viernes, 29 de mayo de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo I, episodio 8



Tras una noche de sueños e inquietudes, a eso de las ocho, Antonio buscó a los perros y los llevó a la barraca. Salió de allí con un largo y estrecho cajón de madera provisto de seis ruedas, extraídas de dos viejos porta-bebés hallados en el vertedero. En la parte delantera sobresalía una cuerda de tres metros con travesaños de madera intercalados. Los cánidos saltaban eufóricos. Antonio los sujetó por el collar al armatoste, recogió al pequeño Manolete y, al comprobar que estaban todos, ordenó: —¡Hala, mi niño! Súbete al trineo que nos vamos de viaje.

Un silbido particular bastó para que los perros tiraran del rudimentario ingenio. Emprendieron la marcha ladera arriba con brío. Los gritos de aliento y los ladridos evidenciaban la ansiedad por llegar. Una vez coronada la loma, el trayecto se suavizó entre cerros y hondonadas. El destino distaba unos cinco kilómetros de la ciudad. Antonio supervisaba el carruaje mientras los demás seguían sus instrucciones.

—Mi niño, ¿vas bien ahí? 

—Sí, tío, ¡de chupilimanguili! ¿Farta mucho pa llegá? 

—Entoavía falta un poquino…, pero vamos a pará enseguía en la fuente de los güevos güeros —llamada así por el olor sulfuroso de sus aguas. Allí, Antonio liberó a los perros para que abrevaran.

Media hora más tarde, reanudaron la marcha. «A vé si tenemos suerte y encuentro lo que busco... Estoy seguro de que la gustará lo que quiero hacé», pensó Antonio.

—Antonio, ¿falta mucho? ¿Qué hora es? —preguntó Moreno, agotado. 

—Ya falta un poquino, ya estamos llegando… Detrás de aquel cerro está lo que buscamos —respondió señalando un collado.

Desde la distancia se apreciaba ya la bandada de aves de rapiña y un hedor pestilente que invadía todo el término. Entre el olor a podrido y chamuscado, millones de moscas revoloteaban sobre la basura. El vertedero se ubicaba en una finca municipal rodeada de retamas, encinas y grandes berruecos. Aquel escenario pútrido nada tenía que ver con el pasado, cuando los arrieros transitaban el lugar en busca de las piedras talladas por los canteros para construir las iglesias de Plasencia.

Para entrar al vertedero había que cruzar una cancela de hierro incrustada en una pared de piedra seca. Junto a ella, una destartalada caseta daba cobijo al asalariado municipal; a pocos metros, dos bidones servían de hogar a dos mastines famélicos que alertaron de la llegada de los intrusos con ladridos roncos.

Al abrir Antonio la chirriante hoja de la cancilla, el tenebroso alarido de los goznes provocó la estampida de los mastines, aterrados por el ruido. A lo lejos, detrás de un canchal, apareció un hombre corpulento de unos sesenta años, subiéndose los pantalones y con un cigarro en la boca. Era el señó Manolo, quien pasaba el cinturón por las trabillas de su pantalón ennegrecido.

—Alto, ¿quién anda ahí? —rugió con voz ronca. 

—¡Eh!, señó Manolo, que soy Antonio, el hijo de José el pescaó. 

—¡¿Y qué hoctia hacéis aquí?! 

—Venimos a vé si hay alguna cosa que nos pueda serví —respondió Antonio seguro de sí mismo.

El resto de la expedición callaba, temerosos ante el aspecto del hombre y el ladrido de aquellos perros de pelaje parasitado cuya existencia difícilmente podía llamarse vida. Animales sentenciados a defender aquel pudridero a cambio de un poco de agua y pan duro, si no eran capaces de agenciárselo por su cuenta como las ratas y las moscas.

—Aquí no puede entrá nadie, ¿no sabes leé? —dijo secamente el operario señalando un cartel—. ¿Qué pone ahí? 

—Pro-bi-do... el-pa-so y... ver-té... es-com-bros... sin-el per-miso de-el gu-gu-guarda… ba-jo murta… de mil… pejetas —balbució el chico. 

—¡Entonces!, ¿qué es lo que no has entendió? 

—Señó Manolo, pero yo le iba a pedí permiso a usté pa podé entrá —dijo Antonio con cara de inocente. 

—Bien, ya que estáis aquí, os voy a dejá pasá... pero no quiero vorvé a veros por aquí. Tené mucho cuidao, que si ocurre algo el responsable seré yo. ¿Ha queao claro?

Asintieron con la cabeza, ansiosos por empezar. —No se precupe usté, que d'eso m'encargo yo —dijo Antonio haciendo un gesto a sus subordinados—. ¡Ah!, y muchas gracias, señó Manolo. 

—No tardéis mucho, que en dos horas viene un camión a descargá. ¿M'habéis oío bien? 

—¡Sí, señó! —respondieron al unísono. 

—¡Venga, darsos prisa! Cogé solo aquello que pueda valé —ordenó Antonio.

En menos de lo que canta un gallo, se dispersaron. 

