lunes, 2 de noviembre de 2026

LA CÁRCEL DE LOS MONSTRUOS PEQUEÑOS...

 


LA CÁRCEL DE LOS MONSTRUOS PEQUEÑOS…

Una historia sobre la entomofobia, las secuelas del maltrato y el camino hacia la libertad



A veces pienso que mi mente se cansó de defenderse de los monstruos reales y terminó inventándose otros más pequeños, pero capaces de provocar el mismo terror.

Me llamo Alejandra, tengo treinta años y soy madre de dos niños: Samuel, de once, y Saúl, de ocho. Desde hace unas semanas vivimos en una casa de acogida para mujeres que, como yo, hemos tenido que escapar del maltrato físico y psicológico. Aquí nadie grita, nadie golpea las puertas para anunciar una amenaza y mis hijos pueden dormir sin sobresaltarse a cada ruido.

Sin embargo, aunque hemos conseguido alejarnos del peligro, yo sigo viviendo en una cárcel. Una celda invisible, construida con recuerdos, sobresaltos y un miedo que parece no obedecer a la razón: la entomofobia.

Quienes nunca la han sufrido suelen confundirla con una simple manía.

—Es solo un bicho, Alejandra. Eres mil veces más grande —me dijo una vez un trabajador social, con una sonrisa amable.

No me molestó su intención. Sé que quería ayudarme. Pero no entendía que el miedo no siempre escucha argumentos. Hay personas que ven un insecto y sienten repugnancia; yo lo veo y, durante unos segundos, dejo de sentirme dueña de mi propio cuerpo.

Lo comprobé una tarde de primavera, en el pequeño patio comunitario de la casa de acogida.

Mis hijos jugaban con una pelota de goma gastada. Sus risas me llegaban desde el centro del patio, mientras yo permanecía sentada en un banco de madera, procurando relajar los hombros. El sol calentaba las piedras de los muros y el aire olía a tierra seca.

Entonces vi algo que se movía junto a una grieta del cemento.

Era un escarabajo negro, de caparazón brillante y patas robustas. No tenía nada de extraordinario. Apenas unos centímetros de vida oscura que avanzaba torpemente sobre el suelo.

Pero mi cuerpo no vio un insecto. Vio una amenaza.

Sentí un golpe seco en el pecho. Las risas de mis hijos se alejaron, como si alguien hubiera cerrado una puerta entre ellos y yo. El corazón empezó a latirme con tanta fuerza que podía escucharlo dentro de los oídos. Me sudaron las manos y la garganta se me cerró.

Intenté respirar, pero el aire parecía detenerse a medio camino.

—Mamá, ¿qué te pasa? —preguntó Samuel, acercándose.

Quise decirle que no ocurría nada, que siguiera jugando. Quise comportarme como una madre tranquila, como una mujer que había dejado atrás sus peores días. Pero el escarabajo cambió de dirección y avanzó hacia mi sandalia.

Retrocedí los pies. El insecto siguió su camino.

En mi cabeza, aquella distancia de unos pocos centímetros se convirtió en un abismo. Sentí un picor imaginario que me subía por los tobillos y las pantorrillas, como si cientos de patas diminutas recorrieran mi piel. Las manos empezaron a temblarme. El vaso de agua que sostenía se me escapó y se hizo añicos contra el suelo. El ruido del cristal no consiguió devolverme a la realidad.

—¡Mamá! —gritó Saúl.

Me levanté de golpe, tropecé con el banco y caí de rodillas. El dolor apenas me llegó. Solo podía mirar el suelo y apartarme de aquello que mi mente había convertido en una amenaza insoportable.

Saúl rompió a llorar y corrió hacia su hermano. Samuel lo abrazó, aunque él también parecía asustado. Fue entonces cuando sentí algo peor que el miedo: vergüenza.

Había escapado de un hombre que durante años me hizo sentir pequeña, indefensa y prisionera. Había reunido fuerzas para proteger a mis hijos y empezar de nuevo. Y ahora, en el lugar donde debíamos aprender a vivir sin miedo, mis niños estaban aterrorizados por verme así.

Me incorporé como pude y corrí al interior de la casa. Cerré la puerta de aluminio y me deslicé por ella hasta quedar sentada en el suelo del pasillo, con las rodillas contra el pecho.

Lloré hasta que me dolieron los ojos. Tardé casi veinte minutos en recuperar una respiración más tranquila. Cuando Samuel y Saúl entraron, lo hicieron despacio, sin saber muy bien qué decir. Samuel se sentó a mi lado y me rodeó los hombros con su brazo.

