LO QUE EL AGUA NO OLVIDA
Aunque todo vuelva a su sitio
Escrito el 4 de mayo de 2026
El aire en la piscina climatizada era una bruma cálida que contrastaba con el frío seco que bajaba de los montes de Vitoria. Irune y Izaskun nadaban en carriles contiguos, manteniendo un ritmo que no necesitaba coordinarse. Años de rutina compartida habían convertido el gesto en algo automático.
Se detuvieron en el extremo más profundo. Bajo el agua, las luces proyectaban un azul denso que suavizaba los contornos.
—Hacía falta este calor —dijo Izaskun, apartándose el pelo mojado.
Irune asintió, apoyando los codos en el borde. Fue entonces cuando notaron el cambio.
No fue un ruido ni un movimiento brusco. Fue más bien una presencia.
Edurne.
Se lanzó al agua con una precisión limpia, sin salpicar más de lo necesario. Nadó unos metros y emergió cerca de ellas. El contraste era inmediato: su respiración aún no se había adaptado al ritmo lento del lugar.
—¿Llego tarde? —preguntó, sosteniendo la mirada con una seguridad que no parecía forzada.
Irune y Izaskun intercambiaron un gesto breve. No había sorpresa, pero sí una atención distinta.
—Depende de lo que busques —respondió Irune.
Edurne no contestó de inmediato. Se acercó un poco más, lo justo para reducir la distancia sin invadirla del todo. El agua obligaba a mantener una proximidad que en otro contexto habría sido excesiva.
Durante unos segundos, no ocurrió nada.
Solo el sonido amortiguado de los movimientos lejanos y el leve desplazamiento del agua entre ellas.
Izaskun fue la primera en moverse. Se desplazó hacia Edurne con una lentitud medida, como si estuviera probando el espacio. Irune hizo lo mismo desde el otro lado.
La joven no retrocedió.
El primer contacto no fue evidente. Apenas un roce bajo la superficie, difícil de localizar. Pero suficiente para cambiar el equilibrio.
El agua, que hasta entonces había sido un medio neutro, empezó a sentirse más densa.
—Aquí el ritmo cambia —dijo Izaskun en voz baja.
No era una advertencia.
Edurne dejó que sus manos se ajustaran a la distancia, sin buscar ni evitar. Había algo en su forma de mantenerse ahí —ni pasiva ni dominante— que descolocaba cualquier lectura rápida.
Irune observaba sin intervenir del todo. Su mano, al moverse, encontró la espalda de Edurne por un instante. No se detuvo, pero tampoco se retiró de inmediato.
El contacto quedó ahí, suspendido.
El eco del agua contra los bordes marcaba un tiempo distinto, más lento. Ninguna de las tres parecía tener prisa.
Cuando Izaskun se acercó más, fue sin gesto previo. La cercanía obligó a que sus respiraciones se mezclaran. Edurne sostuvo ese espacio sin apartarse, con una atención que no era desafío ni entrega.
El vapor se acumulaba en la superficie, difuminando el resto de la piscina. El lugar se redujo a ese fragmento de agua.
Irune se movió entonces, cerrando el triángulo. No hubo coordinación visible, pero tampoco fue casual.
Durante unos segundos, las tres permanecieron así, midiendo la distancia mínima que aún podía llamarse distancia.
—No hace falta nadar —dijo Edurne, casi para sí misma.
El agua se encargaba del resto.
Se desplazaron hacia la zona de chorros sin hablarlo. Allí, el sonido era más constante, y el vapor más espeso. El espacio quedaba parcialmente oculto, pero no del todo.
Irune apoyó la espalda en la piedra templada. Izaskun se situó cerca, dejando que el movimiento del agua acercara a Edurne entre ambas.
No hubo un gesto que marcara el inicio. Fue más bien una continuidad.
Las manos encontraron puntos de apoyo, no necesariamente intencionados. La proximidad obligaba a aceptar el contacto como parte del equilibrio.
Edurne cerró los ojos un instante. No era abandono. Era concentración.
El tiempo se volvió impreciso.
No había un dentro y un fuera claros, ni un orden reconocible en los movimientos. Solo una secuencia que se sostenía por sí sola.
El sonido de los chorros cubría cualquier otro detalle.
Cuando el temporizador se detuvo, el cambio fue inmediato. El agua volvió a su estado anterior, más quieta. El vapor empezó a disiparse.
Ninguna de las tres se separó de golpe.
Se mantuvieron unos segundos más, como si necesitaran reajustar el espacio.
Edurne fue la primera en apartarse lo suficiente para recuperar una distancia reconocible. Irune e Izaskun no dijeron nada.
Salieron del agua sin prisa. El aire, fuera, resultaba más frío de lo esperado.
En el vestuario, el sonido de los secadores y las conversaciones ajenas devolvía todo a un contexto reconocible. Cada una ocupó su espacio sin buscar a las otras de forma directa.
En el espejo empañado, sus reflejos aparecían fragmentados.
Al cruzarse, hubo una mirada breve. No contenía complicidad evidente ni rechazo.
Solo reconocimiento.
Irune salió la última. Antes de irse, miró hacia la piscina a través del cristal. El agua estaba en calma, igual que antes.
Nada indicaba que hubiera pasado algo distinto.
Afuera, la noche de Vitoria seguía siendo fría.
Se separaron sin despedirse.
