Escrito en 2010, revisado el 6 de abril de 2026
Creo firmemente que todo cuanto irrumpe en nuestra vida tiene el propósito de hacernos progresar. Del mismo modo que un espermatozoide, al fecundar el óvulo, inicia una división celular que da forma a tejidos, órganos y sistemas hasta completar un ser humano, entiendo el nacimiento como un proceso paradójico: debemos "morir" en el vientre materno para nacer al infinito exterior.
Nuestra evolución fuera del útero comienza en la absoluta fragilidad. Siendo bebés, somos incapaces de sostenernos, pero poco a poco endurecemos nuestros huesos, conquistamos el equilibrio y aprendemos a caminar. A partir de ahí, el aprendizaje se expande a través de la familia y los amigos; socializamos imitando a los mayores y repetimos palabras cuyo significado apenas vislumbramos. Al crecer, las ideas propias florecen y, mediante el juego y el estudio, aprendemos a convivir. En esa etapa se forja el carácter y nace el afecto por el prójimo. Como en el reino animal, buscamos nuestro lugar en las escalas de liderazgo, asumiendo roles y aspirando a guiar nuestro propio círculo.
El ciclo de la madurez y la herencia
Con la preadolescencia, el despertar de las sensaciones nos conduce al amor, en todas sus diversas y respetables manifestaciones. Es el momento en que el conocimiento del mundo se profundiza, abarcando desde la prehistoria hasta la actualidad.
Más adelante, la madurez suele llevarnos a formar una pareja con la intención de crear una familia y asegurar la continuidad de nuestra especie. Quienes tienen hijos transmiten este legado generacional; quienes no los tenemos, volcamos ese instinto en sobrinos o hijos de amigos. Es un acto inherente a la humanidad desde el principio de los tiempos.
Considero que estas etapas deben cumplirse con plenitud. Saltarse algún peldaño puede truncar la evolución personal y restarnos la dicha que buscamos. En mi caso, por causas ajenas a mi voluntad, no pude cursar los estudios que deseaba en su momento. Sin embargo, hoy he retomado las riendas para cumplimentar esos pasos pendientes y seguir creciendo como persona.
La aceptación del tiempo y el misterio del Cosmos
Cada etapa debe vivirse en su momento justo, sin anclarse en estados anteriores. Cumplir años implica avanzar con dignidad, aceptando el paso del tiempo como algo natural y necesario. Solo comprendiendo nuestro pasado podemos actuar con sabiduría en el presente para labrarnos un futuro mejor.
Personalmente, percibo la existencia como una sucesión de ciclos. Si el desarrollo embrionario tarda nueve meses para dar paso a un mundo desconocido, quizá la vida terrenal —de unos setenta años de media— no sea más que otra gestación hacia un plano aún más vasto. En la naturaleza, todo se repite: tal vez el Cosmos esté destinado a contraerse y expandirse en un eterno retorno de átomos y bacterias, repitiendo el proceso de la evolución una y otra vez.
Esta es mi visión y la razón por la que lucharé cada día: por descubrir la verdad de nuestra existencia. Como suelo decir: «Si es así, yo lo descubrí; y si no, será un error más en mi cuenta». Pero esta creencia me hace feliz, pues me permite soñar con que, en algún punto del tiempo, volveré a sentir. Si la materia no se destruye, sino que se transforma, quizás el polvo de mis huesos vuelva a agruparse algún día para iniciar de nuevo el viaje.
Así pienso y pensaré hasta mi último aliento. Aquellos que prefieran dedicar su existencia solo al juego, que lo hagan; pero que no se lamenten de su suerte. Cada uno es el único responsable de la vida que construye y de cómo decide enfrentar su destino.

Esta reflexión presenta una profunda analogía existencial y filosófica sobre el nacimiento, interpretándolo como un momento de transformación radical en lugar de simplemente un comienzo biológico. Esta visión resuena con varias corrientes de pensamiento:
ResponderEliminar• El nacimiento como muerte de la vida intrauterina: al igual que la mariposa debe destruir su forma de oruga para emerger, el feto debe abandonar su estado de dependencia absoluta y su entorno acuático para respirar aire y existir de forma autónoma. El vientre se percibe, en este sentido metafórico, como una "tumba" de la que hay que morir para acceder al "infinito" del mundo exterior.
• Paradoja del ser: la existencia humana se caracteriza por esta transformación continua, donde para evolucionar o "nacer" a una nueva etapa, debemos dejar morir una parte de nosotros mismos o abandonar nuestra zona de confort.
• Transformación de la consciencia: nacer no es solo un evento físico, sino el inicio de una conciencia que se expande del interior al exterior, similar a cómo se interpreta el cambio de estados en la metáfora de la mariposa.
La visión subraya que cada "nacimiento" (incluso en sentido metafórico a lo largo de la vida) implica una pérdida, pero es el precio necesario para la expansión y la nueva vida. Es un proceso constante de desapego y adaptación.