viernes, 12 de junio de 2026

Los Hijos de La Data, capítulo 3, episodio 13



En los años previos a 1992, con motivo de la Exposición Universal de Sevilla, celebrada para conmemorar el quinto centenario del descubrimiento de América, y de los Juegos Olímpicos de Barcelona, España se vio en la necesidad de acondicionar y crear las infraestructuras necesarias para albergar dichos acontecimientos, así como carreteras y autovías que facilitasen el desplazamiento por todo el territorio nacional. Se vieron afectadas, en mayor o menor medida, casi la totalidad de las redes de transporte y comunicación de la Península. Por aquellos años, la demanda de mano de obra fue tal que muchos trabajadores abandonaron sus empleos de toda la vida para aprovechar, entre otras cosas, las mejoras salariales.

Manuel Hinojal Sánchez fue uno de los que se desplazó hasta Sevilla junto a un par de cuadrillas de encofradores de Plasencia, allá por el mes de febrero de 1988. Algunos de los obreros destinados allí solían regresar a sus domicilios cada quince días para reunirse con sus familias y entregarles buena parte de aquellos descomunales sueldos que obtenían gracias a los destajos y a las innumerables horas extraordinarias.

Con el tiempo, y tras demostrar su capacidad de organización y profesionalidad, Manuel fue nombrado jefe de equipo y pasó a coordinar, junto a otros responsables superiores, un total de cinco cuadrillas.

El tiempo siguió su curso como siempre, sin prisa pero sin pausa, sin necesidad de detenerse por nada ni por nadie.

Audiencia Provincial de Cáceres:

«El Ministerio Fiscal comunica y da por válidas las pruebas realizadas en el lugar de los hechos y sobre el fallecido D. Leonardo González Marín, alias "el Tuerto". Según consta en el informe emitido por D. Alejandro Gutiérrez Clemente, médico forense en ejercicio en la ciudad de Plasencia, la causa de la muerte no fue consecuencia directa de los golpes propinados por el inculpado D. Antonio Hinojal Sánchez, sino del impacto sufrido por la víctima en la sien derecha al golpearse contra uno de los tornillos de la rueda de un Renault 12 GTL abandonado en las inmediaciones del club de alterne Las Palmeras, situado entre las localidades de Torremenga y Jaraíz de la Vera.

Por tal motivo, el Ministerio Fiscal considera que el delito de homicidio, así como la pena inicialmente solicitada, deben ser recalificados como un delito de lesiones con resultado de muerte y, ateniéndose a lo dispuesto en el Código Penal vigente, procede imponer al acusado una pena de dos años de prisión. Asimismo, y dado que el procesado permanece privado de libertad desde la fecha de los hechos, le corresponde acceder al régimen de libertad condicional hasta el cumplimiento íntegro de la condena impuesta».

Así rezaba la sentencia y, once meses después de haber ingresado en prisión, Antonio recuperó la libertad.

Durante diez insufribles e interminables días permaneció en casa sin salir a la calle, soportando en sus propias carnes uno de los mayores tormentos y dolores que había padecido jamás: vómitos, diarreas, espasmos musculares, sudoración constante, escalofríos y una ansiedad que parecía no tener fin. Durante el día, Teresa y José permanecían pendientes de él; por las noches, ella acudía a trabajar y era José quien le hacía compañía. Azucena se había independizado y compartía un piso de alquiler con una compañera de trabajo.

—Mi niña, ¿qué te parece si nos vamos a pasá lo que queda del verano al río?

—¿Y eso por qué, cariño?

—Creo que me ayudaría bastante. Ya sabes... no me voy a está el resto de mi vida aquí metío entre estas cuatro paredes. Necesito salí y respirá mi libertad.

—Me parece bien, cariño. Le diré a Paco si tiene algún inconveniente en ir a buscarme allí.

Tres días después, Manuel les ayudó a trasladar los enseres hasta el islote. Al llegar descubrieron que habían instalado un chiringuito junto a la Playina de los Ángeles. Lo regentaba una familia conocida del barrio de Los Mártires. En el islote acampaban varias personas de La Data. Todos le conocían desde la infancia y eran conscientes de que aquel lugar existía gracias a él, motivo por el cual no pusieron inconveniente alguno a que los recién llegados instalasen allí su tienda de campaña.

Teresa se instaló en el lugar como si fuera a vivir allí durante muchos años, colocando cada cosa en su sitio hasta que todo quedó tan bien dispuesto como en una vivienda perfectamente organizada.

Enseguida fueron tomando confianza con Maruja, la dueña del chiringuito, y al final pasaban allí más tiempo que en la tienda. Allí comían, bebían y mataban las horas hasta que Paco, el camarero del club, se acercaba a recogerla, sobre las siete de la tarde.

