El Caballero de la Triste Tasa de Conversión (versión más
satírica)
Escrito el día 21 de abril de 2026
En un lugar del engagement, de cuyo nombre no
quiero acordarme —porque fue renombrado tres veces por motivos de
marca—, vivía un hidalgo que había cambiado la honra por el
alcance, la gloria por las métricas y la cordura por el algoritmo.
Don Quijote ya no soñaba con gigantes.
Soñaba con monetizar.
Vestía una sudadera de startup muerta —como
quien lleva una reliquia de fe— y unas gafas de realidad aumentada
que le permitían ver lo único importante: estadísticas flotando
sobre cada cosa.
Un árbol: 3/10 en potencial de contenido.
Un anciano: poco shareable.
Un atardecer: buen engagement si se edita bien.
—¡Mira, Sancho! —gritó un día—. ¡Los
gigantes del olvido digital!
Sancho, que venía sudando tras subir tres pisos
sin ascensor para entregar sushi vegano, ni levantó la vista.
—Son antenas, señor.
—¡Ignorante! —replicó Quijote—. Son los
templos donde se sacrifica la atención humana para alimentar a los
dioses del scroll infinito.
Sancho suspiró.
—Pues los dioses esos pagan mal, porque el
pedido me lo han puntuado con tres estrellas.
Pero don Quijote ya no escuchaba. Había iniciado
un directo.
—¡Hermanos! —clamaba a sus doce espectadores
(tres de ellos bots)—. ¡Hoy desenmascararemos la gran mentira!
Arremetió contra una antena mientras gritaba
consignas mezcladas: conspiraciones, espiritualidad de supermercado y
frases motivacionales recicladas.
La policía llegó.
Los espectadores subieron a cuarenta.
Fue su mejor directo en meses.
—¡Esto es censura! —gritó mientras lo
esposaban—. ¡He tocado la verdad!
—Ha tocado una propiedad privada —respondió
un agente.
Sancho grabó un clip.
Sabía que eso, al menos, sí tenía potencial.
Dulcinea, por supuesto, existía.
Pero solo donde importaba: en pantalla.
En la realidad, Aldonza Lorenzo tenía ojeras,
vecinos enfadados y un aro de luz comprado a plazos.
En internet, era eterna.
Desayunaba en Bali, meditaba en Tulum y sonreía
con una felicidad tan perfecta que rozaba lo sospechoso.
Don Quijote la amaba.
No a ella, claro.
A su narrativa.
—Es la curadora de mi alma —decía, mientras
dejaba comentarios kilométricos que nadie leía—. Nuestra conexión
trasciende el algoritmo.
El algoritmo, sin embargo, no opinaba lo mismo.
Sancho descubrió la verdad una tarde.
La vio discutir porque alguien había ocupado “su
luz natural” para grabar un vídeo.
La vio repetir una toma doce veces.
La vio sonreír… y apagar la sonrisa como quien
cierra una aplicación.
—Señor —le dijo luego—. Que no es así.
Don Quijote lo miró con compasión.
—Sancho… estás consumiendo realidad sin
procesar. Eso es peligrosísimo.
—¿Peligroso?
—No está optimizada.
Y así, Dulcinea siguió siendo perfecta.
Porque la verdad, en bruto, no convierte.
Pero incluso las locuras necesitan audiencia.
Y un día, el algoritmo decidió que don Quijote
ya no era interesante.
Sus vídeos dejaron de aparecer.
Sus discursos dejaron de importar.
Su indignación dejó de monetizar.
Fue, en términos modernos, una muerte silenciosa.
Nadie lo canceló.
Simplemente… dejó de existir.
Sancho lo encontró semanas después.
Sin gafas.
Sin móvil.
Sin marca personal.
Estaba sentado mirando un atardecer real, sin
filtro, sin música épica de fondo, sin subtítulos inspiracionales.
—¿Y esto? —preguntó Sancho—. ¿Nuevo
nicho?
Don Quijote sonrió.
—Fracaso.
Sancho se sentó a su lado.
Incómodo.
Sin saber dónde mirar cuando no hay pantalla.
—¿No echa de menos los likes?
—Al principio sí —respondió—. Sentía que
si nadie me veía, no estaba ocurriendo.
Miró el horizonte.
—Luego entendí algo peor.
—¿Peor?
—Que aunque me vieran… tampoco estaba
ocurriendo.
Sancho no supo qué decir.
Era una frase poco rentable.
—Dulcinea ha subido un post —comentó, incapaz
de evitarlo—. Dice que deja las redes para encontrarse.
Don Quijote rió.
Pero no como antes.
—Eso es contenido, Sancho.
—¿No lo cree?
—Claro que sí. Pero también es contenido decir
que lo dejas.
Hizo una pausa.
—Si realmente lo dejara… no lo sabrías.
Sancho asintió lentamente.
Aquello tenía sentido.
Y por tanto, no funcionaría.
El sol terminó de ponerse.
Nadie lo grabó.
Nadie lo editó.
Nadie añadió una canción triste de fondo.
Y sin embargo —o precisamente por eso—,
ocurrió.
Sancho sacó su móvil.
Lo miró.
Lo guardó.
—Señor —dijo—. ¿Y ahora qué hacemos?
Don Quijote se encogió de hombros.
—Nada.
—¿Nada?
—Exacto.
Sancho frunció el ceño.
—Eso no escala.
Don Quijote sonrió.
—Por eso funciona.
Y compartieron un trozo de queso, sin hashtags,
sin storytelling y sin ninguna intención de convertir aquel momento
en otra cosa que lo que era:
Inútil.
Irrepetible.
Y, por primera vez en mucho tiempo,
completamente inútil para el algoritmo.