lunes, 2 de noviembre de 2026

LA CÁRCEL DE LOS MONSTRUOS PEQUEÑOS...

 


LA CÁRCEL DE LOS MONSTRUOS PEQUEÑOS…

Una historia sobre la entomofobia, las secuelas del maltrato y el camino hacia la libertad



A veces pienso que mi mente se cansó de defenderse de los monstruos reales y terminó inventándose otros más pequeños, pero capaces de provocar el mismo terror.

Me llamo Alejandra, tengo treinta años y soy madre de dos niños: Samuel, de once, y Saúl, de ocho. Desde hace unas semanas vivimos en una casa de acogida para mujeres que, como yo, hemos tenido que escapar del maltrato físico y psicológico. Aquí nadie grita, nadie golpea las puertas para anunciar una amenaza y mis hijos pueden dormir sin sobresaltarse a cada ruido.

Sin embargo, aunque hemos conseguido alejarnos del peligro, yo sigo viviendo en una cárcel. Una celda invisible, construida con recuerdos, sobresaltos y un miedo que parece no obedecer a la razón: la entomofobia.

Quienes nunca la han sufrido suelen confundirla con una simple manía.

—Es solo un bicho, Alejandra. Eres mil veces más grande —me dijo una vez un trabajador social, con una sonrisa amable.

No me molestó su intención. Sé que quería ayudarme. Pero no entendía que el miedo no siempre escucha argumentos. Hay personas que ven un insecto y sienten repugnancia; yo lo veo y, durante unos segundos, dejo de sentirme dueña de mi propio cuerpo.

Lo comprobé una tarde de primavera, en el pequeño patio comunitario de la casa de acogida.

Mis hijos jugaban con una pelota de goma gastada. Sus risas me llegaban desde el centro del patio, mientras yo permanecía sentada en un banco de madera, procurando relajar los hombros. El sol calentaba las piedras de los muros y el aire olía a tierra seca.

Entonces vi algo que se movía junto a una grieta del cemento.

Era un escarabajo negro, de caparazón brillante y patas robustas. No tenía nada de extraordinario. Apenas unos centímetros de vida oscura que avanzaba torpemente sobre el suelo.

Pero mi cuerpo no vio un insecto. Vio una amenaza.

Sentí un golpe seco en el pecho. Las risas de mis hijos se alejaron, como si alguien hubiera cerrado una puerta entre ellos y yo. El corazón empezó a latirme con tanta fuerza que podía escucharlo dentro de los oídos. Me sudaron las manos y la garganta se me cerró.

Intenté respirar, pero el aire parecía detenerse a medio camino.

—Mamá, ¿qué te pasa? —preguntó Samuel, acercándose.

Quise decirle que no ocurría nada, que siguiera jugando. Quise comportarme como una madre tranquila, como una mujer que había dejado atrás sus peores días. Pero el escarabajo cambió de dirección y avanzó hacia mi sandalia.

Retrocedí los pies. El insecto siguió su camino.

En mi cabeza, aquella distancia de unos pocos centímetros se convirtió en un abismo. Sentí un picor imaginario que me subía por los tobillos y las pantorrillas, como si cientos de patas diminutas recorrieran mi piel. Las manos empezaron a temblarme. El vaso de agua que sostenía se me escapó y se hizo añicos contra el suelo. El ruido del cristal no consiguió devolverme a la realidad.

—¡Mamá! —gritó Saúl.

Me levanté de golpe, tropecé con el banco y caí de rodillas. El dolor apenas me llegó. Solo podía mirar el suelo y apartarme de aquello que mi mente había convertido en una amenaza insoportable.

Saúl rompió a llorar y corrió hacia su hermano. Samuel lo abrazó, aunque él también parecía asustado. Fue entonces cuando sentí algo peor que el miedo: vergüenza.

Había escapado de un hombre que durante años me hizo sentir pequeña, indefensa y prisionera. Había reunido fuerzas para proteger a mis hijos y empezar de nuevo. Y ahora, en el lugar donde debíamos aprender a vivir sin miedo, mis niños estaban aterrorizados por verme así.

Me incorporé como pude y corrí al interior de la casa. Cerré la puerta de aluminio y me deslicé por ella hasta quedar sentada en el suelo del pasillo, con las rodillas contra el pecho.

Lloré hasta que me dolieron los ojos. Tardé casi veinte minutos en recuperar una respiración más tranquila. Cuando Samuel y Saúl entraron, lo hicieron despacio, sin saber muy bien qué decir. Samuel se sentó a mi lado y me rodeó los hombros con su brazo.

—Ya no está, mamá. Se ha ido.

Asentí, incapaz de explicarle que el insecto se había marchado, pero que el miedo seguía allí.

Aquella tarde comprendí que había salido de una casa violenta sin conseguir abandonar del todo la sensación de peligro. El monstruo que me había amenazado durante años ya no podía alcanzarme, pero mi cuerpo seguía esperando el siguiente golpe. A veces, bastaba una sombra diminuta en el suelo para que regresara aquella indefensión. Y yo no quería que mis hijos crecieran dentro de ella.

