Entre el desencanto y la esperanza
Escrito el domingo 6 de diciembre de 2015, revisado el 19 de mayo de 2026
La semana pasada, caminando por la calle de La Estación, fui abordado por Lorena, una chica que, junto a otras personas, estaba solicitando firmas a favor de Recortes Cero - Los Verdes. Me explicó un poco por encima de lo que se trataba y, al terminar su discurso, le pregunté si había que pagar algo. Ella me miró con ademán de sorpresa y negó reiteradamente con la cabeza. Le di a entender con un gesto que estaba "a dos velas", a la par que oralmente la informaba de que, por culpa de la crisis, estaba más tieso que la mojama. Ella sonrió y nos acercamos hasta la mesa.
Allí me indicaron los pasos a seguir. Después de hacerles saber que soy aficionado a la escritura a nivel de aprendiz, y que a través de ella, a nivel individual, estaba luchando contra la injusta situación mundial de manera altruista, Lorena hizo como que se interesaba. Le pregunté si tenía cuenta en Facebook; asintió con un gesto y le dije si tenía algún inconveniente en decírmela. Tras negar verbalmente un par de veces, me la facilitó y la anoté, acordando con ella que le enviaría el enlace.
Después de firmar, al comprobar que Lorena había desaparecido como por arte de magia, di una barrida con la mirada, me dirigí hacia donde se había desplazado para continuar abordando a los viandantes y retomé la conversación con ella. Al cabo de un par de minutos, me indicó toscamente:
—Lo siento, pero nosotros estamos trabajando.
—¡Oh, perdón! Ya lo siento. Me creo que la gente va igual que yo y, como no tengo horarios que cumplir, pues me pongo a hablar y no me doy cuenta —le dije con educación, a pesar de la momentánea decepción, al tiempo que levantaba la mano para despedirme de ella y de los demás sobre la marcha.
Tras darle un poco de trabajo al que se nutre de azúcares para recopilar información y hacerme entrar en razones, llegué a la conclusión de que tenía que entenderlo como algo normal, ya que ellos se habían desplazado hasta allí para trabajar, y yo para pasear. Sin más.
El lunes de esta semana, a pesar de que la niebla y las bajas temperaturas aconsejaban quedarse en casa, decidí acudir a la oficina de Comisiones Obreras (CC.OO.). Quería asegurarme de si tenía que renovar o no la TPC (Tarjeta Profesional de la Construcción), por el hecho de haber leído en Internet que no era preciso. En previsión de que tuviese que aportar algún tipo de documentación, por ser este el único mes para la tramitación y contar con pocos días laborales, no me quedó otra que volver a salir a la calle. Lo hice después de haber regresado de recoger el pan nuestro de cada día y, de paso, acompañar a mi mascota mientras esta aliviaba sus esfínteres y vejiga, con la única intención de salir de dudas.
Tras salir del portal, me encaminé hasta el lugar a través de la calle Francisco Cantera, por ser esta la que desde mi domicilio me conduce directamente. Al llegar a la altura donde esta converge con la de La Estación, fui abordado por la que posteriormente daría por la portavoz del grupo, Diana. Tras comunicarle que ya había firmado, me indicó que la firma de ahora era para otro asunto diferente, pero relacionado con el mismo tema. Acto seguido, intentó en vano explicarme de qué iba el tema en concreto; ya que, por tener prisa en realizar las gestiones previstas por mí, al observar que tenía una especie de periódico y folletines, le consulté si había que pagar algo por ellos, a la par que le refería mi situación de la misma forma que a Lorena.
Intenté hacerla entender que no era necesario, que estaba convencido desde la última vez que coincidí con ellos en el mismo lugar, pero ella insistió.
—¿Qué cuestan? —insté, a la par que dirigía la mirada hacia su antebrazo.
—Pero déjame que te explique…
—No te preocupes, dime cuánto valen y, a pesar de mi precariedad…
—Pero deja…
—No es necesario. Si los compro no es por quedar bien, sino porque los voy a leer.