En Plasencia, por aquella época, era habitual que durante el verano las familias se desplazasen hasta las zonas de baño y, como consecuencia de ello, a lo largo del río se instalaban varios chiringuitos. Estos eran recorridos, principalmente por los hombres adultos, durante las mañanas de los fines de semana, con el fin de tomar unos vinos y degustar los exquisitos peces fritos y escabechados que se ofrecían gratuitamente como tapa o aperitivo.

También era frecuente que las familias hiciesen uso de los chiringuitos para comer. El único requisito era que las bebidas fueran adquiridas en el propio establecimiento.

Antonio y Teresa habían acordado con la dueña del kiosco que él surtiría de pescado todas las semanas al merendero y que, a cambio, Maruja se comprometía a cocinar para la pareja siempre que ellos le proporcionasen los ingredientes.

Por las tardes, entre semana, además de Moreno, se acercaba algún que otro conocido del barrio. Moreno solía sentarse a compartir con Antonio un par de litronas y, de paso, hacerle compañía, pues sabía que su amigo carecía de recursos económicos debido a los problemas que arrastraba desde su ingreso en prisión.

El verano iba transcurriendo como siempre. Mediaba el mes de agosto. Antonio llevaba bastante bien estar apartado de la ciudad, aunque cada vez se le hacía más duro y tedioso pasar tantas horas lejos de Teresa.

Un viernes, habiéndose excedido con las cervezas y algún que otro porro, y ante la tardanza de su amada, comenzó a deambular por los alrededores y por el camino que discurría paralelo al cauce del río, dejándose llevar por las dudas que tanto le atormentaban.

«¿Dónde estará? ¿Con quién estará? ¿Qué estará haciendo? ¡Que venga de una vez!... Ya se va a enterar esta hija de p...»

Se decía a sí mismo una y otra vez, mientras lanzaba patadas al aire y gesticulaba exageradamente con las manos.

El sol comenzaba a hacerse visible cuando, al percibir el sonido de un motor que se aproximaba, se apartó del camino y se ocultó detrás de unas zarzas. Al observar que Teresa se despedía con un par de besos de su acompañante y que el vehículo que la había acercado hasta allí le era totalmente desconocido, fue suficiente para que se encaminase hacia ella y, sin previo aviso, la emprendiera a puñetazos.

En ese instante, como cada mañana, Emilio abandonaba la zona de acampada para dirigirse al desguace donde trabajaba.

—¡Para, para! —gritó angustiada Teresa—. ¡Por lo que más quieras, para, por favor!

Emilio detuvo el rojo SEAT 1430 junto a ellos al tiempo que abría la puerta del copiloto. Teresa se introdujo de un salto y, en apenas un par de segundos, el coche se perdió por el camino levantando una estela de polvo.

—No sé cómo le aguantas —comentó Emilio.

—Por favor, ¿me puedes acercar hasta una parada de taxis?

—Sí, claro. Me coge de paso la del ambulatorio. ¿Te viene bien esa?

—Sí, está bien.

Quince minutos después, Teresa se introdujo en el taxi de un conocido de Pepe.

—Hola, buenos días. ¿Dónde la llevo?

—A Salamanca.

—Miguel, me llamo Miguel.

Al comprender que no tenía ganas de conversar, permaneció en silencio y puso rumbo al destino.

Media hora después, al comenzar la subida del antiguo Puerto de Béjar:

—¿Podría parar un momento junto a la fuente? Necesito un poco de agua.

—Sí, claro. Cualquier cosa que necesite.

—Es para beber un poco y refrescarme la cara.

Un par de minutos después prosiguieron la marcha.

—Perdone mi atrevimiento, pero ¿qué le ha pasado?

—¿Qué me ha pasado?

—Bueno..., su ojo parece indicar que...

—Sí, ya imagino lo que quiere decir. Mi ojo indica algo más que el dolor que me produce.

—Perdone si la he molestado. Solo pretendía...

—Comprendo su intención. Digamos que he tenido un pequeño percance, eso es todo.

—La verdad es que no entiendo a este tipo de personas —manifestó con desagrado el taxista—. Tampoco entiendo qué hace usted junto a él.

—Sí, a veces también me pregunto eso mismo.

—Tienen que comprender que, si se trabaja en un club y se gana dinero, ocurren ciertas cosas. Gusten o no, son circunstancias que deben asumirse desde el principio. No creo que a nadie le sobre el dinero como para ir regalándolo por esos sitios. Perdóneme por ser tan claro, pero usted merece otra vida.

Teresa se mantuvo en silencio el resto del viaje.

—Bueno..., estamos llegando a Salamanca. Usted me dirá a qué calle...

—Déjeme en las inmediaciones del puente romano. Me apetece pasear un poco.