Los días siguientes me mostraron hasta qué punto la fobia se había apoderado de mi vida. Abrir una ventana, entrar en el baño o tender la ropa en el patio se convertían en pequeñas pruebas de resistencia. Antes de cruzar una habitación, mis ojos recorrían las esquinas, el techo y los rincones oscuros. Si encontraba una mosca, una hormiga o una araña, mi atención quedaba atrapada en ella.

Sin darme cuenta, Samuel se había convertido en mi explorador. Por las mañanas entraba primero al baño y revisaba detrás de la puerta. También inspeccionaba los armarios y las paredes antes de que yo me acercara.

—Todo despejado, mamá —anunciaba con una seriedad que me partía el corazón.

Saúl había desarrollado otra reacción. Cuando me veía paralizada, se escondía detrás de su hermano o corría a buscar un lugar donde sentirse seguro. No era solo miedo a los insectos: empezaba a temer mis propias reacciones.

Una tarde, una mosca entró por la ventana de la cocina. El zumbido me sorprendió mientras preparaba la cena. Dejé de moverme y apreté contra el pecho el cuchillo de untar que tenía en la mano. No llegué a hacer nada con él; simplemente me quedé inmóvil, intentando no perder el control.

Saúl salió corriendo de la cocina. Al verlo esconderse, comprendí que mis heridas estaban ocupando un espacio que también les pertenecía a mis hijos.

Esa noche los observé mientras dormían en las literas. Samuel tenía un brazo fuera de la manta; Saúl se había acurrucado junto a la pared. Parecían tranquilos, pero yo sabía que habían aprendido a vigilarme, a reconocer mis silencios y a anticipar mis sobresaltos.

Habíamos huido para recuperar la paz. No podía permitir que el miedo nos siguiera gobernando bajo otra apariencia.

A la mañana siguiente llamé a la puerta del despacho de Amalia, la psicóloga de la casa de acogida. La habitación olía suavemente a lavanda. Había una planta junto a la ventana y dos sillones colocados frente a frente. Me senté con las manos entrelazadas, apretándome los dedos para disimular el temblor.

—Amalia, necesito ayuda —dije.

Las lágrimas llegaron antes de que pudiera continuar. Le conté lo del escarabajo, la caída, los gritos de mis hijos y la vergüenza que había sentido después. Al terminar, bajé la cabeza.

—He sobrevivido a los golpes y a los gritos, pero un insecto en el patio casi me hace perder el control delante de mis hijos. Me siento ridícula.

Amalia no sonrió ni intentó quitarle importancia.

—No eres ridícula, Alejandra. Estás sufriendo y necesitas ayuda. Después de vivir durante tanto tiempo en una situación de amenaza, es posible que tu cuerpo haya aprendido a reaccionar con una alarma muy intensa. No podemos asegurar que todo tu miedo a los insectos proceda del maltrato, pero sí podemos trabajar para que esa reacción deje de controlar tu vida.

Aquellas palabras no borraron la fobia, pero cambiaron algo importante: por primera vez dejé de considerarla una vergüenza que debía ocultar.

Amalia me explicó que comenzaríamos poco a poco, con terapia cognitivo-conductual y ejercicios de exposición gradual adaptados a mis posibilidades. No tendría que enfrentarme de golpe a aquello que me aterrorizaba. Aprenderíamos a reconocer las señales de ansiedad, a observar mis pensamientos y a permanecer ante el miedo sin obligarme a avanzar más deprisa de lo que podía soportar.

El primer paso consistió en mirar fotografías de insectos. Parecía sencillo. Solo eran imágenes en una pantalla, sin patas que pudieran acercarse a mí ni alas que pudieran rozarme la piel. Sin embargo, al ver una hormiga ampliada, noté que se me tensaban los hombros y que empezaba a respirar demasiado deprisa. Amalia me invitó a apoyar los pies en el suelo y observar lo que ocurría en mi cuerpo.

—No necesitas demostrarme nada —me dijo—. Vamos a tu ritmo. Puedes sentir miedo y seguir estando aquí.

Inspiré despacio. Dejé salir el aire sin forzarlo. Miré de nuevo la fotografía y esperé. La ansiedad tardó en disminuir, pero disminuyó. Aquel día no vencí mi fobia. Hice algo más pequeño y, para mí, mucho más difícil: descubrí que podía permanecer unos instantes junto al miedo sin salir corriendo.

Después de mi tercera sesión, encontré a Samuel en el pasillo. Llevaba un bote de plástico vacío y estaba a punto de comenzar su habitual inspección de la habitación. Lo llamé con suavidad.

—Cariño, ¿podemos sentarnos un momento?

Me miró con inquietud.

—¿Hay algún bicho, mamá?

Negué con la cabeza y le indiqué la cama. Se sentó a mi lado, sujetando el bote entre las manos.

—Quiero pedirte perdón —le dije—. Sé que has estado revisando las habitaciones para protegerme. Pero ese no es tu trabajo. Tienes once años. Te corresponde estudiar, jugar, enfadarte por cosas de tu edad y disfrutar de tus amigos. No tienes que vigilar la casa para que yo esté bien.

Samuel bajó la mirada.

—Es que no me gusta verte llorar como antes.

