jueves, 2 de julio de 2026

Capítulo 1, episodio 6 , CICATRICES DE DOBLE FILO

 


6


Martes, 25 de febrero de 1986

Como cada martes desde que se había quedado completamente solo en el mundo, Iñaki acudió temprano al Mercado de la Ribera para hacer la compra semanal. Seguía al pie de la letra la vieja costumbre que le inculcó su madre: comenzar siempre desde la planta superior, donde estaban las verduras, e ir descendiendo poco a poco entre el laberinto de puestos y pasillos. Prefería madrugar a conciencia; detestaba las aglomeraciones y las colas interminables que se formaban a media mañana.

—Hola, buenos días —saludó al detenerse frente a su frutería habitual.

Kaixo, egun on, Iñaki —respondió el dueño mientras ajustaba con fuerza el peso de una caja de naranjas—. ¿Qué te pongo hoy, hermoso?

—Tres kilos de manzana reineta para asar, uno de plátanos de Canarias y cinco de patatas Kennebec, de las de freír.

La hija menor del frutero comenzó a preparar el pedido con movimientos ágiles y mecánicos. Mientras la muchacha llenaba las bolsas de papel de estraza, Iñaki permaneció distraído, apoyado en el carro, observando sin ver realmente el ir y venir de las amas de casa.

—¿Algo más, Iñaki? —preguntó ella con una sonrisa amable.

El gigante parpadeó, regresando de golpe a la ruidosa realidad del mercado.

—No, no. Con eso tengo más que suficiente, gracias.

Pagó el importe exacto tras echar un vistazo de reojo al tique de la balanza y acomodó las bolsas en el fondo del carro.

—Hasta la semana que viene.

Agur, gero arte.

Continuó el recorrido hacia la planta inferior empujando el carro de la compra. El mercado empezaba ya a llenarse del bullicio característico de media mañana: conversaciones superpuestas a gritos, persianas metálicas golpeando, el aroma penetrante a café recién hecho de los bares interiores y el eco constante de las ofertas de los tenderos.

Al llegar a la carnicería de confianza, una sonrisa involuntaria le aflojó el gesto severo. Lexttendía comprando allí prácticamente desde que su madre lo llevaba de la mano.

—¡Ahí va la hostia! —exclamó Josetxu nada más verlo aparecer tras el mostrador—. ¿Qué tal andamos, Iñaki?

—Bien, hombre, bien. ¿Y tú qué tal la familia?

—Tirando, como todos en estos tiempos. ¿Qué te preparo hoy?

—Ponme un pollo de corral hermoso, de los de carne prieta, troceado para guisar. También los avíos para un buen cocido de los míos, un kilo de chuletas de cordero y el embutido variado de siempre.

—Marchando.

Mientras el carnicero afilaba el cuchillo contra la chaira con una habilidad música y mecánica, Iñaki observó el ajetreo del pasillo a través del reflejo de la vitrina acristalada. Aquellas rutinas domésticas y predecibles seguían conectándolo de alguna manera con la memoria viva de Amaia. Su madre había insistido desde que él era un chaval en enseñarle a cocinar, limpiar y desenvolverse solo entre las cuatro paredes de la casa.

«Nunca se sabe las vueltas que da la vida, hijo, y los hombres tenéis que valeros por vosotros mismos», le repetía siempre en la cocina.

A veces, Iñaki tenía la inquietante y tierna sensación de que ella había presentido que su hijo acabaría quedándose solo en el piso demasiado pronto.

—Aquí tienes todo limpio —dijo Josetxu, colocándole los pesados paquetes envueltos en papel parafinado sobre el mostrador—. ¿Alguna cosa más?

—No, con esto voy bien servido para la semana.

Guardó cuidadosamente la carne en el carro y, con un trozo de lápiz, tachó varios productos de la pequeña libreta que llevaba siempre en el bolsillo interior de la chaqueta. Cada tachón en el papel seguía devolviéndole en su mente el eco de la voz de su madre: «Uno menos, hijo».

