Esquizofrenia
Escrito el 29 de abril de 2026
En la casa de paredes encaladas y vigas oscuras, donde el tiempo parecía avanzar más despacio que en el resto del mundo, Ignacio ocupaba un lugar silencioso, casi invisible para quienes no lo conocían bien. Era un hombre de pocas palabras, de mirada esquiva fuera del calor familiar, pero de una ternura profunda que reservaba para los suyos, como si ese afecto fuese un tesoro que debía proteger.
Había nacido en un tiempo en el que la vida se medía por estaciones y cosechas. Conocía la dureza del campo, el peso de la tierra entre las manos y el ritmo lento de los días rurales. Pero el mundo cambió, y con él, Ignacio. Dejó atrás los surcos para convertirse en peón de albañil, levantando muros ajenos mientras, sin darse cuenta, algo dentro de él comenzaba a resquebrajarse.
El alcohol llegó sin hacer ruido, como suelen llegar las cosas que terminan siendo importantes. Al principio, era solo de manera esporádica, un descanso compartido, una forma de pertenecer a un nuevo entorno. Pero con los años, esa costumbre fue creciendo, ocupando más espacio del que debía.
A los cincuenta años, su mente empezó a jugarle malas pasadas. No fue de golpe, sino poco a poco, como una tormenta que se anuncia con un viento extraño. Primero llegó el miedo, después la confusión, y finalmente, un mundo que solo él podía ver.
Se acostaba en el desván, justo encima de la habitación de su madre. Allí se sentía a salvo. Pensaba que mientras estuviera cerca de ella, nadie podría hacerle daño. La adoraba con una devoción casi infantil, como si su presencia fuese un escudo contra todo lo invisible que lo amenazaba.
—Otra prueba más —decía a veces, con unas risas que desconcertaban—. La abuela ha cambiado este vaso de sitio y lo ha puesto allí. Lo hace para ver si me doy cuenta. Ja, ja, ja ja...
Su voz no temblaba; lo decía como quien explica una evidencia.
Otras veces, señalaba al vacío.
—Mira bien, sobrino… en el quinto piso, en la ventana de la izquierda. Hay una mujer de negro. Me está vigilando.
Pero no había nadie.
El miedo no se limitaba a las paredes de la casa. Un día, caminando por la plazuela, se detuvo de repente, observando los coches como si fuesen piezas de un rompecabezas imposible.
—¿Desde cuándo hay estos cochazos aquí? —preguntó a su sobrino—. Otra prueba más. Otra prueba más de que vienen a por mí. Ochenta mil policías están investigando.
Quienes lo acompañaban entendieron entonces que aquello iba más allá de una borrachera o de un mal momento. Había algo más profundo, más oscuro.
Incluso llegó a presentarse en comisaría, decidido a denunciar lo que creía que le estaban haciendo. Los agentes, que lo conocían de verlo deambular en sus días difíciles, comprendieron enseguida que no estaba bien. No hubo burlas ni reproches, solo una decisión tranquila: llevarlo de vuelta a casa.
Allí lo esperaban sus hermanas, firmes y preocupadas. Entre ellas lograron lo más difícil: convencerlo de acudir al médico. No fue un camino fácil. Había miedo, sobre todo miedo al juicio, a ser señalado, a que lo llamaran loco.
Lo que vivió Ignacio no es un caso aislado.
Tiene nombre. Y, aunque asusta, también tiene explicación y tratamiento.
Durante mucho tiempo, situaciones como esta se han vivido en silencio, marcadas por el miedo, la confusión y el estigma. Ese mismo miedo que hacía dudar a Ignacio, que lo frenaba a la hora de pedir ayuda, sigue estando presente hoy en muchas personas.
La esquizofrenia es un trastorno mental grave y crónico que afecta la percepción, el pensamiento, las emociones y el comportamiento. Dificulta distinguir entre lo que es real y lo que no lo es.
En el caso de Ignacio, esto se reflejaba en momentos como cuando estaba convencido de que lo vigilaban desde una ventana o de que todo formaba parte de una prueba contra él.
Síntomas principales
Alucinaciones: escuchar voces, ver o sentir cosas inexistentes, como esas presencias que Ignacio creía percibir.