Se quedó callado unos segundos, buscando las palabras.

—Cuando te asustas, parece que va a pasar algo malo otra vez.

Sentí que aquellas palabras me atravesaban.

—Lo entiendo, mi amor. Yo también estoy aprendiendo a distinguir lo que ocurre ahora de lo que nos pasó antes. A veces mi cuerpo activa una alarma aunque no haya un peligro real. Pero estoy recibiendo ayuda y voy a aprender a manejarla. No tienes que ser mi escudo.

—¿Y si vuelve a entrar una mosca?

Sonreí con tristeza.

—Si entra una mosca, ya veremos qué hacemos. Pero no tienes que resolverlo tú. Y si alguna vez me ves nerviosa, recuerda que los adultos también podemos tener miedo y necesitamos aprender a cuidarnos.

Samuel dejó el bote en el suelo.

—Está bien, mamá.

Después me abrazó. Durante unos segundos volvió a ser solamente un niño abrazando a su madre, sin responsabilidades que no le correspondían.

—Pero si necesitas que espante una mosca, me avisas —murmuró.

Me reí entre lágrimas.

—Te avisaré si necesito que me acompañes. Pero no para que me protejas de todo.

Aquel abrazo fue uno de los primeros momentos en que sentí que la recuperación no consistía únicamente en cambiar mi relación con los insectos. También tenía que devolver a mis hijos el derecho a ser niños.

Dos semanas después, Amalia me propuso dar un paso más: bajar al patio comunitario.

No era una prueba que tuviera que aprobar. Habíamos hablado de mis temores y acordado que podríamos detenernos si la ansiedad resultaba demasiado intensa. Aun así, cuando llegó el momento, sentí que el corazón se me aceleraba.

El sol calentaba las piedras y el olor a tierra seca me devolvió, por un instante, a la tarde del escarabajo. Caminé junto a Amalia hasta el banco de madera. Me senté en el borde, con los pies firmemente apoyados en el suelo. Mis ojos comenzaron a recorrer el cemento. Buscaban grietas, sombras y cualquier movimiento. Era una vigilancia automática, aprendida durante semanas de miedo.

Entonces vi una hilera de hormigas negras cerca del muro. El cuerpo reaccionó antes que mis pensamientos. Se me tensaron las piernas y noté una oleada de calor en el pecho. Mi primer impulso fue levantarme y marcharme. Amalia lo advirtió.

—¿Qué notas ahora?

—El corazón muy rápido. Y siento que algo me va a subir por las piernas.

—¿Y qué ves realmente?

Tragué saliva.

—Hormigas. Están cruzando el suelo.

—Eso es. No tienes que convencerte de que te gustan. Solo vamos a observar lo que está pasando, aquí y ahora. ¿Quieres permanecer un poco más o prefieres que hagamos una pausa?

La pregunta me sorprendió. Durante mucho tiempo había sentido que el miedo decidía por mí. Ahora podía elegir.

—Quiero quedarme un poco más —respondí.

Apoyé las manos sobre los muslos y traté de respirar con calma, sin exigirme que la ansiedad desapareciera de inmediato. Las hormigas siguieron avanzando. Una desapareció entre dos piedras; otra cambió de dirección. No se acercaron a mí. No ocurrió nada extraordinario. Mi pecho continuaba apretado, pero después de unos minutos noté que podía respirar mejor.

No había vencido el miedo para siempre. Había descubierto que no necesitaba obedecer a cada una de sus órdenes. Levanté la mirada hacia la ventana de nuestra habitación. Samuel y Saúl observaban desde dentro. Cuando Samuel comprobó que yo seguía sentada, me dedicó una sonrisa y levantó el pulgar. Le devolví el gesto.

Por primera vez desde nuestra llegada, el patio dejó de parecerme un lugar prohibido. Seguía siendo el mismo espacio de cemento, el mismo banco, las mismas grietas. La diferencia era que yo empezaba a recuperar mi sitio en él.

Los meses siguientes estuvieron llenos de avances pequeños y retrocesos inesperados.

Algunos días podía mirar fotografías de insectos sin apenas alterarme. Otros bastaba escuchar el zumbido de una mosca para que regresara la tensión. Aprendí que la recuperación no avanzaba en línea recta y que una mala jornada no anulaba lo conseguido. Con Amalia fui trabajando en distintas situaciones, sin saltarme etapas. Aprendí a reconocer mis pensamientos catastróficos, a comprobar qué peligro existía de verdad y a tolerar la incomodidad sin recurrir siempre a la huida. También hablamos del maltrato, de la culpa y de aquella costumbre de mantenerme alerta incluso cuando nadie me amenazaba.

Un día, después de varias sesiones, Amalia me preguntó si me sentía preparada para observar un insecto vivo dentro de un recipiente transparente.

Me quedé mirando la mesa.

—Me da miedo —admití.

—Lo sé. No tienes que hacerlo hoy si no quieres.

Pensé en el patio, en Samuel revisando los armarios y en Saúl escondiéndose detrás del sofá. Pensé también en mí misma, en la mujer que había empezado a reconstruirse desde el cansancio y la incertidumbre.

