EL HAMBRE DE PAPEL Y TIZA…
Cómo la pica y una anemia invisible cambiaron la vida de Hugo
El sol de la tarde entraba por los ventanales de la biblioteca municipal, tiñendo las mesas de madera de un tono dorado. Para la mayoría de los niños de cuarto de primaria, aquel era el lugar donde arrastrar los pies entre estanterías para buscar el libro de lectura obligatoria. Pero para Hugo, de nueve años, la biblioteca era un templo de tentaciones.
Hugo era un niño brillante. Sus profesores elogiaban su vocabulario, su rapidez para las matemáticas y su risa contagiosa en el patio. No tenía problemas para comunicarse ni sufría ningún trastorno del desarrollo. Sin embargo, cargaba con un secreto que lo carcomía por dentro y lo llenaba de una vergüenza paralizante: tenía un deseo irrefrenable de comer papel y tiza.
Sentado al fondo de la sala, miraba el cuaderno de espiral abierto frente a él. La lección de ciencias naturales requería toda su atención, pero sus ojos se habían quedado fijos en la esquina superior de la página. Sintió una punzada familiar en el estómago, un vacío que no era hambre de comida, sino una ansiedad física y tensa que le hacía salivar. Miró a izquierda y derecha; la bibliotecaria anotaba algo en su ordenador y sus compañeros estaban lejos.
Con un movimiento rápido y ensayado, rasgó un trozo del margen de la hoja. Era un cuadrado perfecto, del tamaño de un sello. Se lo llevó a la boca con la velocidad de un mago y lo escondió debajo de la lengua.
El papel comenzó a ablandarse casi de inmediato, absorbiendo su saliva. Empezó a masticarlo con los molares traseros, despacio, cuidando de no hacer ruido. Al principio sabía a celulosa seca, a cloro, a imprenta limpia. A medida que la masa se deshacía en su boca formando una pulpa densa, sintió una descarga de alivio que le recorrió la espalda. Su respiración, contenida hasta ese momento, se normalizó.
Tragó la bola de papel pastosa con esfuerzo, sintiendo el roce áspero al bajar por su garganta, y una culpa inmediata y aplastante se apoderó de él.
«¿Por qué lo he vuelto a hacer? Soy un bicho raro», se dijo, hundiéndose en la silla.
Lo de la tiza era aún peor. Había comenzado hacía un par de meses, cuando lo nombraron encargado de limpiar la pizarra. Al recoger los trozos gastados, el polvillo blanco que se le quedaba en los dedos le despertaba una atracción inexplicable.
Un día, a solas en el aula, mordió una tiza cilíndrica. El chasquido seco y mineral y la textura terrosa que se deshacía en su boca lo cautivaron. Desde entonces, robaba los restos de tiza y los escondía en el doble fondo de su estuche.
Masticar tiza le destrozaba los dientes y le dejaba las encías sensibles, pero el impulso era más fuerte que su lógica de niño de nueve años. Todavía nadie sabía que aquella conducta podía estar relacionada con una anemia ferropénica severa que permanecía sin diagnosticar.
Su pequeño mundo se desmoronó el día en que su amigo Alex lo invitó a su casa a jugar a la videoconsola. En mitad de la partida, la boca de Hugo comenzó a salivar con urgencia. Necesitaba aquel crujido calcáreo.
Discretamente, sacó un trozo de tiza de su bolsillo y se lo metió en la boca, pensando que su compañero estaba demasiado concentrado en la pantalla.
—¡Hugo! ¿Qué estás comiendo? —preguntó Alex, volteándose de repente—. Tienes toda la boca blanca... ¡Anda, qué asco! ¿Eso es tiza?
La cara de Hugo se encendió en un rojo violáceo. Intentó tragar el trozo entero, lo que le provocó una arcada y un ataque de tos que terminó esparciendo polvo blanco sobre la alfombra de su amigo.
No supo qué decir.
Salió corriendo de la casa, llorando de pura humillación, sintiendo que al día siguiente todo el colegio se burlaría de él.
Aquella noche, el dolor de estómago se volvió insoportable Su cuerpo estaba reaccionando después de meses de ingerir sustancias que no eran alimentos, su aparato digestivo estaba reaccionando con violencia. Cuando su madre entró en la habitación, alarmada por sus sollozos, lo encontró doblado sobre la cama, sujetándose el vientre, con restos de polvo blanco aún resecos en las comisuras de los labios.
—Mamá, perdón. Estoy roto, estoy loco —consiguió articular entre lágrimas, confesando por fin su secreto.
La visita al pediatra al día siguiente desmitificó el terror de Hugo. El médico, después de explorarle y revisar los resultados urgentes de la analítica, que mostraban una anemia importante por falta de hierro, miró al niño con absoluta ternura.
—Hugo, no estás loco, ni eres un bicho raro —le dijo el doctor—. Lo que tienes se llama pica. Es un trastorno que provoca un impulso persistente de comer sustancias que no son alimentos. En tu caso, además, hemos encontrado una anemia importante por falta de hierro. La pica puede aparecer asociada a determinadas carencias, aunque no siempre existe una única causa. Lo importante es que podemos tratarlo. No es culpa tuya.
Hugo permaneció en silencio.
Por primera vez, aquello que durante meses había interpretado como una rareza suya tenía un nombre.
El alivio de ser comprendido fue el primer paso de su recuperación.