Delirios: creencias firmes que no se ajustan a la realidad, como la idea de que lo perseguían o lo investigaban.
Pensamiento desorganizado: dificultad para ordenar las ideas o expresarlas de forma coherente.
Síntomas negativos: apatía, aislamiento, falta de motivación o expresión emocional reducida.
Alteraciones del comportamiento: agitación o momentos de desconexión con la realidad.
Causas y factores
No existe una única causa. Suele ser una combinación de factores:
Predisposición genética
Cambios en la química cerebral
Factores ambientales y estrés prolongado
El consumo de sustancias como el alcohol puede agravar o precipitar los síntomas en personas vulnerables.
Tratamiento
La esquizofrenia no tiene una cura definitiva, pero sí tratamiento.
Medicación antipsicótica
Terapia psicológica y apoyo familiar
Seguimiento médico continuo
Con el tratamiento adecuado, muchas personas pueden estabilizarse y llevar una vida digna.
Ignacio no fue su enfermedad.
Fue mucho más que eso.
Con el tiempo, y gracias al tratamiento y al apoyo de su familia, los episodios fueron disminuyendo. El mundo dejó de ser un lugar hostil lleno de amenazas invisibles. Volvió, en gran parte, a ser él mismo: reservado, noble, profundamente unido a los suyos.
Aun así, algunas sombras nunca desaparecieron del todo, pero dejaron de dominar su vida.
Vivió catorce años más. No fueron perfectos, pero sí dignos. Y eso, en su historia, era mucho.
Murió de peritonitis, sin hacer ruido, como había vivido gran parte de su vida. Un año después, su madre lo siguió, llevando consigo el peso de dos pérdidas imposibles.
Quedó el recuerdo. El de un hombre bueno, que luchó contra un enemigo invisible, que amó a su familia con una intensidad que no siempre supo expresar con palabras, pero que se sentía en cada gesto.
Si estás leyendo esto…
Si tú, o alguien cercano, está pasando por situaciones similares —miedo constante, pensamientos que no encajan, sensaciones difíciles de explicar— es importante no ignorarlo.
Pedir ayuda no es una debilidad. Es el primer paso para entender lo que está ocurriendo y empezar a ponerle solución.
Existen recursos profesionales y gratuitos que pueden orientar, diagnosticar y acompañar. No es necesario recorrer ese camino en soledad.
Hablar, preguntar y buscar apoyo puede cambiar el rumbo de una historia.

Yo también he pasado por algo muy parecido.
ResponderEliminarMi madre tuvo esquizofrenia, con varios ingresos, y siempre pensé que algo así podía tocarme. Pero cuando me pasó, fue de golpe. Primero vino un subidón brutal: me sentía el mejor, discutía con mis jefes, pensaba que podía con todo.
Después llegó lo peor: dejé de dormir. Literalmente. No podía cerrar los ojos. Pasé semanas cayéndome dormido encima del plato de comida, pero al acostarme me quedaba con los ojos abiertos toda la noche.
Pedí la baja y me encerré en mi habitación. No quería ver a nadie, ni a mi familia. Solo pensamientos negativos, miedo y aislamiento.
Con tratamiento empecé a salir, pero al no hacerlo bien volví a subir demasiado. Hice locuras: compré varios coches sin sentido, tuve problemas con la policía, situaciones que hoy parecen irreales… pero en ese momento yo no era consciente.
He tenido varios ingresos. Y todos llegaron cuando dejaba la medicación.
Hoy tengo 55 años y estoy en tratamiento con inyección. Gracias a eso tengo estabilidad, duermo, pienso claro y soy una persona normal.
Solo quiero decir una cosa: esto es real, pasa, y se puede controlar. Pero hay que aceptar ayuda.
Ahora estoy con un tratamiento para esquizofrenia....Trevicta,y está inyección me lo tengo que poner hasta el fin de mi vida.....
Me mantiene en ánimo normal y yevo una vida estupenda.....solo me quedan los recuerdos del pasado.....
Perdona, Sorin. No había visto el comentario por aquí.
EliminarGracias por la atención y por compartir algo tan personal. Me alegro de que con el tratamiento puedas llevar una vida normal como cualquier hijo de vecino.
Un abrazo, amigo.