—Cierra los ojos —le pidió. Al abrirlos, retiró la camiseta que ocultaba el tronco. Sobre la corteza había tallado un corazón atravesado por una flecha con la palabra LOVE y sus iniciales. Los ojos de Rocío se humedecieron y le dio un beso sonoro en la mejilla.
—¿Eso quiere decí que eres mi novia? —preguntó Antonio, nervioso.
—Pos claro, tonto.
Aquel verano, con su metro setenta y cinco y su carácter atento, Antonio dejó de ser el niño de las travesuras para convertirse en el centro de atención. Pero, en esencia, seguía siendo el mismo chaval de siempre.
Antonio se hallaba en mitad del patio, rodeado de chavales que escuchaban atónitos lo que le habían deparado las vacaciones estivales. Faltaba aún más de un cuarto de hora para que sonara el silbato y los alumnos entrasen a las aulas cuando Roberto avanzó hacia ellos dando rápidas zancadas. El muchacho, encontrándose todavía a más de diez metros del grupo, no tuvo paciencia y gritó con ironía:
—¡Qué!… ¿Ya os está contando sus aventuras, Tarzán?
—¡Oye, Roberto! ¿Qué te pasa con Antonio? Siempre estás en su contra —arguyó uno de los allí reunidos.
—Estoy seguro de que todo es fruto de su cabeza hueca… —afirmó Roberto, sin tener conocimiento alguno de lo que estaban hablando. Antonio le miró de soslayo.
—¿Acaso las tuyas son mejores? —preguntó con voz altiva y despreciativa.
—Estoy harto de sus mentiras. Y si tan listo es y sabe tanto, ¿cómo es que tiene que repetir curso? —añadió, buscando con la mirada la aprobación de los demás.
El grupo permaneció en silencio, expectante ante la reacción del ofendido.
—En cuanto a mis vacaciones, puedo decir que me lo he pasado muy bien. Este año hemos estado en Alicante —explicó Roberto sin que nadie le preguntara—. Esas playas sí que son interesantes y divertidas, no como las mugrientas orillas de un asqueroso río —remató con desprecio gratuito.
Al percibir el sonido enérgico, estridente y continuado del silbato, todos emprendieron una fugaz carrera, tal y como lo haría un alma que huye del diablo. Durante el recreo, Antonio continuó conversando con sus compañeros y amigos; Roberto, en cambio, vagaba solitario y meditabundo por el patio. Alguien le había informado de que Rocío y Antonio eran novios. «Será verdad, o será otra mentira de ese imbécil», caviló enfurecido mientras lanzaba patadas al aire. «Bueno, y si es verdad, peor para ella; total, no es más que otra idiota como él».
Por la tarde, al salir del colegio, Antonio se dirigió al barrio sin entretenerse. Tenía ganas de reencontrarse con sus amigos, pero, sobre todo, con su amor. Cuando la vio jugando a la rayuela con Lucía, corrió a su encuentro jadeante: —Hola, chicas. ¿Qué hacéis? —dijo con respiración agónica. Lucía, con la boca entreabierta, le dedicó una mirada de desaire: —¡¿No lo ves?! Él hizo como si no hubiera visto ni oído nada.
—Rocío, ¿te puedo preguntá una cosa? Ella asintió vehementemente, con las pupilas tan dilatadas como las de un búho real. —¡Venga!... Dímelo, ¿a qué esperas?
—¿Te puedo dá un beso cada vé que te vea, mi niña? —insinuó con voz queda y temblorosa.
—¡Claro que sí!, pa eso semos novios. Y no te dé tanta vergüenza, que ya lo sabe to el barrio.
Alentado por su actitud, Antonio propuso: —Si queréis, podéis vení al chiscón. Lucía giró la cabeza y arrugó el morro, tal y como lo haría un búho chico.
—¡¿Para qué quieres que vayamos allí?!
—Pos, pa enseñaros a ónde jugamos siempre los muchachos.
—¡Venga!, vamos a verlo —animó Rocío, sonriendo.
Al entrar, ambas se quedaron boquiabiertas al observar el estado de la barraca. Lucía escudriñó hasta el último rincón como un detective en busca de indicios.
—¿Quién os limpia el chiquero? —curioseó un rato después.
—Bueno, desde el verano han sío el Pedro y el Vicente, pero cuando estamos tos, lo limpiamos cada día uno: es la mejó manera de que nadie lo ensucie.
—¿Y pa entrá aquí hay que hacé algo? —preguntó Rocío. Antonio se creció ante la actitud de ambas.
—No, no... Además de que soy yo el que manda, a las chicas no hace falta. La "lechuza" se incomodó ante la arrogancia del «capitán».
—¡Venga!, menos cuento y ¡vámonos ya!, que aún tengo por hacer los deberes.
—¡Jo!... ¡Qué agonía eres, Lucí! —protestó Rocío. La aludida le lanzó una mirada fulminante, afilada como un cuchillo.
—Tú verás si te vienes o te quedas —instó enfáticamente mientras salía con desaire de la caseta.
Lucía era una muchacha de catorce años, espigada y desmejorada. Además de por su acritud, llamaba la atención por su pequeña cabeza encumbrada sobre un largo pescuezo; tenía ojos pequeños, mirada esquiva y una nariz larga y puntiaguda como el pico de un jilguero. Sus labios eran enjutos y su frente pequeña. La tez blanca contrastaba con un cabello que le caía parte sobre los ojos y parte alrededor de la cara, en endejas ásperas y negras que semejaban las crines de un jamelgo tordo. Era recelosa y arisca como un gato, acostumbrada a salirse siempre con la suya. Aunque solía mostrarse serena, con frecuencia sacaba a relucir su terquedad y arrogancia, tal vez por haberse criado entre seis hermanos varones, harta de ser el objeto de sus ironías. Tenía en común con casi todas las chicas del barrio el estar prendada de Antonio; el hecho de que él jamás se hubiera fijado en ella la desquiciaba con frecuencia.
