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sábado, 16 de mayo de 2026

LO QUE EL AGUA NO OLVIDA


 

LO QUE EL AGUA NO OLVIDA

Aunque todo vuelva a su sitio

Escrito el 4 de mayo de 2026

El aire en la piscina climatizada era una bruma cálida que contrastaba con el frío seco que bajaba de los montes de Vitoria. Irune y Izaskun nadaban en carriles contiguos, manteniendo un ritmo que no necesitaba coordinarse. Años de rutina compartida habían convertido el gesto en algo automático.

Se detuvieron en el extremo más profundo. Bajo el agua, las luces proyectaban un azul denso que suavizaba los contornos.

—Hacía falta este calor —dijo Izaskun, apartándose el pelo mojado.

Irune asintió, apoyando los codos en el borde. Fue entonces cuando notaron el cambio.

No fue un ruido ni un movimiento brusco. Fue más bien una presencia.

Edurne.

Se lanzó al agua con una precisión limpia, sin salpicar más de lo necesario. Nadó unos metros y emergió cerca de ellas. El contraste era inmediato: su respiración aún no se había adaptado al ritmo lento del lugar.

—¿Llego tarde? —preguntó, sosteniendo la mirada con una seguridad que no parecía forzada.

Irune y Izaskun intercambiaron un gesto breve. No había sorpresa, pero sí una atención distinta.

—Depende de lo que busques —respondió Irune.

Edurne no contestó de inmediato. Se acercó un poco más, lo justo para reducir la distancia sin invadirla del todo. El agua obligaba a mantener una proximidad que en otro contexto habría sido excesiva.

Durante unos segundos, no ocurrió nada.

Solo el sonido amortiguado de los movimientos lejanos y el leve desplazamiento del agua entre ellas.

Izaskun fue la primera en moverse. Se desplazó hacia Edurne con una lentitud medida, como si estuviera probando el espacio. Irune hizo lo mismo desde el otro lado.

La joven no retrocedió.

El primer contacto no fue evidente. Apenas un roce bajo la superficie, difícil de localizar. Pero suficiente para cambiar el equilibrio.

El agua, que hasta entonces había sido un medio neutro, empezó a sentirse más densa.

—Aquí el ritmo cambia —dijo Izaskun en voz baja.

No era una advertencia.

Edurne dejó que sus manos se ajustaran a la distancia, sin buscar ni evitar. Había algo en su forma de mantenerse ahí —ni pasiva ni dominante— que descolocaba cualquier lectura rápida.

Irune observaba sin intervenir del todo. Su mano, al moverse, encontró la espalda de Edurne por un instante. No se detuvo, pero tampoco se retiró de inmediato.

El contacto quedó ahí, suspendido.

El eco del agua contra los bordes marcaba un tiempo distinto, más lento. Ninguna de las tres parecía tener prisa.

Cuando Izaskun se acercó más, fue sin gesto previo. La cercanía obligó a que sus respiraciones se mezclaran. Edurne sostuvo ese espacio sin apartarse, con una atención que no era desafío ni entrega.

El vapor se acumulaba en la superficie, difuminando el resto de la piscina. El lugar se redujo a ese fragmento de agua.

Irune se movió entonces, cerrando el triángulo. No hubo coordinación visible, pero tampoco fue casual.

Durante unos segundos, las tres permanecieron así, midiendo la distancia mínima que aún podía llamarse distancia.

—No hace falta nadar —dijo Edurne, casi para sí misma.

El agua se encargaba del resto.

Se desplazaron hacia la zona de chorros sin hablarlo. Allí, el sonido era más constante, y el vapor más espeso. El espacio quedaba parcialmente oculto, pero no del todo.

Irune apoyó la espalda en la piedra templada. Izaskun se situó cerca, dejando que el movimiento del agua acercara a Edurne entre ambas.

No hubo un gesto que marcara el inicio. Fue más bien una continuidad.

Las manos encontraron puntos de apoyo, no necesariamente intencionados. La proximidad obligaba a aceptar el contacto como parte del equilibrio.

Edurne cerró los ojos un instante. No era abandono. Era concentración.

El tiempo se volvió impreciso.

No había un dentro y un fuera claros, ni un orden reconocible en los movimientos. Solo una secuencia que se sostenía por sí sola.

El sonido de los chorros cubría cualquier otro detalle.

Cuando el temporizador se detuvo, el cambio fue inmediato. El agua volvió a su estado anterior, más quieta. El vapor empezó a disiparse.

Ninguna de las tres se separó de golpe.

Se mantuvieron unos segundos más, como si necesitaran reajustar el espacio.

Edurne fue la primera en apartarse lo suficiente para recuperar una distancia reconocible. Irune e Izaskun no dijeron nada.

Salieron del agua sin prisa. El aire, fuera, resultaba más frío de lo esperado.

En el vestuario, el sonido de los secadores y las conversaciones ajenas devolvía todo a un contexto reconocible. Cada una ocupó su espacio sin buscar a las otras de forma directa.

En el espejo empañado, sus reflejos aparecían fragmentados.

Al cruzarse, hubo una mirada breve. No contenía complicidad evidente ni rechazo.

Solo reconocimiento.

Irune salió la última. Antes de irse, miró hacia la piscina a través del cristal. El agua estaba en calma, igual que antes.

Nada indicaba que hubiera pasado algo distinto.

Afuera, la noche de Vitoria seguía siendo fría.

Se separaron sin despedirse.

Y, sin embargo, durante un momento breve —difícil de ubicar—, ninguna de las tres tuvo claro si lo ocurrido pertenecía ya al pasado o seguía, de alguna forma, en el cuerpo.


La piscina volvió a llenarse al día siguiente.

Mismas calles mojadas al entrar, mismo olor a cloro al cruzar el torno, mismo eco contenido bajo el techo alto. Las rutinas no se alteraban por lo que había ocurrido la noche anterior.

Irune nadaba en su carril habitual.

Izaskun llegó unos minutos más tarde y se lanzó al agua sin hacer ruido, como siempre. Durante un rato mantuvieron la distancia exacta que habían aprendido con los años: ni demasiado cerca, ni del todo separadas.

No hablaron de ello.

Tampoco lo evitaron.

Simplemente no apareció.

Edurne no estaba.

O quizá sí había estado antes, o llegaría más tarde. Era imposible saberlo con certeza. En ese espacio, las presencias no siempre coincidían en el mismo tiempo.

En un momento concreto, al girar en el extremo profundo, Irune tuvo la sensación de que algo se desajustaba levemente. No en el agua, ni en el cuerpo, sino en la forma en que ambas ocupaban el carril.

Como si faltara una tercera referencia.

Izaskun también redujo el ritmo sin decir nada. Se cruzaron a mitad de recorrido, demasiado cerca para ser casual, demasiado breve para ser intencionado.

No se detuvieron.

El agua seguía siendo la misma.

Pero no del todo.

En la zona de chorros, el vapor volvía a acumularse con la misma densidad de siempre. Nadie ocupaba ese rincón en ese momento. El temporizador se activaba y se detenía con regularidad, ajeno a cualquier uso concreto.

Durante unos segundos, ninguna de las dos miró hacia allí.

Y, sin embargo, ambas sabían exactamente dónde estaba.

Al salir del agua, el aire resultó igual de frío que la noche anterior. Los gestos se repitieron con la misma precisión: toalla, banco, silencio compartido sin necesidad de llenarlo.

En el espejo empañado, las figuras se devolvían incompletas.

Faltaba algo.

O quizá sobraba.

No lo nombraron.

Al cruzar la puerta hacia la calle, cada una tomó una dirección distinta, como siempre.

La ciudad seguía en su sitio.

Y, aun así, durante un instante breve —tan breve que no llegaba a fijarse del todo—, persistía una sensación difícil de sostener.

No era recuerdo.

No era expectativa.

Era más bien la certeza de que algo había ocurrido en un punto exacto del espacio, sin dejar rastro visible, pero sin desaparecer por completo.

Como si el agua, aunque volviera a estar en calma, no hubiera terminado de olvidar.

©Franizquiero

En Júndiz el tiempo se detiene


 

 En Júndiz el tiempo se detiene

Crónica de un encuentro fortuito en el polígono

Escrito el 6 de mayo de 2026

El polígono de Júndiz, a las afueras de Vitoria-Gasteiz, es una ciudad de metal y hormigón que nunca duerme, pero que tampoco vive del todo. Es un laberinto de naves de logística, focos de sodio que tiñen el suelo de un amarillo irreal y un trasiego sordo de neumáticos pesados. Entre esas infinitas hileras de naves y el rumor constante de la A-1 que ruge de fondo, el camión de Lucía era una isla de luz cálida, olor a diésel y tapicería de cuero. A sus veintiocho años, Lucía no solo conducía toneladas de carga por las carreteras del norte; gobernaba un espacio soberano de tres metros cuadrados donde el tiempo se medía en pulsaciones y fluidos, no en kilómetros.

La primera en llegar fue Maite. Había conducido de noche desde Miranda de Ebro, dejando atrás el perfil industrial de las chimeneas y el cauce oscuro del río para buscar algo que solo encontraba al subir a la cabina de Lucía: una mirada limpia que no juzgaba sus cincuenta años, sino que los celebraba como un mapa de sabiduría carnal. Maite subió los tres escalones del camión con la seguridad de quien conoce el terreno, pero con el corazón acelerado, golpeándole las costillas.

Huele a café y a lluvia —dijo Maite, cerrando la puerta con un golpe seco, dejando el frío cortante de Álava fuera de aquel cubículo.

Lucía sonrió desde el asiento del conductor, girándose para recibirla. Llevaba una camiseta de tirantes que dejaba ver sus hombros fuertes, marcados por el sol de las rutas. El espacio en la cabina era reducido, una intimidad forzada por la ingeniería del transporte que obligaba a que los cuerpos se frotaran y se reconocieran pronto.