—Quiero intentarlo —dije—. Pero despacio.

Sobre la mesa había un recipiente transparente, cerrado y con ventilación, en cuyo interior caminaba un escarabajo de color verde metálico. Sus patas producían un sonido tenue al rozar las paredes. Sentí el estómago encogerse. Mis dedos se enfriaron y apareció el viejo impulso de apartarme. Amalia me recordó que podía mantener la distancia que necesitara. No tenía que tocar el recipiente ni demostrar valentía. Bastaba con observar durante el tiempo que yo considerara posible. Me acerqué un poco.

El escarabajo caminó hacia un extremo y luego regresó. Lo observé con cautela. Seguía pareciéndome desagradable; mi cuerpo seguía alerta. Pero, por primera vez, conseguí distinguir dos cosas que antes se confundían dentro de mí: el miedo que sentía y el peligro que realmente existía. Permanecí allí unos instantes más. Cuando terminé, me senté y rompí a llorar. Amalia no me felicitó como si hubiera ganado una competición. Me preguntó cómo me encontraba y qué había aprendido de la experiencia.

—Que puedo tener miedo sin salir corriendo —respondí—. Aunque todavía me cueste.

Era una respuesta sencilla, pero para mí significaba mucho.

Seis meses después de aquella primera crisis, el camión de la mudanza dejó nuestras pocas pertenencias en la puerta de un pequeño piso de alquiler. Gracias a un programa de inserción laboral, había conseguido trabajo en una biblioteca y podía empezar a mantener nuestro nuevo hogar.

El piso estaba en una tercera planta. Tenía ventanas luminosas y un balcón donde había colocado varias macetas. No era grande ni perfecto, pero era nuestro.

No había gritos detrás de las puertas. Nadie me vigilaba ni decidía por mí. Podía cerrar los ojos por la noche sin esperar que un ruido anunciara una amenaza. Mientras terminaba de colocar los platos en la cocina, escuché a Saúl desde el salón.

—¡Mamá! ¡Hay un bicho en la cortina!

Por un instante, mi cuerpo se tensó. El corazón dio un par de golpes más rápidos y noté la vieja urgencia de pedir a Samuel que fuera a comprobarlo. Pero respiré y dejé el plato sobre la encimera. Caminé hasta el salón. En la cortina blanca había una chinche verde de campo. Samuel la observaba desde cierta distancia, sin intentar tocarla. Saúl permanecía detrás de él, pendiente de mi reacción.

—Vamos a apartarnos un poquito —les dije.

Mi voz sonó más tranquila de lo que esperaba. Fui a buscar un vaso de plástico y un folleto de publicidad. Me acerqué a la ventana sin movimientos bruscos. El corazón seguía acelerado, pero ya no me sentía a punto de perder el control. Con cuidado, cubrí el insecto con el vaso y deslicé el papel por debajo. Después lo llevé hasta el balcón y lo liberé entre las macetas. La chinche se alejó. Me quedé un momento mirando el vaso vacío. No había desaparecido el miedo; lo había sentido. La diferencia estaba en que ya no había decidido por mí.

—Listo —dije—. Ya puede seguir su camino.

Los niños me miraron con los ojos muy abiertos.

Samuel se acercó y me abrazó por la cintura.

—Eres una superheroína, mamá.

Le acaricié el pelo.

—No, cariño. Soy una persona que está aprendiendo.

Saúl se unió al abrazo. Los tres permanecimos un rato en medio del salón, rodeados de cajas todavía sin abrir y de una luz nueva que entraba por las ventanas. Miré nuestro pequeño hogar y comprendí que la libertad no era una vida sin dificultades. Era poder afrontar las dificultades sin sentir que todo volvía a derrumbarse.

Un año después de aquella tarde en el patio, regresé a la casa de acogida para tomar un café con Amalia y entregar unas bolsas de ropa que a mis hijos ya se les había quedado pequeña. El despacho seguía oliendo a lavanda. Mientras hablábamos, miré por la ventana y reconocí el banco de madera donde había sufrido aquella primera crisis. Otra mujer estaba sentada allí. Tenía los hombros hundidos y la mirada perdida en el suelo. No sabía qué le había ocurrido, pero reconocí en su postura aquella mezcla de agotamiento y vigilancia que yo había llevado conmigo durante tanto tiempo.

No me acerqué a ella ni supuse conocer su historia. Simplemente deseé que encontrara a alguien capaz de escucharla sin juzgarla. Entonces comprendí algo que antes me había costado aceptar: cada persona llega al miedo por un camino distinto. Mi entomofobia no tenía por qué explicarse únicamente por el maltrato, pero ambos sufrimientos se habían encontrado dentro de mí y habían convertido situaciones cotidianas en amenazas insoportables. Los insectos eran pequeños. La reacción que despertaban en mí, no.

Durante mucho tiempo me había avergonzado de esa contradicción. Ahora sabía que sentir un miedo intenso no me hacía ridícula ni cobarde. Significaba que necesitaba comprender lo que me sucedía y aprender, con ayuda, otras formas de responder.

No me encantaban los insectos. Seguía prefiriendo mantener las distancias y todavía había días en que una cucaracha o un bicho volador me provocaban sudor frío. Pero ya no confundía cada sobresalto con una derrota.

