sábado, 30 de mayo de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo I, episodio 11


 

Los Hijos de La Data, Capítulo 1 – Episodio 11


Una mañana de diciembre.

A pesar de que diciembre comenzó oscuro y lluvioso, aquello no logró hacer mella en la eufórica pandilla. Por un lado, estaban las ansiadas vacaciones escolares; por otro, podrían paladear aquellos deliciosos manjares que, durante el resto del año, quedaban vetados por la precaria situación económica que afectaba a gran parte de los hogares españoles.

Día 22. Sentados alrededor del brasero, bajo la tenue y trémula luz de los candiles:

—Habrá que prepará los achiperres pa pedí el aguinardo, ¿no? —propuso Antonio.

—Sí, eso; y tamién que no se nos olvide escribí la carta —añadió Moreno.

—¿Ya tenéis pensao qué os vais a pedí este año? —preguntó Rocío.

—¡Yo, sí! —gritó Leandro, con los ojos desorbitados por la emoción—. Este año me voy a pedí un Scalextric, una bici y los Juegos Reunidos Geyper.

—Yo dejaré que me traigan lo que quieran, porque siempre me traen cosas distintas de las que escribo —respondió, desalentado, Susi.

—Bueno, bueno. Ya sabéis que no basta solo con pedir los juguetes; además, hay que ser buenos durante todo el año —señaló Lucía.

—Yo no pediré na; al final, me traen siempre lo mismo: una carroza con indios, una escopeta pa cazá osos, leones y elefantes..., el chaleco, el sombrero, la insignia de sheriff y dos pistolas —respondió otro de los allí reunidos.

—Pos, a mí, el año pasao, por sé malo, solo me trajón una morcilla patatera. Y menos mal que mi madre m'había comprao un balón el día antes, que si no me había quedao sin na —refirió Moreno.

—¿Y vosotras qué os vais a pedí? —curioseó Antonio, mirando a Rocío y Lucía.

Rocío bajó la mirada y también el tono de voz.

—Yo me pediré algo de ropa... M'ha dicho mi madre que ya soy mu grande pa muñecas.

El rostro de Lucía se iluminó sobremanera.

—A mí me traerán útiles para el colegio. Mi padre se ha empeñado en que tengo que seguir estudiando.

Día 24. Después de comer, a eso de las cuatro, comenzaron a aparecer por el «Cuartel» y, una vez supervisado lo que cada uno había ido depositando sobre la mesa camilla, Antonio comenzó a organizar los grupos y el reparto de instrumentos. Cada equipo estaría compuesto por seis miembros, una botella de anís vacía, una pandereta y una zambomba, quedando distribuidos así: Antonio, Rocío, Moreno y tres más para el acompañamiento; Vicente, Lucía, Leandro y cuatro más; y Pedro, Ana, Susi y el resto de los componentes de la banda.

En Plasencia era costumbre que los pequeños y adolescentes, durante la tarde-noche del 24, acudiesen a solicitar el aguinaldo. El evento consistía en recorrer y visitar a los vecinos de la barriada con el fin de obtener unas monedas y algún que otro dulce y, a cambio, los convidados tenían que interpretar, con mayor o menor habilidad, los cánticos navideños tradicionales. En primer lugar, se llamaba a la puerta y, al ser esta abierta, comenzaban a cantar: «Dame el aguinardo, que es lo que te pido... una perragorda o un vaso de vino... y, si no me lo das..., me cago en tu portal». No todas las puertas se abrían ni en todas las casas correspondían con el aguinaldo; aunque, por norma general, la mayoría permitía el acceso a la vivienda.