Es el olor de la espera —respondió Lucía, deslizando una mano caliente por el brazo maduro de Maite, apretando la piel con una promesa latente.

Pero la noche tenía un tercer acto preparado. Un golpe suave, rítmico y claramente dubitativo sonó en la puerta del copiloto. Era Ana. Había llegado desde Haro en su pequeño utilitario, con el aroma del vino, la humedad de las viñas y la juventud aún fresca y asustada en la piel. A sus veinte años, su experiencia era un mapa en blanco, un territorio sin rotular, y sus ojos delataban una mezcla salvaje de pánico moral y fascinación magnética.

¿Es aquí? —preguntó Ana, casi en un susurro, con los labios temblorosos por el frío y la indecisión al entrar en la cabina.

Lucía y Maite la recibieron con una calma zoológica que la tranquilizó de inmediato. La cabina, diseñada en principio para la soledad extrema del camionero, se transformó en un refugio compartido de complicidades femeninas. La tensión en el habitáculo se volvió pronto insoportable, una corriente eléctrica que zumbaba en el aire con más fuerza que cualquier motor de gran tonelaje. Lucía se giró del todo en su asiento neumático, el movimiento de su cuerpo sobre el cuero sonando como una invitación obscena y limpia a la vez. Sus ojos, acostumbrados a la dureza de la carretera nocturna, buscaban los de Maite con una urgencia que no admitía demoras.

Maite no la hizo esperar. Se inclinó sobre la consola central, atrapando los labios de Lucía en un beso profundo, húmedo, que sabía a la impaciencia acumulada durante todo el trayecto desde Miranda. Fue un beso de veteranía, de los que se dan con la boca abierta, saboreando la saliva ajena, de las que saben exactamente lo que quieren y cómo pedirlo sin gastar palabras. Ana, observando desde el asiento del copiloto con la espalda pegada a la ventanilla, sintió cómo el aire desaparecía de la cabina. El magnetismo sexual que emanaba de las otras dos mujeres era un lazo invisible. Fue Maite quien rompió el beso con un jadeo, volviendo sus ojos hacia Ana y extendiendo su mano cálida hacia la joven de Haro, tendiendo un puente de carne entre la inexperiencia de la chica y el mundo que estaba a punto de desatarse.

Ven aquí, Ana —susurró Maite, su voz sonando más grave, más densa, cargada de una madurez protectora—. No hay nada que temer.

Ana se movió, arrastrada por la necesidad biológica de tocar. Se situó entre las dos, en el estrecho pasillo que separaba los asientos, un espacio apenas suficiente para contener el fuego que se estaba gestando. Lucía, sin dejar de mirar a Maite, deslizó sus manos por debajo de la sudadera de Ana, subiendo por sus costados desnudos, recorriendo las curvas firmes de su juventud con una reverencia que rozaba lo sagrado pero que quemaba. Al mismo tiempo, Maite rodeaba la nuca de la joven con sus dedos, atrayéndola hacia su boca en un beso que fue una revelación absoluta para Ana; ya no era un simple gesto de chicos de su edad, era un bautismo en el deseo real, saboreando la lengua experimentada de Maite mientras los dedos de Lucía le pellizcaban los pezones ya duros.

La cabina se llenó pronto de un sonido rítmico, húmedo y urgente: respiraciones entrecortadas, el roce áspero de la ropa que se volvía una barrera molesta y que empezó a caer al suelo del camión. Camisetas, sujetadores y pantalones se amontonaron sobre los pedales. Las tres quedaron desnudas bajo la luz roja y tenue del cuadro de mandos.

La piel blanca e inexperta de Ana contrastaba con la firmeza bronceada de Lucía y las formas suaves y sabias del cuerpo de Maite. Lucía se tumbó en la litera trasera del camión, arrastrando a Ana consigo. La joven de Haro se abrió de piernas con una timidez que se disolvió en cuanto Maite se colocó entre sus muslos. Con la destreza de sus cincuenta años, Maite separó los labios de Ana con los dedos, buscando con su lengua el clítoris encendido de la joven, regándolo con lametones lentos y profundos que hicieron que Ana arqueara la espalda, gimiendo alto, apoyando la cabeza en el pecho desnudo de Lucía. Lucía, mientras tanto, no perdía el ritmo; introdujo sus dedos lubricados en la vagina de Ana, moviéndolos con una cadencia experta que acompasaba los movimientos de la boca de Maite. Ana deliraba, sintiendo el doble asalto de la juventud de una y la madurez de la otra.

Entonces, el deseo se desbordó hacia Lucía. Maite se giró en la litera, ofreciendo sus nalgas maduras a la camionera. Lucía, que guardaba un bote de lubricante en la guantera, untó sus dedos y comenzó a masajear el ano de Maite, dilatándolo con parsimonia antes de buscar un consuelo más profundo. Usando un arnés que sacó del cajón inferior, Lucía se acopló a Maite, penetrándola con un empuje rudo, rítmico, el choque de sus pelvis sonando como un aplauso húmedo en mitad de la noche industrial. Maite gemía con los ojos cerrados, entregada al vaivén de Lucía, mientras Ana, fascinada y completamente encendida por la escena, se frotaba contra el muslo de Lucía, buscando su propio orgasmo. Las manos de las tres mujeres se buscaban, se entrelazaban en una danza frenética de dedos húmedos, jugos compartidos y bocas que se pasaban el sabor de los fluidos de unas a otras. El vapor denso empañaba los cristales del gran camión, ocultando por completo su secreto al mundo gris de las empresas, mientras ellas ardían en ese kilómetro cero de la carne. Ana se corrió primero, con una sacudida que le sacó las lágrimas, seguida por el grito ahogado de Maite y el empuje final y victorioso de Lucía contra su cuerpo.

A las seis de la mañana, el primer café de la estación de servicio cercana, bajo los fluorescentes fríos, sabía a una despedida inevitable. El sudor se había secado, pero el olor a sexo permanecía flotando bajo sus ropas limpias. Maite ya estaba sentada en su coche, con las manos al volante, mirando por el retrovisor hacia el gigante de metal que descansaba entre los remolques. Ana, sentada todavía en el asiento del copiloto de Maite por un momento más, sentía que el viaje de Haro a Júndiz había sido el trayecto más largo y definitivo de su vida. Había aprendido más sobre su propio cuerpo y sus capacidades en esa litera de cuero que en todos los libros que guardaba en su habitación.

¿Volverás? —preguntó Lucía desde la ventanilla, asomada al aire del amanecer, ya con los guantes de trabajo puestos para enganchar la lona.

Ana asintió con la cabeza, incapaz de articular una sola palabra, sintiendo aún el rastro eléctrico del contacto en su entrepierna y la laxitud en los músculos.

Lucía arrancó el motor diésel. El rugido del camión llenó el silencio gélido del polígono, haciendo vibrar el asfalto y los cristales de los coches cercanos. Las tres mujeres se separaron sin dramatismo: una condujo de vuelta hacia el Ebro, otra regresó hacia las viñas de La Rioja Alta y la última enfiló la cabina hacia la carretera infinita del norte. Júndiz volvía a ser, a los ojos de los operarios que entraban al turno de mañana, solo un punto gris en el mapa logístico. Pero para ellas tres, ese recodo de asfalto y camiones sería siempre el lugar exacto donde el invierno se detuvo para dejar pasar la carne.

©Franizquiero


La última parada antes del frío


 

LA ÚLTIMA PARADA ANTES DEL FRÍO

Donde el trayecto termina y la piel comienza

Escrito el 16 de mayo de 2026

El Bulevar estaba desierto. A esas horas, el frío de Burgos no era solo una temperatura: era un filo que cortaba la respiración. Míriam se subió el cuello del abrigo mientras esperaba el último bus de la Línea 1. Cuando el vehículo apareció entre la niebla que subía del Arlanzón, sintió un alivio inmediato; el interior prometía, al menos, una tregua.

Se sentó al fondo. A través del cristal empañado, las siluetas de la Cartuja se desdibujaban, y más adelante, las luces de la Plaza del Cid parecían suspendidas en el aire.

Fue en la parada de Plaza de España donde la vio.

Subió con paso firme, sacudiendo el paraguas antes de que las puertas se cerraran. Llevaba una bufanda gruesa que le cubría media cara, pero sus ojos —claros, atentos— se fijaron en Míriam sin titubeo. No había casi nadie en el bus; solo un par de pasajeros cansados, dispersos en sus propios silencios.

Se sentó justo enfrente.

Con un gesto lento, se quitó la bufanda, dejando al descubierto un cuello pálido que contrastaba con el rojo del frío. El vaho de ambas respiraciones se mezclaba en el aire templado.

—Es una noche terrible para estar sola en la calle —dijo.

Su voz tenía una calma extraña, como si no perteneciera del todo al trayecto.

Míriam dudó un segundo antes de responder.

—En Burgos casi todas lo son —dijo al final, sosteniéndole la mirada más de lo necesario.

La otra mujer esbozó una media sonrisa.

—Yo tengo a dónde ir —añadió—. Pero no tengo prisa por llegar.

El bus avanzaba hacia Gamonal. El ruido del motor y el traqueteo del asfalto parecían más presentes de lo habitual. Míriam notaba una tensión leve, difícil de ubicar, como si algo hubiera cambiado sin que nadie lo hubiera señalado.

Cuando la mujer se levantó, lo hizo sin romper el contacto visual.

Al pasar junto a ella, rozó su hombro con la mano. No fue un accidente.

—Me bajo en la siguiente —dijo, inclinándose apenas—. Puedes seguir… o venir.

No añadió nada más.

Míriam no se movió de inmediato. Miró hacia la ventana, hacia la parada que se acercaba, hacia el reflejo borroso de ambas en el cristal.

Y se levantó.

Bajaron juntas. El aire frío golpeó de nuevo, más duro después del calor del bus. Caminaron sin hablar, con paso rápido, atravesando calles donde la niebla parecía absorber el sonido. El viento bajaba desde el castillo y se colaba por cualquier rendija.