La libertad no había llegado de golpe. Se había construido con conversaciones difíciles, sesiones de terapia, respiraciones entrecortadas y decisiones pequeñas que, repetidas, fueron devolviéndome la confianza.

Ayer, Saúl encontró una mariquita en una de las macetas del balcón. La observó sobre una hoja y llamó a su hermano para enseñársela. Samuel se acercó, sonrió y después me miró de reojo.

Yo también me acerqué. Sentí una leve inquietud, pero no retrocedí. Miré aquel pequeño caparazón rojo con sus puntos negros y dejé que mis hijos disfrutaran del momento. No tuve que fingir que era valiente. Tampoco tuve que pedirles que apartaran al insecto. Bastó con permanecer allí, compartiendo con ellos una tarde tranquila.

Mi fobia no había desaparecido por completo, pero ya no gobernaba nuestra casa. Y mis hijos comenzaban a entender que el miedo puede sentirse sin convertirse en una orden.

Me llamo Alejandra, tengo treinta y un años. Soy madre, trabajo en una biblioteca y sigo aprendiendo a vivir con las heridas que dejó el pasado. No soy invulnerable, ni he olvidado lo que nos ocurrió. Pero hoy puedo cerrar una puerta porque quiero descansar, no porque necesite esconderme.

Durante mucho tiempo creí que los monstruos pequeños tenían el poder de encerrarme para siempre. Ahora sé que no tengo que derrotarlos a todos ni dejar de sentir miedo para ser libre.

A veces, la libertad comienza cuando somos capaces de quedarnos un instante más, respirar y descubrir que el presente no es siempre una repetición del pasado.

Y, sobre todo, cuando comprendemos que nuestros hijos no necesitan una madre sin miedo.

Necesitan una madre que pueda pedir ayuda, levantarse después de una caída y enseñarles, con su propia vida, que ninguna herida tiene por qué convertirse en una condena.



© Franizquiero




domingo, 1 de noviembre de 2026

LOS DIENTES DEL MIEDO...


 

LOS DIENTES DEL MIEDO...

El violento pulso entre el odio callejero y el miedo a los perros



La tarde caía sobre Miranda de Ebro bajo un cielo plomizo. El frío húmedo ascendía desde el cauce del Ebro y se colaba por las mangas y el cuello de la ropa. Jefferson, un ecuatoriano de veinticuatro años que llevaba apenas ocho meses viviendo en la ciudad, atravesaba el parque de Emiliano Bajo con las manos hundidas en los bolsillos de la sudadera.

No paseaba: vigilaba.

Cada sombra podía ocultar una amenaza; cada ladrido, incluso el más lejano, bastaba para tensarle los músculos y acelerar su pulso. A los nueve años, en Guayaquil, un perro callejero lo había acorralado contra una pared y le había desgarrado la pantorrilla izquierda. La herida cicatrizó, pero el miedo permaneció. Durante quince años había aprendido a convivir con aquella alarma interior que se disparaba sin pedir permiso, como si el tiempo no hubiera conseguido convencer a su cerebro de que el peligro pertenecía al pasado.

La cinofobia le condicionaba los trayectos, las visitas y hasta las conversaciones. Antes de entrar en una calle, calculaba las posibles salidas. Si escuchaba un collar tintinear detrás de una esquina, cambiaba de acera. Le avergonzaba aquella reacción, pero la vergüenza no conseguía dominarla.

Aquella tarde, sin embargo, no tuvo tiempo de buscar una ruta alternativa.

Al fondo del paseo, cerca del monumento dedicado a las víctimas y represaliados de la Guerra Civil y la posguerra, vio a un hombre corpulento, de unos cuarenta años, que vestía una chaqueta de camuflaje. Caminaba con la seguridad de quien considera que el espacio público le pertenece por derecho propio.

A su alrededor correteaban tres perros de gran tamaño: dos American Staffordshire Terrier y un rottweiler mestizo. Los tres iban sueltos. Ninguno llevaba bozal.

Jefferson se detuvo.

Notó primero el frío en las manos y, enseguida, el calor repentino que le subía por el cuello. Intentó respirar despacio, como había leído que debía hacerse cuando el miedo amenazaba con desbordarlo. Pero entonces el rottweiler levantó la cabeza, lo miró fijamente y avanzó unos pasos. De su garganta brotó un gruñido bajo.

El parque desapareció a su alrededor. Durante un instante volvió a tener nueve años. Sintió contra la espalda la pared de Guayaquil y recordó el dolor de los dientes hundiéndose en su pierna.

—Por favor… —dijo, casi sin voz—. Señor, ¿puede atar a los perros?

El hombre apenas giró la cabeza.

—No hacen nada. Sigue andando.

—Es que les tengo mucho miedo. Por favor, llévelos con correa.

El dueño soltó una risa breve y despectiva. Silbó para llamar la atención de los animales, pero no hizo el menor gesto para sujetarlos. Después siguió caminando hacia Jefferson.

—¡Oiga! —insistió el joven, intentando que la voz no se le quebrara—. ¡No pueden ir así por el parque! ¡Llévelos atados!

