viernes, 15 de mayo de 2026

Entre dos vidas


 

 Entre dos vidas

El deseo encontrado en la sombra de la rutina

Relato corto escrito el día 27 de abril de 2026

A sus cincuenta años, había aprendido a moverse en silencio entre dos vidas. Había perfeccionado el arte de la compartimentación, estirando los días para que ambas realidades coexistieran sin llegar a rozarse nunca.

En una vida estaba su casa, su mujer, las rutinas domésticas que se repetían sin sobresaltos como el mecanismo bien engrasado de un reloj viejo. Hacía tiempo que el deseo había desaparecido de ahí, sustituido por una convivencia tranquila, casi automática; un pacto de caballeros basado en la amabilidad y las cenas compartidas frente al televisor. No había conflictos, no había reproches, pero tampoco contacto. Los cuerpos habían dejado de buscarse hacía años. Como si esa parte de su anatomía simplemente se hubiera apagado sin hacer ruido, quedando sepultada bajo los recibos, las compras del supermercado y el silencio del pasillo.

En la otra vida estaba ese lugar.

El aparcamiento abierto, a las afueras del Polígono de Ircio, no tenía nada de especial a primera vista. Era un no-lugar, un espacio residual de asfalto cuarteado, algunas farolas de luz anaranjada y parpadeante, y camiones de gran tonelaje estacionados a cierta distancia, descansando de las rutas internacionales. Pero cuando caía la tarde, el sol se hundía tras los montes y la luz empezaba a suavizarse, el espacio cambiaba de naturaleza. Cambiaba de dueños.

Los coches llegaban poco a poco, ralentizando la marcha al girar en la rotonda de acceso. Algunos se quedaban en las esquinas más oscuras, con el motor apagado y las luces de posición extinguidas, dejando que los parabrisas se empañaran lentamente. Otros daban vueltas lentas, circulares, un cortejo de metal antes de decidir dónde parar. También había quienes aparecían a pie, saliendo de los caminos de grava cercanos o de las orillas del río, como si vinieran de ninguna parte, sombras recortadas contra los esqueletos de las naves industriales.

Y él, cuando el tiempo y las excusas domésticas lo ponían a favor, hacía lo mismo que llevaba demasiado tiempo necesitando hacer. Aparcaba en la zona de sombra que proyectaba un remolque abandonado.

Se despojaba de todo.

No era un gesto impulsivo ni desesperado, sino medido, pausado. Había en ello algo casi ritual, una liturgia pagana: apagar el contacto, quitarse el cinturón, desabrochar la camisa, deslizar los pantalones sobre el asiento de tela y dejar la ropa atrás, doblada en el asiento del copiloto. Abrir la puerta del coche y salir desnudo al asfalto aún tibio por el sol del día. Sentir el aire fresco de la tarde de la periferia en la piel, el contraste de la grava suelta bajo la planta de los pies, exponerse sin filtros ni disfraces en un lugar donde esa exposición tenía un sentido sagrado. No buscaba provocar tanto como ofrecerse; ponerse físicamente a disposición de ese lenguaje silencioso que allí todos, por el mero hecho de haber acudido, parecían entender a la perfección.

Caminaba despacio entre los camiones estacionados.

Notaba las miradas antes incluso de ver los ojos que las lanzaban. Algunas eran directas desde el interior de las cabinas de los camiones, otras esquivas tras los matorrales que crecían en las grietas del cemento, pero todas tenían algo en común: reconocían su presencia, tasaban la madurez de su cuerpo de cincuenta años y validaban su intención. Y él respondía con lo único que sabía hacer en ese contexto: permanecer quieto bajo el haz de una farola mortecina, mostrarse, aceptar el escrutinio.

No necesitaba palabras. En Ircio, hablar era romper el hechizo.

Su forma de estar, la postura de sus hombros, el sexo ya semierecto apuntando al frente, lo decía todo. Había en él una mezcla de necesidad acumulada y entrega absoluta que no encontraba espacio en ninguna otra parte de su vida estructurada. Allí, en cambio, esa entrega era más que suficiente.