—Ya no está, mamá. Se ha ido.

Asentí, incapaz de explicarle que el insecto se había marchado, pero que el miedo seguía allí.

Aquella tarde comprendí que había salido de una casa violenta sin conseguir abandonar del todo la sensación de peligro. El monstruo que me había amenazado durante años ya no podía alcanzarme, pero mi cuerpo seguía esperando el siguiente golpe. A veces, bastaba una sombra diminuta en el suelo para que regresara aquella indefensión. Y yo no quería que mis hijos crecieran dentro de ella.

Los días siguientes me mostraron hasta qué punto la fobia se había apoderado de mi vida. Abrir una ventana, entrar en el baño o tender la ropa en el patio se convertían en pequeñas pruebas de resistencia. Antes de cruzar una habitación, mis ojos recorrían las esquinas, el techo y los rincones oscuros. Si encontraba una mosca, una hormiga o una araña, mi atención quedaba atrapada en ella.

Sin darme cuenta, Samuel se había convertido en mi explorador. Por las mañanas entraba primero al baño y revisaba detrás de la puerta. También inspeccionaba los armarios y las paredes antes de que yo me acercara.

—Todo despejado, mamá —anunciaba con una seriedad que me partía el corazón.

Saúl había desarrollado otra reacción. Cuando me veía paralizada, se escondía detrás de su hermano o corría a buscar un lugar donde sentirse seguro. No era solo miedo a los insectos: empezaba a temer mis propias reacciones.

Una tarde, una mosca entró por la ventana de la cocina. El zumbido me sorprendió mientras preparaba la cena. Dejé de moverme y apreté contra el pecho el cuchillo de untar que tenía en la mano. No llegué a hacer nada con él; simplemente me quedé inmóvil, intentando no perder el control.

Saúl salió corriendo de la cocina. Al verlo esconderse, comprendí que mis heridas estaban ocupando un espacio que también les pertenecía a mis hijos.

Esa noche los observé mientras dormían en las literas. Samuel tenía un brazo fuera de la manta; Saúl se había acurrucado junto a la pared. Parecían tranquilos, pero yo sabía que habían aprendido a vigilarme, a reconocer mis silencios y a anticipar mis sobresaltos.

Habíamos huido para recuperar la paz. No podía permitir que el miedo nos siguiera gobernando bajo otra apariencia.

A la mañana siguiente llamé a la puerta del despacho de Amalia, la psicóloga de la casa de acogida. La habitación olía suavemente a lavanda. Había una planta junto a la ventana y dos sillones colocados frente a frente. Me senté con las manos entrelazadas, apretándome los dedos para disimular el temblor.

—Amalia, necesito ayuda —dije.

Las lágrimas llegaron antes de que pudiera continuar. Le conté lo del escarabajo, la caída, los gritos de mis hijos y la vergüenza que había sentido después. Al terminar, bajé la cabeza.

—He sobrevivido a los golpes y a los gritos, pero un insecto en el patio casi me hace perder el control delante de mis hijos. Me siento ridícula.

Amalia no sonrió ni intentó quitarle importancia.

—No eres ridícula, Alejandra. Estás sufriendo y necesitas ayuda. Después de vivir durante tanto tiempo en una situación de amenaza, es posible que tu cuerpo haya aprendido a reaccionar con una alarma muy intensa. No podemos asegurar que todo tu miedo a los insectos proceda del maltrato, pero sí podemos trabajar para que esa reacción deje de controlar tu vida.

Aquellas palabras no borraron la fobia, pero cambiaron algo importante: por primera vez dejé de considerarla una vergüenza que debía ocultar.

Amalia me explicó que comenzaríamos poco a poco, con terapia cognitivo-conductual y ejercicios de exposición gradual adaptados a mis posibilidades. No tendría que enfrentarme de golpe a aquello que me aterrorizaba. Aprenderíamos a reconocer las señales de ansiedad, a observar mis pensamientos y a permanecer ante el miedo sin obligarme a avanzar más deprisa de lo que podía soportar.

El primer paso consistió en mirar fotografías de insectos. Parecía sencillo. Solo eran imágenes en una pantalla, sin patas que pudieran acercarse a mí ni alas que pudieran rozarme la piel. Sin embargo, al ver una hormiga ampliada, noté que se me tensaban los hombros y que empezaba a respirar demasiado deprisa. Amalia me invitó a apoyar los pies en el suelo y observar lo que ocurría en mi cuerpo.

