro de trabajo.

—¿Qué te pasa? ¿Te ha ocurrido algo por el camino? —consultó Jacinto, al percatarse de la inusual actitud y languidecido semblante que presentaba.

—No, no m'ha pasao na —respondió secamente.

—¿No has dormido bien?

—Ya, l'he dicho que no m'ha pasao na. ¡Jodé! ¡Qué pesao que es!

—Pues cualquiera lo diría, hijo. Tu cara indica que has estado llorando.

Antonio le miró con incontrolado y rabioso ademán.

—Qué cotilla es usté, ¿no será por el frío que hace al vení en la bici?

—Está bien. Si no me quieres contar nada, tú sabrás.

La jornada aconteció taciturna; el joven optó por no hablar, el viejo por respetar a su estimado compañero.

Por la tarde, al escuchar las siete campanadas: «Por fin, llegó la p... hora de salí de trabajá», y, tras cambiarse de ropa y abandonar el colonial, como cada día, fue al encuentro de los que estaban sentados en la escalinata de la iglesia de San Pedro:

—¿Ande vas con ese careto, tío? —dijo a modo de saludo, Chuchi.

—¡Qué cara crees que tengo que traé, después de lo d'anoche! —exclamó con indignación.

—Tranqui, tío. No te embales y dispara de una p… vé lo que tengas qu'escupí.

—Mira que sos lo dije y...

—¿El qué?

—¡Qué tuvieseis cuidao con el brasero!

—¡Qué dices, tío! Nusotros mos fuimos enseguía, justo después de que tú te fueras. Manué, ¿verdá que tú sacastes el p… brasero?

—Sí, sí. Yo me quedé meando y lo apagué del to.

—No sé si es verdá o mentira lo que decís… Lo único que sé es que el chiscón ha desaparecío entre las llamas.

—¡No me jodas, tío! —protestó, llevándose las manos a la cabeza, Chuchi—. ¿En verdá que s'ha quemáo?

—Tú, ¿qué crees?…, ¿qué me lo estoy inventando?

—¡Jodél, qué p…da! —prorrumpió de nuevo Chuchi—. Tenía allí una güena piedra de chocolate y tres botellas de güisqui.

—¡¿Qué pena, verdá?! Pos, yo tenía allí parte de mi vida —rugió con ira, sin dar crédito a la preocupación manifiesta por su amigo.

—¡Jodél, tío! Nusotros no tenemos la culpa. No te pongas asín, hoctia.

—Bueno. Me marcho pa casa —dijo apenas sin fuelle.

—Pero semos colegas, ¿no? —consultó, haciendo un ademán de súplica.

Antonio, conmovido por la enternecedora imagen, asintió un par de veces con la cabeza y, de manera sosegada, comenzó a pedalear, fijando el rumbo directamente a casa.

A partir del nefasto día, al salir de trabajar, comenzó a formar parte de los asiduos ocupantes de los azulados y pétreos bancos que por aquel entonces se hallaban diseminados por la Plaza Mayor, o en compañía de «los cinco magníficos» por las inmediaciones de esta.

El cambio de aires y costumbres propició que este conociese nuevas amistades, sobre todo chicas que andaban por allí buscándose la vida; pero, a diferencia de sus camaradas, él se mantuvo al margen del alcohol y las drogas, aunque no así con el hábito de fumar.

«Si me ven fumando, puede que las tías vengan a pedirme tabaco y, si no es asín, pos se lo pido yo a ellas».

Y, mientras que este se dedicaba a seducir a las chicas que por allí pululaban, el quinteto se entretenía hurtando o dando tirones de bolsos.

Al percatarse de esto: «Si la poli me ve con ellos puedo tené problemas… bueno, a lo mejó no me pasa na porque m'han visto repartiendo y saben que yo estoy trabajando… además, como m'ha dicho mi padre, enmientras que yo no haga na, ni la poli ni los guardas ni los civiles me pueden hacé na… pero si me ve la gente con ellos pueden pensá que soy igual que ellos…», tras cavilar durante más de una hora, se planteó incluso terminar con su amistad, pero el hecho de haberles tomado tanto cariño le hacía sentirse entre la espada y la pared.

Por otro lado, se fue apartando de su infancia y de los amigos de siempre por el hecho de acudir al barrio solo para comer o dormir. Durante un tiempo mantuvo el contacto con sus adictivos, insensibles y pillastres colegas; pero eso sí, manteniéndose al margen de las acciones punibles.

Una tarde, sentados sobre una banasta de madera, frente a un montón de talludas patatas, se lamentaba, poniendo empaque melancólico, el veterano recadero:

—La vida es una mierda… es tan injusta a veces.

—Señó Jacinto, ¿qué quiere decí usté con eso? —consultó Antonio.

—…doce años contaba cuando pisé por primera vez este maldito lugar.

Antonio abrió los ojos de par en par y se llevó las manos a la cara en ademán de sorpresa.

—¡¿Maldito?!… ¿No entiendo?… Según m'ha contao usté, esto era to en su vida.

Jacinto torció el labio superior, esbozando algo parecido a una sonrisa.

—Sí, así es, hijo; pero no por ello significa que me sienta contento… El día que comencé a trabajar en este lugar lo hice con mucha ilusión. Mi madre y yo llegamos a Plasencia tras la repentina muerte de mi padre. Al quedarse viuda tan joven, sin nada que nos retuviese en el pueblo, decidió que lo mejor para los dos sería venirnos a vivir aquí, con la intención de labrase un futuro mejor para ella y para mí, su único hijo, dejando atrás mi infancia y el lugar donde nací hace más de 64 años.

Recuerdo que nada más llegar a la ciudad, por mediación de una conocida del pueblo, mi madre comenzó a servir en casa de una familia muy célebre y acomodada, la de don Anastasio Cepeda…

El joven aprendiz permanecía estático, en silencio, con la boca entreabierta y sin pestañear, absorto en la historia que el viejo iba rumiando.

—…y fue también por mediación de don Anastasio que intercedió por mí ante el padre de don Julián. El mismo que, por aquel entonces, se encargaba de sacar adelante el negocio que él mismo había fundado con unos dineros heredados tras el fallecimiento de sus padres en un accidente ferroviario —suspiró profundamente—. Don Anselmo se llamaba el padre de don Julián. ¡Qué gran hombre era este señor! —dijo sin poder contener el llanto y decidió hacer un alto en su historia.

Antonio permaneció callado por espacio de diez minutos. Su rostro reflejaba admiración y, al observar que Jacinto no continuaba, rompió el silencio:

—No sé por qué se lamenta usté… A mí me parece mu interesante su historia. ¿No quiere contarme na más?

—Sí, hijo, sí… pero ahora será mejor que continuemos con la tarea.

