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Domingo, 16 de febrero de 1986
Iñaki se disponía a salir «de picos pardos», tal y como venía siendo habitual en los últimos años cada vez que el día de cobro coincidía con su jornada de descanso. Sobre la cama había dejado preparados unos pantalones vaqueros limpios, una camisa de entretiempo, ropa interior clara y calcetines oscuros. En el suelo, junto al armario, aguardaban sus zapatillas de lona.
Un rato después, antes de salir al rellano, descolgó del perchero del recibidor una cazadora negra de polipiel. Se la puso, estiró sus largos brazos para ajustársela y echó un vistazo general a la vivienda para asegurarse de que no quedaban luces encendidas ni grifos abiertos. Luego se palpó el bolsillo trasero del gastado vaquero para comprobar que llevaba la cartera con dinero suficiente para disfrutar de la noche y liberar la tensión acumulada durante el mes de trabajo en el camión.
Antes de cruzar el umbral cumplió con el ritual que repetía desde que el felino llegó a su vida: se inclinó para coger a Tigre y lo acunó entre sus brazos. El astuto animal solía tumbarse cuan largo era junto a la puerta principal con la firme intención de boicotear su salida; odiaba quedarse solo y, cada vez que Iñaki se ausentaba, mitigaba la melancolía atiborrándose de pienso antes de pasarse horas maullando con desgana en el pasillo.
Al salir al portal, Iñaki consultó su reloj de pulsera.
—Aún es pronto, iré a pie —se dijo para sus adentros.
No le importaban ni el fresco de la noche ni los casi tres kilómetros que separaban su hogar de las calles de Las Cortes. No era la primera vez que hacía aquel recorrido a buen paso sin que lo frenaran el viento, la lluvia o el frío industrial que ascendía desde la ría.
Al llegar a la altura del antiguo convento de La Merced —reconvertido por aquellos años de los ochenta en un dinámico centro juvenil—, el corazón le dio un vuelco. No por el esfuerzo de la caminata, sino por la viva expectación de alcanzar el lugar elegido. Minutos después cruzó el umbral del club de alterne y se acomodó en un extremo taburete de la barra, buscando la discreción de la penumbra. De fondo, los altavoces amortiguaban el ambiente con el ritmo rumbero de Me sabe a humo, de Los Chunguitos.
—Hola, buenas noches —saludó con amabilidad una mujer de mediana edad y maquillaje excesivo que atendía tras el mostrador—. ¿Qué le sirvo, caballero?
—¿Tiene un bitter Kas? —preguntó él, esbozando una sonrisa tímida que contrastaba con su envergadura.
—Sí, claro. Ahora mismo.
La encargada abrió el botellero, sacó el pequeño tercio de cristal y lo dejó frente a él junto a una rodaja de limón. Iñaki vertió el líquido rojo en el vaso y asintió satisfecho.
Aunque era ya su cuarta visita al local, no pudo evitar examinar el entorno con meticuloso disimulo. De pronto, la música cesó unos instantes. La camarera cambió el casete de la pletina y comenzó a sonar la guitarra lánguida de Soy un perro callejero. Fue entonces cuando una voz suave, melosa y con un marcado acento extranjero interrumpió sus pensamientos.
—Hola, buenas noches.
—Hola —respondió Iñaki, volviéndose hacia ella de golpe—. ¿Qué tal?
—Bien... ¿y tú? —contestó la recién llegada, dejando traslucir sus nervios mientras apoyaba tímidamente una mano sobre el hombro de Iñaki, como le habían enseñado a hacer.
—Tú eres nueva por aquí, ¿verdad? —comentó él, buscando romper el hielo al notar el temblor de sus dedos.
La joven bajó la mirada, temiendo haber mostrado demasiada torpeza en su debut.
—¿Se me nota mucho? —murmuró compungida, jugueteando con el borde de su falda.
—No, no... Al contrario. Al verte me he quedado un poco sin palabras. Suelo pasar por aquí de vez en cuando y es la primera vez que veo a una chica tan guapa y tan joven en este sitio.
—Hoy es mi primer día en este mundo —confesó ella con un hilo de voz, buscando un ancla en la barra—. No sé qué me pasa... me he venido abajo justo después de atreverme a dar el paso.
—No te preocupes. Los comienzos en cualquier sitio siempre son difíciles.
María guardó silencio unos segundos, tragando saliva antes de reunir el valor comercial que Marcela le había pedido tener.
—¿Me invitas a una copa?