El hombre se detuvo a pocos metros. Los perros se distribuyeron a su alrededor, atentos a los movimientos de ambos. Uno olisqueaba el suelo; otro mantenía las orejas erguidas. El rottweiler seguía mirando a Jefferson, que ya no sabía dónde colocar las manos ni cómo apartar la vista sin sentirse más vulnerable.

—¿Y tú quién eres para decirme lo que tengo que hacer? —espetó el hombre—. Si tienes miedo, te largas. El parque es para todo el mundo, no solo para los cagados como tú.

—Precisamente por eso le pido que los ate. No quiero problemas.

—Pues los vas a tener si sigues tocándome las narices.

Jefferson sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho. Una parte de él quería correr; otra sabía que hacerlo podía desencadenar una reacción imprevisible de los animales. Con dedos torpes, sacó el teléfono y marcó el 092.

—Policía Municipal, dígame.

—Estoy en el parque de Emiliano Bajo, cerca del monumento. Hay un hombre con tres perros grandes sueltos. Le he pedido que los ate y se niega. Uno está gruñendo y… y tengo miedo de que me ataquen. Por favor, manden a alguien.

El hombre comprendió lo que estaba haciendo. Su expresión cambió de golpe.

—¿Me estás denunciando, hijo de puta?

Se acercó hasta invadir el espacio de Jefferson y le señaló la cara con un dedo grueso.

—¡Escúchame bien, guachupino de mierda! Como me pongan una multa por tu culpa, te busco y te reviento la cabeza. ¡Te voy a mandar de vuelta a tu país en una caja!

El insulto le dolió casi tanto como la amenaza. Jefferson había oído comentarios racistas desde su llegada a España, pero nunca con un animal capaz de hacerle daño a pocos pasos y un hombre dispuesto a utilizarlo como instrumento de intimidación.

—¡Me está amenazando! —gritó al teléfono, retrocediendo con cuidado—. ¡Lo está escuchando! ¡Dice que me va a matar!

El rottweiler avanzó otro paso. Jefferson apretó el móvil hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—¡Cuelga ahora mismo! —bramó el hombre—. ¡Te suelto a los perros y vas a saber lo que es bueno!

—¡No voy a colgar!

No sabía de dónde había sacado aquellas palabras. La voz le temblaba, las piernas apenas lo sostenían y las lágrimas empezaban a nublarle la vista. Pero mantuvo la llamada abierta.

El hombre continuó insultándolo, mezclando amenazas con desprecio hacia los inmigrantes. Jefferson oyó al operador pedirle que se mantuviera en línea y facilitara su ubicación. Después escuchó, a lo lejos, una sirena.

El sonido no acabó con el miedo, pero le dio algo a lo que aferrarse.

El dueño también la oyó. Miró hacia la entrada del parque y soltó una última ristra de insultos.

—¡Tula, Thor, aquí! ¡Venid!

Por primera vez, pareció preocupado por algo más que su propio orgullo.

Una patrulla de la Policía Municipal entró por el paseo. Dos agentes bajaron del vehículo y evaluaron la situación antes de aproximarse.

—¡Policía! ¡Quieto ahí! —ordenó uno de ellos—. Usted, controle a los perros inmediatamente.

—¡Pero si no hacen nada! —protestó el hombre, adoptando de pronto un tono conciliador—. Estábamos paseando y este se ha puesto como un loco.

—¡No es verdad! —interrumpió Jefferson. El esfuerzo por mantenerse firme se le desmoronó de golpe—. Le he pedido que los ate. Me ha insultado por ser ecuatoriano y me ha amenazado con soltármelos. Lo ha oído el operador de la llamada.

Un agente se colocó entre ambos mientras su compañero indicaba al propietario cómo mantener a los animales bajo control. Solo cuando los perros estuvieron sujetos y la distancia entre ellos y Jefferson quedó asegurada, el joven consiguió respirar un poco mejor.

—¿Está herido? —le preguntó el agente.

Jefferson negó con la cabeza. Quiso explicar que llevaba quince años temiendo a los perros, que aquel hombre había conseguido devolverlo a una habitación de su infancia de la que creía haber salido hacía mucho tiempo. Pero las palabras se le amontonaron en la garganta.

—No puedo dejar de temblar —consiguió decir.

—Es normal después de lo que acaba de pasar. Siéntese un momento. Vamos a tomarle declaración.

El propietario tuvo que identificarse y aportar la documentación de los animales. Los agentes comprobaron las circunstancias de la intervención y recogieron los datos necesarios para tramitar las posibles infracciones. Antes de marcharse, uno de ellos se acercó de nuevo a Jefferson.

—Ha hecho bien en llamar. No tenía por qué enfrentarse a él ni intentar resolverlo por su cuenta.

Jefferson asintió, aunque todavía le castañeteaban los dientes.

Cuando la patrulla se alejó con el hombre y los perros, el parque recuperó sus sonidos habituales: el viento entre las ramas, las conversaciones lejanas, el rumor del tráfico. Nada había cambiado en el paisaje. Sin embargo, Jefferson permaneció varios minutos junto al tronco de un plátano de sombra, intentando comprender que seguía allí, que no lo habían mordido y que había logrado pedir ayuda sin salir corriendo.