El resto de la jornada se limitaron a recolocar en las destartaladas estanterías todo el género que habían recibido en los dos últimos días: chorizos, jamones y quesos de cabra de la comarca; bacalao en salazón, latas de conservas y sardinas prensadas desde Cantabria y un gran surtido de legumbres: garbanzos de Fuentesaúco, lentejas de Tierra de Campos, alubias del Barco de Ávila y La Bañeza.

«El buen trato y la calidad de los productos hacen próspero al comerciante». Esa fue la premisa que se marcó al fundar la sociedad mercantil ACACSA (Almacén de Coloniales Anselmo Cépeda S.A.), establecimiento dedicado a la venta al por mayor y al detalle de productos locales, comarcales, nacionales y de importación, de calidad extra y de primera.

Durante un tiempo, y siempre que los quehaceres lo permitían:

—Julián y yo… perdón, don Julián y yo —rectificó Jacinto—, crecimos y jugábamos juntos aquí como si fuésemos de la misma familia. Él es mayor que yo dos años, ¿te lo he contado ya?

Antonio negó con la cabeza.

—Bueno, pues, como te iba contando… Entre nosotros surgió una gran amistad y, al ser hijo único los dos, creímos haber encontrado al hermano que la vida nos había negado. Tal era así que incluso don Anselmo, de vez en cuando, nos daba dinero para que los domingos fuésemos juntos al cine. Él y su esposa, doña Leonor, me trataban como si fuese un hijo más…

—Hizo un alto para tomar aire y, después de suspirar sonoramente, prosiguió—:

Aquí he dejado mis ilusiones e incluso mi propia vida… por un simple y mísero salario. ¡Ni siquiera casarme he podido! Toda mi vida aquí, aguantando las negativas de quien, en su día, creí más que amigo: «su excelencia don Julián», el mismo que se ha negado a concederme un pequeño aumento de sueldo a sabiendas de que era con el fin de crear mi propia familia y sacarlos adelante.

«Nadie te ha obligado a quedarte aquí toda tu vida, Jacinto… ni siquiera cuando te quedaste huérfano y mis padres te acogieron como a un hijo más. ¿Acaso te sientes con derecho a su herencia? ¿Sabes qué te digo?… Si no estás a gusto… ya sabes dónde está la puerta».

Esa es la respuesta que siempre me ha dado «Su ilustrísimo Don Julián».

—Se detuvo un instante para tomar aire y lo expelió resoplando como un caballo—:

¡Si don Anselmo levantase la cabeza!, estoy convencido de que del disgusto se volvía a morir —exclamó, lamentándose una vez más.

Antonio, al percatarse de que las lágrimas afloraban y discurrían por las envejecidas y surcadas mejillas, trató de alentarle:

—Tranquilo, señó Jacinto. No se ponga usté asín —dijo, al tiempo que le daba unas palmaditas en la espalda.

Pasado un tiempo, este le demostró a Antonio, en poco más de un año, que lo que en su día le pareció atrayente —trabajo y conversaciones con Jacinto—, con el transcurso de las horas y los días, aquello que le pareció interesante terminó convertido en algo rutinario y tedioso.

Y no queriendo tener que lamentarse, como su viejo compañero, en un futuro próximo…

«Yo quiero casarme, quiero tené hijos y viví la vida felizmente».



Los Hijos de La Data, Capítulo 2, episodio 1

 





 


















Los Hijos de La Data, Capítulo 2, episodio 1 

El lunes amaneció esplendoroso: el sol lucía radiante desde primeras horas, el cielo, sin nubes, y el viento brillaba por su ausencia. Antonio esperaba junto a la puerta del almacén con los nervios a flor de piel y, mientras tanto, desde la Plaza Mayor llegaba el profundo y sonoro toque de campana que, tras ser golpeada por el Abuelo Mayorga, uno tras otro, retumbaba por toda la calle del Sol. Antonio se entretuvo contándolos para sí mismo hasta llegar a nueve.

—Bueno, aún falta media hora pa empezá a trabajá —se dijo, se frotó las manos y notó cómo un escalofrío le recorría de arriba abajo la espalda.

—Hola, buenos días, ¿esperas a alguien? —dijo un enjuto y encanecido sexagenario al llegar junto al desconocido joven.

Antonio sonrió tímidamente.

—Sí, señó. Estoy esperando a que llegue don Julián y m’abra la puerta.

El recién llegado enarcó una de sus pobladas cejas.

—Pues me temo que eso no va a ser así.

—¡Ah!, ¿no? ¿Y eso quién lo dice?

—Te lo dice Jacinto Hernández Solís, el mismo que viste y calza, el mismo que lleva abriendo estas puertas nada más y nada menos que 48 años. ¿Te lo crees ahora?

Antonio asintió un par de veces con la cabeza.

—¡Sí, claro!... Si usté lo dice, asín será… Yo me llamo Antonio Hinojal Sánchez… y hoy empiezo a trabajá aquí.

—¡Ah!, pues nadie me ha dicho nada al respecto, pero siendo así, ¡acompáñame! —indicó el veterano mozo mientras caminaba sin preocupación alguna entre las arqueadas estanterías, las mismas que, por su deteriorado aspecto, amenazaban con caerse en cualquier momento.

Antonio siguió tras los pasos de aquel diminuto y escurridizo ser que entre ellas se movía con tanta rapidez como un ratón que huye de un gato.

Jacinto se volvió hacia Antonio y le hizo un gesto con la mano.

—Vamos, muchacho, no tengas miedo, que asín están desde el día en que llegué y aún está por caer la primera.

—No se precupe, señó Jacinto, que no es miedo, que es precaución.

—Perdona, hijo, pero por la cara que has puesto desde que entramos en el almacén, así me lo has hecho creer.

El colonial se encontraba en una de las principales arterias de la ciudad, a escasos metros de la Plaza Mayor. Esta, desde tiempos inmemoriales, se había convertido en el centro neurálgico del municipio, donde, los días de mercado, bajo los soportales se daban toda clase de intercambios y transacciones. Allí se daban cita tanto los de alta alcurnia como los menos pudientes: unos para conversar y otros para hacer tratos, sobre todo los martes. Ese era el día que aprovechaban los lugareños para acudir desde diversos pueblos de la comarca y poder ofrecer sus productos a todo aquel que se acercase hasta la céntrica plaza. La oferta era muy variada y allí se podía mercadear con frutas, verduras, textil, tierras, ganado… En fin, todo aquello que se pueda comprar, vender o intercambiar en los días de mercado, como en cualquier ciudad del mundo.

Y, como consecuencia de todo ello, los lunes aumentaba considerablemente el ajetreo y el trasiego en el colonial de don Julián, y más aún para el encargado de repartir la infinidad de pedidos, ya que ese día, además de distribuirlos por un gran número de bares y fondas —los mismos que, desbordados, atendían las demandadas raciones de viandas y bebidas—, también se repartían los encargos realizados por las familias pudientes que habitaban en las inmediaciones del monumental e histórico casco viejo.

