Los Hijos de La Data, Capítulo 2, episodio 1
El lunes amaneció esplendoroso: el sol lucía radiante desde primeras horas, el cielo, sin nubes, y el viento brillaba por su ausencia. Antonio esperaba junto a la puerta del almacén con los nervios a flor de piel y, mientras tanto, desde la Plaza Mayor llegaba el profundo y sonoro toque de campana que, tras ser golpeada por el Abuelo Mayorga, uno tras otro, retumbaba por toda la calle del Sol. Antonio se entretuvo contándolos para sí mismo hasta llegar a nueve.
—Bueno, aún falta media hora pa empezá a trabajá —se dijo, se frotó las manos y notó cómo un escalofrío le recorría de arriba abajo la espalda.
—Hola, buenos días, ¿esperas a alguien? —dijo un enjuto y encanecido sexagenario al llegar junto al desconocido joven.
Antonio sonrió tímidamente.
—Sí, señó. Estoy esperando a que llegue don Julián y m’abra la puerta.
El recién llegado enarcó una de sus pobladas cejas.
—Pues me temo que eso no va a ser así.
—¡Ah!, ¿no? ¿Y eso quién lo dice?
—Te lo dice Jacinto Hernández Solís, el mismo que viste y calza, el mismo que lleva abriendo estas puertas nada más y nada menos que 48 años. ¿Te lo crees ahora?
Antonio asintió un par de veces con la cabeza.
—¡Sí, claro!... Si usté lo dice, asín será… Yo me llamo Antonio Hinojal Sánchez… y hoy empiezo a trabajá aquí.
—¡Ah!, pues nadie me ha dicho nada al respecto, pero siendo así, ¡acompáñame! —indicó el veterano mozo mientras caminaba sin preocupación alguna entre las arqueadas estanterías, las mismas que, por su deteriorado aspecto, amenazaban con caerse en cualquier momento.
Antonio siguió tras los pasos de aquel diminuto y escurridizo ser que entre ellas se movía con tanta rapidez como un ratón que huye de un gato.
Jacinto se volvió hacia Antonio y le hizo un gesto con la mano.
—Vamos, muchacho, no tengas miedo, que asín están desde el día en que llegué y aún está por caer la primera.
—No se precupe, señó Jacinto, que no es miedo, que es precaución.
—Perdona, hijo, pero por la cara que has puesto desde que entramos en el almacén, así me lo has hecho creer.
El colonial se encontraba en una de las principales arterias de la ciudad, a escasos metros de la Plaza Mayor. Esta, desde tiempos inmemoriales, se había convertido en el centro neurálgico del municipio, donde, los días de mercado, bajo los soportales se daban toda clase de intercambios y transacciones. Allí se daban cita tanto los de alta alcurnia como los menos pudientes: unos para conversar y otros para hacer tratos, sobre todo los martes. Ese era el día que aprovechaban los lugareños para acudir desde diversos pueblos de la comarca y poder ofrecer sus productos a todo aquel que se acercase hasta la céntrica plaza. La oferta era muy variada y allí se podía mercadear con frutas, verduras, textil, tierras, ganado… En fin, todo aquello que se pueda comprar, vender o intercambiar en los días de mercado, como en cualquier ciudad del mundo.
Y, como consecuencia de todo ello, los lunes aumentaba considerablemente el ajetreo y el trasiego en el colonial de don Julián, y más aún para el encargado de repartir la infinidad de pedidos, ya que ese día, además de distribuirlos por un gran número de bares y fondas —los mismos que, desbordados, atendían las demandadas raciones de viandas y bebidas—, también se repartían los encargos realizados por las familias pudientes que habitaban en las inmediaciones del monumental e histórico casco viejo.
Nada importaba que fuese su primer día en la empresa; así lo había decidido y ordenado Julián: el encargado de distribuir las demandas aquel día no era otro que el ilusionado Antonio, acompañado por el viejo mozo.
El eufórico aprendiz ansiaba comenzar el reparto desde el mismo instante en que vio el carro-bici que utilizaría: uno de esos de tres ruedas que son impulsados desde la parte posterior a base de darle a los pedales.
Al terminar la jornada, a eso de las nueve y media, llegó a casa tan exhausto que no abrió la boca más que para cenar y soltar algún que otro bostezo. Manuela, José y Azucena optaron por guardar silencio al observar su semblante: sus ojos y la largura de su rostro evidenciaban el cansancio acumulado.
A la mañana siguiente, Antonio se levantó tan fresco como una lechuga, después de haber dormido diez horas de un tirón, y, tras saludar efusivamente a sus padres y hermana, entró en el baño para liberarse de la presión abdominal y asearse. Al salir, tomó asiento frente a un tazón de cacao soluble y una veintena de galletas que esperaban ser deglutidos con calma.
