jueves, 30 de abril de 2026

Batalla nabal en tierras castellanas contra un veterano mojón


 

Batalla nabal en tierras castellanas contra un veterano mojón

Martes, 1 de diciembre de 2015, revisado el 30 de abril de 2026

Se cuenta, se comenta y se rumorea por Internet que, cierto día, tras ser enviado «a la mierda» (o a tomar por donde amargan los pepinos), un veterano mojón decidió crear su propio espacio. Desde allí, buscaba compartir su sentir con todo aquel que se sintiera atraído por sus actos y sus palabras.

Al principio, el tránsito era moderado. Unos por temor y otros por desinterés pasaban de largo; quienes participaban, lo hacían con evidente timidez. No todo el mundo está preparado para soportar la presión y los insultos de aquellos que solo saben menoscabar a quien no comulga con sus farragosos ideales.

Sin embargo, con el paso del tiempo, el lugar empezó a ser frecuentado por un peculiar triunvirato:

  • Un churrullero y deslenguado cínife.

  • Un Stomoxys calcitrans (mosca macho) que, pese a presumir de jurista, no pasa de ser un prosaico leguleyo.

  • Un maleducado y consentido moscardón que, por su ininteligible comportamiento, bien podría confundirse con un descerebrado escarabajo rinoceronte.

Fue entonces cuando el resto de integrantes —aquellos que prefieren observar desde la barrera y en silencio— empezaron a disfrutar del espectáculo. Se destornillaban ante los fallidos intentos de estos tres malhechores por presentar la obra del mojón como «basura» o «pseudoliteratura barata».

Las acusaciones del «trío tralará» carecen de lógica: nadie está obligado a actuar contra su voluntad. Resulta absurdo y desatinado quejarse de algo que se puede evitar simplemente no entrando al sitio. Al final, el único perjuicio real recae sobre la dignidad de quienes actúan con tal bajeza.

«Algo tendrá el mojón que incomode tanto al pérfido triunvirato para que, un día sí y otro también, persigan el utópico objetivo de desacreditarlo como persona y aprendiz de escritor».

Eso digo yo, y eso mismo se preguntarán quienes siguen fieles a este grupo.


 

Y si hablamos de literatura…

Escrito el día 19 de noviembre de 2015, después de comer, a eso de las tres de la tarde, revisado el 30 de abril de 2026

Sin necesidad de extenderme demasiado ni entrar en valoraciones que, por lo demás, podrían resultar innecesarias o incluso discutibles, diré lo siguiente:

A menudo se habla de dos tipos de literatura: la comercial y la clásica. La primera se asocia principalmente con el entretenimiento del lector y la obtención de beneficios económicos; la segunda, además de entretener y también generar algún tipo de rendimiento, suele entenderse como aquella que incorpora, de forma más o menos implícita, un mensaje orientado a la reflexión o la persuasión del lector.

Sin embargo, esta distinción no siempre es tan clara en la práctica. Las editoriales, en la actualidad, tienden a apostar con mayor frecuencia por obras con potencial comercial, especialmente cuando el autor cuenta ya con una base de seguidores o cierta visibilidad. Esto puede dejar en un segundo plano a escritores anónimos, independientemente del valor literario de sus obras.

Con los propios autores ocurre algo similar. El escritor de carácter comercial suele orientarse hacia la difusión rápida de su obra y el reconocimiento público, mientras que otros buscan, además del posible éxito, que sus textos inviten a la reflexión o transmitan algún tipo de aprendizaje. En mi caso, la intención no es otra que hacer llegar al mayor número posible de personas lo que encierran entre líneas mis escritos, sin renunciar por ello a la posibilidad de recibir el apoyo o reconocimiento de quienes consideren que mi trabajo lo merece, siempre desde la libertad y la generosidad del lector.

miércoles, 29 de abril de 2026

Esquizofrenia


 

Esquizofrenia

Escrito el 29 de abril de 2026

En la casa de paredes encaladas y vigas oscuras, donde el tiempo parecía avanzar más despacio que en el resto del mundo, Ignacio ocupaba un lugar silencioso, casi invisible para quienes no lo conocían bien. Era un hombre de pocas palabras, de mirada esquiva fuera del calor familiar, pero de una ternura profunda que reservaba para los suyos, como si ese afecto fuese un tesoro que debía proteger.

Había nacido en un tiempo en el que la vida se medía por estaciones y cosechas. Conocía la dureza del campo, el peso de la tierra entre las manos y el ritmo lento de los días rurales. Pero el mundo cambió, y con él, Ignacio. Dejó atrás los surcos para convertirse en peón de albañil, levantando muros ajenos mientras, sin darse cuenta, algo dentro de él comenzaba a resquebrajarse.

El alcohol llegó sin hacer ruido, como suelen llegar las cosas que terminan siendo importantes. Al principio, era solo de manera esporádica, un descanso compartido, una forma de pertenecer a un nuevo entorno. Pero con los años, esa costumbre fue creciendo, ocupando más espacio del que debía.

A los cincuenta años, su mente empezó a jugarle malas pasadas. No fue de golpe, sino poco a poco, como una tormenta que se anuncia con un viento extraño. Primero llegó el miedo, después la confusión, y finalmente, un mundo que solo él podía ver.

Se acostaba en el desván, justo encima de la habitación de su madre. Allí se sentía a salvo. Pensaba que mientras estuviera cerca de ella, nadie podría hacerle daño. La adoraba con una devoción casi infantil, como si su presencia fuese un escudo contra todo lo invisible que lo amenazaba.

—Otra prueba más —decía a veces, con unas risas que desconcertaban—. La abuela ha cambiado este vaso de sitio y lo ha puesto allí. Lo hace para ver si me doy cuenta. Ja, ja, ja ja...

Su voz no temblaba; lo decía como quien explica una evidencia.

Otras veces, señalaba al vacío.

—Mira bien, sobrino… en el quinto piso, en la ventana de la izquierda. Hay una mujer de negro. Me está vigilando.

Pero no había nadie.

El miedo no se limitaba a las paredes de la casa. Un día, caminando por la plazuela, se detuvo de repente, observando los coches como si fuesen piezas de un rompecabezas imposible.

—¿Desde cuándo hay estos cochazos aquí? —preguntó a su sobrino—. Otra prueba más. Otra prueba más de que vienen a por mí. Ochenta mil policías están investigando.

Quienes lo acompañaban entendieron entonces que aquello iba más allá de una borrachera o de un mal momento. Había algo más profundo, más oscuro.

Incluso llegó a presentarse en comisaría, decidido a denunciar lo que creía que le estaban haciendo. Los agentes, que lo conocían de verlo deambular en sus días difíciles, comprendieron enseguida que no estaba bien. No hubo burlas ni reproches, solo una decisión tranquila: llevarlo de vuelta a casa.

Allí lo esperaban sus hermanas, firmes y preocupadas. Entre ellas lograron lo más difícil: convencerlo de acudir al médico. No fue un camino fácil. Había miedo, sobre todo miedo al juicio, a ser señalado, a que lo llamaran loco.


Lo que vivió Ignacio no es un caso aislado.

Tiene nombre. Y, aunque asusta, también tiene explicación y tratamiento.

Durante mucho tiempo, situaciones como esta se han vivido en silencio, marcadas por el miedo, la confusión y el estigma. Ese mismo miedo que hacía dudar a Ignacio, que lo frenaba a la hora de pedir ayuda, sigue estando presente hoy en muchas personas.

La esquizofrenia es un trastorno mental grave y crónico que afecta la percepción, el pensamiento, las emociones y el comportamiento. Dificulta distinguir entre lo que es real y lo que no lo es.

En el caso de Ignacio, esto se reflejaba en momentos como cuando estaba convencido de que lo vigilaban desde una ventana o de que todo formaba parte de una prueba contra él.

Síntomas principales

Alucinaciones: escuchar voces, ver o sentir cosas inexistentes, como esas presencias que Ignacio creía percibir.

Delirios: creencias firmes que no se ajustan a la realidad, como la idea de que lo perseguían o lo investigaban.

Pensamiento desorganizado: dificultad para ordenar las ideas o expresarlas de forma coherente.

Síntomas negativos: apatía, aislamiento, falta de motivación o expresión emocional reducida.

Alteraciones del comportamiento: agitación o momentos de desconexión con la realidad.