Nada importaba que fuese su primer día en la empresa; así lo había decidido y ordenado Julián: el encargado de distribuir las demandas aquel día no era otro que el ilusionado Antonio, acompañado por el viejo mozo.

El eufórico aprendiz ansiaba comenzar el reparto desde el mismo instante en que vio el carro-bici que utilizaría: uno de esos de tres ruedas que son impulsados desde la parte posterior a base de darle a los pedales.

Al terminar la jornada, a eso de las nueve y media, llegó a casa tan exhausto que no abrió la boca más que para cenar y soltar algún que otro bostezo. Manuela, José y Azucena optaron por guardar silencio al observar su semblante: sus ojos y la largura de su rostro evidenciaban el cansancio acumulado.

A la mañana siguiente, Antonio se levantó tan fresco como una lechuga, después de haber dormido diez horas de un tirón, y, tras saludar efusivamente a sus padres y hermana, entró en el baño para liberarse de la presión abdominal y asearse. Al salir, tomó asiento frente a un tazón de cacao soluble y una veintena de galletas que esperaban ser deglutidos con calma.

Una hora después, el ilusionado aprendiz se hallaba junto a la puerta del colmado con ganas de comenzar la jornada laboral.

—Buenos días, señó Jacinto, ¿a ónde hay que repartí hoy? —expresó, frotándose las manos con energía.

El experimentado repartidor le miró con desánimo.

—Hoy no habrá bicicleta.

Cariacontecido por lo que acababa de escuchar:

—Pos, entonces, ¿qué hay que hacé?

—¿Ves aquel montón que está al fondo? —dijo señalando hacia una multitud de patatas talludas.

Antonio asintió.

—Sí, sí lo veo… ¿qué hay que hacé?

—En verdad que es poca cosa, pero hay que hacerlo hoy sin falta.

—¿El qué, señó Jacinto?

—Hay que quitarle todos los retoños que están brotando —informó con desgano.

Antonio abordó la tarea con entusiasmo, pero, al cabo de un par de horas, comprendió el desánimo que esta causaba en su compañero. Jacinto se percató de que alguien les vigilaba desde una pequeña puerta que Antonio había olvidado cerrar.

—Ya están ahí esos sinvergüenzas —susurró mientras se ponía en pie—. ¿Quién anda ahí? —gritó—. ¡Me caguen...!

—Señó Jacinto, ¿quién son? —dijo mientras se dirigían apresuradamente hacia la portezuela.

Una vez en el exterior, vieron cómo se daban a la fuga cinco mozalbetes. Jacinto se paró en mitad de la calle gritando a viva voz:

—¡No huyáis, granujas! Como os vuelva a ver por aquí, os voy a dar un palizón que no os va a conocer ni la p… que os parió. ¡Cabrones, no corráis!

—¡¿Usté sabe quién son?! —consultó Antonio, sorprendido al ver fuera de sí a su compañero.

Sí, hijo. Por desgracia para mí, sé quiénes son esos malnacidos.

—No se ponga usté asín, señó Jacinto, ¿l’han hecho alguna trastá?

—Sí, así es. Hace tiempo que los conozco. No son más que unos desgraciados. Los dos más pequeños viven en la calle Cartas; los otros tres, en la de Maldonado. Se pasan todo el día entrando y saliendo en las trastiendas, llevándose todo lo que encuentran a su alcance, los muy cabrones.

»Se puede decir que son unos muertos de hambre… Más de una vez, cuando me disponía a repartir los pedidos por los bares, durante mi ausencia, se apoderaban del género que había en el carro. Son gentes de malvivir, al igual que la mayoría de sus padres y, de seguí así, darán muy pronto con los huesos en la cárcel. ¡Que el Señor me perdone por lo que voy a decir! ¡Para traer hijos al mundo así, es mejor que sus madres los pariesen en sangre!

»Bueno, hijo, sigamos a lo nuestro, que por hoy ya hemos tenido más que suficiente —indicó, algo más calmado.

Tras retornar al almacén, prosiguieron con la tediosa tarea en silencio, absortos en sus propios pensamientos, sin ser conscientes del discurrir del tiempo.

—¿Qué? —chilló uno de los empleados, golpeando reiteradamente con el índice sobre la esfera de su reloj de pulsera—. ¿Aún no son horas?

—¡Rediós! —exclamó Jacinto, dando un salto—. ¡Sí que se ha pasado rápida la mañana!

—Es verdá, no me dao ni cuenta —corroboró Antonio, con una ligera sonrisa.

De lunes a sábado, los empleados atendían a todo aquel que se adentraba en el amplio, surtido y variado colonial. Eso daba pie a que Julián sintiese admiración por sus operarios, ya que el trato con los clientes y su profesionalidad revertían directamente en beneficio de la empresa y, para ellos, el tiempo transcurría vertiginosamente.

En cambio, en la trastienda, a Antonio las horas se le hacían eternas: unas veces por la falta de quehaceres, otras por las monótonas y tediosas tareas y, el resto, por estar pensando en que llegase el único día que, paradójicamente para él, transcurría rápido y felizmente: el lunes.

Por las tardes, después de salir de trabajar y durante los fines de semana, se reunía con sus amigos en el lugar de costumbre hasta que, a eso de las diez, regresaba a casa.

Una hora de reloj: ese era el tiempo que hacía que el sol se había despertado. No obstante, al levantarse, Antonio observó desde su ventana la bravura con que este había inaugurado el nuevo día. Tomó aire hasta henchir los pulmones y, tras estirar los brazos y estremecer su cuerpo, con una amplia sonrisa dibujada en su rostro, pensó: «¡Por fin llegó el lunes!».

Se dirigió al cuarto de baño y, una vez que desayunó, salió y comenzó a bajar las angostas escaleras como tenía por costumbre: de tres en tres.

Al salir del portal, Antonio se acercó hasta la acacia donde tenía encadenada a su servicial Orbea y, tras liberarla de los grilletes, se montó de un salto y comenzó a pedalear con frenesí hasta situarse al lado derecho de quien, a eso de las nueve y cuarto, tan puntual como el Abuelo Mayorga cuando golpea la campana, abría el establecimiento.

—Buenos días, señó Jacinto —saludó, bajándose de la arcaica bicicleta.

A Jacinto le llamó la atención la velocidad y el entusiasmo con los que había llegado.

—¡Adónde irás con esa locura! Algún día te vas a romper los morros con la bici, jodido —dijo mientras insertaba la enorme llave de hierro en la trillada cerradura.

Un rato después, como era habitual en las mañanas de los lunes, el trabajo se incrementaba en el colonial, sobre todo para el encargado de repartir los pedidos. Aquel día, desde primeras horas, los dependientes apenas daban abasto para atender a los clientes: unos por teléfono y otros en persona demandaban sin cesar infinidad de artículos.

—Será mejó que usté se dedique a ir preparando las bolsas y yo solo me encargaré de llevarlas… ¿le parece a usté buena idea? —arguyó Antonio, previendo lo que se les venía encima.

