sábado, 2 de mayo de 2026

Pasado, presente y futuro de cualquier día en la vida de un ser vivo como otro cualquiera…


 

Pasado, presente y futuro de cualquier día en la vida de un ser vivo como otro cualquiera…

Escrito el 21 de febrero de 2015, revisado el 1 de mayo de 2026

Después de una dulce y placentera noche, al alba, la claridad invadió de lleno la estancia de mi dormitorio. Tras lo cual abrí los ojos y, sin pensármelo, me tiré de la cama. El corazón latía pausadamente. Como cada día, me dirigí hacia el baño y, después de liberar la vejiga e intestino grueso, tras asearme y sin perder ni un segundo, fui a la cocina para preparar mis cereales con leche y desayunar.

Acto seguido, tras liberar la puerta de entrada de cadenas, cerrojos y un par de vueltas de llave, me encaminé hacia los ascensores. «¡Vaya, qué suerte!», pensé al comprobar que el más pequeño estaba detenido a la misma altura que mi vivienda. Tras abrir la puerta e introducirme en él, llegó hasta mí un desagradable y pestilente olor. «¡Ya les vale, joder! No les basta con dejar manifiesto que no cumplen las normas dejando la estela en el aire, sino que, además, tienen que dejar la colilla», pensé, mientras el corazón aumentaba de revoluciones.

Al llegar a la planta baja, una vez fuera del elevador y el portal, me pregunté: «¿Pa dónde tiramos hoy, Moreno?». Después de resolver la improvisada duda, decidí girar mis pasos hacia la izquierda; es decir, hacia el río, a través del nuevo, rugoso y amarillento pavimento de las aceras.

La patata aún me latía de manera exacerbada. Sin embargo, tras haber recorrido el escaso trecho que separa al río de mi casa y adentrarme en la senda —bajo la acogedora y refrescante sombra que sobre esta proyectaban los chopos—, nada más llegar a sus orillas me inundé de paz y sosiego. Noté en mi interior que, tras la calma, los latidos dejaron de hacer tanto ruido; se fueron aplacando sin apenas darme cuenta.

De repente, llegó hasta la nariz una suave brisa acompañada por el olor a humedad, a poleo y a melisa. La fragancia primaveral me llenó de curiosidad y, guiado por mi fino olfato, me quedé maravillado con la diversidad de plantas, perfumes, colores y sabores. Pude, también, apreciar las diferencias de tonalidad entre el verde de los chopos, los alisos, los sauces y las higueras bravías, e incluso las tonalidades de la hierba. Pasaron por mi vista colores tan provocativos como el amarillo o el azul de los lirios silvestres, además del inmaculado blanco de las magarzas o el llamativo rojo y negro de las deliciosas y agridulces zarzamoras.

Continué caminando durante un buen rato acompañando al curso del río, el cual escoltaba melódicamente, con el transcurrir de sus aguas, a los cánticos del reñidor jilguero, al incesante chirriar de los verdecillos, el arrullo de las torcaces, el toc, toc, toc del pájaro carpintero y el inconfundible risoteo de las urracas.

Llevaría caminando unos quince minutos, embelesado por todo lo que me rodeaba, cuando sentí que sobre la frente y la parte baja de la espalda comenzaba a brotar el sudor, como gotas de rocío en primavera, inundando todo lo que encontraba a su paso. Al mismo tiempo, sentí que boca y garganta se resecaban. «Bueno, lo que me faltaba ahora... A ver si llego al sombrajo y me siento un poco», pensé mientras caminaba.

Al llegar junto a la desembocadura del Bayas, comprobé que no había nadie sentado en ninguno de los cuatro bancos situados bajo la estructura de madera. «¡Qué pena! Con lo que se han gastado en adecentar el paseo y que no se les haya ocurrido instalar aquí una fuente. ¡Vamos!, con lo fácil y barato que habría sido sacar una acometida desde el Polideportivo, que está a unos veinte metros».

En fin, me senté en el banco que está al final del cobertizo. Me recosté sobre él estirando los brazos en cruz y, tras estirar las piernas sobre la tierra, cerré un momento los ojos. Me dejé llevar por la suave brisa y por el trinar de los pájaros; entre estos sobresalía la voz de un cercano ruiseñor. De fondo, a lo lejos, todo se entremezclaba suavemente con el sonido de las fábricas y el propio de la vida en la ciudad.

Una hora después, continué en paralelo, pero en sentido contrario a las aguas del Bayas, a través de una senda entre el río y una parcela de cultivo. Al llegar a la altura de la depuradora, giré hacia la izquierda con dirección al Polideportivo Municipal y, frente a la puerta, volví a girar hacia la derecha. Apenas había caminado doscientos metros por el áspero asfalto cuando comencé a sentir un intenso dolor en el empeine del pie izquierdo. «¡Joder, lo que me faltaba ahora! El puto pie…», pensé, mientras me detenía unos segundos para desprenderme del playero y masajearme la zona.

Acto seguido emprendí la marcha, pero antes de llegar a la rotonda hacia Logroño, comencé a sentir un hormigueo recorriendo mi brazo izquierdo, a la par que el corazón incrementaba considerablemente el ritmo. Sin darle mayor importancia, proseguí; a menudo noto esos síntomas cuando camino por el asfalto. Tras girar en la glorieta hacia la ciudad, noté un penetrante olor a gasolina y, unos segundos después, una voz mecánica: «Ha elegido usted gasóleo A». Alcé la mirada hacia el cartel: gasóleo A 1.40 €, gasolina sin plomo 1.50 €. «No sé a dónde quieren llegar estos h…», me dije, notando cómo el carburador subía de revoluciones.

Al adentrarme en la ciudad, antes de llegar a la iglesia del Buen Pastor, escuché el sonido de un frenazo seguido de un estrepitoso golpe metálico y el estridente claxon de los vehículos colisionados. Al acercarme, noté el olor a neumático quemado y vi la estela de las ruedas en el asfalto junto a una gran humareda bajo el capó. Justo entonces, se bajó uno de los conductores con los ojos fuera de sí y comenzó a golpear al otro frenéticamente, mientras de su boca salían sapos y culebras. Lo manejó como a una marioneta durante un par de minutos ante la gente que se aglomeraba.

«¡Salvaje, déjalo ya, ¿no ves que está sangrando?!», dijo uno. «¡Llamad a la policía!», gritaba otro. «Lo va a matar, lo va a matar», repetía un tercero angustiado. Ni siquiera me detuve. Ante aquella desagradable escena, las revoluciones se dispararon de tal modo que decidí regresar a casa de inmediato.

Unos quince minutos después, me encontraba en el ascensor pulsando el número diez. Introduje la llave, giré la cerradura y me dirigí directamente al cuarto de baño. Una vez que vacié por vía bucal todo el contenido de mi estómago y tomé un vaso de agua, me dirigí al dormitorio. Conecté el ordenador, abrí el Word y comencé a escribir todo cuanto había ocurrido. A medida que lo iba desarrollando, he notado cómo el regulador y motor de vida ha vuelto a latir con normalidad.

Estoy seguro de que mañana, cuando salga de nuevo a la calle, la Vida volverá a deleitarme con algo distinto. En ella nada se repite de manera fidedigna, ni siquiera a través del recuerdo: sencillamente porque las cosas, muchas veces, ni siquiera son como las percibimos.


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