Cuando llegó a la zona de las pescaderías, donde el suelo siempre estaba húmedo y olía a mar y a hielo picado, buscó el turno con la mirada.

—Buenos días. ¿Quién es la última para Fermín?

—Yo, hijo —respondió una anciana diminuta de cabello blanco perfectamente cardado—. Pero no te preocupes, que solo vengo a por una docena de anchoas para el abuelo.

Iñaki sonrió con su habitual educación norteña y aguardó en silencio mientras el pescadero despachaba con rapidez.

—¿Alguna cosa más, señora Pilar? —preguntó Fermín entregándole el cucurucho de papel húmedo.

—No, hijo, con esto tengo bastante para el almuerzo. Mañana, si es que sigo viva, ya vendré a por un par de verdeles.

En cuanto la mujer se alejó arrastrando los pies con su bolsa de tela, Fermín soltó una carcajada limpia y miró a Iñaki.

—Treinta años lleva la buena mujer diciéndome exactamente lo mismo cada mañana.

—¿Lo de los verdeles?

—No, hombre —rio el pescadero, limpiando el mostrador con un paño—. Lo de “si sigo viva”. Es de hierro. En fin, ¿te pongo lo de siempre, Iñaki?

—No, hoy cambia la cosa. Ponme unos buenos lomos de bacalao para prepararlos a la vizcaína… y un kilo de sardinas frescas.

—¿Con pimientos de Gernika?

—Cómo me conoces, jodío…

—Te conozco desde que llevabas pantalón corto y apenas asomabas la cabeza por el mostrador, hijo. Anda que no venía veces tu madre diciendo que a ti y a tu padre os volvían locos las sardinas rebozadas.

Aquella mención imprevista le encogió suavemente el pecho, dejándole un regusto agridulce.

—Ya ha llovido bastante desde entonces, ¿eh?

Fermín asintió despacio, clavando el cuchillo en el hielo.

—Sí, Iñaki. Ha llovido mucho. Pero mientras uno recuerde a los suyos y cocine sus platos, siguen estando un poco aquí con nosotros.

Iñaki tragó saliva para deshacer el nudo de la garganta y forzó una sonrisa de agradecimiento.

—Bueno, mejor me marcho ya, antes de ponerme sentimental en mitad de la plaza.

—Cuídate mucho, hijo. Saluda al gato.

El empinado repecho de la calle Tívoli obligaba a empujar el carro de la compra lentamente, clavando las zapatillas con fuerza en la acera. Iñaki subía la cuesta distraído, organizando mentalmente los menús y los días de limpieza de la semana, cuando una voz femenina, familiar y suave lo detuvo en seco.

Egun on, Iñaki.

Levantó la cabeza sobresaltado, barriendo el sudor de la frente. Y allí, a pleno sol de la mañana, despojada de las luces rojas del club, estaba María. Llevaba una chaqueta sencilla y el pelo recogido. El corazón de Iñaki comenzó a golpearle las costillas con tanta fuerza que por un instante olvidó hasta cómo se respiraba.

—¡Hombre, María! —exclamó con una sonrisa enorme, imposible de disimular—. ¿Qué haces tú por aquí arriba?

Ella señaló con un gesto natural hacia la esquina de la calle Matiko.

—Vivo ahí mismo, en esos pisos.

Los ojos de Iñaki se abrieron de par en par, perplejos.

—No me lo puedo creer, de verdad.

—¿El qué? —preguntó ella, divertida por su reacción.

—Que seamos prácticamente vecinos de portal y no me lo hayas dicho nunca las noches de los domingos.

María soltó una pequeña risa, contagiada por su asombro.

—La verdad es que ni yo misma había caído en la cuenta. Pero ahora entiendo perfectamente por qué hablabas con tanto cariño de esta zona.