No se sintió valiente. Se sintió exhausto.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, no confundió el miedo con la derrota.


Unas semanas después, Jefferson acudió al juzgado para seguir el procedimiento derivado de la denuncia. El pasillo olía a papel, a madera vieja y a calefacción. Sentado en un banco, con las manos entrelazadas, miraba el suelo mientras repasaba una y otra vez lo ocurrido.

Al otro extremo del corredor estaba Manuel, el hombre de la chaqueta de camuflaje. Ya no vestía aquella prenda, pero conservaba la misma expresión desafiante. Al verlo, Jefferson sintió que el estómago se le encogía. La distancia física no bastaba para impedir que su cuerpo recordara la amenaza.

Manuel lo miró de reojo y murmuró algo a su abogado. Jefferson no llegó a entender las palabras. Tampoco quiso averiguarlo. Bajó la vista y concentró la atención en el movimiento de sus propios dedos.

El procedimiento avanzó con la declaración de los agentes y la revisión de las pruebas disponibles, incluida la grabación de la llamada de emergencia. Las amenazas y los insultos que Jefferson había denunciado quedaron incorporados a las actuaciones. Las infracciones relacionadas con los animales siguieron su propio cauce administrativo.

Las consecuencias para Manuel dependieron de lo que pudo acreditarse y de las decisiones adoptadas por las autoridades competentes. Para Jefferson, sin embargo, había algo que ya no podía deshacerse: la amenaza había sido escuchada, registrada y tomada en serio. No era su palabra perdida frente a la de un desconocido.

La justicia no borró lo sucedido ni le devolvió los años en que había vivido a merced de su fobia. Tampoco le garantizó que nunca volvería a cruzarse con alguien dispuesto a intimidarlo. Pero estableció un límite que Manuel no podía imponer a su antojo.

Al salir del edificio, Jefferson se detuvo en los escalones y respiró profundamente. El aire frío le llenó los pulmones. A unos metros, la gente caminaba con la indiferencia habitual de quienes no saben qué batallas acaba de librar un desconocido.

Él tampoco se sentía vencedor. Solo un poco menos indefenso.


La denuncia resolvió una parte del problema, pero no la que Jefferson llevaba dentro.

Durante las semanas siguientes, los ladridos volvieron a perseguirlo. Un perro que ladraba detrás de una verja le aceleraba el corazón; un animal que aparecía de improviso en una esquina le hacía cambiar de acera. Incluso después de comprobar que el dueño de los perros había dejado de frecuentar el parque, Jefferson seguía mirando a su alrededor como si Manuel pudiera aparecer en cualquier momento.

Comprendió que no bastaba con que las autoridades actuaran. El peligro de aquella tarde había terminado, pero su cuerpo continuaba reaccionando como si siguiera allí.

Una trabajadora social con la que había hablado después del incidente le facilitó información sobre un servicio psicológico que atendía a personas con miedos intensos y fobias. Tras varias dudas, Jefferson pidió una cita.

La primera sesión le resultó más difícil de lo que había imaginado. Le avergonzaba reconocer hasta qué punto el miedo dirigía su vida. Temía que la psicóloga lo juzgara débil, que le dijera que bastaba con acostumbrarse o que lo obligara a acercarse a un perro antes de estar preparado.

No ocurrió nada de eso.

La terapeuta escuchó su historia sin interrumpirlo. Cuando Jefferson terminó, se quedó unos segundos en silencio, sorprendido de haber contado detalles que llevaba años evitando incluso en sus propios pensamientos.

—Lo que te ocurrió de niño fue real —le explicó ella—. Y el miedo que sientes ahora también lo es. No vamos a fingir que no existe ni a obligarte a enfrentarte a él de golpe. Vamos a trabajar para que puedas recuperar el control, paso a paso.

Aquellas palabras no lo curaron, pero le permitieron comenzar.

Las primeras sesiones estuvieron dedicadas a comprender cómo funcionaba su ansiedad, reconocer las señales que precedían al pánico y practicar técnicas de respiración y regulación. También aprendió a distinguir entre una situación objetivamente peligrosa y otra que activaba el recuerdo de un peligro antiguo. No se trataba de confiar en todos los perros ni de ignorar las precauciones, sino de dejar de interpretar cualquier presencia canina como una amenaza inevitable.

Más adelante, la terapeuta le propuso un acercamiento gradual a un animal adiestrado, siempre en un entorno controlado y con su consentimiento.

El centro colaborador disponía de una Golden Retriever llamada Noa. Era una perra tranquila, acostumbrada a trabajar con personas y a responder a las indicaciones de su guía.

La primera vez que Jefferson la vio, se quedó pegado a la pared.

Noa estaba sentada al otro lado de la sala, junto a su cuidadora. No ladró ni se acercó. Se limitó a observar el entorno y a permanecer quieta.

—Hoy no tienes que tocarla —le dijo la terapeuta—. Puedes quedarte donde estás. Lo importante es que compruebes que eres tú quien decide el siguiente paso.