Causas y factores

No existe una única causa. Suele ser una combinación de factores:

  • Predisposición genética

  • Cambios en la química cerebral

  • Factores ambientales y estrés prolongado

El consumo de sustancias como el alcohol puede agravar o precipitar los síntomas en personas vulnerables.

Tratamiento

La esquizofrenia no tiene una cura definitiva, pero sí tratamiento.

  • Medicación antipsicótica

  • Terapia psicológica y apoyo familiar

  • Seguimiento médico continuo

Con el tratamiento adecuado, muchas personas pueden estabilizarse y llevar una vida digna.


Ignacio no fue su enfermedad.

Fue mucho más que eso.

Con el tiempo, y gracias al tratamiento y al apoyo de su familia, los episodios fueron disminuyendo. El mundo dejó de ser un lugar hostil lleno de amenazas invisibles. Volvió, en gran parte, a ser él mismo: reservado, noble, profundamente unido a los suyos.

Aun así, algunas sombras nunca desaparecieron del todo, pero dejaron de dominar su vida.

Vivió catorce años más. No fueron perfectos, pero sí dignos. Y eso, en su historia, era mucho.

Murió de peritonitis, sin hacer ruido, como había vivido gran parte de su vida. Un año después, su madre lo siguió, llevando consigo el peso de dos pérdidas imposibles.

Quedó el recuerdo. El de un hombre bueno, que luchó contra un enemigo invisible, que amó a su familia con una intensidad que no siempre supo expresar con palabras, pero que se sentía en cada gesto.


Si estás leyendo esto…

Si tú, o alguien cercano, está pasando por situaciones similares —miedo constante, pensamientos que no encajan, sensaciones difíciles de explicar— es importante no ignorarlo.

Pedir ayuda no es una debilidad. Es el primer paso para entender lo que está ocurriendo y empezar a ponerle solución.

Existen recursos profesionales y gratuitos que pueden orientar, diagnosticar y acompañar. No es necesario recorrer ese camino en soledad.

Hablar, preguntar y buscar apoyo puede cambiar el rumbo de una historia.


Recuerdos y sabores...


 

Recuerdos y sabores…

Escrito el 30 de mayo de 2013, revisado el 29 de abril de 2026

Hoy, al acompañar a mi mascota para que diese rienda suelta a sus esfínteres y corretease por las inmediaciones de mi única residencia, me ha ocurrido algo especial.

Al llegar a la campa que está situada en las traseras del edificio frente al Centro de Atención Sanitaria, Miranda Este, me ha llamado la atención el armonioso y variado trinar de un jilguero. Gritaba a los cuatro vientos, a pecho descubierto, desde lo más alto de una preciosa y florida acacia.

Al contemplar la escena, me he visto trasladado a mi infancia. Me vi allí: encaramado en el grueso tronco del árbol de acacias que estaba bajo mi casa; el mismo donde, al caerme de una de sus ramas, me golpeé en mis partes más nobles. Pero aun así, después de aguantar como pude y sin caerme, logré conseguir aquel racimo de flores tan llamativo con el fin de comérmelo. Los chavales de mi barrio, los de La Data, teníamos por costumbre comer aquellas bellas y dulces flores; no por necesidad, sino por puro placer.

Pues bien, hoy, después de treinta años y de lo narrado anteriormente, no he podido resistir la tentación de coger un racimo y llevármelo a la boca. El resultado no ha sido, ni por asomo, el esperado por mis papilas gustativas ni por el "almacén" de mis recuerdos (es decir, las neuronas encargadas de almacenar todo cuanto sucede en nuestro interior y exterior, desde el primero hasta el último de nuestros días).

Después de haber ingerido dicha decepción, me he replanteado una pregunta y he llegado a estas conclusiones:

  1. Tal vez la causa sea el hecho de que los tiempos han cambiado; al no corresponder la climatología, ni estar el aire compuesto como entonces, puede que sea el motivo de tan distinto olor y sabor.

  2. O quizás, lo que haya cambiado realmente hayan sido mis papilas gustativas por el paso de los años.

En fin, ¡vete tú a saber el porqué! Sea como fuere, el caso es que he disfrutado recordando aquellos días, olores y sabores pues, ¡afortunadamente para mí!, aún guardo aquel melífero sabor, así como su dulce fragancia, almacenado en algún lugar de mi testa.

¡Qué bueno es poder recordar con cariño y satisfacción cualquier tiempo pasado! Es como si uno lo estuviese viviendo en el mismo instante. Mis antepasados no me dejaron en herencia dinero, ni tierras, ni inmuebles; pero sí la genética que me permite almacenar todo aquello que, por alguna razón, significó algo para mí. Gracias a ello, a día de hoy, gozo de los placeres que me proporciona el contar con una buena memoria.


martes, 28 de abril de 2026

¿Tu vida es solo un algoritmo? Entre el SEPE y el viral de TikTok ¿Dónde quedas tú?


 

¿Tu vida es solo un algoritmo? Entre el SEPE y el viral de TikTok ¿Dónde quedas tú?

Escrito el 23 de abril de 2026 (Día Internacional del Libro)

A los cincuenta y nueve años, la vida de Enrique se había reducido a una pantalla de seis pulgadas y una carta del SEPE que descansaba sobre la mesa de la cocina. Los 480 euros del subsidio para mayores de 52 años eran su red de seguridad, pero también su jaula. Eran el recordatorio mensual de que, para el sistema, él ya era un residuo de la era industrial.

Sin embargo, en su mente, Enrique no era un desempleado de larga duración. Era un estratega del algoritmo.


Cada mañana, después de tomarse un café soluble de marca blanca, Enrique comenzaba su jornada laboral. No buscaba ofertas en portales de empleo —donde su CV desaparecía en el agujero negro de la gestión de datos—, sino que analizaba las tendencias de TikTok.

Su "oficina" era un rincón del salón con buena luz natural. Había invertido 15 euros en un aro de luz de un bazar, una compra que le dolió más que cualquier factura, pero que consideraba una "inversión de capital".

"Si un chaval de diecinueve años puede ganar el sueldo de un ministro bailando, yo puedo monetizar mi miseria", se decía a sí mismo.

Enrique no bailaba. Su nicho era la vulnerabilidad extrema. Sus vídeos eran una mezcla de consejos para estirar el presupuesto de la compra y reflexiones existenciales sobre la invisibilidad de su generación.

Lunes: "Cómo cocinar para tres días con 4 euros en el Lidl". (12k vistas)

Miércoles: "La soledad del hombre que ya no es productivo". (50k vistas)

Viernes: Un "live" de tres horas esperando que alguien le enviara "rosas" o "monedas".


El éxito llegó de forma irónica. Un vídeo donde se le quebraba la voz hablando de la imposibilidad de pagar la factura de la luz se hizo viral. De repente, Enrique tenía 200.000 seguidores.

Pero la viralidad era una droga cara. Para mantener el interés, Enrique empezó a perder su privacidad. La gente en los comentarios exigía más:

"Enseña tu nevera, queremos ver si es verdad".

"¿Por qué tienes ese iPhone si cobras ayuda?" (Era un modelo de hace seis años, pero en TikTok todo brilla igual).

La presión del algoritmo se convirtió en su nuevo jefe, uno mucho más despiadado que cualquier capataz que hubiera tenido en la fábrica. Si no publicaba tres veces al día, su visibilidad caía. El miedo a ser olvidado por el algoritmo era idéntico al miedo de no renovar el subsidio.


Una tarde, una agencia de marketing le contactó. Querían que promocionara una app de microcréditos con intereses leoninos. Le ofrecían 300 euros por un vídeo de treinta segundos. Era casi lo que cobraba del Estado en un mes.

Enrique miró su reflejo en el cristal negro del móvil. Se dio cuenta de que su "ser o no ser" se había fragmentado:

El Enrique real: el que temía que el SEPE detectara ingresos extra y le quitara la ayuda.

El Enrique digital: el que tenía que fingir que su vida estaba mejorando gracias a sus seguidores para atraer marcas.

Esa noche, Enrique grabó un vídeo. No fue el de los microcréditos. Fue un vídeo en silencio, mirando a cámara mientras se desmaquillaba la máscara de optimismo que se había impuesto. El contador de visualizaciones subía frenéticamente.

La gente amaba su derrota. Su dolor era el contenido de otros. Enrique comprendió que había pasado de ser un desempleado invisible a ser un producto visible, pero que, en el fondo, seguía teniendo la misma sensación de vacío en el estómago.