Tras pulsar el timbre un par de veces, la puerta fue abierta de par en par. Estupefactos y en silencio, con los ojos tan abiertos como la propia puerta, permanecieron durante unos segundos al descubrir que, frente a ellos, sobre la mesa camilla, descansaban dos o tres bandejas repletas de deliciosos trozos de turrón —blando y duro—; coloridas y apetecibles porciones de fruta escarchada, mazapanes, polvorones, nevaditos, peladillas y piñones. El tamaño de sus pupilas se multiplicó por tres, al tiempo que las papilas gustativas comenzaban a segregar saliva. Al fondo, sobre un aparador color caoba, una bandeja con botellas de anís, coñac, ponche, güisqui y vino dulce, junto a otra con una docena de copas que ansiaban ser llenadas y formar parte del evento; a la derecha, la lámpara y el televisor adornados con guirnaldas de mil colores; a la izquierda, sobre el frigorífico, un radiocasete transmitiendo: «Campana sobre campana y sobre campana una... Belén, campanas de Belén... que los ángeles cantan por ver a Dios nacer...».

—Pasad, pasad —dijo con tono afable la dueña de la casa.

—Hola, buenas tardes. Venimos a por el aguinardo —enunció Antonio con cara de niño inocente.

—¿Asín, sin más, hijo? —indicó, al tiempo que silenciaba el reproductor musical.

Antonio volvió la mirada hacia sus acompañantes y, después de contar en alto hasta tres, comenzó a rascar con el mango de la cuchara el rugoso y áspero lomo de la botella de anís; Rocío le acompañó con la pandereta y Moreno con la zambomba y, unos segundos después, con voz dulce y melódica, los pequeños comenzaron a cantar: «Hacia Belén va una burra, rin, rin...».

Al terminar su repertorio, compuesto por tres o cuatro villancicos, los aplausos invadieron el hogar.

—Muy bien, muy bien —agasajó la señora de más edad, sin dejar de palmear—. Podéis tomar de las bandejas todo lo que os apetezca, excepto el licor, que yo misma os serviré una copita de anís para todos.

Al rato, tras haber degustado una porción de aquello que les había llamado la atención y después de recibir unas monedas, se despidieron de la familia con efusivas muestras de agradecimiento. Para cuando salió el último al rellano, la puerta de enfrente se abría para otro tanto de lo mismo.

A eso de las nueve, como habían acordado, retornaron a la plazuela después de haber estado cantando, comiendo y bebiendo durante más de cuatro horas y, una vez reunidos:

—¿Qué os parece si ajuntamos las perras y nos lo gastamos mañana? —propuso Antonio.

Los cabecillas dirigieron la mirada hacia su equipo en señal de pregunta. La conformidad del conjunto se manifestó a través de gestos y palabras.

—Bien. Pos, siendo asín, ¿quién lo quiere guardá? —consultó Antonio.

—Propongo que seas tú —expresó con energía Rocío.

—Estoy de acuerdo —dijeron los demás.

—¡Vale! Si asín l'habéis decidío, asín s'hará. Bueno, creo que va siendo hora de ir a cená, asín que ¡cada mochuelo a su olivo!

—Hasta mañana, Antonio, que te lo pases bien esta noche.

—Igualmente pa tos vosotros, y recordá que mañana nos vemos ónde siempre.

Al llegar a casa, el placentero aroma que emanaba desde la cocina se había dispersado por toda la vivienda. Aquella noche no habría pavo, como era costumbre entre los americanos; pero, con mucho esmero, se estaban estofando dos espléndidos y titánicos capones. De primer plato, una sustanciosa sopa de pescado; de segundo, una abundante ración de capón; y de tercero, una gran fuente con mejillones, cangrejos y langostinos.

—Está to riquísimo, mama —expresó Carmen.

—Hay que poné mucho amó en to, hija... y cuando sea pa la familia, mucho más entoavía —respondió Manuela.

Los días pasaron con rapidez y llegó Nochevieja. Tras la cena, todos esperaron las campanadas.

—¡Feliz Año 1974! —gritaron eufóricos.

Después salieron a la taberna, donde Ramón animaba la fiesta. Música, baile, risas, abrazos... hasta la madrugada.

