martes, 30 de junio de 2026

Capítulo 1, episodio 3, CICATRICES DE DOBLE FILO

 





3







María y Jefferson llegaron exhaustos al rellano de la quinta planta de un decrépito edificio. Él, resoplando ruidosamente para recuperar el aliento, extrajo un pesado manojo del bolsillo del pantalón.

—¡Adelante, princesa! —anunció tras seleccionar una llave pintada de verde—. Las puertas del castillo se abren para ti —añadió, esbozando un ademán cortés.

María cruzó el umbral y contempló la inhóspita y reducida estancia. Hizo un esfuerzo supremo por sonreír, pero la decepción le congeló el gesto. Al percibir su desencanto, los ojos de Jefferson se endurecieron antes de excusarse:

—Esto... lo he alquilado hace poco. Aún no he tenido tiempo de acondicionarlo.

Lo que más impactó a la joven fueron los jirones de papel pintado que colgaban como piel muerta de las paredes, y las densas telarañas que se adueñaban de las lámparas y los rincones oscuros.

—Una vez limpio, con un toque de pintura por aquí y otro por allá —continuó él, dibujando círculos en el aire—, convertiremos este lugar en un cómodo y acogedor nido de amor.

El semblante de María se contrajo. El labio partido le dolió al hablar.

—¿Vamos a pasar la noche aquí? —susurró, temerosa de la respuesta.

—No, no. Hoy iremos a casa de mi mamá. Traerte aquí era solo para que lo vieras.

—¡Ah!... Pero de haberlo sabido, me habrías evitado el disgusto.

—Quería darte una sorpresa cuando estuviese terminado, por eso no te había dicho nada —respondió él, forzando un tono de fingido afligimiento que no tardó en evaporarse.

—Me refiero a hoy, a hace un rato, cuando veníamos de camino...

—¿Acaso crees que después del espectáculo de tu padre estoy para sutilezas? —la cortó él, visiblemente malhumorado.

—¡Oh!, perdóname —se apresuró a decir ella, asustada por su tono—. No pretendía hacerte enojar.

Jefferson la miró con desprecio, midiéndola.

—Pues menos mal que lo aclaras, porque cualquiera diría lo contrario.

María, sintiendo el vacío de la soledad amenazándola, se acercó a él con sumisión. Necesitaba desesperadamente su aprobación. Sin mediar palabra, se refugió en su pecho; él la recibió con condescendencia y, tras unos besos rápidos que a ella le supieron a alivio, abandonaron el piso.

Salieron a caminar por la ciudad cogidos de la mano. Jefferson avanzaba con el pecho erguido, ajeno a la realidad, mientras María intentaba cubrirse el rostro con el cabello. No eran conscientes —o al menos Jefferson no quería serlo— de las miradas de horror y reproche que atraían a su paso. Para los transeúntes, la estampa era grotesca: un hombre maduro paseando de la mano a una niña de catorce años que exhibía la cara desfigurada por los golpes.

Sin embargo, el brillo en los ojos verdes de Jefferson evidenciaba lo satisfecho que estaba con su última conquista. Las jovencitas como María le proporcionaban el morbo y la docilidad necesarios para saciar sus ansias; con ellas sentía que recuperaba el control absoluto de su vida.

Era un control que un trauma de la adolescencia le había arrebatado años atrás, cuando una mujer cincuentona se encaprichó de él, seduciéndolo a base de regalos caros hasta arrastrarlo a la cama. Aquel encuentro, cargado de sumisión inversa, había dejado en Jefferson una profunda mezcla de asco, fracaso y remordimiento. Desde entonces, le había sido imposible mantener una relación con mujeres de su propia edad; el miedo a volver a sentirse impotente lo empujaba a buscar la inocencia maleable de las niñas.




Capítulo 1, episodio2, CICATRICES DE DOBLE FILO


 



2





11 de enero de 1981

María caminaba distraída hacia el lugar donde acostumbraba a reunirse con Jefferson, perdida en sus pensamientos, cuando un frenazo estridente la obligó a apartarse de un salto. El parachoques del coche quedó a escasos centímetros de sus piernas.

Durante unos segundos permaneció inmóvil en la acera, pálida y temblorosa, con el corazón en la boca.

—¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Sube! —le gritó Jefferson, asomándose por la ventanilla con impaciencia.

María subió al vehículo con un nerviosismo eléctrico que le recorría las manos. Se sentó y se frotó las palmas contra la falda del colegio.

—Tengo que decirte algo —soltó de golpe.

La sonrisa de suficiencia de Jefferson desapareció al instante. Reguló el espejo retrovisor y la miró de reojo.

—¿Es bueno o malo?

—No lo sé…

—Habla de una vez, María. No me gustan los rodeos.

La joven tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.

—Estoy embarazada.

Jefferson se quedó petrificado. Guardó un silencio denso, sepulcral. Sus dedos empezaron a tamborilear con fuerza sobre el volante mientras respiraba hondo, asimilando la noticia. Una chispa de control absoluto brilló en sus ojos verdes.

—¿Estás segura?

—Sí. Ya son tres faltas.

—¿Lo saben tus padres?

—Todavía no. No he sabido cómo decirlo.

Jefferson apartó la mirada unos instantes, contemplando la calle a través del parabrisas. Una fría sonrisa asomó en sus labios; ahora ella dependía enteramente de él.

—Bueno… a lo hecho, pecho —dijo, dándole unas palmaditas condescendientes en la rodilla—. Me haré cargo de ti.

El alivio transformó por completo el rostro de la muchacha, barriendo el terror de golpe. Minutos después, el motor rugió y se dirigieron, como tantas otras veces, hacia la intimidad oculta del palo santo.

Al día siguiente, sin embargo, María no acudió a la cita.

Jefferson la esperó durante horas bajo el sol de la tarde, encerrado en el coche. La preocupación inicial se transformó rápidamente en una rabia sorda que le hacía apretar la mandíbula. No toleraba que le hicieran perder el tiempo. Al caer la tarde, encendió el motor decidido a presentarse en su casa.

Golpeó la madera de la puerta con los nudillos, firme y exigente. Al cabo de unos segundos, la hoja se abrió para revelar a un hombre corpulento, descuidado y con una expresión de profunda hostilidad.

—¿Qué quiere? —preguntó José, arrastrando las palabras.

—Busco a María.

—¿Andas buscando a mi hija? ¿Y quién diablos es usted?

Jefferson sonrió con una cordialidad falsa y afilada, midiendo al hombre de arriba abajo.

—Jefferson. Su prometido.

—No está.

José intentó cerrarle la puerta en la cara, pero Jefferson plantó el pie con firmeza en el umbral, impidiéndolo.

—¿Qué parte no has entendido, imbécil? —gruñó el padre, dando un paso al frente—. ¿No tienes bastante con haberla deshonrado? Ya me enteré de tu asquerosa gracia.

—Estoy aquí porque pienso responder por ella como un hombre.

José soltó una carcajada amarga, que apestaba a alcohol rancio.

—¿Un hombre? Tú no tienes idea de lo que significa eso, mocoso.

—Solo quiero hablar con ella —insistió Jefferson, elevando la voz, retador.

—Lárgate de mi propiedad antes de que llame a la policía y te refundan en la cárcel por meterte con una cría.

—Llámela si quiere. A ver a quién encierran primero.

En ese preciso instante, un gemido ahogado interrumpió la disputa. María apareció en el pasillo. Caminaba tambaleándose, sosteniéndose contra la pared; tenía el labio partido y el rostro desfigurado por los golpes recientes.

—Cobarde —escupió Jefferson, señalando a José con desprecio—. Eso es lo único que es usted: un cobarde que pega a las mujeres.

—¿Tú vas a darme lecciones a mí en mi propia casa? ¡Has abusado de una menor!

—Y usted la está matando a golpes.

Aprovechando el cruce de gritos y un descuido de su padre, María sacó fuerzas de donde no tenía, cruzó el umbral y se arrojó a los brazos de Jefferson, sollozando. Al fondo del pasillo oscuro de la humilde vivienda, su madre observaba la escena con las manos en la boca, temblando, demasiado cobarde para intervenir.

—¡Desvergonzada! —rugió José, dándose la vuelta, con las venas del cuello a punto de estallar—. ¿Qué estás haciendo? ¡Vuelve adentro ahora mismo!

—Lo quiero, papá… —alcanzó a decir ella entre lágrimas, pegándose al pecho de su captor—. Me voy con él.

—¡Y yo soy tu padre! —bramó el hombre, clavándole una mirada cargada de odio.