El portal era antiguo, de madera oscura. Dentro, el silencio era distinto, más contenido.

Subieron las escaleras sin prisa, con ese tipo de distancia que no es lejanía, sino espera.

Al cerrar la puerta del apartamento, el mundo exterior quedó suspendido.

—Aquí no llega el frío —dijo ella en voz baja.

No era del todo cierto, pero tampoco importaba.

El primer contacto fue breve, casi una comprobación. Después, más firme. La pared de piedra devolvía el contraste: frío en la superficie, calor en el cuerpo. Las manos encontraron su lugar sin urgencia, como si el recorrido ya estuviera decidido de antemano.

No había palabras necesarias. Solo respiraciones que se ajustaban, gestos que se respondían sin explicación.

Se movieron por el pasillo a oscuras, guiándose más por la cercanía que por la vista. Las capas del invierno fueron quedando atrás sin orden, como si ya no tuvieran función.

En la habitación, la luz filtrada por la niebla dibujaba una claridad difusa sobre la cama.

Se detuvieron un segundo antes de acercarse del todo.

Fue un instante breve, pero suficiente.

Luego ya no hubo distancia.

El tiempo perdió medida. No hubo prisa ni pausa clara, solo una continuidad sostenida, una forma de atención concentrada en lo inmediato. Afuera, el viento seguía golpeando las ventanas; dentro, el silencio se llenaba de pequeños sonidos que no necesitaban ser nombrados.

Cuando todo se calmó, permanecieron en la misma posición, sin separarse del todo. El calor era distinto ahora, más estable.

—¿Te arrepientes? —preguntó ella al cabo de un rato, casi en un susurro.

Míriam tardó en responder.

—No lo sé —dijo finalmente—. Todavía no.

No era una duda incómoda. Era más bien una forma de no cerrar lo que había ocurrido.

Se quedaron así, sin añadir nada más, mientras la noche terminaba de asentarse al otro lado de las paredes.



A la mañana siguiente, Burgos amaneció cubierto de escarcha. El sol, bajo, entraba con dificultad por la ventana, dibujando una luz pálida sobre el suelo.

Míriam abrió los ojos poco a poco. Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Luego vio la ropa en el suelo, la habitación desconocida, la silueta de la otra mujer en la cocina.

El sonido de una taza apoyándose en la encimera.

—Hay café —dijo ella sin girarse.

Míriam se incorporó, envolviéndose en la sábana. El frío volvía a existir, pero de otra manera.

Aceptó la taza cuando se la ofreció. El calor le resultó casi excesivo en las manos.

—¿Siempre haces esto? —preguntó.

La otra mujer apoyó la espalda en la pared, pensándolo un segundo.

—No —respondió—. Pero tampoco es la primera vez.

Míriam asintió, sin saber muy bien qué hacer con esa respuesta.

Desde la calle llegaba el ruido del tráfico empezando a organizar el día. Todo volvía a su sitio, o lo parecía.

Se acercó a la ventana. La ciudad estaba ahí, intacta, como si nada hubiera ocurrido.

—Mi parada no era esa —dijo.

—Ya —respondió la otra—. Tampoco la mía.

Hubo un silencio breve.

No incómodo. Pero tampoco fácil de llenar.

Míriam dejó la taza.

No sabía si iba a quedarse o a vestirse. Tampoco tenía claro si necesitaba decidirlo en ese momento.

Detrás de ella, la mujer no se movió.

La mañana seguía avanzando.

Y, por primera vez desde la noche anterior, el tiempo volvió a tener dirección.



El autobús volvió a pasar por el Bulevar esa misma noche, a la misma hora.

Las puertas se abrieron con el mismo sonido mecánico, dejando escapar una bocanada de aire caliente que se disipó enseguida en el frío. Subieron dos personas, bajó una. El conductor no miró a nadie en particular.

Todo seguía igual.

Míriam no estaba allí.

Caminaba en otra dirección, sin prisa, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. El frío era el mismo, pero no se le pegaba igual a la piel. Había algo que no terminaba de encajar del todo en la secuencia habitual de la ciudad.

No pensaba en la noche anterior como un recuerdo cerrado. Tampoco como algo que tuviera que repetirse. Era más bien una interrupción limpia, sin explicación, que no encontraba su lugar exacto dentro del día.

Al pasar por una parada, miró de forma casi automática el interior del bus detenido. Durante un segundo, buscó algo que no supo nombrar: una silueta, una mirada, una repetición posible.

No vio nada.

El vehículo arrancó.

Míriam siguió caminando.

El sonido del motor se alejó por la calle Vitoria, mezclándose con el resto del tráfico. La ciudad recuperó su ritmo, ese que no se detiene por nada que ocurra dentro de ella.

Pero durante un instante más —breve, casi imperceptible—, la sensación persistió.

No era deseo.

No era duda.

Era algo más simple y más difícil de retener.

Como si, por una sola noche, el trayecto hubiera dejado de tener paradas.

Y ahora, sin avisar, volviera a tenerlas.


©Franizquiero

viernes, 15 de mayo de 2026

Lo hicimos sin estar


 

Lo hicimos sin estar

Dos cuerpos , ninguna historia, y un silencio que llega demasiado pronto.

Escrito el 8 de mayo de 2026

El timbre sonó con una urgencia que solo tienen los veinte años cuando la sangre empuja con fuerza. Al otro lado de la madera estaba él: la piel todavía fresca de la calle, los ojos brillantes por la adrenalina del Wapo y esa mezcla de miedo y deseo que se huele antes de abrir.

Cuando giré el pomo, el aire del rellano chocó contra mi cuerpo. Estaba allí, despojado de todo, sin el disfraz de la ropa, ofreciendo la realidad tal cual es, sin filtros ni ángulos engañados. Se quedó seco, con la mano suspendida en el aire. Sus ojos bajaron por mi pecho, recorrieron mi abdomen y se detuvieron en la evidencia de que yo también lo estaba esperando.

—Pasa.

Mi voz sonó más grave de lo habitual, rebotando en el pasillo vacío.

No hizo falta repetirlo. Entró como quien cruza un límite, con la respiración corta y el calor pegado a la piel. El roce de su chaqueta contra mi cuerpo desnudo al pasar fue el primer chispazo. Se giró antes de que cerrara del todo y me buscó con una mirada que no tenía paciencia para cortesías.

La habitación estaba en penumbra. No hacía falta luz.

Sus manos temblaban mientras se deshacía de la ropa, torpe, acelerado. Yo, apoyado en el marco, lo observaba. Había algo casi violento en esa diferencia: su prisa contra mi calma.

Cuando por fin se liberó, su piel blanca se recortó en la sombra. Se acercó. El calor que desprendía era casi físico, como si empujara el aire. Me agarró de los hombros con más fuerza de la que esperaba; tenía las manos húmedas, marcándome.

—Te imaginaba… pero no así.

Su aliento, cargado de tabaco reciente y excitación, me rozó el cuello. Sus labios bajaron por la clavícula con hambre, sin cuidado. No era un gesto suave; era necesidad. Sus manos encontraron mis caderas, ya sin dudas.

Lo empujé hacia la cama. Cayó de espaldas sin oponer resistencia, mirándome fijo, como si en ese gesto se jugara algo más que el momento. Algo acumulado, algo que venía de fuera.

El mundo se cerró ahí.

No había presentación, ni historia, ni nombres que importaran. La red ya había hecho el trabajo. Aquello no era conocerse, era reconocerse en lo más básico.

Su respiración se volvió irregular cuando me incliné sobre él. El contraste de su piel, joven y tensa, contra la mía, más curtida, tenía algo eléctrico. Se arqueó buscando más contacto, como si quedarse en la superficie ya no le bastara.

Mis manos bajaron por su pecho hasta encontrar la presión contenida bajo la tela. El sonido que soltó fue bajo, casi un gruñido. Deshice el último obstáculo y su cuerpo respondió de inmediato, tenso, reclamando.

Me agarró de la nuca y tiró de mí hacia su boca. El beso fue torpe y urgente, sin ritmo, como todo lo que venía de él. Mientras nuestras lenguas chocaban, mis manos se movían con otra cadencia, más lenta, midiendo cada reacción.

—Hazlo… —murmuró, con la voz rota—. Haz lo que quieras.

Esa entrega, así de directa, es lo que hace peligrosos estos encuentros.

Lo giré sobre el colchón. Sus ojos se perdieron un instante en el techo, desenfocados, mientras su cuerpo seguía reaccionando por inercia, buscando. Me coloqué sobre él, sintiendo su pulso desbocado contra el mío.

Cada contacto era más intenso que el anterior. No había transición, solo una escalada.

El aire se volvió denso, cargado. El olor del sudor empezaba a imponerse, mezclado con algo más metálico, más crudo. Sus manos ya no dudaban; se clavaban, se aferraban, como si necesitara asegurarse de que aquello estaba pasando de verdad.

—No pares.

No era un ruego. Era una orden.

El ritmo se volvió más brusco, más directo. Ya no había espacio para medir nada. Su cuerpo respondía con una mezcla de rigidez y abandono, tensándose y soltándose en ciclos cada vez más cortos.

En medio de ese caos, había algo claro: no era solo placer. Era una descarga. Una forma de vaciarse de todo lo demás.

Lo sentí acercarse al límite. Sus músculos se tensaron de golpe, como si alguien tirara de un cable invisible. Sus dedos se hundieron en mi espalda.

—Ahora… por favor…

No hacía falta decir más.

Todo se concentró en ese punto. En ese instante en el que el cuerpo deja de negociar. La fricción, el calor, el ritmo… todo empujando en la misma dirección.

Cuando llegó, lo hizo sin contención. Su cuerpo se bloqueó en un espasmo seco, y después se derrumbó, dejando salir toda esa tensión acumulada de golpe. Se quedó rígido un segundo, y luego cayó, pesado, sobre la cama.

El silencio que vino después no fue vacío. Era denso, casi físico.

