Uno de aquellos días, presenciaron cómo volaban materiales de una obra cercana. Las ráfagas eran tan virulentas que derribaban paredes recién levantadas. Hasta las inmediaciones del Cuartel llegó un plástico de grandes dimensiones.
—¡Vamos a cojé el presilá! —chilló Antonio—. Veréis qué bien lo vamos a pasá.
—Antonio, ¿qué te s'ha ocurrío? —balbuceó uno de los presentes.
—Ahora lo vais a vé —respondió él, mientras entraba a la barraca en busca de la hoz.
Seccionó el material en tres trozos. Tomó uno, lo enrolló bajo el brazo y, con dificultad por el viento, trepó hasta la cima del canchal que resguardaba la barraca. Una vez allí, desplegó el plástico y se lanzó al vacío. Sintió su corazón desbocado de adrenalina mientras ganaba altura, aferrándose al improvisado paracaídas con más miedo que atrevimiento. Desde lo alto atisbó cómo los demás corrían y gritaban. De súbito, empezó a descender: «Padrenuestro que estás en el cielo… te pido que no me pase ná… por favó, Señó, te lo suplico».
Tras recorrer cincuenta metros por el aire, ejecutó un aterrizaje profesional. La hazaña provocó que todos quisieran volar.
—Solo pueden tirarse los mayores —dijo tajantemente el capitan.
—¡Jo! Yo tamién quiero… —protestó Moreno.
—¡He dicho que no! Y el que no haga caso, le echo de la banda. ¿Queda claro?
El fin de semana fue una fiesta de risas hasta que Leandro, en uno de los saltos, ascendió más de lo habitual. Invadido por el terror, se soltó del plástico y cayó estrepitosamente, rompiéndose el brazo por el codo. La noticia corrió como la pólvora. Al enterarse José de lo ocurrido, mandó a Azucena en busca de Antonio.
—¡Ven aquí, Pirata! —gritó Jose al verle venir—. Tú me vas a buscá la ruina, bandío; pero antes te mato a correazos.
—Papa, le prometo que yo no tengo la culpa. Se lo juro que s'han tirao ellos porque han querío —aclaró Antonio—. Se lo juro por mama.
José arrugó el entrecejo y sacó el cinturón: —¡T'he dicho que vengas aquí!
—¡¿Pero qué vas a jacé, hombre?! —irrumpió desde una ventana Miguel, el padre de Leandro—. No castigues al muchacho, que son cosas de juegos. ¡Jodél!
—Es que no idea cosa güena este bandío —respondió José, tratando de justificarse.
—No te hagas mala sangre, José… Son muchachos y tién que juegá.
—Gracias por tomálo asína, Migué. Tu hijo es un muchacho noble —concluyó José, guardando el correón.
Antes de entrar a clase, Antonio relataba su aventura a un grupo de alumnos.
—No exageres, chaval —soltó Roberto, su compañero de pupitre—. Volar solo lo hacen los pájaros y los aviones.
—Pos si no te lo crees, apamplao, se lo preguntas al Leandro cuando venga —desafió Antonio—. Voló más alto que yo… si no se suelta llega hasta el tejao.
—¡Buf! Qué bolero eres —se mofó Roberto.
—Ya lo creerás cuando le veas el brazo roto… A vé qué dices aluego.
Mayo transcurrió seco y el verano se adelantó con temperaturas de 40 ºC. La familia vivía en la cuarta planta, justo bajo el tejado. Aquello era un horno; el calor se filtraba por el techo y dormir era imposible.
—¿Qué te paéce si mos vamos a viví a la orilla del río hasta que bajen estas calores? —propuso José a Manuela.
—Por mí, está bien. Pero mejor esperá a que le den al muchacho las vacaciones.
—Vale, pero el sábado iremos a prepará el sitio y, en cuanto esté listo, mos vamos p'allá con tos los achiperres.

Este fragmento puede clasificarse como un relato costumbrista, de aventura juvenil y aprendizaje vital con fuerte carga social y simbólica, ya que retrata la creatividad, la libertad y el espíritu de supervivencia de unos muchachos humildes que convierten la escasez en imaginación y el barrio en un universo propio. A través de Antonio, líder indiscutible de la pandilla, la narración muestra cómo la infancia popular de principios de los años setenta se desarrollaba entre descampados, barracas, vertederos, juegos peligrosos y una convivencia callejera marcada por la camaradería y la ausencia de recursos materiales.
ResponderEliminarEl episodio combina continuamente la aventura con la vida cotidiana: los niños construyen bicicletas imposibles, fabrican un tándem, transforman un viejo chiscón en cuartel general y recorren kilómetros hasta el basural en busca de objetos abandonados que para ellos representan auténticos tesoros. Esa capacidad para reutilizar, imaginar y crear convierte el relato en un homenaje a una generación criada en la precariedad, pero también en la libertad absoluta de la calle. La narración refleja además el contraste entre el mundo infantil y la autoridad adulta, representada por José, quien alterna la dureza y las amenazas propias de la educación de la época con un profundo amor paternal y una preocupación constante por el bienestar de su hijo.