jueves, 14 de mayo de 2026

La geografía del deseo


 

La geografía del deseo

Lo que ocurre cuando el cuerpo deja de pedir permiso

Escrito el 11 de mayo de 20226

El Ebro, a su paso por Miranda, dibuja una curva suave que abraza la zona de Cabriana. No es un lugar de paso, es un destino. Allí, donde los chopos se alzan como columnas de una catedral natural y el sotobosque crece espeso y desordenado, la vida sigue un ritmo distinto, ajeno al asfalto de la ciudad. Para Florencio, a sus 65 años, Cabriana es su geografía del deseo, un mapa trazado no con tinta, sino con memoria y repetición.

Llega en la quietud de la mañana, cuando el rocío aún humedece la tierra y el sol empieza a calentar el aire. Camina con paso firme, sin la duda de quien se esconde. Viste ropa cómoda, la justa para el trayecto, fácil de abandonar después. Su destino no es un banco al sol, sino un recodo concreto entre la vegetación, donde el follaje abre un claro imperfecto, casi secreto.

La sobriedad, conquistada tras años de excesos y silencios, le ha dado una lucidez seca. Ya no hay niebla. Solo una claridad directa sobre lo que busca: contacto. Sin relato, sin continuidad, sin promesas. La verdad inmediata del cuerpo, sin más construcción alrededor.

Se acomoda en su rincón. El primer gesto es siempre el mismo: desnudarse. No hay teatralidad, pero sí un orden aprendido. Se quita la ropa con calma, como quien repite un ritual que ya no necesita explicación. Su cuerpo, marcado por el tiempo pero aún disponible, queda expuesto al aire del río.

El riesgo de ser visto está siempre ahí. Un ruido entre los arbustos, un paso lejano, una voz fuera de lugar. No lo vive como miedo, sino como una tensión leve que afina todo lo demás. Esa posibilidad de interrupción mantiene el pulso del lugar.

Cabriana responde rápido. Su presencia no es discreta. No hay ocultamiento posible en lo que hace, solo espera. Y la espera rara vez dura demasiado.

El primer movimiento entre la vegetación cambia el aire. Una presencia, una mirada. No hacen falta palabras. Se reconocen en lo mínimo y el resto se reduce a lo esencial.

Florencio asume su papel sin esfuerzo. Se ofrece sin ceremonia, con una naturalidad que no es entusiasmo ni resignación, sino hábito. Disfruta del contacto, del intercambio físico en su forma más directa, sin relato posterior. No busca continuidad ni consecuencia. Solo el instante.

El día avanza así, en secuencias breves. Uno tras otro. Cada encuentro distinto en matiz, pero similar en estructura. Llegan, se van. El cuerpo como punto de paso, no de permanencia. Entre uno y otro, Florencio permanece en el mismo lugar, como si no hubiera interrupción.

A veces, un sonido cualquiera lo obliga a detenerse un segundo más de lo necesario. Un perro, una voz, un eco. No cambia lo que hace, pero introduce una pequeña tensión que lo atraviesa todo. Ese margen entre lo visible y lo posible es parte del lugar tanto como el río.

Cuando el sol se eleva y la luz se vuelve más dura, decide que es suficiente. No hay cierre, solo una pausa. Permanece unos minutos más, solo, con el cuerpo todavía marcado por la secuencia del día. No hay celebración ni desgaste visible. Solo una especie de quietud posterior.

Se viste con la misma calma con la que se desnudó. Cada prenda vuelve a colocarlo en otro registro. El mundo cotidiano se reanuda sin transición.

El camino de vuelta a Miranda es lento, sin prisa. El Ebro queda atrás, y con él la zona de sombra donde el tiempo parecía funcionar de otra manera. El asfalto se acerca poco a poco, sin ruptura.

No piensa en lo ocurrido como una suma ni como una pérdida. Tampoco como una victoria. Es más simple y menos definible que eso.

A veces, al caminar, tiene la sensación de que nada de lo que pasa allí encaja del todo cuando se intenta nombrar después. Como si la claridad que encuentra en Cabriana no sobreviviera bien fuera de ella.

Sigue andando.

El río continúa su curso detrás de él, indiferente, como si no hubiera sido escenario de nada.



El río no cambia cuando uno se va.

Sigue su curso como si nada hubiera ocurrido en sus orillas, como si la mañana no hubiera tenido otra densidad distinta bajo los chopos, como si los cuerpos no dejaran nunca huella en el paisaje.

Florencio, en cambio, sí cambia de estado. No de forma visible, ni de una manera que pueda explicarse fácilmente. Es algo más leve y más persistente: una especie de desplazamiento interno, como si una parte de él se hubiera quedado allí sin necesidad de volver.

En Miranda, las cosas recuperan su orden habitual. Las calles, los gestos, los sonidos conocidos. Todo encaja en su lugar con una facilidad que contrasta con lo vivido unas horas antes, aunque él no intenta unir ambas versiones del día.

No hay conflicto entre ellas.

Solo distancia.

A veces, sin embargo, mientras realiza cualquier acción cotidiana —comprar, caminar, mirar por una ventana— aparece durante un segundo la misma sensación: no un recuerdo concreto, sino una especie de borde. Algo que no termina de definirse pero que tampoco desaparece del todo.

No lo interpreta.

No lo necesita.

Cabriana sigue existiendo en su margen, en ese punto donde el tiempo no se comporta igual y donde las decisiones parecen más simples de lo que son fuera de allí. No como refugio, ni como respuesta, sino como un lugar que ocurre cuando todo lo demás se detiene.

Y al día siguiente, cuando el Ebro vuelve a amanecer sin testigos, nada impide que el mismo gesto pueda repetirse.

Ni tampoco lo obliga.

©Franizquiero

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