lunes, 6 de julio de 2026

Capítulo 2, episodio 5, CICATRICES DE DOBLE FILO


 

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Domingo, 23 de febrero de 1986

«Quién me iba a decir a mí que terminaría rompiendo la sagrada costumbre de salir de picos pardos solo una vez al mes», pensaba Iñaki mientras terminaba de abrocharse la camisa frente al espejo. Pero ya no tenía sentido engañarse: en su cabeza no dejaba de aparecer el rostro angelical de María, la dulzura de su voz y aquella tristeza callada que habitaba en el fondo de sus ojos.

Pasó toda la semana dándole vueltas al mismo pensamiento, preguntándose una y otra vez en el camión de la basura por qué sentía aquella necesidad casi urgente de volver a verla.

Sentado al borde de la cama de tubos niquelados en la que dormía desde niño —y que, pese al paso de los años, seguía conservando una firme comodidad—, notó de pronto cómo los nervios le cerraban el pecho. Tenía tantas ganas de salir a la calle que la prisa parecía torcerle hasta los gestos más simples.

Cuando terminó de atarse las zapatillas de lona, se puso en pie, se acomodó la camisa por dentro del pantalón y recorrió la casa comprobando los interruptores. Después fue al recibidor, descolgó la cazadora negra de polipiel y se la ajustó sobre sus anchos hombros.

Antes de abrir la puerta, tuvo que apartar con suavidad a Tigre, que golpeaba el suelo con la punta de la cola mostrando un absoluto desacuerdo. Si la memoria no le ponía trampas al felino, era domingo: el día reservado para dormir la siesta juntos en el tresillo, compartir una bolsa de patatas fritas y repartirse los pequeños vicios de la casa; la cerveza sin alcohol para el dueño y el caldo de las aceitunas para el gato.

Desde el suelo, dos ojos verdes y rasgados lo observaron con evidente reproche.

—¿Qué pasa ahora, compañero? ¿Por qué te enfadas?

Tigre respondió con un maullido largo y lastimero, entrecerrando las pupilas y teatralizando su descontento con descaro. Iñaki no pudo evitar sonreír ante el chantaje emocional del animal.

—No te preocupes, hombre. Hoy no tardaré tanto como la otra vez. Te dejaré la televisión encendida para que te entretengas y un platito con patatas y caldo de aceitunas, ¿vale?

El gato soltó un leve resoplido y parpadeó despacio, con la dignidad herida de quien acepta una derrota inevitable.

Cuando llegó frente al club de alterne en Las Cortes, Iñaki consultó su reloj de pulsera y detuvo el cronómetro. Había recorrido los casi tres kilómetros desde su piso en apenas veintidós minutos.

«Joder… pues sí que he venido ligero», pensó, recuperando el aliento, satisfecho de sus propias piernas.

Sin embargo, aquella pequeña satisfacción desapareció en cuanto cruzó el umbral del local y el olor a tabaco y perfume barato lo envolvió. Recorrió la sala con la mirada fija, buscando desesperadamente la melena oscura de María, pero el ánimo se le vino abajo al no encontrarla entre las muchachas que charlaban junto a la barra.

Cabizbajo, arrastrando su gran envergadura, caminó hasta el extremo del mostrador de siempre.

—Hola, buenas noches. ¿Qué le sirvo, Iñaki? —preguntó Marcela con una amabilidad que ya rozaba la familiaridad.

—Una cerveza sin alcohol, por favor, si puede ser.

La encargada hizo el ademán de buscar en el fondo del botellero, aunque sabía perfectamente que no le quedaba ni una sola botella de aquellas. Las únicas que habían entrado en el local en semanas se las había bebido él mismo el domingo anterior y, al ser un producto que nadie más pedía jamás en la noche, se le había olvidado por completo reponerlo.

—Ay, lo siento muchísimo, de verdad —se lamentó la mujer, llevándose una mano cargada de anillos a la frente—. Me temo que no nos queda ninguna de las tuyas.