Apagó el móvil. Por primera vez en meses, el silencio en su casa no se sentía como un fracaso, sino como un lujo que el algoritmo no podía cobrarle. Mañana iría a la oficina de empleo, no a buscar un puesto, sino a recordar cómo era mirar a alguien a los ojos sin un filtro de por medio.


Pasaron tres semanas desde que Enrique publicó su último vídeo. En el mundo de TikTok, tres semanas equivalen a una década; su nombre había sido sepultado por el algoritmo bajo una montaña de recetas de café helado y bailes coreografiados.

Un martes por la mañana, recibió una notificación por correo postal. No era una sanción del SEPE. Era una cita para una entrevista en una cooperativa logística local. No lo habían encontrado a través de un hashtag, sino a través de un viejo contacto de la fábrica que, tras ver uno de sus vídeos virales, se dio cuenta de que Julián seguía "vivo" y disponible.

Enrique aceptó el puesto de gestor de inventario. El sueldo no era el de un influencer de élite, pero era real, sólido y no dependía de cuántos desconocidos deslizaran el dedo hacia arriba.

Su cuenta de TikTok: sigue ahí, como un mausoleo digital. A veces entra y ve los comentarios de "¿Dónde estás?" o "Seguro que se hizo rico y nos olvidó". Sonríe. La ironía de que su ausencia genere más misterio que su presencia no se le escapa.

Su salud mental: ha recuperado el sueño. Ya no se despierta a las 3:00 a.m. para comprobar si el vídeo de la noche anterior ha "performado" bien.

Su privacidad: ha vuelto a ser un hombre anónimo. Ahora, cuando camina por la calle, no busca ángulos ni encuadres; simplemente camina.


Enrique entendió que la verdadera libertad no consistía en ser visto por millones, sino en no necesitar el permiso de nadie para existir.

En su primer día de trabajo, guardó el móvil en la taquilla. Al cerrar la puerta metálica, el sonido del pestillo le pareció mucho más satisfactorio que cualquier notificación. El dilema de "ser o no ser" se había resuelto de la forma más sencilla posible: ser, simplemente, sin necesidad de publicarlo.

Crítica a las Fallas


 

Crítica a las Fallas…


Escrito el 26 de mayo de 2013, revisado el día 27 de abril de 2026

Me parece bochornoso que, en la situación en la que nos encontramos, con al menos 6 millones de parados, nos digan que para salir de la crisis haya que recortar en Sanidad, Educación... y, en cambio, permitan estos disparatados festejos donde uno de los premios consta de 400 mil euros. Pero ¿en qué país vivimos?

Entiendo que, si hay que apretarse el cinturón, estas cosas deberían ser las primeras en dejar de festejarse, ya que no creo que España esté como para tirar cohetes. O quizá sea otra de esas parrafadas a las que nos tienen acostumbrados (vacunas, vacas locas, gripes, sida...). Me parece una aberración que sufrimos quienes hemos perdido no solo el trabajo, sino también el poder adquisitivo, y me temo que, como sigamos así, perderemos incluso la capacidad de sobrevivir, mientras que otros se divierten tirando cohetes y viviendo por todo lo alto.

Con lo del macro botellón pasa otro tanto de lo mismo, y no creo que así podamos demostrar al resto de Europa si nuestra lamentable recesión económica es real o fingida. Porque, al final, nuestros actos como españoles frente al mundo son incoherentes con lo que manifestamos, y daremos pie a que pasen de nosotros alegando que somos un país que vive por encima de sus posibilidades. Que cuando la UE dice que hay que recortar, no es compatible con ponerse a tirar por la ventana el poco dinero que, según ellos —los que nos gobiernan—, hay para sacar el país adelante. Pero, por las noticias, todos sabemos los millones y millones de euros que se están llevando a paraísos fiscales estos sinvergüenzas, que se supone accedieron al cargo como consecuencia de hacernos creer que serían quienes nos representarían y se encargarían de mantener el bienestar social que habíamos alcanzado tras el esfuerzo de quienes, en su día, no les importó incluso morir por defender sus ideales en beneficio de la sociedad.

A día de hoy, estos sinvergüenzas juegan con ventaja, ya que, incluso en el hipotético caso de vernos obligados a tener que robar para comer, el castigo también sería diferente, porque hasta para eso se benefician por el hecho de pertenecer a distinta clase social. Eso, a mi entender, es algo injusto, ya que el que roba es un ladrón y, como tal, debería dejar de contar con privilegios. Y aquellos que no cumplan ni respeten las leyes, tampoco deberían beneficiarse de ellas.

Ya solo me faltaría que ahora alguno me corrigiese diciendo que no respeto las normas gramaticales, después de contemplar cómo vivimos en un mundo donde casi nadie respeta leyes ni normas.

domingo, 26 de abril de 2026

Desde mi ventana… por Derecho


 

Desde mi ventana… por Derecho

Escrito el 9 de noviembre de 2015, revisado el 9 de abril de 2026

Vaya por delante que el hecho de no creer a pies juntillas en los dogmas de religiones o grupos políticos no implica desmerecer a quienes forman parte de ellos. A día de hoy, sigo creyendo en las personas. Entiendo que, antes de alcanzar sus objetivos —e igual que cuando deban ceder su cargo—, quienes ostentan el poder eran y seguirán siendo, ante todo, seres humanos.

Escribo desde el sosiego que me transmite este lugar: sentado en un banco de madera bajo el cobertizo, allí donde coinciden los ríos Bayas y Ebro. Con bolígrafo en mano y un par de cuartillas sobre la rodilla, me inspira la paz de un amanecer tan calmado como melancólico. El alegre trinar de los pájaros me anima a narrar lo que me rodea. Hoy, a diferencia de otros días, el tránsito humano es inexistente; la tranquilidad del susurro del agua es tan alentadora como el silencio de las fábricas y la ausencia de viento.

Desde aquí, "Desde mi ventana… por Derecho", quiero dirigirme a quienes cuya ambición les condujo a la meta fijada; a quienes lideran religiones y países al capricho de los intereses egoístas. A los que ostentan el Poder, les digo:

  • Ha llegado la hora de la verdad: es momento de demostrar que el ser humano ha comprendido el misterio que se oculta en el interlineado de la vida.

  • ¡Basta ya!: dejen de perder el tiempo y los recursos en inculcar a la juventud historias tergiversadas. Es hora de hacer algo productivo por la humanidad y por el medio en el que nos desarrollamos.

  • Instruyan para el futuro: piensen en los jóvenes y en las generaciones venideras.

  • Inviertan con visión: empleen los recursos en infraestructuras que solucionen los graves problemas que acechan, como la escasez de agua, alimentos y espacio ante el crecimiento demográfico.

  • Superen la hipocresía: dejen de limitarse a condenar dictaduras y atrocidades del pasado mientras, por inactividad o silencio, permiten que ocurran hoy mismo. Quítense la venda de la ambición.

Y al resto, a quienes parecen estar ciegos, sordos y mudos —esa mayoría que actúa por omisión—, debo decirles:

Sois partícipes y, por tanto, responsables de que el misterio de nuestra existencia permanezca sin resolver. Para quien escribe estas líneas, la razón de nuestra vida radica en la perpetuación de las especies. Dedico mi tiempo libre a descifrar qué hay detrás de cada acontecimiento que capta mi atención; siento la necesidad de compartirlo con quienes saben que un mundo mejor no solo es posible, sino justo y necesario.

Nuestro futuro y el de los que vendrán no depende de los líderes, sino de la gran mayoría. Depende, únicamente, de NOSOTROS.



sábado, 25 de abril de 2026

GRITO Y LAMENTO DE UN MENESTEROSO...


Grito y lamento de un menesteroso

Escrito el 20 de octubre de 2015, revisado el 19 de abril de 2026

En Miranda de Ebro, el 12 de octubre de 2014 amaneció tan afligido y plomizo como el día de hoy. Pese al tiempo, decidí salir a caminar. Tras un trecho, me encontré paseando por la ciudad en actitud pensativa.

De súbito, cambié el rumbo previsto al observar el deterioro de un banco frente a la guardería de la calle del Río. Me acerqué a él y me miró con actitud provocativa. «¿Qué miras?», me dijo sin decir nada. «¿Acaso crees que soy culpable de mi situación? ¿Por haber sido dejado a las buenas de Dios por quienes deberían velar por mi bienestar y conservación?».