María, aterrorizada, retrocedió hasta refugiarse por completo detrás de la espalda de Jefferson.

—¿Así me pagas todo lo que he hecho por ti? ¿De rodillas ante el primero que te abre la portezuela de un carro?

—No quería que las cosas fueran así, papá…

—Pues entonces vete. Vete y no vuelvas.

María intentó dar un paso hacia el interior para recoger sus pocas pertenencias, pero José le bloqueó el paso con su enorme cuerpo, cerrándole el acceso al pasillo.

—Aquí no tienes nada que buscar. Todo lo que hay en esta casa es mío, pagado con mi sudor. Tú ya no eres nada aquí.

Acto seguido, azotó la puerta con una fuerza que hizo vibrar las ventanas de la calle.

La pareja comenzó a alejarse hacia el coche bajo la mirada curiosa de algunos vecinos. Cuando estaban a punto de subir, la puerta de la casa volvió a abrirse de golpe.

—¡Y no se te ocurra regresar jamás! —gritó José con todas sus fuerzas, señalándola con el dedo—. ¡Para nosotros estás muerta, María! ¡Muerta!

—Vámonos —dijo Jefferson, rodeando los hombros de la muchacha con un brazo firme, casi posesivo—. Yo cuidaré de ti a partir de ahora.

A pesar del miedo atroz y de la incertidumbre que la carcomía, María subió al asiento del copiloto, secándose las lágrimas y convencida de que, entre los golpes de su padre y las promesas de su amante, había elegido el camino correcto.








lunes, 29 de junio de 2026

Capítulo 1, episodio 1, CICATRICES DE DOBLE FILO


 

Capítulo I





1





9 de octubre de 1980 — Santiago de Guayaquil (Ecuador)

Junto a la Columna de los Próceres de la Independencia, María Jaramillo, una muchacha de apenas catorce años, disfrutaba del bullicio y la música de los actos conmemorativos. De pronto, una extraña incomodidad la hizo estremecerse. Miró discretamente a su alrededor y descubrió que, desde cierta distancia, un hombre la observaba de hito en hito.

Tenía unos llamativos y profundos ojos verdes.

María sostuvo la mirada apenas unos segundos, intimidada pero curiosa. Fue suficiente. El desconocido, un hombre que rondaba los treinta años, caminó hacia ella luciendo una sonrisa rebosante de seguridad.

—Buenas tardes, reina. ¿Disfrutando de las fiestas? —le dijo, presentándose con voz melodiosa—. Me llamo Jefferson.

Conversaron durante un rato. Él hablaba con una soltura y un carisma que María jamás había encontrado en los chicos de su edad; ella lo escuchaba fascinada, sintiéndose adulta por primera vez. Por eso, cuando él le propuso alejarse del bullicio y la invitó a subir a su automóvil, un Datsun reluciente estacionado cerca, la joven no encontró razones para negarse.

Jefferson condujo hasta un sector apartado de la ciudad. Detuvo el vehículo bajo la sombra de un frondoso palo santo y, con una mirada que ya no era tan cálida, le indicó que pasaran al asiento trasero.

María apenas tuvo tiempo de procesar el cambio antes de que las manos de Jefferson la sujetaran con una brusquedad demoledora.

El dolor agudo y la confusión la dejaron completamente paralizada contra el tapizado. Aturdida, recordó en ese instante lo que una amiga del colegio le había soplado entre risas tiempo atrás: «La primera vez siempre duele». Aferrándose desesperadamente a esa idea, intentó convencerse de que aquello que le desgarraba el cuerpo era normal, una especie de rito de paso. Soportó en silencio que él prolongara su exigencia con renovada violencia.

Cuando todo terminó y el silencio inundó el coche, Jefferson la estrechó contra su pecho y le prometió amor eterno. María, necesitada de alivio, prefirió creerle. Era demasiado joven e inocente para comprender que aquellas palabras no eran más que la red de un cazador.

Tres horas más tarde, cuando el sol empezaba a caer, María le pidió que detuviera el coche unas calles antes de llegar a su hogar. Se despidieron con un beso, como dos enamorados que cuentan las horas para volverse a ver.

Caminaba distraída, todavía flotando en una nube de dolor y extraña devoción, cuando una voz rota la sobresaltó a las puertas de su casa.

—¿Se puede saber de dónde vienes a estas horas? —preguntó José, su padre, con una voz pastosa que apestaba a aguardiente.

Ella bajó la vista de inmediato, el temor sustituyendo al shock.

—Me encontré con unas compañeras del colegio… Nos pusimos a hablar de los desfiles y perdí la noción del tiempo.

José frunció el ceño, escrutándola con desconfianza.

—¿Solo eso?

—Sí, papá.

—Más te vale no estar engañándome, muchacha —sentenció él, dándole un empujón leve en el hombro—. Porque si descubro algo raro, te daré una paliza que no te va a reconocer ni tu madre.

María hundió la cabeza entre los hombros.

—No tiene de qué preocuparse.

Tras unos segundos de tensa evaluación, el hombre se dio la vuelta y ambos entraron en la humilde vivienda.

Al principio, María y Jefferson se veían una vez por semana, ocultos de las sospechas de José. Sin embargo, con el paso de los días, las citas se volvieron más urgentes y frecuentes. Jefferson buscaba sobre todo satisfacer su deseo en la parte trasera del coche; cualquier gesto de verdadero afecto iba quedando relegado a un plano cada vez más invisible.




Introducción CICATRICES DE DOBLE FILO

 



Introducción







16 de enero de 1985

María Fernanda Jaramillo llegó en taxi al Aeropuerto de Sondika. Consultó su reloj mientras el conductor le indicaba el importe. Frunció el ceño y volvió a mirar la esfera para asegurarse. No había duda: era la una de la tarde. El tráfico de entrada las había retrasado quince minutos.

Pagó con rapidez, bajó del vehículo y subió con paso acelerado hasta el mostrador de información de la terminal.

—Disculpe, ¿ha llegado ya el vuelo IB 426? —preguntó, todavía agitada.

—Está aterrizando ahora mismo —respondió la recepcionista, señalando hacia la pista.

María Fernanda soltó el aire lentamente y se llevó una mano a la frente, aliviada.

—Muchas gracias.

Se acercó a la zona acristalada. Antes de llegar, levantó la vista hacia el cielo gris y descubrió que, junto al descenso del avión, caía una fina cortina de chirimiri. La llovizna dibujaba un tenue arcoíris sobre el horizonte; por un instante, se quedó contemplándolo en silencio, buscando calma.

Poco después, la burbuja de tranquilidad se rompió al distinguir a su ahijada entre los pasajeros. El corazón empezó a latirle con fuerza.

—¡María! ¡Estoy aquí! —gritó mientras agitaba la mano.

La joven la reconoció enseguida. Soltó el equipaje y corrió hacia ella. Las dos se fundieron en un abrazo que duró largos segundos. Al separarse, la alegría de María Fernanda se transformó en horror al descubrir los hematomas que marcaban el rostro de la muchacha.

—¿Qué tal estás, cariño? ¿Cómo está la familia? ¿Qué tal el viaje? —preguntó, acariciándole la mejilla con timidez.

—Doy gracias a Dios por seguir viva —balbuceó la joven entre lágrimas—. Y a usted, tía… Gracias por ayudarme a salir del país y alejarme de ese hombre. Creí que lo amaba… Me equivoqué.

María Fernanda la estrechó con más fuerza, protegiéndola de las miradas de los extraños.

—Tu hijo está con tus padres. No le faltará cariño. Ahora estás aquí y eso es lo único que importa.

—Gracias, tía. No sabe cuánto necesitaba escuchar eso.

Se miraron en silencio hasta que María Fernanda sonrió levemente, intentando transmitirle seguridad.

—Vamos. Necesitas descansar.

—Sí… Estoy agotada. Es la primera vez que salgo del país.

Mientras caminaban hacia la salida, María comenzó a relatar la odisea del viaje.

—Salí de casa ayer de madrugada. Después hicimos escala en Miami, donde tuve que esperar varias horas. Más tarde volamos a Madrid y luego tomé el enlace hasta Bilbao. Siento que llevo días sin dormir.

—Por eso regreso tan poco a Ecuador —respondió María Fernanda con una mueca de simpatía.

La joven dudó unos segundos, observando los carteles de la terminal, antes de hablar de nuevo.

—Hay algo que no entiendo, tía.

—Dime.

—Siempre pensé que vivía en España. Pero al bajar del avión vi un cartel que decía «Bienvenidos al País Vasco».

María Fernanda esbozó una sonrisa cansada, una que escondía demasiadas cosas.

