jueves, 10 de septiembre de 2026

ESPEJOS DE HUMO Y DOPAMINA...

 









ESPEJOS DE HUMO Y DOPAMINA



La espiral de automedicación, redes sociales y vanidad de un súper hombre de barro



—¡Buenos tardes a los de siempre y a los envidiosos también! —grita con una gestualidad desmedida, enfocando el volante—. ¡Aquí el número uno! ¿Quién te levanta una pared de carga perfecta en dos horas después de meterse cinco gramos de farlopa antes del almuerzo? ¡Nadie! ¡Solo un macho alfa de verdad! ¡Arriba España, joder, que este país lo sacamos adelante los españoles de pura cepa, no la panda de vagos que nos envían de fuera y que habría que deportar mañana mismo!

A última hora de la tarde, el estruendo del motor V8 rompe el silencio del polígono con la música a tope. Juanito no utiliza el Mercedes AMG A 35 para ir a poner ladrillos —para desplazarse al trabajo utiliza una furgoneta pequeña, el modelo más básico—; el Mercedes es su santuario, su trono de metal y la pieza clave para inflar la imagen que proyecta al mundo virtual. Es el coche que saca para pavonearse, para gritarle a una pantalla que él está por encima de cualquiera.

Acomoda el teléfono en el soporte del salpicadero, enciende el flash que le ilumina de lleno el rostro y el tatuado cuello, exhibiendo el cordón por fuera de las camisetas de marca y la pulsera de platino en la mano que luce un símbolo fascista. Con 46 años, la tez pálida, la pantalla del móvil es el único espejo que le devuelve la figura de superhombre que necesita ver.

Para Juanito, la provocación constante y los exabruptos xenófobos o contra los catalanes son una necesidad biológica. Sabe perfectamente qué teclas tocar para encender la mecha en los comentarios. Le da igual el odio; de hecho, lo busca. Detrás de esa fachada de tío invulnerable no hay más que una dependencia absoluta del aplauso ajeno. Necesita que le digan que es un grande, el más listo, el mejor albañil de España. Cada notificación es el chute de dopamina que sostiene su frágil autoestima.

Esa búsqueda constante de evasión marca también su ritual diario fuera de las redes. Para aguantar el tirón y aplacar lo que no sabe gestionar, Juanito se automedica sin pausa. El día digital arranca temprano el primer vídeo es para indicar cómo hay que empezar la jornada antes de ir a currar. Se exhibe con su habitual «combo» en la barra del bar o sentado en una terraza: un chupito de licor de hierbas de un trago y un café cortado. Luego desaparece hasta la hora del bocadillo donde muestra que su único tentempié es un chupito de hierbas y una caña bien tirada y, poco después, antes de regresar al tajo, enciende un porro para «asentar las pulsaciones». Él es un súper hombre que pasa de los médicos y de la salud mental; su terapia es cualquier sustancia capaz de alterar su estado de ánimo para mantener en pie al personaje, ese que le brinda tanta satisfacción al leer los aplausos y halagos de sus seguidores...

Pero la realidad acaba por golpear. Tras meses acumulando temeridades, la policía le da el alto y le notifica lo inevitable: se ha quedado sin puntos y le retiran el carné de conducir.

El golpe a su orgullo es devastador, pero el hambre de atención pesa más que la vergüenza. Esa misma noche, sentado en el Mercedes aparcado dentro del garaje a oscuras, con el motor apagado porque ya no puede salir a la calle, vuelve a encender la cámara. Ya no hay rugidos de motor ni gritos de triunfo. La luz es tenue y su rostro busca transmitir una fragilidad perfectamente calculada.

—Hoy no puedo más, chavales —murmura fijando la mirada en la lente, buscando la compasión inmediata de sus seguidores—. La gente se cree que soy de hierro, pero llevo dos años muerto por dentro. Desde que se me fue mi padre... no levanto cabeza. Hoy he intentado no tocar la coca, lo juro, pero esta depresión me come por dentro. Y encima me quitan el carné los mismos de siempre, por tonterías, para ir a por el que trabaja. Nadie sabe lo que es estar aquí atado de pies y manos. Acto seguido, publica el vídeo y se queda inmóvil en el asiento. Durante más de media hora devora con la mirada los cientos de mensajes de consuelo que van llegando. La lástima de miles de desconocidos le sirve para parchear, al menos por unas horas, las grietas de su ego.

Cuando considera que ya ha tenido suficiente cuota de pantalla con el papel de víctima, se limpia las lágrimas con la manga, mira a la cámara, esboza una sonrisa burlona y graba una nueva historia.

—¡Bueno, hermanitos! ¡Que la pena no paga la gasolina! ¡A mí un papel no me va a parar, que el rey de la paleta sigue siendo el rey con o sin carné! ¡Esta noche me daré otro homenaje del bueno, que para algo soy el que más sabe de este oficio y el que más cojones le echa! ¡A disfrutar, que la vida son dos días!

Guarda el teléfono, sale del coche a oscuras y camina hacia la casa, atrapado en un ciclo sin fin de sustancias, pantallas y validación digital con el que intenta tapar un vacío que no se atreve a mirar de frente.



1 comentario:

  1. Juanito construye una imagen exagerada de fuerza, éxito y superioridad. Sin embargo, desde el principio se percibe la contradicción entre ese personaje público y el hombre que existe detrás de él. El «súper hombre» termina siendo, en realidad, un personaje de barro sostenido por apariencias.

    El móvil funciona como un espejo que devuelve a Juanito la imagen que necesita contemplar: la del hombre poderoso, admirado e invulnerable. Las notificaciones y los comentarios positivos se convierten en una recompensa inmediata que alimenta su dependencia de la aprobación ajena.

    Sus comentarios xenófobos y ofensivos no aparecen únicamente como expresión de sus ideas, sino también como una estrategia para generar reacción. Juanito sabe que el conflicto produce atención y utiliza deliberadamente el enfrentamiento para mantenerse visible.

    El consumo de alcohol, cocaína y cannabis aparece relacionado con su incapacidad para afrontar aquello que lleva dentro. Las sustancias no solucionan su malestar, sino que le permiten aplazarlo y continuar interpretando el papel de hombre fuerte que necesita mantener.

    Uno de los mayores aciertos del relato está en mostrar la distancia entre lo que Juanito proyecta y lo que realmente siente. En público es «el rey de la paleta»; cuando está solo reconoce que lleva tiempo «muerto por dentro». Pero incluso esa confesión termina formando parte de su personaje.

    El Mercedes AMG funciona como mucho más que un coche: es el trono de metal sobre el que Juanito construye su identidad. Resulta significativo que, cuando pierde el carné, el vehículo permanezca encerrado en el garaje. El símbolo de su poder queda inmovilizado al mismo tiempo que se resquebraja su personaje.

    La escena del vídeo grabado en el garaje resulta especialmente reveladora. Juanito transforma incluso su dolor por la muerte de su padre y su depresión en contenido destinado a conseguir atención. Las lágrimas pueden ser sinceras, pero también están cuidadosamente utilizadas para obtener la dosis de compasión que necesita.

    El final resume toda la historia: sustancias, pantallas y validación digital forman un círculo del que Juanito no consigue escapar. La verdadera tragedia no es únicamente su comportamiento destructivo, sino su incapacidad para enfrentarse al vacío que intenta ocultar mediante una sucesión constante de estímulos.

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