Los Secretos del Trasmallo
Por fin llegó el tan ansiado momento. Después de comer y dormir una breve siesta, José recogió el saco de yute donde guardaba el trasmallo y se acercó hasta donde estaba acostado Antonio.
—¡Vamos, Pirata! —propuso, haciéndole un gesto con la cabeza—. A vé qué tal se mos da.
—¡Ya voy, papa! —respondió el muchacho con brío, poniéndose en pie de un salto.
José se echó el saco sobre el hombro y ambos emprendieron la marcha. Mientras caminaban, el padre colocó la mano sobre el hombro de su hijo y, mirándole a los ojos, le advirtió: —Hijo mío, siempre que vayas a pescá tiés que tené mucho cuidao: no jacé ruío y andá con la vista fina.
—¿Qué quiere usté decí con eso, papa?
—No solo por los peces, hijo. Tamién tiés que tené cuidao con los Civiles y con los del Incona.
—¿Quién son los del Incona, papa?
—Los que vigilan los ríos y los montes… Tos ellos tién mu mala sangre, y es mejó no velos por ningún sitio.
A unos quinientos metros de la enramada, José se detuvo en seco. Depositó el saco en el suelo y extrajo el trasmallo. —Asujetalo, hijo —dijo en voz baja. Acto seguido se internó entre la maleza y regresó con una pequeña balsa de corcho y polietileno que él mismo había escondida allí días atrás. Jose comenzó a deslizarse por el agua con la misma soltura que un gondolero veneciano, usando un varal de chopo con una virola metálica en la punta.
Desde la orilla, sentado a la sombra de unos alisos, Antonio observaba atentamente cada movimiento de su padre, grabando en su memoria el procedimiento: cómo José cruzaba a la otra orilla, ataba un cabo a los juncos y desplegaba la red dejándose llevar por la corriente. Luego, lo vio golpear la superficie y el fondo con el varal para asustar a los peces y empujarlos hacia el trasmallo. Media hora más tarde, José comenzó a recoger la red, cargada de peces que aún se agitaban. Antonio lo esperaba saltando de alegría.
En el río Jerte, por aquellas fechas, habitaban infinidad de especies acuáticas: barbos, bogas, cachos, jaramugos, truchas y tencas, además de anguilas, black-bass, carpas, cangrejos y mejillones. Tras desenredar con cuidado el pescado y depositarlo en el costal, Jose volvió a ocultar la balsa.
—Marido, ¿qué tal s'ha dao? —preguntó Manuela desde la distancia al verlos aparecer.
—Bien, bien… Vienen como seis kilos de chicos y unos diez de gordos.
—¡Qué bien! Asín podremos prepará un güen moje con los grandes.
José puso a secar el trasmallo entre dos alisos, ocultándolo para evitar llamar la atención de los guardas, ya que en verano estaba prohibido pescar con redes. Un rato después, clasificaron y destriparon las capturas. José preparó una hoguera y Manuela roció el pescado con sal gorda para airearlo antes de freírlo en una enorme sartén jaspeada.
Antonio se acercó a la mesa cuando los primeros peces pequeños, fritos y dorados, fueron depositados en una gran fuente de porcelana blanca.
—Mama, ¿puedo cogé uno?
Ella asintió con la cabeza.
—Sí, hijo mío. Pués comé los que quieras, pero ten cuidao, que entoavía queman mucho.
—¡Hmm! Están deliciosos, mama.
José intervino para que se frieran más, "bien churruscaos", antes de pasar a las tajadas grandes destinadas al moje. Estas no necesitaban tanta fritura. Cuando alcanzaron el punto deseado, fueron depositadas en un perol rojo óxido. Jose preparó el escabeche sofriendo cebolla, pimientos cornicabra secos, laurel y ajo, añadiendo un vaso de vinagre y agua. Vertió el líquido sobre el pescado troceado y lo dejó reposar, pues el moje sabía mejor de un día para otro.
La tarde había avanzado y el sol comenzaba a ocultarse tras la silueta azulada de la sierra cuando dieron por terminada la tarea.
—Antonio, hijo, ve poniendo los platos en la mesa, que vamos a cená ahora mismo —dijo Manuela con tono suave.
—¿Qué hay pa cená, mama?
—Sopas de tomate y peces fritos. Y saca las uvas tamién, hijo, que las vamos a comé pa acompañá las sopas.
—A mí me gusta comelas con jigos —comentó José.
—Pos hoy tendrán que sé con uvas.
Apenas habían terminado de cenar cuando la oscuridad comenzó a cubrirlo todo. La luna se abrió paso tímidamente y las estrellas empezaron a brillar mientras el aire refrescaba.