Me aparté, girándome, sintiendo el contraste del aire frío en la piel. Apenas hubo pausa. Su respiración cambió detrás de mí; ya no era la misma. Había algo distinto, más oscuro, más seguro.

Sus manos encontraron mis caderas con otra firmeza, sin el temblor inicial. Sus dedos se clavaron, marcando territorio. Su aliento volvió a mi nuca, más lento ahora.

—Pensaba que tú mandabas siempre.

No respondí. No hacía falta.

Arqueé la espalda hacia él, buscando el contacto. Ese gesto fue suficiente.

El cambio de control fue inmediato. Su movimiento ya no tenía la torpeza de antes; era más directo, más decidido. Cada empuje era más profundo, más firme, como si hubiera encontrado por fin el ritmo que buscaba desde el principio.

Cerré los ojos, hundiendo la cara en la almohada para contener el sonido que se me escapaba. Ya no había observación, ni distancia. Solo reacción.

El ritmo se volvió constante, seco, casi mecánico. El sonido llenó la habitación: piel contra piel, sin filtros. Su energía no tenía matices; era pura insistencia.

Sus manos no me soltaban, manteniéndome donde quería. Había algo posesivo en la forma en que me sujetaba, como si ese momento le perteneciera.

—¿Te gusta así?

La voz le salió quebrada, pero firme.

Cada embestida borraba un poco más todo lo demás. Ya no había nombres, ni historias, ni contexto. Solo ese punto de contacto donde todo se concentraba.

Sentí cómo volvía a tensarse, cómo su cuerpo acumulaba otra vez presión, más rápida esta vez, más descontrolada. Su respiración se rompió en jadeos cortos.

Y entonces llegó de nuevo, con menos contención que antes. Un espasmo, una sacudida, y después el abandono total.

Se dejó caer sobre mí, todavía temblando.

Nos quedamos así, sin movernos, respirando fuerte, mientras el calor empezaba a disiparse poco a poco. El mundo de fuera volvió de forma lenta, como un ruido lejano que se cuela por debajo de una puerta.

No hubo palabras.

Solo la certeza de que, durante un rato, todo lo demás había dejado de existir.

El silencio no llegó de golpe. Se fue quedando.

Primero como un descanso, algo casi necesario… y luego como una presencia incómoda, demasiado consciente. Su respiración contra mi espalda ya no marcaba nada; era irregular, como si el cuerpo hubiera terminado pero algo más siguiera atrapado a medio camino.

No se apartó.

Y eso empezó a pesar.

Sus manos seguían apoyadas en mis caderas, pero sin intención. No sujetaban. Tampoco soltaba. Era como si no supiera en qué momento exacto debía retirarse.

Giré ligeramente la cabeza.

Lo vi distinto. No más calmado. Más expuesto.

—¿Qué pasa? —le dije.

No contestó enseguida. Parpadeó varias veces, como si necesitara volver a enfocar.

—Nada…

Pero esa vez el «nada» no escondía nada. Era más bien lo contrario: una ausencia que no sabía nombrar.

Se apartó por fin, despacio, casi con cuidado. Como si romper el contacto fuera más complicado que todo lo anterior. Se dejó caer a un lado y se quedó mirando al techo, inmóvil.

Ahí apareció todo.

Sin transición.

Me incorporé un poco, apoyado en el codo, observándolo. No había prisa por llenar ese espacio. De hecho, cualquier palabra habría sonado fuera de sitio.

Se pasó la mano por la cara, arrastrando el sudor… y algo más que no terminó de irse.

—Pensaba que… —empezó.

Se quedó ahí.

Esperé.

—Que iba a sentir otra cosa.

No pregunté cuál.

—¿Mejor? —dije.

Negó.

—Más… —buscó la palabra—. Más claro.

Esa palabra se quedó flotando.

Más claro.

Como si lo que hubiera pasado no hubiera respondido a nada, solo hubiera tapado algo durante un rato.

Se sentó en el borde de la cama, inclinado hacia delante. Su espalda, antes tensa, ahora parecía más pequeña. No débil. Pero sí menos segura de sí misma.

Ahí estaba la grieta.

Me levanté y abrí un poco la puerta. El aire frío del pasillo entró sin pedir permiso, rompiendo el calor acumulado. Ese gesto siempre devuelve la escena a la realidad demasiado rápido.

—¿Te vas? —pregunté.

No respondió.

Se quedó mirando al suelo, como si la pregunta no fuera suficiente. Como si irse o quedarse fuera lo de menos.

Volví a sentarme a su lado. Dejando espacio. Sin tocarlo.

Eso lo hizo respirar distinto.

—Antes de venir… —dijo, sin mirarme— parecía que tenía sentido.

—Lo tenía —respondí.

Giró la cabeza.

—¿Sí?

—Sí. Porque todavía no había pasado.

Se quedó mirándome un segundo más de lo normal.

No parecía convencido. Pero tampoco tenía con qué discutirlo.

Se dejó caer hacia atrás, quedándose boca arriba. Esta vez no evitaba estar ahí. Pero tampoco parecía cómodo en su propio cuerpo.

—Es raro… —murmuró—. Como si hubiera llegado a algo… y no fuera eso.

No respondí.

Porque no había nada que arreglar en esa frase.

El ruido del edificio empezó a colarse otra vez: pasos, una puerta lejana, una vida que seguía sin ellos.

Giró la cabeza hacia mí.

—¿Tú no te quedas con algo? —preguntó.

Lo pensé más de lo que esperaba.

—Sí.

Esperó.

—Pero no es algo que dure.

Frunció el ceño.

—Entonces, ¿para qué?

Ahí estaba.

No el deseo.

La duda.

Lo miré un instante.

—Para no pensar en eso mientras está pasando.

No le gustó la respuesta. Se notó.

No porque fuera dura. Sino porque encajaba demasiado bien.

Se incorporó despacio y empezó a vestirse. Sin prisa. Sin torpeza. Pero con una especie de distancia, como si cada gesto lo alejara un poco más de lo que había pasado.

Antes de ponerse la camiseta, se quedó quieto. Mirándose sin espejo. Como si estuviera comprobando si seguía siendo el mismo.

—No eras como pensaba —dijo.

—Tú tampoco.

Esta vez no sonrió.

Bajó la mirada.

Asintió apenas.

Se acercó a la puerta. Puso la mano en el pomo… y no la giró.

Se quedó ahí.

Un segundo.

Dos.

Demasiado tiempo para ser solo duda.

—¿Te ha pasado muchas veces? —preguntó, sin mirarme.

—Sí.

—¿Y… siempre acaba así?

No respondí enseguida.

—No siempre —dije al final.

Eso lo hizo girarse un poco.

—¿Entonces?

Lo sostuve la mirada un instante.

—A veces ni siquiera llega a empezar.

No entendió del todo. Pero tampoco preguntó.

Asintió, como si eso bastara.

Abrió la puerta.

El aire del rellano entró frío, limpio, completamente ajeno a lo que había pasado dentro. Se quedó un momento en el umbral, de espaldas.

—Igual… —empezó.

Se detuvo.

No terminó la frase.

Salió.

La puerta se cerró sin ruido.

Y durante un segundo, todavía parecía que seguía ahí.

Pero no.

Lo que quedaba no era él.

Era la sensación de que algo había ocurrido… sin terminar de ocurrir del todo.

@Franizquiero

Entre dos vidas


 

 Entre dos vidas

El deseo encontrado en la sombra de la rutina

Relato corto escrito el día 27 de abril de 2026

A sus cincuenta años, había aprendido a moverse en silencio entre dos vidas. Había perfeccionado el arte de la compartimentación, estirando los días para que ambas realidades coexistieran sin llegar a rozarse nunca.

En una vida estaba su casa, su mujer, las rutinas domésticas que se repetían sin sobresaltos como el mecanismo bien engrasado de un reloj viejo. Hacía tiempo que el deseo había desaparecido de ahí, sustituido por una convivencia tranquila, casi automática; un pacto de caballeros basado en la amabilidad y las cenas compartidas frente al televisor. No había conflictos, no había reproches, pero tampoco contacto. Los cuerpos habían dejado de buscarse hacía años. Como si esa parte de su anatomía simplemente se hubiera apagado sin hacer ruido, quedando sepultada bajo los recibos, las compras del supermercado y el silencio del pasillo.

En la otra vida estaba ese lugar.

El aparcamiento abierto, a las afueras del Polígono de Ircio, no tenía nada de especial a primera vista. Era un no-lugar, un espacio residual de asfalto cuarteado, algunas farolas de luz anaranjada y parpadeante, y camiones de gran tonelaje estacionados a cierta distancia, descansando de las rutas internacionales. Pero cuando caía la tarde, el sol se hundía tras los montes y la luz empezaba a suavizarse, el espacio cambiaba de naturaleza. Cambiaba de dueños.

Los coches llegaban poco a poco, ralentizando la marcha al girar en la rotonda de acceso. Algunos se quedaban en las esquinas más oscuras, con el motor apagado y las luces de posición extinguidas, dejando que los parabrisas se empañaran lentamente. Otros daban vueltas lentas, circulares, un cortejo de metal antes de decidir dónde parar. También había quienes aparecían a pie, saliendo de los caminos de grava cercanos o de las orillas del río, como si vinieran de ninguna parte, sombras recortadas contra los esqueletos de las naves industriales.

Y él, cuando el tiempo y las excusas domésticas lo ponían a favor, hacía lo mismo que llevaba demasiado tiempo necesitando hacer. Aparcaba en la zona de sombra que proyectaba un remolque abandonado.

Se despojaba de todo.