—Está bien, me parece una excelente idea, pero tendrás que tener mucho cuidado con las alimañas.

—¿Cómo dice, usté?

—Que tengas mucho cuidado con los cabrones del otro día.

—¡Ah!, era eso… No se precupe, no creo que se atrevan.

—Me alegro de que estés tan seguro de ti mismo; pero, aun así, ándate con ojo: que, a pesar de su corta edad, estos granujas ya son veteranos en el oficio. Los muy sinvergüenzas lo traen en la sangre.

Dicho esto, tras revisar las encomiendas y verificar que los pedidos correspondían con las notas, Antonio comenzó a pedalear rumbo a la calle del Sol y, a través de esta, se adentró en la Plaza Mayor.

No hizo más que pisar el enlosado cuando se percató de que los supuestos adversarios correteaban por los soportales, tratando de no ser vistos, ocultándose entre mesas y sillas.

Al llegar al destino, se bajó del vehículo sin quitarles la vista de encima.

—Oye, tú —dijo elevando la voz—, como me robéis algo, te las verás conmigo en cuantito que salga. ¿Te queda claro?

—¡¿Qué dices, tío?! Nusotros no semos ladrones… —respondió el mayor, con gesto desafiante—. ¿Tú qué t’has pensao, colega?

—¡Ah!, ¿no?... Entonces, ¿por qué corríais el otro día tanto?

—Fuimos allí porque mi primo me dijo que había un chavá nuevo.

—¡Ya!, seguro que era por eso…

—Si quieres… te cuidamos el carro… pero tienes que darme argo a cambio.

—Está bien… te lo daré cuando salga de trabajá.


Tras cumplir con el reparto, regresó al almacén.

—¿Qué?, ¿cómo ha ido todo? —preguntó Jacinto.

Antonio sonrió.

—Bien, bien. No se precupe usté.

—¿No te han quitado nada?

—No… Hice un trato con ellos.

—¿Y en qué consiste?

—L’he dicho que, si no me roban, yo mismo les daré algo.

Jacinto arqueó las cejas.

—¡Así, sin más!... Espero que no sea peor el remedio que la enfermedad.

Antonio se encogió de hombros.

—Pos, la verdá es que entoavía ni lo sé.

—Bueno… se me ha venido a la cabeza una idea —añadió Jacinto—. A ver si aceptan el trato y dejan de robarnos.

Un rato después, Antonio salió con una gran bolsa. Los cinco muchachos le esperaban.

—¿Eso es pa nusotros? —preguntó el cabecilla.

—Sí… y espero que no tengamos problemas.

—Está bien… te respetaremos. Tienes palabra.

Se presentaron. Chuchi, sus hermanos y los otros dos.

Antonio les tendió la mano.

—Antonio Hinojal Sánchez.

—Si quieres, te acompañamos —propuso Chuchi.

—Vale.

Y así, entre pedales y risas, regresaron juntos.

Al llegar al barrio, las miradas comenzaron a posarse sobre ellos. Presentaciones, curiosidad… y, sin darse cuenta, Antonio empezó a integrar a los nuevos en su mundo.

Desde entonces, cada tarde, a eso de las siete, el grupo le esperaba. Bastaba verle aparecer con la Orbea para que todos arrancasen en carrera hacia el «cuartel».

Pero, con el paso de los días, algo comenzó a cambiar.

Los de siempre lo notaron primero.

Las diferencias eran evidentes: unos jugaban, otros fumaban; unos soñaban, otros ya habían perdido cierta inocencia.

Y poco a poco, sin ruido, sin discusiones, sin necesidad de palabras, se fueron apartando.

Antonio, sin embargo, no era consciente de ello.

Él solo veía compañía.

Y disfrutaba de ella.






Los Hijos de la Data, Capítulo I, episodio 12


 

Allá por el mes de marzo, a través de un tercero, el director del colegio envió una misiva a los padres de Antonio:

Plasencia, 18 de marzo de 1974

Muy señores míos:

Ruego tengan a bien la amabilidad de ponerse en contacto con esta dirección. Asimismo, les recuerdo que estaré a su entera disposición, en horario escolar, en el despacho de dirección.

Atte.

Gregorio Fernández Alonso



Gregorio Fernández Alonso era un hombre de baja estatura, escaso cabello y rostro redondeado. Sus pequeños, vivarachos y redondos ojos se ocultaban tras unas gafas de fina montura dorada, que descansaban sobre una prominente y generosa nariz. Su trato con los demás era exquisito y concienzudo; le gustaba hablar con serenidad, aunque tenía por costumbre ir al grano sin más dilación. Aquella era una de las virtudes que más apreciaban quienes trataban con él. Durante una conversación, si tenía que llamar a las cosas por su nombre, lo hacía; eso sí, siempre desde el respeto y la delicadeza.

Vestía un sencillo pero impecable traje de paño grisáceo, camisa blanca y una cuidada corbata encarnada. Sus pies calzaban unos botines de negra, pulida y brillante piel. Sobre el perchero colgaban un amplio paraguas, un confortable y bien cortado abrigo, una bufanda y un sombrero de fieltro, todo ello tan negro como el betún.

Al salir del colegio, como siempre, con más hambre que una «chicharra» en invierno, Antonio corrió hacia su casa; pero, a diferencia de otros días, en vez de ser recibido con los brazos abiertos y cumplir con el protocolo familiar:

—¡Antonio! —chilló Manuela con semblante severo—. ¡Ven aquí ahora mismo!

El recién llegado se quedó boquiabierto y desconcertado ante el inusual talante que mostraba su progenitora.

—¡¿Qué quiere, mama?!

El gesto reflejado en el rostro de Manuela evidenciaba que algo no marchaba bien.

—¿Qué t'ha pasao en la escuela?

Antonio se estremeció al sentir un escalofrío recorriéndole la espalda.

—Na... Que yo sepa no m'ha pasao na. ¿Por qué lo dice usté, mama?

Manuela avanzó hacia él sin apartar la vista.

—¡Por esto! —dijo mientras, temblorosa, le mostraba la citación.

Antonio leyó la nota y se encogió de hombros.

—No sé, mama... Igual s'han confundío. Que yo sepa no he hecho na malo.

El miércoles día 20, a eso de las once de la mañana, Manuela se presentó en el colegio y, tras adentrarse en uno de los tres módulos en que estaba dividido el centro escolar, golpeó con los nudillos sobre la primera puerta que encontró.

—¿Sí? —dijo una voz desde el otro lado.

—¿Da usté su permiso? —preguntó con tono suave Manuela, al tiempo que entreabría la puerta y asomaba tímidamente la cabeza.

—¡Sí, adelante! —respondió con voz firme Inocencio, el profesor de 1.º A.

Manuela se adentró en el aula y dirigió sus pasos hacia el encerado verde, donde el maestro escribía y explicaba el significado de la unión entre vocales y consonantes en la frase «mi mamá me mima».

