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Jueves, 1 de diciembre de 1988
Dos primaveras y dos veranos habían quedado ya atrás desde que María comenzara a trabajar en el negocio, y aquel otoño de 1988 daba sus últimos coletazos en la villa bilbaína, vistiendo las calles de gris y hojas secas.
—Llevo días observando que estás muy rara, María. No eres la misma de siempre y, como veo que no sueltas prenda por las buenas, no me queda otra que preguntarte directamente si te ocurre algo —le dijo Arantxa una tarde, rompiendo el hielo mientras reponían unos pesados sacos de pienso en las estanterías de la entrada.
—La verdad es que me encuentro en una situación bastante complicada, Arantxa, y no sé por dónde meterle mano al asunto —confesó María con la voz apagada, dejando caer los brazos.
La tendera la miró fijamente a los ojos, dejando suspendida una mudez cargada de preguntas y sincera preocupación.
—Llevo más de tres años sin visitar mi país... desde que tuve que salir de allá con lo puesto —explicó María, y su voz comenzó a temblar, quebrada por la emoción contenida—. Y aunque hablo por teléfono con mi familia media hora cada quince días desde el locutorio, cada vez me cuesta más el sufrimiento de no poder estrechar a mi hijito y a mis padres entre mis brazos. La distancia se hace un mundo.
Arantxa no lo pensó dos veces; soltó el saco de mixtura, se acercó a ella y la estrechó en un abrazo sincero y apretado, sintiendo cómo se le empañaban sus propios ojos por el contagio.
—¿Y por qué no coges los días de vacaciones que te corresponden de este año y les haces una visita por sorpresa? —sugirió, convencida de haber hallado la solución perfecta.
—Sería injusto por mi parte con el trabajo y además…
—¡¿Injusto por qué?! No entiendo tu postura, mujer. Es tu familia, es tu hijo y llevas una eternidad sin verlos. Te lo has ganado a pulso.
—Por un lado está el negocio, pero por otro... Iñaki está tan ilusionado con que esta sea nuestra segunda Navidad formal juntos, en casa... Se porta tan bien conmigo, Arantxa, que me da pavor decirle nada por no amargarle las fiestas.
—Iñaki es una excelente persona, María, un cacho de pan. Le conozco prácticamente desde que abrí la tienda. A pesar de que no es hombre de muchas palabras y a veces parece un trozo de roca, se hace querer por lo cariñoso y comprensivo que es en el fondo. Siempre que le he comentado algún problema, ha dejado lo que estaba haciendo para echarme una mano.
—No, si estoy convencida de que él no se opondrá —admitió María, secándose una lágrima traicionera con el puño de la bata—. Pero me da tanta pena dejarlo solo en el piso en unas fechas tan señaladas…
—No seas tonta, hazme caso, y háblalo con él en cuanto llegues. Seguro que encontráis el modo de arreglarlo sin necesidad de sufrir por algo tan lógico como necesario —le aconsejó Arantxa, mientras se disponía a bajar la persiana metálica del local para el descanso del mediodía.
Al llegar a casa, tras saludarse con el cariño y la complicidad habituales que ya formaban parte de su rutina, María pasó por el baño a lavarse las manos y se encontró la mesa de la cocina limpia y dispuesta. Iñaki, aprovechando que entraba en el turno de noche, había preparado una deliciosa menestra de verduras al estilo de la villa y unas sardinas en vinagreta que olían a gloria.
Mientras se acomodaban en las sillas de madera, Tigre se acercó sigilosamente a María y comenzó a olisquear con insistencia casi cómica el bajo de su pantalón vaquero. El sutil olor de la tienda de mascotas, impregnado en la tela entre serrín y esencias animales, pasaba desapercibido para el olfato humano, pero para el morrongo resultaba una fragancia poderosa y de lo más intrigante.
—Es curiosa la actitud de este gato; solo se acerca a mí cuando vengo de trabajar —comentó ella, dibujando una amplia sonrisa mientras le rascaba una oreja.
—Según tengo entendido, es algo puramente instintivo —intervino Iñaki sirviendo el agua—. Los gatos no son tan sociables como los perros; ellos eligen a una sola persona para entregarle su afecto de verdad. Les gusta andar a su aire y reclamar mimos solo cuando a ellos les conviene. Por cierto, ¿qué tal las sardinas? ¿Tienen buen punto?