—Claro que sí. Faltaría más. Pero antes me gustaría saber cómo te llamas. Tu nombre real, no el artístico que uses aquí dentro.
La joven enarcó una ceja, extrañada por una petición tan poco habitual en la noche.
—¿En serio importa eso aquí?
—Hombre... qué menos que saber el nombre de la persona con la que voy a compartir un trago y una charla, ¿no crees?
Ella sonrió apenas, sintiendo que la tensión de sus hombros disminuía.
—Está bien. Me llamo María. Soy ecuatoriana y llevo poco más de un año en el país. ¿Y tú?
Iñaki se acercó con respeto para saludarla con dos besos reglamentarios.
—Encantado, María. Yo soy Iñaki Gato Goytisolo.
Bajo la luz roja del local, Iñaki advirtió el desconcierto en el rostro de la muchacha al oír la presentación.
—¿Te pasa algo? —preguntó divertido.
—Ese nombre... y esos apellidos. Nunca en mi vida había escuchado una combinación igual.
Iñaki sonrió de buena gana, mesándose la barba.
—Todo tiene su explicación. Mi padre se llamaba Ignacio Gato Lobo, zamorano de pura cepa. Mi madre era Amaia Goytisolo Gorostiza, bilbaína hasta la médula de las que ya no quedan. Cuando nací, mi padre se empeñó en heredarme su nombre y mi madre aceptó con la condición de que en casa me llamaran Iñaki para no confundirnos a los dos. Al final todo el mundo se quedó con el de mi madre.
—Entonces eres español y vasco a partes iguales, ¿no?
—Sí... y no —respondió él con una sonrisa ladeada, entornando los ojos—. Depende de quién lo mire y de cómo sople el viento.
María soltó una pequeña risa limpia.
—La verdad es que no te entiendo.
Iñaki bajó ligeramente la voz, adoptando un tono confidencial.
—Digamos que en estos tiempos que corren es mejor no hablar demasiado de ciertas cosas según en qué barra estés metido.
—Oh... discúlpame. No era mi intención incomodarte con preguntas.
—Tranquila, mujer. No pasa nada. ¿Te apetece otra copa?
Ella asintió con la cabeza y él llamó discretamente a la camarera con un gesto de la mano.
A partir de aquella segunda ronda, la conversación comenzó a fluir con asombrosa facilidad entre el humo espeso de los cigarrillos, las risas amortiguadas y la complicidad que brinda la noche. Iñaki le habló de la curiosa teoría que su padre esgrimía sobre por qué se habían instalado precisamente en la plaza Moraza: según el viejo, «dando un salto aquí y otro allá, con la barriga en medio, te plantabas en Zamora». Nunca supo si el hombre lo decía en serio o por pura guasa norteña, pero recordarlo siempre le despertaba una punzada de nostalgia. Su padre había muerto el último día de 1978 y su madre apenas dos años después, dejándolo completamente solo en el piso.
También le confió que su puesto en el servicio municipal de limpieza era hereditario, una peculiar concesión de la empresa de basuras que permitía transmitir la plaza de padres a hijos tras la jubilación o el fallecimiento del titular.
María, contagiada por aquella cercanía tan humana e inesperada, terminó desahogándose sin entrar en los detalles escabrosos de Guayaquil. Le habló del infierno que la había empujado a huir de Ecuador y, al recordar la dolorosa e insoportable distancia con su hijo, se le rompió la voz y rompió a llorar amargamente en la barra, consumida por la culpa de no haber podido proteger al bebé a tiempo.
Conmovido, Iñaki olvidó sus propios complejos, la rodeó con sus poderosos brazos y la estrechó contra su pecho, ofreciéndole un refugio sincero y limpio bajo la tenue penumbra del local.
Cuando quisieron darse cuenta, Marcela comenzó a hacer parpadear las luces del techo y apagó el equipo de música.
—Señoras y señores, es la hora del cierre —anunció la encargada con una firmeza educada detrás del mostrador—. Vayan desalojando las mesas y abonen sus consumiciones pendientes. Muchas gracias y buenas noches.
De regreso a casa, y a pesar de no haber cumplido en absoluto el propósito carnal por el que originalmente había bajado a Las Cortes, Iñaki caminaba con el corazón ligero, casi flotando. La calidez de María había conseguido que olvidara por completo su habitual y patológica timidez. Se lo había pasado tan bien charlando que el trayecto de vuelta por la ría se le hizo corto y, casi sin darse cuenta, ya estaba metiendo la llave en la cerradura de su piso.
Tigre acudió de inmediato al recibidor, con los ojos brillantes.
