La ley del monte
Escrito el 9 de mayo de 2026
En el Lunes de Pentecostés, San Juan del Monte no tiene ley. Es un ecosistema de barro, sudor y el estruendo metálico de las charangas que, desde La Laguna, sube por las laderas como una marea física. El aire está saturado: huele a pólvora, a kalimotxo rancio y a ese humo denso de la marihuana que aletarga los sentidos y desinhibe los instintos.
Iker, Asier, Elena y Clara —ninguno superaba los veintiuno— se movían por la ladera con la torpeza eléctrica de quien lleva horas bebiendo y fumando sin descanso. Se conocían de vista, de las peñas, de las noches en la calle de la Estación, pero el Pentecostés tiene una magia sucia que borra las fronteras. En un rincón oculto tras unos matorrales densos, donde el suelo de agujas de pino era mullido y la música llegaba como un latido sordo, la fiesta privada comenzó.
No hubo palabras, solo el roce de los hombros y el intercambio de un porro que pasó de boca en boca, sellando un pacto silencioso. El alcohol les había quitado la vergüenza; el hachís les había dado una urgencia pesada.
El encuentro estalló en el centro. Las manos de Iker buscaron el cuerpo de Elena, pero pronto sintió la piel de Clara contra su espalda. En ese caos de ropa tirada sobre la maleza, el intercambio fue absoluto. Elena y Clara se fundieron primero, uniendo sus bocas con una ferocidad que solo el deseo sáfico, libre de miradas ajenas, puede alcanzar. Sus lenguas sabían a ron y a libertad mientras se exploraban con dedos expertos, ignorando a los chicos por un momento para perderse la una en la otra.
A pocos centímetros, Iker y Asier se miraron. En cualquier otro día, su amistad sería solo de bares y fútbol; pero allí, con el pulso de las charangas retumbando en sus estómagos, la tensión queer afloró. Iker agarró la nuca de Asier y lo atrajo hacia sí. Se besaron con una mezcla de hambre y descubrimiento, un choque de barbas incipientes y saliva espesa. Asier se arrodilló, bajando los pantalones de su amigo con una urgencia animal, entregándose a una felación profunda que Iker recibió con la cabeza echada hacia atrás, gritando al cielo de Miranda mientras las manos de Elena recorrían sus muslos.
La escena se convirtió en una orgía de roles fluidos. Asier fue penetrado por Iker mientras Clara se situaba encima de este último, creando una cadena humana de placer donde los géneros se difuminaban. Al mismo tiempo, Elena se arrodillaba frente a Clara, lamiéndola con una devoción que hacía que la chica arqueara la espalda, gimiendo el nombre de todos a la vez.
Fue un intercambio total: ellos con ellas, ellas entre ellas y, con una naturalidad brutal, ellos entre ellos. La masculinidad de Iker y Asier se disolvía en la receptividad y la entrega, mientras Elena y Clara tomaban el control de la situación, dirigiendo los cuerpos de los chicos como si fueran instrumentos. El sudor frío de la tarde se mezclaba con el calor de los jugos corporales.
En el punto álgido, Iker ofreció su culo al aire, invitando a Asier a culminar lo que el hachís había empezado. Al mismo tiempo, las chicas se entrelazaban en un sesenta y nueve frenético justo a su lado. El estallido final fue unánime. Una descarga de lefa y placer que empapó la piel de todos, un alivio abrasador que los dejó tendidos, jadeantes, con los ojos vidriosos mirando las copas de los pinos.
El silencio regresó, solo roto por el bombo lejano de una charanga que tocaba una jota. Se quedaron allí, una masa de extremidades entrelazadas, con el rastro del sexo aún fresco y pegajoso. Se ayudaron a vestirse con una ternura inesperada, compartiendo un último trago de una botella olvidada.
—Esto se queda en el monte —murmuró Asier, abrochándose la blusa de la peña con las manos temblorosas.
—En el monte se queda todo —respondió Elena, limpiándose la comisura de los labios y guiñándole un ojo a Clara.
Se sacudieron la tierra y la hierba, se ajustaron las pañoletas y, con una sonrisa cómplice, bajaron de nuevo hacia La Laguna. Se sumergieron en la multitud, desapareciendo entre el color y el ruido, llevando en sus cuerpos el secreto de una tarde donde San Juan del Monte fue testigo de que, cuando el deseo manda, las reglas mueren.
@Franizquiero

Relato contemporáneo de realismo sensorial y erotismo colectivo, que combina una prosa física, atmosférica y visceral con una representación explícita del deseo desinhibido dentro de un contexto festivo y liminal. A través de una narrativa intensa y profundamente corporal, el texto transforma la celebración de San Juan del Monte y las laderas de La Laguna en un territorio de suspensión social donde las identidades, los roles sexuales y las normas cotidianas pierden consistencia bajo el efecto combinado del alcohol, las drogas, la música y la euforia colectiva.
ResponderEliminarLa obra explora el deseo juvenil como una fuerza caótica y compartida, donde la sexualidad deja de responder a categorías rígidas y se convierte en una experiencia fluida, inmediata y grupal. El relato aborda la disolución temporal de las fronteras entre amistad, impulso y exploración identitaria, mostrando cómo el entorno festivo actúa como catalizador de impulsos que, fuera de ese espacio concreto, probablemente permanecerían ocultos o reprimidos.
Asimismo, el texto desarrolla temas como la libertad sexual efímera, la tensión entre anonimato y complicidad, la pérdida momentánea de la individualidad dentro de la masa festiva y la construcción de secretos colectivos ligados al espacio y al instante. El monte deja de funcionar únicamente como paisaje natural para convertirse en una extensión simbólica del exceso, un refugio tribal donde el cuerpo adquiere protagonismo absoluto y donde las convenciones sociales quedan anuladas por unas horas.
La presencia constante de las charangas, el humo, el barro, el sudor y el ruido popular refuerza la dimensión sensorial del relato, convirtiendo la fiesta en una experiencia casi primitiva, cercana al trance. En ese contexto, los cuerpos se relacionan desde una lógica instintiva y horizontal, alejándose de estructuras afectivas tradicionales para situarse en un territorio narrativo donde el placer, la identidad y el descontrol conviven sin necesidad de explicación ni permanencia posterior.