9
Con el paso del tiempo, los celos se instalaron de forma enfermiza en la mente de Jefferson y la distancia entre ambos se volvió una grieta insalvable. Obsesionado con la idea de que María complacía sexualmente al doctor, la ansiedad comenzó a devorarlo. Buscó refugio en el alcohol para escapar de sus propios fantasmas y, como consecuencia de sus constantes ausencias y borracheras, terminó perdiendo el empleo en la pollería.
—Cariño, creo que deberíamos hablar —intentó María una tarde, armada de valor.
Sin apartar la vista del televisor, Jefferson mantuvo la misma indiferencia hostil de un animal acorralado.
—¡No hay nada que hablar! —exclamó de mal humor.
—Así no solucionaremos nada. Ni siquiera sé qué te ocurre —insistió ella con voz pausada, arrastrando los meses de cansancio.
—Ni lo sabes ni te importa... Así que déjame en paz, ¿ya?
María se acercó con intención de abrazarlo, buscando desesperadamente un reducto de afecto en el hombre que alguna vez amo.
—¡Quítate de aquí, carajo! —gritó él, apartándola de un brusco empujón que la hizo tambalear—. ¡Me das asco!
A pesar del trato vejatorio, María volvió a intentarlo un minuto después; la necesidad de salvar su hogar pesaba más que su propia dignidad. Jefferson se levantó del sofá de un salto. Con el rostro desencajado, se dirigió al dormitorio murmurando insultos ininteligibles. Segundos después, se puso una chaqueta de lana y, tras pegar un violento portazo que hizo vibrar los vidrios de la ventana, salió de la vivienda maldiciendo a gritos mientras descendía por las escaleras.
María se hizo un ovillo en un extremo del mugriento diván. Abrazó sus piernas y apoyó el mentón sobre las rodillas temblorosas, llorando una pena negra, incapaz de comprender el motivo de tanta crueldad.
Tres horas más tarde, Jefferson regresó borracho como una cuba, tropezando en el umbral. Ella, al verlo en aquel estado, intentó pasar desapercibida en la penumbra para evitar el conflicto, pero fue inútil; él ya venía con la violencia latiéndole en la mirada.
—¿Ves cómo tengo razón? —dijo alzando la voz, arrastrando las palabras.
María levantó la cabeza y lo miró con más miedo que incertidumbre.
—Lo... lo siento. De veras que lo siento —articuló con voz trémula.
—Ya no eres la dulce y complaciente niña que conocí junto a la Columna de los Próceres.
—Yo sigo siendo la misma —susurró ella—. El que ha cambiado eres tú.
—¡Cállate, estúpida! ¿Cuánto hace que no te miras a un espejo? —La agarró del brazo con fuerza desmedida y tiró de ella, arrastrándola hasta el cuarto de baño—. ¡Mírate! ¿No ves lo fea que te has puesto?
—Ya no... no me quieres, ¿verdad? —preguntó con la voz quebrada por los sollozos.
—¡Deja de mentir! Yo nunca te he querido.
—Pero yo a ti sí. Mucho más de lo que imaginas... ¿De verdad no sientes nada por mí?
—Sí que siento algo. ¡Asco! Eso es lo que me das. ¿Todavía no te has dado cuenta, perra? —La sujetó por los hombros y la zarandeó como si fuese una muñeca de trapo.
Dominado por la frustración de su propia decadencia, la arrojó contra el suelo y descargó sobre ella toda la brutalidad que llevaba acumulando durante semanas. María, aterrada, optó por no oponer resistencia, convencida de que cualquier intento de defenderse solo enfurecería más a la bestia. Ni si quiera el llanto desconsolado del bebé, que observaba la escena aferrado a los barrotes de la cuna, logró detenerlo.
—¡Resístete! ¡Vamos, defiéndete, mala puta!