—Hola, güenos días tenga usté. ¿Podría decirme ande está el directó?

—Sí, faltaría más. Tiene usted que subir a la segunda planta y, al fondo, a la derecha, antes de llegar a los urinarios, encontrará una pequeña puerta de color crema con un letrero. A ver, Luisito, acompaña a esta señora.

Manuela sonrió ampliamente.

—Muchas gracias, señó... y perdone usté por las molestias.

—No hay de qué, señora. Que tenga usted un buen día.

—Lo mismo pa usté... y que Dios guarde y le dé salú por muchos años.

Manuela siguió al muchacho hasta las amplias e inclinadas escaleras. No eran muchas, pero sí las suficientes para que llegase jadeante al último peldaño. Apoyada en el balaustre, se detuvo un instante para recuperar el aliento mientras observaba el entorno.

Las paredes estaban pintadas de un suave amarillo pálido; el pasamanos, de madera de pino, brillaba por el desgaste provocado por el uso constante; y el terrazo del suelo armonizaba con un tono algo más oscuro que el de las paredes.

Al percatarse del nerviosismo de su joven acompañante, reanudó la marcha sin haberse recuperado del todo.

Luisito permanecía con el brazo extendido, señalando el negro y lacado letrero de la puerta.

—Aquí es, señora.

Ella le dedicó una tierna mirada.

—Muchas gracias, guapo —dijo mientras le entregaba una peseta.

El muchacho agradeció el gesto y salió zumbando escaleras abajo como si la vida le fuese en ello.

Manuela llamó suavemente con los nudillos.

—¿Da usté su permiso? —dijo al entreabrir la puerta.

—Sí, adelante —respondió Gregorio desde el interior.

—Hola, güenos días tenga usté.

—Lo mismo para usted, señora. Bien, ¿usted dirá?

—Pos, mire usté —respondió extendiéndole la citación.

—¡Ah!, es usted la madre de Antonio.

—Sí, asín es, señó directó. ¿Ha hecho alguna fechuría mi hijo?

—No, no... ¡Por Dios!, nada más lejos de la realidad. ¿Cómo puede usted pensar eso? Su hijo es un excelente muchacho y se nota que en casa le están educando como Dios manda. En realidad se trata de algo bien distinto.

»Les envié la carta porque quería hacerles saber que creemos que los estudios no terminan de despertar su interés. Tanto sus profesores como yo pensamos que podría desenvolverse mejor aprendiendo un oficio; algo que realmente le motive.

—¿M'está diciendo usté que es mejó sacalo de la escuela y ponelo a trabajá?

—Sí, más o menos de eso se trata. Pero también creemos que debería dedicarse a algo que le guste. De lo contrario, podría aburrirse y perder igualmente el interés. Siento ser tan directo, pero considero que es mejor que conozcan la realidad de la situación.

Al comprender que el silencio posterior indicaba el final de la entrevista, Manuela se puso en pie ayudándose del respaldo de la silla.

—Güeno, si usté no tiene más que decirme, le quedo mu agradecía por to. Que tenga usté un güen día, señó directó.

Gregorio se levantó para acompañarla hasta la puerta.

—Gracias a usted por venir tan pronto. Y, de igual manera, que tenga usted un buen día.


De regreso a casa, Manuela no paraba de darle vueltas al asunto. Al llegar a la altura del ultramarinos se detuvo un instante y, con la mirada hacia arriba, trató de recordar qué le hacía falta. Unos segundos después, al entrar en el establecimiento, percibió que, además del fuerte efluvio que desprendían los arenques prensados, el bacalao en salazón y la esencia de las especias a granel, se mezclaba el gustoso y exquisito aroma a café torrefacto El Cubano, procedente de Portugal.

Con la mirada recorrió los estantes: en la fila superior, ordenadas de mayor a menor, infinidad de latas de conservas dulces y saladas; en la inferior, enormes cajones con forma de cuña empotrados en un armario de oscura madera daban cabida a todo tipo de legumbres; a la izquierda, en un rincón colgando del techo, un rastrel con ganchos de acero sostenía ristras de chorizos y morcillas patateras procedentes de El Torno, junto a cuatro jamones pimentonados de El Piornal; varias cajas de vino blanco y tinto, junto a refrescos, zumos y gaseosas, completaban el conjunto.

—Güenos días, seña Marciana.

—Hola, hija, buenos días —respondió la tendera saliendo con una banasta de patatas desde la trastienda—. ¿Te ocurre algo? —preguntó al observar la palidez de su rostro.

—No, no me pasa na, seña Marciana... Es que vengo de la escuela; m'ha llamao el directó pa decime algo sobre el mi Antonio.

—¿Y qué es lo que le pasa a tu hijo? —curioseó la anciana.

—Na, que m'ha dicho que, aunque es mu listo, no vale pa estudiá.

—¡Bah!, no te preocupes por eso, hija. Mucho peor sería que fuese un malandrín.

Manuela sonrió, algo más tranquila.

—Tiene usté razón... Güeno, vayamos a otra cosa: deme tres panes, un kilo y medio de plátanos y tamién póngame dos trozos de bacalao, que mañana quiero hacé un güen potaje.

Mientras la abacera preparaba el pedido, ambas guardaron silencio.

—¿Alguna cosa más, hija? —preguntó la anciana al terminar de envolver los artículos en papel de estraza.

—No, no... creo que con esto vale... Apúntemelo en la libreta, que la semana que viene, en cuanto cobre José, le pagaré to lo que haya apuntao.

—No te preocupes, hija. Tan buen pagador es el que paga a plazos como el que lo hace al contado.

Manuela volvió a sonreír.

—Gracias, seña Marciana... Hasta mañana, si Dios quiere.

—¡Ve con Dios, hija! Y no te disgustes por lo del muchacho... Que no es ninguna deshonra no valer pa estudiá.

Durante el trayecto hacia casa continuó dándole vueltas a lo sucedido aquella mañana, aunque desde otra perspectiva. La conversación con la anciana le sirvió para ver las cosas con más calma. «El mi Antonio es listo y despierto, como dice to el mundo», se dijo, mientras una leve sonrisa le volvía al rostro.

De repente, se detuvo en seco al oír un motor que le resultaba familiar.

—¡Hombre!, marido, que a tiempo llegas.

José detuvo el ciclomotor, se bajó y, tras el protocolo habitual, cargó las bolsas en el portamaletas, sujetándolas con una cincha de goma que él mismo había fabricado con ganchos de alambre y una cámara de bicicleta.

—¿Cómo asín que andas tan tardía?

—Vengo de la escuela.

José enarcó las cejas.

—¿De la escuela?

—Sí, de hablá con el directó.

El semblante de José se tensó.

—¿Cómo asín?

—M'ha dicho que el muchacho ya no tiene na que hacé allí... que es mejó que aprenda un oficio.