—No necesitas demostrarme nada —me dijo—. Vamos a tu ritmo. Puedes sentir miedo y seguir estando aquí.

Inspiré despacio. Dejé salir el aire sin forzarlo. Miré de nuevo la fotografía y esperé. La ansiedad tardó en disminuir, pero disminuyó. Aquel día no vencí mi fobia. Hice algo más pequeño y, para mí, mucho más difícil: descubrí que podía permanecer unos instantes junto al miedo sin salir corriendo.

Después de mi tercera sesión, encontré a Samuel en el pasillo. Llevaba un bote de plástico vacío y estaba a punto de comenzar su habitual inspección de la habitación. Lo llamé con suavidad.

—Cariño, ¿podemos sentarnos un momento?

Me miró con inquietud.

—¿Hay algún bicho, mamá?

Negué con la cabeza y le indiqué la cama. Se sentó a mi lado, sujetando el bote entre las manos.

—Quiero pedirte perdón —le dije—. Sé que has estado revisando las habitaciones para protegerme. Pero ese no es tu trabajo. Tienes once años. Te corresponde estudiar, jugar, enfadarte por cosas de tu edad y disfrutar de tus amigos. No tienes que vigilar la casa para que yo esté bien.

Samuel bajó la mirada.

—Es que no me gusta verte llorar como antes.

Se quedó callado unos segundos, buscando las palabras.

—Cuando te asustas, parece que va a pasar algo malo otra vez.

Sentí que aquellas palabras me atravesaban.

—Lo entiendo, mi amor. Yo también estoy aprendiendo a distinguir lo que ocurre ahora de lo que nos pasó antes. A veces mi cuerpo activa una alarma aunque no haya un peligro real. Pero estoy recibiendo ayuda y voy a aprender a manejarla. No tienes que ser mi escudo.

—¿Y si vuelve a entrar una mosca?

Sonreí con tristeza.

—Si entra una mosca, ya veremos qué hacemos. Pero no tienes que resolverlo tú. Y si alguna vez me ves nerviosa, recuerda que los adultos también podemos tener miedo y necesitamos aprender a cuidarnos.

Samuel dejó el bote en el suelo.

—Está bien, mamá.

Después me abrazó. Durante unos segundos volvió a ser solamente un niño abrazando a su madre, sin responsabilidades que no le correspondían.

—Pero si necesitas que espante una mosca, me avisas —murmuró.

Me reí entre lágrimas.

—Te avisaré si necesito que me acompañes. Pero no para que me protejas de todo.

Aquel abrazo fue uno de los primeros momentos en que sentí que la recuperación no consistía únicamente en cambiar mi relación con los insectos. También tenía que devolver a mis hijos el derecho a ser niños.

Dos semanas después, Amalia me propuso dar un paso más: bajar al patio comunitario.

No era una prueba que tuviera que aprobar. Habíamos hablado de mis temores y acordado que podríamos detenernos si la ansiedad resultaba demasiado intensa. Aun así, cuando llegó el momento, sentí que el corazón se me aceleraba.

El sol calentaba las piedras y el olor a tierra seca me devolvió, por un instante, a la tarde del escarabajo. Caminé junto a Amalia hasta el banco de madera. Me senté en el borde, con los pies firmemente apoyados en el suelo. Mis ojos comenzaron a recorrer el cemento. Buscaban grietas, sombras y cualquier movimiento. Era una vigilancia automática, aprendida durante semanas de miedo.

Entonces vi una hilera de hormigas negras cerca del muro. El cuerpo reaccionó antes que mis pensamientos. Se me tensaron las piernas y noté una oleada de calor en el pecho. Mi primer impulso fue levantarme y marcharme. Amalia lo advirtió.

—¿Qué notas ahora?

—El corazón muy rápido. Y siento que algo me va a subir por las piernas.

—¿Y qué ves realmente?

Tragué saliva.

—Hormigas. Están cruzando el suelo.

—Eso es. No tienes que convencerte de que te gustan. Solo vamos a observar lo que está pasando, aquí y ahora. ¿Quieres permanecer un poco más o prefieres que hagamos una pausa?

La pregunta me sorprendió. Durante mucho tiempo había sentido que el miedo decidía por mí. Ahora podía elegir.

—Quiero quedarme un poco más —respondí.

Apoyé las manos sobre los muslos y traté de respirar con calma, sin exigirme que la ansiedad desapareciera de inmediato. Las hormigas siguieron avanzando. Una desapareció entre dos piedras; otra cambió de dirección. No se acercaron a mí. No ocurrió nada extraordinario. Mi pecho continuaba apretado, pero después de unos minutos noté que podía respirar mejor.