Un escalofrío recorrió el cuerpo de María. Su mente le gritaba que huyera o luchara, pero el miedo había paralizado todos sus músculos. El dolor y el terror terminaron por quebrarla por completo. Poco después perdió el conocimiento, sumergiéndose en la negrura mientras Jefferson continuaba golpeándola con una furia ciega, descargando sobre ella todo el veneno que llevaba dentro.
Cuando al fin se detuvo, el agresor respiró agitadamente unos segundos. Después se acercó al lavabo, se limpió el sudor y la sangre de las manos, y se contempló en el espejo con una frialdad escalofriante. Acto seguido regresó al dormitorio, se dejó caer sobre la cama y, vencido por el alcohol, se quedó profundamente dormido.
Una hora después, el desesperado llanto de José Carlos lo despertó. Al comprobar que María seguía tendida e inmóvil en el suelo del baño, un destello de pánico cruzó fugazmente su mirada. Corrió hacia ella, se arrodilló y apoyó el oído sobre su pecho; aunque débilmente, el corazón seguía latiendo.
—Despierta... despierta —susurró, transformado de repente, mientras la agitaba con suavidad.
María abrió los ojos con recelo, recuperando la consciencia a duras penas entre la niebla del dolor.
—¿Qué... qué ha pasado?... ¿Por qué llora el niño?
—Lo siento de verdad, mi amor —dijo Jefferson, forzando unas lágrimas de cocodrilo—. Perdóname, por favor. Te juro por mi madre que no volverá a ocurrir. Estaba fuera de mí.
Confusa y debilitada, María intentó incorporarse, pero un pinchazo agudo en las costillas se lo impidió. Él la cargó y la ayudó a llegar hasta el sofá. Mientras tanto, el pequeño José Carlos permanecía aferrado a los barrotes de la cuna, hipando en silencio, buscando un consuelo que nadie en esa casa parecía capaz de darle.
Con el paso de los días, la aparente mansedumbre de Jefferson llevó a María a justificar lo injustificable para poder sobrevivir emocionalmente a la zozobra.
«Tal vez la culpa no sea del todo suya... Quizá soy yo, que no lo atiendo como necesita. En el fondo me quiere y tiene miedo de que lo abandone; por eso se pone así. No sería capaz de matarnos. Él va a cambiar».
Pero la realidad era un monstruo muy distinto. La desdichada joven tuvo que soportar un ciclo continuo de violencia y falsos arrepentimientos hasta que su cuerpo dijo basta.
Un domingo, a pesar de encontrarse físicamente indispuesta, acudió a trabajar a la casa del odontólogo. A media mañana, mientras limpiaba el pasillo, sufrió un fuerte vahído y cayó desplomada al suelo.
—¿Qué ha sido ese golpe? —exclamó el doctor al abrir la puerta de la consulta—. ¡Dios mío! ¿Qué le ha pasado, María?
María lo miró desde el suelo, pálida como un cadáver y sosteniéndose la cabeza.
—No es nada... no se preocupe, doctor —respondió con voz apagada.
—¿Ha tropezado con algo?
—No. Creo que ha sido un bajón de presión. Ya me encontraba un poco mal antes de salir de casa.
—Pues no haber venido a trabajar, mujer —replicó él con sincera preocupación—. Tranquila, cámbiese de ropa. Yo mismo la llevaré a su casa.
Un rato después, el odontólogo detuvo el vehículo unas calles antes del sector.
—Muchas gracias, don Alejandro —dijo María, inclinándose hacia el interior del automóvil con una sonrisa forzada.
—No tiene que darlas. Y si mañana sigue igual, por favor, no venga. Tómese los días que necesite para recuperarse. Pero espere un momento —añadió el doctor, llevándose la mano al bolsillo de la americana—. Con las prisas casi olvido que hoy le corresponde cobrar su semana.
María extendió la mano temblorosa para recibir los billetes. Tras despedirse, aguardó a que el coche se alejara. Para evitar que su patrón descubriera la miseria del decrépito edificio en el que vivía, había mentido pidiendo bajarse lejos.