Realicé un ademán negativo con la cabeza y continué mi marcha. Caminé cuestionando la actualidad y haciendo cábalas sobre lo que nos deparará el futuro si esto no se remedia.


Pasó el tiempo. Allá por el mes de mayo del siguiente año, volví a pasar junto al susodicho; ya sabes, el que está frente a la guardería.

—¡Vaya! —le dije mientras me arrellanaba sobre él—. Parece que, con la llegada del buen tiempo y por el aspecto que luces, tu estado anímico es totalmente contrario al de la última vez.

«La verdad es que, aunque solo sea un lavado de cara, estoy pletórico», me respondió de igual forma que la vez anterior. «Parece que a ti también te han venido bien los dos tercios de jornada».

—La verdad es que sí —admití—, aunque me sigue inquietando el porvenir de ambos si esta indeseable situación no se soluciona.

Me puse en pie, liberándolo de mi peso. Antes de continuar mi camino, me giré hacia él, le hice un guiño y le brindé una sonrisa.


 

El otoño y las setas.


 

El otoño y las setas.

Escrito el 18 de noviembre de 2015, revisado el 10 de abril de 2026

El día 4 de noviembre, a pesar de las escasas lluvias caídas, siendo consciente de que aún era demasiado pronto, me fui a buscar setas a un cercano monte. De antemano, sabía que para encontrar Níscalos me las iba a ver muy justo, no porque me considere un experto en setas, sino porque todos los años me ocurre lo mismo; pero, como en ese sitio, con las primeras aguas brota por doquier la Macrolepiota procera no pude contenerme y a eso de las once salí del barrio…, y una hora después estaba bajándome del coche en las inmediaciones de donde vivo. No fueron muchas las que cogí, pero sí, las suficientes para preparar un par de platos de Lepiotas rebozadas: que es como más me gustan.

Esta mañana me he levantado como todos los días, a eso de las seis y media, para leer la prensa local y la de la ciudad que me vio nacer allá por el año 1963, con el fin de dejar subidos un par de aportes o tres en el grupo y dejar algo en otros que suelo visitar con frecuencia, responder correo electrónico y si se dan las circunstancias contestar a cualquiera que haya dejado escrito en cualquiera de los grupos existentes en la ciudad y después, me he puesto a escribir una hora más o menos en el borrador que tengo entre manos, he desayunado y, tras bajar a mi mascota para que libere de tensión los intestinos, la vejiga y sus engarrotados músculos, tras pasarme por la panadería que está enfrente de Centro de Salud Miranda Oeste, he regresado a casa, he cogido una de las cestas de mimbre que utilizo para ir al monte, he echado en ella una pequeña navaja que lleva conmigo desde que me instalé en la ciudad, y, a eso de las once, estaba a la altura del Vertedero Municipal.

Las dos y cuarto marcaban las manecillas del reloj que está ubicado en la cocina, cuando me disponía a tomar asiento para comer, después de haber cocinado estos anhelados y deliciosos Níscalos. No son muchos, pero sí, los suficientes para un par de catas o tres y, posiblemente, con esta salida cierre la temporada de setas; ya que tampoco es conveniente abusar de su recogida e ingesta.




EL CHAMPÁN Y LA BRECHA...


 

EL CHAMPÁN Y LA BRECHA

Escrito el 6 de febrero, revisado el 12 de abril de 2026

Deambulaba por la Red, con la apatía de quien ha perdido el hilo de la inspiración, buscando un norte que no llegaba. De repente, el algoritmo me lanzó a un vídeo donde la diversión consistía en descorchar botellas de champán. No era el acto en sí, sino el propósito: evidenciar la solvencia económica como un alarde, un escaparate de poder que ignora, con una frialdad casi quirúrgica, la desigualdad y la precariedad con la que millones de personas y países enteros intentan, simplemente, sobrevivir cada día.

... La imagen de esas burbujas estallando en una celebración ostentosa me dejó un sabor amargo. La apatía que me había llevado a navegar sin rumbo por la red se disipó, reemplazada por una indignación creciente. Es doloroso ver cómo la banalidad se exhibe sin pudor, mientras el mundo real lucha contra la escasez.

Me sentí de repente un intruso en ese paraíso artificial, un espectador forzado de una obra de teatro sin alma. La solvencia no es un logro, sino un privilegio que debería ir acompañado de una responsabilidad social. Y en ese vídeo, esa responsabilidad brillaba por su ausencia.

El eco de esas burbujas se grabó en mi memoria, una metáfora visual de la desconexión que a veces la tecnología nos regala. Un recordatorio brutal de que el mundo real, con sus luces y sus sombras, es mucho más que un flujo interminable de vídeos divertidos.



LAS COSAS QUE OCURREN EN FACEBOOK...


 

LAS COSAS QUE OCURREN EN FACEBOOK...

Miranda de Ebro, 9 de marzo de 2015, revisado el 9 de abril de 2026

Muchas personas desconocen que la plataforma Facebook fue creada por Mark Zuckerberg en la Universidad de Harvard. En principio, estaba pensada solo para estudiantes, pero hoy ya cuenta con más de 1.350 millones de usuarios. Basta con un correo electrónico para formar parte de este mundo digital.

Aunque sus fundadores insistan en que el negocio no genera grandes beneficios, me niego a creerlo. El refranero español dice que «donde no hay ganancias, las pérdidas son seguras», y rara vez se equivoca. No quiero pecar de ignorante pensando que este servicio se mantiene abierto solo para que interactuemos desinteresadamente... pero no es de economía de lo que quiero hablar, sino de comportamientos que mi corto entender aún no logra dilucidar.

Por un lado, ¿de qué sirve tener agregados a «tropecientos mil amigos» si la mayoría oculta su conexión para evitar que los contactes? Otros, aunque visibles, jamás saludan bajo la excusa de "no molestar". Me pregunto: ¿desde cuándo puede molestar que un amigo acuda a ti buscando consuelo o un simple saludo?

Por otro lado, está lo más difícil de entender: aquellas personas que pregonan públicamente que pasan de ti y de lo que escribes, pero que no se pierden ni una sola de tus publicaciones. Aprovechan cualquier oportunidad para manifestar su desacuerdo o, peor aún, utilizan argucias simples para cuestionar tu capacidad mental apoyándose en el "me gusta" de otros de su mismo grupo.

En fin, nada que no sepas ya sobre las curiosas dinámicas que acontecen en esta red.


viernes, 24 de abril de 2026

Pescar a distancia...


 

Pescar a distancia...

19 de septiembre de 2011, revisado el 24 de abril de 2026

Hace un par de días, paseando por las riberas del Ebro a la altura de donde estaba ubicada la desaparecida, estática y portátil plaza de toros, observé que estaba pescando un señor que conocí hace algún tiempo; prácticamente desde que llegué a la ciudad donde resido desde hace 17 años. Decidí acercarme. Mi sorpresa fue mayúscula al comprobar la forma en que estaba pescando y, aunque no le comenté nada, me limité a saludarle:

—Hola, buenos días amigo, ¿qué tal se da la pesca? —Bueno, aquí estoy pasando la mañana y, aunque no cain muchas, alguna sí que cai.

Me llamó la atención que estaba pescando de orilla, con flotador y utilizando masilla y maíz dulce cocido como cebo. Después de un ratito de conversación sobre cómo estaba el día, de cómo seguía la vida, que si trabajaba, que si patatín, que si patatán... me despedí de él para continuar con el paseo matinal.

Durante el trayecto, me vino a la memoria que tiempo atrás, recién llegado a la ciudad, aprovechando que el río está cerca de casa y que me encanta pescar, acudí con mi apreciada y veterana caña. Casualmente, me encontré con el susodicho y, situándome a unos diez metros tal y como está contemplado en la normativa, preparé los aparejos. Recebé cerca de la orilla con unos granos de maíz y unas bolitas de masilla más o menos del tamaño de los garbanzos y, al cabo de unos minutos, me dispuse a pescar, sin más.

