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Tras deducir por separado que entre ellos había surgido algo más que una mera atracción, José Carlos y Nekane comenzaron a reunirse todos los días, desde primera hora de la mañana hasta el anochecer. La actitud de los jóvenes no tardó en llamar la atención de sus madres. A ninguna le cuadraba que sus respectivos hijos se pasaran tantas horas recorriendo la ciudad supuestamente en busca de trabajo y, menos aún, que regresaran a casa tan radiantes después de recibir, según ellos, tantas negativas por parte de las empresas.
Entre semana, en torno a las siete de la tarde —dependiendo de si el chirimiri hacía acto de presencia o les daba un respiro—, la pareja se reunía en el parque o en el txoko con el resto de la cuadrilla. El objetivo era compartir aficiones y vivencias durante un par de horas sin fumar más que tabaco común; eran conscientes de que el abuso continuado de los porros podía repercutir de manera negativa en su salud y en su día a día. Sin embargo, esa norma autoimpuesta saltaba por los aires en cuanto llegaba el fin de semana.
La primavera concluyó dando paso al verano, y este, con su luz declinante, cedió el testigo al otoño. A partir de entonces, las reuniones de la cuadrilla se trasladaron definitivamente bajo techo, al resguardo de las inclemencias del tiempo bilbaíno.
Una de esas noches, la madrugada del sábado avanzaba entre risas, tragos y una densa humareda de cannabis. Boquiabierto, José Carlos seguía con la mirada fija cada uno de los movimientos pélvicos que realizaba Irune. La chica danzaba en solitario en la zona de baile, contoneándose de forma sinuosa al ritmo de «Ven, devórame otra vez», una de las canciones más sensuales y excitantes de Regina Dos Santos.
«¡Qué hija de puta!, lo hace para provocarme… Menudo polvo tiene la cabrona… Si no fuera porque estoy con Nekane, me la pasaría por la piedra cada vez que me apeteciera... La muy zorra lo está pidiendo a gritos», pensaba él, obnubilado. No era consciente de que, al compás de la provocadora bailarina, movía la lengua entre los labios como si fuera un ofidio, rematando la escena con un mordisco lascivo en su propio labio inferior.
—¿Pero tú de qué vas, hijo de puta? —le espetó Nekane, alzando la voz al percatarse del descarado tonteo que se traían entre manos.
José Carlos se volvió hacia ella bruscamente y ladeó la cabeza, fingiendo confusión.
—¡No disimules, cabrón! —gritó ella, encendida por la ira—. ¿Acaso te crees que soy tonta y no me entero de nada?
Él bajó la mirada, se encogió de hombros y se refugió en el silencio.
Mientras tanto, Irune, sintiendo una necesidad perentoria de vomitar, avanzó hacia el aseo todo lo rápido que su avanzado estado de embriaguez le permitió. Se aferró con ambas manos a la taza del inodoro y, entre arcada y arcada, comenzó a arrojar el contenido de su estómago, sin que los demás, en mitad del tumulto, echasen en falta su ausencia.
—¿Así es como me lo pagas, bastardo? —chilló Nekane a la par que le propinaba una sonora bofetada.
José Carlos se cubrió la cabeza con las manos y permaneció inmóvil, paralizado, sin saber qué hacer ni qué decir debido a la brutal presión que la sangre ejercía en sus sienes. Nekane perdió por completo los papeles y la emprendió a golpes contra el chico del que, apenas unos minutos antes, se sentía orgullosa de haber conquistado. Kepa y Eneko se vieron en la obligación de intervenir, más que nada para evitar el escándalo y que la agresión fuera a mayores. Al ver que Nekane era incapaz de calmarse, Itziar les propuso recoger las cazadoras y llevársela de allí entre los tres para que le diera el aire.
Unos minutos después, Irune salió del baño arrastrando los pies. Se detuvo en seco, parpadeando, sin dar crédito a la dantesca escena que tenía ante sus ojos: José Carlos estaba completamente desnudo en mitad del local, temblando, empapado en sudor y masturbándose de manera compulsiva en un intento desesperado por liberar la insoportable tensión acumulada.
—¿Pero qué haces, cerdo? —le recriminó horrorizada, justo en el instante en que él alcanzaba el clímax y se venía abajo.
—¡Por favor, perdóname! —suplicó el chaval, hincándose de rodillas sobre el suelo frío mientras la agarraba de los brazos con desesperación.
—Está bien, suéltame y vístete de una puta vez —indicó ella, retrocediendo dos pasos con evidente asco mientras recorría la estancia con la mirada—. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Dónde están los demás?
—Nekane nos ha pillado… A ti exhibiéndote y a mí mirándote. Se ha vuelto loca, se ha liado a patadas con todo y los otros se la han llevado para calmarla.
—¿Pero qué dices? ¿Cómo voy a hacerle yo eso a mi mejor amiga? ¡Solo estaba bailando! —protestó Irune, indignada—. Y, a todo esto, ¿qué coño tiene que ver eso con que te quites la ropa y te la peles aquí como un mono?
Entre sollozos y temblores, José Carlos le confesó el calvario en el que vivía; le explicó que su mente era un sinvivir y que, cada vez que la ansiedad lo acorralaba, se veía empujado a recurrir a esa práctica para no estallar. De pronto, sin ser dueño de sus propios actos, comenzó a masturbarse de nuevo con los ojos en blanco, poseído por el trance. Irune se quedó perpleja, petrificada durante los breves segundos que el chaval necesitó para eyacular por segunda vez.
—¿Pero qué haces, asqueroso? —recriminó ella, enfurecida y sin salir de su estupor.