—El periódico, un euro; y este, tres.
—Bien, haré un esfuerzo —dije, al tiempo que me echaba la mano al bolsillo de atrás para sacar la desusada billetera.
Tras entregarle en mano al único inquilino, uno de cinco euros, entre una cosa y otra me despedí amablemente de ella y del resto levantando la mano y haciendo un gesto con la cabeza.
—Pero, ¡¿no firmas?!
—¡Ahí va la hostia! Para algo que es gratis —dije sonriéndome, buscando la complicidad de ellos.
Después tomé un bolígrafo y, al ponerme a rellenar los datos, observé que la cosa se resistía como consecuencia de la humedad que el papel había absorbido. Tras cumplimentar el formulario, me entregaron una chapa y una octavilla donde, en la parte de atrás, se indicaba que el sábado día 5 a las cinco de la tarde se celebraría un evento para dar a conocer su alternativa electoral. Sin más, me despedí de ellos levantando el puño con el pulgar indicando hacia arriba.
Al llegar a la oficina de CC.OO., no me quedó otro remedio que esperar a que terminase de atender a una mujer y a un hombre que, al igual que yo, estaba esperando su turno. Mientras tanto, después de dar una barrida con la mirada y coger varios folletos relacionados con asuntos laborales, me entretuve echándoles un vistazo por encima y conversando con el que estaba delante de mí.
Unos quince minutos después, tras llegarme la hora y exponer el motivo de mi visita a la señora que está a cargo, esta me aseguró que no era necesario renovarla. Le pregunté si, en vez de palabra, me lo podía hacer constar por escrito y poner el sello, alegando que era para evitar que en el futuro me supusiera algún perjuicio o molestia económica. Ella, además de afirmar que no habría ningún problema, me indicó que me pusiera en contacto con la Fundación Laboral para comprobarlo si no me fiaba de su palabra.
En fin, que a pesar de la frustración, no me quedó otra que darme por satisfecho y retornar a casa siguiendo el mismo itinerario. Al llegar a la altura de los de Recortes Cero - Los Verdes, al evocar en mí las palabras de Lorena, opté por saludarles desde la distancia. Sin más.
En la mañana del miércoles, en lugar de quedarme en casa escribiendo, opté por coger las gafas de leer y llevarme las dieciséis páginas que componían De Verdad, el periódico quincenal de Unificación Comunista de España, cuya portada aconsejaba que el día 20D había que apoyar a: Recortes Cero - Los Verdes, la alternativa por la redistribución de la riqueza.
A medida que iba adquiriendo información, noté una sensación tan agradable como cuando en verano, después de haber recorrido un largo trecho, te tumbas sobre la hierba bajo la acogedora y gratificante sombra de un soto. Justo cuando iba por la mitad, la melódica sintonía de Expediente X me indicó que alguien quería ponerse en contacto conmigo.
—¡Dígame! —solté sin más, tras haber comprobado que ese número no estaba registrado en la memoria del dispositivo.
—Hola, buenos días. ¿Es usted Francisco, verdad?
—S-sí, s-sí, soy yo, ¡dígame! —tartamudeé, evidenciando el nerviosismo que me invadía en aquel instante, al imaginar que podría tratarse de una de las empresas a las que había enviado el currículum vitae la semana anterior.
—Soy Diana, de Recortes Cero, y el motivo de mi llamada es para saber qué le ha parecido nuestra alternativa para las próximas Elecciones Generales y…
—Justo ahora estoy en ello —le indiqué, totalmente recuperado.
—¿Ha decidido ya si va a asistir al evento programado para el sábado?
—Sí, sí. Cuenta con ello.
—¿Podría convencer a algún familiar, amigo o vecino para que le acompañase?