—Aquí, en este río solo se pesca a fondo y con lumbrí o cucharilla —me dijo él. —No se preocupe, que en Extremadura, que es de donde soy, se pesca tal y como lo voy a hacé. —No creo que cojas na pescando asín… los peces están acostumbraos a comel las cosas que abajan río abajo, asín que ni el pan ni el maí valen pa pescal aquí. Y asín mucho menos entavía —dijo, riéndose descaradamente al ver que me disponía a pescar casi en la orilla—. Tendrás que pescal como yo y lanzá hasta la otra orilla pa que cojas alguna. —Bueno, el tiempo dirá quién tiene razón, amigo… y si quisiera pescá en la otra orilla, me pondría a pescá desde allí mismo.

Él, tozudamente, insistía en su proposición y persistía en alcanzar la otra margen, sin tener en cuenta que el excesivo ruido que producía el plomazo al entrar en contacto con el agua pudiese conllevar que los peces se espantasen. Aunque he de reconocer que de vez en cuando apresaba alguna que otra pieza. Por el contrario, aquel día yo no capturé ninguna, y lo atribuí a que, además del ruido, él no paraba quieto ni un par de minutos: continuamente estaba sacando las dos cañas con las que estaba pescando. A mí me bastaba con mi estimada caña y, tal y como tengo costumbre desde mi adolescencia, aparejando la línea con dos anzuelos: uno con maíz y el otro con masilla.

Las horas pasaron casi tan inadvertidas como los segundos y, a eso de la una y media, nos despedimos con la familiaridad de los que se conocen de toda la vida.

Unos días después, acudí al lugar y, tras proceder con el mismo ritual, a los pocos minutos surgió el efecto deseado. Barbos y carpas, después de vencer sus temores internos, optaron por resolver su curiosidad y cubrir la necesidad vital entrando al trapo; por ende, comenzó a satisfacerme la frenética actividad.

Durante uno de esos espacios que median entre picada y captura, me percaté de que a lo lejos había alguien observándome, con los antebrazos apoyados sobre la barandilla del Puente de Hierro. A pesar de que por aquel entonces gozaba de una vista de águila, por la distancia no logré reconocerle; pero unos minutos después salí de dudas: se trataba de la misma persona.

—Paece que se da bien la cosa… —dijo a modo de saludo. —Hola, buenos días. Sí, así es.

Como siempre, para no faltar a su mala costumbre, empezó a moverse de aquí para allá y, al cabo de un rato, exclamó: —Tiene güevos la cosa… ha sio vení yo y dejá de picá… —Es que pa pescá a boya hay que está solo, no hacé ruido y evitá los movimientos bruscos pa que no se amedrenten los peces. —¡Ja, ja, ja…!, qué cosas tienes… ¡Ja, ja, ja…! No sabía yo que los peces son tan listos… ¡Ja, ja, ja…!

En fin, creo que el tiempo, como siempre, ha dejado claro quién tenía razón. Se puede estar pescando en una orilla y pensar que lo estás haciendo desde la otra; ya que los peces no son tontos y, además, saben que cuando voy al río les echo de comer. Me divierto pillándoles y devolviéndolos al agua lo antes posible para evitar cualquier tipo de sufrimiento innecesario. Cuando me voy, además de echarles el resto de comida que llevo para capturarles, procuro dejar la orilla limpia de restos, con el fin de que se mantenga en condiciones para que podamos disfrutar pescando sin acabar con los peces ni con el entorno; ya que entiendo es una forma de evitar que desaparezcan las especies y el hábitat.


Notas del autor:

  • La masilla: Es pan reblandecido con agua que, tras ser oprimido para sacar el exceso y amasado, resulta en una mezcla muy similar a cualquier masa para hornear. Se busca una textura capaz de resistir bajo el agua y, a la vez, flexible para que los peces la aplasten al apretar el hocico y puedan ser capturados con un certero y suave tirón.

  • La veterana caña: Lleva conmigo desde que me licencié del servicio militar, hace ya casi 27 años. A pesar de tener varias más, la sigo utilizando porque es la que mejores momentos me ha hecho pasar junto a la orilla.

  • Pescar a fondo: Consiste en plomear la línea para fijar el cebo al lecho del río o lanzar lejos. Es un método muy utilizado por personas que dejan que los peces se claven solos, sin más arte que la paciencia.

  • Pescar con flotador o boya: Radica en tener la caña en la mano todo el tiempo y estar pendiente de la mínima intuición para clavar el pescado. Es más excitante y satisfactorio, permite graduar la profundidad y evita ruidos innecesarios.

jueves, 23 de abril de 2026

El Caballero de la Triste Tasa de Conversión (versión nihilista)


 

El Caballero de la Triste Tasa de Conversión (versión nihilista)

Escrito el 20 de abril de 2026

En un lugar del algoritmo —que en realidad eran todos— vivía un hombre que había confundido su existencia con su visibilidad.

Se hacía llamar don Quijote.

No porque creyera en la caballería, sino porque el nombre funcionaba bien como marca.

Había probado otros:

@DespiertaAlma,
@GuerreroDeLaVerdad,
@CryptoHidalgo.

Pero ninguno convirtió.

Quijote sí.

Durante un tiempo.

Llevaba puesta una sudadera de una startup muerta. No por nostalgia, sino porque todavía parecía nueva en cámara. Sus gafas de realidad aumentada le permitían ignorar el mundo físico con precisión quirúrgica.

Lo real no desaparecía.

Simplemente dejaba de ser relevante.

—¡Sancho! —dijo un día, sin apartar la vista de sus métricas—. Estoy perdiendo alcance.

Sancho no respondió.

Estaba aceptando un pedido mal pagado porque el sistema lo penalizaba si lo rechazaba.

—Quizá —dijo al fin— es que la gente se ha cansado.

Don Quijote negó.

—La gente no existe, Sancho. Solo existen audiencias.

Se giró hacia el horizonte industrial.

Antenas, cables, pantallas, anuncios.

Nada de eso necesitaba ser interpretado.

Pero él lo hizo de todos modos.

—Allí está el enemigo —murmuró.

—¿Cuál?

—El olvido.

Y corrió hacia él, como siempre hacía: grabando.



El vídeo fue mediocre.

No por falta de esfuerzo, sino por exceso de repetición.

Ya lo había hecho antes.

Y antes.

Y antes.

El algoritmo no castiga la locura.

Castiga la redundancia.

Los espectadores pasaron de treinta a nueve.

Luego a cuatro.

Luego a ninguno.

Don Quijote siguió hablando.

Porque ya no hablaba para otros.

Hablaba para sostener la ilusión de que había un “afuera”.



Dulcinea existía.

Pero no como persona.

Existía como promesa de sentido.

Un perfil limpio, coherente, constante.

Un error bien mantenido.

Don Quijote le escribía.

No esperaba respuesta.

No la necesitaba.

Responder habría arruinado todo.

—El silencio —decía— es la forma más alta de interacción.

Sancho la vio una vez.

Real.

Finita.

Cansada.

La vio grabarse sonriendo y, al terminar, quedarse completamente vacía.

No triste.

No enfadada.

Vacía.

Como una pantalla apagada.

—Señor —intentó explicarle—. No hay nada ahí.

Don Quijote lo miró con una mezcla de lástima y superioridad.

—Claro que no hay nada, Sancho.

—Entonces…

—Ahí está su perfección.



El algoritmo dejó de mostrarlo.

Sin aviso.

Sin cierre.

Sin narrativa.

Un día estaba.

Al siguiente, no.

Nadie preguntó.

Nadie notó la diferencia.

Ni siquiera él, al principio.

Siguió publicando.

Siguió hablando.

Siguió actuando.

Hasta que un día miró sus métricas… y no había nada.

Ni caída.

Ni tendencia.

Ni error.

Nada.

Como si nunca hubiera ocurrido.



Sancho lo encontró tiempo después.

Sentado.

Sin dispositivos.

Mirando un campo.

—¿Se ha desconectado? —preguntó.

Don Quijote tardó en responder.

—No.

—¿Entonces?

—He dejado de simular que importa.

Sancho se sentó a su lado.

Esperó una reflexión.

Una enseñanza.

Algo.

No llegó.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Don Quijote se encogió de hombros.

—Nada.

—¿Nada de nada?

—Nada de nada.

Sancho miró el paisaje.

No había música.

No había edición.

No había narrativa.

—Es aburrido —dijo.

—Sí.

Silencio.

—Dulcinea ha publicado —añadió Sancho—. Dice que se retira para encontrarse.

Don Quijote asintió.

—Eso hará.

—¿Cree que lo conseguirá?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no hay nada que encontrar.

Sancho no discutió.