—Esta noche me da a mí que temos que echarnos la manta por cima —balbució José—. Bueno, habrá que dir pensando en dirse a dormí… ¡Que mañana es día de escuela!
—Papa, pero si falta más de un mes pa empezá la escuela.
—Eso es pa ti, hijo. Yo mañana tengo que dir a trabajá.
Apenas despuntaban las primeras luces del alba cuando la vieja Derbi comenzó a rugir: Joseé se marchaba a trabajar. Un tiempo después, hacia las diez y media, Antonio sintió una necesidad perentoria de evacuar el intestino y se alejó hacia un altozano de carrascas.
Aún rayaban las primeras luces del alba cuando, para no despertar a quienes aún dormían, comenzó a rugir a unos doscientos metros la vieja Derbi con la que José se iba a trabajar, como venía siendo habitual.
Un rato después, hacia las diez y media, cuando el sol todavía permanecía bajo y al proyectar su luz hacía crecer enormemente las sombras de los objetos, Antonio sintió al mismo tiempo un fuerte retortijón y la necesidad urgente de evacuar. Sin perder tiempo, se alejó a toda prisa hacia el lugar destinado para aquellos menesteres: un pequeño altozano poblado de oscuras y achaparradas carrascas.
Ajeno a todo, por el sendero avanzaba un estirado, ágil y escurridizo ofidio, de tonalidades pardoverdosas y con una oscura mancha dorsal detrás del cuello. Su cabeza era estrecha, de hocico afilado; los ojos, grandes y redondos. Venteando el aire, iba en busca de sustento.
Cuando ambos quedaron frente a frente, separados apenas por un par de metros, el animal, creyéndose amenazado, se irguió con avidez mientras lanzaba enérgicos bufidos y rápidos amagos de ataque hacia quien consideraba su enemigo. Entre resoplidos, su lengua roja y bífida aparecía y desaparecía amenazadora.
Antonio sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo entero. Se le erizó el vello y, al mismo tiempo que desaparecía de golpe la necesidad de evacuar, notó cómo algo tibio y húmedo le descendía por la pierna derecha.
No habían transcurrido ni diez segundos desde el azaroso encuentro cuando ambos emprendieron la huida en direcciones opuestas. La serpiente desapareció veloz entre un enorme pedregal. Antonio, tan pálido como la penca de una acelga, corría despavorido mientras gritaba:
—¡Socorro!, ¡socorro!, ¡auxilio!
Manuela, alertada por los gritos, salió a su encuentro tan deprisa como le permitían las piernas. En cuanto llegó junto a él, lo estrechó entre sus brazos.
—¿Qué t'ha pasao, hijo mío? —preguntó angustiada mientras lo llenaba de besos y le palpaba el cuerpo en busca de alguna herida.
El miedo impedía a Antonio articular palabra. Entonces Manuela percibió un insoportable hedor y notó en la mano algo pegajoso.
—¡Una serpiente!, ¡una serpiente! —logró balbucear al fin el muchacho.
—¡Ja, ja, ja!… ¡Ay, Dios mío!… —rompió a reír Manuela, incapaz de contenerse.
—Pos no sé de qué se ríe usté tanto, si la dan miedo hasta los ratones —protestó él, ofendido.
—No me río de ti, hijo mío… ni tampoco de la culebra.
—¿Entonces?
—Verás cuando se lo cuente a tu padre… ¡Anda!, vete a quitá las carzonas y date un baño, que si no, en vez de la culebra te van a comé las moscas.
Circundada por varias piedras, una hoguera ardía alegremente sobre el suelo. Encima de unas trébedes descansaba un caldero de cobre en cuyo interior crepitaba el aceite mientras se doraban unos dientes de ajo. Manuela añadió después un puñado de cebolla y pimientos verdes bien picados. Cada nuevo ingrediente avivaba el chisporroteo y hacía que el aroma fuese ganando intensidad. Finalmente, incorporó varios tomates maduros, pelados y troceados.
En pocos segundos, el lugar quedó inundado por el delicioso olor que emanaba del caldero.
A la derecha de las trébedes había un puchero oblongo, de paredes abombadas y un solo asa lateral. Por dentro lucía un suave gris perlado; por fuera, un rojo apagado con la base ennegrecida por el humo. En su interior hervía una docena de huevos camperos. Junto a él, otro recipiente más ancho y alto, con dos asas, borboteaba anunciando el momento de echar la pasta. En el agua danzaban un par de hojas de laurel y un puñado de sal.