Iñaki miró de reojo hacia el portal de la plaza Moraza donde tenía su piso y después volvió a clavar sus ojos grandes en ella, todavía asimilando la tremenda coincidencia.

—¿Te apetece tomar algo rápido? —preguntó, señalando con timidez el bar de la plaza—. Para celebrar el encuentro.

—Sí, claro. Vamos.

Subieron juntos los pocos escalones que daban acceso a la plaza Moraza. Antes de cruzar la puerta del establecimiento, Iñaki señaló discretamente hacia uno de los edificios de ladrillo.

—Mira... en ese cuarto piso de ahí arriba vivo yo con Tigre.

María alzó la vista, contempló las ventanas y sonrió con dulzura.

—Entonces hemos debido de cruzarnos mil veces por la calle sin saber quiénes éramos.

—O quizá sí nos vimos alguna vez de pasada —respondió él con un hilo de voz—, pero todavía no tocaba que nos conociéramos.

Ella bajó la mirada con una sonrisa tímida, sintiendo un cosquilleo agradable. Nada más entrar en el bar, el tabernero levantó la cabeza de los vasos que limpiaba con un paño.

Kaixo, pareja. ¿Qué os pongo?

—Una cerveza sin alcohol para mí, por favor —pidió Iñaki, acomodando el carro de la compra junto a la puerta.

—Y para mí un café con leche... del tiempo, por favor —añadió María, sentándose en uno de los taburetes.

La cafetera exprés del bar comenzó a resoplar con fuerza, llenando el local de vapor aromático.

—Qué curioso y qué caprichoso es el destino a veces —murmuró ella, acercándose un poco más a él para hacerse oír por encima del ruido del bar.

—¿Por qué lo dices?

—Porque vivimos a un tiro de piedra el uno del otro… y hemos tenido que ir a conocernos precisamente abajo, en Las Cortes.

Iñaki apoyó sus enormes antebrazos sobre la barra de madera, mirándola de perfil.

—Supongo que las personas aparecen en la vida de uno cuando tienen que aparecer, ni antes ni después.

Durante unos segundos se hizo un silencio cómodo, un remanso de paz entre ambos que ninguno tenía prisa por romper. Entonces, armándose de un valor que ni él mismo sabía de dónde sacaba, Iñaki tragó saliva y habló:

—Me gustaría... bueno, si no tienes compromiso, me gustaría invitarte a comer a mi casa este domingo.

María giró lentamente la cabeza hacia él, sorprendida por la invitación.

—¿Ah, sí? ¿Y eso?

—Es mi cumpleaños —explicó él de golpe, poniéndose extrañamente nervioso y jugueteando con el posavasos—. Y me haría una ilusión tremenda celebrarlo contigo. Cocino yo, además.

Ella sostuvo su mirada limpia apenas un instante, viendo la vulnerabilidad y la bondad infinita de aquel hombre, antes de regalarle una sonrisa desarmante.

—Claro que iré, Iñaki. Cuenta con ello.

Al vasco se le iluminó el rostro de una forma casi infantil, perdiendo toda la timidez de golpe.

—¿De verdad vas a venir?

—Pues claro que sí, bobo. ¿Cómo te voy a dejar solo el día de tu cumpleaños?

Él soltó una risa nerviosa, aliviado, y bajó la vista hacia su vaso de cerveza.

—Gracias, María.

—¿Gracias por qué?

—Por aceptar tan rápido. No sé... pensaba que me ibas a decir que no.

María removió lentamente el café con la cucharilla, mirándolo con fijeza.

—Porque me gusta mucho pasar tiempo contigo, Iñaki. Me haces sentir bien.

Aquellas palabras, sencillas y directas, le dejaron al basurero el corazón completamente desordenado y latiendo a mil por hora.

—Eso sí —añadió ella con un matiz de seriedad—, a las seis de la tarde tendré que volver a mi casa. Ya sabes... obligaciones.

—Perfecto, no hay problema. Quedamos aquí mismo, en este bar, a las doce de la mañana si te parece bien. Así subimos juntos.