Y, sin embargo, durante un momento breve —difícil de ubicar—, ninguna de las tres tuvo claro si lo ocurrido pertenecía ya al pasado o seguía, de alguna forma, en el cuerpo.
La piscina volvió a llenarse al día siguiente.
Mismas calles mojadas al entrar, mismo olor a cloro al cruzar el torno, mismo eco contenido bajo el techo alto. Las rutinas no se alteraban por lo que había ocurrido la noche anterior.
Irune nadaba en su carril habitual.
Izaskun llegó unos minutos más tarde y se lanzó al agua sin hacer ruido, como siempre. Durante un rato mantuvieron la distancia exacta que habían aprendido con los años: ni demasiado cerca, ni del todo separadas.
No hablaron de ello.
Tampoco lo evitaron.
Simplemente no apareció.
Edurne no estaba.
O quizá sí había estado antes, o llegaría más tarde. Era imposible saberlo con certeza. En ese espacio, las presencias no siempre coincidían en el mismo tiempo.
En un momento concreto, al girar en el extremo profundo, Irune tuvo la sensación de que algo se desajustaba levemente. No en el agua, ni en el cuerpo, sino en la forma en que ambas ocupaban el carril.
Como si faltara una tercera referencia.
Izaskun también redujo el ritmo sin decir nada. Se cruzaron a mitad de recorrido, demasiado cerca para ser casual, demasiado breve para ser intencionado.
No se detuvieron.
El agua seguía siendo la misma.
Pero no del todo.
En la zona de chorros, el vapor volvía a acumularse con la misma densidad de siempre. Nadie ocupaba ese rincón en ese momento. El temporizador se activaba y se detenía con regularidad, ajeno a cualquier uso concreto.
Durante unos segundos, ninguna de las dos miró hacia allí.
Y, sin embargo, ambas sabían exactamente dónde estaba.
Al salir del agua, el aire resultó igual de frío que la noche anterior. Los gestos se repitieron con la misma precisión: toalla, banco, silencio compartido sin necesidad de llenarlo.
En el espejo empañado, las figuras se devolvían incompletas.
Faltaba algo.
O quizá sobraba.
No lo nombraron.
Al cruzar la puerta hacia la calle, cada una tomó una dirección distinta, como siempre.
La ciudad seguía en su sitio.
Y, aun así, durante un instante breve —tan breve que no llegaba a fijarse del todo—, persistía una sensación difícil de sostener.
No era recuerdo.
No era expectativa.
Era más bien la certeza de que algo había ocurrido en un punto exacto del espacio, sin dejar rastro visible, pero sin desaparecer por completo.
Como si el agua, aunque volviera a estar en calma, no hubiera terminado de olvidar.
©Franizquiero

Relato contemporáneo intimista de realismo psicológico y erotismo atmosférico, con elementos de minimalismo narrativo, simbolismo sensorial y exploración emocional implícita. La obra desarrolla una narrativa centrada en la percepción, la tensión corporal y la transformación silenciosa de las relaciones humanas dentro de un espacio cotidiano convertido en escenario de suspensión emocional.
ResponderEliminarEl relato sitúa la acción en una piscina climatizada de Vitoria-Gasteiz, espacio que funciona simultáneamente como entorno físico y metáfora líquida de la memoria, la proximidad y el deseo contenido. A través de las figuras de Irune, Izaskun y Edurne, la obra construye un triángulo relacional basado menos en el diálogo explícito que en la gestión de las distancias, el contacto parcial y la percepción mutua.
La narrativa incorpora rasgos propios del realismo psicológico contemporáneo: silencios significativos, gestualidad mínima, ambigüedad emocional y ausencia deliberada de definiciones categóricas sobre los vínculos entre los personajes. El conflicto no se articula mediante acontecimientos dramáticos visibles, sino a través de microvariaciones en el espacio compartido, en la conciencia corporal y en la percepción del tiempo.
Desde una perspectiva estilística, el texto se aproxima al minimalismo literario y a cierta tradición de erotismo sugestivo no explícito, donde la tensión emerge de lo insinuado más que de lo descrito. El agua desempeña un papel simbólico central: actúa como elemento de suspensión, disolución de límites y depósito de memoria sensorial. La frase “el agua no había terminado de olvidar” sintetiza el núcleo poético del relato, donde los espacios físicos conservan huellas emocionales invisibles incluso después de recuperar su aparente normalidad.
La estructura repetitiva del segundo bloque narrativo —la vuelta a la piscina al día siguiente— introduce una dimensión casi fantasmática o fenomenológica. Lo ocurrido no desaparece, pero tampoco puede fijarse plenamente como recuerdo definido. El relato explora así la persistencia corporal de ciertos encuentros que transforman la percepción sin necesidad de alterar la realidad visible.
Literariamente, la obra combina prosa contenida, ritmo lento y observación sensorial precisa para construir una atmósfera de intimidad suspendida. El texto evita conscientemente la dramatización convencional y apuesta por una narrativa de resonancias internas, donde el verdadero acontecimiento no es el contacto físico en sí mismo, sino la alteración silenciosa de la percepción posterior.
En conjunto, el relato funciona como una exploración de la memoria corporal y de las huellas invisibles que determinados encuentros dejan en los espacios y en quienes los habitan, configurando una poética de la presencia efímera donde el deseo, el reconocimiento y la ausencia permanecen flotando bajo la superficie de lo cotidiano.