Encogida por el dolor corporal, inició el penoso trayecto hacia el apartamento. Al cruzar el portal, comenzó a subir las escaleras aferrándose con ambas manos a la barandilla de madera. En el segundo rellano tuvo que detenerse, asfixiada por el agotamiento y el dolor de las costillas mal curadas.
«Ya solo me quedan veintidós peldaños... Tengo que lograrlo».
Al llegar a la quinta planta, introdujo la llave con el mayor sigilo posible para no despertar al niño si es que dormía. Sin embargo, nada más empujar la puerta y entrar en la vivienda, se topó con una escena que le heló la sangre en las venas: Jefferson, semidesnudo y completamente ebrio, se encontraba junto a la cuna de José Carlos en una actitud monstruosa, perturbadora e impropia que la dejó paralizada de absoluto horror.
Retrocedió instintivamente y dejó caer las llaves a propósito, provocando un ruido estrepitoso para obligarlo a apartarse del niño.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —gritó él con voz pastosa, sobresaltado, mientras trataba de cubrirse a toda prisa—. ¡Esto... esto no es lo que parece! Puedo explicártelo, María.
Avanzó dando tumbos debido a la borrachera. María quedó petrificada ante la mezcla de deseo enfermizo, locura y violencia que desprendía la mirada de aquel hombre. Antes de que pudiera gritar o reaccionar, Jefferson se abalanzó sobre ella con la furia del animal que se sabe descubierto. La golpeó con saña en el rostro, le desgarró la ropa y volvió a someterla a una violencia salvaje y ultrajante hasta que, finalmente, se desplomó vencido por el alcohol sobre el cuerpo herido y sangrante de la joven.
Cuando María sintió que el peso del agresor se volvía inerte y que había caído en un sueño profundo, se liberó de él con un cuidado infinito, conteniendo la respiración. Apenas podía sostenerse en pie; le dolía cada centímetro de piel. Fue arrastrándose hasta el dormitorio, se vistió como pudo con ropa limpia, tomó al pequeño José Carlos fuertemente contra su pecho y abandonó aquel maldito lugar.
Al pisar la calle bajo la luz del día, la providencia quiso que un taxi destartalado pasara por la esquina. María agitó la mano con desespero, las lágrimas nublándole la vista.
—Hola, buenos días. ¿Adónde la llevo, señora? —preguntó el anciano conductor con amabilidad.
Intentando ocultar el rostro desfigurado y amoratado tras el cuerpo del niño, María le dio la dirección de la casa de sus padres. Durante todo el trayecto permaneció en un silencio sepulcral, abrazando a su hijo como si temiera que se lo arrancaran.
Al llegar, pagó la carrera con el dinero que le había dado el doctor y recorrió los últimos metros hasta la deteriorada vivienda de su infancia. Llamó a la puerta con los nudillos, con urgencia. Tras unos segundos que parecieron eternos, los goznes chirriaron.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo te atreves a volver, descarada? —exclamó su padre al verla, cegado aún por el viejo orgullo y el rencor del abandono, amagando con cerrarle la puerta en la cara.
—¡Papá, por favor! Te lo suplico... no me dejes fuera... ¡Abreme! —imploró María, cayendo de rodillas sobre la acera entre sollozos desgarradores.
Al escuchar el quiebre absoluto en las súplicas de su hija y el llanto asustado del pequeño José Carlos, el amor paterno sepultó de golpe el orgullo del viejo. José abrió la puerta por completo, dejó caer los brazos y, al verla de cerca, se le aguaron los ojos. Ayudó a María a levantarse y tomó con delicadeza a su nieto en brazos.
—Perdóname, hija mía... perdóname por reaccionar así —dijo con la voz completamente quebrada por la culpa mientras se adentraban en la seguridad de la casa—. Te queremos mucho... No imaginas cuánto hemos sufrido por tu ausencia todo este tiempo.