No porque estuviera de acuerdo.

Sino porque no había argumento que pudiera competir con esa respuesta.



El sol se puso.

No fue especial.

No fue único.

No significó nada.

Mañana habría otro.

Exactamente igual.

O peor.

O mejor.

Daba lo mismo.

Sancho pensó en hacer una foto.

No lo hizo.

No por decisión.

Sino por inercia.

Como todo lo demás.

—Señor —dijo al cabo de un rato—. ¿Esto es mejor?

Don Quijote lo miró.

Tardó en responder.

—No.

—¿Es peor?

—Tampoco.

—Entonces…

—Es lo que hay cuando todo lo demás desaparece.

Sancho asintió.

No entendía.

Pero tampoco hacía falta.

Se quedaron allí.

Sin épica.

Sin mensaje.

Sin transformación.

Dos figuras sentadas en un mundo que no pedía ser interpretado.

Ni compartido.

Ni recordado.

Y, por primera vez, ni siquiera eso importaba.


COSIFICACIÓN DE LA MUJER


Escrito el  22 de abril de 2026

El nombre de Esperanza se sentía como una broma pesada grabada en su documento de identidad. A sus cuarenta y tantos años, la piel de su rostro ya no recordaba la elasticidad de la juventud, sino que se tensaba sobre los pómulos como un pergamino gastado por el humo y el frío de las esquinas.

Para el mundo que pasaba de largo en sus coches relucientes, Esperanza no era una mujer con pasado, miedos o una capacidad asombrosa para recitar versos que aprendió en la escuela; era, simplemente, una transacción.

Cada noche empezaba igual. Esperanza apuraba el último trago de una ginebra barata que le quemaba el esófago, buscando ese punto de entumecimiento donde el asco se convierte en una neblina tolerable. El alcohol era su armadura. Solo borracha podía soportar la mirada de los hombres que se acercaban a ella no para buscar compañía, sino para usar un receptáculo.

En el coche de un cliente, Esperanza dejaba de existir. Se convertía en:

Un par de piernas.

Una boca.

Un precio.

Nadie preguntaba por su día, ni por el dolor de su espalda, ni por qué sus manos temblaban ligeramente. Para ellos, ella era un objeto de alquiler, un artículo de usar y tirar que se adquiere para satisfacer un impulso y se descarta antes de que el semáforo se ponga en verde.


Cuando terminaba la jornada, la esperaba Ángel. El nombre era otra ironía cruel. Ángel la aguardaba en la penumbra de un piso que olía a humedad y a productos químicos. Sus ojos, hundidos y erráticos por el cóctel de sustancias que recorrían sus venas, no veían en Esperanza a la mujer que lo cuidaba o lo amaba, sino a un cajero automático de carne.

"Dámelo todo", decía él, con la mandíbula apretada por la ansiedad de la siguiente dosis.

Para Ángel, Esperanza no era su compañera; era el vehículo que conectaba su mono con la jeringuilla. Si ella lloraba, él no escuchaba pena, escuchaba una interrupción. Si ella sangraba, él solo veía un obstáculo para conseguir su dinero. En el mundo de Ángel, Esperanza era una herramienta de trabajo, una posesión más que podía ser explotada hasta que se rompiera.

Una madrugada, tras una noche especialmente dura, Esperanza se detuvo frente al espejo del baño. La luz fluorescente parpadeaba, devolviéndole una imagen fragmentada. Se tocó la mejilla, buscando a la niña que alguna vez fue, a la mujer que soñó con ser arquitecta.


Pero el peso de la cosificación era una losa de hormigón. Entre el cliente que la compraba por minutos, el chulo que la consumía por horas y el alcohol que le borraba los segundos, Esperanza sentía que su "yo" se había disuelto.

No era una persona. Era un cuerpo habitado por extraños, una cifra en el bolsillo de un adicto, una sombra en una ciudad que solo valoraba aquello que podía ser comprado, usado y, finalmente, olvidado.


Semanas después, el portal donde Esperanza solía esperar se sentía extrañamente vacío, aunque el mundo no se detuvo. Ángel encontró a otra mujer, una más joven y con menos "desgaste", a la que llamó con el mismo tono posesivo con el que se llama a una herramienta nueva. Para él, el cambio de rostro no alteraba el producto; la necesidad de la dosis era el único motor, y cualquier cuerpo servía para alimentarla.

En la barra del bar de siempre, el camarero limpió la mancha de un vaso de ginebra que nadie reclamó. Los clientes habituales hablaron de fútbol y de política, pasando por alto la ausencia de la mujer de mediana edad que solía beber en la esquina. Su desaparición no fue noticia, porque nadie nota cuando un objeto se pierde, solo cuando deja de ser útil.

Esperanza terminó en una sala de urgencias de un hospital público, identificada inicialmente como un número de expediente más. Allí, bajo la luz aséptica que no perdonaba ninguna arruga, un médico joven le tomó la mano para buscarle el pulso. Fue el primer contacto humano en años que no buscaba placer ni dinero.

En ese instante, lejos del alcohol y de la sombra de Ángel, Esperanza abrió los ojos.

No hubo un milagro inmediato, pero hubo un reconocimiento. Por primera vez en décadas, no se miró a través del deseo de un extraño ni de la urgencia de un adicto. Se miró a sí misma como un ser herido, pero existente. El proceso de dejar de ser una "cosa" para volver a ser una "persona" es el camino más largo del mundo, y Esperanza acababa de dar el primer paso: recordar que, debajo de la piel utilizada y el nombre irónico, aún quedaba alguien que respiraba.

La tragedia de la cosificación es que la sociedad olvida, pero el cuerpo siempre recuerda que alguna vez tuvo dueño propio.


El eco en el cristal


 

El eco en el cristal

Escrito el 22 de abril de 2026

El reloj de la cocina marcaba las 3:15 de la madrugada. Andrés contemplaba el fondo del vaso, donde un último cubo de hielo nadaba en un charco ámbar, derritiéndose como su propia voluntad. A sus cuarenta y cinco años, Andrés no se sentía un "alcohólico" de película; tenía un buen trabajo en la gestoría, camisas planchadas y un auto impecable. Pero al llegar a casa, el silencio le pesaba demasiado, y solo el sordo calor del whisky lograba acallarlo.

Elvira apareció en el umbral de la cocina. No encendió la luz, pero la claridad de la luna bastaba para ver sus ojos cansados.

—Andrés, mañana tienes la firma de los contratos de los Ortega —dijo ella, con una voz que intentaba ser suave, pero que arrastraba el peso de mil noches iguales—. Por favor, deja eso y ven a descansar.

—Estoy bajo mucho estrés, Elvira. Solo es una copa para cerrar el día —respondió él, aunque era la cuarta.

Durante las semanas siguientes, Elvira siguió al pie de la letra los consejos que había leído. Dejó de gritar. Dejó de verter el alcohol por el fregadero, entendiendo que eso solo generaba más secretos. Un martes, tras una tarde de calma, se sentó frente a él en la terraza.

—Me asusta no reconocerte a veces, Andrés —le dijo, usando ese "yo" que le habían recomendado—. Siento que te estoy perdiendo en una neblina y no sé cómo entrar a buscarte.

Por un momento, algo brilló en los ojos de él. Una grieta de vulnerabilidad. Andrés admitió que el miedo al fracaso lo estaba ahogando. Prometió buscar ayuda. Parecía que, finalmente, el amor estaba ganando la partida.

Pero la adicción es una bestia que no se rinde sin pelear. Dos días después, la presión en la oficina estalló. Andrés no fue a la cita con el terapeuta que Elvira había contactado. En su lugar, desapareció seis horas.

Cuando Elvira recibió la llamada de la policía, el mundo se detuvo. Andrés había chocado contra un poste de luz a tres calles de casa. No hubo heridos, pero el coche estaba destrozado y su aliento lo delataba.

En la comisaría, Andrés estaba derrumbado. —Elvira, por favor… habla con el oficial. Dile que fue un fallo mecánico, que no me sentía bien. Si esto llega a la oficina, lo perderé todo. Por favor, mi vida, ayúdame esta última vez.

Aquí es donde todo se complicó de verdad. Elvira sintió el impulso visceral de protegerlo, de inventar una excusa, de salvar la fachada de su vida perfecta. Pero recordó las palabras que había subrayado en su manual de ayuda: “No mienta ni encubra cosas para proteger a alguien de las consecuencias de su manera de beber”.

