lunes, 20 de julio de 2026

Parte 1, episodio 4, ¿QUÉ HAY TRAS LA PANTALLA?

 


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Bienvenidos al foro de la Amistad.
Creado por Juan.
Juan: Hola, buenos días, amigos/as. Os recomiendo que no le deis más importancia al asunto y sigamos adelante con el propósito de estar entretenidos, tal y como si estuviésemos reunidos en casa con la familia. Bueno, y si os apetece, seguiré contando mi historia:
Comencé a trabajar en una multinacional dedicada a la fabricación de poliéster y resinas que está ubicada en Miranda de Ebro (Burgos). Allí estuve durante cuatro años, aunque de vez en cuando bajaba a visitar a mi familia; en especial a María Jesús y a mi deseado y queridísimo hijo, al que cada visita veía más grande. Corrían tiempos difíciles y el trabajo en mi ciudad era un bien escaso; así es que no me quedó otra que dejar a la familia en el pueblo, pero mantuve el contacto con ellos a través del teléfono y, más o menos cada dos meses, regresaba para pasar juntos el fin de semana.
Recuerdo aún con rabia que, en uno de esos desplazamientos, al llegar a casa de mis padres, me enteré por mi madre de que mi padre estaba hospitalizado, que llevaba casi un mes ingresado y nadie me había comentado nada. Me enfadé mucho y, a pesar de que no guardo buenos recuerdos de él, no dejaba de ser mi padre y como tal sentía cariño por él. Recuerdo que, estando en la habitación del hospital, al acercarme para besarle, se revolvió y, sin mirarme siquiera, me escupió a la cara.
—Vete de aquí, sinvergüenza, ¡que eres el culpable de todo lo que me ocurre! No quiero saber nada de ti.
Ante aquellas palabras, no me quedó otra que marcharme de allí llorando a lágrima viva, sin saber siquiera el porqué. Regresé a casa junto a mi pequeño y mi mujer; ellos eran lo mejor que hasta entonces me había sucedido en la vida. Al día siguiente, a mediodía, tomé el tren con destino a Miranda de Ebro; tenía que seguir trabajando para poder mantener a mi esposa e hijo. Recuerdo, como si fuera ayer mismo, que durante toda la semana estuve en contacto telefónico con mi hermano José y cada vez que le preguntaba por mi padre, él me decía que no me preocupase, que todo iba bien, y yo le respondía: «Dale de mi parte muchos besos, y a madre también».
—No te preocupes, hermano, se los daré de tu parte.
Aquellas conversaciones me hacían sentir tranquilo y me ponían en condiciones de seguir trabajando con bastante normalidad y, a pesar de que los días transcurrían más lentos que una hilera de orugas procesionarias, como el tiempo es algo que no espera por nada ni por nadie, llegó el día de retornar a Extremadura. Por el camino iba pensando en cómo la vida me sonreía por un lado y me castigaba por otro y, sin apenas darme cuenta, llegué a mi pueblo. Nada más entrar en casa, María Jesús me dijo:
—Hola, cariño. Tienes que ir enseguida a donde tu madre, ella te contará.
—Hola, mi amor. ¿Tan importante es lo que me tenga que decir mi madre para que ni siquiera nos demos un beso? —le pregunté.
—Yo no sé nada y será mejor que te lo cuente ella. Ya sabes que no me gusta meterme en asuntos de tu familia.
—Está bien, ahora iré para allá.
—Hola, madre —le dije para saludarla y, después de darle un montón de besos, añadí—: ¿Qué es lo que tiene que decirme con tanta urgencia? ¿Padre no está? ¿Cómo sigue?
—De él quería hablarte —me dijo echándose a llorar—. Tu padre ha fallecido hace una semana.
De repente, sentí como si el mundo se me echase encima. ¡¿Pero cómo es posible?! Si he estado hablando cada día con José y siempre me ha dicho que todo estaba bien... No entiendo por qué me ha tenido engañado todo este tiempo. Mi madre se abrazó a mí temblando y entre lágrimas me dijo:
—Ya sabes cómo era tu padre. Él era consciente de que se moría y nos prohibió que te lo dijésemos; decía que tu presencia no era precisa y que nunca te perdonaría el no haberle hecho caso en tu juventud. Pero aún hay cosas que debes saber, hijo mío.
—¿Qué más cosas he de saber?
—Tu padre, antes de morir, les ha dado todos los ahorros a tus hermanos con el fin de que no hubiese nada para ti.
—¿Eso es todo, madre? No se preocupe por ello, tampoco quiero nada de él. Bueno, tan solo que me hubiese dado algo de cariño... En cuanto a lo del dinero, ya sabe usted que para mí no es importante, nunca he tenido interés por él y, a todo esto, ¿usted tiene suficiente para salir adelante?
—Sí, hijo, por eso no te preocupes. ¿Y tú qué vas a hacer?
—¿A qué se refiere, madre?
—Con tus hermanos, a eso me refiero, hijo.