—Ya te he dicho que es algo que no puedo controlar —lloriqueó él, exhausto—. Cuanto más nervioso me pongo, mayor es el deseo y el asco que siento... Tengo que hacerlo hasta quedar completamente desfallecido.
Irune torció el gesto en un ademán de profunda repugnancia.
—¿Lo saben tus padres?
—No, no creo. De estar al corriente me habrían dicho algo, supongo.
—Bueno, yo me marcho. No se te ocurra olvidarte de cerrar con llave cuando te vayas, ¿vale? —sentenció ella, dirigiéndose a toda prisa hacia la salida.
—Prométeme que no se lo dirás a nadie... —suplicó él tras un par de carraspeos, con el hilo de voz que le quedaba.
Irune se volvió desde el umbral y esbozó una fría sonrisa.
—No te preocupes. Seré una tumba.
—Gracias, muchas gracias —alcanzó a decir él, aliviado.
Nada más quedarse solo, comenzó a vestirse tan animado como de prisa. De regreso a casa, cruzando las calles silenciosas, dos únicos asuntos martilleaban su mente: «Tengo que recuperar a Nekane sea como sea, que si me junto con la cuadrilla es por estar con ella… Y a ver si se me pasa un poco el morao antes de llegar a casa, joder».
Al escuchar las pisadas cautelosas en el rellano e intuir que se trataba de su hijo, María apagó rápidamente la luz del salón y corrió hacia su dormitorio con sigilo, queriendo evitar otro enfrentamiento. José Carlos entró en la vivienda y avanzó con pies de plomo hacia el cuarto de baño para vaciar la vejiga. Se plantó frente al espejo y encendió la bombilla para comprobar si se le notaba demasiado el «puntito» que aún llevaba encima.
—¿Te ocurre algo en los ojos? —le preguntó de golpe María desde el pasillo. Fingió un bostezo exagerado para hacerle creer que se acababa de despertar en ese momento.
—No sé qué habrá sido, mamá, pero al cruzar el puente de la Merced he notado que se me metía algo y me he estado frotando los ojos hasta hace nada… —improvisó él, tratando de mantener la voz firme.
María se acercó un par de pasos, escrutándolo.
—Pues sí que los tienes rojos, sí… ¿Cómo andas de hambre?
José Carlos se tensó al percibir un doble sentido en el tono de la pregunta.
—La verdad es que no tengo ni pizca. Hemos ido al cine y al salir nos hemos comido un bocadillo —mintió, saliendo apresuradamente del baño—. Hasta mañana, mamá —añadió desde el pasillo, enfilando su cuarto.
María regresó a su dormitorio con el corazón encogido de preocupación. José Carlos ni siquiera se había detenido para darle los dos besos de costumbre.

El capítulo muestra cómo el enamoramiento entre José Carlos y Nekane supone un refugio emocional para ambos, pero también evidencia que el afecto, por sí solo, no basta para sanar heridas psicológicas profundas. La relación comienza con ilusión y complicidad, aunque pronto queda amenazada por los conflictos internos que el protagonista arrastra desde su infancia.
ResponderEliminarEl consumo de cannabis y alcohol deja de presentarse como un elemento ocasional de diversión para convertirse en una rutina integrada en la vida de la cuadrilla durante los fines de semana. La novela refleja cómo estas sustancias actúan como un mecanismo de evasión que reduce momentáneamente la ansiedad, pero al mismo tiempo favorece la pérdida de control y el deterioro de las relaciones personales.
La discusión entre Nekane y José Carlos nace de una interpretación emocional alimentada por los celos. La atracción que el muchacho siente hacia Irune, magnificada por el estado de intoxicación, desencadena una reacción impulsiva que rompe la confianza construida entre ambos. El autor muestra cómo la inseguridad y la falta de comunicación pueden destruir en pocos minutos una relación que parecía sólida.
Uno de los aspectos más duros del capítulo es la representación del comportamiento compulsivo de José Carlos. La masturbación deja de aparecer como un simple impulso sexual para revelarse definitivamente como un mecanismo patológico destinado a aliviar una ansiedad insoportable. El autor muestra con crudeza que el protagonista ya no controla su conducta, sino que es esclavo de ella, convirtiendo el placer en una experiencia de sufrimiento y humillación.
Hasta este momento, ningún personaje conocía realmente el alcance del trastorno de José Carlos. La irrupción de Irune en la lonja la convierte en la primera persona ajena al ámbito familiar que presencia de forma directa su derrumbe psicológico. Su reacción mezcla incredulidad, rechazo y desconcierto, reflejando la dificultad de comprender una conducta que escapa a cualquier explicación sencilla.
A lo largo del capítulo, José Carlos vuelve a recurrir constantemente a la mentira para protegerse. Miente a Nekane mediante el silencio, suplica a Irune que guarde el secreto y finalmente engaña a María sobre el estado en el que regresa a casa. La ocultación se ha convertido en una estrategia permanente para evitar que los demás descubran la gravedad de su situación emocional.
Aunque María desconoce lo sucedido, percibe que algo importante está cambiando en su hijo. La ausencia del beso habitual, las excusas poco convincentes y la frialdad con la que José Carlos se despide despiertan una preocupación silenciosa. El capítulo vuelve a destacar el profundo vínculo emocional entre madre e hijo, mostrando cómo María detecta pequeñas alteraciones que pasarían inadvertidas para cualquier otra persona.
El capítulo pone de manifiesto la enorme fragilidad del momento vital que atraviesa José Carlos. Cuando por fin parecía haber encontrado el amor, la amistad y un grupo donde sentirse aceptado, sus traumas no resueltos amenazan con destruir todo aquello que acaba de conquistar. La novela insiste así en una de sus ideas centrales: el pasado continúa condicionando el presente mientras las heridas permanezcan abiertas.