—No puedo hacerlo, Andrés —susurró ella, con el corazón roto—. Si te saco de esta, te estaré ayudando a destruirte.



Andrés pasó la noche en el calabozo. El silencio allí no era como el de su casa; era frío, metálico y real. La vergüenza, que antes ahogaba en alcohol, esta vez tuvo que bebérsela a sorbos lentos y amargos.

Al salir, no hubo una reconciliación mágica. Elvira no lo esperaba con una sonrisa, sino con una maleta pequeña y una dirección escrita en un papel: un grupo de apoyo.

—Te quiero —le dijo ella desde la puerta—, pero ya no puedo ser tu cómplice. Este camino es tuyo, aunque yo esté a tu lado si decides caminarlo de verdad.

Andrés miró el papel. Por primera vez en años, no tenía un vaso en la mano para amortiguar el peso de la realidad. El camino hacia la sobriedad no sería un paseo, sino una escalada vertical, y la complicación no había sido el accidente, sino el momento en que entendió que su mujer ya no iba a sostener la mentira que lo estaba matando.

Seis meses después, la cocina de la casa ya no olía a ginebra rancia, sino a café recién hecho y a la humedad de la lluvia golpeando los cristales. Andrés estaba sentado en el mismo sitio donde todo se quebró aquella madrugada, pero esta vez, el reloj marcaba las siete de la mañana.

Frente a él, un pequeño cuaderno de tapas negras descansaba sobre la mesa. Era su diario de conteo. No marcaba solo días de sobriedad, sino momentos de honestidad.

Elvira entró en la habitación. Ya no caminaba de puntillas, como quien teme despertar a una fiera. Se acercó y le puso una mano en el hombro. Andrés no se tensó.

—Hoy es la reunión abierta —dijo él, sin levantar la vista del cuaderno—. Me toca hablar. No sé si estoy listo para contar lo de la comisaría delante de todos.

Elvira se sentó frente a él. La complicación de aquella noche en la policía había dejado cicatrices: Andrés seguía en libertad condicional y su reputación en la gestoría era una sombra de lo que fue. Pero, curiosamente, sus ojos tenían un brillo que ella no recordaba haber visto en una década.

—El día que dejaste de ser mi "salvadora" —continuó Andrés, mirándola fijamente—, pensé que me odiabas. Pasé semanas resentido, maldiciendo tu nombre porque no me habías "ayudado" con el oficial.

—Lo sé —respondió ella con calma—. Yo también sentí que te estaba perdiendo por no mentir.

—Pero si hubieras mentido... —Andrés cerró el cuaderno—. Si me hubieras salvado de ese choque, yo hoy no estaría aquí. Estaría en algún bar, celebrando que me había salido con la mía. Tu negativa fue el primer suelo firme que pisé en años.

No hubo un abrazo de película. Hubo algo más profundo: un reconocimiento mutuo. La adicción es una enfermedad de secretos, y ellos habían decidido vivir en la luz, por dolorosa que fuera.

Andrés se levantó, tomó las llaves (ahora conducía el coche de Elvira, pues el suyo nunca fue reparado) y se preparó para salir. Antes de cruzar la puerta, se detuvo.

—Gracias, Elvira. Por no quererme de la forma en que yo quería que me quisieras. Por quererme de la forma que necesitaba.

Ella lo vio alejarse desde la ventana. No sabía qué pasaría mañana —nadie en el grupo de apoyo se atrevía a jurar por el futuro—, pero por hoy, el aire en la casa era más ligero. La tragedia no había sido el accidente, sino el silencio anterior; y la salvación no había sido el perdón, sino la verdad.


miércoles, 22 de abril de 2026

La Mirada Hacia el Suelo


 

La Mirada Hacia el Suelo



Escrito el 22 de abril de 2026

El río Jerte, a su paso por Plasencia, tiene un murmullo que Chorro ya se conoce de memoria. No es un sonido uniforme; cambia según la estación, según la lluvia que haya caído en la sierra, según la hora del día. Es un murmullo que, para él, funciona como un metrónomo para la mente.

A sus cincuenta y ocho años, Chorro es un jubilado a la fuerza, un hombre que carga con una historia pesada, visible e invisible. La visible es ese brazo izquierdo, que cuelga inerte, una reliquia de un pasado que se congeló tres décadas atrás. La invisible es el dolor, un compañero fiel y silencioso que nunca le da tregua, pero que él ha aprendido a ignorar, o al menos a no mencionar.

Treinta años. Toda una vida desde que una carretilla cargada de escombros, como una sentencia caída del cielo desde un tercer piso, decidió su destino. Casi le cuesta la vida. Le dejó secuelas para siempre, sí, pero también le regaló una segunda oportunidad, aunque fuera en un formato diferente al que él había imaginado.

Su paseo diario por la orilla del Jerte es sagrado. No es un simple ejercicio físico; es su ritual, su momento de "cavilar", como él dice. Un tiempo para que sus pensamientos se deslicen por la corriente, se enreden en los juncos o se posen en las piedras del fondo.

—¿Y por qué siempre vas solo, Chorro? —le preguntan a menudo los vecinos, con esa mezcla de curiosidad y condescendencia que a veces tienen las personas que no entienden la solitud. —Es peligroso, con tu brazo... Y si te pasa algo...

Él sonríe, a veces con paciencia, a veces con un leve toque de ironía. No les quita la razón, en el fondo. El mundo está lleno de peligros, y él lo sabe mejor que nadie. Pero hay otros peligros, otros riesgos que le asustan mucho más.

El riesgo de ir acompañado y tener que soportar a alguien que no mira al suelo. Chorro sí lo hace. Siempre. Es un hábito que adquirió, quizás, después del accidente. Un instinto de supervivencia que se transformó en una forma de respeto. Al mirar hacia el suelo, no solo evita tropezar con las raíces o las piedras sueltas; también evita acabar con la vida de cualquier ser vivo que se cruce en su camino. Un escarabajo despistado, una procesión de hormigas, un pequeño brote verde que intenta abrirse paso. Para Chorro, cada vida cuenta, por pequeña que sea. Y le duele ver cómo otros, en su prisa, en su indiferencia, las pisotean sin siquiera darse cuenta.

O el riesgo de encontrarse con esos pescadores incivilizados, que dejan rastros de sedal y botes de cerveza en las orillas, que tratan a los animales y a las plantas sin ningún respeto, como si el río fuera su patio de recreo y no un ecosistema vivo y frágil. Chorro siente una punzada de dolor cada vez que ve un rastro de basura, cada vez que escucha un grito innecesario que rompe el silencio del lugar.

O, peor aún, el riesgo de ir con alguien que no para de hablar, que llena el aire con palabras vacías y no te deja gozar ni sentir lo que la naturaleza te regala de manera desinteresada. El canto de un pájaro, el susurro del viento entre las hojas de los álamos, el olor a tierra mojada después de una lluvia ligera, el reflejo del sol en el agua... Todo eso son regalos que Chorro atesora, y que solo puede recibir en el silencio, en la solitud elegida.

"Si a la vida venimos solos y nos vamos de la misma forma, ¿qué sentido tendría estar acompañados a todas horas?", piensa Chorro, mientras su brazo derecho, el que aún funciona, acaricia la corteza de un árbol centenario.

Él lo sabe bien. La soledad no es vacío, es plenitud. Es el espacio donde puede ser él mismo, sin máscaras, sin explicaciones. Donde puede reflexionar sobre las cosas que le atraen o le preocupan, sobre el pasado, el presente y el futuro. Donde siente la necesidad de escribir, de plasmar sus pensamientos en papel, de compartirlos con el mundo, aunque no sepa muy bien por qué. Es una pulsión, un impulso que nace de lo más profundo de su ser, y que le produce una satisfacción enorme. Es su forma de dejar huella, de decir "aquí estuve", de compartir su mirada, su sensibilidad, su amor por la vida, a pesar de todo.

El Jerte sigue su curso, inmutable, ajeno a las cavilaciones de Chorro. Pero él sabe que, de alguna manera, el río también lo escucha, también lo entiende. Y en ese diálogo silencioso, entre el hombre y la naturaleza, Chorro encuentra su paz, su equilibrio, su razón de ser. Sigue caminando, paso a paso, con la mirada puesta en el suelo, respetando la vida que pisa, y en su interior, una sinfonía de pensamientos y emociones que se eleva hacia el cielo, como una oración sin palabras.


