LA HUELLA Y EL ESTERCOLERO
Escrito el 14 de abril de 2026, tras haber releído un escrito que realicé en el año 2015
La mañana en San Juan del Monte amaneció con esa luz dorada que solo la primavera regala. Entré en el sendero en silencio, como quien entra en un templo. Mi ropa era vieja y cómoda, mis botas —viejas compañeras de mil batallas— apenas hacían ruido sobre el musgo. Iba solo, buscando cargarme de la energía positiva que emana de la tierra, impregnándome de los aromas cambiantes de los pinos y el cantueso, escuchando el coro de los pájaros que varían según la altura.
Por un momento, el mundo fue perfecto. Encontré unos perretxikos preciosos, solo los justos para la cena. Me agaché a cortarlos con cuidado, intentando que apenas se notara mi presencia. Devolví un pequeño pez al río, sonriendo al verlo nadar de nuevo. Quería dejar atrás solo mi huella, nada más.
Pero la perfección fue solo un espejismo.
De repente, el silencio fue profanado por una risotada colectiva y música a todo volumen. Un grupo grande apareció, desfilando como si estuvieran en una pasarela de "postureo" consumista. Iban equipados hasta los dientes: los cortavientos más caros, GPS de última generación, pulsímetros, altímetros, GPS, pulsímetros, altímetros, cuenta pasos, quema calorías… Todo organizado a nivel de sociedad para ver quién llevaba el equipo más caro, todo acompañado de buenos equipos para escuchar música, porque a ellos eso de ir por el monte escuchando a los pájaros, como que les da igual, pues ellos van a caminar sin más.
Se reían de todo, gritaban, sin respeto alguno por el entorno. Y a su paso, el desastre.
Como si fueran alimañas, iban dejando un rastro de basura. Botellas de bebidas isotónicas brillantes, bolsas de plástico, papel de aluminio… E incluso algo que me revolvió el estómago: un carrito de bebé abandonado en mitad del monte, entre la maleza, junto a unos pañales y una compresa. En los ríos pasa otro tanto de lo mismo, las orillas están llenas de basuras: botellas de vino, latas de cerveza, botes de maíz,…
Me detuve a mirar el rastro que dejaban. Era un estercolero. Me imaginé, con tristeza, que si se ponía de moda ir a pasear o merendar a los vertederos municipales, seguro que gran parte de estos que van a la moda se apuntarían sin dudarlo, además estarían en su salsa, pues por donde van pasando lo dejan todo como los vertederos.
Regresé a casa con el corazón encogido. Como sigamos así en poco tiempo el monte se convertirá en la ampliación del vertedero municipal. ¿Qué dejaremos para las generaciones venideras: quizás un estercolero?
Cerré los ojos, intentando recordar el aroma de los pinos, pero el eco de la música y la visión del carrito abandonado no me dejaban. Aunque reconozco que la forma más eficaz de respetar un monte es no visitarlo…
A veces me pregunto si llegará el día en que la naturaleza logre decir "basta". Miro hacia las cumbres de San Juan del Monte y, en el silencio de la tarde, imagino que la montaña tiene memoria. Ella sabe distinguir entre quien la pisa con respeto y quien la marca con sus desperdicios.
Mi esperanza, aunque tenue, reside en esa minoría silenciosa que, como yo, todavía se inclina para recoger un envoltorio ajeno, no por obligación, sino por dignidad. Porque respetar el monte es, en el fondo, un acto de resistencia contra la barbarie del "usar y tirar".
Si el camino que recorremos hoy no es más que el sendero que dejamos para los que vienen detrás, entonces me niego a que nuestro legado sea una montaña de plástico. Al final, no seremos recordados por las cumbres que coronamos o el equipo que portamos, sino por lo que fuimos capaces de proteger cuando nadie nos veía.
Cuando mis botas dejen de caminar, espero que el monte no recuerde mi nombre, pero que agradezca, en la pureza de sus arroyos y el murmullo de sus árboles, que mi paso por él fue apenas un susurro: el paso de alguien que supo estar presente sin ser, jamás, una mancha.

Este relato corto refleja una realidad creciente y preocupante en los entornos naturales, donde la masificación y el consumismo están impactando severamente el medio ambiente. Este fenómeno transforma la experiencia de la naturaleza en una actividad de consumo desmedido, dejando un rastro negativo.
ResponderEliminar• Acumulación de Residuos: la presencia de plásticos, residuos orgánicos e incluso pañales en la montaña es un problema común, donde la basura no recogida afecta gravemente a los ecosistemas y la flora de la zona.
• Contaminación Acústica: el uso de altavoces o música a alto volumen rompe la armonía natural, causando impacto negativo tanto en la fauna, que se ve obligada a huir de sus hábitats, como en las personas que buscan tranquilidad.
• Consumismo y Equipamiento: el auge de la moda outdoor y el uso intensivo de tecnología (GPS, relojes inteligentes) ha convertido al senderismo en una exhibición de marcas y un negocio multimillonario.
• Impacto de la Masificación: la creciente afluencia de personas en la montaña ha llevado a la necesidad de prohibir la acampada libre y a un aumento en los costos de limpieza en parajes naturales.
Los expertos señalan la necesidad de concientizar sobre el cuidado de la naturaleza y reducir el impacto del consumo desmedido en estas actividades.