—Eso es complicado de explicar… y más todavía de entender. De momento, lo mejor es que no te metas en asuntos que no te incumben.

Llegaron junto al taxi que las llevaría hasta su destino. María asintió y permaneció callada, abrumada por el paisaje verde y gris que desfilaba tras la ventanilla durante el trayecto.

Veinticinco minutos después, el vehículo se detuvo en la calle Tívoli, frente a la plaza de Moraza. El conductor sacó las maletas del maletero mientras María Fernanda abonaba el trayecto.

Subieron caminando por la pendiente de la calle Matiko hasta el portal número tres. Allí, María Fernanda empujó la puerta de madera del edificio y le hizo un gesto para que pasara. En el piso superior, se detuvieron frente a una puerta de iroko. Ella sacó un llavero con el escudo del Athletic de Bilbao, introdujo la llave y la giró.

—Bienvenida a casa, cariño.

Nada más cruzar el umbral, María observó sorprendida la peculiar decoración del pequeño recibidor. El asombro la acompañó hasta el dormitorio que su tía había preparado meticulosamente para ella.

Una vez instalada la joven, María Fernanda regresó al salón y descolgó el teléfono de rosca. Marcó el largo prefijo internacional de Ecuador y esperó a que la línea conectara con su hermano, ansiosa por comunicarle que su hija, finalmente, estaba a salvo.




jueves, 18 de junio de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo 4


 

14 de febrero de 2014

Al llegar a la esquina del edificio, Teresa sintió una punzada de frío en el rostro e, instintivamente, alzó la vista hacia el letrero de neón verde de la farmacia, suspendido a unos tres metros de altura. Los dígitos intermitentes marcaban las once y cinco de la mañana y una temperatura de −3 ºC. Al observar el vaho denso que escapaba de su boca con cada exhalación, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Se subió la bufanda hasta cubrirse la nariz y continuó caminando a paso rápido hacia la cafetería de la estación de autobuses de Salamanca.

—Hola, buenos días —saludó al acercarse al mostrador—. Póngame un café con leche y un par de magdalenas, por favor.

En otros tiempos habría encendido un cigarrillo justo después de desayunar, pero desde que regresó a Salamanca tras el fallecimiento de Antonio eran muchos los viejos hábitos que había dejado atrás.

—¿Me dice cuánto le debo, por favor? —preguntó al cabo de un rato.

—Dos euros con cincuenta —informó el joven camarero.

Teresa rebuscó en su bolso negro, depositó el importe exacto sobre el mostrador, se despidió y se dirigió a los aseos. Tras echar el cerrojo de la puerta, cortó un trozo generoso de papel para limpiar la taza. Se alivió y, unos minutos después, mientras se lavaba las manos, se detuvo a mirarse en el espejo.

—Hay que ver lo que cambian las cosas y las personas con el paso del tiempo —se susurró al contemplar el reflejo de aquella mujer de cabello corto y plateado, de rostro limpio y arrugas maduras que eran incapaces de menoscabar su belleza natural.

«Bueno, no estaré tan mal cuando todavía se paran a mirarme», pensó con una leve sonrisa mientras caminaba hacia la ventanilla de ALSA.

—Hola, buenos días. Un billete de ida y vuelta para Plasencia, por favor.

—¿Para cuándo lo quiere?

—Para hoy mismo, en el primer autobús que salga.

—Para la ida tiene uno que sale dentro de quince minutos. Para el regreso dispone de dos opciones: a las seis y cuarto o a las siete y media de la tarde.

—Prefiero la segunda.

—Aquí tiene. Son dieciocho euros con veinticuatro céntimos.

Entregó un billete de veinte euros, recogió el cambio y se dirigió al andén de salida.

A los pocos minutos llegó un moderno autocar. Algunos pasajeros descendieron para estirar las piernas y otros aprovecharon para entrar en la estación.

—Salimos en diez minutos. Les ruego que no se demoren —indicó el conductor en voz alta.

Cuando regresaron los viajeros, se abrió el acceso al vehículo. Teresa buscó el asiento que figuraba en su billete. Se quitó el abrigo, lo dobló cuidadosamente y lo colocó en el portaequipajes situado sobre su cabeza.

—¿Me deja pasá, señora? —preguntó una mujer mayor a modo de saludo—. Si no le importa, me pongo yo al lao de la ventana —sugirió la anciana, que era de carnes generosas.

Teresa sonrió con amabilidad.

—No se preocupe, por mí no hay ningún inconveniente.

—Gracias, hija.

—¿Estamos todos? —preguntó el conductor desde el pasillo.

Al interpretar el silencio general como una respuesta afirmativa, accionó el mando de las puertas, comprobó los retrovisores e incorporó el autocar a la carretera.

—¿Va usted a Plasencia? —preguntó la anciana con la clara intención de romper el hielo.

—Sí. Voy a visitar a mi gran amor.

—Yo soy plasenciana, ¿sabe usted? No estoy mu acostumbrá a viajá y estos viajes me ponen de los nervios. Ahora vengo de pasá un mes en casa de mi hijo, que vive en Miranda de Ebro... ¿A vé a su amó me ha dicho? ¿Y todavía no se ha casado, con los años que tiene?

—Bueno, en realidad, más que verlo voy a visitarlo, porque falleció hace ya mucho tiempo.

—Cuánto lo siento, mujé. La soledad es mu mala —se lamentó la anciana, mudando el tono—. El mi hombre también se me murió hace más de veinte años, después de una larga enfermedá. Me imagino que lo habrá pasao usté mu mal, ¿verdá?

—Sí. La verdad es que cuando regresé junto a mi madre lo pasé realmente mal. Estuve a punto incluso de quitarme la vida —confesó Teresa con el pecho encogido—. Caí en una depresión muy profunda y, de no haber sido por Arturo y por mi madre, estoy convencida de que usted y yo no habríamos coincidido hoy en este autocar.

Hizo una breve pausa antes de continuar, mirando fijamente el paisaje invernal a través de la ventanilla.

—Afortunadamente logré salir de aquel infierno y, desde entonces, todos los años, por San Valentín y por Todos los Santos, regreso a Plasencia para reencontrarme con él. También he de reconocer que, si he llegado hasta hoy y en estas condiciones, ha sido gracias a muchos sacrificios. Un conocido de mi madre intercedió por mí y conseguí una plaza de limpiadora en un colegio. Fregando me gané el sustento hasta hace dieciséis meses, que fue cuando me jubilé.

Sonrió con una mezcla de orgullo y nostalgia.

—Hay que ver lo deprisa que pasa todo. Ya han transcurrido cinco años desde que murió mi querida madre y ocho desde que lo hizo Arturo.

—Sí, asín es la vida, hija. Pa cuando te quieres da cuenta estamos hechos un changarro y ya no valemos para na.

Un tintineo melódico interrumpió la conversación desde los altavoces de la estación: Din, don, din... din, don, din.

«Señores pasajeros, el coche procedente de Salamanca y con destino a Sevilla va a efectuar su entrada en la estación. Se comunica asimismo que permanecerá estacionado durante quince minutos antes de proseguir su recorrido».

—¡Ah! Fíjese usted si se me ha pasado rápido el tiempo, que ni siquiera me había dado cuenta de que ya estábamos en Plasencia —comentó Teresa, asombrada—. ¿Cómo dijo que se llamaba?

—Carmen. Me llamo Carmen.

—Mucho gusto, Carmen. Encantada de conocerla. Yo soy Teresa —respondió, acercándose para darle dos besos de despedida.

—Igualmente, maja. Que tenga usté un buen regreso a Salamanca.

Se abrieron las puertas del autocar. Mientras Carmen era recibida en el andén por varios familiares, Teresa caminó hacia las escaleras que conducían a la salida principal de la estación placentina. Al alcanzar el último peldaño, alzó la vista hacia el reloj situado sobre la puerta.

—Joder, las dos y veinticinco ya... —murmuró para sí.

Sin perder tiempo, se dirigió hacia la cafetería de la estación.

Tras desprenderse del clásico abrigo de paño azul, Teresa se acomodó en una de las mesas libres.

—Hola, buenas tardes —saludó el camarero—. ¿Qué va a tomar?

—Hola. Tomaré el menú del día.

—¿Y para beber? —preguntó de nuevo, entregándole la carta.

—Un par de botellines de agua, a ser posible del tiempo, sin refrigerar.

Unos minutos después, el camarero regresó con la bebida y un cesto de pan.

—¿Ha decidido ya los platos, señora?

—Sí. Tomaré lentejas estofadas, filete de ternera con patatas y, de postre, una manzana.