José quedó unos segundos en silencio y luego esbozó una leve sonrisa.

—Bueno, mujé... eso era algo que tarde o temprano tenía que llegá... aunque es una pena: solo tiene quince años.

Ambos siguieron caminando hasta el portal. Tras dejar el ciclomotor encadenado en su sitio habitual, subieron las escaleras con las bolsas.

Al llegar al rellano, Manuela abrió la puerta. Sentados alrededor de la mesa camilla estaban Antonio y Azucena.

—Mama, ¿qué l'ha dicho el directó de mí? —preguntó Antonio con ansiedad.

—M'ha dicho que ya tienes edá de trabajá —respondió ella sin dar más detalles.

—¡Bien! —exclamó dando un salto—. La verdá, mama, es que ya estoy aburrío de estudiá... A mí me gusta más trabajá.

—Ahora lo que hay que buscá es un trabajo —dijo José—. Espero que no te jartes igual que de la escuela...

—No se precupe, papa, hace tiempo que tengo ganas de dejá la escuela y empezá a trabajá.

—Papa, en el sitio donde estoy trabajando necesitan un mozo pa el almacén.

—Está bien, hija. Esta tarde, cuando vayas, dile a don Julián que no busque más, que el sábado iré yo a hablá con él.

La emoción de Antonio era evidente en cada gesto.

—Espero que, si empiezas en el almacén, no tengamos que oír ninguna queja de ti. Recuerda que tienes que tratá al amo de usté y no se te ocurra cogé nada sin permiso, porque si no, tendré que echá mano del cinto y sacarte la piel a tiras. ¿Te ha quedao claro?

—Sí, papa. No se precupe, no será necesario.

El sábado por la mañana, José se dirigió al ultramarinos de don Julián, un conocido comerciante de la zona centro de Plasencia.

—Hola, güenos días. ¿Está el amo?

—Buenos días, señor. Sí, está en su despacho. Ahora mismo le aviso.

—¿Da usted su permiso, don Julián? —preguntó una voz femenina tras la puerta.

—Sí, adelante.

—En la tienda hay un señor que pregunta por usted.

—Hazle pasar, M.ª del Carmen.

—Por favor, señor, sígame.

Al llegar a la puerta, José se quitó la gorra.

—Güenos días tenga usté, don Julián.

—Hombre, José, cuánto tiempo. Pasa, pasa.

Ambos se estrecharon la mano.

—M'ha dicho m'hija que usté necesita un mozo de almacén, y como el mi Antonio quié trabajá, vengo a vé qué le paece.

—En realidad no es que lo necesite —respondió el empresario—, pero siendo tu hijo intentaré hacerle un hueco. Eso sí, tendrá que dar la talla.

José bajó la mirada.

—Lo del dinero lo h'entendío, pero lo otro no mu bien...

—Quiero decir que tendrá que ser responsable y trabajar como es debido. ¿Lo entiendes?

—Sí, sí, señó.

—Empezará el lunes.

José se levantó.

—Gracias, don Julián. Que Dios lo guarde muchos años.

—Gracias a usted.

—Ah, y los lunes se quedará a comer en el almacén.

—Lo que usté diga.

Al salir, José se detuvo al notar una mano en su hombro.

—Buenos días, papa. ¿Qué le ha dicho don Julián?

—M'ha dicho que la semana que viene empieza tu hermano a trabajá.

—Me alegro, papa. Seguro que se adapta bien.

—Eso espero, hija.

Se despidieron con dos besos.

—Adiós, papa.

—Adiós, hija mía.


Los Hijos de La Data, Capítulo I, episodio 11


 

Los Hijos de La Data, Capítulo 1 – Episodio 11


Una mañana de diciembre.

A pesar de que diciembre comenzó oscuro y lluvioso, aquello no logró hacer mella en la eufórica pandilla. Por un lado, estaban las ansiadas vacaciones escolares; por otro, podrían paladear aquellos deliciosos manjares que, durante el resto del año, quedaban vetados por la precaria situación económica que afectaba a gran parte de los hogares españoles.

Día 22. Sentados alrededor del brasero, bajo la tenue y trémula luz de los candiles:

—Habrá que prepará los achiperres pa pedí el aguinardo, ¿no? —propuso Antonio.

—Sí, eso; y tamién que no se nos olvide escribí la carta —añadió Moreno.

—¿Ya tenéis pensao qué os vais a pedí este año? —preguntó Rocío.

—¡Yo, sí! —gritó Leandro, con los ojos desorbitados por la emoción—. Este año me voy a pedí un Scalextric, una bici y los Juegos Reunidos Geyper.

—Yo dejaré que me traigan lo que quieran, porque siempre me traen cosas distintas de las que escribo —respondió, desalentado, Susi.

—Bueno, bueno. Ya sabéis que no basta solo con pedir los juguetes; además, hay que ser buenos durante todo el año —señaló Lucía.

—Yo no pediré na; al final, me traen siempre lo mismo: una carroza con indios, una escopeta pa cazá osos, leones y elefantes..., el chaleco, el sombrero, la insignia de sheriff y dos pistolas —respondió otro de los allí reunidos.

—Pos, a mí, el año pasao, por sé malo, solo me trajón una morcilla patatera. Y menos mal que mi madre m'había comprao un balón el día antes, que si no me había quedao sin na —refirió Moreno.

—¿Y vosotras qué os vais a pedí? —curioseó Antonio, mirando a Rocío y Lucía.

Rocío bajó la mirada y también el tono de voz.

—Yo me pediré algo de ropa... M'ha dicho mi madre que ya soy mu grande pa muñecas.

El rostro de Lucía se iluminó sobremanera.

—A mí me traerán útiles para el colegio. Mi padre se ha empeñado en que tengo que seguir estudiando.

Día 24. Después de comer, a eso de las cuatro, comenzaron a aparecer por el «Cuartel» y, una vez supervisado lo que cada uno había ido depositando sobre la mesa camilla, Antonio comenzó a organizar los grupos y el reparto de instrumentos. Cada equipo estaría compuesto por seis miembros, una botella de anís vacía, una pandereta y una zambomba, quedando distribuidos así: Antonio, Rocío, Moreno y tres más para el acompañamiento; Vicente, Lucía, Leandro y cuatro más; y Pedro, Ana, Susi y el resto de los componentes de la banda.

En Plasencia era costumbre que los pequeños y adolescentes, durante la tarde-noche del 24, acudiesen a solicitar el aguinaldo. El evento consistía en recorrer y visitar a los vecinos de la barriada con el fin de obtener unas monedas y algún que otro dulce y, a cambio, los convidados tenían que interpretar, con mayor o menor habilidad, los cánticos navideños tradicionales. En primer lugar, se llamaba a la puerta y, al ser esta abierta, comenzaban a cantar: «Dame el aguinardo, que es lo que te pido... una perragorda o un vaso de vino... y, si no me lo das..., me cago en tu portal». No todas las puertas se abrían ni en todas las casas correspondían con el aguinaldo; aunque, por norma general, la mayoría permitía el acceso a la vivienda.