Una hora después, el ilusionado aprendiz se hallaba junto a la puerta del colmado con ganas de comenzar la jornada laboral.
—Buenos días, señó Jacinto, ¿a ónde hay que repartí hoy? —expresó, frotándose las manos con energía.
El experimentado repartidor le miró con desánimo.
—Hoy no habrá bicicleta.
Cariacontecido por lo que acababa de escuchar:
—Pos, entonces, ¿qué hay que hacé?
—¿Ves aquel montón que está al fondo? —dijo señalando hacia una multitud de patatas talludas.
Antonio asintió.
—Sí, sí lo veo… ¿qué hay que hacé?
—En verdad que es poca cosa, pero hay que hacerlo hoy sin falta.
—¿El qué, señó Jacinto?
—Hay que quitarle todos los retoños que están brotando —informó con desgano.
Antonio abordó la tarea con entusiasmo, pero, al cabo de un par de horas, comprendió el desánimo que esta causaba en su compañero. Jacinto se percató de que alguien les vigilaba desde una pequeña puerta que Antonio había olvidado cerrar.
—Ya están ahí esos sinvergüenzas —susurró mientras se ponía en pie—. ¿Quién anda ahí? —gritó—. ¡Me caguen...!
—Señó Jacinto, ¿quién son? —dijo mientras se dirigían apresuradamente hacia la portezuela.
Una vez en el exterior, vieron cómo se daban a la fuga cinco mozalbetes. Jacinto se paró en mitad de la calle gritando a viva voz:
—¡No huyáis, granujas! Como os vuelva a ver por aquí, os voy a dar un palizón que no os va a conocer ni la p… que os parió. ¡Cabrones, no corráis!
—¡¿Usté sabe quién son?! —consultó Antonio, sorprendido al ver fuera de sí a su compañero.
—Sí, hijo. Por desgracia para mí, sé quiénes son esos malnacidos.
—No se ponga usté asín, señó Jacinto, ¿l’han hecho alguna trastá?
—Sí, así es. Hace tiempo que los conozco. No son más que unos desgraciados. Los dos más pequeños viven en la calle Cartas; los otros tres, en la de Maldonado. Se pasan todo el día entrando y saliendo en las trastiendas, llevándose todo lo que encuentran a su alcance, los muy cabrones.
»Se puede decir que son unos muertos de hambre… Más de una vez, cuando me disponía a repartir los pedidos por los bares, durante mi ausencia, se apoderaban del género que había en el carro. Son gentes de malvivir, al igual que la mayoría de sus padres y, de seguí así, darán muy pronto con los huesos en la cárcel. ¡Que el Señor me perdone por lo que voy a decir! ¡Para traer hijos al mundo así, es mejor que sus madres los pariesen en sangre!
»Bueno, hijo, sigamos a lo nuestro, que por hoy ya hemos tenido más que suficiente —indicó, algo más calmado.
Tras retornar al almacén, prosiguieron con la tediosa tarea en silencio, absortos en sus propios pensamientos, sin ser conscientes del discurrir del tiempo.
—¿Qué? —chilló uno de los empleados, golpeando reiteradamente con el índice sobre la esfera de su reloj de pulsera—. ¿Aún no son horas?
—¡Rediós! —exclamó Jacinto, dando un salto—. ¡Sí que se ha pasado rápida la mañana!
—Es verdá, no me dao ni cuenta —corroboró Antonio, con una ligera sonrisa.
De lunes a sábado, los empleados atendían a todo aquel que se adentraba en el amplio, surtido y variado colonial. Eso daba pie a que Julián sintiese admiración por sus operarios, ya que el trato con los clientes y su profesionalidad revertían directamente en beneficio de la empresa y, para ellos, el tiempo transcurría vertiginosamente.
En cambio, en la trastienda, a Antonio las horas se le hacían eternas: unas veces por la falta de quehaceres, otras por las monótonas y tediosas tareas y, el resto, por estar pensando en que llegase el único día que, paradójicamente para él, transcurría rápido y felizmente: el lunes.
Por las tardes, después de salir de trabajar y durante los fines de semana, se reunía con sus amigos en el lugar de costumbre hasta que, a eso de las diez, regresaba a casa.
Una hora de reloj: ese era el tiempo que hacía que el sol se había despertado. No obstante, al levantarse, Antonio observó desde su ventana la bravura con que este había inaugurado el nuevo día. Tomó aire hasta henchir los pulmones y, tras estirar los brazos y estremecer su cuerpo, con una amplia sonrisa dibujada en su rostro, pensó: «¡Por fin llegó el lunes!».
Se dirigió al cuarto de baño y, una vez que desayunó, salió y comenzó a bajar las angostas escaleras como tenía por costumbre: de tres en tres.
