Es curiosa la diferencia que existe entre unas personas y otras, ahora que parecen estar de moda infinidad de formas de practicar cualquier actividad. Vivimos en la era de lo desmesurado, de lo grande, de lo imprescindible que ayer no lo era.
Comenzaré por algo sencillo: el hábito de salir a pasear para mantenerse en forma. Como dice el refrán, «el que mueve las piernas mueve el corazón». Siempre que puedo salgo a caminar largos recorridos de diez o doce kilómetros. No solo ayudan al sistema circulatorio; también despejan la mente. Cuando camino, reflexiono sobre lo que estoy viviendo. Y, lo más curioso, incluso de las situaciones desagradables suelo rescatar algo positivo. Caminar, para mí, es también una forma de ordenar pensamientos.
Me llama la atención la diversidad de personas con las que me cruzo. Algunos simplemente salimos con calzado cómodo, ropa corriente y, por lo general, en soledad. Otros, en cambio, prefieren la compañía y un despliegue casi estratégico de accesorios: radio con auriculares sujeta al brazo, pulsómetro en la otra muñeca, reloj que contabiliza los kilómetros, banda en la frente para el sudor, prendas técnicas diseñadas para optimizar el rendimiento y zapatillas específicas para cada modalidad.
A grandes rasgos, y sin necesidad de calculadora, el equipamiento para una simple caminata puede superar con facilidad los mil euros. Lo paradójico es que, en muchas ocasiones, el tema principal de conversación gira en torno a lo mal que está la vida y a lo caro que está todo.
Mientras tanto, otros caminamos con los oídos descubiertos, atentos al sonido de los vehículos, de los pájaros o del río. Dejamos que sea el pensamiento quien marque el ritmo. Observamos el mundo y nos preguntamos en qué momento confundimos necesidad con exceso.
He utilizado el paseo como ejemplo, pero podría aplicarse a casi cualquier aspecto de nuestra vida cotidiana: los viajes, los vehículos, las viviendas… Parece que la medida del bienestar se calcula en función de lo que se posee y no de lo que se vive.
Quienes ostentan el poder comparten con los consumistas, al menos, dos rasgos evidentes: aspirar a tener lo mejor y lo más caro, y, si es posible, más que los demás.
Al final, todo se reduce a una elección: vivir para tener, o vivir para ser. Yo, mientras pueda, seguiré caminando.
©Franizquiero

Relato de realismo contemporáneo de carácter reflexivo y observacional que, a partir de una experiencia cotidiana como el acto de caminar, explora las tensiones entre sencillez y consumo en la sociedad actual. A través de una narrativa sobria y directa, el texto contrapone dos formas de habitar la realidad: una basada en la acumulación de medios y otra en la experiencia consciente del entorno. La obra plantea una crítica implícita al materialismo y a la desmesura contemporánea, proponiendo una mirada introspectiva donde el pensamiento, la observación y la autosuficiencia se convierten en ejes centrales de bienestar y sentido vital.
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