Superado ya el susto de la mañana, Antonio se entretuvo durante un buen rato bañándose en el río. Se zambullía una y otra vez, perseguía peces y trataba de atrapar alguno de los que se ocultaban entre las algas o bajo las piedras más grandes, esperando conseguir alguna hazaña digna de elogio.
Tras desistir en su empeño, el hambre comenzó a apretarle el estómago.
—¡Mama!, ¿qué hay pa comé? —gritó desde la orilla.
Manuela, que se hallaba junto a la hoguera, aguardó primero a tragarse el trozo de pan que estaba comiendo.
—Macarrones con tomate. Pero antes tiés que ir a la fuente por agua —respondió alzando la voz.
Antonio se relamió.
—¡Hmm!... ¡Qué ricos!... ¡Mama, póngame un buen platao, que vengo enseguía!
Cogió dos garrafones verdes de plástico rugoso, los introdujo en el cesto de mimbre instalado en el portaequipajes de la bicicleta y salió pedaleando con entusiasmo. Cinco minutos más tarde llegó jadeante y sudoroso a la fuente, situada junto a un enorme canchal.
Desde fuera, el pequeño edificio parecía una caseta de piedra. Las paredes estaban levantadas con mampostería y argamasa; el tejado lo formaban dos grandes losas de granito. Para acceder al interior era necesario descorrer un cerrojo y abrir una pesada puerta de hierro cuya función era impedir la entrada de animales y alimañas.
Nada más entrar, Antonio sintió el frescor del lugar. Frente a él había un antepecho de unos cincuenta centímetros de altura construido con ladrillos macizos y recubierto de argamasa. En uno de los extremos habían dejado un hueco a modo de rebosadero, por donde el agua sobrante escapaba hacia un pequeño canal que la conducía hasta varias pilas de granito utilizadas como abrevadero para el ganado.
Continuó observando cada rincón hasta descubrir, en una pequeña hornacina, un bote de latón que hacía las veces de taza. Lo aclaró, lo llenó y bebió de un solo trago.
Después enjuagó los garrafones, se arrodilló junto al murete y comenzó a llenarlos. Mientras el agua entraba en el recipiente produciendo un sonoro:
—Glub, glub, glub...
levantó la vista hacia el techo y se estremeció al descubrir la enorme cantidad de negros y zanquilargos morgaños que correteaban por la vieja techumbre.
—¡Jodé, cuántos bichos hay aquí! —exclamó.
Cuando terminó, dejó las garrafas en el exterior, cerró la puerta y emprendió el regreso.
Al volver a la enramada encontró sobre la mesa un abundante plato de humeantes macarrones con tomate y, al lado, otro más pequeño con dos huevos cocidos.
Los golpeó suavemente con el mango del cuchillo, los peló y los troceó sobre la pasta antes de mezclarlos con el tenedor. Luego comenzó a devorarlos con auténtica ansia, sin importarle que la salsa le manchase las comisuras de los labios.
Después de comer, lavarse las manos y limpiarse el bermejo hocico, se dirigió al islote. Allí, bajo la sombra de los alisos y recostado sobre una jarapa multicolor, cayó profundamente dormido.
No despertó hasta cerca de las cuatro y media, sobresaltado por el bullicio de una quincena de muchachos que llegaban cargados con meriendas, toallas y utensilios de baño.
Al reconocerlos, salió corriendo a su encuentro.
—¡Jodé, lo que habéis tardao en vení!
—Menua caló que hace —se justificó Rocío, la mayor del grupo.
—Ya, mi niña… pero aun así se puede vení un poco más ligero, ¿no?
—Sí, claro… sobre to con estos —dijo señalando a los pequeños—, que andan más despacio que las tortugas y se enrrean más que las zarzas.
Rocío era una muchacha agraciada de trece años, de tez blanca curtida por el sol. Sus largos cabellos negros solía llevarlos recogidos en dos voluminosas coletas. Sobre la pequeña frente destacaba un tupido flequillo recto. Sus grandes ojos verdes, vivaces y expresivos, estaban rodeados de largas pestañas. Sobre la nariz y los pómulos se repartían diminutas pecas, y tanto en las mejillas como en las comisuras de los labios asomaba alguna que otra espinilla adolescente.
Era alta y delgada como una tarma. En sus largos brazos podían verse restos de calcomanías desgastadas por el agua y el paso del tiempo. En la muñeca derecha llevaba una colorida pulsera confeccionada por ella misma con finas tiras huecas de plástico.
Rocío era también risueña, amable y de buen trato, aunque a veces algo obstinada. El resto de la pandilla, además de apreciarla como amiga generosa y cariñosa, comenzaba a percibir en ella los primeros signos de mujer.