El día de Reyes llenó la barriada de gritos y carcajadas. Los niños descubrieron sus regalos con emoción desbordada. Aunque no siempre coincidían con lo pedido, la ilusión permanecía intacta. La plazuela se llenó de vida: unos corrían, otros pedaleaban y otros enseñaban orgullosos sus juguetes.

Una semana después regresaron al colegio. Los primeros días, durante el recreo, compartían con todo lujo de detalles los regalos recibidos y las vivencias de las fiestas.

Poco a poco volvieron a la rutina.

Algunos alumnos se dedicaban en cuerpo y alma a los estudios, conscientes de que a través de ellos podrían labrarse un futuro. Otros, en cambio, seguían entregados al juego y a la diversión.

El invierno fue avanzando despacio entre clases, juegos y tardes en el cuartel, hasta que marzo comenzó a asomar en el calendario.



1 comentario:

  1. Este fragmento puede clasificarse como un relato contemporáneo realista, costumbrista y de evocación nostálgica, con fuerte presencia de relato de iniciación infantil y social, ya que reconstruye con detalle la vida de un grupo de niños en un entorno rural-español de los años setenta, donde las tradiciones populares, la vida comunitaria y la escasez material conviven con la imaginación, la ilusión y la cohesión del grupo.

    El texto se centra especialmente en la celebración de las fiestas navideñas, mostrando costumbres tradicionales como la petición del aguinaldo, los villancicos de puerta en puerta, las reuniones en el “cuartel” y la organización colectiva de los niños. Estas prácticas funcionan como elemento costumbrista y etnográfico, ya que reflejan fielmente una forma de vida desaparecida o transformada, marcada por la convivencia vecinal, la participación infantil en las tradiciones y la sencillez material.

    A través de Antonio y su pandilla, el relato muestra la importancia del grupo como espacio de identidad y aprendizaje. Los niños no solo juegan, sino que se organizan, toman decisiones, reparten roles y gestionan sus recursos, lo que introduce un claro componente de aprendizaje social y responsabilidad colectiva. La figura de Antonio se consolida como líder natural, mientras que el resto del grupo aporta diversidad de actitudes, ilusiones y expectativas ante la Navidad, especialmente en torno a los regalos, que simbolizan tanto el deseo infantil como las limitaciones económicas de la época.

    El relato también incorpora una dimensión claramente emocional y simbólica, al contraponer la ilusión infantil con la realidad social. La abundancia de dulces, bebidas y celebraciones contrasta con la precariedad implícita en muchas familias, lo que refuerza el valor de la comunidad y la generosidad compartida como elemento cohesionador. La Navidad aparece así no solo como una fiesta, sino como un espacio de encuentro social y de reafirmación de vínculos.

    Asimismo, el texto presenta un fuerte componente de memoria colectiva y nostálgica, al reconstruir con detalle rituales, canciones, alimentos y ambientes propios de una época concreta (los años setenta). El lenguaje coloquial y dialectal contribuye a la autenticidad del relato y refuerza su carácter realista, acercando al lector a una comunidad viva y reconocible.

    Por otro lado, se aprecia un leve proceso de transición hacia la madurez, ya que tras las fiestas los niños regresan a la rutina escolar, donde comienzan a diferenciarse entre quienes se orientan hacia el estudio y quienes continúan centrados en el juego. Este contraste introduce el inicio de una reflexión implícita sobre el futuro, el esfuerzo y las distintas trayectorias vitales.

    En conjunto, el fragmento funciona como un retrato literario de la infancia colectiva, donde la Navidad actúa como núcleo narrativo para mostrar la convivencia, la ilusión, las tradiciones populares y el paso del tiempo. Es un texto que combina lo festivo con lo social, lo cotidiano con lo simbólico, y lo infantil con lo formativo, construyendo así una memoria narrativa de una generación.

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