No era un gesto impulsivo ni desesperado, sino medido, pausado. Había en ello algo casi ritual, una liturgia pagana: apagar el contacto, quitarse el cinturón, desabrochar la camisa, deslizar los pantalones sobre el asiento de tela y dejar la ropa atrás, doblada en el asiento del copiloto. Abrir la puerta del coche y salir desnudo al asfalto aún tibio por el sol del día. Sentir el aire fresco de la tarde de la periferia en la piel, el contraste de la grava suelta bajo la planta de los pies, exponerse sin filtros ni disfraces en un lugar donde esa exposición tenía un sentido sagrado. No buscaba provocar tanto como ofrecerse; ponerse físicamente a disposición de ese lenguaje silencioso que allí todos, por el mero hecho de haber acudido, parecían entender a la perfección.

Caminaba despacio entre los camiones estacionados.

Notaba las miradas antes incluso de ver los ojos que las lanzaban. Algunas eran directas desde el interior de las cabinas de los camiones, otras esquivas tras los matorrales que crecían en las grietas del cemento, pero todas tenían algo en común: reconocían su presencia, tasaban la madurez de su cuerpo de cincuenta años y validaban su intención. Y él respondía con lo único que sabía hacer en ese contexto: permanecer quieto bajo el haz de una farola mortecina, mostrarse, aceptar el escrutinio.

No necesitaba palabras. En Ircio, hablar era romper el hechizo.

Su forma de estar, la postura de sus hombros, el sexo ya semierecto apuntando al frente, lo decía todo. Había en él una mezcla de necesidad acumulada y entrega absoluta que no encontraba espacio en ninguna otra parte de su vida estructurada. Allí, en cambio, esa entrega era más que suficiente.

A veces alguien se acercaba. Un conductor de ruta, un hombre robusto con camiseta de tirantes y olor a gasoil y fatiga, bajaba de la cabina en silencio. Sus manos, enormes y calientes por las horas de volante, atrapaban los brazos de él, empujándolo contra la chapa fría del remolque. El contacto de la espalda contra el metal helado y el pecho ajeno, velludo y sudoroso, presionando sus costados, le provocaba un escalofrío de puro placer. El hombre se arrodillaba sobre el asfalto. El roce de la lengua áspera, la succión húmeda y violenta rodeando su miembro, lo hacía gemir mirando al cielo estrellado sobre las naves. Después, el intercambio cambiaba de marcha: él se giraba, apoyaba las manos en la rueda gigante del camión y sentía la penetración cruda, sin preámbulos, el empuje rudo de la carne abriéndose paso en su madurez, un dolor ardiente que se transformaba enseguida en una liberación eléctrica. El hombre lo embestía con la urgencia del que tiene las horas contadas en el tacógrafo, agarrándole la cintura con los dedos clavados en sus caderas, hasta que ambos eyaculaban casi a la vez; el semen espeso salpicaba el neumático negro y el suelo de grava, brillando bajo la luz de la farola.

Otras veces, simplemente bastaba con la cercanía. Compartir ese mismo espacio cargado de intención con otro hombre de su edad, masturbándose mutuamente en la penumbra de un coche con las puertas abiertas, mirándose fijamente, midiendo las respiraciones agitadas hasta que los cuerpos se vaciaban sin haber cruzado una sola frase. El tiempo parecía diluirse entre idas y venidas, entre luces de coches que se encendían y apagaban a lo lejos, entre pasos rápidos sobre el asfalto.

No había nombres, ni historias, ni pasados que justificar. Solo momentos. Solo fluidos que el suelo industrial absorbía.

Cuando se marchaba, volvía a sentarse en su coche y se vestía con la misma calma, como si cada prenda —los calzoncillos, los calcetines, los mocasines, la camisa de cuadros— fuera una capa protectora que lo devolvía a la civilización, al personaje del marido ejemplar. El trayecto de vuelta por la carretera de Logroño siempre era silencioso, acompañado por el zumbido de los neumáticos y por una sensación difícil de definir: no era felicidad eufórica, pero tampoco el vacío de la culpa.

Era, más bien, la certeza física de haber encontrado un lugar donde su deseo, por contradictorio o sucio que pudiera parecerle a los de fuera, podía existir sin preguntas. Andar con la entrepierna pegajosa bajo el pantalón limpio mientras conducía de vuelta a casa era su secreto más preciado. Y eso, para él, era suficiente.

A las afueras de Miranda de Ebro, donde la carretera se abre paso entre naves de logística, terrenos de grava y parcelas sin construir, el paisaje cambia sin hacer ruido, perdiendo la estética urbana para volverse fronterizo.

El Polígono de Ircio es uno de esos lugares que durante el día parecen puramente funcionales: camiones entrando y saliendo de los muelles de carga, carretillas elevadoras, farolas apagadas bajo la luz implacable del sol, asfalto caliente y un silencio roto solo por el rugido de los motores diésel. Pero cuando cae la tarde, las empresas cierran sus persianas metálicas y el movimiento de mercancías se ralentiza, aparece otra lectura, una geografía oculta del mismo espacio.

Un aparcamiento abierto, alejado lo suficiente de las rutas principales y de las patrullas, queda entonces suspendido entre lo industrial y lo vacío, en una especie de limbo legal y moral. A un lado, el trazado de los árboles secos que delimitan la zona baldía. A otro, la silueta imponente de un transformador eléctrico que zumba suavemente, constante, un table

©Franizquiero

jueves, 14 de mayo de 2026

Un cauce oculto de deseo

 



Donde las reglas se disuelven

Relato corto escrito el día 27 de abril de 2026

Hay un sendero que sale desde Miranda de Ebro y sigue el curso del río, río arriba, hacia la zona de Cabriana. No está señalizado de ninguna forma especial; las administraciones no marcan los mapas del deseo. Pero quien lo conoce, quien lleva en el cuerpo una brújula calibrada por la necesidad de anonimato, sabe perfectamente lo que puede encontrar allí.

Yo empecé a ir por curiosidad. O eso me decía a mí mismo para salvar el orgullo. Al principio me engañaba asegurando que solo iba a caminar, a despejarme del ruido cotidiano y del peso de la rutina. Buscaba el sonido del agua, los árboles cerrándose sobre el camino como un techo verde, la sensación reconfortante de estar un poco apartado del mundo. Pero el autoengaño dura poco cuando la piel empieza a exigir su parte. Pronto me di cuenta de que aquel lugar tenía otra vida, una corriente subterránea que no se veía a simple vista pero que alteraba el magnetismo del aire.

Había miradas. Al cruzarme con otros hombres, el aire se volvía denso. Gente que aparentemente paseaba como cualquiera, vestidos con ropa deportiva o chaquetas corrientes, pero que sostenían los ojos un segundo más de lo normal, el tiempo exacto para lanzar una pregunta sin abrir la boca. Otros, más directos o tal vez más desahuciados de paciencia, se dejaban ver entre los troncos, quietos, sin disimulo, con una mano apoyada en la entrepierna, como si formaran parte del paisaje silvestre. Todo ocurría sin palabras. El lenguaje verbal allí era un estorbo, un peligro; se utilizaba en su lugar un dialecto de gestos sutiles, un parpadeo, un paso que se ralentiza. Un lenguaje propio que yo, sin saberlo, ya sabía hablar.

La primera vez que decidí dar el paso y adentrarme más allá del camino principal, dejando atrás la pista de tierra batida, sentí una mezcla rara de tensión eléctrica y curiosidad adictiva. El follaje, espeso y desordenado, lo cubría todo con una penumbra verdosa, y el sonido del río quedaba amortiguado, convertido en un zumbido blanco y constante. Allí dentro, el mundo cambiaba de frecuencias. El suelo ya no era plano; había raíces expuestas, barro seco y ramas que te arañaban los brazos si avanzabas deprisa.

Yo siempre he tenido claro algo que a veces ni yo mismo sé explicar bien en voz alta, porque el mundo civilizado exige definiciones cuadriculadas. No me interesan los hombres en el sentido que la gente suele entender. No busco una pareja, ni pasear de la mano, ni compartir una cena hablando del futuro. Mis días transcurren en otra dirección. Pero hay impulsos, magnetismos de la carne, atracciones concretas hacia la virilidad ajena, que no encajan en ninguna etiqueta fácil. Y en ese recodo de Cabriana, esa falta de etiquetas parecía no importar en absoluto. Al bosque le da igual cómo te definas fuera de él.

Nadie preguntaba. Nadie juzgaba. Tu historial médico, tu estado civil o tu orientación política se quedaban flotando en el puente de hierro. Solo había gestos, proximidad, decisiones anatómicas que se tomaban en el más absoluto silencio. A veces bastaba con quedarse quieto en un claro, con no apartarse cuando otra silueta recortaba la luz, con aceptar esa cercanía que iba creciendo poco a poco, palmo a palmo, hasta que el calor del otro cuerpo se volvía inevitable.

Recuerdo perfectamente la tarde en que todo dejó de ser una suposición. Me apoyé contra un chopo grueso, sintiendo la corteza rugosa y fría clavándose en la tela de mi camiseta, en la espalda. Tenía el pulso acelerado, retumbándome en los oídos, sin saber muy bien por qué. No era solo deseo puro; era también la embriaguez de saber que estaba cruzando un límite invisible, uno que fuera de allí, bajo las farolas de Miranda o en mi propio salón, no me habría permitido ni plantearme.

Entonces apareció él. No sé su nombre, nunca lo sabré. Era un hombre de espaldas anchas, manos grandes de las que trabajan con herramientas y unos ojos oscuros que me barrieron de arriba abajo. Se acercó despacio, midiendo mi inmovilidad. Mi silencio fue su invitación. Cuando estuvo a un palmo de distancia, el olor a tabaco, a sudor limpio y a intemperie me nubló la vista. Su mano, pesada y cálida, subió por mi muslo con una firmeza que me hizo contener el aliento. No hubo cortejo. Desabrochó mi pantalón con la soltura del que ha repetido ese gesto mil veces en la penumbra.