—No se preocupe, madre, seguiremos como hasta ahora. Ellos tampoco es que me quieran mucho, pero son mis hermanos; yo sí los quiero y no les guardo ningún rencor por cómo me trataron. Soy consciente de que ellos tan solo obedecían a padre. Y en cuanto al dinero de la herencia, que se lo queden: no quiero nada que no me corresponda.
Después de aquel desagradable encuentro, me volví a casa a terminar de pasar el fin de semana junto a mi pequeño y mi esposa. El lunes me incorporé de nuevo al trabajo y, además de estar dándole vueltas al asunto sin conseguir descifrar el porqué de tanta maldad en mi propia familia, estuve nervioso durante toda la semana. Al llegar a la fábrica, la empresa nos comunicó que a mediados de mes tendríamos que disfrutar las vacaciones anuales, ya que había bajado considerablemente la demanda del mercado.
Recuerdo que aquel sábado era el último día de trabajo y no sé si por los nervios o por la alegría de regresar junto a los míos, pero el caso es que, al disponerme a bajar desde la torre de la autoclave, tuve la mala suerte de resbalar y caer al vacío desde una altura de unos quince metros, más o menos. Me rompí una pierna por el fémur y en la otra, además de la rótula y el menisco, me destrocé el tobillo.
Recuerdo con amargura que la empresa apenas se preocupó de mi estado de salud durante el tiempo que estuve ingresado en el hospital. Al entender que, posiblemente, no podría volver a trabajar con la misma agilidad y que, por consiguiente, mermada mi capacidad, la productividad se vería afectada, para mi sorpresa optaron por despedirme. Aquello me sentó como un tiro por la espalda; no encontraba justo que ese fuera el pago por haberme portado bien en todo momento y haber trabajado tanto como si en ello me fuese la propia vida.
Pero aún fue mayor la sorpresa cuando descubrí que la causa de mi despido era por haber querido engañarlos fingiendo un accidente laboral; según ellos, supuestamente, había ocurrido la noche anterior fuera de la fábrica y, por lo tanto, antes de comenzar a trabajar, tratando así de evadir sus responsabilidades. Pero, a pesar de que soy una persona apenas sin estudios, decidí que aquello no era justo y lo puse en manos de un abogado.
La empresa, al ser una multinacional, contaba con buenos abogados, lo que dificultó aún más las cosas; pero ellos no contaban con algo que mi representante había conseguido tras hacer un llamamiento público a través de una emisora de radio local. Durante el juicio fueron llamados a declarar dos vecinos de Miranda de Ebro —¡nunca olvidaré sus nombres!—, Francisco y Zacarías (dos desempleados de larga duración, según me hicieron saber ellos mismos mientras esperábamos en una de las salas del juzgado), que por casualidad se encontraban dando un paseo por las inmediaciones de la fábrica y fueron testigos directos del fatídico accidente. Gracias a ellos pude, por fin, librar la dura batalla, y una vez más: «David pudo vencer a Goliat».
En la sentencia me dieron a elegir entre una cantidad de dinero (por cierto, bastante elevada para la época) o una pequeña pensión vitalicia y, como soy una persona que cree que el dinero no lo es todo en la vida, pues elegí la pensión; que una cosa es no tener estudios y otra muy distinta es ser tonto.
Al jubilarme, sintiéndome aún joven, decidí ponerme a ayudar a quien lo necesitase y me hice voluntario en Cáritas, Protección Civil, ONG, etc. He participado en campañas para recoger alimentos y ropa para el pueblo saharaui; tramitando papeles y ayudas para extranjeros y personas desahuciadas; reivindicando los derechos de trabajadores despedidos de manera improcedente; solicitando viviendas para los más necesitados... He invertido muchas horas en esas cosas e incluso algunas veces he puesto parte de mi propio dinero, para que luego muchos se riesen de mí diciendo que soy un pobre analfabeto, que estoy loco o preguntándome si me creo el Dios de los desamparados.
También he militado en un partido político de mi pueblo, donde presenté proyectos para generar empleo en la zona e intenté hacer campaña para que las personas sean conscientes del deterioro que está sufriendo el medio ambiente. Siempre con el propósito de que las personas seamos como hace años, cuando los vecinos parecía que fuésemos familia y, si alguien necesitaba algo, enseguida entre todos se conseguía. En fin, siempre luchando por un mundo mejor. Y por cosas como esas dicen que estoy loco... Algunos se aprovecharon de mis proyectos para generar empleo y los pasaron como ideas suyas; pero al darme cuenta de que esas personas, la gran mayoría de ellas, solo miran por sus intereses sin preocuparles en absoluto los demás seres humanos, decidí hacer las cosas por libre y a mi manera…