Iñaki suspiró con desgana, jugueteando con un posavasos de cartón.

—¿Y no tiene alguna otra cosa que no tenga alcohol?

—Refrescos, batidos, algún zumo...

—No importa, déjelo entonces —murmuró amagando con retirarse.

Marcela lo observó un instante y, con el colmillo propio de quien regenta un negocio nocturno, comprendió enseguida que aquel buen hombre estaba a punto de darse media vuelta y marcharse por donde había venido.

—Espéreme aquí un momento —le dijo, saliendo de detrás de la barra con paso rápido—. No te vayas, que todo tiene remedio en esta vida.

Quince minutos después, la mujer regresó al local algo sofocada, cargando con una bolsa de plástico llena de tercios recién comprados en el bar de La Otxoa, justo enfrente.

—Lo malo es que están demasiado frías para tu gusto —comentó divertida mientras destapaba una y la servía en el vaso.

—No pasa nada —respondió él encogiéndose de hombros, agradecido por el detalle—. Ya se templarán con el calor del local. Gracias, Marcela.

En ese preciso instante, el golpe seco de una puerta de madera a su espalda lo hizo girarse por puro instinto.

El corazón le dio un vuelco doloroso al descubrir a María saliendo de uno de los reservados del fondo. Iba sonriendo de compromiso, acompañada por un cliente maduro que se ajustaba la chaqueta. La alegría inicial de verla se desmoronó de golpe en el pecho de Iñaki, y una punzada helada e incómoda le atravesó el estómago.

«¿Pero qué coño me pasa a mí con esta chica?», se recriminó de inmediato, molesto y avergonzado consigo mismo por sentir aquello.

Para ahuyentar aquella sensación absurda de posesión, vació la mitad del vaso de cerveza de un largo trago. El líquido helado le provocó un escalofrío inmediato por la garganta. De fondo, cortando la tensión, comenzó a sonar en los altavoces Amor de compra y venta, de Los Chichos.

—Ponme otra cuando puedas, por favor —pidió con la mirada fija en la madera, atrapado en unos celos tan ridículos como inevitables.

Poco después, María regresó a la sala común tras despedirse del hombre en la entrada. Se sentó unos instantes en un taburete cercano, adoptando un aire serio, cansado y silencioso. De pronto, giró la cabeza hacia el fondo de la barra y, al descubrir la figura inconfundible de Iñaki, su rostro cambió por completo. Se iluminó con una expresión de alivio involuntaria y sincera.

Se levantó del taburete enseguida y caminó decidida hacia él.

—Hola, buenas noches —saludó con suavidad, dejando que la música amortiguara sus palabras mientras le rozaba tímidamente el hombro con la yema de los dedos.

—Hola, María —respondió él, carraspeando para intentar disimular la rigidez de su propia voz—. ¿Qué tal estás? ¿Cómo va la noche?

—Bien… ¿y tú? No esperaba verte hoy por aquí.

—Bien también. Pasaba cerca... ¿Te apetece tomar algo? Te invito.

Ella sostuvo su mirada limpia unos segundos, leyó la timidez en sus ojos grandes y sonrió con una franqueza que desarmó cualquier rastro de celos en el ambiente.

—No hace falta que gastes dinero en copas caras para hablar conmigo, Iñaki. Conmigo puedes hablar gratis.

Aquellas palabras, dichas sin doblez, le quitaron de golpe el peso muerto que llevaba clavado en el estómago. Iñaki soltó una carcajada tan limpia y espontánea que varios clientes de las mesas cercanas se volvieron extrañados hacia ellos.

—No te preocupes por eso, mujer. Sé perfectamente que estás trabajando, pero me gusta invitarte. Y pasar un rato contigo… claro, siempre que a ti no te importe.

Iñaki necesitaba que ella entendiera algo fundamental: no la veía como a una chica más del local a la que alquilar por tiempo, sino como a alguien especial y valioso.