Sentir sus dedos rodeando mi miembro, que ya buscaba desesperadamente el aire libre, fue como una descarga. El contraste de su palma áspera contra mi piel sensible me arrancó un gemido que el río tragó de inmediato. Me giró sin miramientos, empujándome suavemente contra el tronco del árbol. Apoyé las palmas en la madera, sintiendo la humedad del musgo mientras él se bajaba los pantalones. Sentí la presión de su sexo duro, caliente y lubricado por el ansia, buscando la entrada. El empuje fue rudo, directo, un impacto de carne que me obligó a morder el labio para no gritar. Me penetró con un ritmo constante, metódico, buscando el fondo mientras sus manos me agarraban las caderas con tanta fuerza que supe que me dejarían marcas. En cada embestida, la culpa se desmoronaba; no había espacio para pensar, solo para recibir ese golpe de vida cruda, esa verdad física que la rutina me negaba. El placer se volvió una urgencia compartida, un jadeo rítmico que acompasaba el vaivén de las hojas sagitadas por el viento. Duró lo que tarda en consumirse un fósforo, hasta que lo sentí tensarse, vaciarse dentro de mí con una sacudida espasmódica y un suspiro hondo que pegó a mi cuello.

El tiempo dentro del bosque no funciona igual. Los minutos se estiran, se vuelven densos, casi masticables. Todo es más intenso y, a la vez, más secreto. Es una burbuja donde el pasado y el futuro se extinguen.

Cuando el hombre se vistió, me dedicó una última mirada —un pacto de caballeros del lodo— y desapareció entre las zarzas. Me limpié como pude con un pañuelo, me abroché la ropa sintiendo el cuerpo extrañamente ligero, extrañamente en paz. Al salir de nuevo al sendero principal, con el cauce abierto del río a la vista, todo volvía a parecer insultantemente normal. La gente caminando con sus perros, algún ciclista con casco de colores pasando a toda velocidad, el sol de la tarde filtrándose entre las copas de los árboles como si nada hubiera pasado. Como si la tierra no guardase el rastro de nuestros fluidos.

Andando entre la multitud dominguera, yo sabía que sí. Que ese lugar seguía ahí, latiendo a pocos metros de sus pasos inocentes, esperando a quien supiera mirar de la forma adecuada, a quien tuviera el coraje de apartar las ramas.

Hay una frontera invisible que no marcan los mapas del ayuntamiento, sino los pasos de quienes necesitan desaparecer para encontrarse. A las afueras de Miranda, el río Ebro no es solo una corriente de agua que arrastra sedimentos; es un testigo mudo que serpentea entre la maleza, custodiando un territorio soberano donde las leyes de la ciudad y las ficciones de la moral se disuelven por completo.

El camino hacia Cabriana parece, a plena luz del día, un sendero de recreo inocuo. Familias y paseantes lo recorren buscando el aire fresco y el olvido dominical. Pero el río tiene otra orilla, una que no se mide en metros de mapa topográfico, sino en intenciones y frecuencias cardíacas. Es esa franja de vegetación espesa, casi hostil, donde el sol apenas logra tocar el suelo y donde el sonido constante del cauce amortigua cualquier otro ruido del mundo exterior, creando un santuario sónico.

Allí, entre los chopos viejos y las zarzas tupidas, el paisaje deja de ser contemplativo para volverse puramente instintivo. Volvemos a ser animales que buscan el rastro del otro en el follaje.

No hay nombres, ni pasados, ni presentaciones que defender. El lenguaje se reduce a su esqueleto más hermoso: una mirada sostenida que quema, un cambio casi imperceptible en el ritmo de la marcha, una presencia que se detiene en el lugar preciso del cruce. Es un código escrito con tinta invisible en los márgenes del bosque, entendido perfectamente por aquellos que, como él, cargan con un apetito salvaje que la rutina urbana ha intentado, sin éxito, domesticar bajo el orden de las aceras.

Es un lugar de encuentros breves, espaldas sudorosas y sombras densas. Un espacio donde el cuerpo recupera su derecho legítimo a la urgencia, lejos de las etiquetas asfixiantes y de los juicios de quienes necesitan nombrarlo todo para no temerlo. El bosque no te pide el carné de identidad, no te pregunta quién eres ni a quién amas cuando regresas a la civilización; solo te ofrece su silencio cómplice mientras estás dentro, protegiendo tu verdad bajo su manto de hojas.

Porque hay impulsos que no pueden ser explicados por la razón, solo ejercidos por la carne. Y hay senderos que parecen perderse en la maleza pero que no conducen a ninguna parte, salvo, de manera inevitable, al centro más crudo y honesto de uno mismo.

©Franizquiero


La geografía del deseo


 

La geografía del deseo

Lo que ocurre cuando el cuerpo deja de pedir permiso

Escrito el 11 de mayo de 2026

El Ebro, a su paso por Miranda, dibuja una curva suave que abraza la zona de Cabriana. No es un lugar de paso, es un destino. Allí, donde los chopos se alzan como columnas de una catedral natural y el sotobosque crece espeso, desordenado y húmedo, la vida sigue un ritmo distinto, ajeno al asfalto de la ciudad. Para Florencio, a sus 65 años, Cabriana es su geografía del deseo, un mapa trazado no con tinta, sino con memoria, saliva y repetición.

Llega en la quietud de la mañana, cuando el rocío aún humedece la tierra y el sol empieza a calentar el aire, levantando un vapor leve que huele a fango y a hoja podrida. Camina con paso firme, sin la duda de quien se esconde o pide perdón por existir. El calzado cruje sobre la hojarasca seca del invierno anterior, un sonido familiar que compasa sus latidos. Viste ropa cómoda, la justa para el trayecto, fácil de abandonar después; prendas gastadas de algodón y lino que ya no pretenden decir nada a nadie. Su destino no es un banco al sol, sino un recodo concreto entre la vegetación, donde el follaje abre un claro imperfecto, casi secreto, protegido por la sombra vieja y baja de un sauce llorón y varias zarzas altas.

La sobriedad, conquistada tras años de excesos, noches perdidas y silencios impuestos, le ha dado una lucidez seca. Ya no hay niebla en su cabeza. Atrás quedaron las saunas asfixiantes, los locales clandestinos de luces rojas, las culpas masticadas en la penumbra de los portales y las huidas antes del amanecer para no dar explicaciones. Solo queda una claridad directa sobre lo que busca: contacto. Sin relato, sin continuidad, sin promesas. La verdad inmediata del cuerpo, el choque de la piel sin más construcción alrededor. Una geometría simple y rotunda de carne contra carne.

Se acomoda en su rincón, un colchón natural de tierra pisada y musgo seco. El primer gesto es siempre el mismo: desnudarse. No hay teatralidad, pero sí un orden aprendido, casi litúrgico. Se desabrocha la camisa con calma, se desata las zapatillas, desliza los pantalones y el calzoncillo hacia abajo, como quien se despoja de una armadura que ya no necesita. Su cuerpo, marcado por el tiempo, por el vello canoso que ralea en el pecho, las arrugas del vientre y la flacidez noble de los años, queda expuesto enteramente al aire del río. Está disponible. La piel recibe la caricia fría de la brisa ribereña con un escalofrío que le eriza los vellos y le pone los pezones duros, devolviéndolo al presente absoluto. Se sienta con las piernas abiertas, dejando que el sexo, aún dormido pero pesado, descanse entre sus muslos.

El riesgo de ser visto está siempre ahí. Un ruido entre los arbustos, un paso lejano, una voz fuera de lugar, el ladrar amortiguado de un perro en la otra orilla. No lo vive como miedo —el miedo es un lujo juvenil, una neurosis que ya dejó atrás—, sino como una tensión eléctrica que afina todos sus sentidos. El oído se agudiza, la vista filtra los destellos del sol entre las hojas, el ano se contrae levemente ante la expectación. Esa posibilidad de interrupción mantiene el pulso del lugar; es el peaje necesario para habitar el instante.

Cabriana responde rápido. Su presencia no es discreta; un hombre maduro, completamente desnudo y en calma, destaca en la penumbra verde como una aparición. No hay ocultamiento posible en lo que hace; se toca con parsimonia, rodeando su miembro con la palma de la mano, estimulándose sin prisa, esperando. Y la espera rara vez dura demasiado. El monte tiene sus propios códigos de navegación y sus propios náufragos.

El primer movimiento entre la vegetación cambia la densidad del aire. El crujido de una rama seca, el roce inconfundible de una chaqueta de nailon. Una presencia se materializa a unos metros. Es un hombre más joven, de unos cuarenta años, con pantalones cortos y ropa de faena. Se detiene. Mira fijamente el cuerpo desnudo de Florencio, sus ojos bajan directamente hacia su sexo, que empieza a ganar grosor y a levantarse con una rigidez pesada. No hacen falta palabras; en este territorio, la palabra es un estorbo que a menudo arruina la verdad. Se reconocen en lo mínimo —la fijeza de la pupila, la respiración que se acelera— y el resto se reduce a lo esencial.

El hombre se acerca, arrodillándose en la tierra húmeda sin importarle mancharse. Sus manos, ásperas y calientes, buscan los muslos de Florencio, subiendo hasta agarrar sus nalgas con fuerza, apretando la carne madura. Florencio echa la cabeza hacia atrás, apoyándola en el tronco del chopo, mientras la boca del otro envuelve su miembro. Siente la saliva caliente, la presión rítmica de los labios y los dientes rozando el bálano, un placer directo que lo hace jadear. Florencio asume su papel sin esfuerzo. Se ofrece sin ceremonia, con una naturalidad que no es entusiasmo ni resignación, sino hábito, una artesanía de la carne perfeccionada con las décadas. Disfruta de la fricción, del intercambio físico en su forma más cruda. Agarra el pelo del hombre, guiando el vaivén, sintiendo el olor a sudor de piel trabajada y el perfume barato que emana de su cuello. El hombre se desabrocha el pantalón, liberando una erección dura y húmeda de líquido preseminal. Florencio se gira, apoya las manos en la raíz del árbol y se ofrece. Siente la penetración viva, el empuje rudo y seco al principio, que luego se ablanda con la propia saliva que Florencio se aplica en los dedos para facilitar el roce. El dolor leve del inicio se transforma pronto en un calor profundo que le llena las entrañas. No busca continuidad ni consecuencia. No quiere saber el nombre del otro, ni a qué se dedica, ni a quién miente cuando vuelve a casa. Solo el instante. El cruce efímero de dos soledades que se anulan mutuamente en cada embestida, hasta que el hombre se corre dentro de él con un gemido sordo, ahogado contra su espalda, y se retira dejando un rastro espeso que gotea por el muslo de Florencio.

