viernes, 8 de mayo de 2026

Momentos de Soledad

 



Momentos de Soledad

Escrito el 8 de mayo de 2026 tras leer un escrito que publiqué en mayo del 2013

Cerré la puerta de casa con un golpe seco, dejando atrás el eco de las noticias, las cifras de desempleo que escupía la radio y esa sensación amarga de que el mundo está dirigido por manos que no saben acariciar. A veces, la presión social se siente como un traje que te queda dos tallas pequeño; aprieta, asfixia y te recuerda, a cada paso, que no encajas en el desorden de los demás.

Caminé los escasos cien metros que me separan del Ebro. No necesité cronómetro; mi cuerpo conoce el camino de memoria, como si mis pies tuvieran sed.

Al llegar a la orilla, me detuve. Me gusta observar el deambular del agua, esa insistencia líquida que no entiende de crisis económicas ni de incompetencias políticas. El río simplemente es. Me quedé allí, quieto, imaginando que cada pensamiento turbio, cada brizna de energía negativa acumulada tras horas de lidiar con la realidad, se desprendía de mi piel y caía a la corriente. Miré cómo el agua se llevaba mi cansancio río abajo, diluyéndolo hasta volverlo invisible. Sentí un alivio físico, una limpieza que ninguna ducha podría darme.

Pero estar vacío no es suficiente; después de soltar, hay que llenar el hueco.

Giré sobre mis talones y puse rumbo al monte. Quince minutos de caminata bastaron para que el asfalto se rindiera ante la tierra. A medida que me adentraba en la espesura, el aire cambió. Ya no olía a ciudad, sino a esa mezcla bendita de resina, tomillo y tierra húmeda. El aroma de las entrañas del monte es mi perfume favorito, el único que no intenta venderte nada.

El trinar de los pajarillos me recibió como un coro que no exige aplausos. Allí, rodeado de árboles que han visto pasar a generaciones de hombres equivocarse de la misma manera, me sentí pequeño, y en esa pequeñez encontré mi fuerza. Me adentré tanto en la maleza como en mi propio interior. En ese silencio verde, la indignación por los que malgobiernan la nación se transformó en una energía distinta: una chispa de resistencia, una batería cargada de positividad.

Al bajar, mientras veía las luces de mi pequeña ciudad empezando a encenderse, me di cuenta de una cosa. Ellos pueden equivocarse, pueden gestionar mal los hilos que nos mueven, pero no pueden quitarnos el río. No pueden legislar sobre el aroma del monte.

Regresé a casa con los pulmones llenos y el alma serena. Estaba listo para hacer frente a la vida y a sus circunstancias, no porque el mundo hubiera cambiado, sino porque yo, en mi soledad reparadora, me había restaurado.



Han pasado los años y el calendario ha deshojado miles de páginas desde aquel mayo de 2013. Si vuelvo la vista atrás, a aquel texto que escribí con la urgencia de quien busca aire en medio de un naufragio, me doy cuenta de que muchas cosas han cambiado, y sin embargo, lo esencial permanece intacto.

Los nombres de quienes dirigen la nación han rotado, las crisis han mudado de piel y la presión social simplemente ha encontrado nuevas formas de manifestarse, quizás ahora más digital, más rápida, más ruidosa. Pero mi ciudad sigue siendo pequeña, y mi suerte, inmensa.

El río no ha dejado de fluir. He aprendido que su lección de "soltar" no era un evento aislado, sino un ejercicio de supervivencia diaria. He vuelto a sus orillas en mañanas de invierno y en crepúsculos de verano, entregándole mis nuevas decepciones para que las convierta en espuma. Y el monte... el monte sigue allí, aguardando con su paciencia mineral, recordándome que para entender lo que pasa fuera, primero hay que poner en orden lo que bulle dentro.

Aquel escrito no fue solo una queja o un desahogo; fue mi hoja de ruta. Hoy comprendo que la soledad no era una huida, sino una trinchera de paz.

Sigo caminando esos cien metros hacia el agua y esos quince minutos hacia la cumbre. El aroma de las riberas sigue siendo mi brújula y el trinar de los pájaros, el único discurso en el que confío plenamente. Porque, aunque el mundo insista en su caos y los hombres en su incompetencia, mientras existan esos dos refugios, siempre habrá un lugar donde volver a empezar.

La vida sigue. Yo también.



©Franizquiero



1 comentario:

  1. Relato contemporáneo de carácter introspectivo y contemplativo, que combina la reflexión existencial con una prosa sensorial y poética para explorar la relación entre el individuo, la naturaleza y el desgaste emocional provocado por la realidad social contemporánea. A través de una narrativa pausada y profundamente evocadora, el texto convierte espacios cotidianos —el río, el monte y la pequeña ciudad— en símbolos de purificación, resistencia y reconstrucción interior, articulando un recorrido emocional que transita desde la saturación mental hacia la serenidad consciente. La obra aborda temas como la soledad elegida, la necesidad de desconexión frente al ruido colectivo, la permanencia de ciertos refugios emocionales y la búsqueda de equilibrio en un entorno marcado por la incertidumbre política y social. Asimismo, el relato propone una visión humanista de la introspección, entendiendo la naturaleza no como simple escenario, sino como un espacio de reconciliación con uno mismo y de recuperación de la fortaleza necesaria para afrontar el mundo sin renunciar a la sensibilidad ni a la esperanza.

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