El Caballero de la Triste Tasa de Conversión (versión nihilista)
Escrito el 20 de abril de 2026
En un lugar del algoritmo —que en realidad eran todos— vivía un hombre que había confundido su existencia con su visibilidad.
Se hacía llamar don Quijote.
No porque creyera en la caballería, sino porque el nombre funcionaba bien como marca.
Había probado otros:
@DespiertaAlma,
@GuerreroDeLaVerdad,
@CryptoHidalgo.
Pero ninguno convirtió.
Quijote sí.
Durante un tiempo.
Llevaba puesta una sudadera de una startup muerta. No por nostalgia, sino porque todavía parecía nueva en cámara. Sus gafas de realidad aumentada le permitían ignorar el mundo físico con precisión quirúrgica.
Lo real no desaparecía.
Simplemente dejaba de ser relevante.
—¡Sancho! —dijo un día, sin apartar la vista de sus métricas—. Estoy perdiendo alcance.
Sancho no respondió.
Estaba aceptando un pedido mal pagado porque el sistema lo penalizaba si lo rechazaba.
—Quizá —dijo al fin— es que la gente se ha cansado.
Don Quijote negó.
—La gente no existe, Sancho. Solo existen audiencias.
Se giró hacia el horizonte industrial.
Antenas, cables, pantallas, anuncios.
Nada de eso necesitaba ser interpretado.
Pero él lo hizo de todos modos.
—Allí está el enemigo —murmuró.
—¿Cuál?
—El olvido.
Y corrió hacia él, como siempre hacía: grabando.
El vídeo fue mediocre.
No por falta de esfuerzo, sino por exceso de repetición.
Ya lo había hecho antes.
Y antes.
Y antes.
El algoritmo no castiga la locura.
Castiga la redundancia.
Los espectadores pasaron de treinta a nueve.
Luego a cuatro.
Luego a ninguno.
Don Quijote siguió hablando.
Porque ya no hablaba para otros.
Hablaba para sostener la ilusión de que había un “afuera”.
Dulcinea existía.
Pero no como persona.
Existía como promesa de sentido.
Un perfil limpio, coherente, constante.
Un error bien mantenido.
Don Quijote le escribía.
No esperaba respuesta.
No la necesitaba.
Responder habría arruinado todo.
—El silencio —decía— es la forma más alta de interacción.
Sancho la vio una vez.
Real.
Finita.
Cansada.
La vio grabarse sonriendo y, al terminar, quedarse completamente vacía.
No triste.
No enfadada.
Vacía.
Como una pantalla apagada.
—Señor —intentó explicarle—. No hay nada ahí.
Don Quijote lo miró con una mezcla de lástima y superioridad.
—Claro que no hay nada, Sancho.
—Entonces…
—Ahí está su perfección.
El algoritmo dejó de mostrarlo.
Sin aviso.
Sin cierre.
Sin narrativa.
Un día estaba.
Al siguiente, no.
Nadie preguntó.
Nadie notó la diferencia.
Ni siquiera él, al principio.
Siguió publicando.
Siguió hablando.
Siguió actuando.
Hasta que un día miró sus métricas… y no había nada.
Ni caída.
Ni tendencia.
Ni error.
Nada.
Como si nunca hubiera ocurrido.
Sancho lo encontró tiempo después.
Sentado.
Sin dispositivos.
Mirando un campo.
—¿Se ha desconectado? —preguntó.
Don Quijote tardó en responder.
—No.
—¿Entonces?
—He dejado de simular que importa.
Sancho se sentó a su lado.
Esperó una reflexión.
Una enseñanza.
Algo.
No llegó.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Don Quijote se encogió de hombros.
—Nada.
—¿Nada de nada?
—Nada de nada.
Sancho miró el paisaje.
No había música.
No había edición.
No había narrativa.
—Es aburrido —dijo.
—Sí.
Silencio.
—Dulcinea ha publicado —añadió Sancho—. Dice que se retira para encontrarse.
Don Quijote asintió.
—Eso hará.
—¿Cree que lo conseguirá?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no hay nada que encontrar.
Sancho no discutió.
No porque estuviera de acuerdo.
Sino porque no había argumento que pudiera competir con esa respuesta.
El sol se puso.
No fue especial.
No fue único.
No significó nada.
Mañana habría otro.
Exactamente igual.
O peor.
O mejor.
Daba lo mismo.
Sancho pensó en hacer una foto.
No lo hizo.
No por decisión.
Sino por inercia.
Como todo lo demás.
—Señor —dijo al cabo de un rato—. ¿Esto es mejor?
Don Quijote lo miró.
Tardó en responder.
—No.
—¿Es peor?
—Tampoco.
—Entonces…
—Es lo que hay cuando todo lo demás desaparece.
Sancho asintió.
No entendía.
Pero tampoco hacía falta.
Se quedaron allí.
Sin épica.
Sin mensaje.
Sin transformación.
Dos figuras sentadas en un mundo que no pedía ser interpretado.
Ni compartido.
Ni recordado.
Y, por primera vez, ni siquiera eso importaba.

Hoy emerge un nuevo tipo de nihilismo, paradójico y afirmativo, sustentado en las nuevas tecnologías porque hay un cambio profundo en la forma en que concebimos y tratamos con las cosas: la «realidad virtual» supone la ausencia de las dimensiones física y biológica de los seres, en un mundo sin historia. Bits (en lugar de cuerpos) y ficciones (en lugar de hechos) constituyen un imaginario colectivo semejante a un gran espectáculo, donde todo es posible pero nada es real.
ResponderEliminarEn medio de esta hiperconectividad, emerge silenciosamente un fenómeno inquietante: el nihilismo digital. No se trata solo de una corriente filosófica, sino de una sensación colectiva que se filtra a través de las pantallas: nada importa, nada es real, todo es contenido.
En el siglo XXI, ese colapso adopta una nueva forma: la muerte del sentido en la era de la información. Paradójicamente, nunca hemos tenido tanto acceso al conocimiento, pero rara vez lo transformamos en sabiduría.
La saturación de discursos, el colapso climático, la precariedad laboral y la incertidumbre existencial se convierten en ruido de fondo. En vez de rebelión, hay scroll infinito.
Este nihilismo digital se manifiesta en la dificultad de comprometerse, en la necesidad de mostrarse pero no sentirse, en el miedo a la autenticidad.
Internet, en su libertad, también ha producido una cultura del sinsentido, donde todo puede relativizarse, ridiculizarse o desecharse.