El hombre se limpia de prisa, se sube los pantalones y se marcha sin mirar atrás, tragado de nuevo por las hojas.

El día avanza así, en secuencias breves. Uno tras otro. Cada encuentro distinto en matiz —unas manos torpes, una boca urgente, el roce de otro hombre de su propia edad con el que apenas intercambia unos toques mutuos, pajas lentas mirándose a los ojos hasta escupir el semen sobre la tierra—, pero similar en estructura. Llegan, se consumen, se van. El cuerpo de Florencio funciona como punto de paso, no de permanencia; una roca firme en mitad de la corriente. Entre uno y otro encuentro, permanece en el mismo lugar, apenas limpiándose los restos de fluidos con un pañuelo de tela, dejando que el semen ajeno y propio se seque sobre su piel bajo el sol, que pinta sombras cambiantes sobre su vientre y sus piernas.

A veces, un sonido cualquiera lo obliga a detenerse un segundo más de lo necesario. Una piragua que corta el agua con un chapoteo rítmico, una voz lejana de alerta de unos paseantes. No cambia lo que hace, pero introduce una pequeña tensión que lo atraviesa todo, congelando el movimiento como en una fotografía expuesta al revés. Ese margen entre lo visible y lo posible, entre la transgresión y la intemperie, es parte del lugar tanto como el cauce del río.

Cuando el sol se eleva del todo y la luz se vuelve más dura, vertical y desprovista de misterio, decide que es suficiente. No hay cierre, solo una pausa. Permanece unos minutos más, solo, sentado sobre la raíz expuesta del chopo, sintiendo el olor del Ebro mezclado con el rastro salado de los cuerpos en su piel. Su propio sexo, ahora relajado y pegajoso, descansa de nuevo. No hay celebración ni desgaste visible en su rostro. Solo una especie de quietud posterior, una laxitud limpia y zoológica.

Se viste con la misma calma con la que se desnudó. Cada prenda —los calzoncillos que absorben los últimos restos de la mañana, el pantalón de lino, la camisa— vuelve a colocarlo en otro registro, a devolverle el personaje que la ciudad le exige para circular por ella. El mundo cotidiano se reanuda sin transición, pero la tela se siente áspera e intensa sobre la piel recién estimulada.

El camino de vuelta a Miranda es lento, sin prisa. Cruza de nuevo el puente, dejando atrás el Ebro y, con él, la zona de sombra donde el tiempo parecía funcionar de otra manera, suspendido en un bucle eterno de carne y follaje. El asfalto se acerca poco a poco, los coches, el rumor del tráfico diario, las fachadas de los edificios. La ciudad lo recibe sin ruptura, como si nunca se hubiera ido.

No piensa en lo ocurrido como una suma ni como una pérdida. Tampoco como una victoria contra la moral o el paso del tiempo. Es más simple y menos definible que eso. Es, en sencillas palabras, la vida abriéndose paso por los márgenes del mapa, el cuerpo afirmando su derecho al goce antes de convertirse en polvo.

A veces, al caminar por la calle Estación, tiene la sensación de que nada de lo que pasa allí encaja del todo cuando se intenta nombrar después. Como si el lenguaje civilizado fuera demasiado estrecho, demasiado limpio, para contener la anchura y la suciedad hermosa de lo que ocurre bajo los chopos. Como si la claridad que encuentra en Cabriana no sobreviviera bien fuera de ella, marchitándose como una planta de río al sacarla del agua.

Sigue andando.

El río continúa su curso detrás de él, indiferente, arrastrando ramas secas, lodo y fluidos hacia el mar, como si no hubiera sido escenario de nada.

El río no cambia cuando uno se va.

Sigue su curso como si nada hubiera ocurrido en sus orillas, como si la mañana no hubiera tenido otra densidad distinta bajo los chopos, como si los cuerpos no dejaran nunca huella en el paisaje. El agua borra los rastros en el barro, la corriente se lleva la saliva y el semen disueltos, y el viento endereza las ramas que las espaldas doblaron.

Florencio, en cambio, sí cambia de estado. No de forma visible, ni de una manera que pueda explicarse fácilmente en la barra de un bar o en una conversación de sobremesa. Es algo más leve y más persistente: una especie de desplazamiento interno, como si una parte de su anatomía se hubiera quedado allí, anclada a la orilla húmeda, sin necesidad de volver jamás.

En Miranda, las cosas recuperan su orden habitual. Entra en el supermercado, saluda al vecino en el portal, paga el pan con monedas exactas. Las calles, los gestos, los sonidos conocidos. Todo encaja en su lugar con una facilidad que contrasta con el olor a sexo que aún emana discretamente de su entrepierna bajo la ropa limpia, aunque él no intenta unir ambas versiones del día. No busca puentes entre el hombre que se arrodilla en la tierra para follar y el hombre que lee el periódico en la cafetería.

No hay conflicto entre ellas. Solo distancia. Una saludable, necesaria y geométrica distancia.

A veces, sin embargo, mientras realiza cualquier acción cotidiana —comprar, caminar, mirar por la ventana hacia los tejados grises de la ciudad— aparece durante un segundo la misma sensación: no un recuerdo concreto, no una cara ni un miembro específico, sino una especie de borde. Un límite difuso en la piel. Algo que no termina de definirse pero que tampoco desaparece del todo, como el latido sordo de un músculo que ha trabajado bien.

No lo interpreta. No lo necesita. A su edad, interpretar es una pérdida de tiempo.

Cabriana sigue existiendo en su margen, en ese punto exacto del mapa donde el tiempo no se comporta igual y donde las decisiones parecen más simples de lo que son fuera de allí. No como refugio idílico, ni como respuesta a ninguna soledad, sino como un lugar que ocurre cuando todo lo demás se detiene. Un espacio soberano de carne viva.

Y al día siguiente, cuando el Ebro vuelve a amanecer entre la niebla baja, sin testigos, nada impide que el mismo gesto pueda repetirse. Ni tampoco lo obliga.

©Franizquiero



Geometría del Asfalto


 

Geometría del asfalto

Lo que ocurre cuando nadie debería mirar

El horizonte de Ircio no tiene concesiones. Aquí, las líneas son rectas, duras y de hormigón. Los pabellones industriales se levantan como cajas mudas bajo un cielo que parece agrandar el vacío del polígono. No es un lugar de contemplación, sino de tránsito, de logística y motores. Pero en un rincón apartado, en un parking detenido entre turnos, Ricardo encuentra una libertad distinta: más seca, más expuesta, completamente urbana.

Llega cuando el sol ya rebota sobre el asfalto gris, devolviendo un calor sin sombra. No hay refugio posible. Aparca y se queda unos segundos dentro del coche, como si el propio silencio exterior marcara un umbral. El volante está caliente bajo sus manos. A través del parabrisas, las naves industriales se dibujan con una precisión arquitectónica que excluye cualquier ornamento. No hay árboles. No hay bancos. Solo contenedores, líneas de parking pintadas con spray blanco desvaído, y el zumbido lejano de una nave que aún no ha cerrado.

A sus 48 años, desnudarse aquí tiene una carga que no necesita ser explicada. Al hacerlo, rompe la lógica del polígono. En un espacio pensado para el orden y la producción, impone otra cosa: el cuerpo. No hay gesto teatral, pero sí una decisión clara. La piel contra el hormigón, el contraste sin intermediarios. Se quita la camiseta primero, lenta, como quien deshace un nudo que no existe. El aire caliente del asfalto lo envuelve inmediatamente. No es una brisa; es una manta seca, casi abrasadora.

La sobriedad le ha dado una mirada limpia, sin interferencias. No hay culpa, pero tampoco relato. Solo la constatación de estar ahí, en un lugar que no espera nada de él. Ricardo lleva tres años sin beber. Antes, los encuentros de este tipo ocurrían en bares, en oscuridad, con el alcohol como intermediario y excusa. Ahora la claridad es total. El sol lo ilumina todo: las cicatrices en su espalda, el vello grisáceo de su pecho, la barriga contenida que la edad va modelando sin permiso. No se oculta. No hay cortinas, no hay penumbra, no hay espejos distorsionados de cuartos de baño. Solo luz y asfalto.

El riesgo es directo. No hay escondite. A lo lejos, el polígono sigue funcionando: pasos, puertas metálicas, motores que arrancan o se apagan. Cualquier movimiento puede cruzar su escena. Esa posibilidad lo atraviesa todo. No lo bloquea: lo activa. Se siente desnudo no solo de ropa, sino de contexto. Sin historia, sin explicación posible. Si alguien apareciera, no habría narrativa que salvara el momento. Solo un hombre de cuarenta y ocho años, desnudo, en un parking industrial. Y eso, precisamente, es lo que lo libera: la ausencia total de justificación.

No tarda en aparecer la otra presencia. Primero es un sonido: el crujido de neumáticos sobre el asfalto caliente, un coche que reduce la velocidad, que duda. Luego la figura. Un hombre más joven, quizás treinta y cinco, quizás cuarenta. Ropa de trabajo: pantalón cargo, botas resistentes, camiseta oscura con el logo de alguna empresa de fontanería o electricidad borrado por los lavados. El encuentro ocurre sin preparación. No hay palabras, solo reconocimiento rápido de lo necesario. Se miran. El otro apaga el motor. El silencio que sigue es más denso que el anterior.