—Te quedaron deliciosas, mi amor. De verdad, ¿qué sería de mí sin ti en esta casa?
—Si hubieras probado las que hacía mi madre en las fiestas del Carmen, no dirías lo mismo. Aquellas sí que no tenían parangón en todo Bilbao. No obstante, agradezco el cumplido —respondió él, inclinándose sobre la mesa para darle un tierno beso en los labios.
Tras tomar una pieza de fruta de postre y dejar la cocina recogida entre los dos, se trasladaron a la sala de estar para disfrutar del café caliente frente al televisor de tubo. Fue en ese momento de calma, con el murmullo del aparato de fondo, cuando María reunió el valor necesario para contarle la conversación que había mantenido con Arantxa.
—Pero mi vida, no tienes que ponerte triste ni ocultarme eso —la consoló él de inmediato, cambiando el semblante y estrechándola con una ternura infinita entre sus brazos—. Entiendo perfectamente que te encuentres entre la espada y la pared. Es más, de habérmelo dicho un par de meses antes, habría pedido mis vacaciones en la empresa para acompañarte en el avión y conocer por fin a tu familia en Guayaquil.
María no le dejó terminar la frase; le selló los labios con un beso apasionado, largo y lleno de una gratitud desbordante. El idilio y la ternura los absorbieron de tal manera en el sofá de escay que, al reparar en las manecillas de su reloj de pulsera, Iñaki se puso en pie de un salto, alarmado.
—¡Vamos, amor, muévete, que se nos echa la hora encima para abrir!
—¡Uy, por Dios! —exclamó María, adecentándose el pelo y apurando el paso—. Cómo corre el tiempo en esta casa cuando se está a gusto.
Media hora después, Iñaki se apoyaba con soltura en el quicio del portal del comercio mientras María abría el candado de la tienda de mascotas. El melódico murmullo de las caracolas del techo se mezcló al instante con el alegre alboroto que siempre despertaba al dar la luz: el trinar afinado de los canarios, el gorgoteo constante de los periquitos, los chillidos nerviosos de un par de cacatúas encrestadas y los silbidos gamberros de Juanito, un vistoso loro tropical que, cada dos por tres, sorprendía a los clientes cantando a pleno pulmón el estribillo de La Cucaracha.
María se dirigió al pequeño cuarto del fondo que hacía las veces de vestuario para ponerse la bata verde de trabajo, mientras Iñaki la esperaba de pie junto a la entrada, con las manos en los bolsillos de la cazadora.
—¡Kaixo! ¡Arratsalde on! —saludó Arantxa, asomando desde la trastienda con una sonrisa radiante.
—Buenas tardes —responieron los dos casi al unísono.
—Así, exactamente así, es como quiero verte siempre, María —le soltó la jefa, percatándose de inmediato del brillo renovado y alegre que traía en los ojos.
—Tenías toda la razón, Arantxa. Si no hubiera sido por tus palabras de este mediodía…
—¿Cómo dices? —preguntó la bilbaína con un ademán exagerado de sorpresa, llevándose una mano a la oreja y fingiendo no enterarse—. No sé de qué me hablas, de verdad, por dónde vas…
María dio un saltito de alegría limpia, mostrando los dos pulgares hacia arriba en señal de victoria.
—¡Oh, cuánto me alegro, por favor! —exclamó Arantxa, dejando de fingir y lanzándose directamente a sus brazos—. ¿O sea que hay luz verde? ¿Y para cuándo tienes previsto hacer el viaje?
—Cuando a ti te venga bien y no te descuadre la tienda, jefa.
—Pues nada, siendo así, por mi parte no hay el más mínimo inconveniente. Te organizas con el calendario y puedes marcharte cuando quieras. Faltaría más.
—¡Gracias! ¡Gracias! ¡Muchísimas gracias, de corazón! —exclamó María, sin poder contener unas lágrimas que esta vez eran de pura y nítida felicidad—. Si te parece bien, iré a la agencia de viajes mañana mismo a mirar los billetes para mediados de mes.
Iñaki se acercó a Arantxa, profundamente conmovido por la escena, y le estrechó los antebrazos con afecto, mirándola desde su imponente altura.
—Gracias por ser tan generosa con ella, Arantxa. Gracias por ser como eres, de verdad. No lo olvidaré.