—¡Huy, madre! Eso ya está peor. La verdad es que, a pesar de que tengo muchos conocidos, tan solo uno ha alcanzado el grado de amigo. Mi mujer es reacia a este tipo de actividades y…
—¿Le importaría que le llame en otro momento para confirmar cuántos asistirán con usted al Centro Cívico?
—No, no, puedes llamar cuando quieras.
—¿Le parece bien el sábado a la una?
—Vale, hasta el sábado entonces.
—Muchas gracias por atenderme. ¡Que pase usted un buen día, Francisco!
—Nada que agradecer y mucho por compartir; de eso, entre otras cosas, creo que trata la vida. Igualmente para ti —dije, poniendo el punto y final a aquella agradable conversación.
Me quité las gafas, doblé el periódico para introducirlo en el bolsillo de la cazadora y me dirigí hacia el campo donde se disputan las mejores partidas de petanca, si no de todo el territorio español, al menos sí de la Comunidad Autónoma de Castilla y León.
Al llegar a casa, vaya por delante que todo podría haber sido fruto de una mala interpretación por mi parte, como consecuencia de la capacidad de imaginar y por la costumbre de dejarme llevar por los pensamientos hasta donde estos me quieran llevar:
—¿De dónde vienes a estas horas? —dijo mi esposa. —¿Qué traes ahí?
—¿No lo ves? —dije a modo de saludo, a la par que le enseñaba y desplegamos el susodicho ejemplar.
—¿Andas con eso? ¿Qué es? —insistió con desaire.
—¿No te acuerdas de lo que te comenté anteayer?
—No, ahora mismo no. ¿Pasa algo por eso?
—No, no lo sé, pero sí que puede pasar…
—¿A qué te refieres?
—¿Me acompañas el sábado?
—¡¿A qué?! ¡¿A dónde?!
—Se han puesto en contacto conmigo los de Recortes Cero para saber si voy a ir el sábado al mitin.
—¿A qué hora es? ¿Dónde es?
—Pues, ¿dónde va a ser? A las cinco de la tarde en el Centro Cívico. ¡Joder!
—¿Dónde está eso?
—Por la zona del Emiliano Bajo, al lado del Lidl nuevo.
—¡Buff! Lo que me faltaba ya…
—No, ¡hombre! Si hace falta llevo el coche.
—No sé, ya te diré; pero vamos, que no te hagas ninguna idea.
—Está bien, a ver si es posible que me lo digas antes de la una del sábado.
—¿Y eso por qué?
—¡¿Hay que decirlo todo, joder?!
—Pues sí.
—He quedado con la chica en que me llamaría a esa hora para confirmar cuántos acudiríamos. No sé si es para hacerse una idea y saber si el lugar dispone de espacio suficiente, o yo qué sé.
—Bueno, bueno, tampoco te pongas así.
Al intuir que, de seguir así, podríamos acabar como el Rosario de la Aurora, opté por guardar silencio y sentarme a comer sin más. El viernes, a última hora, me confirmó que me acompañaría al evento.
El sábado por la mañana, antes de salir de casa por segunda vez, cogí las gafas con la intención de trasladarme hasta el mismo lugar que el miércoles y terminar de leer el periódico de marras. La mañana estaba poco apetecible y, al observar que X llegaba al centro de reunión, lo plegué de nuevo, lo introduje en el bolsillo de la chamarra e hice lo mismo con las gafas después de meterlas en la rígida funda. Me encaminé hacia el lugar.
Al llegar, con voz altiva di los buenos días con la intención de que se dieran por enterados los que allí estaban presentes. X, como casi siempre, estaba intercambiando opiniones con respecto a su tema favorito, es decir, de fútbol; y en especial, de su idolatrado Barça y de los resultados publicados en prensa escrita, después de haber comprado y leído el Marca, como todos los días. Unos minutos después, hice un gesto con la mano y X se acercó hasta mí.
—¿Qué pasa, Francisco?
—A ver cómo te lo explico... —musité.
—¿El qué?