—¿Qué pasa, compañero? ¿Me extrañabas mucho? —preguntó Iñaki mientras se agachaba, dejando la cazadora en el perchero, para acariciarle el lomo con ternura.
El gato respondió con un maullido corto y lastimero, reprochándole las horas de ausencia.
— ¿Pensabas que te iba a dejar solo? Qué tonto eres. Ya sabes que tú y los peces de colores sois mi única y verdadera familia.
El felino ronroneó sonoramente, frotándose contra sus manos grandes, agradecido por las caricias.
Iñaki fue a la cocina para prepararse un refrigerio ligero antes de acostarse. Tigre lo siguió de cerca, restregándose contra sus piernas con el rabo erguido, entorpeciéndole el paso en una inequívoca y pesada demostración de afecto.
Después de recoger la mesa, Iñaki se acercó al aparador del salón, destapó el acuario y espolvoreó unas escamas de alimento para los peces, cumpliendo con el rito de cada noche.
Antes de retirarse pasó por el cuarto de baño para asearse y lavarse los dientes. Tigre volvió a escoltarlo y terminó tumbándose sobre las baldosas frías mientras golpeaba el suelo rítmicamente con la punta de la cola, reclamando su última ración de mimos.
—Ven aquí, mimado de la casa —dijo Iñaki tomándolo de nuevo en brazos antes de apagar las luces del pasillo.
Ya en el dormitorio se puso un pijama cómodo de franela, abrió las sábanas y apagó la lámpara de la mesilla. Apenas unos segundos después, Tigre saltó ágilmente sobre el colchón buscando su sitio habitual. Iñaki le acarició el lomo una última vez en la oscuridad y el animal se abandonó al placer del contacto humano.
En apenas un par de minutos, ambos dormían profundamente: Iñaki orientado hacia el cabecero de madera y Tigre acurrucado contra sus pies, compartiendo el calor silencioso e inocente de la noche bilbaína.

El eje principal del capítulo es el primer encuentro entre Iñaki y María. Ambos llegan al diálogo desde realidades completamente distintas, pero la conversación evoluciona de forma natural hasta crear un vínculo basado en la confianza y la comprensión mutua. La atracción física queda en un segundo plano frente al descubrimiento personal.
ResponderEliminarAunque pertenecen a mundos muy diferentes, Iñaki y María están unidos por un mismo sentimiento: la soledad. Él ha perdido a sus padres y vive acompañado únicamente por sus animales; ella ha abandonado su país y vive marcada por la distancia que la separa de su hijo. Esa carencia afectiva explica la rapidez con la que ambos conectan emocionalmente.
El club de alterne deja de aparecer como un simple escenario de prostitución para convertirse en un espacio donde también pueden surgir conversaciones sinceras y relaciones humanas. La noche, normalmente asociada al deseo y al negocio, sirve aquí como escenario para el nacimiento de una amistad basada en la empatía.
Iñaki rompe desde el primer momento con el estereotipo del cliente habitual. No busca imponer su voluntad ni cosificar a María, sino conocer a la persona que hay detrás de la prostituta. El interés por su nombre verdadero simboliza el reconocimiento de su identidad y de su dignidad como ser humano.
El diálogo adquiere un enorme protagonismo. Tanto Iñaki como María necesitan contar su historia a alguien que no los juzgue. Él recuerda a sus padres y la soledad que arrastra desde su muerte; ella expresa por primera vez el dolor de haberse visto obligada a separarse de su hijo. La conversación actúa como una forma de liberación emocional para ambos.
Iñaki acude al club con una intención puramente sexual, pero esa motivación desaparece conforme avanza la conversación. El deseo inicial termina transformándose en afecto, comprensión y ternura. El capítulo plantea así una interesante oposición entre la satisfacción física que esperaba encontrar y la satisfacción emocional que finalmente descubre.
La descripción de la vivienda de Iñaki contribuye decisivamente a definir su personalidad. El cuidado que dedica a Tigre y a los peces, los pequeños rituales domésticos y la tranquilidad de su rutina revelan a un hombre ordenado, sensible y necesitado de compañía. El hogar se convierte en un espejo de su mundo interior.
Aunque ambos personajes arrastran un pasado doloroso, el capítulo concluye con una sensación de serenidad y optimismo. Iñaki regresa a casa satisfecho, no por haber cumplido el propósito con el que salió, sino porque ha encontrado a una persona con la que ha podido compartir su soledad. El encuentro deja abierta la posibilidad de que ambos inicien una relación capaz de transformar sus vidas.