—¿Esto vale? —gritaban mostrando cachivaches. Antonio daba el visto bueno o los rechazaba según su criterio. Una hora después, consideró que la cosecha era productiva. —¡Venga, muchachos, vámomos ya!

Se reunieron de nuevo frente al operario municipal. —Paece que sos ha dao bien el viaje, ¿no? 

—Sí, asín es, señó Manolo... Gracias a usté, ya tengo lo que buscaba. 

—De na, hijo… pero recuerda que aquí no se puede entrá. Si vorvéis, no sos dejaré pasá. 

—Sí, señó. Le juro que no volveremos más.

Dos horas después, jadeantes y empapados en sudor, llegaron al punto de partida justo para comer. 

—Dejá to endentro y regresá cuando podáis… Esta tarde veremos qué se puede hacé con lo qu'hemos traío. ¡Cada mochuelo a su olivo! —ordenó Antonio, usando la frase de don Luis, su profesor de quinto.

A eso de las cuatro, Antonio caminaba hacia la barraca cuando vio a dos hombres que transportaban algo voluminoso y lo arrojaban sobre unas carrascas, en uno de los muchos estercoleros descontrolados de la zona. Aquello despertó su curiosidad. «En cuantito vengan los muchachos iremos a vé si nos sirve», pensó mientras abría el candado de la barraca que su padrino le había construido antes de emigrar a Madrid. —A vé qué tenemos aquí: una mesa, las sillas y el brasero. Esto lo meteremos atrás con el cuadro de bici y, con las ruedas de la piconera, podré hacé una bicicleta nueva —se dijo.

—¿De ónde has sacao to eso, Pirata? —preguntó una voz a su espalda. Era José. Antonio se puso en pie para el saludo familiar. 

—Hola, papa. Lo hemos traío del basural. José enarcó las cejas entre enojado e incrédulo. 

—¡¿Del vertéero?! ¿Hasta allí sos hay alargao? 

—Sí, papa. Salimos temprano y pa la hora de comé estábamos aquí. 

—T'he dicho mil veces que no quiero que t'alargues del barrio, y menos cruzando la carretera. El día que ocurra una desgracia te culparán a ti de to. Antes de que eso pase, te voy a encadená a la pata de la cama. 

—No se ponga usté asín. Le juro por Dios que no voy a ir más. 

—Como me entere otra vé, con este que ves aquí —dijo llevándose la mano al cinto—, te saco la piel a tiras. 

—Papa, ¿me puedo traé un saco de picón aquí pa cuando llegue el invierno? 

—Está bien, hijo; pero te lo traes cuando arrecie el tiempo. Y no gastes más de lo menesté, ¿m'has oío?

 —Sí, papa. ¡Muchas gracias! 

—¡Quea con Dios, hijo!

Por el camino, Pedro y Moreno corrían veloces. 

—Buenas tardes, señó José —dijeron al cruzarse con él. 

—¡Güenas están!... ¿A ónde iréis tan ligeros, par de pollos? 

—En busca de Antonio —respondió Pedro—. ¿Sabe si está en el cuartel general? 

—¡¿Cuarté generá?!... ¿A ónde queda eso, hijo? 

—¿Que si está el Antonio en el chiscón? —aclaró Moreno. 

—Sí, allí anda… No sé qué sos traéis entre manos, ¡granujas! 

—Na, señó José... cosas de Antonio —refirió Pedro. 

—¡Venga, seguí trotando! Y tené mucho cuidao, que las desgracias andan siempre al acecho. 

—¡Adiós, señó José!

José los vio desaparecer con una sonrisa leve: «Qué cosas tiene el joio muchacho… Son juegos sin maldá. Peó sería que fuese un vándalo, aunque de seguí asín, algún día me traerá quebraeros de cabeza».

Jadeantes, los amigos llegaron al cuartel compitiendo por entrar primero. 

—Hola. He visto que hablabais con mi padre, ¿qué sos ha dicho? —preguntó Antonio. 

—Na, que aónde íbamos tan aprisa —aclaró Moreno. 

—M'ha reñio por lo de esta mañana y m'ha probido volvé allí —sentenció Antonio con semblante circunspecto. 

—No te precupes, Antonio... de todas formas, el gordo asqueroso no nos iba a dejá entrá más —recordó Pedro—. ¿Esperamos a alguien pa colocá to esto? 

—Sí, esperaremos a que vengan tos. Vi a dos hombres tirar algo ahí atrás, iremos a vé qué es cuando estemos juntos. 

—Antonio, la mesa y el brasero sé pa qué valen, pero el baúl y la maleta… —dudó Moreno. Antonio torció el labio: —Pos está más claro que el agua: pa meté cosas y pa sentarnos, ¿no? 

—Tienes razón —dijo Moreno bajando la mirada. 

—¡Ahí vienen los de "la banda del peo, que son pocos y feos"! —bromeó Pedro.

—Vamos a resolvé el misterio —instó Antonio—. ¡Segidme! Tras aquellas carrascas hay algo que necesitaba la fuerza de dos hombres; seguro que es valioso.

