Escrito originalmente en 2013, revisado el 6 de abril de 2026
Hay algo en la vida que me inquieta, incluso más que mi propia existencia. Me siento impotente, sin respuestas, incapaz de resolver una incógnita que me persigue: «¿Qué o quién nos lo impide?».
Al reflexionar sobre la condición humana, considero que las personas somos, a la vez, tan iguales y tan distintas como estos dos términos que hoy quiero analizar: «sin vergüenza» y «sinvergüenza». Parecen lo mismo, pero encierran realidades opuestas.
Analicemos sus definiciones:
Sin vergüenza (con espacio): Equivale a la carencia o falta de algo. En este caso, de «vergüenza», entendida en sus múltiples acepciones:
Sentimiento ocasionado por una falta cometida, o por una acción deshonrosa y humillante.
Pundonor, amor propio.
Timidez que impide hacer o decir algo.
Sinvergüenza (todo junto): Define a la persona pícara, bribona, desvergonzada o insolente. Alguien que comete actos ilegales en provecho propio o que incurre en inmoralidades y faltas de ética.
Como se observa, incluso en el diccionario las diferencias son notables. Sin embargo, el uso que la sociedad hace de estos términos no entiende de clases sociales.
¡Estoy más que harto! Harto de encontrarme con personas que caminan con «vergüenza»; cabizbajas, abatidas y humilladas. Unos y otros sufren porque no pueden hacer frente a los pagos, a la vida misma, simplemente porque se les niega un derecho constitucional básico: «Todo español tiene derecho a un trabajo digno…». Es desolador enterarse de que hay quienes, como última alternativa desesperada, deciden solucionar «su problema» de manera drástica, quitándose la vida.
¡Estoy más que harto! de que, aun sabiendo —incluso aquellos que estudiamos poco por pertenecer a la clase baja en los años 60 y 70— que la historia se repite desde tiempos inmemoriales, sigamos permitiéndolo. ¿Hasta cuándo? Todos sabemos, aunque sea de oídas, que «el pasado debe servir para evitar cometer los mismos errores en el presente, si queremos labrarnos un próspero futuro».
¡Estoy más que harto! de ver cómo en mi país se castiga a quien tiene menor poder adquisitivo: parados y jubilados. Ellos son señalados como culpables de esta situación caótica por los verdaderos sinvergüenzas. Mientras tanto, nos hacen presenciar los premios que reciben aquellos que actúan en contra de cualquier normativa legislativa o ética personal. Sí, los sinvergüenzas.
Desde mi infancia, mis padres y maestros se encargaron de inculcarme los Valores Humanos y las conductas correctas. Me hicieron saber, y cumplir a rajatabla, los castigos que conllevaba no respetarlos: «Si robas o matas, vas a la cárcel de cabeza».
Hoy, sin embargo, observo con asombro que los únicos que corren riesgo de ir a la cárcel, a poco que se descuiden, son aquellos que no pueden afrontar la catástrofe a la que nos han llevado esos sinvergüenzas. Esos mismos que, con buenas palabras, tratan de hacernos sentir culpables de una responsabilidad que solo a ellos compete, por no cumplir con lo que se supone que representan: a su Pueblo.
La sociedad actual me hace pensar que todo lo que me enseñaron para comportarme como un buen hombre y un buen cristiano está obsoleto. Soy consciente de que, tal vez, todo aquello que me hicieron aprender y cumplir estaba basado en una mentira.
Existe el concepto de «vergüenza ajena», que es la que se siente ante lo que hace o dice otra persona.
Eso es exactamente lo que siento: vergüenza ajena por lo que hacen y dicen estos sinvergüenzas, que no se preocupan lo más mínimo por el interés, el beneficio y el Bienestar Social de quienes deberían representar.
La vergüenza la vivimos y padecemos la gente humilde, los honestos, los honrados; los que carecen de maldad y codicia.
¡Levantémonos! Caminemos todos juntos, sin vergüenza, con un mismo propósito. Exijamos a estos sinvergüenzas, que dicen representarnos, lo que por Ley nos pertenece.
¡Basta ya de tantas injusticias!
Somos mayoría, ¿a qué esperamos?
Y si tenemos miedo de que nos lleven a la cárcel por defender nuestros derechos, tal vez ese miedo lo perdamos cuando nos lleven por tener que robar para poder comer.

Vivimos en una época donde las crisis parecen superponerse, generando una sensación constante de incertidumbre. Según figuras internacionales como la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el jefe de la diplomacia de la UE, Josep Borrell, nos encontramos ante el fin del orden multilateral tal como lo conocíamos y un "mundo en peligro".
ResponderEliminarEsta percepción de "rumbo perdido" se alimenta de varios frentes actuales:
• Geopolítica y Orden Mundial: líderes europeos han señalado recientemente que el mundo que conocíamos ha desaparecido, dejando atrás el papel de Europa como guardiana del viejo orden. Además, propuestas políticas recientes en Estados Unidos sobre el futuro de la ONU y el plan global generan preocupación sobre la estabilidad de las instituciones internacionales.
• Desafíos Globales: la ONU ha reconocido que objetivos fundamentales como la Agenda 2030 están lejos de cumplirse, admitiendo que, lamentablemente, el mundo ha perdido el rumbo en temas de sostenibilidad y desarrollo.
• Polarización y Desinformación: la política actual, tanto en España como a nivel global, se ve marcada por el uso de bulos y una creciente hostilidad que dificulta el diálogo y la búsqueda de soluciones comunes.
Aunque el panorama es complejo, algunos análisis invitan a reflexionar si realmente el mundo se desmorona o si nuestra percepción está condicionada por la inmediatez de las malas noticias. No obstante, el sentimiento de desilusión que expresas es compartido por muchos ciudadanos y analistas que ven un entorno cada vez más "hostil, contaminado e injusto".