Nelo y yo
Escrito el 13 de mayo de 2013, revisado el 10 de mayo de 2026
Siendo niño, a una de mis primas le tuvieron que operar de quistes hepáticos. Al parecer, según señalaron los médicos, estos debieron ser transmitidos por algún perro; ya que, por aquella época, eran solo eso y aún no habían adquirido la consideración de mascotas. Ni siquiera se tenía costumbre de vacunarlos.
Como consecuencia de aquello mi padre —que en paz descanse— nunca me permitió tener ni meter un perro en casa. Pero aquella determinación, en lugar de persuadirme, incrementó el deseo de tener uno.
Allá por el año 1975, aprovechando que la Chuli (una de las perras que andaba suelta por el barrio) había parido siete cachorros a los que enseguida encontramos dueño, me quedé con uno. Era todo negro, a excepción de un rombo en la frente y una tira estrecha de color blanco que le nacía justo debajo de la nuez y le llegaba hasta las patas delanteras.
Recuerdo que el mismo día que nació le cortamos un trocito de rabo con una navaja; este fue engullido por una grajilla que estaba criando un amigo mío. A continuación, le curamos con mercromina y le pusimos esparadrapo. Unos días después, el cachorrito estaba como si nada hubiese ocurrido.
Le puse por nombre Nelo. Era tanto el cariño que sentía por él que, en todos mis cuadernos y objetos personales —incluido un balón—, rezaba la frase: «Nelo y yo».
Por aquel entonces me gustaba el fútbol. Aunque no era forofo de ninguno, tenía como favorito al Real Madrid y estaba apuntado en el equipo del colegio. Los sábados solíamos ir a jugar todos los equipos escolares de la ciudad en el campo de La Isla o donde tocase.
Reconozco que nunca fui muy acertado a la hora de jugar y que, tal vez por eso, mi dorsal fuera el número 13. En resumidas cuentas: acudía todos los sábados con entusiasmo, pero lo único que hacía era prepararme y recoger los balones que salían fuera. Esa era la única ocasión que tenía para chutar con la izquierda, a menos que faltase alguien de mi equipo.
Nelo me acompañaba a todos sitios. Quiso la casualidad, o el propio Destino, que ese día me tocase ejercer de defensa desde el primer minuto. Me hizo tantísima ilusión que no recuerdo haber atado a mi fiel amigo a uno de los muchos árboles que había en las inmediaciones.
Ese día lo tengo grabado como algo reciente. Cuando terminamos de jugar —por cierto, ese día ganamos—, al llamarle y no venir, comencé a buscarlo por todos los rincones. Preguntaba desesperado si lo habían visto, dando por hecho que alguien me lo habría quitado, porque él no se iba a ningún sitio sin mí.
Fue tal la frustración que sentí (no sé si solo por ese motivo o por la desilusión de sentirme utilizado) que, desde aquel fatídico día, el fútbol dejó de motivarme.
A día de hoy, estoy más que satisfecho con haberme alejado de ese mundo. La verdad es que no entiendo, aunque respeto, que se puedan alterar tanto los aficionados. Mirándolo bien, me he librado de muchas disputas innecesarias por algo que genera mucha riqueza, pero para su propio beneficio. Cuando los equipos tienen grandes deudas, parece que somos el pueblo los que tenemos que correr con ellas.
Bueno, así lo veo yo; puede que no sea del todo así, pero tampoco me preocupa mucho.
©Franizquiero

Relato contemporáneo de memoria autobiográfica y sensibilidad costumbrista que combina una prosa íntima, reflexiva y emocional con una mirada nostálgica hacia la infancia obrera de los años setenta. A través de una narrativa sencilla pero cargada de humanidad, el texto reconstruye un universo barrial donde la precariedad material convivía con formas de afecto, libertad y vínculo emocional hoy prácticamente desaparecidas.
ResponderEliminarLa obra utiliza la relación entre el narrador y su perro Nelo como eje simbólico para explorar temas como la inocencia infantil, el apego emocional, la pérdida temprana y la construcción de la identidad afectiva en un entorno humilde. El cachorro no aparece únicamente como una mascota, sino como una extensión emocional del propio niño, una presencia inseparable que representa la lealtad, la compañía y la necesidad de afecto frente a las limitaciones familiares y sociales de la época.
El relato también funciona como una evocación crítica de la transformación cultural y social ocurrida en las últimas décadas. A través de pequeños detalles cotidianos —los perros sueltos por el barrio, los campos escolares, los árboles junto al terreno de juego o la naturalidad de la vida comunitaria— el texto construye un retrato generacional donde el barrio actuaba como espacio de aprendizaje colectivo y libertad espontánea.
Asimismo, la narración desarrolla una reflexión implícita sobre el desencanto con el mundo del fútbol y, por extensión, con ciertos mecanismos de espectáculo y pertenencia colectiva contemporáneos. La desaparición de Nelo durante el partido se convierte simbólicamente en una fractura emocional que altera la relación del narrador con ese entorno competitivo y mercantilizado, generando un distanciamiento que perdura hasta la edad adulta.
La obra destaca especialmente por su capacidad para transformar un recuerdo aparentemente cotidiano en una experiencia emocional universal, donde la memoria personal adquiere valor literario a través de la melancolía, la honestidad narrativa y la observación de los pequeños gestos que terminan definiendo una vida.