Media hora más tarde, Teresa se levantó y se acercó al mostrador. Alzó la mano con timidez para llamar la atención del empleado.

—Por favor, cuando pueda, póngame un café con un poco de leche templada.

El camarero apareció poco después con la taza humeante.

—Aquí tiene su café, señora.

—¿Me dice cuánto le debo?

—Doce euros con cincuenta.

Teresa introdujo la mano en su bolso, sacó un monedero de piel, abrió la cremallera y extrajo un billete de diez euros junto a tres monedas de un euro.

—Quédese con el cambio.

—Muchas gracias, señora. Muy amable.

Al salir de la estación, descendió las escalerillas sujetándose con firmeza a la barandilla metálica. Una vez en la acera, giró hacia la derecha y se dirigió al taxi que aguardaba bajo la marquesina, en primera posición de la parada.

—Hola, buenas tardes —saludó mientras abría la puerta trasera y tomaba asiento.

—Hola. ¿Adónde la llevo?

—A la floristería que está junto al cementerio de Santa Teresa.

A los siete minutos, el vehículo se detuvo frente al establecimiento.

—¿Qué le debo, conductor?

—Seis euros.

Teresa rebuscó entre la calderilla de su monedero, le entregó el importe exacto al taxista y se despidió antes de empujar la puerta de la floristería.

—Hola, buenas tardes.

El rostro del dependiente se iluminó de inmediato entre la sorpresa y la alegría.

—¡Hombre! ¿Qué tal? ¿Ya está usted de vuelta por aquí?

Teresa sonrió con ternura.

—Sí, aquí estamos, hijo. Para no perder la costumbre.

El joven salió de detrás del mostrador con los brazos abiertos para darle dos besos.

—Lo de siempre, ¿verdad?

Ella asintió con la cabeza.

—Sí, eso mismo.

—Hay que ver lo deprisa que corre el tiempo, ¿verdad, señora Teresa?

—A mí me lo vas a decir, hijo. Apenas andabas cuando te vi por primera vez y ya estás hecho todo un hombre.

—Bueno, pues aquí tiene su encargo. Listo como siempre.

—Déjame un bolígrafo un segundo, por favor.

Con pulso firme, Teresa escribió sobre la tarjeta blanca que pendía de la perfumada rosa roja: «Con todo mi cariño para ti». Eran exactamente las mismas palabras que, muchísimos años atrás, Antonio había escrito de su puño y letra en la nota que acompañaba a aquella rosa de trapo; esa que ella todavía conservaba en su casa de Salamanca como oro en paño.

—Ricardo, ¿qué te debo, hijo?

—Nada, señora Teresa. Esta vez invita la casa. Tómeselo como un pequeño premio a su lealtad y a su constancia de todos estos años.

—Muchas gracias por el detalle, hijo. Tal y como están los tiempos, no está la cosa para andar derrochando. No sé adónde vamos a llegar... Desde que nos cambiaron al dichoso euro, nada ha vuelto a ser igual. Al final va a resultar cierto eso de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.

Ricardo sonrió con profunda indulgencia.

—No se preocupe por nada, mujer. Y muchísimas gracias a usted por seguir visitándonos año tras año.

—Bueno, hijo, no te entretengo más, que tendrás faena. Dales muchos recuerdos a tus padres de mi parte.

—Se los daré. Adiós, señora Teresa. Cuídese mucho.

—Adiós, hijo.

Al cruzar la entrada del cementerio, Teresa notó cómo se le aceleraba el corazón. De pronto, el abrigo de paño parecía pesarle demasiado. Apresuró el paso para llegar cuanto antes a la galería número tres. Recorrió el pasillo central con la vista fija en la segunda fila de nichos, buscando el lugar exacto donde descansaban Antonio y sus padres.

Apenas le faltaban unos metros cuando comenzaron a aflorar las primeras lágrimas. Esta vez, sin embargo, no eran lágrimas de rabia ni de dolor rancio, sino de pura paz. Con el paso de los años había comprobado que el tiempo —y solo el tiempo— posee la milagrosa capacidad de suavizar las heridas más profundas y convertir el sufrimiento en una ausencia soportable.

«Aquí me tienes de nuevo, cariño mío. ¿De verdad creíste que podrías librarte de mí así como así? Y no será porque no te lo advertí infinidad de veces: que tú, y solo tú, eras y serías el único amor de mi vida».

Mientras desgranaba aquellos pensamientos en su mente, pasó con delicadeza un pañuelo de hilo sobre la pulcra lápida para retirar el polvo acumulado en las fotografías. Después, besó repetidamente el cristal de las imágenes y comenzó a recitar, en un susurro apenas audible, las oraciones que había aprendido durante su infancia en el colegio de monjas.

Al terminar, retiró con cuidado la marchita y quebradiza rosa que ella misma había dejado meses atrás entre el exuberante ramo de flores artificiales. El hecho de que los familiares de Antonio mantuvieran el ramo limpio hasta su regreso la hacía sentirse de algún modo respetada; sin embargo, desde el mismo instante en que abandonó el sepelio de su marido sin despedirse de nadie, había perdido cualquier interés por volver a relacionarse con los Hinojal.

A quien sí visitaba de corazón cada vez que regresaba a la ciudad era a Evaristo. El entrañable anciano se había trasladado a "vivir" definitivamente junto a sus antiguos vecinos apenas dos meses después que Antonio; precisamente el día de San Fulgencio, el patrón de Plasencia.

«Bueno, cariño mío. Muy a mi pesar, tengo que marcharme ya. Pero tú mejor que nadie sabes que el autocar, al igual que el tiempo, sigue su rumbo sin detenerse por nadie».

Cumpliendo con aquel estricto protocolo íntimo de encuentros y despedidas que había mantenido durante casi dos décadas, Teresa dio media vuelta y emprendió el camino hacia la salida del camposanto.

Al llegar a la altura del arroyo Niebla, giró a la derecha y continuó su regreso hacia la estación de autobuses a través del paseo que comunicaba el remodelado paraje del Cachón con el entorno reestructurado de La Isla, el lugar de esparcimiento por excelencia de los placentinos desde tiempos inmemoriales. Al cruzar el puente del Río Chico, se detuvo un instante y volvió la vista atrás para recorrer con la mirada las siluetas de la ciudad.

—Hay que ver lo cambiada y lo bonita que está Plasencia —reconoció para sí misma mientras contemplaba el paisaje invernal.

Permaneció inmóvil unos segundos más antes de reanudar la marcha. Diez metros más adelante, volvió a detenerse. Miró a ambos lados de la travesía de la N-110 y, tras comprobar que no circulaba ningún vehículo, cruzó con rapidez la calzada para acceder directamente a la estación. Poco le importó que el tránsito de peatones estuviera restringido en ese punto exacto; le parecía un absurdo soberano tener que dar un rodeo enorme para llegar a una entrada situada a escasos metros.

Una vez en los andenes, consultó la hora en su muñeca y comprobó que todavía faltaba media hora para la salida de su autobús. Se acercó a una máquina expendedora, introdujo las monedas, pulsó el botón correspondiente a una botella de agua y se sentó en uno de los bancos de madera a esperar.

Diez minutos después, la megafonía volvió a resonar con fuerza bajo la techumbre metálica de la estación: Din, don, din... din, don, din.

«Señores pasajeros, el coche procedente de Sevilla y con destino a Salamanca va a efectuar su entrada en la estación. Asimismo, se comunica que permanecerá estacionado durante quince minutos antes de proseguir su recorrido».

Teresa se puso en pie con parsimonia, caminó de nuevo hacia la máquina y compró una segunda botella de agua para el viaje. Después, se dirigió al autocar, subió a bordo, se desprendió del abrigo y tomó asiento en la plaza asignada.

Tan puntual como el mismísimo Abuelo Mayorga desde la torre del Ayuntamiento, el conductor accionó el mecanismo de cierre de las puertas, comprobó los espejos retrovisores e inició la maniobra de salida para enfilar el itinerario de vuelta.

Nada más incorporarse a la autovía A-66, Teresa recurrió a lo que ya se había convertido en una dulce costumbre cada vez que el tedio del viaje hacía acto de presencia: recordar detalladamente las historias que Antonio le había contado durante años y revivir cada uno de los momentos que compartieron juntos en el barrio de la Data, sin necesidad ya de apartar de su memoria el triste desenlace de su historia.

Sumergida en el eco de aquellos recuerdos, el autocar entró en Salamanca sin que ella apenas fuera consciente del paso del tiempo ni de los kilómetros recorridos.