Empresario: ¡Oye tú, gañán! Más vale que en vez de defender a todos y contarnos tu asquerosa vida te dedicases a aprender a escribir, que es mucho el daño que causas a la vista con tu manera inculta de redactar. Te recuerdo que hay programas que ayudan a corregir las faltas de ortografía. No sé qué pretendes con tus largos escritos sobre el comportamiento humano. ¿Acaso te crees un Dios? ¿O es que te has propuesto arreglar el mundo tú sólito? Déjanos ya de dar la tabarra, zote.
María: Buenas tardes a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Considero que el comportamiento de este engendro no puede ser otro que el de un sanguinario envidioso.
Juan: ¿Envidia? No creo que ese sea el motivo.
María: Envidia, sí. Y no es de tu vida, sino de tu forma de atraer a las personas en este medio.
Juan: Pero yo hablo de mí sin que por ello me tengan que alabar.
María: En ti se puede apreciar que eres una persona sencilla, que amas la verdad y eres muy respetuoso con los demás.
Juan: Pero ellos siempre se burlan de mí, incluso me insultan diciendo que soy un mentiroso y que me invento las cosas para atraer a las chicas de Interchat. ¡Qué más quisiera yo que llevar una vida, aunque solo fuese normal!
María: Amigo, no te aflijas por ello. Cuando alguien está falto de argumentos o razones tiene que recurrir a los insultos y a las mentiras. Aquí ya nos conocemos todos y sabemos de qué pie cojea cada uno, y por mucho que se quieran ocultar, siempre se acaban sabiendo las cosas... Así es que tú estate tranquilo.
Jessica: No hagas caso, Juan. Pienso que el que no respeta tampoco lo merece. Y a mayor «desprecio, no hacer aprecio». Tú debes ser tú mismo y lo que opinen de ti los demás no te ha de preocupar... Yo no valoro tus faltas de ortografía, pues todo el mundo las comete, y lo que verdaderamente es importante es el contenido del mensaje y no las formas. Esto te lo digo sinceramente y espero que mis palabras sirvan para que ¡sigas adelante! Eres una persona maravillosa y eso es lo importante.
Juan: ¡Ya está bien! El daño moral que me están causando no creo merecerlo. Si cometo faltas de ortografía es porque no pude estudiar cuando niño y aparte ando muy mal de la vista. No creo que por eso me tengan que lapidar. Os puedo asegurar que cuando he ido a prestar mis servicios como voluntario en diferentes estamentos sociales y cuando he donado mi sangre (que soy donante desde hace treinta años y tengo varios premios en reconocimiento por mis elevadas donaciones) ¡jamás me preguntaron si tenía estudios! No creo que sea tan grave eso de no tenerlos. ¡Ojalá pudiese expresar correctamente lo que verdaderamente siento!
María: ¡Ánimo, amigo! No le hagas caso, él solo pretende causarte malestar. ¡Vergüenza le tendría que dar atacar así a una persona indefensa como tú, que te preocupas de la naturaleza, por el bienestar social de los demás y ayudando allí donde te necesitan! ¡Siéntete orgulloso de todo ello! Eres un ángel y tú lo sabes...
Juan: Solo soy un pobre hombre que es consciente de que existen hombres sin estudios que son respetuosos y de buen corazón, y también de que los hay con estudios que son personas sin educación y sin sentimientos que se meten con los débiles, creciéndose para ridiculizarlos y, en cambio, son unos cobardes cuando hay que luchar por los derechos de los demás.
Amor de madre: ¡Hola, amigo! A veces las personas que estudian y tienen títulos de «profesionales» no conocen lo que es la educación; son groseros e incluso insensibles al dolor ajeno. No son todos, pero sí más de la cuenta. Por eso pienso que estudiar está muy bien y nos da, entre otras cosas, conocimientos y cultura. No obstante, creo que la clase no son los estudios quienes la otorgan: «con la clase se nace». Y tú, amigo, sigue así, que ya sabes lo que opino de ti.
Juan: ¡Gracias, amiga! Tus palabras son un consuelo para mí. Yo siempre trato de opinar humildemente respecto a mis experiencias en la vida y así poder compartir o debatir la opinión con los demás.
Amor de madre: Pues sí, hay que dejar que cada cual diga lo que piensa y respetar su opinión, aunque no estemos de acuerdo, y eso se llama libertad de expresión: un derecho que todos los seres humanos tenemos reconocido y que han de respetar. Además, pienso que se puede decir todo lo que piensas, siempre y cuando se trate desde el mayor de los respetos.
Juan: Amigas, ¡os agradezco enormemente vuestras palabras! Por unos minutos me hicisteis pensar que la vida es maravillosa y deseo volver a coincidir con ustedes. Os envío muchos besos desde la amistad que nos une por este medio.
María: Siempre es un placer coincidir con vos, amigo.
Amor de madre: Cuídate, amigo, y una vez más gracias por compartir tus experiencias. Besos para ti también. Adiós, hasta otro ratito.