Al salir del portal, Antonio se acercó hasta la acacia donde tenía encadenada a su servicial Orbea y, tras liberarla de los grilletes, se montó de un salto y comenzó a pedalear con frenesí hasta situarse al lado derecho de quien, a eso de las nueve y cuarto, tan puntual como el Abuelo Mayorga cuando golpea la campana, abría el establecimiento.
—Buenos días, señó Jacinto —saludó, bajándose de la arcaica bicicleta.
A Jacinto le llamó la atención la velocidad y el entusiasmo con los que había llegado.
—¡Adónde irás con esa locura! Algún día te vas a romper los morros con la bici, jodido —dijo mientras insertaba la enorme llave de hierro en la trillada cerradura.
Un rato después, como era habitual en las mañanas de los lunes, el trabajo se incrementaba en el colonial, sobre todo para el encargado de repartir los pedidos. Aquel día, desde primeras horas, los dependientes apenas daban abasto para atender a los clientes: unos por teléfono y otros en persona demandaban sin cesar infinidad de artículos.
—Será mejó que usté se dedique a ir preparando las bolsas y yo solo me encargaré de llevarlas… ¿le parece a usté buena idea? —arguyó Antonio, previendo lo que se les venía encima.
—Está bien, me parece una excelente idea, pero tendrás que tener mucho cuidado con las alimañas.
—¿Cómo dice, usté?
—Que tengas mucho cuidado con los cabrones del otro día.
—¡Ah!, era eso… No se precupe, no creo que se atrevan.
—Me alegro de que estés tan seguro de ti mismo; pero, aun así, ándate con ojo: que, a pesar de su corta edad, estos granujas ya son veteranos en el oficio. Los muy sinvergüenzas lo traen en la sangre.
Dicho esto, tras revisar las encomiendas y verificar que los pedidos correspondían con las notas, Antonio comenzó a pedalear rumbo a la calle del Sol y, a través de esta, se adentró en la Plaza Mayor.
No hizo más que pisar el enlosado cuando se percató de que los supuestos adversarios correteaban por los soportales, tratando de no ser vistos, ocultándose entre mesas y sillas.
Al llegar al destino, se bajó del vehículo sin quitarles la vista de encima.
—Oye, tú —dijo elevando la voz—, como me robéis algo, te las verás conmigo en cuantito que salga. ¿Te queda claro?
—¡¿Qué dices, tío?! Nusotros no semos ladrones… —respondió el mayor, con gesto desafiante—. ¿Tú qué t’has pensao, colega?
—¡Ah!, ¿no?... Entonces, ¿por qué corríais el otro día tanto?
—Fuimos allí porque mi primo me dijo que había un chavá nuevo.
—¡Ya!, seguro que era por eso…
—Si quieres… te cuidamos el carro… pero tienes que darme argo a cambio.
—Está bien… te lo daré cuando salga de trabajá.
(…)
Tras cumplir con el reparto, regresó al almacén.
—¿Qué?, ¿cómo ha ido todo? —preguntó Jacinto.
Antonio sonrió.
—Bien, bien. No se precupe usté.
—¿No te han quitado nada?
—No… Hice un trato con ellos.
—¿Y en qué consiste?
—L’he dicho que, si no me roban, yo mismo les daré algo.
Jacinto arqueó las cejas.
—¡Así, sin más!... Espero que no sea peor el remedio que la enfermedad.
Antonio se encogió de hombros.
—Pos, la verdá es que entoavía ni lo sé.
—Bueno… se me ha venido a la cabeza una idea —añadió Jacinto—. A ver si aceptan el trato y dejan de robarnos.
Un rato después, Antonio salió con una gran bolsa. Los cinco muchachos le esperaban.
—¿Eso es pa nusotros? —preguntó el cabecilla.
—Sí… y espero que no tengamos problemas.
—Está bien… te respetaremos. Tienes palabra.
Se presentaron. Chuchi, sus hermanos y los otros dos.
Antonio les tendió la mano.
—Antonio Hinojal Sánchez.
—Si quieres, te acompañamos —propuso Chuchi.
—Vale.
Y así, entre pedales y risas, regresaron juntos.
Al llegar al barrio, las miradas comenzaron a posarse sobre ellos. Presentaciones, curiosidad… y, sin darse cuenta, Antonio empezó a integrar a los nuevos en su mundo.
Desde entonces, cada tarde, a eso de las siete, el grupo le esperaba. Bastaba verle aparecer con la Orbea para que todos arrancasen en carrera hacia el «cuartel».
Pero, con el paso de los días, algo comenzó a cambiar.
Los de siempre lo notaron primero.
Las diferencias eran evidentes: unos jugaban, otros fumaban; unos soñaban, otros ya habían perdido cierta inocencia.
Y poco a poco, sin ruido, sin discusiones, sin necesidad de palabras, se fueron apartando.
Antonio, sin embargo, no era consciente de ello.
Él solo veía compañía.
Y disfrutaba de ella.

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