Al apearse en la estación salmantina, notó el brusco descenso de la temperatura de la meseta. Se subió la bufanda de lana hasta cubrirse la nariz y comenzó a caminar hacia su casa con paso firme, erguida y serena.

«Tengo las pilas recargadas hasta la próxima cita. El uno de noviembre, si Dios quiere», pensó para sus adentros.

Y mientras avanzaba por las calles empedradas de la ciudad bajo el frío del atardecer, comprendió una vez más que el amor verdadero no desaparece con la muerte ni con el implacable paso de los años; simplemente, se aprende a convivir con la ausencia.


FIN

miércoles, 17 de junio de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo 3, episodio 18

 



Miércoles, 13 de noviembre de 1996

Sentada al borde de la cama, a eso de las seis de la tarde, Teresa contempló el rostro demacrado de su compañero.

—Cariño, creo que debería avisar al médico de cabecera y…

—Te he dicho más de un millón de veces que no quiero ir a ningún sitio —la interrumpió Antonio, crispado, con la mirada extraviada y sin dejarla terminar—. Así que déjame en paz de una puta vez.

—Pero, cariño, debes comprender que no puedo verte así —razonó ella con voz dulce y apacible, intentando no alterarlo.

—¡¿Así?! ¿Pero cómo te atreves? —gritó él con ira, quedándose casi sin aire—. Cuando te marchaste, bien poco te importaba cómo estaba.

—Debes entender que lo hice por tu bien. Solo quería darte un escarmiento, Antonio. Recuerda que yo nunca he sido tu problema.

—¡Hale! Ya puedes irte por donde has venido —chilló con la voz ronca y gastada, señalando la puerta con el dedo índice.

—¡¿Es que no te importa nada?! —exclamó Teresa, con los ojos anegados en lágrimas.

—¡¿Qué me tiene que importar?! ¡Bastante tengo con lo mío!

—Que esa mierda está acabando con lo nuestro y con tu propia vida —susurró ella, rota por dentro.

—Me da igual morirme... Así descansaréis todos de una puta vez.

—¡No puedo creer lo que dices! No te interesa nada ni nadie, ¿verdad? —sollozó, incapaz de asimilar tanta frialdad.

—¿Y a quién le importo yo? —se lamentó él, hundiéndose en el colchón—. ¡Nadie me comprende!

—Me importas a mí, cariño. Aquí me tienes para lo que haga falta.

—Eso no es verdad. Los únicos que se preocuparon por mí fueron mis padres. Y ahora, sin ellos a mi lado, ¿para qué quiero vivir?

—Me tienes a mí, Antonio. Y a tus hermanos. ¿Te parece poco?

—¡No me toques los cojones! Estoy más solo que la una.

La discusión se cortó de golpe.

El cuerpo de Antonio comenzó a sacudirse con violentos temblores y convulsiones. Teresa, aterrorizada, salió al rellano envuelta en un mar de lágrimas y aporreó con desesperación la puerta de enfrente. A los pocos segundos se abrió, asomando Pedro, el hijo mayor de su vecino Evaristo.

—¿Qué pasa? ¿Qué son esas voces? —inquirió el joven, alarmado por el llanto.

—Rápido, por favor —suplicó Teresa, sin apenas aliento—. Llama a una ambulancia. Antonio se está muriendo.

—Si lo bajamos a mi coche tardaremos menos en llegar al hospital —sugirió Pedro.

—No, no. Llama a la ambulancia, es mejor. ¡Date prisa, por favor!

Tras realizar la llamada, Pedro regresó al piso para intentar calmar a Teresa.

Veinte minutos más tarde, el estrepitoso ulular de la sirena rasgó la tarde y se detuvo frente al portal. Del vehículo descendieron a toda prisa el médico, el enfermero y el conductor. Subieron las angostas escaleras a contrarreloj, llegando al piso casi sin aliento.

—Hola, buenas tardes. ¿Qué ha ocurrido exactamente? —preguntó el facultativo al entrar en la estancia.

—Estábamos discutiendo y, de repente, ha empezado a convulsionar. Después se ha quedado inmóvil y ya no responde. Lleva así varios minutos —explicó Teresa entre sollozos entrecortados.

El médico comprobó las constantes vitales del enfermo y observó que no respondía a ningún

estímulo.

—Hay que trasladarlo al hospital de inmediato —ordenó a sus compañeros—. Aquí no podemos hacer nada más.

Ante la estrechez del tiro de la escalera, el conductor y el enfermero cargaron a Antonio a pulso para acomodarlo en la camilla de la ambulancia.

El atardecer en Plasencia se presentaba triste, gélido y brumoso, un ambiente que se volvía habitual al avanzar el mes de noviembre. El frío de aquella tarde era insufrible, seco y penetrante; uno de esos crepúsculos en los que la penumbra lo invade todo y una niebla densa y opresiva borra el paisaje a su paso.

La ambulancia se abrió camino aullando y zigzagueando por la maltrecha carretera, desafiando la escasa visibilidad para alcanzar el servicio de urgencias. En el interior, sujeto por las correas de la camilla, Antonio deliraba sin descanso ante la mirada impotente de Teresa.

A las siete y cinco de la tarde llegaron al centro hospitalario. Antonio fue conducido directamente a la zona de triaje.

A simple vista, su estado físico presentaba un deterioro alarmante: una delgadez extrema, el rostro demacrado y una acusada ictericia que teñía su piel y el blanco de sus ojos de un tono tan amarillento que resultaba inquietante.

Los sanitarios procedieron de inmediato a tomarle la temperatura, la tensión arterial, la frecuencia cardíaca y la saturación de oxígeno.

Ante la imposibilidad de comunicarse con el paciente, una joven celadora se asomó a la sala de espera y preguntó en voz alta:

—¿Algún familiar de Antonio Hinojal Sánchez?

—Sí, yo —respondió Teresa, poniéndose en pie al instante.

—Sígame, por favor.

Ambas recorrieron el largo pasillo en silencio hasta entrar en el despacho del doctor García.

—Perdone, señora... ¿Su nombre? —preguntó el facultativo, ojeando los primeros datos.

—Teresa. Me llamo Teresa.

—Bien, Teresa. ¿Qué vínculo mantiene con el enfermo?

—Vivimos juntos. Somos pareja.

—¿Sabe si es alérgico a algún medicamento?

—No, que yo sepa.

—¿Podría ponerme al corriente de sus antecedentes? ¿Cómo ha evolucionado hasta llegar a este estado?

—Sí, claro... Verá, doctor. En marzo de este año estuvo ingresado con unos síntomas parecidos y le diagnosticaron una hepatitis vírica aguda. Desde hace unos días volvía a estar muy fatigado, con algunas décimas de fiebre, vómitos y fuertes dolores en las articulaciones. Le salió un sarpullido por todo el cuerpo y lleva días negándose a comer. Además, cuando orina, el color es muy oscuro y tiene un olor muy fuerte, muy desagradable.

—¿Y cómo es que no han acudido antes al hospital? —preguntó el médico, visiblemente contrariado.

—Él se negaba en redondo —explicó ella con voz suave, aunque firme—. E incluso estando tan enfermo, sus fuerzas son superiores a las mías.

—Ya, me lo imagino... Puedo entenderla, pero eso no deja de ser preocupante.

—Quizá para usted no sea justificación, doctor, pero para mí sí. Me amenazó de muerte si avisaba a alguien.

El médico permaneció unos segundos en silencio.

En ese momento, una celadora entró en el despacho interrumpiendo la conversación.

—Aquí tiene el historial clínico que solicitó, doctor. ¿Necesita algo más.

—No, Martínez, con esto es suficiente. Gracias.

El médico leyó las fichas en silencio durante un par de minutos, frunciendo el ceño.

—Bien... —concluyó mientras repasaba el informe—. Consta aquí que ya estuvo ingresado en este centro y que sigue un tratamiento semanal de peginterferón alfa-2a. ¿Sabe si ha dejado de administrárselo?
—Lo siento, doctor, no sabría decirle con precisión... Posiblemente lleve una semana sin pincharse, tal vez algún día más.

—Eso complica mucho las cosas —murmuró el facultativo, negando con la cabeza—. Intentaremos hacer todo lo que esté en nuestra mano, pero en estas circunstancias resulta difícil hacer una valoración precisa hasta disponer de todas las pruebas.


Unos minutos después, tras una minuciosa exploración y la realización de las primeras pruebas urgentes, Antonio quedó ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos.