No había vencido el miedo para siempre. Había descubierto que no necesitaba obedecer a cada una de sus órdenes. Levanté la mirada hacia la ventana de nuestra habitación. Samuel y Saúl observaban desde dentro. Cuando Samuel comprobó que yo seguía sentada, me dedicó una sonrisa y levantó el pulgar. Le devolví el gesto.

Por primera vez desde nuestra llegada, el patio dejó de parecerme un lugar prohibido. Seguía siendo el mismo espacio de cemento, el mismo banco, las mismas grietas. La diferencia era que yo empezaba a recuperar mi sitio en él.

Los meses siguientes estuvieron llenos de avances pequeños y retrocesos inesperados.

Algunos días podía mirar fotografías de insectos sin apenas alterarme. Otros bastaba escuchar el zumbido de una mosca para que regresara la tensión. Aprendí que la recuperación no avanzaba en línea recta y que una mala jornada no anulaba lo conseguido. Con Amalia fui trabajando en distintas situaciones, sin saltarme etapas. Aprendí a reconocer mis pensamientos catastróficos, a comprobar qué peligro existía de verdad y a tolerar la incomodidad sin recurrir siempre a la huida. También hablamos del maltrato, de la culpa y de aquella costumbre de mantenerme alerta incluso cuando nadie me amenazaba.

Un día, después de varias sesiones, Amalia me preguntó si me sentía preparada para observar un insecto vivo dentro de un recipiente transparente.

Me quedé mirando la mesa.

—Me da miedo —admití.

—Lo sé. No tienes que hacerlo hoy si no quieres.

Pensé en el patio, en Samuel revisando los armarios y en Saúl escondiéndose detrás del sofá. Pensé también en mí misma, en la mujer que había empezado a reconstruirse desde el cansancio y la incertidumbre.

—Quiero intentarlo —dije—. Pero despacio.

Sobre la mesa había un recipiente transparente, cerrado y con ventilación, en cuyo interior caminaba un escarabajo de color verde metálico. Sus patas producían un sonido tenue al rozar las paredes. Sentí el estómago encogerse. Mis dedos se enfriaron y apareció el viejo impulso de apartarme. Amalia me recordó que podía mantener la distancia que necesitara. No tenía que tocar el recipiente ni demostrar valentía. Bastaba con observar durante el tiempo que yo considerara posible. Me acerqué un poco.

El escarabajo caminó hacia un extremo y luego regresó. Lo observé con cautela. Seguía pareciéndome desagradable; mi cuerpo seguía alerta. Pero, por primera vez, conseguí distinguir dos cosas que antes se confundían dentro de mí: el miedo que sentía y el peligro que realmente existía. Permanecí allí unos instantes más. Cuando terminé, me senté y rompí a llorar. Amalia no me felicitó como si hubiera ganado una competición. Me preguntó cómo me encontraba y qué había aprendido de la experiencia.

—Que puedo tener miedo sin salir corriendo —respondí—. Aunque todavía me cueste.

Era una respuesta sencilla, pero para mí significaba mucho.

Seis meses después de aquella primera crisis, el camión de la mudanza dejó nuestras pocas pertenencias en la puerta de un pequeño piso de alquiler. Gracias a un programa de inserción laboral, había conseguido trabajo en una biblioteca y podía empezar a mantener nuestro nuevo hogar.

El piso estaba en una tercera planta. Tenía ventanas luminosas y un balcón donde había colocado varias macetas. No era grande ni perfecto, pero era nuestro.

No había gritos detrás de las puertas. Nadie me vigilaba ni decidía por mí. Podía cerrar los ojos por la noche sin esperar que un ruido anunciara una amenaza. Mientras terminaba de colocar los platos en la cocina, escuché a Saúl desde el salón.

—¡Mamá! ¡Hay un bicho en la cortina!

Por un instante, mi cuerpo se tensó. El corazón dio un par de golpes más rápidos y noté la vieja urgencia de pedir a Samuel que fuera a comprobarlo. Pero respiré y dejé el plato sobre la encimera. Caminé hasta el salón. En la cortina blanca había una chinche verde de campo. Samuel la observaba desde cierta distancia, sin intentar tocarla. Saúl permanecía detrás de él, pendiente de mi reacción.

—Vamos a apartarnos un poquito —les dije.

