viernes, 22 de mayo de 2026

Los Hijos de La Data


 




Introducción



La Data es un barrio placentino, situado en el norte de la ciudad. 

Los límites de este barrio son desde la Avenida Virgen del Puerto  a la Avenida de Portugal.

Es un barrio que comienza su construcción a finales de la década de 1950. 

La Data se construye debido a la expansión de la ciudad, y la falta de viviendas necesarias ya que  Plasencia sufrió un incremento de población ya que muchos habitantes de pueblos cercanos pasaron a residir en la ciudad. 

Cuando el barrio se construye todo a su alrededor es campo. 

La primeras viviendas datan del año 1956 y las construye la Delegación de Sindicatos Nacional. 

Tras este grupo de viviendas en 1959 se construye otra fase, también por la Delegación de Sindicatos Nacional. Agrupación hermanita Alina.

Se construyen junto a lo que era la cárcel, actual Centro de Salud de La Data. 

Antes de convertirse en Centro de Salud, fue un taller de cerrajería, perteneciente al  Ayuntamiento de Plasencia.

A parte de la cárcel, lo único que existía en la zona cuando comienzan a construirse viviendas aquí es el actual Colegio de las Josefinas, que se encontraba junto al camino del Puerto. Es un barrio obrero, que en sus inicios lo formaban familias numerosas con varios hijos.



Capítulo I




13 de junio de 1957

Al amanecer, en una humilde casa de Extremadura, llegaba al mundo el séptimo hijo de José Hinojal y Manuela Sánchez. Él, peón de albañil; ella, entregada a las tareas del hogar. Con el llanto del recién nacido, la familia quedaba completa: José, de 41 años; Manuela, de 37; y una hilera de hermanos que marcaban el paso del tiempo: Carmen, de 18; Manuel, de 16; Joselito, de 14; Dolores, de 12; Juana, de 10; Azucena, de 8; y finalmente Antonio, el benjamín.

Vivían en una pequeña vivienda de protección oficial en las afueras, en el floreciente Barrio Obrero. Aquel asentamiento se extendería pronto por La Data, una vasta finca agrícola y ganadera que abrazaba la ciudad. Como el salario de José apenas alcanzaba para tantas bocas, el jornal de albañil se estiraba en otoño e invierno con la pesca y la fabricación de picón, el combustible humilde que combatía los crudos inviernos extremeños.

José descendía de una estirpe que había alimentado a la ciudad con pescado de río durante generaciones. Era un hombre extrovertido, bromista y generoso; le gustaba hacer reír y, aunque a veces adornaba sus relatos con alguna que otra exageración, todos le reconocían un corazón de oro.

Manuela, por su parte, provenía de raíces jornaleras. Era alta, fuerte y afable. Su cabello castaño caía en rizos sobre un rostro redondo, iluminado por unos ojos marrones siempre alegres. Su andar pausado reflejaba un carácter sosegado, pero su mente, lúcida y resuelta, dirigía la casa con una mezcla de firmeza y cariño. Vestía batas estampadas y siempre buscaba alivio para sus pies cansados:

«Me busque usté un 36 pa pies delicáos», decía con cortesía al ser atendida.

Sobre ella recaía el peso del hogar. Cuidaba de los hijos, cocinaba, limpiaba y vendía género tanto en el barrio como en la plaza de abastos. Además, reparaba y confeccionaba las redes que José remataba con flotadores de corcho y plomo, equilibrándolas con maestría para que barrieran el río desde el fondo hasta la superficie.

Aunque ninguno de los dos sabía leer ni escribir, grabaron en sus hijos los valores más hondos: respeto, responsabilidad y afecto. En aquella casa, la obediencia no nacía del castigo, sino del ejemplo; los mayores cuidaban de los pequeños y todos arrimaban el hombro por el bien común.

El barrio crecía lleno de vida. Los gritos y risas de los niños se mezclaban con las charlas de las madres, que compartían apoyo y confidencias. La escasez era el denominador común, pero la solidaridad convertía a los vecinos en una gran familia. Se compartía el pan, el consejo y las fuerzas para salir adelante en aquellos años difíciles, pero profundamente humanos.

En los 60, España aún olía a campo, aunque la industria empezaba a asomar. En el norte de Extremadura el cambio fue lento; el mundo agrario resistió hasta bien entrada la década de los 90. En los 70, La Data seguía siendo un territorio de barro, sin asfalto y apenas farolas. Un arroyo corría junto a las casas y, cuando el invierno arreciaba, se desbordaba creando grandes balsas donde los niños —ajenos a las carencias— jugaban con barquitos de papel o se atrevían a nadar.

Aquel barrio había brotado junto a una vía pecuaria medieval. Cada mayo, el aire se llenaba del polvo y el balido de los rebaños que subían hacia las Sierras de Gredos. Familias gitanas acampaban allí durante el verano; sus caballos y mulas pastaban libres por la periferia, integrándose en el paisaje.

Payos y gitanos compartían juegos, ferias y celebraciones. Los niños se mezclaban sin etiquetas y los adultos brindaban juntos en las bodas. Aquella convivencia, forjada en la dureza del día a día, marcó el inicio de nuevas formas de relación y puso los cimientos del mundo que hoy habitamos.



1 comentario:

  1. Relato costumbrista de ambientación histórica
    Texto narrativo ambientado en la Extremadura obrera de finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, centrado en el nacimiento y entorno familiar de Antonio, el benjamín de una humilde familia trabajadora del Barrio Obrero de La Data, en Plasencia.

    A través de una narración cercana y detallista, el relato reconstruye la vida cotidiana de la época: las dificultades económicas, los oficios tradicionales, la solidaridad vecinal, la convivencia entre familias payas y gitanas y el crecimiento de los barrios populares surgidos durante la expansión urbana de la ciudad.

    El texto combina memoria social, descripción costumbrista y contexto histórico para retratar una generación marcada por el esfuerzo, la dignidad y los valores familiares, ofreciendo al lector una visión humana y emotiva de la vida en la Extremadura de mediados del siglo XX.

    ResponderEliminar