Jueves, 14 de noviembre de 1996

Teresa pasó la noche en vela, caminando en círculos por la desierta sala de espera, como un animal salvaje recién enjaulado. La incertidumbre y el desasosiego se habían adueñado de ella. Horas más tarde, extenuada por el lento transcurrir del tiempo y con la sensación de que la cabeza le iba a estallar, entró en el aseo para lavarse la cara y atusarse el pelo. Necesitaba despejarse.

Subió por la escalera de emergencia hasta la primera planta y se dirigió a la cafetería. Como un acto reflejo, sacó un cigarrillo del bolso, lo encendió e inhaló el humo con ansiedad, sintiendo cómo aquel veneno le proporcionaba un momentáneo alivio.

—Buenos días, señora —saludó el camarero al verla acercarse—. ¿Qué le pongo?

La joven observó el local durante unos instantes, intentando ubicarse antes de responder.

—Hola, buenos días. Póngame un zumo de naranja, un café con leche en taza grande y un par de magdalenas, por favor.

La UCI se ubicaba en la planta baja, justo a la derecha de los ascensores que distribuían el tránsito del hospital. A la izquierda se abría la escalera de emergencias. Entre la sala de espera y la unidad mediaba una doble puerta blanca sobre la que destacaba un cartel que rezaba:



Atención: Se ruega silencio, por favor

El pase de visitas para la UCI y la Unidad de Neonatos será:

Mañanas: de 12:00 a 12:30 h.

Tardes: de 16:30 a 17:00 h.

Se permiten dos visitantes por paciente y turno.

Gracias.



A las nueve en punto, el estridente timbre del teléfono comenzó a resonar en las oficinas de Carpintería Martínez.

Emiliano, el administrativo —un hombre alto, desgarbado, de rostro pálido y unas enormes gafas de pasta negra cuyos cristales parecían tan gruesos como el fondo de una botella— acudió a descolgar.

—Carpintería Martínez, buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?

—Hola, buenos días... ¿Podría ponerse Manuel Hinojal? —solicitó una voz trémula al otro lado del hilo telefónico.

—Sí, claro. ¿De parte de quién?

—Dígale que es Teresa, su cuñada.

—Aguarde un momento, ahora mismo le aviso.

Emiliano abrió la puerta que comunicaba la oficina con el taller, donde el ruido ensordecedor de la maquinaria y el intenso olor a serrín lo inundaban todo. Se protegió los ojos del polvo con la mano y divisó al operario al fondo de la nave.

Esperó un par de minutos a que Manuel terminara de serrar uno de los enormes troncos destinados a convertirse en tablones de obra y, acto seguido, desconectó la corriente.

Manuel, extrañado al notar el repentino silencio de la sierra, miró hacia el cuadro de mandos y vio al administrativo haciéndole señas desde la puerta, indicándole que tenía una llamada.

Se señaló el pecho con gesto interrogante. Emiliano asintió y ambos caminaron hacia el pequeño despacho.

Manuel tenía unos cincuenta años. Era de estatura media y complexión corpulenta. Tenía el pelo rubio, corto y rizado, áspero como un estropajo de esparto; la cara cuadrada y unos pequeños ojos de color marrón verdoso. Sobre la oreja derecha llevaba siempre un lápiz rojo de carpintero. Vestía un peto de trabajo y una camisa de intenso azul añil. De su cintura colgaba una cartuchera de cuero compartimentada: una sección para las puntas grandes, otra para las medianas y una tercera para el metro plegable de madera.

—¿Quién es? —preguntó intrigado.

—Tu cuñada Teresa.

«¿Para qué me llamará esta ahora?», pensó el carpintero mientras tomaba el gastado y polvoriento auricular negro.

—¿Sí? Dígame.

—Hola, Manuel. Soy Teresa —respondió la voz entrecortada al otro lado de la línea—. Te llamo para decirte que Antonio está ingresado en la UCI. Creo que deberías venir cuanto antes.

—Pero... ¿le ha ocurrido algo? —preguntó sobresaltado.

—Está muy grave —exclamó Teresa con angustia—. Es todo lo que te puedo decir.

—Bien, bien. Voy para allá ahora mismo. ¿En qué planta está?

—En la UCI —respondió ella antes de romper a llorar.

Emiliano, que había intuido la gravedad de la situación por los retazos de conversación que había alcanzado a escuchar, intervino de inmediato:

—No te preocupes por el taller, Manuel. Atiende lo urgente y tómate el tiempo que haga falta. A ver si hay suerte.

Manuel salió a toda prisa y, sin detenerse siquiera para cambiarse de ropa, se subió a su Renault 19. Llegó al hospital nervioso y desencajado; por poco se lleva por delante a un peatón en el aparcamiento.

Subió directamente a la sala de espera y, una vez que Teresa lo puso al corriente de la situación, anduvo deambulando sin rumbo por el pasillo durante un cuarto de hora. Cuando logró templar los nervios y asimilar lo sucedido, se volvió hacia ella.

—Voy a subir a la cafetería para llamar a mi mujer y a mis hermanos —anunció deteniéndose a mitad del pasillo—. Teresa, ¿te apetece un café o algo?

—No, gracias, Manuel. Prefiero quedarme aquí por si sale algún médico.

—Está bien, como quieras. No tardo.

A mediodía, la sala de espera se encontraba desbordada. La familia de Antonio se había desplazado en bloque al hospital.

Al enterarse de que las normas de la UCI no permitían el acceso simultáneo a todos los visitantes, se distribuyeron por los bancos de la estancia. Los hermanos subieron un momento a la cafetería para organizarse y allí acordaron que, en cada turno de visita, Teresa tendría preferencia para entrar, aunque en el fondo muchos de ellos considerasen que no tenía más derecho que los demás.

Durante el pase de la mañana, Teresa y Manuel entraron juntos. A través del cristal del box les pareció advertir una ligera relajación en el rostro de Antonio.

«Quizá esté descansando», pensaron ambos, aunque ninguno se atrevió a expresarlo en voz alta.

Fuera, el resto de los familiares aguardaba con impaciencia, balanceándose entre la esperanza y el miedo.

El tiempo en el hospital transcurría lento y tedioso. El distanciamiento entre los hermanos de Antonio y Teresa se hacía cada vez más evidente. Con sus miradas y sus escasas palabras la hacían sentirse responsable del estado del enfermo. La tensión era insoportable y cualquier gesto parecía requerir una explicación ante el escrutinio constante de la familia.

Por su parte, los informes médicos no aportaban demasiada luz. El estado de Antonio seguía siendo crítico, permanecía prácticamente invariable y no respondía a la medicación como los especialistas esperaban. Para mayor desesperación, los doctores eran incapaces de predecir cuánto tiempo podría prolongarse aquella situación.

Durante la visita de la tarde, Teresa y su cuñada Carmen contemplaron el cuerpo inmóvil de Antonio a través de la mampara, viendo transcurrir los minutos sin esperanza ni ilusión, mientras en el exterior la espera se volvía soporífera, como si el maldito tiempo se hubiese detenido en el mismísimo umbral del hospital.



Viernes, 15 de noviembre de 1996

En la visita matinal, Manuel y Teresa caminaron apresurados por el pasillo que conducía a los boxes de la Unidad de Cuidados Intensivos. Antonio ocupaba el número uno. Esperaron impacientes a que el enfermero corriera las cortinas. Al despejarse el cristal, ambos se quedaron de piedra: además de estar monitorizado e intubado, Antonio tenía las muñecas sujetas a la cama.

A Teresa le recorrió un escalofrío helado. Sintió un nudo en la garganta y el corazón le dio un vuelco salvaje. Las piernas le flaquearon y, de no haber sido por los reflejos de Manuel, que la sostuvo del brazo, habría caído al suelo. Se miraron a los ojos en silencio, viendo cómo las lágrimas comenzaban a resbalarles por las mejillas.

Mientras intentaban recobrar la compostura, una auxiliar se acercó al cristal y les mostró un folio con una anotación manuscrita:

«Al terminar la visita, en el despacho situado junto a la salida, a mano derecha, les estará esperando el Dr. García».

A la una y diez de la tarde los hicieron pasar a la sala de juntas.

—Buenos días, doctor —dijeron al entrar.

—Hola, buenas tardes —respondió el médico, invitándolos a sentarse con un gesto—. En primer lugar, les pido disculpas por la demora, pero han surgido varias urgencias con otros pacientes.

—No se preocupe, doctor, sabemos que aquí las prioridades mandan. Cuéntenos, por favor —pidió Teresa.