El tratamiento consistió en corregir la falta de hierro mediante suplementos prescritos por el pediatra, que sabían a rayos, pero que Hugo tomaba sin rechistar, además de un seguimiento médico y sesiones con una psicóloga infantil.
Con la psicóloga, aprendió el Entrenamiento en Inversión de Hábito. Aprendió a reconocer ese cosquilleo en el estómago que precedía al impulso. Diseñaron una «respuesta competidora»: cada vez que sentía ganas de romper un trozo de papel, debía sacar un chicle de menta fuerte de su bolsillo y mascarlo con fuerza, o cruzar los brazos y contar hasta sesenta mientras respiraba profundamente.
La psicóloga también habló con el colegio para reducir las oportunidades de exposición a la tiza y sustituir las tizas tradicionales por rotuladores para pizarra blanca.
Unas semanas después, a medida que el tratamiento corregía progresivamente la anemia y Hugo recuperaba el color de sus mejillas, aquel extraño hechizo empezó a romperse.
Un día, en la biblioteca, miró la esquina de su cuaderno.
El papel volvió a ser simplemente papel: una superficie lisa para escribir, no algo para morder.
Sonrió para sí mismo, cerró el cuaderno y, por primera vez en meses, se concentró únicamente en la lectura.
Epílogo
Un año después de aquella última tarde en la biblioteca municipal, el aula de cuarto de primaria olía a una mezcla reconfortante de cera de colores, mochilas de tela y lluvia reciente. Hugo estaba sentado en el primer banco, justo frente a la gran pizarra blanca. Sostenía entre los dedos un rotulador azul de olor acre y superficie plástica. Al deslizar la punta sobre la superficie lisa para resolver una división larga, el trazo resbalaba sin emitir el menor sonido. Ni un solo crujido. Ni un solo resto de polvo cayendo sobre sus nudillos.
Miró el rotulador un segundo, con la curiosidad de quien observa un objeto antiguo en un museo, y lo dejó en la bandeja de plástico sin el más mínimo impulso de llevárselo a la boca.
De fondo, el murmullo de la clase era el de siempre, pero para él todo había cambiado.
Alex, sentado a su lado, le dio un codazo amigable para pedirle un lápiz de recambio. Hugo se lo entregó con una sonrisa franca.
La vergüenza que un día amenazó con romper su amistad se había disipado meses atrás, cuando el médico explicó a sus padres y al colegio que lo que le había ocurrido a Hugo tenía una explicación médica y podía tratarse.
No estaba roto. No estaba loco. Simplemente había estado pasando por una enfermedad que nadie había sabido identificar.
Esa tarde, al salir de clase, bajó las escaleras del colegio saltando de dos en dos. Tenía las mejillas sonrosadas y una energía desbordante que ya no estaba dominada por aquella ansiedad.
En el bolsillo del pantalón, el paquete de chicles de menta fuerte seguía allí, casi intacto, convertido en un mero amuleto de tranquilidad que ya no necesitaba usar.
Al entrar en la biblioteca para el taller de lectura, abrió su cuaderno de ciencias. Las esquinas de las páginas estaban intactas, rectas y pulcras. Durante meses, aquellos márgenes habían sido su alimento prohibido; ahora no eran más que el marco blanco donde dar forma a sus ideas. Cogió el bolígrafo, se acomodó en la silla y empezó a escribir.

El título resume muy bien la paradoja central del relato: Hugo siente hambre de cosas que, aparentemente, no deberían ser alimento. El papel y la tiza se convierten en objetos de deseo y, al mismo tiempo, en símbolos de un problema que el niño no comprende.
ResponderEliminarUno de los aspectos más humanos del relato es la vergüenza de Hugo. No entiende lo que le ocurre y termina interpretándolo como un defecto personal: «Soy un bicho raro». La historia muestra así cómo el desconocimiento puede hacer que una dificultad médica se transforme en culpa.
La pica aparece literariamente como un lenguaje corporal que Hugo no sabe interpretar. Su organismo expresa una carencia mediante deseos aparentemente absurdos, creando una interesante oposición entre lo que el niño piensa que quiere y lo que realmente necesita.
La escena con Alex constituye el momento de mayor vulnerabilidad. Lo que hasta entonces era un secreto cuidadosamente escondido queda expuesto de manera brusca, provocando en Hugo una humillación que le hace creer que ha perdido su lugar entre los demás.
La visita al pediatra cambia completamente el significado de lo sucedido. La frase «No estás loco, ni eres un bicho raro» funciona como una liberación narrativa: Hugo deja de verse como culpable y empieza a comprender que existe una explicación para aquello que estaba viviendo.
El tratamiento no se presenta como una solución mágica. Hugo aprende a reconocer el impulso, sustituirlo por otra respuesta y modificar su entorno. El chicle de menta acaba convirtiéndose en un pequeño símbolo de control y seguridad.
La biblioteca aparece al principio como un lugar lleno de tentaciones y termina siendo el escenario de la recuperación. El mismo papel que antes representaba una tentación vuelve a ser simplemente una página donde escribir y aprender. Ese cambio convierte al espacio en un elemento circular dentro de la narración.
El final resulta especialmente bonito porque Hugo vuelve a utilizar aquello que antes estaba asociado a su problema: el papel. Pero ahora no lo consume; lo llena de ideas. Las páginas intactas representan que la relación con su mundo ha cambiado y que aquello que antes era motivo de vergüenza ya forma parte de un pasado comprendido.