5
Tras pasar la noche sin el menor atisbo de intimidad, Jefferson y María se despertaron sobresaltados por el ruido intencionado de los platos en la cocina. Se levantaron, se asearon a prisa y se encaminaron hacia allí.
—Buenos días —dijeron al unísono, intentando romper el hielo.
La atareada anciana fingió no oírlos. Continuó espolvoreando azúcar sobre varias rebanadas de pan con mantequilla, dándoles la espalda.
—Madruga usted mucho, señora —comentó María, haciendo un nuevo esfuerzo por agradar.
—La mujer ha de ser la primera en levantarse. Así, cuando el marido despierte, no perderá más tiempo del necesario para ir a trabajar —arguyó la mujer ásperamente, sin mirarla ni detener su labor.
Jefferson permaneció en silencio. El tono de su madre desaconsejaba cualquier réplica si no quería echar más leña al fuego.
—Esto... mamá. María y yo pasaremos el día fuera.
La anciana dejó el cuchillo sobre la mesa y lo miró con desdén.
—¿Y?
Jefferson bajó la vista hacia sus zapatos, perdiendo toda la soberbia que mostraba en la calle.
—No es necesario que prepares nada para la comida —dijo con un hilo de voz.
La anciana abandonó la estancia con los ojos empañados en lágrimas, profundamente decepcionada. En ese instante se sintió herida de muerte al confirmar que una desconocida la relegaba a un segundo plano.
—Está bien, como quieras —murmuró mientras se perdía por el pasillo.
Sin dar crédito a la escena, Jefferson aprovechó el drama para escabullirse.
—Nos vemos ya, mamá. ¡Hasta la noche! —dijo, plantando un pie en el rellano.
—Cuídese mucho, señora —deseó María a media voz.
No obtuvieron respuesta. Extrañados por el denso silencio, subieron al chirriante ascensor.
—Es por mi culpa, ¿verdad? —preguntó María, buscando sus ojos.
—La verdad es que no lo sé. Nunca se ha comportado así; serán cosas de la edad —justificó Jefferson, restándole importancia.
—¿Adónde vamos?
—Primero, a trabajar un rato y... luego, si te portas bien, ya veremos —respondió él al salir del portal.
Caminaron hacia el vehículo. Jefferson sacó las llaves, abrió el Datsun y, una vez dentro, estiró el brazo para quitar el seguro de la puerta del copiloto. Se acomodaron, se abrocharon los cinturones y pusieron rumbo al apartamento.
Un rato después, la pareja se bajaba frente al decrépito edificio. Jefferson sacó del maletero los útiles de limpieza que había comprado y avanzaron juntos. En el zaguán, la estrechez de las escaleras los obligó a subir en fila india.
—Buenos días —saludó con voz gastada una diminuta anciana que se hallaba en el primer rellano.
—Hola, buenos días, señora —respondieron casi al unísono.
La mujer los examinó con discreción, apoyada en la barandilla.
—Perdonen mi atrevimiento... ¿así que van a vivir aquí?
—Sí —respondió Jefferson en seco, acelerando el paso.
—Pensarán que soy una cotilla, pero es que...
—¡No, por Dios, qué disparate! —la interrumpió María, sin advertir el fastidio de su pareja, a quien le reventaba relacionarse con los vecinos.
—... nunca se sabe lo que una pueda necesitar —suspiró la anciana—. Estamos tan apartadas de la ciudad, y Leandra y yo somos tan mayores que cualquier día...
María esbozó una sonrisa compasiva.
—Bueno, al menos se tienen la una a la otra.
—No te creas, hija. Ella apenas sale de casa. Si no fuera porque yo le traigo los encargos, posiblemente ya habría muerto de hambre.
—Imagino que, si usted no pudiese, lo haría algún vecino, ¿no?
La anciana negó con la cabeza, con una mueca de amargura.
—No, hija, no. Son muchos los años que llevamos solas en este mugriento edificio.
—No se preocupe por eso, mujer. Dentro de nada podrá contar con nosotros. ¿A que sí, Jefferson?
—Supongo que sí —respondió él con desgana desde unos escalones más arriba.
—Mi nombre es Dolores, pero mis amigos me dicen Lola. Si necesitan algo, ya saben dónde vivo.
—Encantada, señora Dolores. Lo mismo le digo. Nosotros somos María y Jefferson.