—Anoche, sobre las tres de la madrugada, Antonio sufrió una hematemesis; es decir, vomitó sangre, lo que confirmó nuestras peores sospechas. En este momento presenta un cuadro de encefalopatía hepática de grado tres. Por esa razón hemos tenido que intubarlo, conectarlo a ventilación mecánica y colocarle una sonda nasogástrica para la alimentación. Le estamos suministrando el protocolo habitual y solo queda esperar a ver cómo responde. Cualquier duda se la resolveré en esta sala media hora antes de cada turno de visitas.

—Perdone, doctor... —intervino Teresa con un hilo de voz—. ¿Por qué está atado a la cama?

—Disculpen, se me ha ido el santo al cielo. La inmovilización es necesaria porque presenta movimientos bruscos e involuntarios. Lo hacemos únicamente para prevenir que se arranque las vías o el tubo.

—¿Eso quiere decir que está peor? ¿Que se está muriendo? —preguntó Manuel sin rodeos.

—Respecto a lo primero, es una complicación neurológica grave, pero frecuente en su estado. En cuanto a lo segundo, el desenlace no está en nuestras manos. Pero recuerden que, mientras hay vida, hay esperanza.

—Gracias por atendernos, doctor —dijo Teresa, poniéndose en pie.

—No hay nada que agradecer, señora. Es mi trabajo.

—Adiós, doctor.

—Adiós... Perdone, ¿su nombre?

—Manuel. Me llamo Manuel.

Al regresar con el resto de la familia, Teresa y Manuel explicaron la situación por encima, sin entrar en los detalles más escabrosos, repitiendo que solo quedaba esperar. Las horas transcurrían lentas, ensombrecidas por los cuchicheos que corrían entre los familiares más distantes.

«Más les valdría haberse interesado por él antes y no venir ahora a hacer el paripé», pensó Teresa, sentada con las piernas cruzadas, mordiéndose las uñas con desconsuelo y balanceando nerviosamente el pie izquierdo. Frente a ella, Manuel permanecía inmóvil, con los brazos cruzados, la mirada fija en el techo y las mandíbulas apretadas.

—Habrá que ir pensando en comer algo —sugirió Eduardo, uno de los primos, rompiendo el tenso silencio.

—Sí, así es. Hay que hacer de tripas corazón y seguir adelante —coincidió Carmen.

Poco a poco, la sala se fue vaciando. Unos se dirigieron a los ascensores y otros a la cafetería o hacia la salida principal. A mitad del pasillo, Azucena se volvió.

—¿No subes, Teresa?

Ella negó con la cabeza de forma mecánica.

—Prefiero quedarme aquí. ¿Te importaría bajarme un bocadillo cuando termines?

—¿De qué lo quieres?

—Me da lo mismo; la verdad es que no tengo hambre.

—¿Y para beber?

—Un par de refrescos, por favor.

Teresa se recostó en el sillón con los brazos cruzados, clavando los ojos en la puerta de la sala de reuniones por si asomaba algún médico. El hecho de que nadie apareciera durante el resto de la tarde la tranquilizó momentáneamente.

Faltaban cinco minutos para la visita de la tarde cuando Carmen y Teresa se apostaron ante la puerta de la UCI. Esperaron en silencio hasta que la celadora les franqueó el paso.

—Buenas tardes —saludaron en voz baja antes de dirigirse al box número uno.

Al descorrer las cortinas, ambas examinaron con atención el cuerpo de Antonio y los monitores, cerciorándose de que no hubieran instalado más aparatos. Al comprobar que todo seguía igual, exhalaron un suspiro de alivio. Sin embargo, el tiempo a pie de cama parecía correr a una velocidad vertiginosa.

—¡Virgen Santísima del Puerto! —clamó Carmen de pronto, alzando los ojos al techo—. Te ruego, Señora mía, que conserves la vida de mi hermano. Es muy joven para morir de esta manera.

Y, cayendo de rodillas al suelo, imploró:

—¡Señor mío, apiádate de nosotros!

Teresa, con las lágrimas saltadas, ayudó a su cuñada a reincorporarse. La enfermera de guardia se acercó para correr la cortina, indicando que el tiempo había concluido. Ambas salieron del pasillo abrazadas. Al verlas aparecer así, la familia se puso en pie, rodeándolas entre abrazos y muestras de afecto.

—¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo? ¿Cómo está? —preguntaban unos y otros.

—No, nada. De momento todo sigue igual —consiguió articular Teresa entre sollozos.

Aliviados por aquellas palabras, los familiares regresaron a sus asientos.

A partir de las nueve de la noche, la estancia comenzó a quedarse vacía. Desde el primer día, Teresa no se había movido de allí, salvo para asearse. Esa noche, según lo acordado, se quedarían a acompañarla Manuel y Azucena. Poco a poco, el silencio se adueñó del hospital y la intensidad de las luces del pasillo se redujo a la mitad.

«Qué mala sombra ha tenido mi hermano», se lamentaba Manuel en sus pensamientos.

«Si se hubiera casado con Puerto, seguro que nada de esto habría pasado», se decía Azucena para convencerse.

«Por favor, Señor, no te lo lleves... Dale una oportunidad más, solo una. Estoy segura de que la aprovechará», suplicaba Teresa mentalmente.

La noche transcurrió en un silencio absoluto, mientras cada uno permanecía sepultado en sus propios pensamientos.



Sábado, 16 de noviembre de 1996

Al amanecer, el hospital recuperó su actividad cotidiana. El trasiego de empleados que cambiaban de turno se cruzaba en los pasillos con los pacientes que acudían a consultas, análisis o extracciones de sangre. Los ascensores subían y bajaban repletos.

—Son las nueve y media; habrá que hacer por la vida, ¿no? —sugirió Azucena, desperezándose.

—¿Cómo dices, hermana? —preguntó Manuel, adormilado.

—Que habrá que subir a desayunar algo —repitió ella, levantándose del asiento.

—Sí, tienes razón —asintió Manuel, poniéndose en pie—. ¿No vienes, Teresa?

—No, me quedo aquí por si acaso. Ya subiré cuando volváis.

Hacia las diez de la mañana empezaron a llegar otros familiares y vecinos.

—Buenos días, Teresa. ¿Qué tal se ha dado la noche, hija? —preguntó Evaristo, el vecino de enfrente, dándole dos besos.

—Ya se puede imaginar, Evaristo. Nosotros bien, dentro de lo que cabe, pero de Antonio no hemos vuelto a tener noticias desde ayer.

—Hay que armarse de paciencia, hija. En estos sitios se sabe cuándo se entra, pero no cuándo se sale.

—¿Dónde están Manuel y Azucena? —preguntó uno de los primos.

—Han subido un momento a la cafetería —susurró Teresa.

—¿Tú has desayunado, Teresa? —insistió Evaristo.

—No, todavía no. Estoy esperando a que bajen ellos.

—De eso nada, hija. Vamos, acompáñame arriba. Porque tú no comas, Antonio no se va a poner mejor, y para un apuro ya están todos estos aquí —sentenció el vecino, señalando con la cabeza al resto de la familia.

La mañana avanzaba lenta y angustiosa para los allegados, hasta que, a las doce en punto, el doctor García asomó por la puerta de la unidad. Al verlo hacer un gesto, la familia acudió en tropel, desbordada por los nervios.

—¿Qué ocurre, doctor? ¿Cómo está? ¿Se ha muerto? —preguntaron atropelladamente.

—Silencio, por favor —pidió el médico con calma—. Si son tan amables, prefiero que solo entren los familiares más directos. Antonio sigue con vida.

Los hizo pasar a la sala de juntas y cerró la puerta.

—El motivo de reunirlos es que durante la noche han surgido complicaciones graves. La enfermedad ha alcanzado el grado cuatro y hemos tenido que cambiar la medicación según el protocolo establecido. Cuando entren a verle notarán que hemos elevado la cabecera de la cama unos treinta grados y que le hemos colocado una bolsa de hielo envuelta en una toalla sobre la cabeza. El objetivo es mitigar la fiebre y la hiperemia, ya que en este momento sufre un edema cerebral severo.

—¿Eso significa que...? —interrumpió Teresa, con el corazón en un puño.

—Significa lo que ya saben: nosotros estamos haciendo todo lo humanamente posible. El resto depende del tiempo y del destino. Mientras hay vida, hay esperanza.

—Gracias, doctor, por la información y por su cercanía —alcanzó a decir Teresa.

—No hay por qué dar las gracias. Mi profesión exige implicación y respeto, tanto para el paciente como para los suyos.

Aún faltaban quince minutos para el pase. Teresa y Manuel se apostaron junto al acceso, clavando la mirada en el reloj de pared. No se escuchaba más que el ralentizado y maldito tic-tac de las manecillas. El tiempo parecía haberse congelado; sentían los latidos en la propia nuez, como si el corazón quisiera salírseles por la garganta. La impotencia y el miedo los tenían al borde del colapso cuando el leve chirrido de la puerta blanca los devolvió a la realidad.