A partir de ahí, las horas comenzaron a deslizarse con esa rapidez engañosa y dulce que solo acompaña a las conversaciones donde uno se siente verdaderamente a salvo. Charlaron de todo y de nada, ajenos al ruido del alterne.

Cuando Iñaki quiso darse cuenta, ya caminaba de regreso bajo la noche bilbaína con una extraña y acogedora calidez latiéndole en mitad del pecho.

Esa madrugada, mientras Tigre dormía profundamente acurrucado contra sus pies y el suave y rítmico burbujeo del acuario llenaba el silencio del piso, Iñaki se quedó mirando al techo en la oscuridad. Comprendió, con una certeza absoluta, que algo muy profundo había empezado a cambiar dentro de él.

Y lo cierto era que, por primera vez en muchos años, no le daba ningún miedo.

Durante las semanas siguientes, el ritual se repitió sin faltar un solo domingo. Iñaki regresó puntual a su cita en el local de Las Cortes y, curiosamente, jamás volvió a sentir la necesidad o el impulso de entrar en un reservado con ella.

Le bastaba, de sobra, con la luz limpia de aquella conversación en la barra.





1 comentario:

  1. Este capítulo representa el verdadero inicio de la historia sentimental entre Iñaki y María. No existe una declaración explícita ni un acontecimiento extraordinario; el amor surge de una necesidad creciente de compartir tiempo con ella. Iñaki descubre que ya no visita Las Cortes por costumbre, sino porque desea verla, escucharla y sentirse cerca de ella.

    Cuando Iñaki ve salir a María de un reservado acompañando a un cliente, experimenta por primera vez unos celos que él mismo no comprende. No nacen de la posesión ni del deseo de controlar a María, sino de la dolorosa constatación de que ha empezado a enamorarse. Ese instante supone un importante punto de inflexión en su evolución emocional.

    La conversación entre ambos adquiere un valor que trasciende el ambiente del club. Mientras el resto de clientes buscan compañía física, Iñaki únicamente desea hablar con ella. María, por su parte, percibe esa diferencia y le ofrece algo mucho más valioso que una copa: la posibilidad de conversar sin intereses ocultos. Poco a poco ambos comienzan a convertirse en un lugar seguro el uno para el otro.

    Aunque la acción transcurre en un club nocturno, el capítulo evita reducir a María a su profesión. Su humanidad aparece constantemente por encima del escenario donde trabaja. La relación que establece con Iñaki demuestra que, incluso dentro de un ambiente marcado por las transacciones económicas, siguen siendo posibles la sinceridad, el respeto y el afecto desinteresado.

    El protagonista continúa alejándose del estereotipo tradicional de masculinidad. Sus nervios antes de salir de casa, la ilusión casi adolescente con la que prepara la visita y su preocupación por los sentimientos de María revelan a un hombre profundamente sensible, capaz de amar desde la ternura y el respeto. La novela convierte esa vulnerabilidad en una de sus mayores virtudes.

    La breve escena inicial con Tigre aporta un cálido contrapunto al desarrollo emocional del capítulo. El gato simboliza la estabilidad y la rutina del hogar de Iñaki, mientras su "protesta" por romper la costumbre dominical introduce un momento de humor que humaniza aún más al protagonista. La relación entre ambos refuerza la imagen de un hombre acostumbrado a cuidar y a crear vínculos afectivos.

    El desenlace muestra un cambio profundo en Iñaki. Al regresar a casa comprende que algo importante está ocurriendo dentro de él y, por primera vez en muchos años, esa transformación no le produce miedo. La repetición de las visitas dominicales confirma que su vida ha comenzado a girar alrededor de una ilusión nueva que rompe la monotonía en la que llevaba instalado desde la muerte de sus padres.

    El capítulo demuestra que las relaciones más sólidas nacen de la suma de momentos aparentemente insignificantes. Una cerveza sin alcohol, una conversación tranquila o una sonrisa sincera tienen mucho más peso narrativo que cualquier gran declaración romántica. La esperanza aparece construida desde la paciencia, la confianza y el conocimiento mutuo.

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