—Bueno, no los entretengo más. ¡Sean bienvenidos!
—Adiós, señora —cortó Jefferson con aspereza.
—¡Que tenga un buen día! —le deseó María antes de correr para alcanzarlo.
Al llegar a la quinta planta, abrieron la puerta y Jefferson dejó los útiles junto a un mugriento diván de tres plazas que presidía la sala. Cogió el cepillo para quitar la costra de polvo, sacó un envase de espuma limpiadora y comenzó a frotar el tapizado.
—¡Vaya!, pues no está tan mal —dijo al descubrir el aceptable estado del mueble bajo la mugre—. Como el resto esté así, no habrá que comprar casi nada.
Se quitó el abrigo y miró a María.
—Será mejor que te quites la chaqueta. Con el ajetreo de la limpieza entraremos en calor enseguida.
María asintió, dispuesta a complacerlo.
—Sí, tienes razón. ¿Por dónde empezamos?
Jefferson aprobó la predisposición de la joven levantando el pulgar.
—Primero quitaremos las telarañas y el papel viejo de las paredes; luego ya veremos.
Fue a la cocina por un cubo de agua. Al regresar, la encontró tirando de una esquina seca del papel.
—Pero ¿qué haces? —la increpó con brusquedad.
Sorprendida por el cambio de tono, María lo miró con aflicción, encogiéndose.
—Lo que me has dicho, cariño... Pero cuesta mucho arrancarlo.
—No, así no, alma cándida. Espera un poco y verás qué fácil es —respondió él, suavizando el tono con esa elasticidad manipuladora que lo caracterizaba.
Sumergió una esponja en el cubo, la escurrió y comenzó a humedecer el muro. Mientras tanto, ella se dedicó a retirar las telarañas de los rincones altos.
—Ven un momento, María —la llamó al rato.
—¿Sí? —preguntó ella, apoyándose en el quicio de la puerta.
—Cuando el papel absorbe la humedad, basta con tirar de una esquina para que se desprenda sin esfuerzo. ¿Ves qué fácil resulta? —explicó, henchido de orgullo.
—¡Ah, ya veo! Contigo voy a aprender muchas cosas —dijo ella, sonriendo, trágicamente ignorante de lo que el futuro le deparaba.
Un par de horas después, Jefferson sugirió dejarlo por ese día. María, sudorosa y cansada, estuvo de acuerdo. Mientras se aseaba en ropa interior junto al sofá, absorta en sus pensamientos, no advirtió que los ojos verdes de Jefferson la devoraban con lascivia. Las posturas inocentes de la chica encendieron el mecanismo de control de Jefferson, que se lanzó sobre ella con la velocidad de un felino.
—¡Pero qué haces! —gritó asustada, cayendo de espaldas sobre el suelo polvoriento.
—¡Shhhh! ¡Calla! —ordenó él, sellándole la boca con una mano pesada mientras con la otra le arrancaba la prenda interior. Ella se congeló, el terror de las palizas de su padre confundiéndose con la fuerza de su captor—. Haz como que te resistes —le susurró él al oído con una voz ronca, excitado por el simulacro de poder.
La brutalidad del momento terminó por descolocar los sentidos de la joven, que se dejó arrastrar por el perverso juego de Jefferson para evitar un daño mayor. Cuando todo acabó, permanecieron tendidos en el suelo unos minutos, recuperando el aliento en medio del olor a humedad y polvo.
Satisfecho su impulso, Jefferson recuperó su buen humor. Se vistieron y, como si nada hubiera pasado, abandonaron el edificio para ir a comer a un restaurante.
El resto de la tarde lo dedicaron a recorrer tiendas en busca de ropa premamá. La jornada satisfizo las expectativas de ambos, aunque por motivos muy distintos: ella rebosaba una ingenua ilusión por su futura maternidad; él disfrutaba imaginándola sometida bajo el vientre creciente.
—¿Qué te parece este, cariño? —preguntó ella, mostrándole un vestido amplio.
—Estás preciosa, pero deberías comprarte también algo diferente para cuando te aumente la barriga. Me gustaría que eligieses prendas bien ceñidas y faldas muy cortas. Ya sabes lo mucho que me excita eso —le susurró al oído antes de morderle el lóbulo.