—Lo siento de verdad, papá. Él... él me prohibía cualquier contacto con ustedes. Me tenía amenazada con quitarme al niño si les decía algo —confesó ella, temblando.
Al encender la bombilla de la estancia, la luz amarilla reveló la verdadera magnitud de la tragedia. José contempló el rostro hinchado, los labios partidos y los moretones que desfiguraban las facciones de su hija.
—Pero ¿qué te ha hecho ese maldito desgraciado? —bramó el padre, conteniendo una mezcla de rabia y dolor impotente.
María se derrumbó en una silla y relató entre lágrimas cada uno de los abusos y humillaciones padecidas en aquel apartamento del quinto piso. José escuchaba horrorizado, tapándose la boca, incapaz de comprender que el hombre al que le había entregado a su hija pudiera albergar tanta crueldad.
En ese preciso instante, el repique del teléfono de la sala cortó el aire. Lupita, la hermana pequeña, corrió a responder.
—¿Aló? ¿Quién es?
—Soy tu tía, cariño. ¿Cómo están todos por allá? —respondió la cálida voz de María Fernanda desde el otro lado de la línea.
—¡Hola, tía! Yo estoy bien, pero... pero mi hermana María ha vuelto a casa con el bebé. Su novio le ha dado una paliza horrible que casi la mata, tía. Papá está llorando con ella.
Un nudo denso en la garganta impidió que María Fernanda pudiera articular palabra durante varios segundos desde el extranjero.
—Pero... ¿qué me dices, Lupita? ¿Está papá por ahí cerca?
—Sí, está en la cocina con ella.
—¡Dile que se ponga inmediatamente, por favor!
Lupita corrió hacia la parte trasera de la casa.
—Papá, dice la tía María Fernanda que te pongas al teléfono urgente.
Mientras José acudía a la sala limpiándose las lágrimas, María se dirigió cojeando hacia el dormitorio del fondo, donde su madre, postrada en la cama por la enfermedad, la llamaba con una voz lastimera y llena de angustia al reconocer su llanto.
—Dime, hermana —respondió José al descolgar el auricular.
—¿Qué le ha ocurrido a la niña, José? ¿Está bien? —preguntó María Fernanda con el corazón en un hilo.
José le relató minuciosamente y con voz temblorosa la pesadilla que su hija acababa de confesar. Tras una larga y seria conversación donde evaluaron los alcances de Jefferson, el hombre colgó y regresó al dormitorio familiar para reunirse con su esposa y sus hijas. El rostro del viejo denotaba una dolorosa gravedad.
—He hablado con tu tía —anunció José, mirando fijamente a María—. Hemos decidido que lo mejor y más seguro es que salgas del país cuanto antes. Ese infeliz de Jefferson te va a buscar aquí, sabe dónde vivimos, y si te encuentra... te va a matar.
María lo miró perpleja, con los ojos abiertos por el miedo.
—Pero si no tenemos un centavo, papá... ¿cómo voy a viajar así de la noche a la mañana?
—No te preocupes por eso. Mi hermana se va a hacer cargo de absolutamente todos los gastos del pasaje. Mañana mismo me va a hacer una transferencia cablegráfica de emergencia a mi cuenta del banco para que retire el dinero a primera hora.
María miró a sus padres con creciente angustia, sintiendo que el suelo se le movía.
—Pero no he traído nada... no tengo maletas, solo tengo puesta esta ropa rota... ¿Cómo voy a irme a otro país así?
—Eso es lo de menos, hija —respondió José, colocándole una mano protectora en el hombro—. Tu hermana y tú tenéis casi la misma talla; podrás usar la ropa de ella para el viaje. Y respecto al pequeño, nos apañaremos aquí con lo que aún guardamos de cuando ustedes eran niñas... El bebé se va a quedar aquí en la casa, bajo nuestro cuidado absoluto. Es demasiado peligroso y complicado que intentes cruzar fronteras con él en tu estado actual. Primero debes establecerte.