Ricardo no lo interpreta. Se ofrece. Se gira, apoya las manos contra el cálido metal de su coche, y espera. El suelo, el coche, el aire caliente del asfalto sostienen el resto. El contacto es directo, sin transición. No hay relato en lo que ocurre, solo la secuencia física de dos cuerpos en un espacio que no los contempla. El otro no se desviste por completo. Solo lo justo. Una eficiencia obrera aplicada al sexo: bajar la cremallera, escupir en la mano, penetrar. No hay besos, no hay caricias preliminares, no hay nombres. La geometría del polígono se reproduce en el acto: ángulos rectos, movimientos funcionales, un ritmo mecánico que encuentra su propia urgencia.

Ricardo siente el metal del coche calentándose bajo sus palmas. El asfalto le quema ligeramente las plantas de los pies descalzos. El sudor le corre por la espalda en gotas que tardan en evaporarse. El otro hombre respira con un peso diferente, un jadeo seco que no llega a ser gemido. Es un sonido contenido, acústica industrial. El cuerpo del otro golpea contra el suyo con una regularidad que parece obedecer a algún temporizador interno. Uno, dos, uno, dos. Las botas del hombre sobre el asfalto marcan el compás. Ricardo arquea la espalda, no para facilitar la entrada, sino para sentir más: más calor, más fricción, más de esa evidencia brutal que el polígono exige.

En algún momento, un ruido cercano —una puerta de nave que se alza con estruendo metálico, un vehículo de reparto que gira en la rotonda próxima— corta la continuidad del gesto. Esa irrupción del exterior no detiene nada, pero lo vuelve más agudo. Todo se vuelve más consciente. El otro se detiene un instante, sin salir de Ricardo, ambos congelados en esa postura de animal sorprendido. El sonido pasa. El vehículo continúa. La puerta se cierra con un golpe sordo. Entonces reanudan, pero algo ha cambiado: la urgencia es mayor, el ritmo se desborda, como si el miedo a ser descubiertos hubiera destilado la esencia del acto a su mínima expresión química.

El orgasmo del otro llega con un sonido apagado, un ahogamiento gutural que Ricardo siente más que oye, vibrando contra su espalda. Las manos del hombre se clavan con fuerza en sus caderas, dejando marcas que no verá hasta horas después, frente al espejo del baño de su casa. El semen cae sobre el asfalto caliente, donde se secará en minutos sin dejar rastro apreciable. El otro se queda inmóvil unos segundos, aún dentro de él, respirando con la boca abierta contra la piel de Ricardo. Luego se retira con la misma eficiencia con la que llegó: se ajusta la ropa, sube la cremallera, no dice nada.

Cuando termina, Ricardo no se apresura. Permanece un instante sin cubrirse, dejando que el aire seco del polígono enfríe la piel. No hay celebración ni caída. Solo pausa. Se endereza lentamente, siente el vacío, el dolor leve y familiar, la humedad que resbala por su muslo interno. El otro hombre ya está en su coche. Arranca. No se miran. No hay despedida que tenga sentido. El coche se aleja con un chirriar de neumáticos sobre el asfalto polvoriento, gira hacia la salida del polígono, y desaparece.

Ricardo permanece solo en el parking. El sol ha descendido un poco. Las sombras de las naves se alargan hacia el este, rectas como reglas. Se viste con la misma calma con la que llegó. Cada prenda devuelve el orden exterior sin borrar del todo lo anterior. La camiseta absorbe el sudor de su espalda. Los zapatos le protegen de nuevo del calor del suelo. Se sienta en el capó del coche y enciende un cigarrillo. No fuma habitualmente, pero lleva un paquete en la guantera para estos momentos. El humo se eleva recto hacia arriba, sin viento que lo desvíe. Lo observa disiparse.

Al salir de Ircio, el polígono vuelve a ser lo que es para cualquiera: estructuras, tráfico, rutina industrial. Nada cambia. Nada debería cambiar. Conduce por la carretera de acceso, pasa junto a la gasolinera automática, el concesionario de vehículos industriales, el cartel que anuncia Miranda de Ebro a tres kilómetros. Todo adquiere una normalidad perfecta, casi sospechosa.

Pero en el trayecto de vuelta, hay algo que no encaja del todo en la normalidad inmediata. No es un pensamiento concreto. Es más bien una persistencia leve, difícil de nombrar, que no desaparece con la velocidad del coche ni con el ruido de la carretera. Una sensación de que, en algún lugar, su cuerpo sigue desnudo. De que sus manos aún sienten el metal caliente. De que el polígono, de alguna manera que no comprende, ahora lo contiene a él, aunque él haya dejado de contenerlo.

El asfalto queda atrás.

Y, sin embargo, durante un rato, sigue ahí.

El polígono de Ircio no guarda memoria.

Si alguien volviera al mismo parking a la misma hora, no encontraría nada que lo diferenciara del resto de días: el mismo asfalto, la misma luz dura, el mismo orden silencioso de naves industriales funcionando a su ritmo. Quizás una colilla reciente en el suelo, pero las colillas son moneda corriente en cualquier lugar de trabajo. Quizás una mancha oscura que podría ser aceite, o sudor, o semen, pero que el sol y el polvo habrán borrado antes del atardecer.

Ricardo lo sabe.

Por eso no piensa en lo ocurrido como algo que permanezca en el lugar, sino como algo que ocurre y desaparece al mismo tiempo. No deja marcas visibles. Ni en el suelo, ni en el aire. Solo una continuidad que nadie más percibe. Es un acto de fe invertida: cree en lo que no tiene prueba, no porque sea sagrado, sino porque es inadmisible. Si no hay evidencia, no ha sucedido. Si no ha sucedido, no puede ser juzgado. Y sin embargo, ha sucedido. Su cuerpo lo sabe con una certeza que no requiere testigos.

En la rutina de los días siguientes, el gesto de volver a la normalidad no requiere esfuerzo. Es automático. El cuerpo se adapta con rapidez a los espacios que lo rodean: calles, interiores, voces conocidas. Va al supermercado. Paga facturas. Sostiene conversaciones sobre el tiempo, sobre el tráfico, sobre la subida del precio de la luz. Su rostro no delata nada. Ha tenido años de práctica. La sobriedad no solo le limpió la mirada; le enseñó a guardarla.

Pero hay momentos —pequeños, casi insignificantes— en los que la imagen del polígono aparece sin llamada previa. Está en la cola del banco, firmando un papel, y de repente siente el calor del asfalto en sus pies descalzos. Conduce por la rotonda de la estación y, por un instante, el asfalto negro y reluciente se superpone al asfalto gris y polvoriento de Ircio. No como recuerdo nítido, sino como una superposición breve: el asfalto encima de otro asfalto, el ruido real mezclado con uno que ya no está.

A veces ocurre en el trabajo. Ricardo es técnico de mantenimiento en una empresa de ascensores. Pasa las maquinitas de diagnóstico, revisa cables, ajusta poleas. En el hueco del ascensor, con la oscuridad vertical a su espalda, recuerda la oscuridad diferente del polígono: no la ausencia de luz, sino una claridad tan intensa que quema. La oscuridad de Ircio es luminosa, cegadora. La oscuridad del hueco del ascensor es solo oscuridad. La diferencia lo distrae un segundo. Luego sigue trabajando.

No lo analiza.

No lo necesita.

Sigue con su día.

Y aun así, hay algo que no termina de quedarse en su sitio del todo, como si una parte mínima del tiempo se hubiera quedado suspendida en Ircio, repitiéndose sin necesidad de volver. No es melancolía. No es deseo de repetición. Es más bien una fisura en la continuidad, una rendija por donde se cuela algo que no tiene nombre. Una certeza de que, en algún punto del mapa, existe una versión de él mismo que sigue desnudo, que sigue con las manos sobre el capó caliente, que sigue esperando sin saber qué espera.

Una semana después, vuelve a pasar cerca de Ircio. No entra. No tiene intención de entrar. Pero la carretera de circunvalación ofrece una vista lateral del polígono: las naves alineadas, los contenedores apilados, el cartel de una empresa de transportes que lleva años desconectado. Desde la distancia, a sesenta kilómetros por hora, todo parece más pequeño, más inofensivo. Se pregunta si el otro hombre volverá alguna vez. Se pregunta si volverá él. No llega a formular la pregunta como tal; es más bien un peso en el pie derecho sobre el acelerador, una ligera presión que mantiene la velocidad constante.

No sabe el nombre del otro. No sabe a qué nave trabajaba, si es que trabajaba allí. No sabe si la ropa que llevaba era suya o de empresa. No sabe si tiene familia, perro, deudas, pesadillas. No sabe nada, y esa ignorancia no le produce angustia ni alivio. Es simplemente el dato correcto. El polígono funciona así: anónimo, funcional, sin residuos biográficos.

Pero esa noche, al lavarse los dientes, se mira al espejo más tiempo de lo habitual. Los cuarenta y ocho años se han instalado en su rostro con naturalidad, sin dramatismo. No es un rostro triste ni alegre. Es un rostro que ha decidido no pedir permiso. Y en esa decisión, quizás, reside lo que lo lleva a Ircio. No el hambre, no la soledad, no la compulsión. Algo más simple y más difícil: la necesidad de ser visto sin ser reconocido, de ser tocado sin ser nombrado, de existir en el intersticio entre dos momentos de una vida que, en el fondo, nunca le ha prometido nada.

Se acuesta temprano. Apaga la luz. El techo de su habitación es blanco, liso, sin grietas. Fuera, en la calle, pasa un coche con la música alta. Luego silencio. Cierra los ojos.

Y por un instante, antes de dormirse, está otra vez en el parking. El sol cae de lleno sobre su espalda desnuda. El asfalto respira calor. Alguien se acerca. No hay miedo. No hay prisa. Solo la geometría perfecta de dos cuerpos que, por unos minutos, deciden no seguir las líneas trazadas.

Luego duerme.

Y el polígono sigue ahí, inmóvil, indiferente, iluminado por un sol que no distingue entre lo que ocurre a la luz y lo que permanece oculto en la mirada de quien sabe mirar sin ser visto.

@Franizquiero