—Se trata de esto —dije al tiempo que le entregaba el periódico—. No creas que trato de convencerte de nada, simplemente quiero comentarte si te apetece acompañarnos.
—¡Bufff! La política no me interesa para nada. No he ido a votar nunca. Ellos no se preocupan más que de llenarse el bolsillo a costa de los demás. Mucho hablar, pero al final todo es mentira. ¡Que vayan ellos y se voten a sí mismos!
—Bueno, bueno, tampoco te pongas así. Entiendo que ahora puede haber un cambio importante a nivel nacional y quizás…
—Todos son iguales, y si quieren que les vote: primero que me den trabajo.
—Está bien, es tu opinión y, a pesar de no estar de acuerdo, he de respetarla; pero luego no te quejes si vuelve a salir el que está.
Me sorprendió su actitud, por el hecho de tenerle por una persona sensata; pero entiendo que está en su derecho de hacer lo que quiera, ya que para ser amigos no es preciso tener que concordar al cien por cien.
©Franizquiero

Crónica autobiográfica de compromiso político y observación social, con elementos de costumbrismo urbano, ensayo testimonial y narrativa reflexiva contemporánea. La obra retrata el acercamiento progresivo de un ciudadano común a una organización política alternativa dentro del contexto de precariedad económica y desencanto institucional que marcó la España posterior a la crisis económica.
ResponderEliminarAmbientado principalmente en Miranda de Ebro, el texto combina escenas cotidianas, recorridos urbanos y conversaciones espontáneas para construir una mirada profundamente humana sobre la participación política desde la periferia social. Más que centrarse en grandes discursos ideológicos, la narrativa se interesa por los pequeños gestos: el acto de firmar, comprar un periódico, aceptar una llamada, invitar a un amigo o intentar convencer a la pareja para acudir a un acto político.
La obra incorpora rasgos propios del costumbrismo contemporáneo: referencias concretas a calles, espacios locales, rutinas diarias, conversaciones coloquiales y situaciones reconocibles de la vida cotidiana. Elementos como la Calle de La Estación, las oficinas de CC.OO., el Centro Cívico o las partidas de petanca funcionan como escenarios simbólicos de una ciudadanía corriente que vive entre la precariedad, el escepticismo político y la necesidad de encontrar algún tipo de esperanza colectiva.
Desde una perspectiva temática, el texto aborda cuestiones como el desempleo, la dignidad personal, la búsqueda de representación política, el desencanto ciudadano y la tensión entre idealismo y desconfianza social. El narrador aparece como una figura marcada por la vulnerabilidad económica, pero también por una fuerte necesidad de participación ética y coherencia personal. La escritura y el interés político se presentan no como militancia fanática, sino como formas de resistencia individual frente a la injusticia social.
La narrativa incorpora además una dimensión emocional muy significativa: la necesidad de sentirse escuchado, reconocido y partícipe de algo colectivo. La llamada telefónica de Diana funciona simbólicamente como un momento de validación humana y política para alguien que vive en una situación de aislamiento parcial y precariedad cotidiana.
Estilísticamente, el texto mezcla ironía popular, lenguaje coloquial, observación detallista y reflexión introspectiva. El narrador alterna humor, autocrítica y sensibilidad social, construyendo una voz cercana y reconocible que convierte experiencias aparentemente menores en reflexiones más amplias sobre la sociedad contemporánea y las relaciones humanas.
Literariamente, la obra se sitúa entre la memoria autobiográfica, la columna social y la crónica ciudadana, destacando por su capacidad para transformar hechos ordinarios en un retrato emocional de una época marcada por la incertidumbre económica y el deseo de cambio político.
En conjunto, el texto funciona como una exploración de la participación política desde la experiencia cotidiana de la precariedad y el desencanto, mostrando cómo, incluso en contextos de frustración social y desconfianza colectiva, persiste en algunas personas la necesidad de creer que aún es posible construir espacios de solidaridad, dignidad y transformación compartida.