Ella accedió a sus deseos y, tras pagar, regresaron al Datsun para poner rumbo a la casa de la anciana.
Al salir del ascensor, el ruido de las bolsas alertó a la mujer, que había pasado una tarde horrible conjeturando amargamente sobre su vejez y su soledad.
—Hola, buenas noches —saludaron al unísono, fingiendo una normalidad conyugal que no existía.
—¡Vaya, conque han vuelto! —espetó la mujer a modo de saludo, poniéndose en pie con la ayuda de su bastón.
—¿Cómo dices, mamá?
—Me marcho a dormir —sentenció con desaire.
María y Jefferson se miraron desconcertados.
—Mamá, ¿no hay nada para cenar? —preguntó él desde la cocina, revisando las ollas vacías.
—¿Acaso me quieres desquiciar? —bramó la mujer, girándose en mitad del pasillo—. ¿No recuerdas lo que me dijiste esta mañana? Que no preparase nada para comer.
—Sí, es cierto, pero me refería solo al almuerzo.
—¡Pues haberte explicado mejor! —increpó, blandiendo el bastón en el aire.
«Pobre Jefferson, esta bruja lo trata como si fuera un niño», pensó María, sintiendo lástima por el hombre que unas horas antes la había forzado en el suelo.
—¡Ah! Y no se les ocurra hacer el menor ruido —advertió la anciana, amenazándolos con el puño en alto—. ¡Sería el colmo que un par de pedigüeños me impidiesen dormir en mi propia casa!
Ante la hostilidad de la mujer, no les quedó más remedio que retirarse a la habitación con el estómago vacío, frustrados y envueltos en un silencio sepulcral.

El capítulo muestra cómo Jefferson comienza a aislar progresivamente a María de cualquier posible apoyo. La tensa convivencia con su madre y la actitud distante del protagonista hacia los vecinos revelan su deseo de controlar por completo el entorno de la joven. El aislamiento constituye una de las primeras herramientas de toda relación abusiva.
ResponderEliminarJefferson alterna continuamente la dureza con aparentes gestos de ternura. Reprende a María cuando considera que actúa de forma incorrecta y, segundos después, suaviza el tono para recuperar su confianza. Esta alternancia entre castigo y recompensa crea en la muchacha una dependencia afectiva que la lleva a buscar constantemente su aprobación.
María continúa comportándose con la inocencia propia de su edad. Su deseo de agradar a la madre de Jefferson, su disposición para ayudar a las ancianas del edificio y la ilusión con la que participa en el acondicionamiento del apartamento reflejan que todavía conserva una visión esperanzada del futuro. El lector percibe, sin embargo, que esa esperanza se sustenta sobre una realidad profundamente engañosa.
Mientras María interpreta la limpieza del apartamento como el comienzo de un hogar compartido, Jefferson contempla ese mismo espacio como un escenario más donde ejercer su dominio. La diferencia entre la percepción de ambos personajes incrementa la tensión dramática y permite al lector comprender mucho más de lo que entiende la protagonista.
El episodio evidencia que la violencia ejercida por Jefferson no responde al afecto ni al deseo compartido, sino a la necesidad de reafirmar su control absoluto sobre María. La agresión aparece integrada en la rutina de la convivencia, convirtiéndose en una manifestación más de la relación de sometimiento que está construyendo desde el inicio de la novela.
El embarazo deja de representar únicamente una futura responsabilidad para convertirse en un elemento que incrementa la dependencia de María respecto a Jefferson. Mientras ella vive la futura maternidad con ilusión e ingenuidad, él contempla el embarazo como un vínculo que dificulta cualquier posibilidad de que la joven pueda abandonarlo.
El personaje de la madre de Jefferson aporta un interesante contrapunto temático. Su amargura no nace únicamente de los celos hacia María, sino también de la conciencia de su propia vejez y del miedo al abandono. Paralelamente, la breve conversación con Dolores introduce otra manifestación de esa misma soledad a través de dos ancianas olvidadas por la sociedad.
A lo largo del capítulo queda patente la extraordinaria capacidad del protagonista para modificar su comportamiento según las circunstancias. Se muestra autoritario con María, huraño con los vecinos, sumiso frente a su madre y cordial cuando necesita obtener algún beneficio. Esa versatilidad psicológica refuerza su perfil manipulador y anticipa la complejidad del antagonista durante el resto de la narración.