Mi voz sonó más tranquila de lo que esperaba. Fui a buscar un vaso de plástico y un folleto de publicidad. Me acerqué a la ventana sin movimientos bruscos. El corazón seguía acelerado, pero ya no me sentía a punto de perder el control. Con cuidado, cubrí el insecto con el vaso y deslicé el papel por debajo. Después lo llevé hasta el balcón y lo liberé entre las macetas. La chinche se alejó. Me quedé un momento mirando el vaso vacío. No había desaparecido el miedo; lo había sentido. La diferencia estaba en que ya no había decidido por mí.

—Listo —dije—. Ya puede seguir su camino.

Los niños me miraron con los ojos muy abiertos.

Samuel se acercó y me abrazó por la cintura.

—Eres una superheroína, mamá.

Le acaricié el pelo.

—No, cariño. Soy una persona que está aprendiendo.

Saúl se unió al abrazo. Los tres permanecimos un rato en medio del salón, rodeados de cajas todavía sin abrir y de una luz nueva que entraba por las ventanas. Miré nuestro pequeño hogar y comprendí que la libertad no era una vida sin dificultades. Era poder afrontar las dificultades sin sentir que todo volvía a derrumbarse.

Un año después de aquella tarde en el patio, regresé a la casa de acogida para tomar un café con Amalia y entregar unas bolsas de ropa que a mis hijos ya se les había quedado pequeña. El despacho seguía oliendo a lavanda. Mientras hablábamos, miré por la ventana y reconocí el banco de madera donde había sufrido aquella primera crisis. Otra mujer estaba sentada allí. Tenía los hombros hundidos y la mirada perdida en el suelo. No sabía qué le había ocurrido, pero reconocí en su postura aquella mezcla de agotamiento y vigilancia que yo había llevado conmigo durante tanto tiempo.

No me acerqué a ella ni supuse conocer su historia. Simplemente deseé que encontrara a alguien capaz de escucharla sin juzgarla. Entonces comprendí algo que antes me había costado aceptar: cada persona llega al miedo por un camino distinto. Mi entomofobia no tenía por qué explicarse únicamente por el maltrato, pero ambos sufrimientos se habían encontrado dentro de mí y habían convertido situaciones cotidianas en amenazas insoportables. Los insectos eran pequeños. La reacción que despertaban en mí, no.

Durante mucho tiempo me había avergonzado de esa contradicción. Ahora sabía que sentir un miedo intenso no me hacía ridícula ni cobarde. Significaba que necesitaba comprender lo que me sucedía y aprender, con ayuda, otras formas de responder.

No me encantaban los insectos. Seguía prefiriendo mantener las distancias y todavía había días en que una cucaracha o un bicho volador me provocaban sudor frío. Pero ya no confundía cada sobresalto con una derrota.

La libertad no había llegado de golpe. Se había construido con conversaciones difíciles, sesiones de terapia, respiraciones entrecortadas y decisiones pequeñas que, repetidas, fueron devolviéndome la confianza.

Ayer, Saúl encontró una mariquita en una de las macetas del balcón. La observó sobre una hoja y llamó a su hermano para enseñársela. Samuel se acercó, sonrió y después me miró de reojo.

Yo también me acerqué. Sentí una leve inquietud, pero no retrocedí. Miré aquel pequeño caparazón rojo con sus puntos negros y dejé que mis hijos disfrutaran del momento. No tuve que fingir que era valiente. Tampoco tuve que pedirles que apartaran al insecto. Bastó con permanecer allí, compartiendo con ellos una tarde tranquila.

Mi fobia no había desaparecido por completo, pero ya no gobernaba nuestra casa. Y mis hijos comenzaban a entender que el miedo puede sentirse sin convertirse en una orden.

Me llamo Alejandra, tengo treinta y un años. Soy madre, trabajo en una biblioteca y sigo aprendiendo a vivir con las heridas que dejó el pasado. No soy invulnerable, ni he olvidado lo que nos ocurrió. Pero hoy puedo cerrar una puerta porque quiero descansar, no porque necesite esconderme.

Durante mucho tiempo creí que los monstruos pequeños tenían el poder de encerrarme para siempre. Ahora sé que no tengo que derrotarlos a todos ni dejar de sentir miedo para ser libre.

A veces, la libertad comienza cuando somos capaces de quedarnos un instante más, respirar y descubrir que el presente no es siempre una repetición del pasado.

Y, sobre todo, cuando comprendemos que nuestros hijos no necesitan una madre sin miedo.

Necesitan una madre que pueda pedir ayuda, levantarse después de una caída y enseñarles, con su propia vida, que ninguna herida tiene por qué convertirse en una condena.



© Franizquiero




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