—Ya pueden pasar —anunció la celadora.

Cegados por los nervios, cruzaron el pasillo de la UCI, pero al mirar a través de la mampara del box número uno se quedaron atónitos: la cama estaba vacía.

—¡Coño! —exclamó Manuel, sobresaltado—. ¡Joder! ¿Cómo le vamos a ver si nos hemos pasado de largo?

Desandaron los pasos a toda prisa y comprobaron que, salvo por la bolsa de hielo y la inclinación de la cama que les había advertido el médico, Antonio continuaba inmóvil. Contemplaban su quietud en un silencio sepulcral cuando, de repente, las alarmas de los monitores comenzaron a sonar de forma estridente. El personal sanitario entró corriendo al box y, sin mediar palabra, corrió las cortinas de golpe, ocultando la estancia.

Teresa y Manuel se fundieron en un abrazo y salieron del pasillo arrastrando los pies, rotos por la evidencia. Al verlos aparecer en aquel estado, la familia comprendió de inmediato que algo grave estaba ocurriendo. Nadie hizo preguntas; se limitaron a arroparlos en un respetuoso y dolorido silencio.

Una hora más tarde, el doctor García salió al pasillo con semblante grave. Caminó directamente hacia ellos. Teresa lo miró buscando una confirmación, y el médico asintió despacio con la cabeza mientras le tendía la mano.

—Le acompaño en el sentimiento, Teresa. Lo mismo para el resto de la familia.

—Gracias por todo, doctor —logró articular ella con el último aliento.

—En breve trasladarán el cuerpo al depósito del hospital. Allí podrán velarlo hasta que transcurran las veinticuatro horas que exige la ley antes de que el servicio funerario pueda hacerse cargo de Antonio. El acceso a las instalaciones mortuorias está por la parte trasera del edificio —concluyó el médico, dando por terminado su turno de guardia.

La noticia corrió por el barrio de la Data como la pólvora. A partir de las tres de la tarde, el goteo de amigos, vecinos y conocidos fue incesante en el depósito. Los llantos y los pésames llenaron las instalaciones hasta que, entrada la medianoche, el grupo quedó reducido a unas treinta personas dispuestas a pasar la noche velando a quien durante tantos años habían sentido tan cercano.



Domingo, 17 de noviembre de 1996

Los empleados de la funeraria llegaron a la sala de la morgue a eso de las cuatro de la tarde. Una vez acomodado el cuerpo en el féretro, lo trasladaron a la capilla de Nuestra Señora de la Esperanza, ubicada en el recinto del Instituto de Bachillerato Gabriel y Galán, que por aquel entonces funcionaba como parroquia provisional del barrio de la Data.

La masiva afluencia de gente desbordó la capilla y los aledaños del instituto; acudieron en masa los vecinos de la Data y multitud de conocidos de los barrios de Procasa, Miralvalle, El Pilar y de las inmediaciones de la Plaza Mayor de Plasencia. Finalizado el oficio fúnebre, los operarios lograron introducir el ataúd en el coche fúnebre a duras penas, abriéndose paso entre la multitud tras descender los cuatro amplios escalones de piedra de la entrada. La colocación de la ingente cantidad de coronas y ramos de flores retrasó la salida. Finalmente, la comitiva avanzó con lentitud por el tramo urbano de la N-630, la carretera que en aquellos años dividía prácticamente la ciudad en dos.

Al llegar al cementerio de Santa Teresa, el sacerdote los aguardaba a las puertas del camposanto. Guió sus pasos hasta una de las galerías de nichos situada a mano izquierda. Los hermanos de Antonio habían acordado enterrarlo en la misma sepultura en la que ya descansaban sus padres. El párroco decidió posponer la inhumación unos minutos, esperando a que terminaran de llegar todos los que se habían desplazado a pie para darle el último adiós.

Minutos después, el albañil comenzó a aplicar los últimos toques de paleta para sellar la lápida del nicho con yeso fresco.

—Bueno, al menos aquí no le volverán a dejar solo nunca más —murmuró uno de los hermanos.

Teresa se dio la vuelta y desapareció caminando con paso firme, rota de dolor. Se marchó sin que nadie se percatase de su ausencia; aquellas palabras se le habían clavado como una puñalada limpia en mitad del pecho. Al llegar a la parada de la línea 1 del autobús, a pesar de que apenas eran las seis y cuarto de la tarde, la noche ya había caído por completo sobre la ciudad.

Una vez en el piso, lo primero que hizo fue meterse en el baño. Bajo la cortina de agua caliente, dejó que las lágrimas se mezclaran con el agua y la espuma, asimilando al fin la certeza de que se había quedado completamente sola. Se secó el cuerpo, se pasó el secador por el pelo y entró en su habitación para vestirse con ropa cómoda. Después, empujada por un impulso inevitable, cruzó el pasillo hacia el dormitorio de Antonio. Con las mejillas aún húmedas, fue retirando las sábanas y la funda de la almohada para echarlas al cesto de la ropa sucia. Abrió el armario, sacó un juego limpio y rehizo la cama con esmero, adecentando la estancia como si él fuera a regresar en cualquier momento.

Minutos después, en la cocina, calentó un poco de leche en un cazo para tomarse el tranquilizante que le habían dado en el hospital. Sin fuerzas para más, se metió en la cama a eso de las ocho de la tarde.



Lunes, 18 de noviembre de 1996

Doce horas más tarde, Teresa se levantó, sobresaltada y confusa, con la amarga esperanza de que todo hubiera sido una horrible pesadilla. Se puso en pie de un salto y corrió al dormitorio contiguo, pero al abrir la puerta y encontrarse con la cama vacía y la habitación ordenada, la realidad la golpeó de nuevo. Volvió a derrumbarse.

Aún con los ojos nublados, fue al salón, cogió una silla y regresó con ella a su dormitorio. La colocó junto al armario, se subió con cuidado y bajó dos maletas viejas que depositó sobre la colcha. Abrió el ropero de par en par y comenzó a guardar únicamente las prendas que consideró imprescindibles. Tras tomar un desayuno rápido y fregar la taza, se aseó en el baño y se atusó el pelo. Recorrió la casa comprobando que los grifos estuvieran cerrados y las luces apagadas. Antes de salir, se acercó al mueble del salón para recoger el primer regalo que le había hecho Antonio en su vida. Guardó el objeto en el bolso y paseó la mirada por última vez por cada rincón de aquel hogar, despidiéndose en silencio.

Salió al rellano, metió la llave en la cerradura y dio las dos vueltas de rigor. Tras enjugarse las lágrimas con un pañuelo de papel, pulsó con suavidad el timbre de la puerta de enfrente.

—¡Ya vaaa! —respondió la voz de Evaristo desde el interior.

El anciano abrió la puerta y se quedó de piedra al verla allí plantada con las maletas.

—Buenos días, señor Evaristo. ¿Podría hacerme un último favor?

—Sí, hija mía. Uno y tos los que t'hagan farta, ya lo sabes —respondió, sin salir de su asombro.

—Necesito hacer una llamada... Me marcho de Plasencia.

—¿Pero cómo así, hija?

—Sin Antonio no tiene sentido que siga viviendo aquí. Si no le es mucha molestia, me gustaría que se quedara con las llaves del piso y se las entregara a alguno de sus hermanos.

—Cuenta con ello, mujer. Ya sabes que para lo que esté en mi mano puedes pedirlo —expresó el vecino, visiblemente emocionado.

—Muchas gracias, señor Evaristo. Jamás olvidaré lo amable y atento que ha sido siempre con nosotros y...

—Espera, hija, que t'ayúo a bajá las maletas —la interrumpió él, tirando de la puerta de su casa para salir al rellano.

A los pocos minutos de bajar al portal, el taxi apareció en la plazuela. Ambos tomaron las maletas para acercarlas a la acera. El conductor se bajó del vehículo, los saludó con respeto y se encargó de colocar el equipaje en el maletero mientras Evaristo y Teresa se fundían en un abrazo apretado.

—Muchas gracias por todo. Cuídese mucho, por favor —dijo ella, incapaz de contener el llanto.

—Lo mismo te digo, hija mía. Le rogaré al Señor para que te dé mucha suerte en la vida —articuló el anciano, conmovido.

El taxi arrancó y emprendió la marcha. Evaristo permaneció inmóvil en la plazuela, con la mano en alto, bajo el frío de noviembre, hasta que el coche desapareció al doblar la esquina.