Tras pulsar el timbre un par de veces, la puerta fue abierta de par en par. Estupefactos y en silencio, con los ojos tan abiertos como la propia puerta, permanecieron durante unos segundos al descubrir que, frente a ellos, sobre la mesa camilla, descansaban dos o tres bandejas repletas de deliciosos trozos de turrón —blando y duro—; coloridas y apetecibles porciones de fruta escarchada, mazapanes, polvorones, nevaditos, peladillas y piñones. El tamaño de sus pupilas se multiplicó por tres, al tiempo que las papilas gustativas comenzaban a segregar saliva. Al fondo, sobre un aparador color caoba, una bandeja con botellas de anís, coñac, ponche, güisqui y vino dulce, junto a otra con una docena de copas que ansiaban ser llenadas y formar parte del evento; a la derecha, la lámpara y el televisor adornados con guirnaldas de mil colores; a la izquierda, sobre el frigorífico, un radiocasete transmitiendo: «Campana sobre campana y sobre campana una... Belén, campanas de Belén... que los ángeles cantan por ver a Dios nacer...».

—Pasad, pasad —dijo con tono afable la dueña de la casa.

—Hola, buenas tardes. Venimos a por el aguinardo —enunció Antonio con cara de niño inocente.

—¿Asín, sin más, hijo? —indicó, al tiempo que silenciaba el reproductor musical.

Antonio volvió la mirada hacia sus acompañantes y, después de contar en alto hasta tres, comenzó a rascar con el mango de la cuchara el rugoso y áspero lomo de la botella de anís; Rocío le acompañó con la pandereta y Moreno con la zambomba y, unos segundos después, con voz dulce y melódica, los pequeños comenzaron a cantar: «Hacia Belén va una burra, rin, rin...».

Al terminar su repertorio, compuesto por tres o cuatro villancicos, los aplausos invadieron el hogar.

—Muy bien, muy bien —agasajó la señora de más edad, sin dejar de palmear—. Podéis tomar de las bandejas todo lo que os apetezca, excepto el licor, que yo misma os serviré una copita de anís para todos.

Al rato, tras haber degustado una porción de aquello que les había llamado la atención y después de recibir unas monedas, se despidieron de la familia con efusivas muestras de agradecimiento. Para cuando salió el último al rellano, la puerta de enfrente se abría para otro tanto de lo mismo.

A eso de las nueve, como habían acordado, retornaron a la plazuela después de haber estado cantando, comiendo y bebiendo durante más de cuatro horas y, una vez reunidos:

—¿Qué os parece si ajuntamos las perras y nos lo gastamos mañana? —propuso Antonio.

Los cabecillas dirigieron la mirada hacia su equipo en señal de pregunta. La conformidad del conjunto se manifestó a través de gestos y palabras.

—Bien. Pos, siendo asín, ¿quién lo quiere guardá? —consultó Antonio.

—Propongo que seas tú —expresó con energía Rocío.

—Estoy de acuerdo —dijeron los demás.

—¡Vale! Si asín l'habéis decidío, asín s'hará. Bueno, creo que va siendo hora de ir a cená, asín que ¡cada mochuelo a su olivo!

—Hasta mañana, Antonio, que te lo pases bien esta noche.

—Igualmente pa tos vosotros, y recordá que mañana nos vemos ónde siempre.

Al llegar a casa, el placentero aroma que emanaba desde la cocina se había dispersado por toda la vivienda. Aquella noche no habría pavo, como era costumbre entre los americanos; pero, con mucho esmero, se estaban estofando dos espléndidos y titánicos capones. De primer plato, una sustanciosa sopa de pescado; de segundo, una abundante ración de capón; y de tercero, una gran fuente con mejillones, cangrejos y langostinos.

—Está to riquísimo, mama —expresó Carmen.

—Hay que poné mucho amó en to, hija... y cuando sea pa la familia, mucho más entoavía —respondió Manuela.

Los días pasaron con rapidez y llegó Nochevieja. Tras la cena, todos esperaron las campanadas.

—¡Feliz Año 1974! —gritaron eufóricos.

Después salieron a la taberna, donde Ramón animaba la fiesta. Música, baile, risas, abrazos... hasta la madrugada.

El día de Reyes llenó la barriada de gritos y carcajadas. Los niños descubrieron sus regalos con emoción desbordada. Aunque no siempre coincidían con lo pedido, la ilusión permanecía intacta. La plazuela se llenó de vida: unos corrían, otros pedaleaban y otros enseñaban orgullosos sus juguetes.

Una semana después regresaron al colegio. Los primeros días, durante el recreo, compartían con todo lujo de detalles los regalos recibidos y las vivencias de las fiestas.

Poco a poco volvieron a la rutina.

Algunos alumnos se dedicaban en cuerpo y alma a los estudios, conscientes de que a través de ellos podrían labrarse un futuro. Otros, en cambio, seguían entregados al juego y a la diversión.

El invierno fue avanzando despacio entre clases, juegos y tardes en el cuartel, hasta que marzo comenzó a asomar en el calendario.



Los Hijos de La Data, Capítulo I, episodio 10

 







Los Hijos de La Data, Capítulo 1, episodio 10


Una mañana de noviembre.

Caminaban hacia el colegio enfundados en gruesas prendas de abrigo, cubiertos con gorros y bufandas de lana. Al reparar en que los charcos y el barro del enfangado camino estaban helados, comenzaron a saltar sobre las placas de hielo con la intención de romperlas. Las bajas temperaturas de la noche habían hecho posible que, en algunos tramos, el espesor superase el centímetro.

—¡Jo, menúa pelúa ha caío! —exclamó Moreno.

—Ya te digo. La condená se mete hasta los tuétanos —añadió Antonio, castañeando los dientes.

—Cualquiera saca la minga pa meá —soltó Leandro, estremeciéndose.

Al entrar en el aula notaron un ligero alivio, pero donde realmente entraron en calor fue durante el recreo. Después de comerse el bollo de pan con pan —en la mayoría de los casos—, las interminables carreras, los partidos improvisados de fútbol y cualquier otro juego en el que participaban les devolvían la sangre al cuerpo.

Por aquel entonces, un brasero de picón colocado bajo la mesa del profesor constituía el único sistema de calefacción de muchas escuelas rurales.

Por las tardes, al salir de clase, los días habían menguado considerablemente.

—Bueno, chicos, mañana nos vemos en la escuela. ¡Qué hace un frío que pela! —se despidió Antonio.

—Adiós, hasta mañana —respondieron los demás.

Mientras subía por las angostas e inclinadas escaleras de su casa, recordó algo que había visto tiempo atrás en la piconera, sobre las baldas de un viejo y destartalado armario.

«Ya lo tengo», pensó.