Al escuchar aquellas palabras, el mundo de María se terminó de derrumbar. Comenzó a negar con la cabeza de forma frenética, desesperada, aferrándose al niño.
—¿Cómo me piden eso? ¿Cómo voy a irme y dejar a mi hijo? ¡No puedo!
—Es la única salida que tenemos para salvarte la vida, hija mía. Lo primero es poner un océano de por medio entre tú y ese malnacido antes de que los encuentre a todos aquí. Por favor, no lo hagas más difícil... hazlo por el bien del niño —suplicó el padre, juntando las manos con los ojos humedecidos.
María contempló el rostro envejecido y asustado de su padre, miró las lágrimas de su madre en la cama y comprendió, por fin, el verdadero y mortal peligro que corrían si se quedaba en Guayaquil.
—Está bien, papá —asintió con el alma rota en mil pedazos, apretando a su hijo en un último y silencioso abrazo—. Si no queda más remedio... tendrá que ser así.

Jefferson deja de ser simplemente un hombre violento para convertirse en un personaje completamente dominado por la obsesión, el alcohol y la necesidad de ejercer poder. Los celos enfermizos hacia el odontólogo, el desempleo y su creciente frustración terminan por destruir cualquier apariencia de humanidad. La violencia ya no responde a un conflicto concreto, sino que se convierte en su forma habitual de relacionarse con María.
ResponderEliminarEl episodio refleja con enorme crudeza la escalada del maltrato. Jefferson utiliza la humillación verbal, la desvalorización física, la agresión psicológica y finalmente la violencia física extrema para anular por completo la voluntad de María. La agresión no busca resolver ningún conflicto: pretende destruir su autoestima y reafirmar el control absoluto sobre ella.
Uno de los mayores aciertos del capítulo es la representación del conocido ciclo de la violencia. Primero aparece la tensión creciente, después la explosión violenta y, finalmente, la falsa fase de arrepentimiento. Cuando Jefferson despierta y finge llorar mientras promete que nunca volverá a hacerlo, el lector comprende que sus disculpas forman parte del propio mecanismo de manipulación y no de un verdadero arrepentimiento. Esa alternancia entre brutalidad y aparente ternura explica por qué tantas víctimas permanecen atrapadas durante años.
María continúa intentando salvar una relación que ya no existe. Pide perdón por situaciones que no ha provocado, busca afecto en quien la desprecia y termina aceptando la violencia como parte inevitable de su vida cotidiana. La joven aparece completamente anulada psicológicamente, incapaz de comprender que la responsabilidad nunca es suya.
La presencia del pequeño José Carlos añade una enorme carga dramática al episodio. El niño presencia la brutal agresión desde la cuna, convirtiéndose en una víctima indirecta de la violencia doméstica. El capítulo recuerda que el maltrato nunca afecta únicamente a la pareja, sino también a los hijos que crecen dentro de ese entorno de terror.
Mientras el odontólogo trata a María con respeto, comprensión y preocupación, Jefferson se hunde cada vez más en la degradación moral. Este contraste permite al lector comprender que la violencia no nace de las circunstancias externas, sino de la personalidad profundamente posesiva y destructiva del agresor.
El descubrimiento final junto a la cuna constituye el verdadero detonante del cambio. María soportó durante mucho tiempo los golpes dirigidos contra ella, pero cuando percibe que el peligro alcanza también a su hijo desaparece cualquier posibilidad de seguir justificando a Jefferson. Ese instante marca el comienzo de la huida y el fin definitivo de la relación.
El regreso a casa de sus padres posee un enorme valor simbólico. José, que años atrás la expulsó de su vida, deja atrás el orgullo al contemplar el estado de su hija. El hogar familiar deja de representar el lugar del castigo para convertirse en el espacio de protección que María necesita desesperadamente. El perdón mutuo entre padre e hija inaugura una nueva etapa en la historia.