María asintió con la cabeza, satisfecha con el plan. Después, recogió su bolso y se acercó a él para despedirse con dos besos suaves y fragantes en las mejillas.

—Ahora tengo que irme corriendo, Iñaki. He quedado en la peluquería y todavía me queda un buen paseo hasta el centro.

—Vete tranquila. Nos vemos el domingo.

Iñaki se quedó estático, observándola a través del cristal del bar mientras se alejaba calle abajo con paso ligero. Solo reaccionó cuando el tabernero carraspeó con guasa al otro lado de la barra, rompiendo su ensimismamiento.

—¿Qué te debo, jefe? —preguntó, todavía medio abstraído, sacando el monedero.

—Son doscientas veinticinco pesetas por el café y la sin.

Iñaki dejó las monedas exactas sobre el mostrador de acero y se guardó el monedero de cuero lentamente en el bolsillo.

Agur.

—Hasta la próxima, Iñaki —respondió el hostelero con una sonrisa ladeada, viendo perfectamente claro a través de los ojos del cliente algo que quizá ni el propio Iñaki terminaba aún de comprender del todo.






1 comentario:

  1. El capítulo se construye sobre la cotidianeidad. La compra semanal en el Mercado de la Ribera, las conversaciones con los comerciantes y las costumbres heredadas de su madre muestran cómo Iñaki ha convertido la rutina en un mecanismo para sobrellevar la soledad. Cada gesto cotidiano representa un vínculo con el pasado y una forma de mantener el equilibrio emocional.

    Aunque Amaia ya no está presente, su figura impregna todo el recorrido de Iñaki. Las recetas que aprendió de ella, la libreta de la compra y las conversaciones con los comerciantes mantienen vivo su recuerdo. La memoria familiar aparece como un legado que continúa guiando la vida del protagonista incluso después de la pérdida.

    Tanto Iñaki como María arrastran una profunda soledad, aunque de naturaleza muy distinta. Él vive marcado por la ausencia de sus padres; ella, por una vida llena de heridas y renuncias. El encuentro casual entre ambos permite que esas dos soledades comiencen a acercarse de manera espontánea, sin artificios ni dramatismos.

    El descubrimiento de que ambos viven prácticamente puerta con puerta introduce la idea del destino como fuerza que une vidas aparentemente independientes. La coincidencia resulta creíble porque nace de la casualidad y no de un recurso forzado, reforzando la sensación de que algunas personas están destinadas a encontrarse cuando llega el momento adecuado.

    La invitación de Iñaki a comer por su cumpleaños constituye uno de los momentos más entrañables del capítulo. No hay grandes declaraciones amorosas, sino una propuesta humilde y sincera que refleja perfectamente su carácter. Precisamente esa sencillez convierte la escena en un episodio especialmente emotivo.

    De manera implícita, el capítulo establece un marcado contraste con Jefferson. Mientras este utilizaba el control, la manipulación y la violencia para relacionarse con María, Iñaki representa la paciencia, el respeto y la delicadeza. El lector percibe que ambos personajes simbolizan modelos masculinos completamente opuestos, lo que aumenta el valor emocional del acercamiento entre María e Iñaki.

    El Mercado de la Ribera, la calle Tívoli, Matiko y la plaza Moraza no funcionan únicamente como escenarios físicos. La ciudad se integra en la narración como un elemento vivo que acompaña a los personajes y aporta autenticidad al relato. Las referencias al comercio tradicional, al euskera cotidiano y a las costumbres locales enriquecen la ambientación y dotan a la novela de una sólida identidad geográfica.

    El capítulo concluye con una sensación de optimismo contenida. La invitación aceptada por María y la ilusión casi infantil que experimenta Iñaki dejan entrever la posibilidad de un futuro diferente para ambos. Sin prometer una felicidad inmediata, el relato abre una puerta a la esperanza después de un largo periodo dominado por el dolor y la violencia.

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