1 comentario:

  1. El episodio comienza con uno de los episodios más dolorosos de la vida de Juan: la enfermedad y posterior muerte de su padre. Lejos de producirse una reconciliación, el protagonista recibe un último rechazo cuando intenta despedirse de él en el hospital. El escupitajo y las palabras de desprecio simbolizan una ruptura definitiva que nunca llegará a repararse. El autor convierte esta escena en la culminación del conflicto familiar que viene desarrollándose desde los primeros capítulos.

    Tras conocer la muerte de su padre y descubrir que había sido excluido deliberadamente de la herencia, Juan sorprende al lector con una actitud completamente alejada de la venganza. En ningún momento reclama el dinero ni muestra resentimiento hacia sus hermanos. Su única lamentación consiste en no haber recibido el cariño que todo hijo espera de un padre. El capítulo plantea así una reflexión sobre la capacidad de perdonar incluso cuando las heridas permanecen abiertas.

    Cuando parece que la vida comienza a estabilizarse, un nuevo golpe altera el rumbo del protagonista. El accidente laboral, sufrido tras años de esfuerzo y sacrificio, no solo le provoca graves lesiones físicas, sino también el despido y la acusación injusta de haber fingido el accidente. El autor insiste en una idea recurrente a lo largo de la novela: las personas honestas no siempre reciben un trato justo por parte de la sociedad.

    El proceso judicial representa el enfrentamiento entre un trabajador humilde y una poderosa multinacional. La comparación con el episodio bíblico de David y Goliat resume perfectamente el sentido de esta parte del relato. Gracias al testimonio desinteresado de dos ciudadanos anónimos, Juan consigue demostrar la verdad y recuperar su dignidad. La justicia aparece aquí como el resultado de la perseverancia y de la solidaridad de personas corrientes.

    Tras su jubilación, el protagonista decide dedicar buena parte de su tiempo a ayudar a quienes más lo necesitan. Su colaboración con organizaciones sociales, campañas solidarias y proyectos comunitarios demuestra que entiende la vida como un compromiso permanente con los demás. El voluntariado deja de ser una simple actividad para convertirse en una prolongación natural de sus principios y de su manera de entender la existencia.

    El contraste entre Juan y Empresario alcanza en este capítulo uno de sus momentos más significativos. Mientras uno defiende valores como la solidaridad, la justicia social y la protección del medio ambiente, el otro responde con insultos, desprecio y descalificaciones personales. Esta oposición convierte a ambos personajes en representantes de dos formas radicalmente distintas de concebir la sociedad y las relaciones humanas.

    Uno de los aspectos más relevantes del capítulo es la reflexión sobre el verdadero significado de la educación. Juan reconoce con humildad sus limitaciones académicas y explica que las circunstancias de su infancia le impidieron estudiar. Sin embargo, tanto María como Jessica y Amor de madre coinciden en afirmar que la verdadera educación se manifiesta en el respeto, la empatía y el comportamiento hacia los demás. El autor diferencia claramente entre instrucción y valores, defendiendo que la dignidad de una persona no depende de sus títulos, sino de sus actos.

    El episodio concluye con un ambiente mucho más esperanzador que el conflicto vivido anteriormente. El apoyo constante de María, Jessica y Amor de madre devuelve a Juan la confianza necesaria para continuar compartiendo su historia. Frente al odio representado por Empresario, la amistad aparece como un espacio de comprensión, reconocimiento y afecto sincero. De este modo, el foro deja de ser únicamente un lugar de enfrentamientos para convertirse también en un refugio emocional para quienes buscan ser escuchados.

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