CAMINANDO POR A VIDA 2


 

Caminando por la vida 2

19 de noviembre de 2015, revisado el 22 de abril de 2026

Son muchas las personas que no entienden por qué algunos elegimos caminar por el monte, ir a pescar o desplazarnos a cualquier lugar en solitario. Según dicen, su incomprensión nace del miedo a las desgracias o peligros que puedan acecharnos en el camino.

No les quito razón, pero tengo mis motivos. Para empezar, me cuesta tolerar la compañía de quienes caminan por el monte sin mirar al suelo, ignorando la vida de los pequeños seres que pisan. Tampoco soporto a quienes pescan de manera incivilizada, sin respetar a los animales, las plantas ni el entorno. Es difícil ir acompañado cuando la otra persona no te permite gozar ni sentir lo que la naturaleza te regala de forma desinteresada.

Además, pienso que si a este mundo venimos solos y nos vamos de la misma forma, ¿qué sentido tendría la obligación de estar acompañados a todas horas?

Quienes me conocen, o hayan leído mis escritos, saben que necesito estar solo muchas horas al día. Es el tiempo que requiero para cavilar sobre las cosas que me atraen o me preocupan. Siento la necesidad de escribir y compartir sin saber siquiera el porqué; pero es un misterio en el que prefiero no indagar, por la enorme satisfacción que me produce el simple hecho de llevarlo a cabo.


martes, 21 de abril de 2026

El Caballero de la Triste Conversión (versión más satírica)


 

El Caballero de la Triste Tasa de Conversión (versión más satírica)

Escrito el día 21 de abril de 2026

En un lugar del engagement, de cuyo nombre no quiero acordarme —porque fue renombrado tres veces por motivos de marca—, vivía un hidalgo que había cambiado la honra por el alcance, la gloria por las métricas y la cordura por el algoritmo.

Don Quijote ya no soñaba con gigantes.

Soñaba con monetizar.

Vestía una sudadera de startup muerta —como quien lleva una reliquia de fe— y unas gafas de realidad aumentada que le permitían ver lo único importante: estadísticas flotando sobre cada cosa.

Un árbol: 3/10 en potencial de contenido.

Un anciano: poco shareable.

Un atardecer: buen engagement si se edita bien.

—¡Mira, Sancho! —gritó un día—. ¡Los gigantes del olvido digital!

Sancho, que venía sudando tras subir tres pisos sin ascensor para entregar sushi vegano, ni levantó la vista.

—Son antenas, señor.

—¡Ignorante! —replicó Quijote—. Son los templos donde se sacrifica la atención humana para alimentar a los dioses del scroll infinito.

Sancho suspiró.

—Pues los dioses esos pagan mal, porque el pedido me lo han puntuado con tres estrellas.

Pero don Quijote ya no escuchaba. Había iniciado un directo.

—¡Hermanos! —clamaba a sus doce espectadores (tres de ellos bots)—. ¡Hoy desenmascararemos la gran mentira!

Arremetió contra una antena mientras gritaba consignas mezcladas: conspiraciones, espiritualidad de supermercado y frases motivacionales recicladas.

La policía llegó.

Los espectadores subieron a cuarenta.

Fue su mejor directo en meses.

—¡Esto es censura! —gritó mientras lo esposaban—. ¡He tocado la verdad!

—Ha tocado una propiedad privada —respondió un agente.

Sancho grabó un clip.

Sabía que eso, al menos, sí tenía potencial.


Dulcinea, por supuesto, existía.

Pero solo donde importaba: en pantalla.

En la realidad, Aldonza Lorenzo tenía ojeras, vecinos enfadados y un aro de luz comprado a plazos.

En internet, era eterna.

Desayunaba en Bali, meditaba en Tulum y sonreía con una felicidad tan perfecta que rozaba lo sospechoso.

Don Quijote la amaba.

No a ella, claro.

A su narrativa.

—Es la curadora de mi alma —decía, mientras dejaba comentarios kilométricos que nadie leía—. Nuestra conexión trasciende el algoritmo.

El algoritmo, sin embargo, no opinaba lo mismo.

Sancho descubrió la verdad una tarde.

La vio discutir porque alguien había ocupado “su luz natural” para grabar un vídeo.

La vio repetir una toma doce veces.

La vio sonreír… y apagar la sonrisa como quien cierra una aplicación.

—Señor —le dijo luego—. Que no es así.

Don Quijote lo miró con compasión.

—Sancho… estás consumiendo realidad sin procesar. Eso es peligrosísimo.

—¿Peligroso?

—No está optimizada.

Y así, Dulcinea siguió siendo perfecta.

Porque la verdad, en bruto, no convierte.


Pero incluso las locuras necesitan audiencia.

Y un día, el algoritmo decidió que don Quijote ya no era interesante.

Sus vídeos dejaron de aparecer.

Sus discursos dejaron de importar.

Su indignación dejó de monetizar.

Fue, en términos modernos, una muerte silenciosa.

Nadie lo canceló.

Simplemente… dejó de existir.



Sancho lo encontró semanas después.

Sin gafas.

Sin móvil.

Sin marca personal.

Estaba sentado mirando un atardecer real, sin filtro, sin música épica de fondo, sin subtítulos inspiracionales.

—¿Y esto? —preguntó Sancho—. ¿Nuevo nicho?

Don Quijote sonrió.

—Fracaso.

Sancho se sentó a su lado.

Incómodo.

Sin saber dónde mirar cuando no hay pantalla.

—¿No echa de menos los likes?

—Al principio sí —respondió—. Sentía que si nadie me veía, no estaba ocurriendo.

Miró el horizonte.

—Luego entendí algo peor.

—¿Peor?

—Que aunque me vieran… tampoco estaba ocurriendo.

Sancho no supo qué decir.

Era una frase poco rentable.

—Dulcinea ha subido un post —comentó, incapaz de evitarlo—. Dice que deja las redes para encontrarse.

Don Quijote rió.

Pero no como antes.

—Eso es contenido, Sancho.

—¿No lo cree?

—Claro que sí. Pero también es contenido decir que lo dejas.

Hizo una pausa.

—Si realmente lo dejara… no lo sabrías.

Sancho asintió lentamente.

Aquello tenía sentido.

Y por tanto, no funcionaría.



El sol terminó de ponerse.

Nadie lo grabó.

Nadie lo editó.

Nadie añadió una canción triste de fondo.

Y sin embargo —o precisamente por eso—, ocurrió.

Sancho sacó su móvil.

Lo miró.

Lo guardó.

—Señor —dijo—. ¿Y ahora qué hacemos?

Don Quijote se encogió de hombros.

—Nada.

—¿Nada?

—Exacto.

Sancho frunció el ceño.

—Eso no escala.

Don Quijote sonrió.

—Por eso funciona.

Y compartieron un trozo de queso, sin hashtags, sin storytelling y sin ninguna intención de convertir aquel momento en otra cosa que lo que era:

Inútil.

Irrepetible.

Y, por primera vez en mucho tiempo,

completamente inútil para el algoritmo.


lunes, 20 de abril de 2026

LAS COSAS DEL QUERER...


 

Las cosas del querer...

Escrito el 15 de noviembre de 2015, revisado el 20 de abril de 2026

Como cada domingo, ambos bregaban desesperadamente campo a través, en sentidos contrarios, desde sus respectivas dehesas.

Desde Navalonguillas de Arriba partía Ambrosia, la hija de los guardeses, desdentada y contrahecha. Desde Navalonguillas de Abajo avanzaba el primogénito del mayoral, Macario, el jorovino, tuerto y tullido. Se movían todo lo rápido que sus cuerpos mermados les permitían.

En cuanto alcanzaban la cima del altozano, frontera entre ambas fincas, el brillo de sus ojos superaba al del mismo sol. El ritmo de sus latidos se elevaba entonces como el de los colibríes.

Para él, aquel encuentro no suponía más que la posibilidad de echar un par de caliqueños. Para ella, en cambio, su afligido mundo dejaba de girar. Al aferrarse a palo seco a los labios de él, Ambrosia comenzaba a flotar. Era como si el suelo se fracturara bajo sus pies contraídos para que nada más importara.

Lo hacía a pesar de todo. Lo hacía siendo plenamente consciente de lo poco, o nada, que significaba para aquel «fastuoso» galán.