Al llegar junto al lugar indicado:

—Según el taxímetro son diecinueve mil setecientas cincuenta y seis pesetas, pero se lo dejaré en diecinueve mil quinientas.

—Quédese con el cambio —respondió entregándole dos billetes de diez mil pesetas antes de bajar del vehículo.

Durante varias horas se limitó a deambular por el casco antiguo hasta que, a eso de las cuatro de la tarde, llegó al domicilio materno y, tras pulsar el timbre un par de veces:

—¡Ya voy! ¡Joder! ¿Quién es? —voceó Luisa desde el interior.

—Soy yo, mamá.

«¿Mi hija aquí? ¿A estas horas? ¿Sin avisar?», se preguntó a sí misma mientras abría la puerta con la mayor rapidez que le permitían los nervios. Al observar el lamentable estado que presentaba el ojo derecho de Teresa, la abrazó y la colmó de besos.

—Ya te dije, hija mía, que ese no era hombre para ti.

—Por favor, mamá. Te ruego que dejes de darme el sermón. Necesito dormir. Ya hablaremos después.

Teresa se metió en la cama y esperó a que su madre se fuese a trabajar para levantarse. Necesitaba estar sola y relajada; por momentos, le parecía que la cabeza estaba a punto de estallarle.

Al día siguiente, durante la comida, le contó a su madre, sin entrar en detalles, que Antonio le había propinado un par de puñetazos.

—Está bien, hija. Entiendo que no quieras darme explicaciones. Ya sabes que esta es tu casa y que aquí siempre serás recibida con los brazos abiertos. Pero, si fueras inteligente...

—Por favor, mamá. No insistas.

—Solo trato de ayudarte, hija mía.

—Y yo trato de que entiendas que no tengo nada más que contarte.

Con el paso de los días, el ojo y el estado anímico fueron recuperando poco a poco la normalidad.


1 comentario:

  1. Este fragmento desarrolla varios temas centrales que marcan la evolución de los personajes y el conflicto narrativo:

    1. La difícil reinserción tras la prisión

    Tras recuperar la libertad, Antonio intenta reconstruir su vida, pero arrastra las secuelas físicas y psicológicas de su paso por la cárcel y de su adicción a las drogas. El síndrome de abstinencia que sufre durante los primeros días simboliza que la libertad exterior no implica necesariamente una auténtica liberación interior.

    2. Los celos y la violencia de género

    Es el tema más importante del fragmento. La inseguridad y los celos obsesivos de Antonio desembocan en una agresión física contra Teresa. La violencia aparece como consecuencia de la desconfianza y del deseo de control sobre la vida de su pareja, mostrando una relación cada vez más deteriorada.

    3. La dependencia emocional

    A pesar de los malos tratos y del sufrimiento que padece, Teresa continúa vinculada emocionalmente a Antonio. Esta dependencia explica en parte por qué permanece junto a él y rechaza las advertencias de quienes intentan ayudarla, como su madre o incluso el taxista.

    4. La búsqueda de libertad y normalidad

    El traslado al islote junto al río representa un intento de empezar de nuevo. Antonio busca alejarse de los problemas de la ciudad y disfrutar de una vida más sencilla. Sin embargo, sus conflictos internos terminan acompañándolo, demostrando que el verdadero problema no depende únicamente del entorno.

    5. El papel del entorno social

    Los amigos, familiares y vecinos muestran solidaridad con la pareja. Manuel les ayuda con la mudanza, Maruja les facilita la estancia y Moreno acompaña a Antonio. Sin embargo, ese apoyo resulta insuficiente para evitar el deterioro de la relación.

    6. El sufrimiento silencioso de Teresa

    La protagonista soporta agresiones, sacrificios y tensiones emocionales sin expresar plenamente su dolor. Su viaje a Salamanca y el refugio temporal en casa de su madre reflejan la necesidad de escapar de una situación cada vez más insostenible.

    7. La incapacidad de romper con el pasado

    Antonio sale de prisión, pero no logra dejar atrás los comportamientos destructivos que han marcado su vida. Los celos, la inseguridad y la violencia demuestran que continúa siendo prisionero de sus propios conflictos internos.

    Conclusión

    El fragmento presenta una reflexión sobre las consecuencias del encarcelamiento, la dependencia emocional y la violencia en las relaciones de pareja. A través de Antonio y Teresa, el autor muestra cómo los traumas del pasado, lejos de desaparecer con la libertad, pueden reaparecer y destruir aquello que los personajes intentan reconstruir. La agresión a Teresa constituye un punto de inflexión que evidencia el profundo deterioro moral y emocional de Antonio y la fragilidad de una relación sostenida más por la necesidad que por la felicidad.

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