Un cauce oculto de deseo
Donde las reglas se disuelven
Relato corto escrito el día 27 de abril de 2026
Hay un sendero que sale desde Miranda de Ebro y sigue el curso del río, río arriba, hacia la zona de Cabriana. No está señalizado de ninguna forma especial, pero quien lo conoce sabe lo que puede encontrar allí.
Yo empecé a ir por curiosidad.
Al principio me decía que solo iba a caminar, a despejarme. El sonido del agua, los árboles cerrándose sobre el camino, la sensación de estar un poco apartado del mundo. Pero pronto me di cuenta de que aquel lugar tenía otra vida, una que no se veía a simple vista.
Había miradas.
Gente que aparentemente paseaba como cualquiera, pero que sostenía los ojos un segundo más de lo normal. Otros, más directos, se dejaban ver entre los árboles, sin disimulo, como si formaran parte del paisaje. Todo ocurría sin palabras, casi como un lenguaje propio.
La primera vez que me adentré más allá del camino principal sentí una mezcla rara de tensión y curiosidad. El follaje lo cubría todo, y el sonido del río quedaba amortiguado. Allí dentro, el mundo cambiaba.
Yo siempre he tenido claro algo que a veces ni yo mismo sé explicar bien. No me interesan los hombres en el sentido que la gente suele entender. Pero hay impulsos, atracciones concretas, que no encajan en ninguna etiqueta fácil. Y en ese lugar, eso parecía no importar.
Nadie preguntaba. Nadie juzgaba.
Solo había gestos, proximidad, decisiones que se tomaban en silencio. A veces bastaba con quedarse quieto, con no apartarse, con aceptar esa cercanía que iba creciendo poco a poco.
Recuerdo apoyarme contra un árbol, sintiendo la corteza en la espalda, el pulso acelerado sin saber muy bien por qué. No era solo deseo. Era también la sensación de estar cruzando un límite invisible, uno que fuera de allí no me habría permitido ni plantearme.
El tiempo dentro del bosque no funciona igual. Los minutos se estiran, se vuelven densos. Todo es más intenso y, a la vez, más secreto.
Cuando salía de nuevo al sendero, con el río a la vista, todo volvía a parecer normal. La gente caminando, algún ciclista, el sol filtrándose entre los árboles como si nada hubiera pasado.
Y sin embargo, yo sabía que sí.
Que ese lugar seguía ahí, escondido a pocos metros, esperando a quien supiera mirar de la forma adecuada.
Hay una frontera invisible que no marcan los mapas, sino los pasos de quienes necesitan desaparecer. A las afueras de Miranda, el río Ebro no es solo una corriente de agua; es un testigo mudo que serpentea entre la maleza, custodiando un territorio donde las leyes de la ciudad se disuelven.
El camino hacia Cabriana parece, a plena luz del día, un sendero de recreo. Ciclistas, familias y paseantes lo recorren buscando el aire fresco y el sonido del agua. Pero el río tiene otra orilla, una que no se mide en metros, sino en intenciones. Es esa franja de vegetación espesa donde el sol apenas se filtra y donde el sonido del cauce amortigua cualquier otro ruido del mundo exterior.
Allí, entre los chopos y las zarzas, el paisaje deja de ser contemplativo para volverse instintivo.
No hay nombres, ni presentaciones. El lenguaje se reduce a lo esencial: una mirada sostenida, un cambio en el ritmo de la marcha, una presencia que se detiene en el lugar preciso. Es un código escrito en los márgenes del bosque, entendido por aquellos que, como él, cargan con un apetito que la rutina ha intentado, sin éxito, domesticar.
Es un lugar de encuentros breves y sombras densas. Un espacio donde el cuerpo recupera su derecho a la urgencia, lejos de las etiquetas y de los juicios. El bosque no pregunta quién eres cuando regresas a la civilización; solo ofrece su silencio mientras estás dentro.
Porque hay impulsos que no pueden ser explicados, solo ejercidos. Y hay senderos que no conducen a ninguna parte, salvo al centro de uno mismo.
©Franizquiero
Relato contemporáneo de carácter introspectivo y sensorial, que combina el realismo psicológico con una prosa evocadora y simbólica para explorar el deseo, la identidad y los espacios liminales de la experiencia humana. A través de una narrativa pausada y cargada de atmósfera, el texto transforma un entorno natural aparentemente cotidiano en un territorio de significados ocultos, donde el silencio, las miradas y la corporalidad sustituyen al lenguaje explícito y construyen una dinámica de reconocimiento mutuo al margen de las normas sociales convencionales. La obra aborda temas como la ambigüedad del deseo, la necesidad de anonimato, la búsqueda de autenticidad emocional y la tensión entre impulso y autoconcepción, articulando una reflexión sobre aquellas dimensiones de la identidad que escapan a las etiquetas rígidas. Asimismo, el relato convierte el paisaje fluvial y boscoso en un símbolo de frontera interior, entendiendo la naturaleza como refugio, escenario de liberación instintiva y espacio donde el individuo puede enfrentarse a aspectos de sí mismo que la vida cotidiana obliga a ocultar o reprimir.
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