A veces alguien se acercaba. Un conductor de ruta, un hombre robusto con camiseta de tirantes y olor a gasoil y fatiga, bajaba de la cabina en silencio. Sus manos, enormes y calientes por las horas de volante, atrapaban los brazos de él, empujándolo contra la chapa fría del remolque. El contacto de la espalda contra el metal helado y el pecho ajeno, velludo y sudoroso, presionando sus costados, le provocaba un escalofrío de puro placer. El hombre se arrodillaba sobre el asfalto. El roce de la lengua áspera, la succión húmeda y violenta rodeando su miembro, lo hacía gemir mirando al cielo estrellado sobre las naves. Después, el intercambio cambiaba de marcha: él se giraba, apoyaba las manos en la rueda gigante del camión y sentía la penetración cruda, sin preámbulos, el empuje rudo de la carne abriéndose paso en su madurez, un dolor ardiente que se transformaba enseguida en una liberación eléctrica. El hombre lo embestía con la urgencia del que tiene las horas contadas en el tacógrafo, agarrándole la cintura con los dedos clavados en sus caderas, hasta que ambos eyaculaban casi a la vez; el semen espeso salpicaba el neumático negro y el suelo de grava, brillando bajo la luz de la farola.

Otras veces, simplemente bastaba con la cercanía. Compartir ese mismo espacio cargado de intención con otro hombre de su edad, masturbándose mutuamente en la penumbra de un coche con las puertas abiertas, mirándose fijamente, midiendo las respiraciones agitadas hasta que los cuerpos se vaciaban sin haber cruzado una sola frase. El tiempo parecía diluirse entre idas y venidas, entre luces de coches que se encendían y apagaban a lo lejos, entre pasos rápidos sobre el asfalto.

No había nombres, ni historias, ni pasados que justificar. Solo momentos. Solo fluidos que el suelo industrial absorbía.

Cuando se marchaba, volvía a sentarse en su coche y se vestía con la misma calma, como si cada prenda —los calzoncillos, los calcetines, los mocasines, la camisa de cuadros— fuera una capa protectora que lo devolvía a la civilización, al personaje del marido ejemplar. El trayecto de vuelta por la carretera de Logroño siempre era silencioso, acompañado por el zumbido de los neumáticos y por una sensación difícil de definir: no era felicidad eufórica, pero tampoco el vacío de la culpa.

Era, más bien, la certeza física de haber encontrado un lugar donde su deseo, por contradictorio o sucio que pudiera parecerle a los de fuera, podía existir sin preguntas. Andar con la entrepierna pegajosa bajo el pantalón limpio mientras conducía de vuelta a casa era su secreto más preciado. Y eso, para él, era suficiente.

A las afueras de Miranda de Ebro, donde la carretera se abre paso entre naves de logística, terrenos de grava y parcelas sin construir, el paisaje cambia sin hacer ruido, perdiendo la estética urbana para volverse fronterizo.

El Polígono de Ircio es uno de esos lugares que durante el día parecen puramente funcionales: camiones entrando y saliendo de los muelles de carga, carretillas elevadoras, farolas apagadas bajo la luz implacable del sol, asfalto caliente y un silencio roto solo por el rugido de los motores diésel. Pero cuando cae la tarde, las empresas cierran sus persianas metálicas y el movimiento de mercancías se ralentiza, aparece otra lectura, una geografía oculta del mismo espacio.

Un aparcamiento abierto, alejado lo suficiente de las rutas principales y de las patrullas, queda entonces suspendido entre lo industrial y lo vacío, en una especie de limbo legal y moral. A un lado, el trazado de los árboles secos que delimitan la zona baldía. A otro, la silueta imponente de un transformador eléctrico que zumba suavemente, constante, un table

©Franizquiero

1 comentario:

  1. Relato contemporáneo de carácter introspectivo y psicológico, que combina el realismo social con una prosa sobria y atmosférica para explorar la dualidad entre la vida cotidiana y los espacios ocultos del deseo. A través de una narrativa contenida y profundamente observacional, el texto construye un retrato de la madurez emocional marcada por la rutina, el silencio afectivo y la búsqueda de formas alternativas de conexión y reconocimiento fuera de los marcos convencionales. La obra aborda temas como la disociación entre identidad pública e intimidad privada, la necesidad de pertenencia, el anonimato compartido y la persistencia del deseo como fuerza que resiste al desgaste del tiempo y de las estructuras sociales establecidas. Asimismo, el relato convierte el entorno industrial y periférico del polígono en un símbolo liminal, un territorio suspendido entre lo visible y lo clandestino, donde los códigos sociales se diluyen y el individuo encuentra un espacio temporal de autenticidad, presencia y aceptación sin juicio.

    ResponderEliminar