Lucía y Rocío vivían en el portal contiguo al de Antonio, frente por frente, en la segunda altura. El exterior de las viviendas se repetía en todas las edificaciones, excepto en la primera hilera respecto a los muretes de contención, pues estas estaban a ras de tierra junto a la plazuela. Las fachadas encaladas, blancas como una perdiz nival, daban a dos calles con tres ventanas a cada una. El portal sobresalía un metro de la recta fachada y estaba protegido por una puerta de dos hojas con negros barrotes de hierro que recordaban a una cárcel. Para acceder a la primera altura había que remontar seis peldaños; el resto de tramos, de rellano a rellano, constaba de dieciséis escalones con una meseta intermedia. En total, cincuenta y cuatro inclinados y angostos escalones. Las escaleras eran tan estrechas que, al cruzarse dos personas, normalmente cedía el paso quien subía para permitir el tránsito del otro, maniobra que se realizaba en los rellanos o mesetas. Allí, de pared a pared, había una barandilla de un metro de altura, constituida por pletinas de cuatro centímetros y delgados barrotes negros separados cada quince centímetros. El pasamano recorría toda la escalera. Los peldaños apenas medían ochenta centímetros de largo, veinte de ancho y quince y medio de altura.
Entre el edificio y la calle, a unos cinco metros, discurría un largo y bajo muro de mampostería, finamente rejuntado con blanqueada argamasa. En paralelo a las viviendas, alineadas entre el muro y el bloque, crecían cinco acacias por cada dos portales, aportando sombra y frescura en verano. Junto al muro, cada veinticinco metros, se alzaba una hilera de postes de hormigón que distribuían el tendido eléctrico mediante cinco cables desnudos. Frente a los portales, una gruesa manguera negra llevaba la corriente a cada casa. En cada poste, una gran cazoleta de aluminio protegía una bombilla blanquecina que alumbraba tanto la calle como el hueco de las escaleras. Frente al portal, una oquedad en el muro contenía unas escaleras de granito azulado que permitían el acceso a la explanada del inmueble.
A partir de la medianoche, en el barrio solo se oía el ladrido ocasional de los perros que buscaban comida entre la basura para saciar sus desnutridos estómagos. Algunos estaban habituados a comer como las serpientes: una vez a la semana. En el silencio de la noche, se escuchaban las inacabables campanadas del vetusto convento junto al aullido lastimero de los canes que, asustados por el eco, huían con el rabo entre las patas como si los persiguiera la negra muerte.
Reunidos en la barraca un viernes al atardecer, Antonio se puso en pie frente a sus amigos: —Como ya sabéis, y sos dije l'otro día, mañana tenemos que madrugá pa ir al basural… ¡Que levanten la mano los que van a vení!
—Antonio, ¿a qué hora? —consultó Pedro con su voz de pito.
—El que no esté en la prazuela a las nueve y media se quedará en tierra, ¿queda claro?
—¡Síííí! —respondieron al unísono.
—¡Venga!... ¡Hasta mañana! —concluyó el capitán.

Este fragmento puede clasificarse como un relato costumbrista y de iniciación con fuerte carga social y emocional, integrado dentro de una novela testimonial de memoria obrera y generacional, ya que retrata con enorme detalle la vida cotidiana de los niños y adolescentes del barrio de La Data durante los años setenta, mostrando cómo la imaginación, la amistad y la necesidad transformaban la pobreza en aventura.
ResponderEliminarEl episodio refleja el tránsito de Antonio desde la infancia hacia una adolescencia marcada por el descubrimiento del afecto, el liderazgo y las primeras tensiones emocionales. La relación con Rocío introduce el despertar sentimental y amoroso, mientras que la presencia de Lucía incorpora el conflicto psicológico derivado de los celos, la frustración y la necesidad de reconocimiento. Todo ello dota al relato de una dimensión humana muy profunda, alejada de los estereotipos y construida desde la observación cotidiana.
La narración posee además un marcado componente costumbrista, porque reconstruye minuciosamente los espacios, hábitos y formas de convivencia del barrio obrero: las viviendas humildes, las acacias frente a los portales, la iluminación precaria, las barracas, los juegos colectivos, los vertederos improvisados, los perros callejeros y la vida comunitaria de una periferia extremeña aún marcada por las carencias materiales. La descripción del entorno convierte el barrio en un personaje más de la obra, vivo y reconocible.
También puede considerarse un relato de aprendizaje y aventura juvenil, pues Antonio ejerce de líder natural de la pandilla, organiza expediciones, inventa artefactos con materiales reciclados y transforma los espacios abandonados en territorios simbólicos de libertad. La barraca o “cuartel general” representa el refugio de la infancia, un lugar donde los niños crean sus propias normas y comienzan a construir identidad, jerarquías y vínculos afectivos.
El lenguaje popular, los diálogos dialectales y las expresiones coloquiales aportan autenticidad y valor etnográfico al texto. No se trata únicamente de narrar recuerdos, sino de preservar una forma de hablar, de convivir y de entender el mundo propia de una generación criada entre la escasez, la libertad de la calle y la solidaridad vecinal.