Y comenzó a subir los peldaños de tres en tres, entusiasmado.

Al llegar frente a la puerta, tiró del pequeño cordón que colgaba junto a la cerradura. Después de entrar y besar a su madre, preguntó:

—Mama, ¿me puedo llevá un poquino d'aceite pa mañana?

Manuela frunció el ceño.

—¿Pa qué lo quieres, hijo?

—¿Puedo llevame tamién dos o tres candiles que hay en la piconera? —añadió sin responder.

—¿Y pa qué quieres tú esas cosas?

Antonio puso cara de no haber roto un plato.

—Mamá, como ahora escurece tan pronto, he pensao que, en vez de está metíos en casa o en la calle pasando frío, podemos está jugando en el chiscón hasta la hora de cená.

—¡Ah!, ¿es pa eso? ¿Y tú crees que con los candiles se quita el frío?

—No, mamá. Los candiles son pa tené luz; pa'l frío ya he llevao un saco de picón.

—Bueno, bueno... Cuando venga tu padre se lo dices. Y si él te deja, te llevas el aceite y los candiles. Pero se lo pides delante mía, ¿vale?

—Está bien —respondió con desgana—. Como usté diga, mamá.

—¿Ya has terminao los deberes?

—Sí, mamá. Los hice en la escuela.

Mintió.

Cuando llegó José y Antonio le explicó sus intenciones, este respondió:

—Pues llévatelo, hijo. Pero ten mucho cuidao con no dejá encendíos los candiles ni el brasero cuando te vengas pa casa. El fuego es mu güeno y sirve pa muchas cosas, pero si se le deja solo es mu peligroso y traicionero.

Antonio sonrió.

—No se precupe usté por eso, papá. Yo mismo me encargaré de apagarlo to los días.

Después de cenar, permaneció junto a sus padres viendo la película que emitían en blanco y negro por el UHF. Por aquel entonces, Televisión Española era la única cadena existente y emitía únicamente a través de sus dos canales.

El calor del brasero fue adormeciéndolo poco a poco. En un santiamén se quedó acurrucao en uno de los sillones orejeros que rodeaban la mesa camilla.

Manuela abrió el sofá-cama y, tras prepararlo:

—Venga, hijo mío, vete a la cama, que t'has quedao frito.

—No, mamá, que no estoy dormío... Que a mí me gusta vé la tele con los ojos cerraos.



A la mañana siguiente, durante el recreo, anunció:

—Ya tengo solucionao lo del frío y la luz.

—¿Y qué has inventao? —preguntó uno.

Antonio sonrió con misterio.

—Ya lo veréis.

En ese instante resonó el estridente silbato que marcaba el final del recreo.

Aquella tarde, al salir de clase, se marchó corriendo sin esperar a nadie.

Al llegar a casa recogió la merienda, una botella de aceite y una caja de cerillas, y se encaminó hacia la piconera.

Media hora después, ya instalado en el acuartelamiento, vertió picón en el brasero. Encima colocó una hoja de periódico arrugada, varias astillas y les prendió fuego. Cuando el combustible comenzó a chisporrotear, lo avivó con ayuda de un cartón.

Después llenó con aceite las cazoletas de los ennegrecidos candiles. Preparó tres torcidas de trapo, las empapó bien y las colocó dejando asomar una punta por el pico de cada lámpara. Finalmente, colgó los candiles de las alcayatas que él mismo había clavado en la pared.

Todavía no había anochecido cuando encendió una cerilla y fue prendiendo las mechas una a una.

Los primeros chavales comenzaron a llegar.

Al ver la tenue luz de los candiles, se miraron entre ellos.

—El calor sí que se nota, pero el alumbrado deja mucho que desear —comentó Lucía.

—Habrá que esperá a que escurezca más y a que la llama coja fuerza. ¿Acaso tú naciste tan crecía o tan idiota como eres ahora? —respondió Antonio, molesto.

—Eso que brilla en la pared, ¿no serán tres luciérnagas? —insistió ella.

—¡Luci, vale ya! —intervino Rocío—. ¿A qué hemos venío aquí, a jugá o a discutí?

—¡Vaya!, lo que me faltaba ya.

Y salió refunfuñando.

El tiempo fue pasando lentamente. Afuera moría la luz del día mientras, dentro, las llamas crecían y llenaban la estancia de una agradable calidez.

A eso de las nueve, comenzaron a escucharse las voces de las madres llamando desde las ventanas.

—¡Jo, qué de noche es! —protestó Rocío.

Antonio encendió una linterna de petaca.

—No os precupéis, pero tenéis que esperá un poquino.

Entró de nuevo, cogió un gancho de hierro y arrastró el brasero hasta el arroyo para apagarlo. Después regresó, lo colocó bajo la mesa, apagó los candiles y cerró la barraca con la cadena y el candado.

Luego condujo a los más pequeños hasta sus casas.

Al llegar al barrio, el grupo se fue dispersando poco a poco, como un caramelo que se deshace en la boca dejando un agradable sabor.

Desde aquel día, las tardes transcurrieron en la barraca entre partidas de cartas, juegos de taba, chistes y confidencias.

Los días y las semanas pasaban felices, con pocas obligaciones y mucho tiempo para disfrutar.

«¡Qué tiempos aquellos!», pensarían años después.



Una tarde, mientras terminaba de preparar el local, Antonio comentó:

—Qué raro que no haigan venío ni la Rocío ni la Luci.

—La Luci no sé, pero la Rocío tampoco ha ido hoy a la escuela —informó una de las pequeñas.

—A lo mejor sus padres no la dejan vení —apuntó Vicente.

—¡Qué tontería! Sus padres saben que semos novios.

—Eso es lo que te dice ella.

Antonio lo miró con rabia.

—¿Acaso lo sabes tú?

—No... pero tampoco sabes tú que sea verdá.

Antonio guardó silencio.

Al poco rato decidió dar por terminada la reunión.



Al día siguiente, durante el recreo, se acercó a Lucía.

—Luci, ¿sabes por qué no viene Rocío?

La muchacha bajó la mirada.

—Sí...

—¿Qué ha pasao?

—Sus tíos tuvieron una boda este fin de semana. Al volver, el coche se salió en las curvas del arroyo del Ganso.

Antonio sintió un escalofrío.

—¿Y?

—Ha muerto el hermano de su madre. Su tía está muy grave en el hospital. Rocío se ha ido con sus padres para cuidar de sus primos.

El silencio se hizo pesado.

Algunos niños continuaron hablando.

Otros gesticulaban.

Otros permanecían callados.

Antonio no pudo contenerse.

Pensó en sus padres.

Pensó en las tardes junto al río.

Pensó en los desayunos, en los juegos, en las regañinas y en los abrazos.

«Si algún día les pasa algo a mis padres, yo me muero de pena.»

Y las lágrimas comenzaron a brotar sin freno, como un arroyo desbordado tras una tormenta.