Jefferson asintió sin apartar la vista del animal.

Los minutos se hicieron largos. Tenía las palmas húmedas y el corazón acelerado. En su cabeza aparecían imágenes del perro de Guayaquil, de la sangre en la pantorrilla, del rottweiler del parque y de la cara enfurecida de Manuel.

Quiso marcharse.

—Podemos parar cuando lo necesites —le recordó la psicóloga.

Aquella posibilidad le permitió permanecer unos minutos más. No porque el miedo hubiera desaparecido, sino porque ya no se sentía obligado a demostrar nada.

En las sesiones siguientes fue capaz de quedarse en la misma sala sin buscar continuamente la salida. Después, con la guía de la terapeuta y el control de la cuidadora, redujo poco a poco la distancia. Cada avance parecía insignificante desde fuera; para él, representaba una negociación difícil con su propio cuerpo.

Llegó un día en que se sentó a cierta distancia de Noa y extendió la mano, sin estar seguro de que llegaría a completar el movimiento.

La perra permaneció quieta.

Jefferson se acercó un poco más y rozó con las yemas de los dedos el pelaje de su lomo. El contacto fue breve. Retiró la mano casi inmediatamente y soltó el aire que llevaba varios segundos conteniendo.

Noa bostezó y apoyó la cabeza en el suelo.

Jefferson sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. No era felicidad pura ni una curación repentina. Era alivio: el descubrimiento de que podía sentir miedo sin que aquel miedo decidiera siempre por él.

—¿Qué notas ahora? —preguntó la terapeuta.

Jefferson tardó en responder.

—Sigo teniendo miedo —dijo—. Pero no es tan grande como antes.

La psicóloga sonrió.

—Eso también es avanzar.

El otoño dio paso a un invierno áspero. La escarcha cubría los campos de los alrededores y la niebla se extendía algunas mañanas sobre el Ebro. Seis meses después del incidente, Jefferson regresó al parque de Emiliano Bajo.

No llevaba la capucha calada hasta los ojos ni caminaba buscando posibles amenazas en cada esquina. Seguía atento, pero ya no sentía la necesidad de convertir cada paseo en una operación de vigilancia.

Se detuvo en el punto donde el rottweiler había avanzado hacia él. Recordó los gruñidos, los insultos y la certeza aterradora de que no podría defenderse si el hombre cumplía su amenaza. También recordó la voz del operador al otro lado del teléfono, la llegada de la patrulla y la mano del agente indicándole que se sentara.

No había vencido solo. Había pedido ayuda, y alguien había acudido.

Durante mucho tiempo había creído que superar el miedo significaba dejar de sentirlo. Ahora empezaba a entender que la recuperación era menos espectacular y mucho más trabajosa: consistía en reconocer las señales de alarma, distinguir el presente del pasado y elegir qué hacer aun cuando la ansiedad siguiera allí.

Mientras observaba el paseo, una mujer joven pasó a su lado con un perro pastor sujeto por una correa corta. El animal tiró ligeramente hacia un arbusto para olisquearlo.

Jefferson notó el antiguo chispazo en la base del cerebro. Los hombros se le tensaron y su respiración se volvió superficial. Por un instante, estuvo a punto de apartarse bruscamente.

Entonces recordó los ejercicios practicados en las sesiones. Apoyó los pies en el suelo, soltó el aire despacio y miró al animal sin obligarse a acercarse. El perro continuó olisqueando; su dueña acortó un poco la correa y siguió caminando.

Jefferson esperó a que ambos se alejaran. El corazón tardó en recuperar su ritmo, pero no salió corriendo ni se recriminó haber sentido miedo.

No necesitaba tocar a aquel perro. No tenía que demostrarle nada a nadie.

Bastaba con haber permanecido allí.

La cinofobia no había desaparecido. Todavía habría días difíciles, sobresaltos inesperados y recorridos que preferiría evitar. La terapia no podía borrar lo sucedido en Guayaquil ni convertirlo en una persona indiferente al peligro. Le estaba enseñando algo distinto: a no vivir como si cada perro fuera aquel que lo había mordido de niño.

También había comprendido que su historia no terminaba en la tarde del parque. Manuel había intentado humillarlo por su origen y aprovecharse de su miedo para someterlo. Jefferson no podía cambiar la mentalidad de aquel hombre ni controlar las decisiones de los demás, pero sí podía denunciar una amenaza, pedir protección y negarse a aceptar que el desprecio ajeno determinara el lugar que ocupaba en el mundo.

Reanudó el paseo hacia el polideportivo. El viento del norte le golpeó la cara y le hizo hundir las manos en los bolsillos. Miranda de Ebro seguía siendo una ciudad de calles frías, inviernos largos y perros que aparecían en los lugares más inesperados. El mundo no se había vuelto completamente seguro.

Lo que había cambiado era su manera de caminar por él.

Jefferson respiró hondo. Aún llevaba cicatrices, algunas invisibles y otras que solo él sabía dónde buscar. Pero ya no confundía esas marcas con una condena.

El miedo seguía teniendo dientes.

La diferencia era que, poco a poco, estaba aprendiendo a no dejar que mordiera por él.

© Franizquiero