Corrieron ladera arriba. Al descubrir que era un sofá-cama, saltaron sobre él gritando de alegría. Tras reposar quince minutos, emprendieron el traslado por el terreno abrupto. —¡Vaya, lo que nos faltaba! —gruñó Vicente al llegar a la puerta—. M'apuesto lo que quieras a que no podemos meterlo. 

—¿Tan seguro estás? Se nota que en tu casa no tenéis sofá —replicó Antonio con ironía—. Vas a vé cómo vale más la maña que la fuerza.

Tras varios intentos, lograron traspasar la puerta. Una hora más tarde, el sofá, la mesa camilla, las sillas, el baúl y la maleta estaban en su sitio. 

—Bueno, chavales, ya está to preparao. Mañana invitaré a las muchachas pa vé qué las parece el cambio. «Espero que a Rocío la guste como lo he puesto», pensó Antonio. Leandro no daba crédito: —¿Van a vení ellas aquí a juegá? 

—Sí. Si ellas quieren, ¿por qué no? 

Leandro apretó las mandíbulas con el ceño fruncido: —Pos no sé pa qué, si nosotros juegamos a otras cosas. 

—Si no estás de acuerdo —dijo Antonio señalando con el mentón—, ya sabes a ónde tienes la puerta. 

—Está bien —masculló Leandro—. Tú eres el que manda aquí, el que ordena y amenaza. 

—¿Cómo dices? —inquirió Antonio alzando la voz. 

—Na, na. Que estoy de acuerdo —mintió Leandro con una sonrisa falsa.

1 comentario:

  1. Este episodio puede clasificarse como un relato costumbrista, de aventura infantil y aprendizaje social con un marcado componente testimonial y emocional, ya que retrata con enorme riqueza descriptiva la vida cotidiana de una pandilla de niños de barrio en la España humilde de los años setenta. A través de la figura de Antonio y sus inseparables compañeros, el relato muestra cómo la imaginación, la amistad y el ingenio eran capaces de transformar la precariedad material en un universo propio lleno de aventuras, normas, jerarquías y sueños compartidos.

    El capítulo profundiza especialmente en la capacidad de liderazgo de Antonio, quien actúa como motor creativo y emocional del grupo. Su iniciativa de construir un improvisado “trineo” con materiales reutilizados, organizar la expedición al vertedero municipal y convertir objetos abandonados en mobiliario para el “cuartel general” simboliza la creatividad nacida de la necesidad. El vertedero, descrito con crudeza casi naturalista —entre pestilencia, animales famélicos, humo y basura—, se convierte en un espacio de descubrimiento donde los niños encuentran tesoros allí donde los adultos solo ven desperdicios. Esta transformación de lo desechado en algo útil refleja de manera simbólica la propia realidad social de los barrios obreros de la época: comunidades acostumbradas a sobrevivir reutilizando, reparando y aprovechándolo todo.

    La narración posee además un importante valor testimonial y generacional, pues documenta costumbres, expresiones populares, juegos infantiles y formas de convivencia propias de una época desaparecida. El lenguaje dialectal extremeño aporta autenticidad y cercanía a los personajes, reforzando el carácter humano y popular de la obra. Del mismo modo, la descripción del vertedero, del guarda municipal, de los perros abandonados y de los descampados periféricos funciona como una fotografía social de la España periférica y humilde de aquellos años.

    En el plano psicológico, el episodio muestra cómo Antonio comienza a madurar emocionalmente. Aunque sigue siendo un niño aventurero, ya aparecen en él responsabilidades propias de un pequeño líder: protege a los más pequeños, organiza al grupo, toma decisiones y aprende a negociar con la autoridad representada por su padre y por el operario del vertedero. La conversación con José introduce el conflicto entre la libertad infantil y el miedo paterno a la desgracia, algo muy presente en las familias trabajadoras de la época, donde la calle era sinónimo tanto de aprendizaje como de peligro.

    El “cuartel general” adquiere un enorme valor simbólico dentro del relato. No es solo una barraca decorada con muebles encontrados, sino el refugio emocional de la pandilla: un espacio propio donde los niños construyen identidad, amistad y pertenencia. La llegada del sofá-cama, la mesa camilla y el resto de objetos convierte aquel rincón en una especie de hogar alternativo, una representación infantil del mundo adulto que comienzan a imaginar y reproducir.

    Finalmente, el episodio incorpora los primeros conflictos derivados del despertar adolescente. La intención de Antonio de impresionar a Rocío revela el nacimiento de sentimientos afectivos más profundos, mientras que la actitud desafiante y resentida de Leandro anticipa tensiones internas dentro del grupo. De este modo, el relato deja de centrarse únicamente en la aventura y el juego para comenzar a explorar emociones más complejas: los celos, el orgullo, la necesidad de aceptación y las primeras rivalidades.

    En conjunto, este fragmento consolida la esencia de Los Hijos de La Data como una novela profundamente humana y evocadora, donde la infancia popular aparece retratada con autenticidad, ternura y realismo, convirtiendo la memoria colectiva de un barrio obrero en una historia universal sobre la amistad, el crecimiento y la lucha por encontrar un lugar propio en el mundo.

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