—Pero bueno, ¿qué dices ahora? ¿Te has vuelto tonto o qué? —bromeó ella, poniéndose colorada como un tomate por el halago—. No me digas esas cosas, que me entra la neura.
—No, para nada. Lo que estoy es muy feliz, y vosotras dos tenéis toda la culpa de lo que siento aquí dentro.
—¡Anda ya¡ ¿Y nosotros qué? ¿Acaso te crees que eres el único en Bilbao con derecho a estar contento? —replicó Arantxa soltando una carcajada limpia que resonó entre las jaulas.
—Bueno, chicas, sintiéndolo mucho tengo que dejaros ya, que aún me quedan un par de tareas que hacer en el piso antes de entrar a currar con el camión esta noche —anunció Iñaki a modo de despedida, girándose con una sonrisa hacia la salida.
—¡Agur! ¡Gero arte, Iñaki! —le gritó la tendera.
—¡Hasta lueguito, mi amor! Ten cuidado por la noche —escuchó con la voz dulce de María a sus espaldas.
Iñaki se volvió un segundo justo antes de cruzar el umbral y les guiñó los ojos de forma alternativa, haciéndose el gracioso con un gesto torpe que las hizo reír, completamente contagiado por la maravillosa e inesperada alegría que flotaba en el aire de la tienda.

Este capítulo pone de manifiesto una de las mayores pruebas de amor de Iñaki. Cuando María le confiesa su deseo de viajar a Ecuador para reencontrarse con su hijo y su familia tras más de tres años de ausencia, él no piensa en la soledad que va a sufrir durante las Navidades, sino en la necesidad emocional de la mujer que ama. Su reacción refleja un amor profundamente generoso, capaz de anteponer la felicidad del otro a la propia.
ResponderEliminarLa novela aborda con enorme sensibilidad el sufrimiento silencioso de quienes emigran dejando atrás a sus seres queridos. María mantiene el contacto con su familia únicamente mediante llamadas telefónicas quincenales, insuficientes para aliviar la ausencia. La distancia, el paso del tiempo y la imposibilidad de abrazar a su hijo convierten la nostalgia en una carga cada vez más difícil de soportar.
Arantxa vuelve a desempeñar un papel fundamental en la historia. Más que una jefa, actúa como una amiga capaz de detectar el sufrimiento de María incluso antes de que esta se atreva a expresarlo. Su consejo, basado en el sentido común y en el afecto, será el detonante que permita resolver un conflicto que parecía enquistado.
El episodio demuestra que la relación entre Iñaki y María se sostiene sobre el diálogo y la confianza. María reúne el valor para expresar sus temores y él responde desde la comprensión absoluta, sin reproches ni egoísmo. Ambos afrontan el problema como una dificultad compartida, reforzando la imagen de una pareja que ha aprendido a construir soluciones desde la sinceridad.
Las escenas domésticas vuelven a adquirir un enorme protagonismo. La comida preparada por Iñaki, la presencia de Tigre, la conversación tranquila tras el café y la complicidad cotidiana muestran que el piso de la plaza Moraza se ha convertido en un auténtico hogar. Frente al ruido del mundo exterior, la casa representa estabilidad, cariño y protección.
El comportamiento del gato aporta un matiz entrañable al capítulo. Su curiosidad por el olor que María trae de la tienda de animales revela que ya la considera parte habitual de su entorno. A través de un gesto aparentemente anecdótico, la novela refleja cómo la convivencia se ha consolidado hasta el punto de que incluso el animal ha incorporado a María a su universo cotidiano.
La alegría que invade la tienda cuando Arantxa concede las vacaciones y confirma que el viaje podrá realizarse nace de un acto de generosidad compartida. Nadie busca un beneficio personal; todos contribuyen a hacer posible el reencuentro familiar de María. La felicidad aparece como una emoción colectiva que se multiplica cuando es compartida.
El capítulo cierra una etapa marcada por la estabilidad sentimental y abre otra cargada de ilusión. El próximo viaje de María simboliza la posibilidad de reconciliar sus dos mundos: la nueva vida construida en Bilbao junto a Iñaki y el vínculo irrenunciable con su familia en Ecuador. La historia transmite así un mensaje optimista, donde el amor no obliga a elegir entre el pasado y el presente, sino que busca integrarlos.