Nada más llegar a la zona de baños, extendieron las toallas sobre la hierba, colgaron las meriendas de las ramas y salieron corriendo hacia el río.
—¡Al agua, patooooos!
Todos excepto Antonio, que fue hasta el islote para recoger su peculiar flotador: una enorme cámara negra de rueda trasera de tractor.
Aquella cámara hacía las veces de barca cuando estaba solo y de improvisada plataforma de juegos cuando se reunían por las tardes. Desde ella, los mayores se lanzaban de cabeza al agua y regresaban nadando para repetir una y otra vez la operación.
El juego consistía en que, para volver a subir, debían bucear y aparecer por el hueco central de la cámara mientras los demás permanecían agarrados esperando turno. No siempre conseguían mantener el equilibrio, y entonces comenzaban las risas, los empujones y la competición por ver quién lograba subir primero.
Mientras tanto, los pequeños organizaban carreras río abajo, embutidos en flotadores con forma de pato o protegidos con manguitos fluorescentes.
Durante horas, el río se llenó de chapoteos, carreras, gritos y carcajadas.
A eso de las siete, agotados y hambrientos, llegó el momento de la merienda. Sobre las toallas aparecieron enormes bocadillos de tortilla, chorizo, jamón y queso, mortadela con aceitunas o chóped.
Fueron devorados en apenas unos minutos, impulsados por el feroz apetito que dejaban los juegos acuáticos.
Después recogieron las cosas y emprendieron el regreso por el largo y polvoriento camino.
Como cada tarde, José regresó de trabajar y cumplió con su ritual habitual. Manuela lo esperaba junto a la orilla con una toalla en la mano.
—¿Qué tal, marío?... ¿Vienes mu cansao?
Sin poder evitarlo, soltó una sonora carcajada al ver acercarse a Antonio.
José arqueó las cejas.
—¿Qué te jace tanta gracia?
—Na… ya te lo contará tu hijo.
Antonio llegó hasta ellos sudoroso y excitado.
—¡Papa, papa!... Esta mañana, cuando iba a tirá el pantalón, me salió una serpiente más grande que yo...
Y comenzó a relatar el encuentro exagerando el tamaño del animal a cada frase.
—¡Hasta pelos negros tenía en la cabeza! —remató.
—Hijo, ¿no sería una lumbrí? —bromeó José.
—No, papa. Era más grande que las serpientes con las que pelea Tarzán en las penículas.
—¡Caramba!... Habrá que avisá a los guardias pa que la maten.
Antonio frunció el ceño.
—Papa, ¿no me cree usté?
—Sí, hombre, sí… igual que tú tienes que creé que una vez luché bajo l'agua más de siete horas contra un enorme pez y hasta que no le clavé el cuchillo diecisiete veces en los purmones no acabé con él.
Antonio lo miró desconcertado.
—Pero, papa… si el maestro dice que los peces respiran por las branquias.
—Los maestros saben mucho de letras y números… pero de peces sabemos más los pescaores.
Manuela terminó estallando en carcajadas.
—No me río de la culebra… ¡me río de que el joío s'ha cagao patas abajo!
Y los tres acabaron riendo hasta quedarse sin aire mientras el sol comenzaba a esconderse lentamente.

Este episodio puede clasificarse como un relato costumbrista, de aprendizaje iniciático y memoria social con elementos de aventura rural y despertar adolescente, ya que recrea con gran realismo la vida cotidiana de una familia obrera extremeña vinculada a la pesca tradicional y al entorno natural del río. A través de la relación entre José y Antonio, el relato refleja la transmisión de conocimientos, valores y oficios populares de padres a hijos, mostrando el respeto por la naturaleza, la supervivencia humilde y las enseñanzas prácticas propias de una generación criada entre la escasez y el esfuerzo diario.
ResponderEliminarLa narración incorpora además un importante componente testimonial y etnográfico, al conservar costumbres, expresiones populares, gastronomía tradicional y técnicas de pesca hoy prácticamente desaparecidas. El lenguaje oral y dialectal aporta autenticidad y humanidad a unos personajes profundamente vinculados a la cultura popular extremeña.
Paralelamente, el episodio introduce el despertar emocional y sentimental de Antonio a través de su relación con Rocío, simbolizando el tránsito entre la infancia y la adolescencia. De este modo, el relato combina aventura, ternura, humor y memoria colectiva, convirtiéndose en una evocación viva de la vida de barrio, la libertad infantil y los vínculos humanos en la Extremadura de los años setenta.