En Júndiz el tiempo se detiene
Crónica de un encuentro fortuito en el polígono
Escrito el 6 de mayo de 2026
El polígono de Júndiz, a las afueras de Vitoria-Gasteiz, es una ciudad de metal que nunca duerme, pero que tampoco vive del todo. Entre hileras de naves industriales y el rumor constante de la A-1, el camión de Lucía era una isla de luz cálida y cuero. A sus veintiocho años, Lucía no solo conducía toneladas de carga; gobernaba un espacio donde el tiempo se medía en pulsaciones, no en kilómetros.
La primera en llegar fue Maite. Había conducido desde Miranda de Ebro, dejando atrás el perfil de las chimeneas para buscar algo que solo encontraba en la cabina de Lucía: una mirada que no juzgaba sus cincuenta años, sino que los celebraba. Maite subió los escalones del camión con la seguridad de quien conoce el terreno, pero con el corazón acelerado.
—Huele a café y a lluvia —dijo Maite, cerrando la puerta y dejando el frío de Álava fuera.
Lucía sonrió desde el asiento del conductor, girándose para recibirla. El espacio en la cabina era reducido, una intimidad forzada que obligaba a que los cuerpos se reconocieran pronto.
—Es el olor de la espera —respondió Lucía, deslizando una mano por el brazo de Maite.
Pero la noche tenía un tercer acto. Un golpe suave y dubitativo sonó en la puerta del copiloto. Era Ana. Había llegado desde Haro, con el aroma del vino y la juventud aún fresca en la piel. A sus veinte años, su experiencia era un mapa en blanco, y sus ojos delataban una mezcla de pánico y fascinación.
—¿Es aquí? —preguntó Ana, casi en un susurro, al entrar en la cabina.
Lucía y Maite la recibieron con una calma que la tranquilizó de inmediato. La cabina, diseñada para la soledad del transporte, se transformó en un refugio compartido. La tensión en el habitáculo se volvió insoportable, una corriente eléctrica que zumbaba con más fuerza que cualquier motor. Lucía se giró en su asiento, el movimiento de su cuerpo sobre el cuero sonando como una invitación. Sus ojos, acostumbrados a la carretera nocturna, buscaban los de Maite con una urgencia que no admitía demoras.
Maite no la hizo esperar. Se inclinó, atrapando los labios de Lucía en un beso que sabía a impaciencia y a un deseo largamente contenido en el trayecto desde Miranda. Fue un beso de veteranía, de las que saben exactamente lo que quieren y cómo pedirlo sin palabras. Ana, observando desde el asiento del copiloto, sintió cómo el aire se escapaba de la cabina. El magnetismo que emanaba de las otras dos mujeres era irresistible. Fue Maite quien rompió el beso para mirar a Ana, extendiendo su mano cálida hacia la joven de Haro, un puente entre su inexperiencia y el mundo que estaba a punto de descubrir.
—Ven aquí, Ana —susurró Maite, su voz sonando más grave, más densa—. No hay nada que temer.
Ana se movió, arrastrada por la necesidad. Se situó entre las dos, el espacio apenas suficiente para contener el fuego que se estaba gestando. Lucía, sin dejar de mirar a Maite, deslizó sus manos por los costados de Ana, recorriendo las curvas de su juventud con una reverencia que rozaba lo sagrado. Al mismo tiempo, Maite rodeaba la nuca de la joven, atrayéndola hacia un beso que fue una revelación para Ana; ya no era un gesto, era un bautismo en el deseo.
La cabina se llenó de un sonido rítmico y urgente: respiraciones entrecortadas, el roce de la ropa que se volvía una barrera molesta, el chasquido de los labios que se buscaban sin tregua. Lucía y Maite se turnaban en su atención hacia Ana, guiándola, explorándola, celebrando cada uno de sus suspiros. Bajo la luz tenue, las manos de las tres mujeres se entrelazaban en una danza frenética. La firmeza de Lucía se fusionaba con la suavidad inexperta de Ana y la calidez protectora de Maite, creando una única masa de sensación, un solo pulso vibrante en el corazón del polígono. El vapor empañaba los cristales, ocultando su secreto al mundo industrial mientras ellas ardían en ese kilómetro cero.
A las seis de la mañana, el primer café de la estación de servicio cercana sabía a despedida. Maite ya estaba en su coche, mirando por el retrovisor hacia el gigante de metal. Ana, sentada en el asiento del copiloto un momento más, sentía que el viaje de Haro a Júndiz había sido el trayecto más largo de su vida. Había aprendido más sobre sí misma en esa cabina que en todos los libros que guardaba en su habitación.
—¿Volverás? —preguntó Lucía, ya con los guantes de trabajo puestos.
Ana asintió, incapaz de articular palabra, sintiendo aún el rastro del contacto en su piel. Lucía arrancó el motor. El rugido del camión llenó el silencio del polígono, vibrando en el asfalto. Las tres mujeres se separaron: una hacia el Ebro, otra hacia las viñas y la última hacia la carretera infinita. Júndiz volvía a ser solo un punto en el mapa, pero para ellas, ese rincón de asfalto sería siempre el lugar donde el invierno se detuvo.
@Franizquiero

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